La persona que nos trae, este invierno, las bombonas tiene aspecto extranjero. A ojo de cubero con miopía y astigmatismo, andará por los cuarenta y tantos. Adviértese en su porte una calidad de persona cultivada. Con eso de las fiestas, me he atrevido a preguntarle procedencia. Con la clarividencia que me caracteriza, lo había clasificado ya como polaco: me recordaba a un personaje Kawalerowicz (un sumo sacerdote en “Faraón”, concretamente).
-Armenia… ¿Usted conoce Armenia?- a las claras se notaba lo dudaba muy mucho, más por pura modestia que por desconfianza en mis erudiciones. Pretendí, en vano, mencionar su capital, por no aparecer desinformado. Mis conocimientos sobre Armenia se reducen a Atom Egoyan (peliculero) y Charles Aznavour (cantante); de algo estoy seguro: queda lejos, lejísimos. Bombona al hombro, aquel inmigrado Caupolicán había llegado desde Armenia (ustedes ya me entienden). Un armenio en el que se adivinaba educación y me atrevo a decir que hasta bondad, en una ciudad gallega, realizando un trabajo tan duro…Me faltaban piezas en el puzzle, pasos intermedios. Como si me adivinase el pensamiento, me informó: “Aprendí español en Argentina; de allí vengo…”
Uno no sabe hasta qué punto tiene derecho a hacer preguntas sobre esposas o hijos; sobre el recuerdo de una patria en el marco de la Unión Soviética; sobre el holocausto a manos de los turcos durante la Primera Guerra Mundial (más de millón y medio de armenios masacrados)… Lo que sé es que no debería limitarme al pago de bombona, aun con riesgo de andarme entrometiendo: lejos de mi intención, inmiscuirme en terrenos, por seguro, dolorosos…
He corrido a la red para informarme. Me he paseado (un paseo virtual, naturalmente) por las calles de Ereván (¿Por qué tendría que resultar capitalino?). Una duda hamletiana más: ¿le servirá de algo, si me atrevo a mostrarle el presente escrito…?
(Publicado en DIARIO DE FERROL)
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