Iba yo de caminito jerezano hacia los Dúplex, hace hoy justamente una semana, cuando me tropiezo (estricto sensu, el tropiezo fue un poquito antes, en un paso de peatones, donde un auto me envistió en plan miura) con una cola enorme dando la vuelta a la manzana. Mi viejo corazón, iluso de ilusiones, se repanchingó (el verbo existe y no es pecaminoso; acudan a la RAE) en el gozo y en el pozo de tres deseos largo tiempo anhelados: a) que Ferrol no se quede sin cines; b) que, condición sine qua non para el apartado “a”, el público responda, y c) que ciertos títulos no pasen inter nos con más pena gloriosa que gloria penosa (yo me entiendo…).
Por fin, pensaba en mi candorosa ingenuidad de sexagenario adolescente manque pierda, le estábamos haciendo un poco de justicia a esas heroicas minisalas, una especie de filmoteca virtual con aire parisino de entreguerras o, hasta si me apuran (no lo hagan, por favor, que ando todo dolorido) del Greenwich Village en los cuarenta y muchos. Ciclos municipales de “cágate, lorito de Flaubert”, una programación no ya exigente: estricta gobernanta; un precio ajustadísimo, en plan “marcar paquete”; esa cercanía de estar al alcance de la mano, del pie, de las niñas de tus ojos…; ese trato, tan familiar, de sus gestores…
Llegado a la taquilla, cuando me dispongo a soltar la tocateja, se me comunica que el importe es sólo un euro: están de aniversario; dieciséis primaveras en invierno: el “sweet sixteen” que dicen los ingleses…
Una vez más, estaba equivocado. No empañó constatarlo (es “pecado al minuto”) la alegría de un soplido simbólico de velas: ¡Viejos queridos Dúplex…! Que cumpláis otros tantos, aunque yo no lo vea (sobre todo, si me andan corneando, en los pasos de cebra, los coches de carreras…).
(Publicado en DIARIO DE FERROL)
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