“El Tiempo y los Conway”, de J. B. Priestley.
22/01/2012 por J. T.

“EL TIEMPO Y LOS CONWAY”, DE J. B. PRIESTLEY
SEGÚN JUAN CARLOS PÉREZ DE LA FUENTE.
“Time and the Conways” se estrenó en Londres, el 27 de agosto de 1937. En Madrid, dirigida por Luis Escobar, lo haría en el otoño de 1942 (Teatro Nacional María Guerrero), protagonizada por Guillermo Marín y Ana Mª Noé, con el título “La Herida del Tiempo”, demostración palmaria del pesimismo sobre la capacidad intelectiva de sus espectadores por parte del futuro marques de Leguineche, coleccionista, por rizar el rizo, de pelillos púbicos a la mar salada. Luis Escobar, en sus memorias, la califica como “una de las mejores obras del Teatro contemporáneo”.
J. B. Priestley, de ideología socialista, triunfaría en los escenarios mundiales en los años 30 y 40. En España, su título más conocido quizás sea “Llama un Inspector”, un estudio de la responsabilidad colectiva, como si a “Fuenteovejuna” le aplicásemos los principios de la geometría euclidiana; esta obra y la que comentamos han venido reponiéndose en nuestros escenarios con alentadora frecuencia.

Priestley y el tiempo, una constante- bastante menos metafísica que en Alain Resnais, por ejemplo…-, que servirá para situar al espectador ante incómodas reflexiones sobre su propia seguridad, pendiente del hilo de unas circunstancias cuyo orden cronológico puede jugar un papel determinante (“Esquina Peligrosa”) o servir de tardío aviso a navegantes por la amarga ruta de la decadencia y el fracaso. En este sentido, “Time and the Conways” y su tercer acto constituyen uno de los ejercicios más crueles (y tiernos) que yo recuerdo sobre un escenario. A+ B+ C, se convierte, por designio del autor, en A+ C + B y entonces surge una pieza teatral inolvidable; angustiosa y conmovedora al cincuenta por ciento. Estoy por apostar que Buero la conocía antes de ponerse a escribir “La Historia de una Escalera” (1941), donde sus personajes sufren los estragos de un tiempo bélico que marcará el antes y el después en su existencia y desarbolará la esperanza de un mañana mejor que la ardiente oscuridad por venir (el término “guerra civil” nunca aparece citado, por cierto).

"Esquina Peligrosa"
De lo que ya no estoy seguro en absoluto es de lo que viene a continuación; pero a lo que no me resisto- se me ha venido a la meninge durante la siesta- es a compartirlo con ustedes. Abróchense los cinturones, por favor: según Morfeo, un sutil eslabón concomitante, vendría a unir los bastidores que tiran del hilito de “El Tiempo y los Conway” y…-¿Te atreverás? Yo, (casi) siempre, oso- la “Mujercitas” de Louisa May Alcott, que ya son malabares…Madre viuda con cuatro hijas casaderas, una de ellas aspirante a escritora; otra, “guapa oficial”; la hermanita pequeña que se enferma/se muere, con la Guerra Civil americana como telón de fondo… Frotándome legañas pitañosas, convulso, manitorpe, corro a buscar las fechas de “Little Women”, un libro “para niñas” que yo, de zagalón asaz zangolotino, solía tomar prestado de mi hermana en lugar de andar jugando al fútbol (Así saliste luego, ¿qué esperabas?). La cuestión es sencilla: ¿Cuál huevo, cuál gallina…? Me lo temía: “Little Women” fue publicado en 1868. Tenía razón O´Dors… (Busquen la cita, plis; no lo voy a hacer yo todo…)

"Mujercitas"
El anterior montaje entre nosotros- que no conozco- fue en el 84, dirigido por José Mª Morera, con Mª José Goyanes, Ana Mª Barbany y Joaquín Kremel al frente del reparto… He leído la obra (en inglés y en castellano) varias veces; nunca he podido evitar, llegado el tercer acto, un nudo en la garganta. Como uno es como es, en la representación del pasado domingo, llegado el acto 2º, pensé iba a ponerme a sollozar sin poder contenerme. Sólo un enfermizo sentido del ridículo logró ponerme a salvo…
Uno acude con cierta prevención a la puesta en escena, a nivel privado, de una obra como ésta. La buena pieza Priestley, para empezar, precisa diez actores competentes: aquí no hay mayordomos con derecho a frase: “La cena está servida, señora”. Los Conway y sus selectos invitados son personajes con carne y sangre suficientes para alimentar a una tribu de vampiros antropófagos. Otro temor es el que pueda haber envejecido la función, algo que queda desmentido cuando se alza el telón: la calidad brilla más (sobre todo, por contraste) con el paso del tiempo. Un clásico, es un clásico por algo: una acción teatral de relojería servida por unos diálogos excelsos…

Despejados todo tipo de temores, uno de sienta a participar- emotiva y estéticamente- de un magnífico espectáculo, cuya solución del factor “tiempo”, a partir de un maniquí articulado que se va desplazando sobre el escenario, me parece un hallazgo. J. C. Pérez de la Fuente (director del Centro Dramático Nacional de 1996 a 2004, con trabajos a sus espaldas tan estimulantes como “La Visita de la Vieja Dama” de Dürrenmatt, “La muerte de un Viajante” de Arthur Miller o “La Fundación” de Buero Vallejo) elije el “más difícil todavía” de una representación sin intermedios, un desafío para actores y, en no menor medida, para el público. No hay desmayo ni vacilación en el avance. Todo funciona y llega su final, que es, en sentido estricto, un intermedio.
En el reparto, Nuria Gallardo, hija de actores (Manuel Gallardo y Mª Jesús Lara), protagonista, en 1982, de “El Pato Silvestre” de Ibsen, uno de esos papeles para joven actriz que decide futuro; el suyo ha sido un paseo por el amor al Teatro: “Marat-Sade”, “Luces de Bohemia”, “El Sueño de una noche de Verano”, “Antígona”, “La Resistible Ascensión de Arturo Ui”, “Tío Vania”, “La Vida es Sueño”…Bueno, pues eso: todo lo que una actriz podría soñar en dignidad escénica. Conste que al “Conway party” sólo está invitada gente de mucha clase y mucha escuela; si la cito a ella es porque, para mí, representa, como pocas, el triunfo de la voluntad, la autoexigencia y el talento.

¿Y el Público? Al final, una larguísima ovación supuso un veredicto inequívocamente favorable: todo había funcionado, sobre el escenario y el proscenio, tal como se debe: unos hablando desde dentro y otros, en riguroso silencio (aunque, en honor a la verdad, alguna carcajada- en el acto segundo, sobre todo- meó fuera del tiesto…). Hablando de incontinencias mingitorias, no me resisto a incluir en esta cronicona, un complemento circunstancial de “¿Adónde vas? Manzanas vendo”(solución al acertijo: va al mercado), fruto pocho de los tiempos Tele 5 que vivimos… Héteme aquí que a Luisa Martín- una competente Mrs. Conway-, en el transcurso de una entrevista de prensa, preguntada por su personaje, no se le ocurre otra cosa que afirmar- eso lo llamo yo “apuntarse a un bombardeo”- que éste le recuerda a…¡la duquesa de Alba! Un respeto, caramba… A J. B. (ahí es nada: tener nombre de whisky), en su tumba, debió de atragantársele el “five o´clock tea & worms” al escucharlo… Disculpe la crisis del Teatro y sus espectadores estas pequeñas miserias dialécticas, absolutamente prescindibles.
(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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