
Elemental (“emmental” también me vale), querido Tower. Se trata de un juego sombrío, un esforzado aggiornamento del icono Holmes para jóvenes espectadores (y/o lectores). En 2009, Guy Ritchie emprendía la andadura: nos hallamos ante una continuación o secuela, no tanto en su ruda acepción de “a ver si cuela”, cuanto en rizar el rizo púbico de una traición a su original literario de tres pares de testículos y medio.
Lo de Conan (no el Bárbaro: Sir Arthur) se erige en canto a la razón pura y la paradoja dialéctica, servido con una generosa guarnición de material folletinesco. Su recoleta geografía esencial le permite, incluso, transcurrir sobre escenarios.
He aquí la joven pareja, más o menos feliz, Holmes & Watson, convertida, excusen la maldad, en “Punch and Judy”: revolcón, estacazo y tentetieso, más cerca del videojuego que a la literatura cordelera de atar interés, lógica matemática y sano esparcimiento. Lo que gana en espectacularidad- y gana mucho-, lo pierde en ese “sine qua non” sabor añejo a enigma irresoluble y encaje antiguo de bolillas y bolillos: una vez descartado lo imposible, lo que queda, por difícil que parezca, es la Verdad (palabra de Holmes; te adoramos, señor de la morfina y el five of the clock birlibirloque).
De “La Vida Privada de Sherlock Holmes”, delicia Donen 1970, procedan, probablemente, las alusiones-más bien poco picantes- a una supuesta, que no suponible, ambigüedad en la relación de los dos protagonistas masculinos. Recuerdo haber escrito, in illo tempore, un poema chusco sobre el tema de los duetos masculinos sexualmente llamativos: “Los Doce Pares de Francia, / ¿eran parejos así…?/Apóstoles, Reyes Magos/y otros hombres de magín, / ¿comparecen con doncellas /o con varones, en lid?/Lucanor con su Patronio,/Alvar Fáñez con su Cid;/ Abel, mira que era bueno, / a medias con su Caín…/¡Si van a ser sospechosos /los Cien Mil de San Luis,/Sancho Panza, Don Quijote;/Arturo, el mago Merlín;/Luis de Góngora y Argote/ y hasta Shes…Piripipí…”(perdonen autocita y autobombo).Tampoco es que Robert Downey y Jude Law (cosa en él rara, por cierto) vayan derramando lisura ambivalente del puente a la alameda. Sospecho se trata de un “gag” de diseño: con el apoyo del “lobby gay”, manda carallo, seas folklórica o thriller trepidante, mejoran resultados en taquilla. Sic transit Gloria Gaynor…
¿Qué queda pues de este “Juego de Sombras” una vez apartada la maleza de molestos ruidos en su banda sonora y de un montaje vertiginoso que usa y abusa de los saltos en el tiempo? Probablemente, habrán de esperar tres cuartos de argumento para encontrarse con una secuencia llena de vigor, Conan Doyle revisited, que se haga perdonar un conjunto un tanto impertinente. Me refiero a la partida de ajedrez Moriarty- Holmes, donde este último juega a pasarlas muy negras, en un duelo verbal entre estrategas. Y aquí llegados, camarada Tovarich, me vas a permitir El ponerme estupendo, a costa, una vez más, de las citas librescas. Quiere la suerte que, como hermanísimo del genial detective (ya era hora de escribirlo, caramba…), volvemos a encontrarnos con Stephen Fry, actor británico de amplio espectro (“Los Amigos de Peter”, de Kenneth Branagh, p.e.), cuyos talentos literarios se encuentran muy por encima de la media, dicho sea sin regodeo. Busquen, en Anagrama, “El Mentiroso”(1991), desvergonzada crónica de la vida y milagros de Adrian Healey en un colegio privado británico cuya principal aportación a la ludoteca juvenil consiste en la colocación de una “McVitie” en medio de un círculo vicioso: se trata de acertar en su epicentro, manu militari, con la semilla impetuosa de futuros dirigentes del Imperio.
El público asistente, numeroso, doy fe, abandonó la sala satisfecho por este “Holmes 2″, habitante si no en Baker Street, en una “play station” para plasma.

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 CLÁSICOS

“ASESINATO POR DECRETO”(1979), DE BOB CLARK.
“Holmes & Watson meet Jack the Ripper” podría haberse llamado la película, una muy inquietante muestra cine terrorífico y, en no menor medida, incordiante ejercicio de “memoria histórica” a base de tirar de la manta sobre la implicación de la familia real británica en los famosos asesinatos de Whitechapel: “Juanito el Destripador”, vendría siendo una creación de los servicios de inteligencia británicos para deshacerse de varias prostitutas, testigos incómodos de la boda secreta entre el duque de Clarence, nieto de la Reina Victoria, y una costurera del Soho, unión, para más inri, con descendencia incorporada; otra vía señala a Alberto Víctor como enfermo de sífilis, en busca de venganza. Ambas hipótesis han sido: a) rotundamente desmentidas y b) señaladas como oscuro objeto de conspiración por parte de la Corona por echar polvo al polvo. Si les interesa este trivial espeluznante, también resulta útil una serie televisiva, dirigida por David Wickess en 1988, protagonizada por Michael Caine…By the way (“mira qué guay”): cuando se trata el tema de Jack the Ripper, AKA “Mandil de Cuero” y “Genio Independiente”, es imposible no destripar el argumento…
Parece mentira que “Asesinato por Decreto”, cuyo clima alcanza una rara morbosidad fantasmagórica, forme parte de la filmografía del padre de sandeces como “Porky´s I y 2″(1981, 1983). Old Jack, en su tumbona, seguro se siente satisfecho; casi tanto como de “Estudio de Terror”(James Hill, 1965), donde ya se le había hecho coincidir con el hombre sabio del violín y la aguja hipodérmica.
De todos los Holmes sobre pantalla grande que manejo (Basil Rathbone, Peter Cushing, John Neville, Robert Stephens…), un actor tan poco estimulante como Christopher Plummer (“Sonrisas y Lágrimas”) no va a ser el peor, ni mucho menos, seguramente porque comparece rodeado de talentos: James Mason (Watson), John Gielgud, Genevieve Bujold…Pero, en verdad, es otro factor el que cuenta cuando contemplas “Murder by Decree”: esas imágenes del coche de caballos avanzando, casi a cámara lenta, entre la niebla y ese “visto y no visto” del rostro de la bestia no pueden olvidarse fácilmente. De hecho, su malsana fascinación se ha quedado fijada para siempre en mi personal “galería de los horrores”.
En 2001, Johnny Depp (leerlo como Deep/Depth me resulta inevitable), en el papel del atormentado inspector Abberline, volvía a las andadas sangrientas por Whitechapel con “From Hell”(“Desde el Infierno”), de los Hnos. Hughes, a partir del comic de Alan Moore, abundando en la teoría conspiratoria coronaria…
(Publicado en DIARIO DE FERROL)
Advertisement

