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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

Capítulo 16

Y CON EL MAZO DANDO…

No hay manos que me lleven a escribir lo que suma y resta a un aquelarre en el que está punto de comparecer Botero. Por muy crédulo que acabe resultando el paciente lector en las verdes praderas de mi agotado ingenio, dudo pero existo pudiese llegar a creerse la mitad de la misa por contar y no parar de hacerse esvásticas (la primera, en la frente): una cosa son las tragaderas y otra, muy distinta, estar dispuesto a dejarse tomar la cabellera por el primer comanche que te ofrezca fumar un poco de peyote en su pipa de la paz con el mundo, el demonio y la carne de membrillo.

Nadie en su sano juicio de quienes me conozcan a fondo y a forma iba a creerse que, recibido el segundo envío por medio de un servicio puerta a puerta, confinado en una caja fuerte de regular tamaño, y un libro de instrucciones para abrirla cosiendo y cantando, me atascase ya en la primera cifra del guarismo “ábrete, Sésamo, y gomorrita el último” de la maldita combinación, ni aun considerando que, según se me advertía, contaba con tantos dígitos como palabras configuraban el texto obrante en aquella caja de sorpresas (y de bromas pesadas), cuyo título definitivo no se andaba por las ramas rameras: “Se es o no se es: Sometamos o Matemos.”

***

PRESCINDIBLE INTERLUDIO CULTERANO

En “El Escarabajo de Oro”, seguro lo recuerdan, a Mr. William Legrand , hugonote venido a menos, el autor no se lo había puesto tan difícil a la hora de descifrar su jeroglífico. Hasta el más lerdo lo adivinaría, sin grandes cefaleas de por medio:

“53ǂǂǂ305))6*;4826)4ǂ)4ǂ);806*;48†8¶60))85;Iǂ(;:ǂ*8ǂ83(88)5*†;46(;88*96*?;8)*ǂ(;485);5*†253:*ǂ(;4956*2(5*4)8¶8*;4069285);6†8)4ǂǂ;I(ǂ9;4808I;8:8ǂI;48†85;4)485†528806*8I(ǂ9;48;(88;4(ǂ?34;48)4ǂ;161;:I88;ǂ?” quiere decir, a expensas de la traición del traductor de turno, algo así como que Un buen vidrio desde  la hostería del obispo en la silla del diablo —cuarenta y un grados trece minutos—Norte Nordeste— tronco principal, séptima rama Este —tiro por el ojo izquierdo de la calavera— línea recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.

Sobre todo porque nos sirva de consuelo, reconozcamos sin acritud que tampoco resultaría ajeno a una lógica de nivel medio un cierto desconciento por parte del lector de ambas realidades textuales- la encriptada y la de fuera de la criripta- ante el nonsense entrañado por la sopa de letras resultante, tan sabrosa- e indigesta- en su desvarío premeditado por las malas…

***

Volviendo a lo que importa, si bien tenía a mi disposición la versión facsímil del dichoso mamotreto, figurante en el primero de los envíos, a partir del cual resultaba posible averiguar la extensión numérica de la combinación, a razón de tantas palabras, tantos guarismos – diferentes o iguales-, a situar, por riguroso orden numérico, en su puerta de acceso en forma de ábaco, localizada en el ángulo superior izquierdo de lo que más parecía la caja de Pandora que un cofre de Porcia, detalle éste harto superfluo (mera cita libresca, ustedes ya me entienden…).

El problema se centraba en llegar a elegir dichos guarismos, en qué pauta seguir para acertarlos del primero al último. No divisé galleta alguna a la vista que dijera “cómeme” en inglés victoriano ni una taza de té invitando a ser bebida acto seguido. Me hallaba solo, fané y descangallado ante la caza del conejo blanco.

De haberme molestado en leer la letra pequeña del manual de instrucciones para la apertura del sarcófago – cosa que jamás llegué a hacer, mea culpa; culpa, mea -, me hubiese ahorrado bastantes quebraderos de prepucio. Un pequeño enunciado te las ponía como a Fernando VII, aquel absolutista que usaba paletó (según la RAE, gabán de paño grueso, largo y entallado, por sin faldas y a lo cuerdo, como el levitón).

Esto decía y sin cortarse un pelo de dehesa:

 “En el probable caso de que no se disponga de tiempo suficiente para tan ardua empresa de combinatoria aplicada, cuya prolijidad está fuera de toda duda, se aconseja sumergir el receptáculo en agua hiviendo durante diez minutos y someterlo a un baño mariano concienzudo, tras lo cual sus accesos podrán ser abiertos con todo lujo de facilidades. Otrosí, un sencillo abrelatas doméstico servirá para el caso, aunque haberlos haylos que se decantan por utilizar un sacacorchos (e, incluso, en su defecto físico,  el mismísimo cascanueces de Tchaicovski).”

Acomodado en una bolsa de El Corte Inglés bajo la protección de una doble ración de papeles burbuja, el más palíndromo de todos los palíndromos pasó a formar parte de mi fondo de equipaje a la japonesa, por mucho que los kimonos mariposa brillasen por su ausencia: una muda que no era Marlee Matlin (ni “Belinda”, hasta ahí podíamos llegar), una camisa de repuesto y una sombrilla con ventilador incorporado.

El kit de la Srta. Rubio, depositado en la consigna automática de la estación cuya llave se me había hecho llegar previamente (colocándola debajo de mi almohada), ofrecía bastantes más motivos de interés compuesto: un pasaporte en regla, un pasaje de avión en clase business al aeropuerto de Dubái, una chequera de traveller´s cheques por valor de cinco mil dólares y una Visa de las que cagó el moro (todo ello, a nombre de Leonardo Dantés, que ya son ganas), además de una agenda con direcciones útiles, entre ellas, la del Hotel Rose Park Hotel Al Barsha, donde, al parecer, tenía reservada, sine die, una suite nupcial para mi uso exclusivo (nótese el sinsentido de la oferta).

Tanta grandeur, tanto glamour, dejaban demostrado que mi patrocinadora las tenía todas consigo en cuanto a posibilidades del proyecto… Ahora ya sólo faltaba dar un salto al vacío lleno de incertidumbres y emociones, mera cuestión de astucia y de redaños, por lo que a mí respecta. Como decimos los gallegos, “agora xa foi; Marica, non chores…”

***

Suelo atiborrame de pastillas antes de echar a volar con Ryanair  mis posaderas; tal que así, en un literal abrir y cerrar de ojos, me vi transportado hasta Dubái sin mayores problemas, sobre todo si tenemos en cuenta que mi masa corporal traspuesta se hacía acompañar de un cartelito de aviso, colgado del pescuezo, a modo de esquila o de alegre cencerro o sambenito: “Yo me bajo en la última, ¿y usted…? ¿Sería tan amable de contactar a la azafata para que me auxilie en caso de transbordo…? En las llegadas al punto de destino, suele ser el abnegado servicio de limpieza el encargado de avisarme del final de trayecto. Lo hacen de malos modos, mas yo se lo agradezco. Muchas gracias. شُكراً

***

Ahíto de frutos secos a mi alcance manual,  repanchingado en la trasera de la limousine que me estaba aguardando en el aparcamiento Vips  del aeropuerto, tras ser contactado a pie de escalerilla por un barbado agareno de pintas distinguidas (el muy infiel dijo llamarse Abdul Alhazred, por si colaba), sucediome lo que a Pablo de Tarso en su camino de Damasco tras caerse de la burra: se me hizo la luz entre tinieblas.

-Amiguito del alma, te has metido en un buen lío…- me dije para mí y para mis miedos en honor del dios Pan y del dios Vino- Dudo mucho que vayas a salir con bien de ésta… Cuenta hasta diez y luego pellízcate la oreja derecha, no vaya a ser te halles sumergido en un mal sueño…

-¿Un mal sueño, dices, y me he puesto morado de alhajús , de dátiles rellenos de menta azucarada, por no hablar de las ruidosas nueces y los higos con miel, envueltos en una cristiana hoja de parra…?- contraataqué, obsequiando a mi otro yo con un interminable eructo flatulento.

-Haz lo que yo te diga y déjate de coñas, Fermincito, hijo mío, no nos vayas a proporcionar otro disgusto de los tuyos…- me escuché, Norman Bates, utilizando la voz de la madre Genoveva.

Nervioso como estaba, conté hasta tres y llegué a pellizcarme el lóbulo derecho las diez veces, por saberme en vigilia, hasta dejarlo convertido en tamarindo sanguinolento, imposible de adornarse con zarcillo alguno, por no hablar de cómo acabó luciendo mi otrora inmaculada camisola de seda, hija de gusano falsificado y operario taiwanés amarillento.

***

Mi llegada a recepción, con el bueno de Abdul bailándome las aguas del oasis, resultó todo lo apoteósica que cabía esperar, con Monsieur Monzón para arriba y para abajo, santo dónde te pondré, como estrella invitada.

-Efendi, todos somos aquí para agradarte…- me aseguró, entre cálidas sonrisas de bienvenida el que parecía ser el director de aquel palacio de las mil y una noches, embutido en vestimenta occidental y un acento francés que olía a colonia cara- Tus deseos, ya sean bajo los olmos o  las palmeras datileras, tardarán un escueto segundo en convertirse en truchas, lo mismo que tus sueños y caprichos…En el Rose Park Hotel todo lo que no puede ser sí puede ser, y además, es muy posible y hasta incluso, probable…

-Dejemos descansar a su Excelencia, sin duda fatigado tras tan largo periplo- apostilló Abdul Alhazred, más almibarado todavía-. Una vez reposadas tus fatigas, procederé a presentarte al equipo ténico y humano a tus órdenes…

-Virgencita, que me quede como estoy…- le dije a mi coleto antes de proceder a desmayarme sin mayores ceremonias de la confusión arrabalera; al parecer, me habían hecho daño las malditas pastillas milagrosas.

***

Regresé de la estepa siberiana donde un oso pretendía abrazarme por con las peores intenciones para encontrarme acurrucado bajo regio dosel ornado con motivos orientales, con Julio Iglesias de música de fondo.

A mi vera, siempre a la verita mía, divisé a Abdul, sedente entre cojines, fumando qué sé yo a partir de sofisticada shisha (“pipa de agua”, para los no iniciados en los vicios pequeños con turbante).

-Alá sea contigo, amado efendi-salmodió en tono algo distante-. Te has tomado tu tiempo en regresar desde los fragantes jardines de la Yanina y no te lo reprocho: tus motivos tendrías; te he escuchado gemir, abrazado a la almohada, prometiéndole santo matrimonio y el adeste fidelis de por vida restante, a cambio de limosna placentera…

“Casi dos días completos han transcurrido desde tu llegada dubaití. No debes preocuparte; aquél en quien te dispones a confiar ciegamente, una vez despejada tu mente mediante suculento desayuno en bufé libre, ha velado tus sueños de seductor innato… Ah, por cierto, antes de que me olvide: en tan luengo ínterin, me he permitido deshacerte el equipaje… Tu pasaporte y demás documentos personales no deben preocuparte ya que se hallan a salvo en el Oasis de las Siete Palmeras, a dos pies bajo tierra, recubiertos por excrementos de camello e introducidos en una vieja lámpara de aceite, a modo de improvisada caja fuerte; en cuanto a cierto innombrable codicilo obrante en tus alforjas, “mochila de viaje” si prefieres, te comunico que ha sido puesto a buen recaudo no vaya a ser los mengues, por quien ostenta, no nos equivoquemos, legítimo derecho para ello…

Durante un instante tuve la sensación zizagueante de encontrarme en presencia de un Santini convertido al Islam y hablándome en camelo. Lo descarté en el acto: demasiado kafkiano, con permiso de Ovidio el Narizado.

Nada perdía con ponerlo a prueba de la rana y fui y le dije por don Walter Vidarte:

-La pucha, che, un matecito me vendría de puta madre… ¿Sos tan amable, loco, de conseguirme uno en recepción o preferís, bacán, me deshidrate…? ¿Vos entendés o no entendés lunfardo…? Chamuya, viejo, que me andás fusilando…

Por su reacción- su falta de reacción- entendí que el tal Abdul no vendría siendo trucho. Se limitó a darle un par de chupadas más a la borboteante shasha entre sus piernas y seguir cantando la gallina.

-Efendi no debiera jamás llamarse a engaño por la cuenta que le trae. Cientos de hombres, mujeres y niños de los cinco continentes han sido salvajemente torturados en procura de los datos de acceso a la Verdad Absoluta. Si Leonardo Dantés o su criatura clónica, el tal Monzón Fermín de quien luego hablaremos, han resultado ser los elegidos, colegiremos que algo, mucho o poco, pueden aportarnos al asunto. Nos hallamos dispuestos a admitir que ignoran lo que saben, o que han sabido pero no lo recuerdan… de momento. Aquí, en esta burbuja intemporal inexpugnable en que nos encontramos instalados, podremos alcanzar, cuando menos, una hipótesis de trabajo razonable como fehaciente punto de partida.

No me pareció oportuno dejar pasar impostura de tan alto calibre y me apresuré a enseñar al que no sabe el quién es quien de los acontecimientos que se venían desarrollando en nuestro entorno.

-Nada que objetar a su oratoria, Mr. Alhazred, si exceptuamos un corrimiento de carga informativa digno de mención; el orden de factores altera el producto en este caso: a todos los efectos, primero fue Fermín Monzón, un servidor; y luego, pisándole eufemísticamente los talones, llegó Leonardo Dantés, a modo de señuelo, por jugar al despiste…

El buen Abdul se mostró visiblemente contrariado y me lo hizo saber girando en torno mío, entre aspavientos, amenazante y un sí es no es prosopopéyico:

-Efendi no persista en error de garrafa o será sometido a severo correctivo. Monzón Fermín fue un personaje secundario contactado por la Organización para determinados fines, a partir de Leonardo Dantés, nunca al contrario. Sólo este último ha demostrado su capacidad de desentrañar lo que se esconde tras un mantra lapidario: “La contraseña premium de acceso alternativo a la Gran Ciencia, evitadora de pérdidas de tiempo y desgaste de huellas dactilares, fluye y confluye através del más oscuro de los agujeros negros virtuales conocidos”.

“Pero, como es el caso, a L. D. la tierra parece habérselo tragado a dentelladas secas y calientes y ello nos obliga a recurrir a su “alter ego”, aquí presente, con la esperanza de que nos saque del apuro… ¿ Capice o non capice il signore efendi…?

El “efecto Santini” volvía sobre sus pasos perdidos y hallados en el templo. Se me hecía imprescindible ganar tiempo.

-¿Le importaría llamar al servicio de habitaciones para que nos suban un sobrio refrigerio? Tengo un hambre canina canis lupus… ¿Qué tal un asado de cordero, regado con vinos de la tierra…? Necesito pensar y estoy que no me tengo de flojera…

Su respuesta me cogió desprevenido:

-Me temo no vaya a ser posible complacerlo, efendi. Actualmente, nos hallamos en medio del desierto, a diez metros bajo tierra, lejos de mundanal ruido, en una base ultrasecreta multidisciplinar de operaciones conocida en el mundillo como “La Caldera del Diablo”, en homenaje a la misteriosa cascada del río Brute en Minnesota y/o al más veterano de los culebrones made in USA en los 60; un remanso de espantos truculentos donde poder charlar tranquilamente con los detenidos más recalcitrantes; un capricho para conocedores, que coloca a Mirbeau y su “Jardín de los Suplicios” en una Disneyland de plexiglasses. El alquiler de estas instalaciones nos sale por un ojo de la cara; sin embargo, acaba por resultar rentable. Su eficacia está garantizada como podrá comprobar en el paquete promocional que pasamos a ofrecerle por si se le hubiese pasado por la imaginación hacerse el héroe.

Lo que comenzó a proyectarse sobre la pared del fondo no tenía más desperdicio que lo que quedaba, al final, de sus protagonistas (no todos subtitulados, por cierto), cuando los interrogadores de turno habían rematado su faena, no ya de muleta; ni siquiera de silla de ruedas: casquería fina y segura para un albondigón de mala muerte.

Y me puse a gritar, desgañitado, con Julio Iglesias como música de fondo -“Teño morriña, teño saudade”…- hasta que una aguerrida centuria gorilona, surgida de ninguna parte, zurriago en ristre, me rodeó, procedió a desnudarme y, tras colocarme sobre una especie de camilla metálica, comenzó a zurrarme la badana…

-Espero que el efendi sepa valorar en justiprecio nuestro eficiente servicio de spa, recién importado de un afamado balneario suizo, cuyo nombre no estoy autorizado a revelar, obsequio de bienvenida por parte de la dirección del establecimiento…-dijo Abdul Alhazred, desde el otro lado del muro de las lamentaciones- Doy por seguro que sus estimulaciones cutáneas aplicadas con rigor y diligencia contribuirán a hacernos recordar el actual paradero de Leonardo Dantés porque podamos traerlo pronto entre nosotros…

Procedí a desmayarme por segunda vez en el transcurso de aquel aciago día, en un fundido más negro que la mismísima noche americana, por si acaso no estaba soñando despierto. La ingesta masiva de dátiles rellenos suele arrear todo tipo de inopinadas fantasías morunas…

Durante mi viaje hacia ninguna parte, me pareció escuchar la voz quejumbrosa de mi madre, siempre proclive a llover sobre mojado:

-Fermincito, hijo mío… Pórtate bien por una vez: dales lo que te piden no vaya a ser tengamos un disgusto…

-Por una vez, hazle caso a esa mártir…- escuché terciar a Atilano Silvosa, a la sazón del bracero con ella, confianzudo y ahí me las den todas.

-Sobre todo, si tenemos en cuenta tu estado: prácticamente encaramado a tu alcázar mortuorio…- éste era mi antiguo jefe, don Martín, por alegrías.

Yo ya me lo esperaba: la Srta. acabó de completar el cuadro (sabido es que se apunta a un bombardeo), con estas engmáticas razones:

-El muy cabrón está a punto de marcharse sin explicarnos lo del 6174… Habrá que reanimarlo como sea, antes de que sea tarde… Abdul, los electrodos y las toallas mojadas…

-Vuelvo enseguida…Un paradeo: abra y cierre los ojos…

-¿No te avisé que estuviera todo preparado, idiota…? ¡Menudo intendente estás tú hecho…!

***

¡6174…! Cuando a punto estaba de localizar sus coordenadas en el último rincón de mis neuronas patinadoras, sucedió que me encontré de bruces con un macho cabrío, el cual, sonriente, me hacía señas levantando la pata para que me acercase.

-No busques más, querido. Ya has llegado al infierno…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 16

 

 

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Capítulo 15

PANDEMONIUM

-Señor, yo no soy mala, aunque no me faltarían motivos para serlo…

-Ave María Purísima…- susurró la Sra. Rubio  desde el otro lado de tupida rejilla de madera, precaución harto inútil dado el hecho de que ella misma, a nivel de careto, aparecía cubierta de un tupido velo-puede que fueran hasta siete-, color ala de Poe.

-Sin pecado concebida…-repondí, acorde con mis actuales atavíos, sotana preconciliar y alzacuello de plástico grisáceo, atrezo proporcionado por tan pía penitente a través del servicio ordinario de correos.

-Confieso que he pecado, padre…- añadió la improbable arrepetida a mayor abundamiento.

-Déjate de rodeos de far western. Separemos el grano de la paja- la apremié, forzando la vuelta en la reality-. A ver si, de una puñetera vez, me entero del entresijo quintaesencial de esa misión casi imposible que te has empeñado en asignarme…

***

Al final, resltaron ser unos planes destinados a poner a cada uno en su sitio, empezando por Víctor Monteagudo, convertido definitivamente en nuestro villano particular compartido; pero, por lo visto, nuestra amiga se tomaba su tiempo,en medio de todo aquel delirio escenográfico.

Lo de vernos en la parroquia San Raimundo Peñafort, dejada de la mano de dios, suburbial donde las haya, con una feligresía poco o nada aficionada a frecuentar la casa del Señor las tardes laborables en beneficio de los múltples tabernáculos de los alrededores, formaba parte de unas normas de seguridad tirando minimalistas, diseñadas en los  senos frontales envasados al vacío de mi interlocutora (los otros dos lucían, dentro de sus posibilidades, rebosantes de silicona adulterada con importante porcentaje de maicena y carne de membrillo, a modo de excipiente).

Según las instrucciones, difrazado de Padre Logan, debía aguardarla en el segundo confesionario de la nave lateral izquierda, al pie mismo de una policromada talla de Santa Rita de Casia, rodeada, como mandado está en la tradición popular, de higos y de rosas. Ella (no Santa Rita, sino la Sra. Rubio) comparecería a las seis y media, sigilosa, y tras situarse genuflexa en el reducto destinado al efecto, procedería a ponerme a la mañana, tarde y noche de la madre del cordero degollado.

-El genio de la lámpara infrarroja escucha y obedece, carajo. Como me falles, te la corto en trocitos… – me había advertido al despedirnos en la cita previa a nuestra celebración de sacramento- Creo que no es pedir demasiado; pero corrígeme si me equivoco…

Para variar, en aquella ocasión nos habíamos encontrado en un supermercado, codo con codo ante la estantería de detergentes, fingiendo mutuo desconocimiento y un interés muy lejos de sentir por los suavizantes marselleses.

La escena me resultaba harto conocida, a pesar de no ser capaz de encajarla exactamente en la filmografía dedicada a James M. Cain. Rubio y yo podríamos estar emulando a Lana Turner y John Garfield en “El Cartero Siempre llama Dos Veces” o bien, en su defecto de nacimiento, a Barbara Stanwyck y Fred McMurray en “Perdición”, sin descartar doblete, dado lo dado que era el Sr. Cain a repetirse ad infinitum.

Tan embebido me hallaba en estos dimes y diretes retrospectivos que cuando, por fin, la Srta. Rubio se decidió a desnudarse de intenciones ulteriores y sus considerandos/resultandos pertinentes, me pilló con el carrito de altramuces mal aparcado en Batueca de Arriba y hube concentrarme para seguirle la corriente de argumentos saliendo en tromba, sin orden ni concierto grueso, por la boca grandísima de un ventrílocuo locuaz que interpretase simultáneamente todos los personajes del sainete en proceso, a la sombra de un burro flautista, mas no por casualidad: a mala leche.

-A servidora los derechos sucesorios de Santini se la traen funambulista sobre la cuerda floja- comenzaba el discurso con sordina, velado y bien velado por el tupido tul de siete capas, a cual más polvorienta por la falta de abuso-. Cada cual debe mirarse las pelusas de su propio ombligo.Voy a lanzarme manu militari contra Víctor Monteagudo y pienso darle allá donde más duela… Sin ir plus ultra, esas memorias suyas, el dichoso palíndromo de nunca acabar, diccionario secreto de una “psique” todo menos cándida, a modo de “Camino” opusdeísta en oficio y beneficio de su distinguida clientela de fervientes a los cien grados centígrados, que a ti te ha colocado en un pispás sobre la cresta colorada de la ola; amo y señor del OK Corral, como aquél que dice y diga bien…

“Total, que se me dio por barruntar conspiración judeo-masónica en los siguientes términos: antes de lo que crees, según runrún circulante por los despachos de las plantas superiores de la sede central, va a llegar a tu casa, vía motorista loco, disimulada en un envase de pizza carbonara, un ejemplar facsímil del manuscrito original, acompañado de una copia mecanografiada en DinA3, porque vayas familiarizándote con su ardua complejidad manda carallo.

“Ni breve ni gandul, vas tú y les contestas a vuelta de correo, en tono desbrido, que con quién se creen que están tratando y les exiges te remitan ipso torrefacto el verdadero corpus literae y sus pruebas de imprenta, en mor de comenzar exploraciones textuales con el rigor exigible a tan alta hermenéutica. En el albur de que se pongan tontorrones, en la nevera Min están los bollos: nos hacemos con él a punta de pistola. Conozco la combinación de la caja forzuda con los ojos bisojos.

“Supongamos que pican-pican y lo mandan; sobre todo, si te has molestado un poco amenazándoles de darle el chivatazo a tu Víctor o Victoria de que sus escribas culones, burócratas traidores, intentaban meterte palos por la rueda (si nombras el ojete, también vale). El resto del planning es pan comido con queso de tetilla: esconderte donde nunca, jamás, tampoco se les ocurriría ir a buscarte. Te plantas en Dubai y allí me esperas comiendo huevos, en una dirección que te haremos llegar, convenientemente encriptada, en su momento…Haciéndonos pasar por una banda internacional de rumanos apátridas, exigiremos a los de “La Nueva Cólquida” un rescate de catorce o quice ceros a ingresar en cierta cuenta de la banca andorrana, con el aviso no traidor de que, cada día de demora en dicho cumplimiento, a las cinco en sombra de la tarde, se le irá arrancando una página al mamotreto obrante en nuestro poder y no querer retrasos, malos rollos estivales o  subrepticias recurrencias a la pasma…  Y después, tú y yo, Esperanza y Fermín, siete de julio, nos vamos a comer las perdices el uno a la otra y la otra al uno, hasta quedar, si no ahítos, al menos desgastados por puntas y punteras, tras tanto frenesí y tanto fornicio toma y daca.

Esfinge maragata, me limité a lanzarle dos miradas asesinas, a una por ojo a la vista del respetable, recreándome, estupendísimo. en la suerte.

-Yo no me chupo índice o pulgar ni se lo chupo a nadie, como otras y otros hacen a diario de a bordo…- acabé por decirle, poniéndola en su sitio (el paragüero del recibidor de visitas non gratas), cuando me pareció que el ambiente se había puesto lo suficientemente caldeado- Esos test con trastienda de Santini para pillarme en falta los tengo yo muy vistos y superados con matrícula de honor: cien por cien de casilleros acertados.

Miss Blondie, fiel a su caleidoscópica idiosincrasia becerril, tampoco entonces se dejó comer las papas arrugadas:

-Si Esperanza fuera Fermín disfrazada de crego y Fermín, Esperanza desguisada de la Salomé bíblica (nada de cantantes eurovisivas catalanas), no quieras ver la hostia que recibías por mentecato y pretencioso. Santini no reúne las luces necesarias para esta naranja de relojería cuyas líneas maestras, manzanillas a los cerdos, estoy tratando de presentar ante tus tímpanos obstruidos por la cera de enfrente. Dicho lo cual, me doy por ofendida y agraviada, sin faltarme motivos de peso pesado Mohamed Ali Babá y los cuarenta ladrones de mitón blanco nuclear, con domicilio en un cuevón de nombre “Ábrete, Sésamo”. Ya no te canso más. Tienes hasta el domingo. Aquí mismo volveremos a encontrarnos, durante el introito de la segunda misa mañanera, bancada de la izquierda, cuarta fila, posición intermedia; en la mano, un misal de tapas negras y en la boca una simple respuesta: sí o sí, como Cristo nos enseña…

“Y ahora, no lo dudo, sabrás disculparme: debo regresar a Madrid donde me reclaman asuntos urgentes de entrepierna…”

Y la perdí de vista, pero poco, entre aquel velo endrino de motín de Esquilache y la tablilla separadora con viruelas.

***

A Evangelina, cualquiera lo afirmaría sin pestañear, parecía habérsela tragado la tierra. Ausente de su domicilio, según en encargué de comprobar al paso impaciente de las horas, en la biblioteca municipal no sabían, no contestaban, al no haberse presentado a su puesto de trabajo en todo el día, sin tomarse la molestia de avisarles de su incomparecencia, por lo cual sería sancionada con acuerdo a derecho comparado. La primera vez, pase; a la próxima, se buscaban una becaria seria, formal y lo suficientemente preparada, en las listas de espera del Inserso.

Me dirigí a Atilano, haciéndome de nuevas.

-Ah, pero, ¿no está contigo…? ¡Pues raro se me hace…! Se os ha estado viendo juntos todo el rato en los últimos tiempos…Para mí que la mantienes escondida, no vaya a ser que te la robe algún cazatalentos…

El maldito poeta (y va que arde), trincherado en su baluarte doméstico, se mostró sorprendido a través de un telefonillo rico en ronquidos de cíclope dormido sin saber la que le espera por dipsómano.

-¡No me digas…! Llámame cuando la hayas encontrado, chato. No por nada: ardo en deseos de darle a conocer ciertos tercetos en cadena de pie quebrado que le tengo dedicados a su gracia de mujer española…

-Ahora entiendo lo de “pata quebrada”…- y lo dejé con la palabra necia en mis sordos oídos y un “no pasarán” de no andar para cítaras de tenores hueros de mollera.

***

Don Martín no se entretuvo en meandro alguno a la hora de exponer su memorial de agravios.

-El equipo jurídico de su nuevo protector acaba de ponerse en contacto con nosotros. Al parecer, el Sr. Monteagudo va a necesitarle a su lado por una larga temporada; sin embargo, por motivos que ignoro, llegan a sugerirnos su permanencia simulada en el actual puesto de trabajo, a todos los efectos; exceptuado el presencial, naturalmente. Ellos se encargan de cubrir todos los gastos. A mayores, firmaríamos la oportuna cláusula  de confidencialidad que no vacilo en denominar de draconiana.

“Por librarnos de usted- y son palabras suyas-, deberemos avalar a la organización “La Nueva Cólquida” en cualesquiera créditos a solicitar para un proyecto en curso, en el cual usted participa de forma destacada, cuya naturaleza se nos daría a conocer en su momento… Y no continuo hablando porque podría sufrir una bajada de tensión arterial cuando menos me lo espero… Venga, Sr. Monzón, le he pasado el testigo: suyo es el turno de palabra… Impaciente la aguardo…

De haber recurrido al voseo en el tratamiento no me hubiese dejado más perplejo. Su sempiterna altanería para conmigo se había convertido en finesse acartonada, colocándome en una imprevista situación de “mundo al revés” a favor mío. Yo lo aproveché a medias, por si acaso me hallaba alucinando.

-Zopenco y todo, se recurre a mí cuando aprieta el zapato – dejé caer, jeremíaco-. ¡Después de todo lo que he tenido que aguantar bajando la cabeza, “sí, señor; sí, señor…” como único argumento admisible por mi parte, a un pie y medio de quedar convertido en un mono Lewinski…! Si ha de servirle de consuelo, don Martín, puedo aclararle que tampoco termino de aclararme con el tema. Tome sus decisiones. Yo he tomado las mías.

-Anunciaban también la cercana visita de un equipo de asesores para ponerme al día- añadió mi otrora jefe, loco con su tema-. Debía recibirlos de inmediato y mostrarme permeable a sus propuestas, no fuese ser ocurriese algún no deseado percance a lamentar el resto de mis días…

Don Martín y San Vito danzaban frente a mí una danza grotesca. Nunca hasta entonces había visto a mi jefe acojonado. A punto estuve de mostrarle lástima. Escurrí el bulto hasta la última gota de conciencia de clase.

– Yo que usted, me hacía traer un par de guardaespaldas-respondí, pétreo- A poder ser, de los países del Este… Y ahora, si me disculpa, tengo pendientes un montón de fotocopias…

Si no estaba llorando aquel cabrón, le estaría cayendo encima una persistente gotera desde el techo.

El antiguo chico de los recados devenido en Mercurio abandonó el despacho, en un glorioso mutis por el foro.

***

“Querido Hijo:

                         Te escribo estas cuatro mal hilvanadas letras más que todo por suplicar tu perdón de rodillas por los malos pasos que me dispongo a emprender, sin tu permiso, recién depositada esta carta en el buzón de correos correspondiente.

“Una es muy mujer: siempre lo ha sido. Lástima  que tu padre, el pobrecillo, no se hubiese dado cuenta antes –antes de infartarse, me refiero-; lo hubiésemos podido pasar de puta madre…Perdona, Fermincito: no sé lo que me digo… ¡A quién se le ocurre hablar de madres putas con la que está cayendo…! La pasión es un bicho muy malo, una droga venérea; una seta satánica… De sobra sabes que te labras la ruina y a ti te importa un huevo, o dos, o tres (se tienen dado casos), y sigues adelante, cuesta abajo en tu rodada milonguera, hasta que tocas fondo y te sientes perdida, pero pidiendo más y más, pero mucho más, de la misma medicina…

“Como Víctor me quiere, mi suerte nada importa: está ya echada. Y si echada a perder, es pecado al minuto… Maldíceme si quieres: soy una magdalena a mojar en cuantas leches merengadas haga falta; y si no la Proust, me conformo con las viciosas artes de Aretino…

“No pretendas buscarme, no me pienses, no me tengas en cuenta… Vaya, con tantas prisas, casi me olvido de mencionarte los intringulis bancarios… Los pocos trastos viejos que poseo los he puesto a tu nombre, ante notario: la mercería, el piso, mis ahorrillos… Totus tuus, que te sirvan de provecho. Procura administrarlos con cordura, que es lo que a mí me falta de tuercas y tornillos.

“Lo que quede de mí le pertenece ahora a Víctor Monteagudo y a cualesquiera de sus amigotes que él me elija. Me consuela el pensar que quizás mi devoción sea capaz de transformarlo y que algún día pueda escribirse en su epitafio: “Parecía malo, malísimo; pero el amor de su fiel Genoveva acabó por transformarlo en un pan ácimo para ser consagrado en su inmaculada memoria de Prohombre imborrable e intachable”.

“Cuando alcances la gloria- y lo harás porque tú vales mucho, Fermincito: has salido a tu madre-, te encontrarás en condiciones de calibrar que mi deshonor de hoy configurará mañana tu lauro frente al mundo. Mi sacrificio personal te ahorra a ti cualquier tipo de bajezas.

“No me busques. Me he convertido en humo de boquilla. Las femmes fatales arrastramos un envidiable sino: nuestro fracaso se mide el grado de aceptación social de los mediocres…Ahí queda eso…

“Tu madre Gertrudis, tu madre Medea, tu madre Yocasta (?), tu madre madrastra, tu madre terrible que, sin embargo te quiere… Haz tú lo mismo si no te importa, Fermincito”.

***

Lloré hasta formar un charco como Alicia; lástima no pudiese reducirme de tamaño para ahogarme en él, evitando así llevar a cabo la venganza a la que estaba decidido.

Fermín Monzón, convertido en estatua de sal a fuerza de sollozos, se puso con contacto con la Srta. Rubio y le explicó la decisión que había tomado…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 15

 

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Capítulo 14

ENTRE DOS PEÑAS FEROCES…

 

Ora Escila y Caribdis, ya veterano acertijo infantil cuya solución final resultaba ser el pedo (o el “peido”, neologismo al uso y al abuso de la grey infantil en mi parvulario liliput, que hubiese puesto el vello puercoespín a un Freinet o a un Pestalocci, juntos pero no revueltos en sus tumbas respectivas), vime de pronto entre dos fuegos de fatuidad ojalá no excesivamente contagiosa.

Mas vayamos por santas sean las partes…

A la mañana siguiente de sus Grandes Palabras, la Mamma Mía parecía haber sufrido un ataque de irreversible amnesia, cabezona en sus trece o catorce: no dar a torcer cualquiera de sus dos brazos algo ajados, con colgajos conquenses adosados; pero , qué te apuestas, por si acaso, dejarme llevar a mí la iniciativa, por conocer hasta qué negro punto filipino se había ido ella de la lengua de poner al resto de mortales como un trapo.

 Para el deshilvanado a´marcord que, al final, logré extraerle a dientes regañados, hubo que emplear a fondo el sacacorchos en forma de chantaje: o largaba por ese morro es suyo de inmediato o no le alquilaría en el videoclub de la esquina la peli de Almodóvar de la que tanto se hablaba últimamente, donde proliferaban, lingam dónde te pondré, amanita phalloides rematada en pimiento rojo del piquillo, los desnudos frontales masculinos…

-Una se hace demasiadas ilusiones perdularias de tiempo: cotillón a base de champán; orquesta vienesa (o, en su defecto, zíngara); mogollón de serpentinas y confeti… Suena el “Vals de las Velas” tenuemente y sientes que unos labios de hombre, con frecuencia tumefactos, se acercan, zalameros, a los tuyos, con un bigotito gris de avanzadilla, recortado de peluquería, goteante de viudas de Clicquot como carámbanos…Y te llevas el chasco de tu vida. Ello se debe a que, a sus años, una todavía peca de ilusa y fantasiosa. Res de res, según los catalanes…Vamos, que los toros del pueblo ya se te han escapado, cuando estabas a punto de saborear sus gracias y favores: cuernos y mala vida, a comulgar con ruedas de molino del Po, sin un Quijano que llevarse a un combate de gigantes, y las aspas quebradas y marchitas…

“El Sr. Monteagudo no me tenía apuntada en su agenda personal, sino en dos o tres más, correspondientes a algunos de sus socios y amigotes más selectos, todos de una tacada, por apurar al máximo su apretado programa de festejos: todo a su cargo, putones y verbenas, entre las pitopausias de congreso a congreso. Y no vayas a creer que se cortaba un pelo: “Hoy por hoy, lo que puedo ofrecerte. Tú decides: cortas el bacalao y te vas creando un “book” de alto standing, imprescindible para moverse en el mundillo que te aguarda puertiabierto. El puesto de madame de meublé ha vuelto a renacer de sus cenizas polvorientas; un chollo, últimamente,  de cojones, que lo sepas. Es un hecho probado que los love hotels se han quedado completamente oldfashioned: para horteras palurdos provincianos. Te pasaría, previa solicitud, una colección de vídeos a modo de cursillo acelerado. Donde comen dos, comen los cuatro o cinco caballeros que tú elijas, arañando suculentas comisiones… Todo anónimo; confidencialidad absoluta garantizada; las revisiones ginecológicas y/o epidemiológicas, a cargo de la empresa…Pero no sólo eso: en el paquete viene a entrar, con frecuencia, alguna que otra fémina de carácter ardiente, oveja descarriada de la Alta Sociedad, dispuesta a echar una mano o lo que falta haga en la tarea, y sin cobrar un duro: gratia artis…

“Imagino- y eso sin ser John Lennon- no hará falta te mencione el empujón tan considerable y hacia arriba y arriba que un “sí, quiero” por tu parte supondría en la carrera de tu querido hijo, a la sazón a la espera de destino en nuestras filas. Conozco de sobra cuánto vale a través mi equipo personal de expertos: líder nato, sobrado de recursos y excelencias; pero, aun así, una decisión favorable tuya en tiempo y forma acabaría por asegurarle un puesto de vanguardia en el último escalón de la pirámide, desde donde, en los atardeceres de color de rosa, se ve ponerse el Sol de otra manera… ¿Debo seguir desgranando obviedades acerca de Fermín Monzón, o cuento ya contigo en esta grande empresa…?”

En un arranque filial harto generoso, me sentí obligado a cortarle las alas al quilombo materno, por ahorrarle el resto de escalones por bajar en su descenso en picado hacia sus irreparables deshonra y vilipendio.

-…Y entonces, tú, madre, sacando fuerza de una flaqueza entrada en carnes, como haría cualquier verdadera señora que por tal se tenga y considere, le escupiste a la cara y le cruzaste el rostro con la fusta de montar al miserable…

 Ella, por delicadeza hacia mi persona, fingió carraspear en sol sostenido menor antes de continuar recorriendo aquel vía crucis de las tres caídas y media, en amor y compañía de su único retoño predilecto (segmento secuencial a no perderse, pues no presenta ni desperdicio ni vuelta de hojarasca arrastrada por el viento de nuestra perdición definitiva, al final del relato, como pronto habrá ocasión de comprobarse).

-¿Qué quieres que te responda, Fermincito…? Fue escucharlo y ponerme atacada de los nervios… Solicité “parada en boxes” por repostar depósitos a base de champagne francés de importación, rellenar de aire fresco mis ruedas pulmonares, y not only sed etiam, mitigar fuera de juego el agudo pinchazo emboscado en el costado izquierdo, vete a saber si pulga de Chelito, puñalada trapera o dardo envenenado. Intentaba reponerme y presentar batalla al enemigo.  Lo logré a carajas y calcetas…Recurrí a mis armas de mujer y salí trasquilada del envite.

“Aventuré, haciéndome la tonta, la posibilidad, por remota que ésta fuese, de pasar de mí aquel cáliz y quedar tan amigos para salir algunos fines de semana. No pareció causarle excesiva gracia mi propuesta.

 “-La vieja chochona turulata va y me saca las uñas postizas… No me tomes de coña porque te echo a los perros, Genevieve…Y, de paso, deja a la Viuda en paz, que te has puesto peneque… Mon dieu, mon Dieu… Pensando como piensas, te has cerrado, una tras otra, a piedra y lodo, las troneras del paraíso prometido… Lo que es peor: acabas de cargarte el futuro cum laude de ese bastardo tuyo a quien su mamaíta suele dirigirse con un infamante diminutivo cariñoso… Con madres como tú, tururú, no se va a ninguna parte de provecho…A no ser que, lo comido por lo no servido, te busques sustituta…

“-¿Sustituta…?- indagué, por dejar las cosas claras- ¿Por sustituta entiendes “prostituta”…?

“-Las dos cosas… Pero no una cualquiera… A un socio mío de las Islas Marianas, se le ha antojado un affaire subidito de tono con la Srta. Prego. Se la pusimos en oferta preferente, habida cuenta que estábamos a punto de deshacernos de ella; estábamos en duda si bota de cemento o sobredosis barbitúrica en su pasta de dientes. De lograr convencerla en los próximos tres días, por lo que a ti respecta, habrás conseguido sacarte un gran peso de encima… Tres hombres formando un sandwich de porcino pesan lo suyo. Supongo te das cuenta…

“Le prometí que lo hablaría contigo, Fermincito… ¿Cómo lo ves…? Contéstale a tu madre; por favor, no me tengas en ascuas…

-No te preocupes…- la animé en tonos siniestros y ominosos- Me encargaré de todo… Vamos a echar tierra al asunto… Tranquila, tía, que corre de mi cuenta…

Y la abracé, más que nada por ahorrarle el disgusto de ver a su hijito querido convirtiéndose en Waldemar Daninski sin que hubiera luna llena allá arriba en el cielo.

***

-¿Cuántas veces no me tienes comentado, criatura olvidadiza, que estás hasta las ingles sin depilar de tanto libro, tanto lector pesado y tanta biblioteca…?

Y añadí la manzana envenenada:

– Al menos, según tengo entendido, eso se afirma, siempre citando fuentes fidedignas, en algunas peluquerías de caballeros locales; pero no te preocupes: únicamente en las de medio pelo…

Encajó, mujer ancha de hombros, aquel golpe bajo en calorías. Entre ponerse pálida y enrojecer hasta las raíces cuadradas del cabello, eligió lo segundo, lo cual la puso todavía más atractiva a mis torpes apetitos masculinos.

¿No te había enterado…? – le pregunté, tartufo consumado, simulando sorpresas de huevo más amable, por abrirme camino hasta su innata cualidad de dejarse llevar por el primero que llega a un descampado cierta noche de truenos para ver las estrellas (es anfibología).

-¡Qué andará maquinando Maquiavelo…!

-Fouché todavía era de peor calaña… Si me vas a insultar, hazlo con fundamento- repliqué, echando mano de un genérico de la indignación bastante bien logrado-. ¡Y pensar que debiera merecerme, salido de tu boca, advocaciones a un San Tomás de Aquino; un San Pancracio, un San Judas Tadeo, en lugar de su anverso de moneda, el Iscariote…! No me nombres la soga en casa del ahorcado; menos aún si se ha colgado de una higuera…A ti te dan igual los higos miguelitos que las brevas caídas de tu guindo injertado…

Evangelina se iba impacientando por momentos.

-Yo, lo de dedicarme a las relaciones públicas, cuando a punto están de convertirme en fija, comprenderás, lo encuentro un sinsentido…-replicó, incomodada-Huele a venta encubierta de seguros o libros… No me veo, francamente…

-¿Rechazarás la oportunidad de convertirte uno de nosotros…?- le espeté, serpentino- Una vez dentro, me encargaría de soplarte las velas del pastel y subirte a mi altura…

La conversación tenía lugar en su sancta-sanctorum, muy entrada la tarde. Considerando nulas las posibilidades de quedarme a dormir tras fumar el cigarrillo de después con filtro preservativo incorporado (no en mi caso), concentré mis ataques en el flanco laboral, contra todo pronóstico tan inexpugnable como el resto de mis libidinosas aspiraciones con respecto a la integridad de su soltería de vestir santos mártires y otros.

 Velahí, sin solución de continuidad, y nunca mejor dicho, escena del sofá, almohadón de por medio, pidiendo a gritos un daguerrotipo inmortalizador de tan sugerente escena decimonónica tardía.

Sin pedirle permiso, nada más entrar y por tomar posesión en nombre de mi corona como rey de aquel bolero-mambo, me había servido un gin-tonic bien tirado y unas galletitas saladas algo rancias, depositadas, muertas de asco, en un alambicado cenicero de cristal de Murano.

-El Sr. Monteagudo te profesa grandes dosis de simpatía- continué el erre que erre, yo a mío-. ¡Si te digo que ha llegado a ponerme celoso con tanto halago y tanta melodía…! En La Nueva Cólquida no hay otras hablas, aguardando tu santo advenimiento por la puerta grande, destinada a los Vips Vaporub y a las autoridades competentes… ¿Qué te está aguardando al otro lado? Para empezar, abandonar esta casa de muñecas en que habitas y comenzar a viajar por lugares de ensueño, sube al concorde, bájate del concorde, a gastos pagos, tratamiento de reina madre que te parió, beneficios pingüinos a ingresar en cuenta y una vara muy alta a nivel de despachos.

Noté cómo se tensaba hasta sus cortos límites. Puesta en pie de guerra, Evangelina Prego se puso a dar vueltas por el cuarto, mujer pantera confinada en un zoológico de pueblo.

-Fermín, hijo, a veces me provocas tres ataques de pánico seguidos… Ojalá no te hayas vuelto orate de repente… Antes no eras así; o, a lo mejor, sí que lo eras…y yo me había dejado engañar, boba de Coria y media…¡Me dolería tanto verme obligada a renunciar a tu amistad, después de años y años remanando juntos en la misma canoa, haciendo caso omiso de las voces advirtiendo que a ti, Fermín Monzón, se te coge con pinzas enguantadas y aun así te la juegas…!

-Ah, ya me entiendo y bailo solo…Hora iba siendo de que cantase la calandria… Explícame otra cosa, madame mariposa: ¿desde cuándo te parece escuchar voces…? ¿Te mandan hacer algo; por ejemplo, no decir más que tonterías…?- contraataqué, puesto en pie yo también, de un jabonado salto que se encargó de poner perdida alfombra turca y aledaños castizos a base de galletitas caducadas y muranos pequeñitos.

Por lo visto, la versión femenina del caballero de Olmedo había cogido carrerilla y se despachaba a gusto:

-Un amigo común, Atilano, ¿te suena…?, jamás se hubiese permitido el faltarme al respeto de este modo, insulto va, descalificación viene: me tratas como a liendre en el rabo de perra vagabunda abandonada. Al bueno de Silvosa, intuyo tiempo ha no resultarle del todo indiferente… Guardando las distancias, fora meigas. Casado y todo, juzgo una buena idea el cambiar sus perfumados aires otoñales por los tuyos de primavera acatarrada… Después de la tempestad shakesperiana, vienen los recalmones de separarse un tiempo. Tú y yo, ni chicha ni limonada, ni zumo de pomelo: siendo muy compasiva, dejo lo nuestro en agua de borrajas…Cada uno se marcha por su lado adyacente. Lo mío con Atilano está al caer: no me acomodo formando parte de un triángulo escaleno. Va a costarme lágrimas de sangre hemoglobina. Pero, por otra parte, doy por hecho que Tilano y Ali, matrimonio encantador, se encargarán de hacerme soportable la carga de la prueba: el algodón no engaña… Pero tú, sí, mendaz donde los haya, dispuesto siempre a dejarme tentetiesa en la estacada… Y ahora, te agradecería que me dejases sola porque quiero llorar los siete mares y me disgustaría horrores hacerlo en tu presencia…No necesito tus kleenex para nada y tampoco estoy dispuesta a que, fingiendo consolarme, aproveches para meterme mano… Conozco tus artimañas varoniles al dedillo… Por algo te he estado queriendo desde niña…

Opté por una honrosa retirada, no sin antes mecerla bien mecida entre mis brazos, camino de su dormitorio, al arrullo de un incunable Brahms, versión Louis Armstrong.

No se durmió a pesar de mis esfuerzos empinados. De hecho, portador de promesas badulaques de un recuentro al día siguiente, la dejé pasando la aspiradora en la sala de estar por liberar la alfombra de galletas saladas y cortantes esquirlas de cristal de Murano.

***

En cuanto a mi papel a jugar en los planes calvorotas de la Srta. Rubio, quid pro quo de su información ofrecida a modo de anticipo (y un suma y sigue posterior todavía más sabroso de revelaciones a cual más explosiva e implosiva), puedo adelantar y adelanto lo siguiente a los fieles lectores del presente relato: se trataría de… A ver cómo lo expreso… Pero aún mejor, dejemos sea ella misma quien lo cuente:

-Mira, chico-había tronado E. P., furiosa con el mundo-, no te descubriré la ley de la gravitación universal si menciono la leyenda que figura, sobre campo de gules, en mi escudo de armas tomar y defenderme panza arriba mientras pueda: quien le busca las vueltas  ciclistas a mi aguja de marear paciencias termina con pinchazo hondo y descabello deslucido a la tercera. Víctor Monteagudo se dispone a empaquetarme sin acuse de recibo hacia los Emiratos Árabes Unidos con la misión de serenar el gallinero levantisco en sus clubes de alterne, manga por hombro, al parecer, últimamente. A las señoritas de compañía, la mayoría extranjeras sin empapelar, que prestan su servicio en los mismos, les das un pie y se toman el muslo. Estricta gobernanta es lo que necesitan y me mandan a mí, a toda una señora, doña Esperanza Rubio, para que ejerza de Pantacruela del Demonio y restablezca el orden establecido y el concierto grueso, ¿no te jode…?

“Objeté que a mí las arenas del desierto me provocan unas conjuntivitis espantosas y, además, soy alérgica al pelambre de camello quasimodo.

“Santini, cabronazo inveterado, tras recibirme en su despacho madrileño, se partía de risa en escuchando mi sentido alegato sobre incompatibilidades alergénicas. Cuando le mostré el certificado médico del que era portadora, una primorosa falsificación a prueba de lupas, microscopios o, inclusive,  carbonos catorce, por el que había pagado la friolera cornuda siete mil pesetas, se limitó a usarlo de abanico con ademán sarasa, para, a continuación, convertirlo en pajarita de las nieves.

“-Déjate de papiroflexias, Santini-lo increpé-. Cúrsame esta instancia, pólizas incluidas, diligenciada en su lugar descansen sin pasarse de fecha, o ya verás como se te destiñe el piojoso bisoñé que llevas puesto, hombre de medio pelo y media pluma.

“El pasmarote se puso a hacer visajes saltimbanquis con los elementos de su rostro pálido hasta conseguir la proeza de que sus labios fueran a parar bajo sus orejas de murciélago y sus ojillos rojos pasados a carbunclo celebraran una reunión de célula con ambos carrillos, el eurocomunista de después y el prosoviético para siempre jamás.

“Tardé varios segundos más de los necesarios en darme cuenta de que trataba de mimarme un mensaje clandestino, en un espacio, a no dudar, trufado de micrófonos ocultos y cámaras filmando  desde el otro lado de una prolija antología Degas con bailarinas en tutú, revoloteando al buen tuntún cual albas mariposas displicentes, apercibidas de su gracia y de su encanto.

“-Chaá chahó chará chanó, chaí chadió chatá… Chanós chavé chamós chamás chatar chadé…- murmuró, en un arranque de genial improvisación, cuando su rostro se había ya convertido en una versión grotesca del Sr. Patata a fuerza de desplazar sus cuatro puntos cardinales: ojos, nariz y boca (dos nortes y dos sures).

No me lo hice repetir dos veces y salí escopetada de la sede central, pies polvorosos y corazón uniformemente acelerado.

***

Santini cumplió su promesa en el transcurso de aquella misma jornada. Me fui a topar con él en mi sala de estar, al mediodía, visionando en la tele un programa deportivo, con los pies descansando a la bartola encima de la mesa. Lucía paños menores old styled y tengo para mí que algo piripi se encontraba, si nos basamos en una pista cien por ciento segura: el mueble bar aparecía abierto de cristales y dos o tres botellas vacías hacían guardia y custodia por el suelo.

-¿Serías tan amable de explicarme cómo has entrado aquí y quién te ha dado permiso para saquear mi mobiliario…?

Se las arregló para convertir un eructo en un suspiro antes de contestarme en los siguientes términos:

-La pequeña libélula de élitros azulados se equivoca de nuevo con el tono a emplear con uno de sus más fieles defensores a capa y espada. ¿Es que nunca vas a renunciar a considerarme tu enemigo? Me deberás no una sino cuatro o cinco, cuando hayas escuchado mi balada triste de trompeta, aunque no estoy borracho: me has pillado preparando unos cuantos cócteles molotov caseros por si se produjera el no deseado avatar de vernos rodeados, circunstancia no descartable en absoluto.

“Hostias, tú, la que se iba a armar de ser pescados en amor y compañía; pero no te equivoques, cara mia: a mí me pondrían como chupa de dómine; por lo que a ti respecta, tu viaje hasta Dubai no sería de ida y vuelta. Toma nota y déjate de pendejadas, caramba… Ya está bien de mear fuera de tiesto. Contreras no se entera de la misa la media. Todo lo que tenga que ver con ese chico- tu persona incluida- está siendo depurado, en un blindaje que no se para en barras ni en estrellas: o marcas el paso de la cabra legionaria o te borran de la cartografía de los vivos coleópteros a partir de una lata de sardinas, tan ricas ellas en omega-3 y, para el caso, en plutonio radioactivo.

“Víctor Montesco y Fermín Capuleto, romance de grana y oro, tanto monta, monta tanto y a sus años…Conste no lo critico, allá cada cual con sus esfínteres… Hasta donde yo me he adentrado, dando palos de tuerto, por las partes que me toca, no solo son carnestolendas lo que se traen entre manos la pareja de tórtolos torcaces…Y hasta aquí puedo leer, porque me pierdo en conjeturas resabiadas…Demasiado laberinto para mi corta entendedera. El muchacho apuntará maneras; sin embargo todavía está, para mi gusto, un poco verde… Tildes mal colocadas en su tarjeta de visita, pelo de la dehesa en las hombreras…  He ahí el peaje a pagar cuando esos chulandrones pretenden comerse el mundo con los dedos… Lo que no es óbice para que, más tarde que temprano, y si no, al tiempo y su ganchillo, lo veamos situado en los puestos de cabeza… Algunos, a espaldas de Monteagudo, no te digo, hasta se atreven a llamarle “el Sucesor”, manda narices…

“¿Por qué te estoy contando todo esto?, te estarás preguntando. Elemental, querida Rubio: si es para ti, ya no vale para él, y he pensado que será mejor que te lo quedes. Recursos circenses no te faltan y a ese monzón le sopla, cosa mala, la bragueta. Te habrás ya preguntado que cui prodest; no busques más: el que tienes delante, durante tantos años aspirante a mitra y a tronío, después de haber tragado tanta mierda en su nombre, ejerciendo de tiralevitas, cortesano de corteza y lamehuevos a pie de letra bastardilla…Yo he sido su hombre para todo y más, y no voy a permitir que un recién llegado vaya a dar al traste con mi opus operandi.

“Por mí, puedes chivarte delante del ragazzo de todo este putiferio de intereses cruzados. Antes que él, por legiones se han contado los ángeles caídos que probaron las delicias de su anzuelo retorcido, para terminar descendidos al cubo de basura, jaque mate en dos o tres malas jugadas.

“Sálvalo a él; me salvarás a mí, nos salvaremos todos…¿Capicci o non capicci, bella ragazza…?”

***

Escuchando el racconto de la Srta. Rubio me sentí halagadísimo y presa del espanto al cincuenta por ciento… Sólo que lo que añadió a continuación me puso los calzoncillos de corbata y viceversa…

 Pasen y vean. Juzguen ustedes mismos…

Rien va plus por ahora…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 14

 

 

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