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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

CAPÍTULO 12

evolucion-hombre-cerdo

THE BUTTERFLY AFFAIR

Fui a despertarme, como quien dice, al otro lado del espejo: en la sala de estar de la Srta. Cloe, justo y clavado donde se había puesto en marcha toda aquella odisea. Recordaba (eso sí: muy vagamente), el haber sido sometido a tratamiento narcótico antes de caer en un profundo sueño que, de reparador, mucho me tomo, no podría presumir en foro alguno. A punto estaba de interrogar sobre el estado de la cuestión palpitante al Sr. Ramírez, a mi vera, siempre a la verita mía, vigilando mi regreso a Ítaca, entre sopores, náuseas vomitivas y un razonable desconcierto, cuando descubrí, por las inmediaciones de mi cuerpo presente, pasado y futuro (eso pensaba entonces, por lo menos) la presencia de dos nuevos/viejos personajes que poca ocasión habían tenido de meter baza hasta el momento, a los que citaré, por evitar pendencias Abel Sánchez, por riguroso orden alfabético:

-Sorribas, Omar, periodista lanza libre a la que salta, corresponsal paisano de insufrible ínfula Capote, amigo con derecho a roce de mis peores enemigos, como pronto tendremos ocasión de comprobar, de no bajar la guardia pretoriana el autor del relato y su fiel cohorte de lectores.

-Suances, Imeldo, infumable proyecto de cuñado, meritorio emérito de la tele autonómica, cuyo falso documental “Fauna Salvaje de las Noches de F***”, a base por altura de sistemático y chapucero “corta y pega”,  había sido objeto en encendidos debates, en su casa y en la mía, coincidentes con la hora de la cena.

Al parecer, de esto me enteré luego,  comparecían allí en calidad de asesores, cobrando pasta gansa para localizar la famosa casita del bosque de Camorro. Sabido era que la Organización, de puro fachendosa y populista, no reparaba en gastos suntuarios a la hora de salirse con la suya: presentarse ante el mundo, con la prensa paciendo en sus pesebres, disfrazada de solución definitiva y no como su auténtico problema.

Ni ellos ni yo nos alegramos de vernos los unos a los otros. Es más, el segundo de la lista hasta se permitió el lujo de lanzarme este dardo envenenado:

-A tu hermana de distinto padre le mandas este recado de mi parte: le dices que te he dicho lo mismo que dijera Luis Mejía, en la hostería de “El Laurel”, a su eterno rival D. Juan Tenorio, refiriéndose a doña Ana de Pantoja… “Imposible la dejasteis para vos y para mí…” Pues que se apliquen el cuento de Calleja ella y ese Arturito Cagallón que se trae, con reincidente regodeo, entre perniles necesitados de cuchilla; por lo que a mí me toca unos cojones más peludos todavía, hemos terminado nunc et semper… Y lo digo en latín vulgar para que se me entienda… Traducido a tu idioma: “para siempre, jamás, amén y págate un clareo…”. A buen entendedor, le basta con el Google…Pues ya está todo dicho.

El Gran Sorribas puso su granito de arena movediza al homenaje del que estaba siendo objeto mi autoestima.

-Nacho, tío… Más bajo no se puede caer, vete enterando…Pues, ¿no te lo tengo bien avisado en su momento…? Escuchaste llover perros y gatos… En tus actuales circunstancias, luciendo esos morros de boxeador sonado que te gastas, no me presentaría yo en sociedad civilizada si no es cubierto de una máscara de hierro, estilo Luis XIV o su gemelo puñetero…

Con un gesto de Señor de los Anillos, ordenó silencio en la sala un Ramírez impaciente a lo divino.

-Partiremos de aquí en cuanto Giuliano Monterone il Maledeto, mi chófer de honras fúnebres, se presente en los portales del inmueble, a la hora previamente convenida. Se trata de poner en pie de atleta una puntillosa reconstrucción de lo sucedido en la noche de autos. Omar se encargará de los efectos especiales: ruido de disparos y voces feminoides, presas de la histeria, solicitando ayuda de los dioses penates y un paquete de compresas con alas para salir volando, todo lo rumbosos que se pueda, hacia el siniestro monte de Camorro, en cuyas espesuras se halla localizada, pero no parece haber manera de encontrar, esa casa del bosque de cuya existencia real albergo serias dudas por momentos… Toda esta pantomima, buscando que ese imbécil de ahí, el bonito de cara, recuerde, de una pajolera vez, la ruta recorrida no hace tanto en circunstancias ambientales parecidas… ¿Me explico o no me explico…? Vosotros dos, los cerebros locales, seréis los encargados de la localización en exteriores, corrigiendo la ruta, en un albur de rotondas con vocación tiovivo o, peor, de sospechosa inseguridad cognoscitiva sobre el camino a seguir en cada caso…Por descontando, porque aquí se ha venido a trabajar no a rememorar “Hansel y Gretel”, tampoco se descarta el echar una mano enterradora para lo que haga falta, siempre y cuando vuestro jefe, que soy yo, lo considere oportuno y necesario… No se me podrá acusar de menoscabo de  categoría profesional, puesto que vais  de oficiar de “body snatchers”, solo que al revés: sepultureros ecológicos a la luz de la Luna…Tan sencillo y natural como cagar a campo abierto y mear de corredoira asilvestrada, apuntando derecho contra las zarzamoras, llora que llora por los rincones… ¿Me explico o no me explico…?

Se explicaba a las nueve maravillas del mundo; de expresarse por señas, no hubiese sido más explícito su discurso del método.

No hubo que esperar mucho. Sonó en un móvil el himno colchonero. Comenzaron los juegos de inmediato. Los morituri, saludando al vacío interior y exterior con la mirada huidiza del cordero recién descabezado que, sobre el charco de su propia sangre, contempla al verdugo matarife limpiándose el sudor, desde un altar de mármol agrietado, nos pusimos en marcha triunfalista, emprendiendo un largo viaje hacia la noche de nunca acabar, o de acabar fatal (es de temer, el desenlace más probable de una aventura que, ya de salida, no apuntaba tener ni donde caerse muerta…).

Y menos mal que el tal Giuliano, hombrecillo del tamaño de una nuez, palmo más, palmo menos, se empeñó en alegrarnos la velada, contándonos, a cachos (pero también a cachas, acabo de caer) la historia de su vida.

-Soy de lo que no hay, lo crean a no lo crean estos señores…Por culpa de nacer sietemesino, en la Sicilia profunda campesina, la mía mamma, la Signora Francesca, se empeñó en que la criatura surgida de su entraña era un aborto en diferido, o si prefieren “de efecto retardado”, y le ordenó a Asuntina, ayudante de cuadra, que me arrojase sulla palude de cabeza y de restos, hasta en siete ocasiones sucesivas, antes de que el mio padre padrone, de nombre Ciccio Monterone il Calabrese, bastante menos bruto que un arado, lograra convencerla de otra cosa distinta: el final de parto placentero consiste en que te corten la placenta. En mi caso, utilizaron la dentadura postiza del abuelo Pasquale, quien, por suerte, llevaba ya muerto varios años. Su prótesis había sido conservada, en la esperanza incierta de llegar a venderla en el mercado negro; mientras tanto, se utilizaba la parte superior preparar unas empanadillas de perro vagabundo cuya perfecta curvatura, según mía mamma era copia facsímil de la bahía de Nápoles… En cuanto a la menor, las raras veces que mi padre se encontraba en libertad condicional, la utilizaba para hurgarse las orejas, en busca de cerumen, con el que luego  hacia brillar hasta el deslumbre la cazoleta de su pipa de la guerra.

“Como las moscas no quisieron devorarme, seguramente por no ser plato de gusto suficiente a su trompetería mi inacabado aspecto apelmazado, confundible con boñiga de cabrío,  crecí lo no crecido a base de polenta  e higos chumbos podridos (los sanos por fuera, robados de las huertas circundantes, los ponía la mia mamma a la venta ambulante, a pie de carretera, por unas pocas liras, por salir adelante mientras il mio papa no saliese de presidio, en la práctica, su domicilio habitual, aunque me cueste un poco confesarlo).

“No fui a la escuela ni conozco librillo que no sea el de liar colilla ajena, a salvo en una lata de tomate pomodoro, procedente del vertedero de basura donde estaba instalada nuestra humilde morada.

“ La Vida fue mi maestra parrandera. Muerta mi madre por unas tifoideas, pilladas tras beber agua del cielo, recogida en una churretosa palangana, procedente de un burdel de cernías, y todavía entre rejas su pareja de desecho, adolescente de cariño y de probables, aconsejado por unas ratas amistosas,  me decidí a emprender mi marcha sobre Roma, practicando auto-stop y sodomía (esto último, para ganarme el pan con mortadela y congraciarme con los amables conductores; nunca, por vicio, y espero ser creído en tal aserto).

“Las postreras etapas de aquella especie de Vía Láctea, obligado, novato como era en el oficio, a ver las estrellas con el ojo menos conveniente en el caso de pretender sobrevivir (aunque no todo lo decentemente que debiera), me sorprendieron viajando en bicicleta, tras una sencilla operación propiciatoria: socializando un vehículo aparcado a la bartola, a las puertas de unos grandes almacenes. ¡”Ladrón de bicicletas”…! Tiene gracia…No hace tanto, la pasaron, de madrugada, por la tele…

“Sigo con mi racconto, que nadie se impaciente… Como la Loba tetolina no disponía de ubres suficientes- se las debieron de arrancar Rúmulo y Rémulo, a mordiscos- , no pudo amamantarme con su leche nutricia, a mi llegada. Fui de mal en peor, y, con el tiempo, tras viene y va en carajas y calcetas,  ejercí de ragazzo di vita o “golfo de la calle”, especialista en robos con escalo a mi manera: con lo poco que abulto, en Campo de Fiori, Prati  y similares, me colaba en las mansiones del ricacho, a través de cualquier ventana mal cerrada que diese a sus jardines exteriores.

“Yo no puedo quejarme de mi suerte: he conocido el amor tira-la-lira y el odio por las clases dominantes. A punto estuve de apuntarme al anarquismo libertario y resultó que no: analfaburro de los pies a la cabeza, no fui capaz de localizar sus oficinas; tampoco hice la mili, porque no me quisieron por estrecho de pecho…Menos mal que me crucé con D. Calogero, al que algunos llamaban Monsignore, quien, enseguida, me tomó bajo su palio protector, a pesar de haberme sorprendido en su palazzo cierta noche, intentando robarle la vajilla de plata.

“-Eres un miserable pero pareces listo…- recuerdo que me dijo- Se me ha encendido la llama redentora y, si espabilas,  te tomo a mi servicio y a mi vicio…

 “¡La de veces que tengo viajado dentro de su maleta, debido a mi tamaño manejable…! Según convino, fui moneda de cambio agujereada, sobrino suyo, pariente pobre y hasta ayuda de cámara, cuando no secretario (ya al final), en multitud de lances y sabrosos sucesos… Lo que no quita que, en el fondo, me considerara una especie de freak  “all´italiana”, al que podría sacar cierto partido entre conocedores… Con ese pensamiento, él mismo me llevó a Cinecitta; su plan era ponernos en contacto con Federico F… Siempre fue a resultar que éste no estaba… No se dejaba ver, lo que sospecho, porque, al ser cristiano, los de la Cosa Suya le inspiraban mucho respeto o mucho miedo… Con P. P. P., sí que tuve un encuentro casual en Via Margutta; nos presentó un amigote suyo, mas no me acuerdo cuál: si Franco Citti o Ninetto Davoli… Genio y figura… ¡Qué pena lo matara aquel matado de Giuseppe Pelosi…! Mejor no meneallo: da coraje tanta mentira y tanta falsedad por parte de la prensa canallesca…Pedro Pablo me quiso contratar de figurante… Me vi obligado a darle un par de nones… Yo no enseño la pinga en la pantalla… Casi más grande viene a resultar, en estado de gracia, que todo el resto junto de mi andamio, y no exagero un huevo de paloma, las pajarracas esas que llenan de mierda corrosiva la Plaza de S. Pedro…Me juego el otro a que el Espíritu Santo no anda lejos… Porca miseria, tampoco son pudores doncelliles… Manías que tiene uno… Mi novia, Fiorella Portinari, no me deja… Es de Mesina… Y yo, sietemesino: ¡hemos nacido el uno para el otro…! Es la mujer forzuda del Circo Universale; arrastra  camionetas con los dientes; con la vagina, se fuma siete habanos a la vez tragando el humo…Han llegado a soplarme las gentes del mundillo , por hacerme un favor, que se trata de un hombre hecho y derecho… A mí poco me importa, porque su amor es bello, sereno y complaciente…Como si fuera en verso alejandrino…

…Y, claro, nos perdimos, yendo a parar, la madrugada al canto, a la antigua Brigantium, por culpa de las artes narrativas del trovero. Menos mal que nuestro sirénido al volante portaba una guía Michelín en la guantera. Vuelta para atrás, todo seguido, al fin nos vimos, como quien dice “debajo del volcán”, borrachos de epopeya, levantando las faldas al monte de Cámorro por descubrir su escondido tesoro, en forma de cabaña cinegética.

Todo se ordenaba en mi cerebro: sube por allí, tuerce por allá, “¡ve más despacio, enanazo de mierda: casi nos la pegamos…” Todo un rito iniciático, mas de nunca acabar; un vía crucis blasfemo cuesta arriba, entre tojos y flores, con los grillos, las ranas y algunos chotacabrones a modo de refuerzo, entonando, discordes,  sus agoreras letanías satánicas, al cambiado paso del cortejo.

La Casa Usher no se había movido de su sitio, por eso la encontramos donde siempre había estado, aguardando que vinieran a buscarla, para acabar de hundirse en su miseria moral, que no económica. Todas las luces estaban y no estaban encendidas, imitando a los faros de la niebla, apaga/enciende, enciende/apaga todo el rato, por ahorrar en factura las monedas de San Judas Tadeo, que son las únicas buenas del mercado bursatil. Echando todavía más leña al mono en llamas, la Danza Macabra de Camille Saint-Säens se filtraba a través de sus leprosos muros, silbada, temprano, mal y a rastro, por un coro de universitarios erasmistas, procedentes de la Universidad compostelana.

No nos dio tiempo de llegar hasta la puerta. Apoyada en su quicio, a lo Piquer, apareció mi vieja amiga Cloe, envuelta en muselinas transparentes que permitían adivinar sus más  frondosos valles y cañadas, dando muestras de inequívoco alborozo al brindarnos una franca bienvenida a sus dominios.

-¡Cuánto bueno por esta su casa…!- nos saludó a la antigua usanza versallesca- Pero, pasen; pasen, por favor… No se queden ahí, señores míos… ¡Con lo malo que resulta ese relente: se te instala una cistitis allá abajo, a poco que descuides abrigarte…! Nadie se ha ilusiones: para la próstata, tres cuarto de lo mismo…

En fila india navaja de afeitar, nos dirigimos, caracoles sorprendidos por lluvia, al encuentro final con el Destino…

En el gran salón, que no creo imprescindible volver a describir a estas alturas, se advertían dos sonadas novedades: en lo alto de trapecio volante, acomodaba sus voluminosas carnazas nada menos que Mamá Lourdes, la autora de mis días, que se mecía con una lenta cadencia licenciosa, mientras una ancha sonrisa en su pálido semblante hacía brillar su prodigiosa dentadura entreabierta, de la que surgía, como un torrente, una sonrosada lengua bífida, hasta acabar lamiendo glotonamente sus rodillas; pisando tierra firme, danzantes por la estancia, ataviadas con túnicas de seda abiertas de arriba abajo por los lados, cuyas mitades univitelinas se sujetaban entre sí con tiras de cuero finamente repujado, distinguí a mi hermana del alma Maripili y-  esto me extrañó bastante más- a Adela Hernández, Sra. de Suances, a la que siempre había creído investida de mayores dignidades públicas y privadas. No estaban solas, sino en amor y compañía de una señorita por mí desconocida, cuya identidad quedó aclarada en un instante:

-¿Qué demonios está haciendo aquí metida, Srta. Cifuentes, disfrazada de payasa pintoresca…? – bramó el Sr. Ramírez, basilisco perdido- De qué titirimundi se habrá escapado usted, es lo que me pregunto…

-Eso no importa ahora: es pecado al minuto…- dijo Cloe, poniéndose al frente del evento- Los caballeros procederán a acompañarme hasta un salón contiguo, donde podrán reunirse, al fin, con su viejo camarada y abrazarlo  con la efusión y el calor que cada uno considere conveniente… Y cuando digo “caballeros”, no me estoy refiriendo a ti, querido Nacho… Tú te quedas donde estás, quietecito y callado. Te reunirás más tarde con Esplugas, cuando llegue el momento… Te tengo otra sorpresa reservada… ¿Digo verdad o miento, cariátides…?

-¡Dices verdad, Gran Madre Zebedea…! ¡Salve, oh tú, Suprema Emperatriz de la Corte Dañada y esposa de Plutón, el más triste planeta…!- canturrearon a coro el resto de comadres desmadradas, mientras desde lo alto, Mamá Lourdes agitaba sus canosas guedejas con rudeza y provocaba una vistosa lluvia de casposas perseidas sobre nuestras cabezas de chorlito, que ni se imaginaban dónde estábamos a punto de meternos.

Los convocados, presididos por una Cloe que daba mucho que pensar (por lo menos, a mí),  tardaron un minuto escaso en abandonar la estancia y dejarme a solas con aquel aquelarre de mujeres lentas de movimientos pero ligeras de cascos y de ropas, que se pusieron a bailar en tono mío, sin hacerme puñetero caso cuando solicité de ellas una pequeña explicación  acerca de toda aquella parafernalia grandguiñolesca, más digna de una escenificación en Stonehenge, a cargo del Cirque du Soleil, durante la celebración del solsticio de primavera, que de los eventos consuetudinario que acontecen en un refugio de acosadores leporinos escopetados, utilizado, esporádicamente (o no, vete a saber), por sus legítimos propietarios para otros menesteres mucho menos piadosos.

Rayos y truenos acabaron de liarla, aportando sus efectos FX a tanta fantasmagoría del tres al cuarto. Por no hablar de una mano pecadora que, a lo tonto, a lo tonto, en un imperdonable descuido por mi parte, se había permitido el lujo cinco estrellas de andarme pellizcando en una nalga… Le eché la culpa a Miss Cienfuegos, por resultarme menos violento el achacarle a ella tal desmán que señalar con dedo acusador a mi hermana pequeña. Si descarté a Adela Hernández, desde el primer momento, fue porque, entre nosotros, no había existido – ni jamás existiría – la menor confianza toma y daca. Siempre suponiendo, claro está, que se tratase de ella, en realidad; de hecho, a su esposo ante dios y ante los hombres, en su presencia, no se la había movido ni una ceja… A lo que íbamos: sería distinto, a la hora de adjudicarle sospechosa,  si tan procaz conducta magreadora hubiese concernido a mi bragueta, pues, de haber sido así, no habría que buscarla ni por tierra ni por mar: seguro era Adelita la responsable del corrido…

Otrosí, y por cambiar de tema, entre desconocidos, en aglomeraciones, este tipo de percances hedonistas suceden a diario, sin que nadie, con dos dedos de frente, se eche, por ello, manos a la cabeza…

El regreso de Cloe se retrasaba. Uno ya no sabía cómo ponerse. Las mujeres- con mi madre incluida- me miraban de soslayo, sin disimulo alguno, vigilando su presa. Y ¡menudo problema…! Hacía la intemerata que mi ropa interior no se mudaba de su color parduzco en la culera y amarillo limón en sus triángulos frontales y, en el mismo sentido, que mis laceradas carnes no  tomaban conciencia de ser nadie, sobre todo debajo de la lucha. Olía a tigre, sin duda; pero intentar el salto que ha hecho famoso al felino de marras, desde lo alto de un armario, se me antojaba harina de un costal imposible: no estaba mi magdalena para ser remojada en tafetanes; menos aun con aquellas Maricastaña de opereta, aguardando mi santo advenimiento, patiabiertas sobre un lecho, no ya de rosas: cardos borriqueros, mismamente.

Se abrió una puerta al fondo del salón.

-Cloe, ¿tú sabes qué hora es, alma de cántaro…? Estaba empezando a impacientarme… Ésas de ahí no dejan de mirarme con lujuria, ignorando, sin duda, que a las fiestas de sociedad con pedigrí, o vienes ya follado de antemano o te expones a un ridículo espantoso…-dije yo, más que nada por desfacer posibles malentendidos entre las allí presentes y yo mismo. Punto pelota: Nacho Villa no da facilidades ni las pide. Y se queda tan pancho, por supuesto…

-¿Por qué me llamas Cloe, oh forastero, cuando mi único nombre es Belphegora, la Meiga Negra del monte de Camorro…?  Ven a mi lado y te haré conocedor de mis poderes fácticos…

-Sí, señora…- le respondí, por mucho que, a mi edad, y en las actuales circunstancias, tanta charada, tanto juego de salón, acaban por resultar algo monótonos- Iré contigo con una condición: que me conduzcas al lado de mi amigo…

-Eso iba a hacer, forastero insolente… Mejor será que te vayas preparando… Puede que lo que vas a contemplar resulte un poco fuerte para tu sensibilidad, a piel de flor mírame y no me toques… Una nenaza tendría más pelo en picha, y sé lo que me digo… Asoma la cabeza y contempla mi obra genuflexo…

Me empujó al interior de la sala contigua, medio en penumbra, con el suelo de tierra y un hedor insoportable a bestia parda presidiendo el ambiente enrarecido. Luego, cerró la puerta. Alguien  era capaz de dormir a pierna suelta en tal reducto: unos sordos ronquidos, procedentes de un rincón, el más sombrío, erizaban las cerdas en el cerúleo interior de mis orejas, gachas, mas no de harina, por el miedo cerval que me embargaba. Fue pensar la palabra “cerda”, mira tú,  y empezar a temblar, descontrolado.

-Claro que sí, incauto forastero…Soy capaz de leer tu pensamiento y si es tan primario como el tuyo, entonces ni te cuento… Ahora ya lo sabes… Belphegora, descendiente de Circe, la que convierte a los cerdos en hombres, ha decidido devolverlos a su versión original doblada hasta arrastrarse por el lodo, porque purguen sus atroces delitos en contra de nosotras, aquéllas a quienes suelen referirse, despectivos, tildándolas de “débiles mujeres”… ¿Débiles…? ¡Y una mierda pinchada en el palo donde secaremos al viento sus testículos, después de habérselos cortado a rajatabla…! Fouciña en mano, juntas, los venceremos… ¡Hombres o cerdos inspiran en nosotras la misma repugnancia…!

Una piara de marranos a trotecillo lento, salida de lo oscuro, comenzó  a lamernos el calzado. Mentiría si dijese supe distinguir a cada uno de ellos. Éste de manchas negras a lo largo del lomo parece ser Arturo; pero vete a saber: los chanchos cambian mucho tras la metamorfosis, por muy poco kafkiana que ésta sea… Aquél, el del hocico respingón,  se me hace la mar de conocido: se trata del Sorribas, ya verás; clavadito es poco: clavadazo… A Imeldo Suances, y ése sí que sí, aquel otro del rabo retorcido no se lo quita nadie… Edmundo Dantés tampoco tiene pérdida; enseguida alcancé a reconocerlo por su escrutadora mirada de rudo polizonte; es, además, el que más pintas se gasta de orwelliano… Por exclusión, el más canijo, un lechón segoviano en toda regla excepcional, ha de venir siendo Giuliano Monterone il Maledeto, o si no, qué te apuestas…

Y yo…Y yo, fuera del horno crematorio… ¿Qué pasaba conmigo…? ¿Acaso no se me consideraba un cerdo más de la manada, al no presentarme circunciso…? Pues menos mal, caramba… Respiré con alivio, antes de tiempo… La voz de Belphegora (la de Cloe, ¿no te jode…?) me sacó de dudas, de un plumazo, no sin antes haber convocado a su cortejo de nereidas,  que acudieron presto a su llamada, poblando la zahúrda de excitados murmullos bullangueros:

-En cuanto a ti, ni siquiera mereces el marchamo porcino… Tus mujeres, las que te hemos querido, no lo olvides, en régimen de autoconvocatoria, hemos celebrado una asamblea abierta, solo para mujeres, en el transcurso de la cual hemos acordado, por unanimidad, lo siguiente… Convertirte en… Venga, ¿no lo adivinas…? ¡Serás lerdo…! ¿No querías bautizar esta murga mardigrasienta con el archisobado título THE BUTTERFLY AFFAIR…? Tú lo has querido, Nacho… Te vamos a convertir en mariposa…

Dicho y hecho…

Y desde entonces, éste que lo es, seguro servidor de su goyesco capricho por los desastres más difícil todavía, vaga de flor en flor, en inútil procura de polvos esenciales, cuando lo que debiera andar buscando, en realidad,  al pie de los castaños o los robles, son las trufas, el manjar favorito y prohibitivo de los cerdos.

Que Belphegora, la Meiga Negra del monte  Camorro nos pille confesados… Cloe, desde ayer, se ha dedicado a fumigar con potentes pesticidas, varias veces al día, las macetas que adornan sus ventanas, por mantenerme alejado de las mismas, como diciendo, lo que ya son bemoles, “meigas, fora…”

Lo que demuestra, con diáfana claridad,  cuáles son sus sentimientos y los míos, en esta rocambolesca love story

FIN DEL CAPÍTULO 12

Y, COLORÍN COLORADO, FINAL DEFINITIVO DE

THE BUTTERFLY AFFAIR

Close up of beautiful blue eye with dramatic make up

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CAPÍTULO 11

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HABEAS CORPUS

Lo dejó dicho Winston Churchill para la posteridad: la Política propicia, en general, extraños compañeros de camastro, contingencia ésta que Groucho trasladaba al matrimonio, con más razón que un santo y una seña.

Héteme aquí que el Sr. Ramírez y yo mismo estábamos inmersos en idéntica porfía: encontrar a Arturo Falconetty y ponerlo a salvo de sus diablesas familiares.

El problema parecía residir en que, de pronto, sin tan siquiera haber llegado a consumar nuestra luna de miel viento en popa a toda vela por el mar nuestro de cada día dánosle hoy, nos habíamos situado en bandos contrariados e irreconciliables.

 Por lo que a mí respecta, de regreso de chezz Chloé hacia mi puesto de trabajo, dos kinkongos de muchísimo cuidado me estaban aguardando por los alrededores, para conducirme, encapuchado, hasta un lugar desconocido, donde,  no en el momento de escribir estas líneas sino bastante antes, estaba siendo hábilmente interrogado, cofrade de una Semana Santa  con los cuatrocientos golpes de rigor dedicados a bajarme los humos y dejarme señales indelebles sobre mi mapa físico; pero, sobre todo, quebrar mi ya de por sí mermado sistema defensivo, hasta dejarme convertido en un guiñapo humano, dispuesto a firmar hasta las confesiones de S. Agustín, de requerírmelo, mediante la gentil persuasión que los caracteriza, los defensores más y mejor musculados del Sistema.

Y mira que era fácil acabar con aquella procesión del Cristo atado a la columna. Bastaba con informar al maestro de la ceremonias de mi confusión mental, sin dejarse coma en el tintero, de que, en la casa del bosque de Camorro, hallaría don Edmundo Dantés respondidas todas las preguntas del examen de grado (el tercero) a que mis costillares estaban siendo sometidos. Aun ignorando yo su enclave exacto, a una escuadrilla de drones medianamente avispada llevaría medio padrenuestro poner una chincheta sobre el mapa, señalando sus exactas coordenadas geopolíticas. Solo que, gozo en franja de Gaza, tal declaración pondría en peligro cierto de verse convertidas en daño colateral a la mi dama y a la pesada de mi hermana Maripili, algo que, a pesar de los pesares, no figuraba, ni figuraría nunca, en mis planificaciones de un futuro imperfecto subjuntivo para los protagonistas de este – o mucho me equivoco…- clásico venidero de la literatura acordonada.

La solución menos comprometida pasaba por llegar a una componenda razonable: a cambio de descifrar el acertijo artúrico, los del otro bando se comprometían a respetar a ambas mujeres, que me serían devueltas sin rasguño o detrimento alguno en su debe o su haber, a niveles físico y moral, por este orden. Amnistía y libertad para ellas dos, poco importando pecadillos veniales del próximo pasado…Y, ¿sabéis lo que os digo…? Borrón y cuenta chocha…  ¡A tomar por el saco…! (No el de la desgraciada Gilda Rigoletta, a ser posible…).

Aprovechando un rato en que  atormentador y víctima se hallaban a solas en el cuarto oscuro de los hombres malos, iluminado apenas por el flexo preceptivo (eso, cuando no estaba siendo enfocado hacia mis córneas, a medio palmo escaso de distancia, que entonces sí brillaba, el condenado…), improvisé un pequeño discurso, a modo de introito o prolegómenos de la gran pieza de oratoria procesal que había estado hilvanando previamente mi caletre, procurando mostrarme, a la vez que elocuente, persuasivo y ameno, a mi modo y manera.

Que si, al calor de noche, a Arturo Esplugas, seductor nato, Bradomín y Mañara dos en uno, había empezado a entrarle el gusanillo lupercálico por un quítame allá esas pajas, en presencia de ninfas galateas, tendentes a donaires y zalemas; que si el menage a trois, con un mirón delante tocando el organillo, deja de constituir un trío sinfónico y se convierte en un monstruo cuatrero de ocho patas y dos rabos a juego deleitoso (con uno basta y sobra, por hipótesis cuántica) ; que si, por unanimidad, el terceto en cuestión había decido correr su pito-pito-gorgorito en otra parte, al abrigo de una naturaleza viva, rodeados por espesuras y follajes, allá donde poder hacer cantar al obsceno pájaro de la felicidad corporal a caño libre, sin que molesten ruiseñores suicidas o alondras mañaneras; que si, a buenas horas, me iba a ser comunicado el punto filipino de tan feliz encuentro, no fuera a ser me apuntase al bombardeo… Pero que, conste en acta, un croquis razonablemente orientativo y orientado estaba en disposición de dibujarles, en cuanto dispusiese de herramienta adecuada y calma chicha en torno a mi persona… Nos hallábamos pues, insistía en ello, ante una mera travesura para adultos que consienten: allí no había culpables, ni sucias jugarretas, ni cuerpos del delito… Ardiente sangre joven hirviendo en el puchero y toma pan y moja…

Un Ramírez visiblemente interesado por el tema me escuchaba sin perder detalle, diríase que arrobado por mi lírico acento narrativo. Ya de vuelta de todo, tras haber toreado en multitud de plazas o simples tentaderos, el crápula cascado sabía de qué le hablaba; y, con disimulo digno de mejor causa (después de todo, aquélla era una conversación entre hombres, ¿es verdad o es mentira…?), me pareció notar que, en  un par de subrepticias ocasiones, llegó a pellizcarse la abultada bragueta, haciendo pinza de pulgar e índice derechos sobre mástil de goleta o de galera.

Por desgracia,  el éxito se me fue de las manos, a segundas de cambio; la cagué bien meada, que se dice. Yo mismo no libre de pecado, me complací en revolcarme sobre mi propia verborrea concupiscente, confundiendo el culo con las témporas y el cipote archodoniense con las mores. Sin que viniese a cuento u ocasión, se me dio por balar de Belphegora y sus hechicerías porcinas franquiciadas…

La capa de hostias  que  me cayó del cielo tras aquella dicharachera confesión, hube de comulgarla de rodillas y con las manos juntas implorando respiro, en una pose un tanto mariquita y pedigüeña. Por sumarse al festejo, entraron cinco más por el estilo de lo ya conocido y me hicieron la rueda del ojo en funerala. Esperé a que escampara, contando los impactos sobre mi anatomía, aba la t un ritmo de vals del 3×4. Lo que a Chopin le había llevado un minuto el acabarlo, a aquellos músicos de Bremen les llevó su buen cuarto de hora, sin contar los silencios intermedios, ya no sé yo si porque esperaban una cerrada ovación por la parte que me tocaba la tocata o, y es lo más seguro, por recuperar alientos energéticos y continuar practicando percusión afrocubana sobre las piezas sueltas de mi rompecabezas.

Mientras tanto, Ramírez se encargaba de colocar subtítulos en aquella brutal secuencia Tarantino.

-A mí no me tomas de coña, tú, chiquilicinco… Será mejor que volvamos al principio… ¿Dónde está Falconetti, pedazo de caracol hermafrodita de la cáscara amarga…? No me vaciles, porque entonces te bacilo yo a ti bien bacilado: mando que te inoculen el virus de la peste bubónica por vía parenteral, hasta hacer que te acuerdes, del primero hasta el último, de tu genealogía de deudos y parientes…

No sería Nacho Vila quien echase en saco roto unos consejos tan avisados como los que estaban saliendo de sus labios, escupitajo va y salivazo viene de por medio, configurando una fétida pléyade acuosa, a estrellarse, una vez y otra vez, contra la pulpa sanguinolenta de mi rostro.

Aun sabiendo a lo que me exponía, procedí a reinterpretar los acontecimientos  más recientes, echándoles todo el Stanislavsky que hizo falta para montar las claras de aquel merengue apambichao.

Había habido un malentendido a lo Camus; la olla exprés se me había ido de su sitio por exceso de presión y a punto estuvo de hacer saltar la tapa de empanada de mis sesos… Demasiadas responsabilidades, para un cero a la izquierda como yo, en todo aquel affair  de cariz económico y político, veinte mil leguas de viaje sumergido. Brujas haberla, hayla; pero se encuentra en Bélgica, famosa por sus puentes, su histórico casquete y sus tablas flamencas surfeando por doquier, que inspiraron a Falla su famosa zarzuela “El Retablo de Maese Pérez Reverte”…Como ahora, y a la vista está, procedía a bromear por aliviar tensiones…Chascarrillos sin dobles intenciones; malabares de ingenio por hacer más llevadera esta velada, ya de por sí agradable y distendida: nonsense inglés; pero al gusto español, como es debido…

-No empecemos de nuevo, porque cobras en especie en peligro de extinción… – amenazó el destinatario sin saberlo de una audaz estratagema a mí debida: hacerme con los hilos de mi propio monigote, para  moverlo, ad libitum, hacia un final feliz, previamente diseñado, donde, por una vez, sin servir de precedente, el aguacil iba a resultar alguacilado…

Un paso más y lo tendría en el bote del tomate. Estando como estaban las runas de mi parte, los matones de guardia, a una seña del jefe, eligieron marcharse por donde había venido, comentando lo poco que había durado la diversión a costa de mis agónicos gemidos y mi crujir de muelas remanentes.

De nuevo a solas con el can Ramírez,  mi guardia de la porra en todo aquel infierno ajardinado de delicias turquesas, encendí los motores de mi astucia iridiada, recurriendo a los clásicos modernos, antes de recular hacia atrás hasta el Cojo Frascuelo, conocido en el leonés convento de San Marcos- adonde fue a parar, acusado de ser espía gabacho-,   por Paquito, el “Friolero”.

Señor, yo no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo… Busco el bien general, que no el mío propio, cuando realizo la propuesta siguiente, sin trampa ni cartón en su entretela. Pasemos pues del thriller sicológico al vodevil francés avant la lettre… El rey Felipe IV ya dio su visto bueno, in illo tempore: “Manden de vacaciones a Esplugas, por Itálica; nombren Ministro de Interioridades al jefe Edmundo Dantes, case la hermana Vila con Imeldo Suances, y vámonos al monte de Camorro…”, poniendo fin a tanto desencuentro, por ninguno de nosotros deseado. Sugiero una marcha en base dos: usted y servidor, en fraternal subalternancia y compañía. Los fácticos poderes, isn´t it?, tienen cientos de asuntos sucios con los que entretenerse. Nos plantamos allí, en el frondoso bosque de coníferas, localizamos la casita de guirlache y… ¡Al rico pirulí  de La Habana, que se come sin gana…! Toc- toc- toc… ¡Menuda sorpresa que les damos…! Encantados de la vida (y de las pequeñas muertes, por lo que a ellos tres respecta), a continuación, todos juntos, juntas todas, emprendemos regreso a la Civilización Occidental de la que procedemos, gastados por los besos y los quesos. No me negará su Señoría Ramírez que semejante desenlace alternativo huele a Medalla al Mérito Civil con distintivo rojo y mención en el Consejo de Ministros. Una cruz pensionada no se la quita nadie a Polifemo; ni un volquete de putas, ni un viaje a Disneyland- París, a gastos pagos, para usted y  su señora o señorita…

Estudié su semblante con el único ojo que aún conservaba parte de la visión, sometida a una constante interferencia por el paso sucesivo de bandadas de murciélagos gigantes, en busca de palúdicos mosquitos anopheles con que saciar sus más primarios apetitos, a costa de bajadas bruscas de tensión arterial intravenosa, acompañadas de vértigos Scotty subiendo al campanario, sin que a Miss Novak  nadie le hubiese dado vela en ese entierro prematuro.

 Me gusto lo que vi; por Snoopy, lo juro… La pasión del Poder y la avaricia Stroheim, sabido es, hacen muy buenas migas con tocino. Con un empujón más, se vendría abajo el muy cuernicabrón y yo vería, hora iba siendo, cumplido mi objetivo.

-Doy por supuesto que no he sido trasladado de país para ser interrogado, a conciencia, por expertos en el tema “El Cóndor Pasa…”, bajo paternal supervisión de las autoridades competentes, garantes, por supuesto, de mis derechos constitucionales y todas esas zarandajas leguleyas, cuya esporádica vulneración por parte del Estado tanto gusta airear a unos intelectuales de salón, que no encuentran nada mejor a lo que dedicar su tiempo libre. Que escriban ellos otro Malleus Maleficarum y luego ya veremos quién entiende de torcidos y derechos… A Belcemú y sus agentes terrenales, lo que cumple es agarrarlos por los cuernos…

“Tú sigue, que vas bien…”, me hallé pensando.

-Pian, pianito, nos dirigimos en un coche alquilado hasta donde yo diga y, de seguido, hacemos acto de presencia en la late sesión, por no perdernos el final de la película….- desgranaba mi voz desvencijada,  en un arrullo de cálidos acentos- Arturo Esplugas, espejo de varones con agallas bien puestas, sabrá agradecernos un receso en su Guinnes de “la noche más larga” de stardust y carretera y manta…

 -Espera aquí un momento. No te muevas… – dijo el Sr. Ramírez, con el anzuelo asomando, victorioso, entre los herpes de sus violáceos belfos de vampiro hipertenso averiado.

Yo no podía moverme, así es que le hice caso no omitido. Y cuando hubo salido del lóbrego reducto donde había transcurrido nuestro tete-a-tete Montoliu, rompí a llorar como Munch manda: las orejas protegidas y empalmadas, a voz en grito, y con la boca bien abierta de congoja.

FIN DEL CAPÍTULO 11

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CAPÍTULO 10

HECHICERÍAS

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Se me dio por pensar, sin palabras de por medio- y ya es difícil-  que jamás hasta entonces me había dolido tanto la cabeza. Los párpados se me antojaban pegados a las córneas con pez de calafatear embarcaciones. Un vómito marchoso me viajaba, cual yoyo acorralado en OK Corral, desde el píloro a la profundidad de la garganta, en procura de una salida geiser a su amargura en llamas.

-El bello se despierta…- sonó la voz de Cloe, con un deje burlón no exento de crueldad, más allá de las brumas circundantes.

Intenté concentrar el resto de mi maltrecho ejército de fuerzas en un punto determinado de la frente. El tercer ojo empezó a responder, lagrimeando gotoso. Tardé un segundo y medio en advertir la variación del decorado. Por lo visto, el circo se había mudado de ciudad, llevándose el trapecio volante consigo; lo único que colgaba del despejado techo era una lámpara art decó falsificada. Recostado sobre el sofá de un tresillo que me resultaba vagamente familiar (pero falta de raccord), eché de menos los elementos góticos – telarañas, cortinajes a tomar por saco, forillos lunáticos allende las ventanas sin cristales y así- que presidían el antiguo  escenario donde había transcurrido buena parte del capítulo precedente de este relato de malos y peores. De hecho, me hallaba en una sala de estar como dios manda cuando empieza a aburrirse de catástrofes. Ítem más: podría tratarse, incluso, del discreto salón comedor donde Cloe y yo solíamos celebrar nuestros encuentros, si no fuese porque de él habíamos partido el día anterior, en condiciones  francamente lamentables, escopetados y encañonados desde todos los ángulos de tiro posibles, rumbo a la Posada del Almirante Benbow, huyendo de la quema de rastrojos.

 Que uno supiese, no habíamos regresado a la civilización por el momento y nos movíamos todavía en territorios de la meiga Belphegora, al alcance de sus hechizos y sus ritos maléficos.

Advertí que ya no estaba solo en mi desierto rosso. El rostro de Cloe, sentada frente a mí, se limitaba a mostrar indiferencia displicente.

-Hoy no volverán a dar las diez antes del meridiano…Ya ha desayunado todo el mundo omnívoro… Queda café caliente en la cocina y leche en polvo… Yo que tú, pasaba por la ducha previamente…

-¿Qué pasa con Arturo…? Supongo no estará en tu dormitorio, tirándose a mi hermana con su consentimiento…

-Dices bien… Vinieron a buscarlo sus compinches mientras cierta persona roncaba como un cerdo, tras emprenderla hasta con las botellas de colonia de mi cuarto de baño… Si no sabes beber, mantente sobrio, tío… Nos has dado la noche, que lo sepas… Y esa pobre hermana tuya, Maripili, con dos ojos y dos brazos tumefactos, intentando impedir tu desenfreno, no fueses a caer en punto y coma etílico…

Me puse en pie de un brinco cabriola.

-¿Quieres decir que Arturo ya no está con nosotros…?- pregunté en plan retórico.

-Morirse no se ha muerto, que yo sepa…- obtuve por sibilina respuesta- Continuó su camino sin nosotros. No te preocupes, se ha olvidado de llevarse nuestros móviles. Helos aquí…

Pasó a entregarme el mío, antes de continuar su ora pro nobis:

-Al parecer, hubo un cambio de planes. Falconetti es quien habría pasado a mejor vida; hasta nuevo aviso, por lo menos. Arturo Esplugas tiene previsto reaparecer, tal cual, la semana que viene, en Estocolmo, participando en un congreso de Ufología Aplicada, bajo patrocinio de la Fundación “Nostra Cosa For President”, cuyo  fundador y presidente vitalicio resultó que era él, a mayor abudamiento.

-Pero, entones… Para aquel maravilloso periplo marenostrum, ¿ya no se cuenta conmigo y con mi hermana…?

-Ni tampoco con una servidora, sin haber roto un plato ni deshacer vajilla de domingo. Cierre patronal que te crio: hemos sido despedidos del casting en bloque, por mastuerzos… Tú no recuerdas, o no quieres recordar, cómo te pusiste ayer de noche… A la altura del betún de Judea y aun me quedo corta…

-¡Qué vergüenza, Nachiño, que vergüenza…!- cloqueó la que faltaba, quejumbrando, llorosa, de acuerdo a su costumbre inveterada- ¡Qué va a pensar mamá, de llegar a enterarse de la misa, la media…! ¿Sabes lo que te digo, pedazo de cainita con quijada de asno…? Yo la prefiero amortizada bajo tierra… Por no hablar de mi Imeldo… ¿Qué le cuento yo  ahora a mi marido, cuando estábamos a punto de casarnos y necesitábamos echar mano de un padrino…? Yo tenía apalabrado a tu amigazo…

Eché sal en su herida mal curada “a dentelladas secas y calientes”:

-A ver cuándo le han faltado a Scherezade argumentos para enguadar al sultán con su famosa serie de relatos nocturnos… Te las apañarás, como haces a diario, con un “donde dije gato, digo liebre”… Lo de Falconetti y sus viajes se trataba de un proyecto de guion televisivo que te estabas sacando del caletre… Incluso tenías un título previsto asignado: “The Butterfly Affair”; él sería el encargado de sacarlo adelante con su preclaro ingenio, como eterna promesa del canal autonómico… En cambio, a ver quién me explica a mí  por qué mis sueños se han convertido en un halcón de plomo renegrido y han salido volando… ¡Cada vez que pienso que he de regresar con mis pacientes clínicos en demanda impaciente de diagnóstico, se me pueblan de almorranas sangrantes las amígdalas…! Por cierto, Cloe, antes de que se me olvide preguntártelo… ¿Cómo es que nunca te habías referido a la casa del bosque en mi presencia…? Y estoy de seguro que te va encantar el que te haga la segunda pregunta: ¿qué demonios ha pasado en este cuarto…?

-No te entiendo, querido… ¿A qué “casa del bosque” te remontas…? Por lo que se refiere a la habitación donde te encuentras, es mi sala de estar de toda la vida,  decorada con el gusto exquisito que me caracteriza… ¿Has quedado  oralmente satisfecho…?

-Déjese de charadas la acusada…

-¿Escuchas a tu hermano, el disoluto…? ¿Lo oyes desvariar con la resaca…?- se encrespó Cloe, cogiéndose del bracero de una Maripili conchabada con ella hasta las cachas.

-Mejor sería, por motivos salutíferos, que durmiese la mona pascuala hasta mañana…- contestó la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro, antes de darse el pico de pájaro carpintero con su amiga del cuerpo.

Y fue entonces, en un flash abrasado de muchos colorines, cuando me salieron las cuentas del ábaco escolástico: dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho; y ocho, dieciséis… Las cuentas de la vieja Belphegora cuadraban, elevándola al cubo de fregona, una novísima teoría de la relatividad en torno a la inestabilidad congénita de los argumentos novelescos…

Ellas dos, de consuno, carne de horca caudina y uña pulgar de luto riguroso,  comparecían ante mi inteligencia de coeficiente medio como oficiantes de una conspiración no sé ya si masónica (por lo menos, jodida sí que era…), por motivos fácilmente adivinables, víctimas ambas sobre el altar de los líquidos encantos de un galán provinciano/pueblerino tan rico en aventura donjuanesca.

Supe, de buena tinta china, exudada por el rincón más negro del cerebro, que la hechicera 1 y la hechicera 2 del acto uno de Macbeth se habían reencarnado en mi mejor amiga y la peor de las hermanas, y andaban revolviendo en el caldero en busca de catástrofe. Que Arturo Esplugas  se encontraba retenido en la casa del bosque por su artes nigromantes no admitía discusión ni apenas comentario por lo que a mí respecta; que su integridad física podría haber sufrido algún tropiezo tampoco merecía ponerse en solfa.

Con la disculpa del aseo matutino, arrastrando conmigo mis escasas prendas personales, busqué refugio en el cuarto de baño, donde, llegado el caso, pensaba hacerme fuerte, y no precisamente uno cualquiera. Había dónde escoger: desde Fort Apache hasta Fort Bravo, pasando por Fort Comanche o Fuerte Álamo…La pasión de los fuertes, ya se sabe… Se sabe cómo empieza; que luego, en tocando a degüello, vete tú a saber cómo se acaba…

Sentado sobre la tapa del bidet color violeta, que tantos buenos recuerdos me traía (pero eso es otra historia) procedí a intentarlas tener todas conmigo… Ay, mísero de mí; ay, infelice…”Piensa, Nacho: te va la hacienda en ello y aun la vida…Por una vez, procura pensar mal, a ver si aciertas…” La verdad, como soliloquio no está mal; mas esperemos a ver los resultados…

Un hombre es un hombre, qué melindres  de mico ni qué liendres… El disimulo a partir de aquel momento sería mi mejor arma de combate cuerpo a cuerpo. A mí, a taimado, hay pocos que me ganen; y menos aquella infeliz pareja de gorgonas  con rulos serpentinos nimbando sus cabezas de chorlo pajarraco. ”Mucho ánimo, camarada jefe: acudo en tu rescate perentorio sin reservas mentales ni matices. Puede leerse en mi agenda de trabajo una sola encomienda: a ese dúo delirante de medusas de agua dulce se les va a caer pelopincho y cachirulo,  por Catilinas quosque y por idus de marzo… God is my witness de que les pienso hacer la permanente…”

Mentando las agendas, me acordé de la mía. Comprobé en el recuperado móvil  las llamadas desviadas desde mi consulta, procedentes del personal con cita al que debería haber atendido en el transcurso de aquella mañana laborable. Las borré sin leerlas: los héroes con tarea no están para disgustos. Y digo más: una clientela tan fiel como la mía se merece contar con un macho dominante que sepa demostrarlo, al frente del negocio. Aproveché las alforjas del viaje para enviarle a mi todavía no cuñado Imeldo un mensaje de texto concluyente: “Ata corto a esa becaria tuya que tengo por hermanastra extrauterina, antes de que sea tarde y te meta un lío de tres pares de posturas gallináceas”.

Lo cierto es que me vine muy arriba. Le hice cuatro perdidas a mi amigo el periodista, Omar Sorribas, si te he visto, no me acuerdo, antes de entrar con él en efímero contacto telefónico.

-No jodas, Nacho… Creía que andarías muerto por alguna cuneta, con la que está cayendo en Nueva Mahagonny… Me dieron un recado urgente para ti quienes tú sabes: hay que tener mucho cuidado con los drones; los muy cabrones son capaces de disparar pequeñas emisoras, que permanecen instaladas en la ropa para siempre jamás, mientras que tú respires… Cuando alcances las puertas celestiales, da recuerdos de mi parte a Pedro Negativo, el Calvo de las Llaves…- me espetó, negro zumbón, mi amigo Omar, antes de interrumpir la comunicación sin mayor ceremonia funeraria.

En el fondo, me quiere; a su manera y en el fondo de una acequia. No me saca partido; ergo, no le intereso hasta el extremo de mostrarse preocupado por los avatares de mi suerte grela…

Una reincidente mosca cojonera empezaba a zumbarme, de nuevo, admonitoria, tras la oreja de dar la vuelta al ruedo entre ovaciones. Me refiero a un silencio persistente y opresor, reinante al otro lado de la puerta. Apliqué pabellón auditivo contra el muro de madera con pestillo, multicolor cascada de toallas de diversos tamaños; sostenes varios, condenados a la horca por mentirosos compulsivos, y un albornoz albino a cebras desbocadas que ni siquiera se apellidaba Sánchez para tener un pase en pasarela.

-Puede que, en algún momento u otro de tan aciago día, haya ocurrido el fin del mundo, sin que uno, en estado de catarsis permanente, llegara a apercibirse del pequeño detalle apocalíptico… – convine para mí, en vista de los nulos resultados del intento orejoso y ojeroso.

Mi pituitaria me puso sobre aviso: por el humo se sabe dónde está el fuego, si a Plácido Domingo hemos de hacerle caso. No contentos con esto, los hados me obsequiaron con un sordo rumor de cañerías y un olor a letrina que te cagas. ¡Voto a…! La nave blanca del bidet  y un inodoro pasado al enemigo se habían puesto a verter por debajo de sus tapas respectivas un lechoso néctar infernal que, llegado hasta el suelo de baldosa morisca, se extendía como plaga de langosta, y no a la menier, precisamente, con devastadores efectos eméticos de destrucción masiva… ¡Ríete tú, me río yo, que se ría everybody…del famoso crémor tártaro de marras…!

Fue todo uno correr hacia la puerta para intentar abrirla y darme con las bruces (ya hechas polvo de estrellas previamente, tras las pruebas de fuego cruzado a las que se estaban viendo sometidas), contra un pétreo muro de cemento armado, cuya presencia allí no estaba prevista de antemano.

No tuve más remedio que rendirme a la evidencia: me habían pillado con el carrito del helado tutti frutti… El optimista a prueba de fallos que vive sin vivir en mí (y tan alta vida espera) me sugirió intentarlo  con un “ábrete, sésamo”, el de toda la vida, sacado de la manga regadora de ideas flojas de remos… Dicho, pero no hecho… Escavar un túnel sin el instrumental adecuado parecía obra de romanos vulgares o del abate Faria… Ni el propio Lenin hubiese sabido qué hacer en estos casos…

Humo y heces, all over the place… ¿Qué te apuestas a que no sales de ésta, compañero..? Milímetro a milímetro, además, las paredes del cuarto de baño, en asamblea plenaria,  habían comenzado a aproximar posturas antagónicas, a no ser que un servidor se estuviese convirtiendo, a su vez,  en el increíble hombre creciente (o en Alicia Liddel, que no me duelen prendas…).

Intenté pensar en positivo. Ojalá me hubiese traído conmigo mi frazada…Ayuda mucho en una meditación trascendental como dios manda… Por no desanimarme, me puse a mascar una toalla… Los efluvios de Cloe, una mezcla de madreselvas en un atardecer lluvioso, lavanda inglesa y perfume francés, me invadieron en masa…

¡Cuánto la amaba…! ¡Corre a salvarme, vuela…Echa pierna a tu escoba si hace falta…!

Sentí mis manos, sujetas con esposas, buscarse la una a la otra, desesperadamente, como arañas furiosas, en procura de valor añadido al temor que sentía, sobre el áspero respaldo de una silla mojada por mis propias miserias corporales.

A Edmundo Ramírez, embutido en una bata blanca ma non troppo, no parecía importarle, ni poco ni mucho, el insoportable olor que mi infantilizado organismo desprendía y, con una profesionalidad a prueba de sadismo de academia, me propinó sendas secas bofetadas, a una por mejilla tumefacta. Como comprenderá el amable lector, no había ocasión peor de ofrecer una tercera al atacante…

Aquella bestia parda pretendía hacerme cantar, por lo visto, dónde manteníamos retenido a Arturo Esplugas…

FIN DEL CAPÍTULO 10

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