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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

 

 

Capítulo 19

EL HOMBRE QUE SE GUSTABA A SÍ MISMO

-Presten atención, por favor… Ruego silencio… Ejem, ejem… Uno, dos; uno, dos… Lejos de mi intención aguar su fiesta pas de trois– metió baza nuestro tábano particular, negro zumbón de todos los bayones-; debo advertirles, sin embargo, que alguno de ustedes va a tener que deshacer rápidamente el equipaje. Alguien debe quedarse aquí abajo como garante de la limpieza del juego a punto de iniciarse. En buena lógica, habrá de ser Miss Rubio la encargada de elegir acompañante para su regreso al mundo. En su calidad extra de jefe de campaña del Sr. Monteagudo, cara a las próximas elecciones autonómicas, a ella, por supuesto, le corresponde tomar las decisiones. Proceda pues; urge nos pongamos en camino…

La aludida se mostraba encantada de la vida ante la perspectiva de tan donoso escrutinio bipartito, dando saltitos de gorriona beoda en torno nuestro. Harto de tanto dengue, tanto pavoneo clueco, me dispuse a ponerla en su sitio, no fuera a ser tanto éxito se le hubiese subido a su poca cabeza.

-Querida, quizás haga falta recordarte que “La Decisión de Sophie” es del 82 y ya ha llovido. Piensa bien lo que haces. Por detrás y por delante, vaya que me postulo de Ivanhoe en tu torneo: coñas, las justas, nena. Mi posición privilegiada con respecto a la prensa escrita a nivel provincial es público y notorio. De ser yo el elegido, tendremos al quinto poder de nuestro mejor lado fotogénico…

Prego se las arregló ella solita para apuntarse a reinona consorte del evento.

-Termina tu serial y déjanos tranquilas, Truman encapotado. Éste es un asunto de mujeres, ¿verdad, usted, el del peluquín… ?

Nuestro fiel mayordomo separó telarañas soporíferas de sus violáceos párpados para tomar partido, no tomándolo:

-A este Tío Tom ni le viene ni va el presente dilema, amita Eva. Arréglenlo como les parezca conveniente. Por desgracia o por suerte, no siento ni padezco los asuntos ajenos… Carezco de cualquier atisbo de empatía; pero no por sicópata, se entiende: a nuestra serie, la H722WWX, no la dotaron de la aplicación correspondiente…

-El bacilo de Koch no vacila tanto a los tuberculosos; se toma a la gente bastante más en serio… -contraatacó la susodicha, poco o nada acostumbrada a las familiaridades de los desconocidos- Vuélvase a su cabaña hasta que le llamemos…

Jeeves, por una vez, iba lanzado, con una subida de testosterona en sangre de “aquí te espero, marinero”, pues si no, no se explica su siguiente respuesta, de corte algo chulesco, escapada de sus labios leporinos:

-Por lo que tengo oído, a ese tal Koch le tosía todo el mundo, señorita…

-¿Puedo hablar yo ahora, que soy la mandamasa… ?- se encrespó la Srta. Rubio- Resumen de lo no publicado hasta el momento: Víctor y yo nos hemos reencontrado en un “tete-a-tete” a corazón abierto por mi parte y de bragueta abierta por la suya, hasta limar nuestras pequeñas grandes diferencias. Él me conoce, para empezar, bíblicamente… ¡y resto de parcelas cultivables ni te cuento…! Más sabe el demonio por abuelete de Heidi que por malo malísimo… Un viejo zorro y una zorra veterana como una servidora estaban condenados a entenderse los latines vulgares y corrientes. Eva viene conmigo de parranda rachada; por lo tanto, Mr. Monzón no podrá presumir de ser el Adán de sus jardines del Edén o cualesquiera otros. Tú te quedas aquí, ya lo has oído, rematando tu libro. Vito Papichulo, condotiero en procura de su estatua de bronce a la pata la llana, habrá de darle el visto bueno definitivo, antes de ver la luz de las tinieblas. Por lo que creí entender, “Leña del Árbol Caído…” les resulta un título un tanto derrotista en cuanto a postulados programáticos. El equipo de asesores literarios ha aconsejado algún que otro retoque de pasada; “Savia Nueva del Bosque Populorum” es la opción que se baraja con más fuerza… Su presentación tendría lugar, a cargo del autor, en el zenit de la campaña electoral, a bombo y a platillo, con un lema presidiendo los carteles anunciantes: “Tus   sueños comen trucha”, o sea “Your dreams come true”, en versión original anglosajona. Por lo que a ti respecta, en advocación Leonardo Dantés, te hallarías, ad libitum, a la diestra o a siniestra monteaguda durante la presentación de  su best seller, definitivo texto de autoayuda ideológica para tibios olvidadizos y/o desmemoriados contumaces, parangonable con “Mi Lucha” (es un decir) en cuanto a capacidad de enganche entre las masas… Ni se te ocurra chistar, después de haber salido de rositas de pitiminí tras haberte cargado el postrer ejemplar de sus memorias capicúa, ¿o es que ya no te acuerdas…?  Hube de pelear lo mío, te lo aseguro, por salvarte de la quema… Lo de Urbano Grandier, comparado con lo que te aguardaba, se quedaba en masaje tailandés aplicado con mimo Marceau, francés completo…

No daba crédito ni a sus narices ni a las mías al escucharla impávido, en una sinestesia que olía a derrota y a claudicación por los cuatro costados por mis partes menos pudendas. Prostituir aquella masterpiece a punto de abrocharse de oro con un desenlace inesperado, huracán de violentas emociones, pica en Flandes del desmadre controlado,  en favor de la carrera presidencial del “deus ex machina” de todo este sudoku palabrero en el que me había estado dejando las pestañas postizas, se me antojaba un pasaporte directo a conformarme con jacobino plato de lentejas.

-¿Me estás tomando, acaso, por un hombre despreciable, un gusano sin luces, un volátil insecto lepidóptero…?- le respondí, afectando dignidades decimonónicas, ajenas por completo a mis últimas intenciones, que pasaban por dejar bien por sentado el usufructo de poltrona en la futura Cancillería de Cultura y Deporte, a disputar entre perros rabiosos. El que en tales prevendas la figura de Atilano Silvosa- de haberse librado de la deflagración pim-pam-pum-fuego en la mente de todos- apareciera a mi lado ejerciendo de “chico de recados” caía de cajón y de cojones. Lo callé de momento, no fuera a ser se gafasen mis planes.

En este ínterin explicativo para lectores tardos o poco acostumbrados a las conjuraciones maquiavélicas, las dos mujeres secreteaban entre sí, señalándome burlonas, al tiempo que me hacían una peineta diestra con mantilla española.

-Fermín Monzón encarna al perdedor nato prematuro a la perfección…-maldecía una.

-Lo del “árbol caído” no logra remontar jamás su condición de autobiografía no autorizada con erratas de imprenta vietnamita… – remachaba la otra, feliz perdiz ante desgracia ajena.

-¿Sabes lo que te digo, compañera del alma…? Marchemos, a los recios  sones de “La Marsellesa”, las dos juntas y revueltas –yo de primera, claro-, por la escondida senda por donde han ido las mujeres sabias que en el mundo han sido… En cuanto a usted, consejero Patronio omnipresente, no deberá preocuparse por nosotras lucanoras. Conocemos de sobras el camino de vuelta; haremos auto-stop, de llegar a presentarse la fatiga…

-Me alegro de escucharlo- metí baza con malignidad digna de un cáncer incurable-; ambas las dos domináis el arte de usar el dedo como mejor convenga en cada caso y cada anatomía. El fiel Jueves no pienso que se oponga, ¿o me equivoco? Tiene cosas mejores en cartera billetera que templaros las gaitas, de oca a loca, María Gobiernos versus Vecinita de al Lado, cinturón negro de castidad para apaños hetero…

-No estando en condiciones de impedirlo- fue la resbaladiza respuesta de Jueves-, let it be en un descuido mío: me quedaré dormido sobre aquella chaise longue subiendo hacia la izquierda, y no daré la alarma hasta más tarde… Los guardiantes de los siete pasos fronterizos entre ambas realidades ya habrán sido advertidos de la triple monería que se espera de ellos: ojos para qué os quiero, y oídos y lengua de largar por esa boca es suya; otrosí, las consecuencias para tan intrépidas viajeras pudiesen resultar desfavorables… Al Gran Conserje Víctor no se le puede venir con deslealtades. Van a necesitarse diferentes passwords en el sorteo de sucesivos torreones; cada una de ellas se encuentra depositada en el correspondiente cofre a pie de muro; para abrirlos, bastará con pulsar un resorte secreto, disimulado en el centro de su base por un bajorrelieve que representa una sonriente flor de loto recibiendo las caricias del viento del Oeste.

-El viejo potras lo que quiere es que nos coma el tigre pirotécnico…- comentó la Srta. Rubio a su Louise, dispuesta a hacer valer su nuevo status en presencia de la servidumbre humana- Por allí se va a Madrid, si mis palomas mensajeras no me engañan con otro…  Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé!

… Y más contentas que unos crótalos viperinos, avutardas perdidas, ambas estrellas fugitivas procedieron a cruzar el firmamento, dejando tras de sí, que escribiera el poeta, “un raro gusto de hiel, de menta  y de albahaca” que tiraba de espaldas.

Formulé, recoleto, un ardiente deseo en idioma galaico: “Vaite e non volvas”… Vete a saber si llegaría a cumplirse…

***

-Pues bien, mi buen Jueeves (¿le gusta más así…? Acaba de ocurrírseme el amaño semisumado de posibilidades en cuanto a su definitiva nomenclatura en este infolio de nunca acabar de terminarse), parece que, al fin, nos han dejado solos…

-Yo no estaría tan seguro, Sr. Monzón… Mire a su alrededor si es tan amable. Cuénteme lo que ve  y luego ya hablaremos…

Me rasqué, atolondrado, la cabeza por espulgar perplejidades varias que me hacían sentir en inferioridad de condiciones con respecto a un interlocutor cuya media sonrisa algo sarcástica no invitaba a perderlo de vista ni un momento.

-Veo muebles hasta donde alcanza mi vista y a mi fiel servidor presidiendo el cotarro… ¿Alguien o algo más digno de mención honorífica…?

Jueeves, algo aprensivamente, pareció olisquear en el aire hasta sus más prístinas esencias en busca de miasmas, para luego musitar en voz apenas audible lo que sigue:

-A no olvidar nos hallamos instalados en un estado de amenaza permanente. Nos vigilan los que vigilan a los que vigilamos. He tomado medidas, introduciendo un troyano parisino en el programa que está siendo utilizado. Prosigo: no disponemos de mucho margen de aislamiento.  La manipulación de “Leña del Árbol Caído…” es sólo un síntoma, una pequeña muestra de los peligros a que estamos expuestos… Yo… yo también escribí una epopeya fundacional en otro tiempo. Se titulaba “El Palíndromo Infinito” y sus pruebas de imprenta me fueron arrebatadas a instancias de Víctor Monteagudo, celoso de mi talento narrativo. Pretendían que su autor, es decir, éste a quien ahora llamáis Jueeves, se encargase de un “remake” demoníaco, cuando mi creación nada tenía que ver con los mitos de Cthulu u otros mitos cualesquiera, porque estaba basada en las leyes del Conocimiento Científico.

“Nada pudieron hacer por convencerme. Superé todo tipo de pruebas y tormentos, con un “nom serviam”, colgado de mi boca desdentada a fuerza de descargas y  abrasivos. Aun esperan que cambie de opinión y por eso me mantienen prisionero.

“No contentos con ello, mientras tanto, en unos laboratorios secretos de Tailandia, a instancias del “Octógono”, organización paramilitar desgajada del “Heptágono” y ésta, a su vez, escindida del Pentágono, se intentó adaptar el mecanismo original para ponerlo al servicio de sus fines belicistas, creando, a sus expensas, la maquina definitiva de destrucción + IVA, en salvaguarda de las leyes del Mercado, cuyos nefastos resultados prácticos hemos tenido ocasión de comprobar recientemente.

“Le cuento todo esto, Sr. Monzón, porque he llegado a tomarle cierto aprecio a su ingenio caótico todavía en barbecho y los ires y venires por mi propia historia de su figura desgarbada. Tanto es así que me parece oportuno el ofrecerle la oportunidad de poner a salvo la versión primigenia de “Leña del Árbol Caído…”, antes de su castración definitiva, convertida en pasquín propagandístico a beneficio ya se sabe de quién, a quien se lleven todos los legionarios del Demonio.

“De obtener su permiso, procederíamos a ocultar el corpus literario en litigio, una vez culminada su edición definitiva a mi cuidado, al abrigo de cierto blog con el sello WordPress operante de la red, bautizado como “Cumbres Borrascosas”, donde permanecería a salvo de miradas indiscretas, hasta el momento de hacerlo ver la luz a bombo y a platillo. Necesitamos pues saber a qué atenernos con respecto a su estado actual de desarrollo. ¿Prospera o no prospera ese baobab…? ¿Le continúa negando la apolínea Caliope sus gracias y favores…? Sea sincero conmigo, se lo ruego…

-Pechés, pechés… Una de cal y otra de arena…- hube de reconocer, con la estima torera bajo mínimos.

-No se preocupe, hombre… Ya pensaremos algo… Lo importante es ponerse a trabajar. La escritura automática quizás pueda servirnos para romper el hielo del atasco…

***

Si lo sé, no vengo…Este Jueves Negro era un pesado, empeñado en imponer sus delirios estilísticos y/o argumentales, a cual menos razonable y verosímil- ¡y mira quién fue a hablar de sensateces…!-, sin solución de continuidad, con una única aspiración entre cejas cejijuntas: convertirme en su negro consentido, erigiéndose a sí mismo en autor de aquella moderna criatura prometeica, fabricada con restos de cadáveres más o menos exquisitos.

Habiéndoselo hecho saber sin mayores contemplaciones que las extrictamente necesarias, el batracio anuro con librea se permitió tomarme por el pito del sereno.

-¿A usted que más le da o que más le toma, si le han traído hasta aquí porque se pudra, tanto en versión dantesca como en versión monzónica…? Por lo que a mí respecta, todavía me quedan unas cuantas cartas marcadas que jugar en la partida… Lo que importa es derrotar a la candidatura Monteagudo… De ser posible, con mayoría absoluta de puchero. Debe posicionarse; somos los vencedores: apueste por nosotros y no habrá de lamentarlo…

Tanto empeño en llevar la voz cantante a la hora de hacer suyas mis palabras, sometidas a sucesivas severas purgaciones, acabó por ponerme en guardia de la porra. Su Señoría podría no ser Santini; pero reunía todas las papeletas para ser tomado por el escurridizo objeto de su odio, con quien compartía una sospechosa identidad de intereses plagiarios a mi costa. Si me tendía la trampa y el cartón, un lobo disfrazado de abuelita borrega, lo hacía por mantenerme entretenido y hacerse con una versión lo suficientemente contaminada de “Leña del Árbol Caído…”, cuya autoría pudiese ser reclamada por su equipo con el respaldo de los analistas más conspicuos.

***

El portátil made in China con el que trajinábamos, donación Jueves como está mandado – los huéspedes carecíamos por completo de equipaje-, se encargaba de abrir inexplorados campos de trabajo en equipo, haciendo desaparecer parrafadas enteras de lo ya revisado, sustituyendo palabras con su correspondiente “nihil obstat” académico por otras de contenido escatológico u obsceno o, simplemente, reiniciando su marcha hacia ninguna parte en plan traidor y sin guardar los cambios de las últimas horas de sesudo trabajo.

-Este cabrón de ordenador-me permití opinar en una de éstas- parece sabiamente programado. Funciona cual velo de Penélope; usted y yo, en el rol de pretendientes, “a velas vir” que decimos los gallegos.

Jeeves no parecía sorprendido en absoluto.

– Que uno sepa, un nuevo Ulises no está ni se le espera… Odiseo, machista hasta los glúteos, prefirió no escuchar a las sirenas; y eso se paga caro en un aspirante a prócer del siglo XXI. Un líder amasado no se halla en condiciones de permitirse tales lujos…

-Hablando de mujeres que traen cola… ¿Qué sabemos de nuestras intrépidas viajeras marchosas…? ¿Habrán llegado, por fin, a su destino…?-indagué, aun a sabiendas de golpear en hierro frío.

-Dejémoslo correr. Están bien donde están, no se preocupe: descansan (y nosotros también, ¿a qué negarlo?). Y ahora, si lo considera pertinente, revisaremos el capítulo 18, donde se desliza un error de bulto paquetero al referirse a las soluciones que Spillane propone para terminar por la tremenda su best seller. En modo alguno se trataría de una cuestión doméstica de celos entre Mike Hammer, perseguido hasta el catre, y cierta señorita hi Lily-hi Lily- hiló, con ganas polivalentes de cargárselo. La mafia suena como música de fondo, arropando el mcguffin radioactivo, que es lo que pone en pie todo el entramado novelesco. Convenga conmigo, Sr. Monzón, que tampoco se le han de pedir al olmo seco las peras en almíbar; si acaso, brotes verdes en sus ramas más altas y frondosas. Spillane no es Hammet, ni Chandler; ni, Leviatán nos perdone, un regio Ellroy que llevarse al gatillo. Dejémoslo enfilado dos o tres puestos, ni uno menos, por delante del Keith Luger policiaco vía Bruguera, coruñés de la cosecha del 54, autor a reivindicar a fume de carozo, tanto o más que los Silver Kane de turno o los Marcial, tú eres el más grande, Lafontaine Estefanía.

-Bueno, sí… Pero ello no justifica la incorporación de grandes parrafadas por su cuenta, Mr. Jueves, al tronco principal de este relato cuyo final no puede demorarse por más tiempo sin que seamos tildados de prolijos…

Jeeves, una vez más, comenzó a recorrer la estancia olisqueando al más puro estilo de galgos o podencos, en busca de presencias invisibles al tacto. Luego vino hacia mí y me tomó por banda, hablándome al oído.

-Le creía más listo, don Fermín Monzón de los cojones…-dejó caer el zumo de beleño dentro de mi pabellón auditivo derecho- No se entera de nada, por lo visto. Piense en Scherezade y el ancho de su manga a la hora de evitar ejecuciones mañaneras a costa de su esbelto pescuezo aceitunero altivo. Tú y yo, pajarito pío-pío, no vamos a sobrevivir a la edición rien va plus del corpúsculo que la plana mayor ha puesto en nuestras manos. Enseguida nos mandarán a sestear en la paz de una fosa común, cubiertos con cal viva, como hicieron con ellas, sus queridas amigas, una vez hayamos dejado de ser útiles… Por lo que a mí respecta, don Nicanor seguirá tocando su tambor de hojalata mientras me encuentre en condiciones de dar cuerda, tirando del hilito… Te invito a acompañarme en el birlibirloque… ¿Tú qué opinas, rapaz…? ¿Hablas conmigo o callas para siempre…?

***

¿Conocen un relato de Evelyn Waugh titulado “El Hombre al que Gustaba Dickens”, acerca de un aviador que se la pega en plena selva africana y es rescatado por una tribu de salvajes? Velahí que su jefe, analfabeto, había sido introducido en las delicias dickensianas por un misionero que solía leerle- al principio, por enseñar deleitando al que no sabe y, más tarde, bajo vagas promesas de inmediato rescate (cuando no de veladas amenazas saloménicas)- desde el “Oliver Twist” a “Historia en Dos Ciudades”, pasando por “Canción de Navidad” o “La Pequeña Dorrit”, y así hasta contemplar biliografía. Una vez acabado el maratón, el venerable anciano comenzaba de nuevo su lectura, sin prisa pero sin pausa, en un dale que te pego de dioptrías, rebasadas las setenta veces siete. Por desgracia, el pobre hombre acabó por fallecer, víctima de unas fiebres de pantano mal curadas por el Gran Hechicero, envidioso de su laiason dangerouse con el jefe. Según otras fuentes (no a todo el mundo le gusta Charles Dickens, en contra de los que algunos se empeñan en sostener),  acabó por morir de hiperglucemia aguda miserere.

El destino del pobre aviador seguro que ya se lo imaginan… Ni Saint-Exupéry hubiese sobrevivido a semejante embolado victoriano… El Principito, a qué negarlo, resultaba un tanto neurótico, en exceso pagado de sí mismo; pero acababas por rendirte a sus encantos, siempre que renunciases a  llevarle la contraria…

 El problema de Jeeves residía en que él era quien parecía estar encantado de haberse conocido como autor de ficción, después de transitar por el ensayo literario de altos vuelos (recuérdese “El Palíndromo Infinito”). Su disparatada inventiva a tomar por un saco sin fondo y una inveterada tendencia a la chapuza generalizada vendrían siendo sus cartas credenciales, en unas mil y una noches prorrogables “sine anno” hasta dejar convertida “Leña del Árbol Caído…” en una never ending story llena de  ruidos flatulentos  e infantiles berrinches, contada a medias por los hijos abortados de Pichote.

Para acabar de liarla, todos aquel material  depositado en el portátil, ni que decir tiene, iba pasando puntualmente a engrosar nuestro oculto tesoro en la bitácora secreta de WordPress, cuyo responsable, J. T., tenía quehaceres preferibles a borrarnos del mapa; al menos, de momento.

Nunca se cansa Jeeves de girar el manubrio de su mal temperado organillo; cuando le pido cancha, me responde, en plan vago, once veces de diez, su cantinela.

-Unas pocas “aventis” más y lo dejamos, compañero…

Me veo obligado a recordarle, mohíno, que el texto a depurar no es “Si te dicen que caí…”, de Juan Marsé que con su pan tomaca se lo apañe en mala hora de desfacer tuertos y entuertos, sino otro bien distinto, relacionado con dar leña a disidentes.

Ni se inmuta.

Habiéndole preguntado cuando me pareció oportuno acerca de los avances de la resistible ascensión del Sr. Monteagudo en la política autonómica, su respuesta llegó, como solía, en forma de acertijo:

-Olvídese de él. Nunca ha existido. Es la muralla china, el desierto de los tártaros en salsa, una chistera para sacar conejos de la suerte popular en épocas de crisis económica… Ahora caigo en que he debido mencionárselo: el vórtex que habitamos lleva tiempo desconectado del sistema… Hemos sobrevivido contra todo pronóstico… Nunc dimittis, latinajo a traducir “Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, de acuerdo a tu palabra…” Pues bien, nos aplicamos el cuento de San Lucas: nos hemos ido con la música a otra parte…

-¿Insinúa, Jeeves, que nos hemos librado del infierno…?-pregunté, por seguirle la moliente.

-No se olvide que el infierno son los otros. Con echar cuentas de cuántos somos aquí, podrá obtener, de buena tinta, la respuesta correcta…

-Me lo estaba temiendo: usted representa mi infierno… O mejor todavía: mi purgatorio; no es “The Servant” de Losey, aunque apunta maneras… He llegado, capítulo a capítulo, a profesar cierto afecto y cierta admiración a su persona, a prueba de desastres y desdichas…

-¿Acaso se me está declarando, señor…? ¡Lo que faltaba…! ¡Míreme bien! ¿Qué es lo que ve…?

Colocó su ajado rostro a escasos centímetros del mío. Daba miedo aquella especie de fantasma borroso en regresión, por muy sonriente que llegara a mostrarse.

-Ahora me ves… ahora no me ves, por culpa de la niebla… – canturreó con regustos gregorianos- Volveremos a encontrarnos, no lo dude… siempre que se mire en un espejo del Callejón del Gato. Corto y cierro.

Me había quedado solo, rodeado de mobiliario art-decó polvoriento y en bastante mal estado, al que unas sábanas grisáceas (sus jirones, más bien, si hemos de ser estrictos gobernantes verdaderos) intentaban cubrir, a modo de improvisados sudarios, siempre dentro de sus posibilidades, aunque, en la práctica, solo lograsen dotar a aquel desarbolado mar de sargazos, a la deriva manga por hombro por la habitación, de un aspecto fantasmal bastante conseguido.

-Si pretendes convencerme de que soy mi propio infierno- le respondí al ausente-, pierdes el tiempo, amigo… Ni tú eres yo ni yo soy tú… ¡Qué más quisieras, Jueves maldito de todos los demonios…! Voy a ponerme ahora mismo a revisar el texto de “Leña del Árbol Caído…” y no pararé hasta verlo libre de tus inmundicias invasoras… Dispongo de todo el tiempo del mundo para hacerlo; es más: recuerdo, palabra por palabra, la redacción original de mi creación insobornable. Al final, me salgo con la mía… Un happy ending como dios manda, en el que tengo puestas todas mis complacencias…

Corrí a localizar el portátil en su lugar descansen. El desorden reinante parecía habérselo tragado de un bocado. Otrosí, puede que mi enemigo se lo hubiese llevado consigo al fondo del abismo, justo y clavado al otro lado del espejo.

-¡Viejo querido Sísifo…! Vamos a meternos en faena; y esto va para largo… -me hallé diciendo, tras tomar carrerilla- ¡Coge la piedra y corre cuesta arriba mientras puedas… !

Lo último que recuerdo es una forma vagamente córvida, proyectando su sombra sobre el suelo, al tiempo que repite, incesante, un “nevermore” que significa “para siempre jamás…”

Este cuento se ha acabado.

Principio y Fin del Capítulo 19  (y de “Leña del Árbol Caído…”)

 

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Capítulo 17

6174

En aquella adoración bufa del rey Fermín Monzón-  la secuencia final de “Rosemary´s Baby” tampoco andaba lejos, mutatis negra cuna e invertido crucifijo por una revisitación de Prometeo encadenado a su camilla-, vime de pronto rodeado por lo mejor de cada casa, desde  Bilbao a Santurce vengo por toda la orilla: oficiando de buitres, por este desorden, la Srta. Rubio, desguisada de enfermera retozona; Genoveva, once again ejerciendo de mater admirabilis; Atilano Silvosa, vestido de domingo negro; don Martín, Martín Pirulicio, uniformando de oficina siniestra; Abdul Alhazrez, chupando todavía a toda shisha y… y una momia polvorosa, cuyos contornos curvilíneos me parecieron vagamente familiares, sardina en su sarcófago latoso, que lucía apoyado contra la pared, al fondo de un torvo paisaje hospitalario.

Fue despejarme un tanto en propia portería y comenzar a escuchar insensateces. Al habla, la Srta. Rubio:

-Hémonos aquí reunido para tratar del 6174, esa maldita cifra, antesala de nuestra entrada definitiva a la nueva piedra filosofal, el mamotreto sagrado, la Biblia del Conocimiento Definitivo. Helo aquí… Espero lo adoréis como merece…

-¡Salve, salve Gran Padre Palíndromo…! ¡Hosanna y gloria a Ti, Nuevo Señor de la Ciencia y la Conciencia…!- canturreó la embelesada audiencia, en plan fanfarria.

-¿No se os ocurre nada más original y acorde con los tiempos, miserables exégetas de calendario zaragozano…?- bramó su maestra de ceremonias corales, deshecha un basilisco.

El personal no se lo pensó dos veces.

-¡Viva la madre que te parió…!

 -¡Campeones, campeones, oé, oé, oé…!

-¡Silencio… silencio he dicho, oscuros oficiantes de un pasado remoto…!-demandó, altiva, la Srta. Rubio, multiplicación sacerdotisa, Lana Turner cantando las cuarenta a Johnny Stompanato- Con Leonardo Dantés o sin él, ha llegado el momento. Los que hayan oído hablar de la constante de Kaprekar, que levanten la pata.

Todos cojos.

Mujer calculadora anfibológica a nivel adjetival y nominal, nuestra anfitriona repartió entre los asistentes -momia incluida, y ojo al dato-, una hojita impresa en vietnamita con información Wikipedia a manos llenas, que reproducimos aquí a beneficio de inventario:

“El número 6174 es conocido como la Constante de Kaprekar en honor de su descubridor el matemático indio Dattatreya Ramachandra Kaprekar. Este número es el resultado de la aplicación repetida de la Operación de Kaprekar , que consiste en los siguientes pasos:

  1. Escoger cualquier número de cuatro dígitos (con limitadas excepciones, véase más abajo).

  2. Ordenar los cuatro dígitos en orden ascendente, para obtener el minuendo de una resta.

  3. Ordenar los mismos cuatro dígitos en orden descendente, para obtener el sustraendo de la misma resta.

  4. Calcular el resto, restando el sustraendo del minuendo.

  5. Si el resto no es igual a 6174, repetir los cuatro pasos anteriores, añadiendo ceros a la derecha al minuendo y a la izquierda al sustraendo, siempre que sea necesario para completar los cuatro dígitos.

Esta operación, repetida si es necesario en varias ocasiones (nunca más de siete veces), termina dando el resultado 6174. El proceso termina porque si se sigue repItiendo la secuencia de pasos, se sigue obteniendo el mismo resultado ya que 7641 – 1467 = 6174.

Por ejemplo, supongamos que partimos del número de cuatro dígitos 5342:

5432 – 2345 = 2997

9972 – 2799 = 7173

7731 – 1377 = 6354

6543 – 3456 = 3087

8730 – 0378 = 8352

8532 – 2358 = 6174

Excepciones: números de cuatro dígitos iguales, por ejemplo, el 1111, debido que su sustracción resulta en el número cero. Números de cuatro dígitos con tres números repetidos, como por ejemplo, el 1112, resultan en 999 después de una iteración de la resta, y resultarían en 0, después de una segunda, si no se añadieran ceros a la derecha al minuendo y a la izquierda al sustraendo para completar los cuatro dígitos, del siguiente modo:

2111 – 1112 = 0999

9990 – 0999 = 8991

9981 – 1899 = 8082

8820 – 0288 = 8532

8532 – 2358 = 6174

Particularidades:

Todos los números que surgen de la resta, y así también los número ordenados de menor a mayor y de mayor a menor son divisibles por 9”.

Transcurridos los cinco minutos concedidos para ponerse al día de tan extraño arcano matemático a nuestras respectivas inteligencias (no importa cuán dispares pudiesen presentarse; el coeficiente intelectual más elevado, visto lo visto tras primera ojeada del opúsculo, parecía yacer bajo vendajes), la enfermera gerifalte de antaño añadió a mayor abundamiento:

-Vienen siendo más de cinco mil los números de cuatro dígitos posibles, lo cual nos lleva a un nuevo “culo de saco” como lo llaman los ingleses. Arriesgado  resulta irlos comprobando de uno en uno: tras un tercer error en la intentona, podríamos acabar saltimbanquis aéreos emborronando visceralmente suelos y paredes.

“Otrosí, yo no descartaría a priori que el llamado “agujero negro” del álgebra cabalística moderna viniese siendo la madre del cordero encabronado.  Abramos pues un turno de palabra a la digna asamblea…

Murmullos en la ciudad sin nombre, hasta que Atilano Silvosa se decide a amagar el saludo fascista a media asta, ocasión aprovechada por sus agresivas axilas para expandir all over the air un pestilente olor a sobaquillo rancio que tiraba de espaldas quasimodas.

-Con la venia… Si me lo permitís, quisiera ofreceros la primicia de un novísimo mío, sugerido por tan esquiva realidad cardinal, a modo de tercetos en ensartados. Dice así… Con permiso:

“Desvela tu secreto, oh gran arcano…

¿ Qué nos escondes, di, cifra insolente,

en las mortales rayas de tu mano…?

Si mensaje de paz, se haga presente…

¡Dura es la duda sistemática

para el sentir liviano de la gente…!

La luz de tu árida gramática

esconde su belleza a los mortales

sumidos en la pausa más dramática,

 a la espera de auroras primordiales

de un orbe regido a tu albedrío,

en promesa feliz de manantiales

hoy; mañana, gran caudaloso río

que hará vivir al mar nueva esperanza:

ser uno con el cielo en lontananza.

Siguió un silencio de sepulcro blanqueado. Luego, se dejó sentir un tímido aplauso ma non troppo, antes del estallido, mejor tarde que nunca, de una ovación esplendorosa, una vez despertada la claque de su ensueño.

Un gemebundo vate laureado se dedicó a besarnos las mejillas a todos los presentes, momia incluida, al tiempo que se interesaba con pícaro susurro sobre el devenir de nuestro espíritu:

– Yo he tenido lo mío justo al principio del segundo terceto… Sensible como eres, espero tú también hayas gozado tu catarsis a su tiempo…-baboseó Atila Dr. No en mis pabellones, en un aparte un tanto ambiguo.

-Sabrás disculpar el que no me levante, amigo mío…- le respondí, con encono sarcástico- Como habrás observado, me hallo encadenado a este peñasco ensabanado, al cuidado de un carroñero prometeico. No lo digo por nadie, es licencia poética.

-Algo malo habrás hecho, julandrete…- fue que me dijo aquel zapateado sarasate.

-¿Puedo recuperar su atención, señoras y señores…?-la Srta. Rubio se impacienta y escarba lo escarbable de su entorno básico, lleno de esparadrapos bloody Mary, vendajes sucios y restos de tejido putrefacto- Queda mucha lana que cardar en este empeño; y mucha fama por llevarse de calle al otro mundo. No se sale de aquí sin un intento al menos.

“Al 6174 como definitiva panacea de todos nuestros males, no se ha llegado de buenas a primeras. Nuestro enemigo común, el infame Víctor Monteagudo, lo sé de buena tinta, lo lleva tatuado en un falso testículo de silicona líquida, tras sufrir un desafortunado accidente cinegético por los montes de El Pardo. Se ha llegado, incluso, a insinuar que su compañero de montería en aquella ocasión aciaga no era otro que por entonces jefe del Estado, celoso de la superioridad numérica atributiva de su contrincante; según otras versiones, menos dignas de crédito, el propio Monteagudo se lo habría ofrendado a su Excelencia con vistas a un trasplante a cargo del divino marqués de la familia, Cristo valme, ¡cuánto pesas!, Cristóbal te llamarás… Yo no quito ni pongo, calumnio que algo quedo… En resumen, nada o todo se pierde si se intenta hasta tres veces. Los más fieles estáis aquí a mi lado y cada uno pulsará un guarismo. Vamos a echarlo a suertes…

-¿Y no sería mejor que los pulsase todos aquél de nosotros que sacase del mazo la pajuela más corta…?- interrumpió Silvosa, cagadito de miedo.

-Siempre pensando en pajoleras, Atilano…-le replicó la Jefa con más sorna que sarna- Vas aquedarte ciego como Homero…

-Como Max, don Estrella, si vouz plait-mandó narices el interpelado.

No hubo masturbación onanista recurrente: hubimos de conformarnos con palillos. Tal que así fueron los resultados del reparto:

El 6: mi santa madre.

El 1: Abdul Alhazred.

El 7: Don Martín.

El 4: Atilano Silvosa.

-La momia y tú, permanecéis en el banquillo, de suplentes…-me aclaró la Srta. Rubio.

Me mostré obtuso, que eso les jode mucho.

-¿Momia…? ¿Qué momia…? ¿Ésa de ahí…? Lo siento, no recuerdo haber sido presentados…

-Ya la reconocerás en su momento…-obtuve por respuesta mandamás.

Atilano Silvosa (a la que salta).-¡Pero si es…! Ya me callo, perdón… No he dicho nada… ha constituido un lapsus linguae inesperado por mi parte… Pido disculpas y retiro lo dicho…

-Dirás mejor un lapus, un gargajo de los tuyos asonantes…- le asaeteó la Srta. Rubio- ¡No perdamos más tiempo…! ¡Procedamos!

Y aquel bingo fatal se puso en marcha, cantado a capilla sixtina por una master of ceremonies que de ceremoniosa tenía lo que yo de azoriniano y/o valeriano.

-¡El 6, estoy pero no veis…!

-¡El 1, más derecho que ninguno…!

-¡El 7, caga el rey en el retrete…!

-¡El 4, mucha mierda en el teatro…!

Pero entonces…

***

El tal Mickey Spillane no va en mi carro a misa. De siempre me había negado a frecuentarlo. Echémosle la culpa a alguien tan competente como Julian Symons quien escribió de él- y de su detective Mike Hammer- en su “Historia del Relato Policial” las lindezas que paso a reproducir aquí porque sirvan de coartada a mi despego.

“… el placer que Miguelín Martillo experimenta al hundir el tacón del zapato en el rostro de algunos hombres y al vapulear de vez en cuando a las mujeres descarriadas…”

“…  Monstruos disfrazados de héroes como el M.K. de Mickey Spillane”

… “Cuando M.K. rompe los dedos de un hombre y le hunde un codo en la boca…”, “sus dientes rotos me arañaron y su boca se convirtió en un gran agujero por el que manaba sangre”

“Las mujeres son vistas como objetos sexualmente apetecibles (…) pero es frecuente la sustitución del acto sexual por la muerte o la tortura”.

Pues así y todo me he permitido el echar mano del desenlace- como se verá a continuación-, de su “Kiss me, deadly”, cuya traducción más florida al español vendría siendo “Bésame, moribund@”, para ahorrarme trabajo revelatorio apocalíptico. Vete a saber cómo se toma- de vivir y colear a la sazón-  semejante pastiche Mr. Spillane, en quien no tengo puesta, salvedad hecha de cierta curiosidad morbosa, apenas complacencia… Abundando en lo ya expuesto, curándome en salud, que falta que me hace, puedo asegurar y aseguro que lo único que ha llegado a interesarme de sujeto y predicado, es la peli by Aldrich made in 69…

Principio y fin del Capítulo 17

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Capítulo 16

Y CON EL MAZO DANDO…

No hay manos que me lleven a escribir lo que suma y resta a un aquelarre en el que está punto de comparecer Botero. Por muy crédulo que acabe resultando el paciente lector en las verdes praderas de mi agotado ingenio, dudo pero existo pudiese llegar a creerse la mitad de la misa por contar y no parar de hacerse esvásticas (la primera, en la frente): una cosa son las tragaderas y otra, muy distinta, estar dispuesto a dejarse tomar la cabellera por el primer comanche que te ofrezca fumar un poco de peyote en su pipa de la paz con el mundo, el demonio y la carne de membrillo.

Nadie en su sano juicio de quienes me conozcan a fondo y a forma iba a creerse que, recibido el segundo envío por medio de un servicio puerta a puerta, confinado en una caja fuerte de regular tamaño, y un libro de instrucciones para abrirla cosiendo y cantando, me atascase ya en la primera cifra del guarismo “ábrete, Sésamo, y gomorrita el último” de la maldita combinación, ni aun considerando que, según se me advertía, contaba con tantos dígitos como palabras configuraban el texto obrante en aquella caja de sorpresas (y de bromas pesadas), cuyo título definitivo(?) no se andaba por las ramas rameras: “Se es o no se es: Sometamos o Matemos.”

***

PRESCINDIBLE INTERLUDIO CULTERANO

En “El Escarabajo de Oro”, seguro lo recuerdan, a Mr. William Legrand , hugonote venido a menos, el autor no se lo había puesto tan difícil a la hora de descifrar su jeroglífico. Hasta el más lerdo lo adivinaría, sin grandes cefaleas de por medio:

“53ǂǂǂ305))6*;4826)4ǂ)4ǂ);806*;48†8¶60))85;Iǂ(;:ǂ*8ǂ83(88)5*†;46(;88*96*?;8)*ǂ(;485);5*†253:*ǂ(;4956*2(5*4)8¶8*;4069285);6†8)4ǂǂ;I(ǂ9;4808I;8:8ǂI;48†85;4)485†528806*8I(ǂ9;48;(88;4(ǂ?34;48)4ǂ;161;:I88;ǂ?” quiere decir, a expensas de la traición del traductor de turno, algo así como que Un buen vidrio desde  la hostería del obispo en la silla del diablo —cuarenta y un grados trece minutos—Norte Nordeste— tronco principal, séptima rama Este —tiro por el ojo izquierdo de la calavera— línea recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.

Sobre todo porque nos sirva de consuelo, reconozcamos sin acritud que tampoco resultaría ajeno a una lógica de nivel medio un cierto desconciento por parte del lector de ambas realidades textuales- la encriptada y la de fuera de la cripta- ante el nonsense entrañado por la sopa de letras resultante, tan sabrosa- e indigesta- en su desvarío premeditado por las malas…

***

Volviendo a lo que importa, si bien tenía a mi disposición la versión facsímil del dichoso mamotreto, figurante en el primero de los envíos, a partir del cual resultaba posible averiguar la extensión numérica de la combinación, a razón de tantas palabras, tantos guarismos – diferentes o iguales-, a situar, por riguroso orden numérico, en su puerta de acceso en forma de ábaco, localizada en el ángulo superior izquierdo de lo que más parecía la caja de Pandora que un cofre de Porcia, detalle éste harto superfluo (mera cita libresca, ustedes ya me entienden…).

El problema se centraba en llegar a elegir dichos guarismos, en qué pauta seguir para acertarlos del primero al último. No divisé galleta alguna a la vista que dijera “cómeme” en inglés victoriano ni una taza de té invitando a ser bebida acto seguido. Me hallaba solo, fané y descangallado ante la caza del conejo blanco.

De haberme molestado en leer la letra pequeña del manual de instrucciones para la apertura del sarcófago – cosa que jamás llegué a hacer, mea culpa; culpa, mea -, me hubiese ahorrado bastantes quebraderos de prepucio. Un pequeño enunciado te las ponía como a Fernando VII, aquel absolutista que usaba paletó (según la RAE, gabán de paño grueso, largo y entallado, por sin faldas y a lo cuerdo, como el levitón).

Esto decía y sin cortarse un pelo de dehesa:

 “En el probable caso de que no se disponga de tiempo suficiente para tan ardua empresa de combinatoria aplicada, cuya prolijidad está fuera de toda duda, se aconseja sumergir el receptáculo en agua hiviendo durante diez minutos y someterlo a un baño mariano concienzudo, tras lo cual sus accesos podrán ser abiertos con todo lujo de facilidades. Otrosí, un sencillo abrelatas doméstico servirá para el caso, aunque haberlos haylos que se decantan por utilizar un sacacorchos (e, incluso, en su defecto físico,  el mismísimo cascanueces de Tchaicovski).”

Acomodado en una bolsa de El Corte Inglés bajo la protección de una doble ración de papeles burbuja, el más palíndromo de todos los palíndromos pasó a formar parte de mi fondo de equipaje a la japonesa, por mucho que los kimonos mariposa brillasen por su ausencia: una muda que no era Marlee Matlin (ni “Belinda”, hasta ahí podíamos llegar), una camisa de repuesto y una sombrilla Butterfly con ventilador incorporado.

El kit de la Srta. Rubio, depositado en la consigna automática de la estación cuya llave se me había hecho llegar previamente (colocándola debajo de mi almohada), ofrecía bastantes más motivos de interés compuesto: un pasaporte en regla, un pasaje de avión en clase business al aeropuerto de Dubái, una chequera de traveller´s cheques por valor de cinco mil dólares y una Visa de las que cagó el moro (todo ello, a nombre de Leonardo Dantés, que ya son ganas), además de una agenda con direcciones útiles, entre ellas, la del Rose Park Hotel Al Barsha, donde, al parecer, tenía reservada, sine die, una suite nupcial para mi uso exclusivo (nótese el sinsentido de la oferta).

Tanta grandeur, tanto glamour, dejaban demostrado que mi patrocinadora las tenía todas consigo en cuanto a posibilidades del proyecto… Ahora ya sólo faltaba dar un salto al vacío lleno de incertidumbres y emociones, mera cuestión de astucia y de redaños, por lo que a mí respecta. Como decimos los gallegos, “agora xa foi; Marica, non chores…”

***

Suelo atiborrame de pastillas antes de echar a volar con Ryanair  mis posaderas; tal que así, en un literal abrir y cerrar de ojos, me vi transportado hasta Dubái sin mayores problemas, sobre todo si tenemos en cuenta que mi masa corporal traspuesta se hacía acompañar de un cartelito de aviso, colgado del pescuezo, a modo de esquila o de alegre cencerro o sambenito: “Yo me bajo en la última, ¿y usted…? ¿Sería tan amable de contactar a la azafata para que me auxilie en caso de transbordo…? En las llegadas al punto de destino, suele ser el abnegado servicio de limpieza el encargado de avisarme del final de trayecto. Lo hacen de malos modos, mas yo se lo agradezco. Muchas gracias. شُكراً

***

Ahíto de frutos secos a mi alcance manual,  repanchingado en la trasera de la limousine que me estaba aguardando en el aparcamiento Vips  del aeropuerto, tras ser contactado a pie de escalerilla por un barbado agareno de pintas distinguidas (el muy infiel dijo llamarse Abdul Alhazred, por si colaba), sucediome lo que a Pablo de Tarso en su camino de Damasco tras caerse de la burra: se me hizo la luz entre tinieblas.

-Amiguito del alma, te has metido en un buen lío…- me dije para mí y para mis miedos en honor del dios Pan y del dios Vino- Dudo mucho que vayas a salir con bien de ésta… Cuenta hasta diez y luego pellízcate la oreja derecha, no vaya a ser te halles sumergido en un mal sueño…

-¿Un mal sueño, dices, y me he puesto morado de alhajús , de dátiles rellenos de menta azucarada, por no hablar de las ruidosas nueces y los higos con miel, envueltos en una cristiana hoja de parra…?- contraataqué, obsequiando a mi otro yo con un interminable eructo flatulento.

-Haz lo que yo te diga y déjate de coñas, Fermincito, hijo mío, no nos vayas a proporcionar otro disgusto de los tuyos…- me escuché, Norman Bates, utilizando la voz de la madre Genoveva.

Nervioso como estaba, conté hasta tres y llegué a pellizcarme el lóbulo derecho las diez veces, por saberme en vigilia, hasta dejarlo convertido en tamarindo sanguinolento, imposible de adornarse con zarcillo alguno, por no hablar de cómo acabó luciendo mi otrora inmaculada camisola de seda, hija de gusano falsificado y operario taiwanés amarillento.

***

Mi llegada a recepción, con el bueno de Abdul bailándome las aguas del oasis, resultó todo lo apoteósica que cabía esperar, con Monsieur Monzón para arriba y para abajo, santo dónde te pondré, como estrella invitada.

-Efendi, todos somos aquí para agradarte…- me aseguró, entre cálidas sonrisas de bienvenida el que parecía ser el director de aquel palacio de las mil y una noches, embutido en vestimenta occidental y un acento francés que olía a colonia cara- Tus deseos, ya sean bajo los olmos o  las palmeras datileras, tardarán un escueto segundo en convertirse en truchas, lo mismo que tus sueños y caprichos… En el Rose Park Hotel todo lo que no puede ser sí puede ser, y además, es muy posible y hasta incluso, probable…

-Dejemos descansar a su Excelencia, sin duda fatigado tras tan largo periplo- apostilló Abdul Alhazred, más almibarado todavía-. Una vez reposadas tus fatigas, procederé a presentarte al equipo ténico y humano a tus órdenes…

-Virgencita, que me quede como estoy…- le dije a mi coleto antes de proceder a desmayarme sin mayores ceremonias de la confusión arrabalera; al parecer, me habían hecho daño las malditas pastillas milagrosas.

***

Regresé de la estepa siberiana, donde un oso pretendía abrazarme por con las peores intenciones, para encontrarme acurrucado bajo regio dosel ornado con motivos orientales, con Julio Iglesias de música de fondo.

A mi vera, siempre a la verita mía, divisé a Abdul, sedente entre cojines, fumando qué sé yo a partir de sofisticada shisha (“pipa de agua”, para los no iniciados en los vicios pequeños con turbante).

-Alá sea contigo, amado efendi-salmodió en tono algo distante-. Te has tomado tu tiempo en regresar desde los fragantes jardines de la Yanina y no te lo reprocho: tus motivos tendrías; te he escuchado gemir, abrazado a la almohada, prometiéndole santo matrimonio y el adeste fidelis de por vida restante, a cambio de limosna placentera…

“Casi dos días completos han transcurrido desde tu llegada dubaití. No debes preocuparte; aquél en quien te dispones a confiar ciegamente, una vez despejada tu mente mediante suculento desayuno en bufé libre, ha velado tus sueños de seductor innato… Ah, por cierto, antes de que me olvide: en tan luengo ínterin, me he permitido deshacerte el equipaje… Tu pasaporte y demás documentos personales no deben preocuparte ya que se hallan a salvo en el Oasis de las Siete Palmeras, a dos pies bajo tierra, recubiertos por excrementos de camello e introducidos en una vieja lámpara de aceite, a modo de improvisada caja fuerte; en cuanto a cierto innombrable codicilo obrante en tus alforjas, “mochila de viaje” si prefieres, te comunico que ha sido puesto a buen recaudo no vaya a ser los mengues, por quien ostenta, no nos equivoquemos, legítimo derecho para ello…

Durante un instante tuve la sensación zizagueante de encontrarme en presencia de un Santini convertido al Islam y hablándome en camelo. Lo descarté en el acto: demasiado kafkiano, con permiso de Ovidio el Narizado.

Nada perdía con ponerlo a prueba de la rana y fui y le dije por don Walter Vidarte:

-La pucha, che, un matecito me vendría de puta madre… ¿Sos tan amable, loco, de conseguirme uno en recepción o preferís, bacán, me deshidrate…? ¿Vos entendés o no entendés lunfardo…? Chamuya, viejo, que me andás fusilando…

Por su reacción- su falta de reacción- entendí que el tal Abdul no vendría siendo trucho. Se limitó a darle un par de chupadas más a la borboteante shasha entre sus piernas y seguir cantando la gallina.

-Efendi no debiera jamás llamarse a engaño por la cuenta que le trae. Cientos de hombres, mujeres y niños de los cinco continentes han sido salvajemente torturados en procura de los datos de acceso a la Verdad Absoluta. Si Leonardo Dantés o su criatura clónica, el tal Monzón Fermín de quien luego hablaremos, han resultado ser los elegidos, colegiremos que algo, mucho o poco, pueden aportarnos al asunto. Nos hallamos dispuestos a admitir que ignoran lo que saben, o que han sabido pero no lo recuerdan… de momento. Aquí, en esta burbuja intemporal inexpugnable en que nos encontramos instalados, podremos alcanzar, cuando menos, una hipótesis de trabajo razonable como fehaciente punto de partida.

No me pareció oportuno dejar pasar impostura de tan alto calibre y me apresuré a enseñar al que no sabe el quién es quien de los acontecimientos que se venían desarrollando en nuestro entorno.

-Nada que objetar a su oratoria, Mr. Alhazred, si exceptuamos un corrimiento de carga informativa digno de mención; el orden de factores altera el producto en este caso: a todos los efectos, primero fue Fermín Monzón, un servidor; y luego, pisándole eufemísticamente los talones, llegó Leonardo Dantés, a modo de señuelo, por jugar al despiste…

El buen Abdul se mostró visiblemente contrariado y me lo hizo saber girando en torno mío, entre aspavientos, amenazante y un sí es no es prosopopéyico:

-Efendi no persista en error de garrafa o será sometido a severo correctivo. Monzón Fermín fue un personaje secundario contactado por la Organización para determinados fines, a partir de Leonardo Dantés, nunca al contrario. Sólo este último ha demostrado su capacidad de desentrañar lo que se esconde tras un mantra lapidario: “La contraseña premium de acceso alternativo a la Gran Ciencia, evitadora de pérdidas de tiempo y desgaste de huellas dactilares, fluye y confluye através del más oscuro de los agujeros negros virtuales conocidos”.

“Pero, como es el caso, a L. D. la tierra parece habérselo tragado a dentelladas secas y calientes y ello nos obliga a recurrir a su “alter ego”, aquí presente, con la esperanza de que nos saque del apuro… ¿ Capice o non capice il signore efendi…?

El “efecto Santini” volvía sobre sus pasos perdidos y hallados en el templo. Se me hecía imprescindible ganar tiempo.

-¿Le importaría llamar al servicio de habitaciones para que nos suban un sobrio refrigerio? Tengo un hambre canina canis lupus… ¿Qué tal un asado de cordero, regado con vinos de la tierra…? Necesito pensar y estoy que no me tengo de flojera…

Su respuesta me cogió desprevenido:

-Me temo no vaya a ser posible complacerlo, efendi. Actualmente, nos hallamos en medio del desierto, a diez metros bajo tierra, lejos de mundanal ruido, en una base ultrasecreta multidisciplinar de operaciones conocida en el mundillo como “La Caldera del Diablo”, en homenaje a la misteriosa cascada del río Brute en Minnesota y/o al más veterano de los culebrones made in USA en los 60; un remanso de espantos truculentos donde poder charlar tranquilamente con los detenidos más recalcitrantes; un capricho para conocedores, que coloca a Mirbeau y su “Jardín de los Suplicios” en una Disneyland de plexiglasses. El alquiler de estas instalaciones nos sale por un ojo de la cara; sin embargo, acaba por resultar rentable. Su eficacia está garantizada como podrá comprobar en el paquete promocional que pasamos a ofrecerle por si se le hubiese pasado por la imaginación hacerse el héroe.

Lo que comenzó a proyectarse sobre la pared del fondo no tenía más desperdicio que lo que quedaba, al final, de sus protagonistas (no todos subtitulados, por cierto), cuando los interrogadores de turno habían rematado su faena, no ya de muleta; ni siquiera de silla de ruedas: casquería fina y segura para un albondigón de mala muerte.

Y me puse a gritar, desgañitado, con Julio Iglesias como música de fondo -“Teño morriña, teño saudade”…- hasta que una aguerrida centuria gorilona, surgida de ninguna parte, zurriago en ristre, me rodeó, procedió a desnudarme y, tras colocarme sobre una especie de camilla metálica, comenzó a zurrarme la badana…

-Espero que el efendi sepa valorar en justiprecio nuestro eficiente servicio de spa, recién importado de un afamado balneario suizo, cuyo nombre no estoy autorizado a revelar, obsequio de bienvenida por parte de la dirección del establecimiento…-dijo Abdul Alhazred, desde el otro lado del muro de las lamentaciones- Doy por seguro que sus estimulaciones cutáneas aplicadas con rigor y diligencia contribuirán a hacernos recordar el actual paradero de Leonardo Dantés porque podamos traerlo pronto entre nosotros…

Procedí a desmayarme por segunda vez en el transcurso de aquel aciago día, en un fundido más negro que la mismísima noche americana, por si acaso no estaba soñando despierto. La ingesta masiva de dátiles rellenos suele arrear todo tipo de inopinadas fantasías morunas…

Durante mi viaje hacia ninguna parte, me pareció escuchar la voz quejumbrosa de mi madre, siempre proclive a llover sobre mojado:

-Fermincito, hijo mío… Pórtate bien por una vez: dales lo que te piden no vaya a ser tengamos un disgusto…

-Por una vez, hazle caso a esa mártir…- escuché terciar a Atilano Silvosa, a la sazón del bracero con ella, confianzudo y ahí me las den todas.

-Sobre todo, si tenemos en cuenta tu estado: prácticamente encaramado a tu alcázar mortuorio…- éste era mi antiguo jefe, don Martín, por alegrías.

Yo ya me lo esperaba: la Srta. acabó de completar el cuadro (sabido es que se apunta a un bombardeo), con estas engmáticas razones:

-El muy cabrón está a punto de marcharse sin explicarnos lo del 6174… Habrá que reanimarlo como sea, antes de que sea tarde… Abdul, los electrodos y las toallas mojadas…

-Vuelvo enseguida…Un paradeo: abra y cierre los ojos…

-¿No te avisé que estuviera todo preparado, idiota…? ¡Menudo intendente estás tú hecho…!

***

¡6174…! Cuando a punto estaba de localizar sus coordenadas en el último rincón de mis neuronas patinadoras, sucedió que me encontré de bruces con un macho cabrío, el cual, sonriente, me hacía señas levantando la pata para que me acercase.

-No busques más, querido. Ya has llegado al infierno…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 16

 

 

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