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Archive for the ‘Cartas desde mi Celda’ Category

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LA ÚLTIMA CARTA : EL PROCESO DE LOS 23.

El proceso de los 23, libro al que ya me he referido al comienzo de este trabajo, celebrado en Madrid, ante el Tribunal de Orden Público, en julio de 1975, recoge, en la página 213, un escrito mío titulado «Justicia bananera y fascista», que dice lo siguiente:

«La actitud del PCE hacia nuestras familias fue ejemplar. A la mía, se le brindó apoyo económico. Mis padres me explicaron que yo seguía recibiendo mi salario integro de La Voz de Galicia, dirigida por los hermanos Pillado Rivadulla. De forma anónima, muchos particulares hacían llegar soporte económico y de todo tipo para presos y represaliados. Puedo dar testimonio de numerosas muestras de solidaridad recibidas de personas y grupos durante la etapa de presidio y después. Era muy emocionante ver gente de economía muy estrecha dar importantes cantidades o preparar un plato de comida con cariño.  Recuerdo la presencia en Ferrol de miembros de Amnistía Internacional que  vinieron a visitar a las familias de los encarcelados. Tenían la pista del Centro Social de Santa Marina  y desde allí los pusimos en contacto con las esposas de los que aún  estaban en la cárcel. Más tarde, se personaron en el juicio como observadores.

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Al salir de la cárcel había ingresado el 20 de marzo y salí con la condicional el 22 de diciembre del 72, me reincorporé a La Voz, pero era imposible trabajar en aquellas condiciones, ya que se me vetaba en todo tipo de instituciones y no podía realizar mi trabajo, por lo que pedí excedencia. Mis planes eran irme a Madrid para intentar la aventura literaria. Era una forma de compensar la amenaza de volver a la cárcel tras el juicio. En el año 75 (año de celebración del proceso), yo vivía en Madrid.

Había un montón de gente en Madrid interesada por los acontecimientos de Ferrol. De la Federación Nacional de Cine Clubs, me mandaron una cita para que les informase de lo sucedido en el Centro Social de Santa Marina con la clausura del cine-club Concepción Arenal. Los del TEI hicieron, en los días del juicio, una representación dedicada a los 23 de Terror y miserias del Tercer Reich de Brecht. Antes de empezar la función, uno de los actores, puede que fuese Helio Pedregal o Chema Muñoz, leyó un comunicado solidario. Recuerdo que Mela, la Carbonera, se hizo fotos con todos ellos. Esas fotos debe de tenerlas la familia.

barez,  1 de abril

En sentido estricto, el juicio no tuvo sólo carácter represivo contra el movimiento sindical, sino contra el avance de las opciones democráticas, cara a una transición que se adivinaba cercana e imparable. Coincidían en el banquillo de acusados un variopinto muestrario de demócratas: un abogado, un profesor, un industrial, un sacerdote, un escritor de prensa, una mujer del pueblo y otra universitaria… Siempre detecté que el Proceso de los 23 era visto a la altura de otros célebres procesos Burgos o 100en aquel Madrid convulso de condenas a muerte, atentados sangrientos y desmoronamiento general del franquismo y la simpatía mayoritaria del pueblo llano hacia nosotros. Lo digo porque, habiendo trabajado en diversos oficios: camarero, repartidor de propaganda, vendedor de libros…, estuve en contacto con gentes de extracción social media y media baja, que manifestaban un abierto deseo de libertades.

Creo que  el Proceso de los 23 se convirtió en algo molesto, incluso para el propio régimen, porque les pillaba en el momento en que se estaba buscando una forma de autotransformarse para dar el salto a la España franquista sin Franco.

El tono del proceso era, por parte del tribunal, absolutamente gris y desganado. Aquello era una farsa jurídica: no se tenía en pie. Los que acusaban eran responsables de muertes, detenciones arbitrarias, torturas… y los acusados unos defensores de la Libertad y la Democracia. Cada palabra que decían los acusadores se les venía en su contra. El juicio constituyó un buen termómetro de la justicia bajo el régimen de Franco: bananera y fascista. En su conjunto, creo que lo que dejó patente fue la dignidad  y el nivel de organización y de moral de la clase obrera y el núcleo progresista de la sociedad, frente a la mediocridad del establishment franquista. Los informes del fiscal eran penosos; sus testigos, una pandilla de funcionarios paniaguados y serviles, desfilando con la mentira en la boca. Frente a esto, las declaraciones, llenas de coraje y de sentido de la historia, de los imputados: Aneiros, Pillado, Amor…

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Personalmente, con una petición de seis años de cárcel, la verdad es que aquellos representantes de la justicia no llegaron a causarme miedo, sino desprecio y estupor: ¿cómo podían ser tan torpes, tan zafios, sabiendo que el mundo civilizado los estaba mirando? Aquel tribunal de un régimen manchado por la sangre de millones de españoles era un tigre de papel de estraza que intentaba contar la Historia que nunca existió y hablaba engolando la voz sin convencer a nadie. Daba vergüenza verlos actuar… ¡En qué manos estaba España, qué pandilla de asnos! El régimen era, todavía, la vieja dialéctica de los puños y las pistolas; una violencia institucional que ni siquiera se autorregulaba y actuaba ciegamente en todos los frentes: el mundo obrero, la universidad, la ciudadanía de a pie… Como no podían inspirar simpatía, intentaban causar miedo; pero estaban atrapados: ¿cómo esgrimir los estandartes de cristianismo y de justicia y progreso con bandas fascistas actuando impunemente por la calle, ejecuciones y represión generalizada? Con el dictador al borde de la tumba, ¿es posible que pensasen que la impunidad les iba a durar mucho? Hasta el propio Ejército empezaba a colocarse al margen.

Cuando hoy se habla de la forja de la Democracia en España y el PP, cínicamente, afirma que las libertades fueron cosa de todos, uno se acuerda dónde estaban entonces y lo que hacían: perseguir obreros, intelectuales, sacerdotes… cuyas denuncias ponían en evidencia la imposible herencia del dictador: ¿podía pasar España a sus cachorros como botín de cruzada? Aquellos siniestros personajes han llegado al siglo XXI tratando de figurar en la foto, borrosa por el silencio a que estuvo sometida, junto a sus perseguidos, con la boca llena de soflamas democráticas.»

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LA ÚLTIMA CARTA DE LA BARAJA.- Viaje al pasado. Álbum de fotografías. Nostalgia. Una kermese en buena compañía… Y, ¿por qué no? Memoria Histórica, alegato, promesa, una voz que vuelve del pretérito imperfecto; una psicofonía, nada fantasmal, por otra parte… Un eco, en todo caso.

Cuando entré en la cárcel de la Coruña, me pareció un edificio enorme, inacabable. Al salir, justo frente a la puerta exterior, me volví para contemplar el hall de acceso. Me pareció, de repente, muy pequeño, como si se hubiese sumido y resumido… Después de nueve meses, aquel monstruo a punto de parirme al espacio exterior, me mostraba su vientre convertido en un bucle, mitad obsceno, mitad imaginario, incluso inofensivo en su enanismo, perdido en el espacio y en el tiempo…

Esto es lo que hay y lo que había. Lo que encontré en la vieja carpeta de mi padre. Quería, necesitaba, compartirla con todos.

Gracias. José.

PD) En Madrid, a siete de julio de 1975, el Tribunal de Orden público, presidido por Ilmo Sr. Don Francisco Mateu Canoves, me absolvió de los delitos de asociación ilícita y propaganda ilegal; llevaba en libertad provisional desde el 22 de diciembre del 72. Pillado, Amor y Riobó permanecieron en prisión hasta 1976. Julio Aneiros, a quien está dedicado este trabajo, salió de la cárcel en 1975.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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EL TESTIMONIO DE RAFAEL PILLADO (5)

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INTENTO DE FUGA

En tanto alcanzamos un número importante, más de medio centenar al principio, los días transcurrían sin apenas tristeza. La situación se hizo notablemente más difícil cuando pasamos de ese número a la media docena y, posteriormente, a los tres que quedamos hasta el 76. Quizás, cuando más lo sentí fue al despedirse Rafael Bárez. Los últimos años, vividos intensamente al frente de la organización del Partido en Ferrol, nos habían unido honda y afectivamente. El día que abandonó la prisión de A Coruña, lloré de forma muy intensa.

barez,  1 de abril

Llegamos a quedarnos en A Coruña  solo Julio Aneiros, Pedro López Bonome (Pirulo) y yo. Pirulo se pasaba las horas en el patio de los comunes, donde tenía algunos conocidos. Lectura y estudio resultaban imprescindibles; por un lado, para aprovechar el tiempo; pero también para mantener la mente ocupada: el fantasma de la depresión gravita siempre sobre la vida carcelaria.[…]

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Otra de mis preocupaciones, en lo tocante a la salud, la marcaba aquella afonía persistente. Recurrí a un otorrino de Betanzos, Joaquín Garma Peña, quien, pese a no tener posibilidades de atenderme directamente, me recetó algunos medicamentos. Cuando le hice saber que no sentía mejoría, me envió, gratuitamente, un potente complejo vitamínico, con la intención de reforzar mis defensas. Más tarde, al salir de la prisión, tuve oportunidad de agradecerle su comportamiento. Por su parte, me mostró la misma atención e, incluso, pasados los años, este doctor nos ayudó económicamente en determinadas campañas electorales, tras la recuperación de la Democracia.

Un día, cuando ya llevábamos unos seis meses en la minoría descrita, me señalan desde fuera, a través del abogado, la posibilidad de iniciar el primer curso de graduado social: no me sobraba formación teórica en dicho campo y estaría más entretenido. Me pareció una idea excelente. Solicité la matrícula en la Escuela de Graduados Sociales de Compostela y me trajeron los libros para preparar el acceso. A mi solicitud de autorización para examinarme, el TOP respondió con bastante celeridad, dando su conformidad.

Continué con mis estudios, aunque empezó a desarrollarse una nueva perspectiva. En las conversaciones que manteníamos con los abogados, se fue introduciendo una idea. ¿Cabía la posibilidad de organizar mi fuga? Los presos que se examinaban para graduados sociales, lo hacían en la Universidad de Santiago. ¿Por qué no buscar por ahí una salida?

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Ánxel Guerreiro y otros camaradas universitarios me habían contado que la única instalación penitenciaria existente en Santiago la constituían los calabozos municipales. Ellos habían pasado por los mismos en diversas ocasiones. De llevarme a examen, utilizarían dichas dependencias.

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Por otra parte, Vicente Álvarez Areces nos había relatado la siguiente anécdota: en una ocasión que habían sido detenidos él y otros compañeros y encerrados en los calabozos de marras, un carcelero se había puesto a conversar con él dentro de la celda. Parece que la charla le resultaba agradable y se distrajo hasta el punto de que, a una hora determinada, sonó un timbre o algo así e, inmediatamente, se bloquearon las puertas. El hombre se había confiado en exceso y tuvo que dormir toda la noche con ellos. La explicación que le dio el inesperado prisionero fue que, por falta de personal, funcionaba un sistema de cierre automático.

Los camaradas decían que aquellos calabozos estaban bastante deteriorados y que los barrotes de los ventanales que daban a la calle se hallaban muy debilitados por la oxidación. Además, se encontraban instalados en la planta baja, de tal manera que, serrando algunos barrotes, ya se accedía directamente a las calles de Compostela.

En fechas previas al examen, se me comunicó que todo estaba preparado. Tanto la prisión como mi abogado José Luis Núñez confirmaron mi salida a examen. Concedida la solicitud, lo normal era que me trasladasen a Santiago para realizar la prueba. El plan consistía en que yo, una vez en los calabozos, Si veía condiciones favorables, intentaría evadirme. Previamente, mi padre se trasladaría al lugar del examen, donde intentaría darme un abrazo, en el momento de entrar a la sala, aprovechando lo cual me pasaría una hoja de sierra, que disimularía entre mis ropas.

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En otras ocasiones en que estudiantes habían acudido a examen estando presos, tras la prueba, habían vuelto al calabozo y, al día siguiente, les habían trasladado a la cárcel. Si esto sucedía conmigo, tenía que utilizar la noche para serrar los barrotes necesarios, lo que permitiría mi paso al exterior. Dato a favor: se trataba de barrotes muy carcomidos por la herrumbre.Superados esos obstáculos, tendríamos un coche esperándome en un lugar próximo, que me alejaría rápidamente del lugar.

Así estaban planteadas las cosas para organizar mi fuga de prisión.

Por descontado que, si lo lográbamos, permanecería en Galicia, ocupado en las tareas de organización del Partido y de las Comisiones Obreras. Ni se me pasaba por la cabeza, tras la fuga, marchar hacia el exilio. No habría tenido ningún sentido tanto esfuerzo.

La víspera del examen, el 3 de octubre del 72, con la autorización del TOP, la prisión solicita fuerza armada para trasladarme a Santiago, un servicio que la Policía Armada deniega, por no considerarlo competencia suya. La negativa se repite el mismo día 4, fecha fijada para el examen. Con toda urgencia, se le plantea a la Guardia Civil esa tarea. Dan la callada por respuesta. Tenía que realizar la prueba a las 17 horas. Por razones que ignoro y vulnerando mis derechos como preso, a las 14 horas, queda en suspenso mi traslado al examen. Mis esperanzas de libertad, fueron las que se fugaron al final…

Cancelado el viaje, unos días después, se me otorga autorización para matricularme en A Coruña, “si hubiese Escuela de Graduados”.

Sucedía –y las autoridades penitenciarias lo sabían de sobra– que en A Coruña no existía tal escuela.

Veinte días después de abortado el traslado a Compostela, recibo comunicación de que el día 25 del mismo mes, se constituiría el tribunal de la Escuela de Santiago para hacerme la prueba. Ésta se realizará en la prisión. Cumplido el requisito, pocos días después se me comunica que la puntuación obtenida no había sido suficiente. En una conversación con Xaquín Campo, amigo y sacerdote, me comentaba, recientemente, que un funcionario de aquella escuela le había dicho por entonces: “Nos hemos cargado a un peligroso comunista de Ferrol, que pretendía acceder al graduado social, de nombre Rafael Pillado”.

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La suspensión –hablo del viaje a Santiago– debió de darse por considerar peligroso aquel traslado. Mi fuga habría constituido un duro golpe para ellos, dada la notoriedad de nuestra situación, mientras organismos de medio mundo, Amnistía Internacional entre ellos, estaban demandando nuestra libertad.

Pese a no ser trasladado, los planes se mantuvieron hasta el día anterior. La falta de confirmación de mi desplazamiento hizo que se desistiera del proyecto en el último momento.

He aquí la historia real y verdadera, por primera vez contada, de una fuga que nunca existió pero que estuvo a punto de intentarse…

Pasado algún tiempo, incluso estando aún encarcelado, empecé a considerar aquella idea como una aventura un tanto descabellada” […].

 (Publicado en DIARIO DE FERROL)

Cartas Torregrosa

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EL TESTIMONIO DE RAFAEL PILLADO (4)

LUCES Y SOMBRAS

A lo largo de esos meses, se produjeron diversas anécdotas. Recuerdo que, entre nosotros, figuraba un camarada de Vigo, llegado para cumplir un tiempo de condena. Magnífico compañero, por cierto. Cuando terminó su internamiento y se marchaba, nos anunció que nos mandaría caña. Había echado de menos, al tomar el café, unas gotas de orujo. Pasados unos días, cumplió su promesa y, aprovechando un domingo de visita, entregó a las familias su regalo.

¡Dieciséis litros de caña nos pretendía pasar! ¡Una barbaridad…! Nos vino a ver el funcionario encargado de los paquetes y nos dijo: “Si se tratase de un litro, no tendría inconveniente, pese a que está prohibido. Pero dieciséis litros… ¿es que pensáis celebrar algún bautizo…? Y encima, por toda la entrada a la prisión, se ha extendido un olor que tumba a aguardiente de orujo…”.

No estaba exagerando: el recipiente utilizado para pasárnoslo consistía en cajas de tetrabrik. Se le extraía la leche con una aguja de inyectar y se llenaba del mismo modo, poniéndole luego, sobre el agujero, un parche de cera, como en el célebre episodio en el Lazarillo de Tormes. Desgraciadamente, uno de esos improvisados tapones se había despegado y la caña iba dejando un reguero de orujo, y un olor que levantaba a un muerto. Y… ¡todavía quedaban 15 litros…!

El funcionario en cuestión vino a decirnos que, si, en algún momento, queríamos algo por el estilo, fuese en pequeñas cantidades. A la dirección le constaba que nosotros no consumíamos alcohol. Incluso, de las raciones de vino que nos correspondían, solo retirábamos la mitad.

Este funcionario, de llegada reciente, había venido a vivir a un edificio situado en la parte trasera de la prisión; en diversos momentos, nos saludaba desde su casa. Procedía de Barcelona, donde había estado ejerciendo de policía armado. Nos confesó que había decidido ingresas en el cuerpo de prisiones, precisamente ante la cantidad de movilizaciones que allí se producían por parte de trabajadores y estudiantes. Pensaba que la situación se venía recrudeciendo. Era consciente de que el franquismo tenía que dejar paso a otra situación política. Se trataba de una persona razonable, nada que ver con el funcionariado que había conocido mi padre, en los años cuarenta, tal como relata en su autobiografía.

Nosotros seguimos muy de cerca todos los acontecimientos de la prisión. Cuando venía alguien de fuera, inmediatamente, buscábamos la forma de conectar, para ofrecer y recibir información. La Banda Municipal del ayuntamiento herculino, todos los años, acudía a una celebración a nivel interno, no recuerdo cuál; probablemente, fuese el “Día de la Merced”. En ella, figuraba un buen amigo y ex-militante del Partido, Sergio Maneiro, con el cual establecíamos conexión.

Cualquier obra que se hacía en el interior, nos permitía entrar en contacto con los trabajadores. En una de esas ocasiones, uno de los albañiles hizo lo posible por saludarnos. No tenía nada que ver con nosotros políticamente hablando, pero le intrigaba la presencia allí de tantos obreros. También es verdad que les invitábamos a tomar café, cuando lo hacíamos nosotros y ellos andaban cerca. Después de conocernos algo más, un día nos anunció este hombre que nos traería una botella de coñac. Cumplió su palabra. Apareció con el licor, camuflado en un recipiente plástico de lavavajillas. Cuando lo vamos a compartir con todos, advertimos un olor muy extraño. Al probarlo, nos encontramos con un vomitivo sabor a detergente. Total, que nos quedamos sin el coñac, que además era de marca.

Volviendo al lado menos grato de la vida carcelaria, paso a relatar uno de los momentos más difícil de nuestra estancia en la cárcel de A Coruña. Una nueva tragedia vino a golpearnos de forma inesperada.

A mediados de julio del 72, nos llega una terrible noticia. Quienes nos la dieron, nuestros abogados, no sabían cómo decírnoslo. Manolito, el hijo de Amor y Fina, al que queríamos entrañablemente, había sido atropellado por un camión y, a consecuencia de ello, había muerto. Resulta difícil describir la reacción de los presentes.

Nos parecía imposible. No dábamos crédito. Aquel hecho luctuoso, perturbó nuestro estado de ánimo durante mucho tiempo. Para mayor dolor, ya que no podíamos acompañarle en ese durísimo trance, Manolo Amor permanecía preso en Caranza en ese momento.

Aún resultó mucho peor, cuando nos enteramos de que se le había denegado la autorización para asistir al sepelio. ¡Hasta tal punto se mostraba el régimen franquista vengativo y deshumanizado!

Seguramente no fue el único caso; se trató de un acto cruel, uno más en la historia de la dictadura. El pesar permaneció por mucho tiempo entre nosotros. Más de una vez hemos preguntado qué papel jugó el SIM en todo ello…

Otro golpe importante fue el consejo de guerra contra los compañeros Manuel Amor Deus, José M. Riobó Millán, Francisco Fernández Filgueiras, Bernardo Bastida Sixto, Angel Porto Feal, José Cabado Martínez, Ramiro Romero López y José Julio Miraz Fernández, a principios de noviembre del 72. Se trataba de un burdo montaje que buscaba seguir implicando a las Fuerzas Armadas en la represión de los trabajadores y la ciudadanía en general. Lo que no habían logrado en los primeros momentos de aquellos acontecimientos, lo lograban ahora.

Un mes después, llegaban a la prisión de A Coruña, procedentes de la prisión militar de Caranza, Amor, Riobó, Bastida y Porto. En este momento, aún permanecían Torregrosa, Bárez, etc.; lo harían por poco tiempo: a cuentagotas, la Comuna iba perdiendo miembros.

Bárez salió a finales del verano; a Loureiro y Torregrosa se les concedió la libertad condicional el 22 de diciembre.

Ese año lo despediríamos juntos los que quedábamos: Julio Aneiros, Pedro Bonome, Manuel Amor, José M. Riobó, Bernardo Bastida y yo, con una cena especial traída de casa. Por la velocidad a que venían mi madre y mi mujer para que la tuviésemos a punto, les sería impuesta una multa. Antes, habíamos celebrado una comida con los niños, no solo los hijos de los presos, sino que estuvimos acompañados por los de otros compañeros ya puestos en libertad.

Al empezar el año, Amor y Riobó fueron trasladados a la prisión de Jaén. Solo quedábamos Julio, Pedro Bonome (“Pirulo”) y yo, y, por poco tiempo, Bastida, el cual, con los años, siendo Patrón Mayor de la Cofradía de Pescadores y Mariscadores de Ferrol, tomaría parte activa en las luchas por la defensa de la vida y la Ría de Ferrol contra el Grupo Tojeiro y su ilegal planta de gas de Reganosa. También es reseñable su homenaje paralelo a la figura de Manuel Pillado, mi padre, antiguo Patrón Mayor de esa Cofradía, con ocasión de presentarse su libro de memorias.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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