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Archive for the ‘Cartas desde mi Celda’ Category

EL TESTIMONIO DE RAFAEL PILLADO (3)

GRACIAS Y DESGRACIAS DEL PRESO ROMERO Y OTRAS HISTORIAS DIGNAS DE SER CONTADAS.

Cualquier novedad, por poco graciosa que fuese, suponía un motivo de festejo. Por ejemplo, el caso de nuestro compañero Romero.

Además de su afición a la poesía, a la música y otras artes, se empeñó en hacer una copia de la Torre de Hércules. Se empeñó y lo consiguió.

Para ello, se paseaba todo el día por los locales, armado con un madero, un lápiz y una regla. No había lugar al que ir, donde no aparecieran Romero y los tres elementos mencionados. No los metía dentro de la comida, de casualidad. Aquello suponía una especie de provocación para que a alguien se le ocurriese acabar con esta especie de manía. No pasó mucho tiempo sin que recibiese la lógica respuesta. Empezó por faltarle una de sus “mascotas”, y ahí veías a Romero preguntando por su paradero, casi con lágrimas en los ojos: “¿Dónde está mi lápiz? ¿Alguien lo ha visto?”. Luego se evaporaba el tronco y lo mismo. Llegaron a faltarle todos a la vez. Romero estaba desesperado, casi al borde del ataque de nervios. Lo peor estaba por llegar: una vez recuperados los tres componentes de su obra, faltó la regla. Y, por todo el territorio comanche de políticos corría la misma pregunta envenenada: “¿Os habéis enterado que a Romero le ha faltado la regla?” Las carcajadas se escuchaban en la Torre de Hércules…

Romero, que era un tipo estupendo, acabó por tomarse con humor aquel percance.

Del mismo modo, cualquier otra anécdota o suceso era ampliamente celebrado.

En el apartado deportivo, también contamos con el ping-pong.

Las mesas que teníamos para comer, unidas por sus cabezas, nos permitían configurar un campo de operaciones. Pese a las irregularidades de su superficie, nos dotaba de un nuevo juego. La red que dividía el campo la improvisamos cosiendo varias bolsas de cebollas, tensadas con cuerdas y unos soportes. Tras pedir a casa las raquetas, celebramos, durante meses, competiciones diversas. Reconozco que fue ahí donde aprendí un poco de ese deporte.

También utilizamos un “pantelro” (denominación popular en San Felipe), una especie de pirámide hecha con cañas para cazar pájaros.

En este caso, nuestra actividad resultaba mucho menos edificante: no se trataba de la procura de alimentos en épocas de hambre, sino del juego con la vida de unos seres inocentes. Al patio llegaba un gran número de gorriones. Y un día, buscando algo nuevo que hacer, emprendimos la experiencia. Cogíamos barras de pan y las metíamos en agua. Luego, las depositábamos en la esquina del patio más alejada de donde solíamos instalarnos. Lo hicimos varios días, hasta que se confirmó que manadas de gorriones se posaban allí. El siguiente paso fue elaborar el pantelro. Lo situábamos en el lugar; el pan lo metíamos debajo de esa pirámide, que se elevaba por un lateral, apoyado en una caña, haciendo de soporte. Dicha caña vertical estaba atada por un cordel que extendíamos hasta nuestra puerta y controlábamos por un extremo. Cuando los gorriones se metían debajo del pantelro, tirábamos de la caña para que se cerrase el artilugio, capturando dentro a las aves. Se trataba solamente de un divertimento carcelario: no teníamos nada que hacer luego con las capturas y las poníamos en libertad.

Llegados al Primero de Mayo de ese año, y habiendo convivido ya durante dos meses, los que aún permanecíamos presos decidimos celebrarlo por todo lo alto. En un primer momento, nos preocupó un poco la respuesta de la dirección. Luego decidimos que, actuando con toda normalidad, debiéramos realizar las actividades que considerásemos adecuadas, previo discreto sondeo con el funcionario más accesible. Y así fue.

Engalanamos con todo tipo de banderas y símbolos el comedor y la sala de lectura. Preparamos una comida especial y decidimos manifestarnos como cuando estábamos en la calle. Bajamos desde la galería, en formación, hasta salir al patio, donde nos concentramos.

Tampoco renunciamos a cantar la Internacional. Resultaba emocionante el hecho de haber convertido una cárcel franquista en un trozo de la futura España Democrática.

No tuvimos ningún tipo de problema con los funcionarios. Sólo al día siguiente, nos hicieron la recomendación de que, en futuras ocasiones, fuésemos más cuidadosos. Algunos compañeros suyos podrían sentirse provocados o, incluso, ser acusados de negligencia por no reprimirnos. Eran, fundamentalmente, la Policía Armada y sus mandos quienes se mostraban más agresivos con nosotros y con nuestros familiares. Ya quedábamos poco más de veinte presos políticos y ello favorecía un comportamiento chulesco y prepotente por su parte.

Raúl Pillado, en el centro, con sus padres y su hermano Luis

Referiré el caso ocurrido con mi hermano Raúl. Durante uno de esos días de visita en que venía a comunicar conmigo, acompañando a mis padres, el mando policial que dirigía la guarnición, controlando el exterior de la misma, encontró excusa para llevar detenido al cuartelillo a Raúl. Se trataba de una actuación irregular pero no tuvo ningún reparo en realizarla. Durante el interrogatorio al que estuvo sometido, además de provocarle verbalmente, se empeñó en que cogiese una pistola que él le ofrecía, a lo que mi hermano se negó: de haberla sostenido entre sus manos, cualquier cosa hubiese podido suceder allí. Al parecer, se trataba de una práctica habitual en los interrogatorios: a José Torregrosa le sucedió otro tanto en comisaría.

Tal era el trato que recibían nuestros familiares. Quizás esto explique los temores del funcionariado de prisiones: no se sentían a salvo ellos mismos de las represalias de aquellos pretorianos fascistas.

En la Comuna, se debatía habitualmente sobre los aspectos más diversos, con la intervención de todos nosotros. El de la música pop fue uno de ellos (concretamente, el tema de los Beatles). Yo tenía una visión muy limitada sobre el asunto, pese a lo cual también di mi opinión negativa. Torregrosa era apasionado defensor del grupo, junto con los más jóvenes. No estaba yo por la beatlemanía…

Tras la llegada de Julio Pérez de la Fuente y Sari Alabau a la prisión, surgió un problema. Creo recordar que la detención de estos amigos se realizó tras el 10 de marzo, en Valencia. Su ingreso en prisión se hizo directamente desde allí. El jefe de seguridad de Infantería de Marina (SIM), Fraguela, que se encargó de preparar el consejo de guerra a Amor, Riobó, Porto, etc., mostró interés en interrogar a Julio y Sari, y para ello se dirigió a la prisión de A Coruña.

Julio nos puso al corriente de que este personaje pretendía interrogarles allí mismo, haciéndose pasar por juez. Inmediatamente, una delegación de presos nos dirigimos al “centro” (lugar central de las galerías donde se mantenía el cuerpo de guardia de funcionarios), para pedir entrevista con el director y denunciar que el tal Fraguela se estaba haciendo pasar por juez y, además, que se trataba de un torturador. Se generó un cierto revuelo y conseguimos que se tomasen medidas. En esta ocasión, aquel sujeto no pudo lograr sus objetivos.

No estaba acostumbrado a que le desautorizasen y, prácticamente, el director lo había conminado a abandonar el recinto, lo que provocó su cólera. El jefe del SIM movió sus hilos y logró autorización, pasados unos días, para interrogar a Sari en la cárcel de A Coruña y el traslado de Julio a la cárcel militar de Caranza, donde esperaba actuar con impunidad.

Pasado el tiempo, supimos que aquel director, Ulpiano Revuelta Gamazo, fue trasladado de prisión y castigado por haberle puesto impedimentos legales a este típico espécimen de la dictadura.

(publicado en DIARIO DE FERROL)

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EL TESTIMONIO DE RAFAEL PILLADO (2)

CLASES Y RECREOS

Realizábamos también, por turnos, la limpieza colectiva de nuestras instalaciones. A lo largo de la semana, llevábamos a cabo labores de barrido y fregado bastante a fondo, con el fin de proporcionar a nuestro territorio un grado de normalidad y aseo. Nos ocupábamos de los suelos, ducha y retrete, platos de la comida, etc.; e, incluso, periódicamente, del patio, para poder hacer vida en él en un ambiente adecuado, sin riesgo de contraer enfermedades por la falta de higiene.

Como centro principal de actividad, se organizó el estudio, el debate político y también los juegos y entretenimientos. Vicente Álvarez Areces nos instruyó sobre matemática moderna (había estudiado matemáticas superiores). Nos explicó la teoría de conjuntos, que para nosotros sonaba a chino hasta ese momento. Aquellas clases nos ayudaron a tener otra visión sobre las matemáticas, una asignatura que, en el bachillerato, siempre me había resultado difícil y poco atractiva.

Se nos dio la posibilidad de conocer otra visión distinta sobre la Historia, siempre enfocada, en las aulas franquistas, desde la perspectiva de una elite que prescindía de los procesos sociales. Este tema lo preparaba Ángel Cortizas (el futuro primer alcalde comunista de Mugardos), en tanto no salió en libertad. Paco Rodríguez se encargó de la literatura gallega. El inglés corría a cargo de José Torregrosa.

Francisco Rodríguez

Incluso, el Derecho se convirtió en un tema de estudio, a cargo de Rafael Bárez. Por su parte, el sacerdote Anxo Ferreiro Currás intentó organizar un curso de gimnasia. Otros temas fueron tratados, pero siempre estaban condicionados a que sus responsables continuasen o no en prisión: dependían de las incidencias carcelarias.

El sistema que utilizamos con la alimentación era el siguiente: recibíamos la comida de la cárcel; seleccionábamos la que estaba en mejores condiciones y prescindíamos de aquella que nos parecía bazofia (el llamado “filete ruso”, por ejemplo). Lo segundo abundaba más que lo primero. A la que considerábamos aceptable, le agregábamos parte de la que disponíamos procedente de la familia y amigos.

Cuando los envíos de víveres escaseaban, no nos quedaba más remedio que consumir el menú carcelario.

Es de justicia constatar que, a lo largo del tiempo de nuestra estancia allí, la solidaridad material desde el exterior fue magnífica.

Todas las familias y bastantes amigos contribuyeron, en la medida de sus posibilidades (y aun haciendo sacrificios), al bienestar entre rejas.

En mi recuerdo figura aquella fiambrera de plástico, que aún conservo; mi familia nos la hacía llegar llena de nata con fresas. Resultaba emocionante sentir tanto afecto asistiéndonos desde el otro lado de los muros. Creo que todos engordamos. En mi caso, pese al ejercicio gimnástico que practicábamos cada mañana, llegué a reventar un pantalón de pana que me habían traído: hubo de ser reparado en varias ocasiones.

Las visitas semanales las aprovechábamos para intercambiar saludos y noticias. Constituían, sobre todo, el medio para mantener una comunicación con la familia, además de las cartas, en las que a mí me costaba un mundo hablar de intimidades, sabiendo que iban a ser leídas por el director o en quien delegase. Por ello, hacía un mayor esfuerzo en la comunicación directa, en unas condiciones penosas.

Tras la venida de los allegados con los paquetes, bien de ropa, bien de alimentos, una vez recogidos, se les hacía pasar por turno, un número elevado de personas cada vez, al locutorio. Este recinto, alargado y rectangular, disponía en el centro, en sentido longitudinal, de una doble reja de un metro de separación. Inicialmente, por el medio, paseaba un funcionario. Tiempo antes de nuestro ingreso, habían suprimido dicho intermediario: colocaron, sobre cada reja, una malla de jergón tupida, que impedía casi por completo la visibilidad.

En tales condiciones nos veíamos obligados a comunicarnos con las familias. Hacinados en aquel reducto como ganado, todo el mundo gritaba para hacerse oír, lo cual resultaba imposible. Entonces, cada uno alzaba más la voz para lograr hacerse entender y el griterío crecía y crecía, hasta hacernos parecer locos a todos.

Las primeras cartas y algunas otras posteriores, las hice llegar a través del abogado. En ellas, trataba con la familia algunos temas de carácter íntimo. Esto no siempre resultaba posible: los abogados podían venir algunos días, pero tenían que trabajar (y mucho, en aquellos momentos), y seguir ocupándose de sus tareas políticas (los del Partido Comunista, sobre todo).

Las formas de entretenimiento eran muy variadas. Además de las lecturas con los fondos de biblioteca que fuimos formando, teníamos acceso a la televisión, un bien escaso para los presos en esa época. La práctica del fútbol fue sistematizada en tanto pudimos constituir dos equipos. Desde los primeros momentos, se formaron por sectores: “talleres” (me refiero a trabajadores de talleres de Bazán) o “profesiones”.

El mundo del trabajo dio buena cuenta de los intelectuales, menos avezados en lides épicas. Correr y jugar sobre piedra supuso un buen número de lesionados. El campo de operaciones abarcaba toda la superficie del patio. Más tarde, diezmados los equipos por las puestas en libertad, se preparó el patio de la barbería con una cancha de baloncesto. Para ese momento, permanecíamos solo tres o cuatro presos políticos.

Contábamos con otros pasatiempos: el ajedrez, tema de intelectuales inicialmente, se popularizó. Se organizaban torneos sucesivos.

Se celebraban también competiciones de “damas”. Y, en esto, apareció el parchís, utilizado como “casus belli” entre dos bandos irreconciliables: los partidarios del parchís frente a los ajedrecistas. Cada grupo era víctima de los ataques de los otros jugadores. Cuenta José Torregrosa, en las cartas a su familia, las agresiones mutuas que unos y otros padecieron, dando pie a sesudas reflexiones casi filosóficas. Yo era uno de los practicantes de parchís y me vi imposibilitado de ejercitar mi derecho al entretenimiento, por habernos escondido nuestros oponentes el tablero, fichas, cubiletes y dados correspondientes.

Creo que el material durmió varios días escondido en los servicios.

Hasta que por fin apareció, vivito y coleando. Nuevamente, dedicamos nuestra investigación al creativo parchís, mientras los ajedrecistas nos vigilaban con mal disimulado encono.

Y sobre todo, el Teatro. Dos personajes centrales para el tema: Rafael Bárez y José Torregrosa. Constituía la actividad cultural más importante y la que requería mayor esfuerzo y dedicación.

Bertolt Brecht

Al principio, personalmente, no le prestaba mucha atención: andaba muy ocupado con el parchís. En esas lides teatrales, participaba parte importante de los que allí estábamos, aunque sólo fuera como público de los espectáculos. Poco a poco, las sesiones a las que nos “obligaban” a asistir, fueron provocando mi atención. Señalo aquí dos momentos que me quedaron grabados en la memoria por mérito propio. Programada la representación de “La Comuna” de Bertolt Bretch, habíamos estado esperando a que, por medio de los abogados, nos mandasen el texto desde fuera y, al final, no llegó. Debo decir que, en este momento, ya era yo un participante asiduo y activo.

La militancia política, que tanto ha significado en mi vida, me proporcionó la ocasión de trabajar como actor en una representación teatral hecha por y para prisioneros políticos. Un motivo más para sentirme orgulloso de mi militancia.

Torregrosa se rompía la cabeza para buscar otra actividad teatral alternativa. Creo que fue Riobó quien propuso que nos riésemos un poco de los dimes y diretes de nuestra propia comuna; él solía burlarse, cariñosamente, de los acontecimientos cotidianos. Para mí, aquella representación resultó sensacional. Nos habíamos reído ampliamente de nuestros defectos y manías. Seguro se había producido la catarsis. Todos salimos de la representación yo no sé si mejores, pero, desde luego, absolutamente felices.

El segundo momento del que me acuerdo fue en otra representación en la que, para aportar colorido al ambiente, se cubrieron los bancos del público con un papel rojo. A punto de empezar la función, y al sentarse todo el mundo, no recuerdo por qué, se retrasó el inicio de las actuaciones. Al levantarse algunos impacientes, se inició una carcajada impresionante. Los de atrás veían a los de delante y se partían de risa. Todas las filas comenzaron a ponerse en pie, para ver lo que pasaba: todos teníamos el trasero pintado; el papel había desteñido y dejado la marca en la culera, “al rojo vivo”.

Creo que no hubo premeditación por parte de nadie; pero el efecto de aquel suceso nos dejó a todos exhaustos de las carcajadas.

Quizás ello se explique porque estábamos en una situación propicia para que las emociones se desbordasen.

Hubo otras representaciones antes y después; pero estas permanecen indelebles en mi memoria.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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EL TESTIMONIO DE RAFAEL PILLADO (1)

De su libro de memorias colectivas, “Latidos de Vida y de Conciencia”, presentado el pasado 10 de marzo, reproducimos, por cortesía su autor, el capítulo XXI, titulado “La Comuna de la Prisión de la Coruña”, que aporta valiosa información sobre todo lo que se ha venido reflejando en “Cartas desde mi Celda”. Por razones obvias, se han eliminado las anécdotas ya reproducidas en entregas anteriores.

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“TODOS A LA CÁRCEL”

Ingresé en la cárcel, como digo. Se trataba ya de un territorio conocido.

Pero lo hacía ahora en una situación nueva, tras unos acontecimientos cuya noticia estaba recorriendo el mundo: las manifestaciones de condena al régimen franquista por su crimen se sucedían en los cuatro puntos cardinales.

La idea preconcebida al entrar era que me encontraría a muchísima gente que, en otras circunstancias, no hubieran estado presentes. Se hacía palpable que se había producido una enorme redada.

Como en ocasiones anteriores, tras el registro de mis pertenencias, se me confinó en una de las celdas de “periodo”. Si, en las anteriores circunstancias, permitieron que uno de los presos políticos que ya estaban allí nos viniese a saludar, en esta ocasión fueron varios los que formaban el comité de recepción: nos trajeron toda clase de víveres y algunos libros para leer. La compañía no podía ser mejor: ¡estábamos en familia…!

No llegué a pasar allí los tres días preceptivos. Permanecía conmigo José Manuel Soto Niebla. Luego, se me trasladó a la celda en que habría de pasar buena parte de mi tiempo en esta prisión, y que compartiría, durante su estancia allí, con mi padre y mi hermano Raúl.

El Viejo Pillado

Los nuevos internados todavía se movían con cierta prevención, quizás por la cruda situación que atravesábamos y por falta de experiencia. Muy pronto, empezamos a establecer las bases organizativas de lo que vislumbrábamos habría de ser un asentamiento de por meses.

Éramos conscientes de que la experiencia pasada un año atrás había determinado un comportamiento más cauteloso con nosotros, por parte de la dirección. Cauteloso; y, a la vez, considerado, dentro de ciertos límites.

Ya desde los primeros momentos, se organizó nuestra presencia, asegurándose de que la relación con los presos comunes fuese la menor posible. Esta norma se manejaba con mucha discreción. Digo esto, porque a algunos de nuestros compañeros que iban a los otros patios, no les ponían pega alguna.

De cualquier manera, propiciaron que nuestra actividad se desarrollase lejos de los comunes, para lo cual, nos acondicionaron unas instalaciones propias. La prisión de A Coruña disponía de cuatro patios, separados por unas galerías, repletas de celdas en el bajo y en el primer piso, en forma de cruz. El que quedaba a la izquierda, según se entraba, correspondía a las mujeres, totalmente aislado de las instalaciones para hombres, aunque las leyendas carcelarias hablaban de visitas de ciertos personajes privilegiados (funcionarios y presos clase A) a este enclave. En el de la izquierda interior, se hallaban la barbería y otras dependencias auxiliares. En el de la derecha, deambulando todo el día, se amontonaban los presos comunes. Lo único que se les ofrecía en aquel recinto para integrarse a la sociedad, consistía en dar vueltas y más vueltas, sin otro quehacer que malcomer, realizar juegos de azar, recibir “cursillos acelerados” para circular con éxito por la senda del delito y pocas cosas más. Y por último, estaba el patio de la derecha según se entra, en cuyas dependencias, a nivel del primer piso, estaba instalada la enfermería. Dicho patio era el asignado a los presos políticos. Del mismo, solo se salía de forma esporádica y para asuntos concretos: cortarse el pelo, buscar la comida que nos proporcionaba la prisión, recoger el vino que nos correspondía…

Los políticos gozábamos del mismo tratamiento que el resto de población reclusa, siempre teniendo en cuenta una notable escasez de medios, lo que resultaba habitual en las cárceles franquistas. Algo sí había cambiado: en esta ocasión, asumieron nuestro status de presos políticos, lo que no había ocurrido en ocasiones anteriores. Si bien se nos mantenía separados de los comunes, lo hacían solo formalmente.

Al poco de llegar, ya nos distribuyeron a cada uno en una celda, las situadas en la galería nº 2, el brazo derecho de la cruz, que tenía acceso directo, a través de unas escalerillas, al patio que acabo de indicar, de los presos políticos. No nos ponían reparos para volver a la celda cuantas veces quisiéramos.

En el patio, bajo la enfermería, primero se nos cedió un local provisto de baños y una sala con mesas para comer. Con la llegada de nuevos presos, se fue ampliando su utilización, hasta tener toda la planta baja dedicada a sala de lectura y juegos, despensa, cocina y comedor. Del mismo modo, las celdas en las que empezamos estando de uno en uno, acabaron alojando a tres huéspedes. El objetivo de la prisión saltaba a la vista: ofrecernos ciertas “comodidades” para que nos mantuviésemos entretenidos y no trasladásemos al resto de la prisión un clima reivindicativo que podría extenderse como la pólvora: entre rejas, existe siempre una soterrada sensación de inminente estallido de conflictos.

Tengo que reconocer que durante ese tiempo, seguramente debido al gran número de presos políticos, fueron escuchadas algunas de nuestras reclamaciones. Por ejemplo, nos instalaron una televisión, “lujo” que, en aquella época, parecía imposible. Corría el año 72; pudimos ver, a través de ella, las Olimpiadas de Munich, durante las cuales un grupo palestino había asaltado las instalaciones de la delegación israelí. Contar con un televisor contribuyó a hacer llevadera una estancia que pronto llenaríamos con otros alicientes.

Sin embargo, el régimen y sus aparatos represivos, no contentos con tenernos entre rejas, no dejaban de hostigarnos. A finales de marzo, se me comunica, junto a otros encarcelados, la sanción gubernativa de 250.000 pesetas, desde la Dirección General de Seguridad.

Los treinta días que transcurren desde mediados de marzo a mediados de abril, fueron los más activos en la represión exterior. Por allí fue pasando un gran número de compañeros y camaradas. A mediados de mayo, sumábamos sobre veinticinco detenidos, procesados y/o multados. Siguió un periodo de entradas y salidas constantes. Las despedidas de los que se marchaban constituían momentos especialmente emotivos.

Si bien la mayoría militábamos en el PCG o en Comisiones, había otras personas encarceladas por su filiación progresista y democrática: nadie podía considerarse a salvo en el franquismo.

Se constituyó, desde los primeros días, la “Comuna”, en la que participábamos todos. Fue un primer paso para ir organizando nuestro funcionamiento interno como colectivo de presos políticos. En ella, se abrió un economato, para administrar todos los alimentos que llegaban de las familias o de los amigos. A nadie se le preguntaba por lo que aportaba: se trataba de una despensa comunitaria.

Solamente se señalaba el tipo de alimentos que abundaban y los que escaseaban. Al frente de las tareas de intendencia, se situó a varios compañeros, encargados únicamente de tener todo al día. En tanto estuvieron en la prisión, fueron responsables Manuel Pillado y José Loureiro Lugrís. Creo que alguno más. Como pinche de cocina, allá se las apañaba José Torregrosa, para desesperación de Loureiro.

Poco a poco, se fue ordenando la vida diaria. Convenía llenarla de actividades que contribuyeran a la formación física e intelectual y que evitaran, en lo posible, el desánimo.

Teníamos asignadas tareas individuales, fundamentalmente la limpieza de las celdas; luego estaba la cuestión de la higiene personal: siempre intentamos orientar a que los políticos, al menos, presentásemos siempre un aspecto pulcro, lo cual ayuda a mantener la autoestima y, por tanto, la moral de cada uno: siempre cabe la posibilidad de caer en la depresión, en cierto abandono de los hábitos en el vestir y la limpieza.

Existían también las tareas colectivas: entre otras, el mondado de patatas, impuesto por la prisión. Se organizaban turnos de compañeros que, armados de peladores, cumplían su cometido, los días correspondientes.

En años anteriores, habíamos tenido que realizar la tarea mezclados con los presos comunes. Ahora, distribuíamos entre nosotros la tarea.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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