“Los hombres mueren y no son felices…”, le comentaba Calígula a Incitatus, el cual se limitaba a responderle con un relincho displicente: la toga senatorial se le había subido a los penachos. Sobre la felicidad (y la falta de ella, faltaría más), se habla en lo último de Mike: el matrimonio formado por Tom y Gerri, lejos de llevarse como el perro y el gato (“el gato y el ratón” vendría a resultar más pertinente), se las apañan para comer perdices a base de respeto, cariño y sentido del humor bien temperado… No todos, a su alrededor, familia y amigos, tienen la misma suerte, aunque, en verdad, tampoco pueda decirse que sean completamente desdichados…
Territorio Leigh en estado puro: cuatro estaciones en la vida y obra de un grupo de “ordinary people”; una película recogidamente íntima a cuya mesura sólo le falta la música de Vivaldi para enfatizar aún más su clasicismo, su majestuoso saber estar sobre pantalla. Qué caray, la felicidad sola, por hipótesis, en Cine, no presenta demasiados atractivos…Mi memoria, que nunca fue la que era, puede evocar títulos relacionados contando con el ábaco: “La Comida sobre la Hierba”(Jean Renoir, 1959), “Las Verdes Praderas” (José Luis Garci, 1979) o “El Marido de la Peluquera” (Patrice Leconte, 1990), éstas dos últimas con trampa incorporada… Es por eso por lo que, intuyo, Mike Leigh, curándose en enfermedad del posible desenganche emotivo de unos espectadores acostumbrados, últimamente, a asistir a todo tipo de ajetreos argumentales- pienso en Von Trier o en Malick-, se saca de la remanguillé a Mary, compañera de trabajo de la protagonista, especialista en servir de estorbo allí donde aparece- todos conocemos a alguno/alguna-, y, por ir de sobrado – éramos pocos-, una viudedad traumática a causa de cierto sobrino, un tanto levantisco, munición suficiente para animar un cotarro de 129 minutos sin mayores sobresaltos ni estridencias que no sean los inherentes a este valle lacrimoso: la soledad, el desamor, la falta de sentido en nuestras vidas…
Mike Leigh, tengo la sensación, hace películas para implicarnos emocionalmente. El problema es que, después de haber visto “Secretos y Mentiras”, de la que se habla ahí abajo, se ha puesto el listón demasiado alto. Título intocable, ¿qué ocurre cuando intentas depurarlo? Esas operaciones de quintaesenciar la perfección sólo le salían bien, un suponer, a Juan Ramón Jiménez… Hubo un momento en “Another Year” en que eché de menos un toque surrealista- un cocodrilo cruzando por un paso de cebra, con “Abbey Road” de los Beatles como música de fondo, por ejemplo-, o que alguien- Gerri, sin ir más lejos- le soltara un “fuck off”, en plenos morros, a su insoportable amiga y compañera (pariente lejana de Shelley Duvall en la “Tres Mujeres” Altman). A uno, que le vamos a hacer, le va la marcha.
La breva no cayó. Preciso era enfrentarse a la evidencia: Mike Leigh no iba a dar facilidades: en el menú, marchando una de eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa; “sound of music”: sonrisas y lágrimas; comer sin sal abundante ración de nuestras propias existencias rutinarias, donde, de vez en cuando, el azar te golpea y te obliga a recordar que aún se puede estar peor de lo que estamos.”La felicidad es la ausencia del dolor”, pontificaba la publicidad de una aspirina sin que Epicuro le pusiese una demanda… ¿Acaso ello no equivale a negar, estricto sensu, su existencia…?
“As time goes by” tocaba otra vez Sam para un Rick a punto de quedarse en Casablanca y que sea lo que dios quiera…No se trata de un mensaje melancólico: cada cual debe lamerse sus heridas y, “with a little help from his friends”, tirar para delante.
Tras su paso por Cannes y su candidatura al oscar (“mejor guión”), la crítica seria se ha volcado en el elogio ditirámbico. Lo escribo, como es habitual, a contrapelo: M. L., porque se sabe a salvo-le queremos-, eligió la facilidad del más difícil todavía.

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 CLÁSICOS

“SECRETOS Y MENTIRAS”, DE MIKE LEIGH.
¿Cuántas pelis habré visto a lo largo de mi vida? Muchas más que piruetas amatorias amagado, seguro… (Peor para ti, camarada Tovarich).De todas ellas, quizás sea ésta la que más ha conmocionado mi tarro de emociones esenciales, en ruda competencia con “Los Paraguas de Cherburgo”(Jacques Demy, 1964), “Lo Importante es Amar”(Andrej Zulawski, 1973) o “Mona Lisa” (Neil Jordan, 1986).Hasta mis propias lágrimas, sonadas, dejaron de granizar pedruscos de salitre, presa de una catarsis empeñada en trenzar lindos nudos marineros en una garganta más bien poco profunda: de niñato, hasta le habían extirpado sus amígdalas.
En el panorama británico post “Free Cinema”, se me da por pensar, Ken Loach se encargaría de la política; Stephen Frears, de la sociología y Mike Lee de 20.000 leguas de un viaje al fondo y forma de los sentimientos de todos nosotros, la gente del montón (contada desde la medianía, siempre hacia abajo): ni guapos ni feos, ni tristes ni alegres, ni ricos ni pobres, sino todo lo contrario… Si algo podemos aprender de todos ellos es que lo de “flema británica” habrá que limitarlo a catarros bronquiales. Lo mismito que Shylock, el drogadicto shakesperiano, cuando los pican, sangran…
“Secretos y Mentiras” es un álbum de fotos familiar, muestrario reconocible para quisque cualquiera, con pequeñas pasiones y tragedias de andar por casa sin barrer, que, sin embargo, duelen tanto como pudiera pesarle a Sísifo su piedra; a Segismundo, sus cadenas o a Tántalo aquella fruta cabrona y elusiva, sube y baja en su estanque…
Interpretada con solvencia bergmaniana (Brenda Blethyn, la protagonista, se erige, para siempre, como mandamasa en tu galería de sufridoras con redaños en su “Sabor a Miel” de “si te he visto no me acuerdo”), al contemplarla, te sientes, de repente, desnudo tú también por dentro ante los personajes que cuentan sus historias sin historia, a la caza y captura de lo más sencillo (y lo más complicado) de este mundo: amar y ser amados y sentirse felices por lograrlo, a costa de mirarnos a los ojos y abrazarnos. Lo de hablar y explicarse vendrá a continuación, cuando el calor del latido desde el pecho apretado contra el tuyo ya lo haya dicho todo (o casi todo).
Tras “Secrets and Lies”, frecuento el cine de Mike Lee como quien corre a visitar a un viejo amigo. Nunca me ha defraudado. Y el día que lo haga, se lo perdonaré, porque nadie es perfecto… “Another Year”, sin ir más lejos, denota fatiga de combate. Pero uno no abandona a sus amigos porque una tarde dejen de estar brillantes. Después de todo, como espectador, también se deja mucho que desear, con el paso del tiempo…
(Publicado en DIARIO DE FERROL)
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