EL CÓDIGO GIOCONDA

1ª PARTE: ROMA
Roma parecía un horno crematorio en aquel ferragosto interminablemente tormentoso, donde el siroco soplaba a pleno pulmón sus polvorientas llamaradas sobre los escasos viandantes que se aventuraban por sus calles sin tiempo. Mike Castle, el célebre detective literario, y su joven ayudante Joe Bigtower, alojados en una refrigerada suite del hotel Majestic, en vía Veneto, llevaban tres noches ya sin conciliar el sueño.
Su estancia en la Ciudad Eterna se debía a un cúmulo de extrañas circunstancias. La primera de ellas, un más que enigmático e-milio, recibido en el correo secreto de Mike Castle, comunicando que EL CÓDIGO DA VINCI había sido completa y definitivamente descifrado; a ello siguió, dos días después, la llegada de un paquete express procedente de Italia, conteniendo- sin más explicaciones- unos pasajes de avión en clase business y una reserva hotelera ya abonada.
- Vive dios que el asunto excita mis neuronas- había comentado Mike a su pupilo.
- A mí lo que me excita es ver a Monica Bellucci pasándolas canutas en el metro, y no precisamente las neuronas…- apostillo Bigtower, en uno de aquellos arranques machotes que solía improvisar cuando se sentía un tanto inseguro, tras haber adquirido un “pinky & porky underwear” para sus vacaciones en Ibiza.
Cuanto Tomaso di Perugia se presentó en recepción del Majestic demandando su presencia en una sala VIP reservada a su nombre de forma permanente, nuestros amigos no ocultaron su sorpresa.
- No cabe duda: algo importante va a suceder en nuestras, ya de por sí, ajetreadas existencias…- comentó Mike, mientras procedía a cuadrarse la corbata ante el espejo- ¿Qué te apuestas, mi joven amigo, a que il signore di Perugia viene a proponernos una de esas misiones imposibles en las que tanto tú como mi poco humilde persona, debo reconocerlo, hemos alcanzado fama y fortuna…?
- A lo mejor es que se la atragantado algún sudoku…- dijo Joe, al tiempo que sus ojos se iluminaban con un chisporroteo fallero.
- Pudiera ser; pero mejor será que nos aseguremos…Sígueme presto. Andiamo via… Procura no perderte, como te ha sucedido esta mañana, cuando tuve que rescatarte de la lavandería…
- No me lo recuerde, amado jefe…Esto más que un hotel, parece el laberinto de Creta con ascensores y escaleras de incendios… Las camareras no están nada mal, por cierto, aunque huelan un poco a limpiacristales…
Al encontrarse cara a cara con su visitador, nuestros héroes (nuestro héroe y medio) se sintieron, al instante, fascinados. Emanaba de Tomaso di Perugia un no sé qué de ser menos real que dibujado, hasta tal punto que todo a su alrededor parecía convertirse en viñeta de cómic animado. Sumaba varios puntos filipinos a esa sensación de irrealidad su español chapurreado con acento abiertamente circunflejo.
- Mio caro amico, tomen asiento, prego…
- Mal empezamos si nos ponemos a quejarnos de los precios…- rezongó Joe Bigtower, propinándole un codazo de complicidad mal entendida en la vesícula biliar del genial detective literario.
Para comodidad del amable lector, procederemos a subtitular el discurso encerrado en los sucesivos bocadillos de salami (dicho sea para espolvorear con color local el presente relato) de Tomaso di Perugia, cuya edad-algo borrosa- podría oscilar entre los catorce años mal llevados y los ochenta y siete pasados por quirófano.
- Lo que pueda yo decir aquí y ahora, Mr. Castle, quedará resguardado por una cláusula de confidencialidad que procederá a firmar en este mismo instante, incluyéndolo a usted y a su “valet de chambre”…
- ¿Qué me ha llamado il Signore Macarroni…?- se encrespó, nuevamente, el aludido.
- Procedamos sin más dilaciones, por favor…- cortó Mike por lo enfermo, extrayendo de su elegante americana una refulgente estilográfica Cartier, regalo de Martín de Riquer, uno de sus últimos clientes-Ardo en deseos de conocer su enigma o su problema…
Tomaso di Perugia había procedido a abrir un cartapacio de cuero repujado, obrante sobre una elegante mesa de despacho y a extender sobre ella los componentes de un abultado fajo de papeles…
Sin mirarlos siquiera, Mike procedió a estampar su estilizada firma a pie de última página…
- Confío plenamente en usted, Mr. Perugia…Y, además, siempre me ha aburrido la cantinela al canto de “la parte contratante de la primera parte contratante…” Hable pues, ahora que me he condenado a un silencio, esperemos, inocente…

- ¿A que nos vamos a meter en otro lío…?- se lamentaba Joe, fingiendo mirar por la ventana que daba a la Via Veneto, por si acaso habían comparecido ya las pelanduscas…
- Gracias, Mr. Castle…Estaba seguro no iba a poner óbice alguno, en su rebuscada acepción de “inconveniente”… Al grano vamos… Le anticipo que, para mí, resulta doloroso y purulento… Deberá usted investigar un crimen; un asesinato a sangre fría cometido hace más de cinco siglos, del que fue víctima cierto antepasado mío…
- Apasionante…Siga, Mr. Perugia: si antes ardía deseos de conocer la misión que pensaba encomendarme, es ahora que me ahogo en ansiedades (de rango intelectual, naturalmente)…
- Quiere decir que no estamos empalmados, por mucha Via Veneto que esté pasando por enfrente…- intercaló Bigtower, siempre al quite y al ponga del chiste fácil y el comentario obsceno.
- Hablemos de una carta fechada en la Toscana, allá por 1506, escrita por la que podríamos llamar mi tátara-tátara-abuela, Elizabetta Simonelli di Perugia, dirigida a sus hijos en su lecho de muerte…
- ¿Hace mucho que se murió esa buena señora…?- metió presurosa baza Joe Bigtower, fingiendo un interés que estaba muy lejos de sentir. Su problema era otro: se aburría lo suyo al no ver aparecer, a pie de calle, a la hetairas (a ser posible, fellinianas: por pedir que no quede…).
Tampoco esta vez se sorprendió Joe demasiado de que nadie hiciese caso de su aserto: a aquellas alturas, estaba acostumbrado.
- Lizabetta Simonelli, mi antepasada, digámoslo sin mayores demoras, era ni más ni menos, Mona Lisa…

- Una mona sin tetas…No me extraña…Con lo feo que eres tú…- masculló, entre encías sangrantes, J. B., sediento de venganza, regresado al quicio de la mancebía.
- “La mujer del velo”, la llamaban en Florencia, atribuido a crueldad de enfermedades. En realidad, había sido amenazada…
- ¿Por el propio Leonardo…?
- Por el propio Leonardo, Mr. Castle… Veo que no me engañaron las alabanzas sobre su sagacidad y su clarividencia…
- Se hace lo que se puede…- replicó Mike, acompañando aquel pase torero con una tosecilla de modestia (tan falsa, dicho sea de paso, como todo lo que estamos relatando).
- La misiva en cuestión ha constituido el núcleo de la herencia espiritual de mi familia, en espera y demanda de que se haga justicia… No hay justicia sin pruebas: usted debe encontrarlas, Mr. Castle…
- Pruebas, ¿de qué…? ¿De que Da Vinci terminó desfigurando a su modelo por afianzar el carácter semidivino de su obra: el enigma sin paragón de aquella Gioconda mirando al infinito?
- No me falle, Castle; no me falle…No está a su altura una hipótesis de tan baja intensidad dialéctica…
- Retomo entonces a un hecho incuestionable…Lisabetta se ríe…
- Se ve que esta mañana no se encuentra inspirado, Mr. Castle… Un error más y lo devuelvo a Londres…Voy a darle otra pista…Mi ascendiente, en realidad, lloraba desconsoladamente durante buena parte del proceso de posado, a causa de un embarazo inoportuno cuyo responsable- me gusta más “cómplice necesario”- no era Leonardo, claro…Su virilidad, seguro no lo ignora, siempre sido puesta en entredicho… Estos detalles picantes, si hoy los conocemos, es porque aparecen nítida y fehacientemente reflejados en la carta de la desgraciada Lisabetta, a la sazón vecina de los Vinci…
- ¿Quién era el padre, entonces…? ¿Lo sabemos…?

- Yo lo sé y usted va a saberlo en un momento. Antonio Maragutto se llamaba el mancebo, discípulo avanzado de Leonardo, encargado, para su desasosiego e impaciencia, de traer/llevar paletas y pinceles, sin poder demostrar al mundo su valía. Pronto se enamoró de la hermosa muchacha y, como siempre sucede en la Toscana, terminó por llevársela hasta el huerto…Surgida la preñez intempestiva, cambiaron los planes de Leonardo, un moralista rancio y resentido, que decidió plasmar sobre lienzo aquel pecado de mujer arrepentida, llorando su baldón y su vergüenza, para más INRI, sin querer revelar paternidades… Antonio, temeroso por su vida – el padre de Lisbetta había jurado en ley matar al responsable del estupro-, asistía desde lejos al proceso. Puede decirse odiaba a troche y moche, comenzando por su propia cobardía (hablo de il bello Antonio). Su frustración pictórico-amatoria se iba acrecentando de día en día…Ah, si el maestro, siquiera, le permitiese una sola pincelada del cuadro de la compungida Lisabetta… Ah, si pluguiera el Cielo, le permitiese, al menos consolarla…
“Cierta tarde de agosto, tan caluroso como en el que padecemos, quiso la suerte que unas fiebres tercianas atacaran, de repente, a su maestro, lo que le obligó en restar en el lecho de por días. Calva la pintan, dicen, a la oportunidad, madre de tantas fortunas, tantas famas… Corrió Antonio en procura de su prenda; juróle amor eterno y matrimonio. Cuando ella sonrió ante la buena nueva, el galán supo entonces lo que debiera hacerse. Corrió al taller y, descubriendo el lienzo, procedió a borrarle los sollozos. La semana que duraran las tercianas continuó trabajando en su tarea, que no era otra que demostrar ante el maestro todo el arte que su talento atesoraba más allá de los ojos y los dedos.
“Sanó Leonardo, como estaba previsto, tras muchas sanguijuelas y fomentos. Regresó a sus cuarteles y descubrió obra y autor en el mismo momento: su discípulo maldito había osado profanar su avanzado bosquejo…Preste atención ahora, Mr. Castle: lo sucedido tiene su lerele… Leonardo no era ciego, ni lerdo ni, mucho menos, pusilánime: se sintió derrotado y triunfante, al mismo tiempo. Allí estaba su obra, y la definitiva: peccata minuta vendría siendo que la autoría correspondiese a otro…”Donde hay patrón, no manda marinero…” dicen los españoles. En contra de la opinión de Antonio Maragutta, Leonardo había, con creces, detectado su gracia de pinceles. Pero primero él; ya tendría tiempo el principiante de gozar de su genio…”That´s the question…”, esto, en cambio, lo dicen los ingleses…El mejor rival es rival muerto; procedió con sus manos, pecadoras para del caso, divinas hasta entonces que se sepa. Enterróle allí mismo, en el propio jardín de los cerezos.
“Maricón el último, localizó Leonardo a Lisabetta para darle vela del entierro. Antes de asesinar, “mazolato”, al pobre Antonio, habíale hecho confesar toda la trama, lo que permitió un chantaje a bocajarro: sin matrimonio, no hay redención posible. Él le promete techo, mendrugo y vaso de linfa en la hora mala a Lisabetta a cambio del remate de la obra y silencio sepulcral sobre todo aquel suceso malhadado. Ésta acepta la propuesta, desolada: tiene miedo a su padre y a la Italia.
“A no mucho tardar, se lo pensó mejor el desalmado. Porque no hable y, si lo hace, no vaya a ser creída, imposible modelo de Gioconda, le invita a rociarse con sublimado corrosivo el rostro, diciéndole se trata de un afeite, encargado de Oriente, destinado a borrar imperfecciones, dejándola a su suerte de por vida. Hace propagar el rumor de la huida- por responsabilidades y otros miedos no menores- de Antonio Maragutto a las Américas.

“Va y viene desde entonces, sargazo retorcido en el mar agitado de su culpa, Leonardo a “La Gioconda”, perfeccionista nato, dudando y sin dudar en reformarlo. De la risa al llanto, se le ha abierto un abismo de insomnio y pesadilla al mismo tiempo. Morirá con las dudas, morirá con las ganas…
“Héteme aquí que la velada Elisabetta, pasados pocos años, unirá su destino a un otomano ciego a quien su voz cautiva y enamora. A no mucho tardar, la pide en matrimonio y la convierte en hurí de su harén, allá en Chipre…
“Fue así como fundamos una muy opulenta dinastía y la carta pasó de siglo en siglo, hasta llegar a mí, que soy su descendiente, dispuesto porque triunfe la Justicia, a “desfacer este entuerto”, si se me permite utilizar la jerga cervantina, que usted domina después del episodio que nos ha aquí reunido, en cierto modo, protagonizado por Cide Hamete Benenjeli… Se trataría, lisa y llanamente, de demostrar ante el mundo que la sonrisa de Gioconda la pintó Antonio Maragutta, no Leonardo da Vinci… La pintó por amor y por consuelo. Tengo localizado el jardín de su tumba y no descarto el exhumar lo que quede de sus restos…
“He terminado, Mr. Castle. Haga cuantas preguntas considere oportunas… Seguro que no muchas, dada su inteligencia…
- ¿Yo puedo preguntar…?- intervino Bigtower, sonando, de consuno, lacrimales y mucosidades, que confluían, en un totum revolutum, sobre su débil barbilla regordeta.
- ¡Cállate, Joe…! Éste no es el momento…
- ¡Es que me he emocionado…! Lo que no nos ha dicho es cómo se titula la serie ni si figura en ella esa Mona Bellucci…Un servidor pretende, siempre que esté doblada, bajarla de internete… Bueno soy yo, en mula o elefante, para trascenderme filmografías enteras a uña de dedo gordo del diestro pie de Miss Ajita Wilson, por ejemplo…No se trata de porno: erotismo de luxe…
- Tenías por acabar aquel sudoku, Joe… Ahora, si nos permites…
- No se preocupe, jefe…Yo capto, en un plisplás, las indirectas…
Y, ofendido ma non troppo, Joe Bigtower regresó al ventanal en demanda visual de colibrizas…
- Sólo una cuestión palpitante, mio caro amico Tomaso…¿Cuándo salimos hacia París de Francia…

2ª PARTE: PARÍS.
Le Champs Elysee descendían perezosos para terminar su bullicioso viaje en una Place de L´Etoile que parecían recibirlos como una boca glotona tragasables.
Tres hombres, tres, sentados en un banco, a las siete de la tarde de un domingo de agosto, recordaban, en su inmovilidad, un grupo escultórico a pie de bulevar al que sólo faltaba les cagasen por encima las palomas. El más joven, nobleza obliga- o la falta de ella-, fue el primero en romper aquel “status quo” de profundas meditaciones filosóficas.
- ¿Y si nos fuésemos a dar un garbeo por Pigalle…? Lo digo por despejarnos un poco la cabeza de abajo para poder mejor pensar con la de arriba… O, por lo menos, echar un vistazo a la oferta y la demanda…
El encanto se había roto. De repente, el ruido del tráfico se hizo insoportable y un olor a tierra quemada y gasolina lo fue invadiendo todo. Mike Castle se estremeció ligeramente.
- Joe Bigtower, no sé si me sorprende más en ti una zafiedad de la que tan a menudo blasonas o la presunción de unos torpes apetitos que, a menudo, se lo gastan todo (pólvora incluida) en salvas y artificios dilatorios…
- Me lo repita, jefe…Me temo no le haya seguido la trastienda…
- Mr. Castle, aguarde, por favor…- alzó la voz Tomaso di Perugia, todavía galeote sobre el banco de madera verdosa- Debo confesar que yo tampoco acabo de entenderlo… Me refiero…Usted ya sabe a lo que me refiero… ¿Podría repetirlo, ti prego…? Por lo menos, que se enteren los lectores…
- El “Follas Bergier” tampoco sería una mala idea…¿No estamos en París…? ¿Qué menos que pillar una venérea…?- malmetió Joe Bigtower, incapaz de contener por más tiempo sus ímpetus turísticos.
Como si lloviera en una Ville Lumiere donde esto sucedía tan a menudo, aunque en aquella ocasión le llevase al topicazo la contraria: un cielo gris plomizo se limitada a extender, urbi et orbe, una pegajosa sensación de agobio mal curado.
- Recuerde la más famosa cita Holmes: “una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad…”.
Tomaso se puso en pie de un salto y giró sobre sí mismo para desentumecerse y, ya de paso, meterse el dedo en las narices, disimuladamente: la contaminación ciudadana propicia este tipo de vicios pequeños meti-saca-aplasta y catapulta (verbo transitivo) con índice y pulgar de la mano en funciones (suele ser la derecha).
- No, Castle, no…Será mejor que me convenza…Vayamos a Maxim´s, donde siempre tengo mesa reservada… Podremos discutirlo más despacio… Aprovecharemos para degustar una copa de champagne y para brindar por un éxito ciertamente incierto en una misión que, a fuer de imposible, ya quisiera para sí ese peliculero cienciológico…
- Bravo, bravo…Esto empieza a animarse…- no hace falta aclarar de qué boca (bocaza) salía disparado, entre gotitas blanquecinas apestosas, semejante entusiasmo, subrayado por infantiles palmoteos.

Dos minutos después, ocupaban una mesa discreta en el rincón más lejano de la puerta. Maxim´s, a aquella hora abarrotado de burgueses locales y turistas japoneses chillones, si no era una fiesta, por lo menos una verbena pueblerina parecía: sólo se echaban a faltar los caballitos del tiovivo, aunque para trotar, a toda crema y nata, ya estaban sus majestuosos e incontables camareros de opereta vienesa.
- Me niego a aceptar su planteamiento, Mike…¿Puedo llamarle así? ¿No le molesta…?- dijo Tomaso, tras un silente eructo hacia su izquierda, ahogado por la seda y el encaje de una diminuta servilleta.
- No me molesta en absoluto, Tomaso, caro mio… A estas alturas, podemos excusar formalidades… Insisto en mi proyecto. En este caso, no basta con las pruebas. Su homónimo evangélico no creyó hasta meter su dedo índice en el costado palpitante del Maestro…
- ¡Qué asco…!- dijo Bigtower, con el ceño fruncido, y mimando la escena con un realismo más cerca de la pornografía que de cómo hubiese ejecutado Marcel Marceau tal simulacro.

- Nadie creerá esa historia de la falsa autoría de Leonardo da Vinci, por mucha documentalia que aportemos. La solución es hacer que contemple con sus propios ojos la verdad de estos espeluznantes hechos…
- Difícil me lo pone, Mike… Casi imposible…Lo digo yo, caramba, que no suelo caer en pesimismos…Los ricos, además de llorar, podemos permitirnos ciertos lujos, no al alcance del resto de mortales…
- La respuesta se llama Madame Blanche-Noire DeVille, la famosa medium parisina…
- Se podía probar con Madame Claude… Ella es también medio zorrona…Casualmente me he traído su número de teléfono…- lo dijo quien lo dijo…¿quién si no…? Pero siguió lloviendo (o no lloviendo).
- Lo que propongo es ponernos en contacto con su antepasada. Alcanzar con ella un pacto de ultratumba. En paralelo, organizar un festejo mundano en el Louvre que convoque al “todo París”, como antes se decía… Y, entonces…
- ¿A qué clase de pacto se refiere…? ¿Un acuerdo nigromántico…?
- Lo más negro posible…Montparnasse nos espera… Pediré un taxi…
- Espere, jefe…Aún queda en la botella un culito de viuda…Cualquiera le hace ascos al evento…
La lluvia arreció en el contexto dilatorio. Entre los dos, lo sacaron a rastras, mamando, golosamente, el cuello de botella y haciendo que Maxim´s perdiera una estrella en la guía Pirelli de aquel año bisiesto…
***

Madame DeVille no estaba para fiestas. No le gustaba convocar a los muertos los fines de semana. Su nariz ganchuda olisqueó problemas en cuanto aquellos extranjeros- los tres mosqueteros sin el gascón, el más guapo de todos- traspasaron su puerta y cortinaje. Reunidos en la pequeña sala de seances, iluminada tenuamente por velones encendidos, arrellenada en su sillón, se dispuso a escuchar, con los ojos cerrados-circunstancia que, en caso necesario, aprovechaba para echar un reparador sueñecito cuando no para disipar un estado de embriaguez provocado por el chartress (verde como sus ojos), ingerido a tazones, licor al que se había venido aficionando últimamente- unos dimes y diretes por lo común carentes del menor interés para una medium tan completa como ella.
- Por lo que entiendo, debo proponerle a la queridísima hermana de la luz Lisabetta Simonelli que, en el transcurso de unos fastos a organizar por ustedes en el museo del Louvre como homenaje a la Gioconda de Leonardo, con asistencia de las más altas instancias de la cultura mundial, tenga a bien transustanciarse en su retrato, para, desde allí, a señal convenida (cuando Elton John termine de tocar el piano uno de sus hits más aplaudidos:”Candle in the Wind”, dedicado, como se recordará, a la princesa Diana de Inglaterra, salvo cambios de última hora, me parece haber entendido, pero corríjame si me equivoco), la susodicha antepasada suya, digo, tras el último acorde de la trova funeraria, rompa a llorar, a lágrima muerta para el caso, en presencia del mundo, considerado éste como metonimia global de los que importan. Una vez las aguas vuelvan a su cauce, lágrimas incluidas, aquí el Sr. Tomaso de Peruggia repartiría entre los asistentes una fotocopia compulsada ante notario de la carta manuscrita de la modelo, nuestra querida hermana de la luz Elizabetta, lo que pondrá en marcha que la Verdad de Mona Lisa pueda ser conocida entonces y hasta el fin de los tiempos…
![eltonjohn[1]](http://josetorregrosa.files.wordpress.com/2012/01/eltonjohn1.jpg?w=300&h=299)
- Yo no le quitaría una sola coma, desde luego…- dijo Mike Castle, moviendo afirmativamente la cabeza- Tomaso, caro amico, ¿te parece correcto el planteamiento…?
- A mí no se moleste en preguntarme, amo… Está claro que no me lo merezco…- intervino Bigtower, visiblemente herido hasta los tuétanos, celoso cual recién desposada que, en transcurso de la luna de miel, advierte que su esposo ha mirado un segundo más de lo necesario a alguna descocada camarera.
- Adelante, Madame Deville, prego…
- En este instante necesito absoluto silencio…¿Me ha escuchado, joven? ¡Absoluto silencio…!
Joe, que estaba pensando cuántas son 345 menos 27, puso cara de infinito sufrimiento resignado.
La sala se había llenado, de pronto, de sonidos imprecisos: cortinas que se mueven, siseos de origen desconocido, respiraciones convertidas en suspiros…Olía a incienso, a lirios y a arena de desierto con boñigas resacas de camello…El rictus facial de la oficiante comenzó a registrar alteraciones cada vez más visibles y violentas, al tiempo que su sillón, accionado por fuerzas desconocidas, parecía pretender imitarla, golpeando, con ritmo percutante, contra el suelo, no demasiado limpio, de madera carcomida, sin una alfombra con que cubrir sus desnudeces.
Tan súbitamente como se había presentado, cesó aquel ir y venir de inquietantes estímulos sensoriales. Madame DeVille abrió los ojos, comenzó a toser como una condenada y, poniéndose en pie, echó a correr fuera del cuarto con rumbo desconocido, aunque fácilmente imaginable si hacemos caso a las ventosidades en ritmo tres por cuatro, que hacían temblar su túnica naranja, ornada con dragones, flores de loto y alguna que otra oscurecida mancha de salsa de tomate.
Los presentes aún no habían tenido tiempo a reaccionar cuando la anciana retornaba, visiblemente aliviada, a su frailuno, mirándolos con expresión de malas liendres.

- Merdé…Lo que yo me temía. Dice que nones…Lo afirma con un par y lo razona: con la fama renovada que tiene gracias a Dan Brown, y las innumerables portadas que, cada año, se le dedican por el mundo adelante, la muy querida hermana Lisabetta nos comunica que no hay llanto que valga…No va a dilapidar la marca de la casa; semejante franquicia…Si alguien quiere llanto, que se vaya a Jerusalén, busqué el muro de las lamentaciones y se ponga a la cola…Ah, por cierto…Traigo un mensaje para su descendiente Tomaso. Dice así, yo no quito ni pongo de cosecha propia: “No te molestes en ofrecerme ventajas pecuniarias porque aquí donde estoy no se necesita en absoluto. Y dinero de los pobres, so corrupto, mucho menos. No te molestes tampoco en desenterrar a aquel sieso de Antonio Maragutta, quien, por cierto, no era el padre de mi hijo. Tú, caro mio, desciendes de Leonardo: no te conviene echarle encima tanta mierda…Corto y cierro.”
- Pero…Pero…- a Tomaso parecían faltarle las palabras y sobrarle la sangre en la cabeza- ¡Porca madonna…! ¡Y no estoy hablando de cantantes…! Madame DeVille, exijo retire su libelo de inmediato…Mejor dicho: que lo borre, ipso facto, de su mente, si no quiere que le caiga una demanda… De las de “cágate, lorito” me refiero…
Mike Castle que, como era habitual, asistía impertérrito a la dantesca escena, levantó la mano en demanda de atención.
- Madame Deville, ¿se encuentra en condiciones, con un incentivo creamtístico extra de por medio, de regresar al Más Allá para cumplir una misión extraordinaria? Hablo de cifras con cuatro ceros, por supuesto, a pagar en metálico…
- Si es que tan amablemente me suplican…- dijo Blanche-Noir DeVille, repanchingada nuevamente en su sillón- No se me vayan, que enseguida vuelvo…

3ª PARTE: LONDRES.
Está nevando copiosamente en Londres. El frío no paga derechos de autor y por eso lo hace. Las cuatro de la tarde. Recién levantado de su siesta, un Joe Bigtower con aspecto algo desmejorado, se presenta en el despacho de Mike Castle, el genial detective literario, para cumplir su jornada vespertina.
- Jefe, jefe… ¿Ha leído los periódicos…?
- Suelo hacerlo durante el desayuno; y tú lo sabes, Joe, porque los has traído y no siempre puntualmente, que todo hay que decirlo…
- Eso de la Gioconda… ¿Se ha enterado…? “El fantasma del Louvre number two”… Belphegor se ha cabreado, por supuesto… Durante las madrugadas de domingo de cada mes de agosto, se escucha sollozar a Mona Lisa, por los pasillos desiertos del museo…Las cámaras de seguridad no sido capaz de registrarla; pero es ella…Se presenta a sí misma en su llorera… ¿No dice nada, amo…? ¿Ni siquiera se inmuta…? ¡Qué flemático, leches…!

- ¿Acaso no era eso lo acordado en París, aquella noche? La segunda propuesta, ¿no recuerdas? Por cierto, Joe, no lo tomes a mal: me gustas cuando callas, porque estás como mudo…Tengo mucho que hacer: no me interrumpas…
-Ah, sí, claro: lo de Rubén Darío…No caigo de la burra…
- Es la burra quien se cae de ti, habitualmente. Será por no aguantarte, me imagino..
- Estaría de mejor humor, amado jefe, si durmiese la siesta…Perdóneme que insista…Yo, ya sabe: inasequible siempre al mal aliento…
- “Al desaliento”, Joe, “al desaliento”…
- Más o menos viene a ser lo mismo…Le decía que, si dispone de un minuto y me lo explica, será de agradecer porque ya no me acuerdo, después de tanto tiempo…
- Tú me conoces, Joe… La Verdad me conmueve… Antonio Maragutta se merecía, al menos, “un poco de justicia” de carácter poético. Lisabetta se ha salido, nuevamente, con la suya: han vuelto a hablar de ella los periódicos.”¿Por qué llora Gioconda?” preguntan titulares en más de cien idiomas… Su vanidad está garantizada… No ha hecho falta la carta de esa joven Jezabel para que se abra el melón del misterio…El nombre del desgraciado Antonio tendrá que aparecer, tarde o temprano…
- No son tan listos, jefe, los chicos de la prensa…Hay mucho vericueto metido entre esas apariciones nocturnas en el Louvre y la hazaña pictórica de un joven enamorado en la Toscana del siglo XVI, ¿no le parece, jefe…?
-Bravo, joven Bigtower… A veces pienso: “No está todo perdido: algo se podrá hacer con el muchacho…” Pero date tú mismo la respuesta: ¿Cómo ayudar para el un final feliz de semejante embrollo…?
- La carta…Si tuviéramos la carta-testamento de Lisabetta Simonelli, sus revelaciones sobre la sonrisa de Gioconda podrían llegar hasta la prensa…Pero no la tenemos. Tomaso de Peruggia procedió a quemarla en el mismo momento en que se supo descendiente de Leonardo… No cabe duda: lo hizo en nuestra presencia…
- En eso te equivocas, caro amigo…
- Llámemelo otra vez, jefe, por favor…Me encanta oírlo, acostumbrado como estoy a que me ande riñendo todo el rato…
- No seas pesado, tío: il signore Tomaso di Perugia quemó un papel; pero no se trataba la carta…Hale, hop…En homenaje a Poe, ante todos ustedes…¡La carta robada…!
Mike Castle empezó a hurgarse los bolsillos de su elegante bata de seda guateada. A ojos vistas, el nerviosismo se iba apoderando de sus dedos…
- ¿No se referirá, jefe, a ese papel viejo, todo arrugado, que estaba en el bolsillo de ese chisme que utiliza para andar por casa…? Verá lo que pasó…No se me enfade, amo: esta mañana, fui al servicio con urgencia porque resulta que corro un poco suelto… Y resulta que no había papel higiénico… Vi su batín colgado tras la puerta…
- Me pasé la mañana reconstruyendo su sintaxis más oscura; por eso estaba allí y no en la caja fuerte… No es posible, Joseph Bigtower, que te dispongas a decirme que…
-Lo siento mucho jefe…No quería embadurnar mi calzoncillo nuevo de Emenegildo Zegna…Me ha costado un pastón…Lo siento, jefe; de veras que lo siento…
Mike Castle cerró los ojos y comenzó a contar hasta diez, como siempre le había aconsejado su madre en emergencias. Luego lo pensó mejor y continuó hasta los veinticinco: no las tenía todas consigo…
………………………………….FIN
Advertisement





