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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

EL CASO DEL INGENIO EVANESCENTE

AND THE KILLER IS…

Ni siquiera me molesté en mostrar sorpresa. Opté por la flema escupitajo en pleno rostro pálido, que hablaba con lengua de serpiente de doce cascabeles lleva mi caballo.

-Y usted no la mató, naturalmente; ni buscó a algún sicario que lo hiciera porque no sabía dónde…- le propiné uppercut, sabiéndome, de antemano, vencedor a los puntos- No le faltaban ganas, sin embargo… Lo cual, a los ojos vendados de la ley, lo convierte en sospechoso, como poco…

-Elemental, Hugetower; no me joda sin preservativo… Va a hacer que me arrepienta de haberlo contratado… Alex ya avisó a la policía. Supongo que mi obligación como ciudadano modelo es ponerme en contacto con ellos lo más pronto posible…

-Exacto. Usted lo ha dicho: lo más pronto posible… Pero no por ahora, antes de aclarar ciertos detalles escabrosos… ¿O prefiere acabar sentado en el banquillo…? Barajemos hipótesis plausibles, a partir de su propia lista de probables. Proceda, Srta. Puri, por favor… Muéstrele aquel pasquín, tamaño A-3, que atesora, oro empañado, en su gentil corpiño.

-Escucho y obedezco, jefe… Helo aquí, tocando carne, un tanto arrugado del uso y del abuso habituales… – respondió ella, suma sacerdotisa del culto a mi persona humana subida a los altares.

– Puede usted ir en paz hasta su asiento. Cardemos pues la hipotética lana… Modelo A: sucio chantaje a cargo de la víctima y esa sirvienta suya chocolate con leche, de nombre Aurelia  y apellido ignorado, factor corriente entre los personajes femeninos de esta historia. Ambas pájaras- una de ellas portando una pistola, no se olvide- terminan enfrentadas tras la marcha de usted, por motivos desconocidos todavía para nosotros. Se produce un violento forcejeo, en el transcurso del cual el arma se dispara de forma fortuita. La gobernanta poco estricta huye. Entra en escena el hombre para todo, que descubre el pastel a toda vela y da la voz de alarma. Nada mal para empezar, ¿no le parece…? No me lo diga ahora. Espere a oír el resto de teorías. Demuéstrese buen chico: tome asiento también y crúcese de piernas como ella… Muchas gracias…

“Modelo B: el asesino resulta ser su joven secretario, enamorado, puede que sin saberlo, hasta las cachas, más que de su persona, de sus triunfos mundanos. Habiendo llegado al lugar del crimen sin ser notado, no va a encontrarse la casa sosegada; antes bien, lo hizo con tiempo suficiente para escuchar las exigencias de esa tal Guadalupe. No lo duda un instante: aprovecha la huida en polvorosa de su amo y señor de los anillos para cargarse a la hijoputesca chantajista y su respectiva cómplice, cuyo cadáver hace desaparecer, encajándola en la chimenea, como en “Los Crímenes de la Calle Morgue”, convirtiéndola así en principal sospechosa… ¿Qué tal vamos de adrenalina, Sr. Maspalomas…? ¿Preparado para la tercera hipótesis…?

– Para acertijos esta uno… ¡Ni que hubiesen asesinado a Kennedy…! O fue la Extrema Derecha, o la Mafia, o el Ku-Klux- Klan, o los Miami Boys, o los servicios secretos castristas, o un majara obrando por su cuenta… Solución: echarlo al pito, pito, pito, gorgorito… ¡Así cualquiera acierta, nos ha merengado…! No le estoy abonando abusivas tarifas para eso… Y ahora siga si quiere con el santo rosario. Ah, pero un consejo: no agote mi paciencia, amigo… Le toca ahora el sambenito a mi ex-esposa, según creo recordar…

-No resultaría razonable descartarla. Motivo y oportunidad están servidos. Modelo C: Soledad Arellano, subrepticiamente, ha conservado una llave de su piso y, portando un revólver por si acaso llegase a encontrarse con su otrora pareja de hecho y de desecho, acude a recuperar las joyas que, según usted mismo reconoce, había distraído de su bolso el día de la mudanza, con tal mala fortuna que va a darse de narices con la encarnación de Guadalupe Ibarra, a la cual confunde con una amante suya. Crawford versus McCambridge, Vienna contra Emma, en un “Johnny Guitar” revisitado. De oca a loca y tiro porque me toca… Cadaverina habemus, que es lo que pretendíamos demostrar…

-¿Ha terminado de jugar a la ruleta…? Me parece que sí… En realidad, me la trae al pairo, porque ahora voy a ser yo quien tome la palabra, con permiso de la Srta. Puri, aquí presente…

-Servidora… – respondió la que, oh sorpresa, llevaba ya callada mucho rato.

Ni el noble Bruto hubiese hilado tan fino y tan seguro, a la hora su discurso del método insurgente, ante las escaleras del senado romano, con la plebe ejerciendo de palmera y el cadáver de César, de testigo. Seguro lo recuerdan. Aquello tan bonito que rezaba: “Amigos, romanos, compatriotas, prestadme vuestras orejas porque voy a cantaros una canción de cuna, mejor que la de Brahms y más rentable políticamente…”

-Maldita sea, Hugetower… A mí, a ver quién es el listo que me las da con queso mascarpone. Algo no cuadra en todo este quilombo enrevesado. Admito que atraviese mi ingenio por su laguna Estigia, con Caronte encaramado a mis espadas para hundirme en la amarga miseria del artista al que se le acaban, de pronto, sus ideas; tampoco mi otro yo se me levanta: mis dos flautas han dejado de sonarme al unísono. Pongamos el olvido pertinaz del escondrijo dónde he podido depositar mis discos duros, o que hayan sido sustraídos, al descuido, por una mano más larga que la otra… Trago hasta aquí y luego echo mis cuentas de la vieja: todo lo expuesto resulta lo suficientemente rocambolesco y azaroso como para sumarle un asesinato a la receta, sin que el guiso se resienta a la hora de llevárnoslo a la boca del estómago, debido al overbooking de ingredientes.

“Madura uva en el oficio callejero-me refiero a los cuentos de Calleja-, principeso pesado de zorros y troteras, enseguida alcance un dos más dos igual a cuatro, utilizable como punto de partida. Dos pulpos ficticios diferentes, con su autor correspondiente respectivo.

“Del primero quiero hacerme responsable. Un poeta de raza no bovina, metido a escribidor de novelas de bolsillo por aquello de engrosar cuenta corriente, necesita las opiniones de un experto. Por eso acudí a usted, Mr. Hugetower, porque me confirmase la verosimilitud de los sucesos que conforman la trama de un enclenque thriller detectivesco, destinado a llamarse, en el mercado yanki al que iba dirigido, The Mind Sucker, y Chúpame la Mente, Querida del Río Grande para abajo.

“Para evitarme quebraderos de cabeza, suelo echar lazo a personas reales de mi entorno. Tal que así, existe una “ex” con malísima leche, un secretario alejandrino de pie quebrado  e, incluso, una criada respondona para pasar mocho y tocomocho. No les pido permiso, al no cruzar ni los charcos de la calle. Una amiga mía, estrella enana del teatro aficionado, se prestaba al papel de Guadalupe, en el caso de hubiese que sacarla del armario y presentarla aquí, por ver si daba el pego. Y ahora resulta que a la pobre nos la han asesinado fuera de programa, está por comprobar si a nivel “vida real” o a modo de “macguffin” con el que mantener el interés de los lectores.

Con la picha hecha un lío, probé a echar balones fuera, en una hábil maniobra de despiste.

-A modo de receso lenitivo, satisfaga una curiosidad que me corroe desde el mismo momento en que entró por esa puerta: en la lista de espera del Princesa de Asturias, a una alta personalidad como la suya, ¿qué le llevó a dirigirse a mi humilde agencia de investigación en busca de respuestas…?

– Lo digo o no lo digo, he ahí la cuestión… – respondió un Sr. Maspalomas hamletiano- ¿Me da usted su permiso, Srta. Puri…?

-Procede como te parezca conveniente…- dijo ella- Te llamaré bocazas si te pasas de listo en los detalles íntimos…

– Muchas gracias, bonita… Su secretaria y yo, en el pasado siglo, héteme aquí, sostuvimos un affaire de andar por casa, de la sala de estar al dormitorio vengo por toda la orilla, con la ropa interior besando el duro suelo. Nada serio, por dios, no se preocupe: do ut des -“dar para que te den”-, en un sentido lato, ya me entiende. Desde entonces, de forma cada vez más esporádica, hemos venido mantenido un discreto contacto mensajero. Por agradecerle los servicios prestados, he recurrido a usted, en la seguridad de ir a ser atendido con toda el secretismo que el caso requería… ¿Aclarado el misterio doloroso…?

Dirigí una mirada de reproche Helen Keller la que fuera mi ojazo derecho hasta el momento.

Y, luego, le clavé el aguijón emponzoñado:

-Vaya, vaya… Llegué a pensar, tonto de baba de caracol cornudo, en la inexistencia de secretos de alcoba entre nosotros, Srta. Puri. Por lo oído, exceptuando mi lingam, se ha llevado a su huerto del francés todo lo que se corre, salta, nada o vuela… ¡Pues sí que ha aprovechado bien el tiempo que le quedaba libertino…!

-Le concedo permiso, jefe mío: lapídeme si quiere… Quizás me lo tenga merecido… Una, que se les estaba prometiendo tan felices, tras haber descubierto, solita, al asesino…

Lacrimosa mozartiana, se puso a hacer pucheros frente a dos indecisos consoladores en potencia. Transcurridos veinte segundos bien medidos sin haber sido abrazada comme il faut por los allí presentes petroglifos, cambió de táctica y se sumió en el más sepulcral de los silencios mortecinos.

– ¡Mira que eres pesada…! No nos tengas más en vilo, puñetera Miss Marble… – rompió el encanto el Sr. Palomas, errando en el spelling a propósito- Habla ahora o calla para siempre… ¿Qué es lo que sabes, crees saber o has averiguado…?

La Srta. Puri continuó recreándose en su suerte que es grela. A las siete leguas se advertía que estaba disfrutando de lo lindo, doña Elvira.

-Qui prodest, es lo que había que preguntarse, ¿no es cierto…? Y me parece a mí que está bastante claro… Todos nosotros, desde mi amado jefe al secretario Alex, pasando por Aurelia, la servant de Losey femenina, o la propia víctima, hasta llegar a ti, pequeño saltamontes venusino, formamos parte de un todo a cien… ¿Cuál es su título…?  ¿Acaso The Mind Sucker…? ¡Y una mierda…! Ese el garrafal error que obligaba a salirnos de la pista y regresar a boxes sin tener ni puta idea de la madre de un cordero encabronado… Fijaos bien en el principio de pantalla… ¿Todavía no habéis caído de la burra de tu madre, la que asaba las manzanas del Árbol de la Ciencia? Vamos a intentarlo de nuevo… ¿Qué pone allí…?

-“El Caso del Ingenio Evanescente” – me atreví a susurrar, entrecortado.

-Hola, bienvenidos al Hotel Ramayana… El Mahabharata sale más económico; pero, claro, no es lo mismo..

-¿Y el autor…? ¿Acaso es Anónimo su autor, el más grande de los escritores en el mundo, y donde cito “El Lazarillo”, bien se podría ofertar un “Ramayana”…? ¿Verdad que no…?  ¿No es un tal José Torregrosa, un okupa de “Cumbres Borrascosas”? Es a él, y no ti, querido, a quien le falla la capacidad de fabulación últimamente. Habrá que preguntarle si no se puso a pergeñar crónica de sucesos tan bizarre para ponerse a prueba… ¿Era o no era capaz de escribir todavía un cuentecillo policiaco, sin mayores pretensiones, de corte estrafalario y algo churrigueresco, destinado a alegrar sus pajaritas vanidosas, publicado en un blog de libre acceso, sin pedir nada a cambio: ni un vaso de buen vino, al estilo Berceo (según parece, bueno o malo, no se lo permite su agotada vejiga de la lluvia dorada, propensa a despertarse cada noche a las cuatro y seis de la mañana por recordarle que todavía existe y está puesta a secar, colgada en sus balcones babilónicos)?

“Resumiendo, señores del jurado: un relato bien está si bien acaba. J. T., ya convicto y confeso, nos ha elegido éste final sorpresa, pero menos. Él es el culpable de posibles pérdidas de orina… perdón: de pérdidas de tiempo, su buena hora y pico y pala, malgastada molestándose en leerlo…

-Me parece que lleva razón, aquí la nena… – se exaltó un Maspalomas ufano, tras haber visto demostrada su imposible inocencia- O sea que ya podemos irnos de rositas…

-Justo y clavado: ya os podéis marchar a hacer puñetas…- se oyó una voz en off, tirando a cavernosa, mitad psicofonía, mitad voz de su amo- ¿Qué más queréis de mí que este final feliz a vuela pluma de caballo…?

-Venga pues; marchemos con la música a otra parte…- dijo la Srta. Puri, puesta en pierna- ¿Nos vas a echar de menos, papasito…?

-¿Tú qué crees, hija mía…?.- preguntó J. T., que no daba acabado su relato.

– Cuando menos te lo esperes, volveremos a rondar por tu cabeza… -aseguró Hugetower, pasándose de listo- En el fondo, tú no puedes vivir sin nosotros…

-Ni vosotros sin mí, no te jeringa… – le respondió su autor, un tanto mosqueado a lo tse-tsé, con evidentes ganas de continuar durmiendo.

-Amén a eso… – corroboró la Srta. Puri / Hildy, muy cerca de la puerta- Seguro que volvemos a encontrarnos. Aún te queda cuerda floja para rato…

-Let it be… – dije yo, J. T., ¡en 2018…!, por hacerme el moderno. Y me quedé traspuesto.

FIN DE “EL CASO DEL INGENIO EVANESCENTE”

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EL CASO DEL INGENIO EVANESCENTE

ENTREGA CUARTA: ESPEJO, ESPEJITO…

El Sr. Maspalomas no se andaba por ramajes:

-Me hallo en condiciones óptimas para ofrecerle algo mejor y estoy hablando de un empleo como secretaria personal, a jornada completa, Srta. Purificación… Perdone, no recuerdo su apellido…

-Yo, tampoco. Ni siquiera estoy segura de que se me haya asignado alguno todavía. Srta. McCartney suena bien. Quedémonos con ése…

Decidí envenenar tanta jalea falsificada, echándole narices a mis esencias más  tabernarias y vulgares.

-¿Srta. Mascarne…?  ¿No le llegan sus cinco estrellas en la guía de michelines…? Yo me pondría a dieta de inmediato. La de alcachofa cuenta con multitud de adeptos en la red… Será por lo del sabor azul del agua…

-Métase la greguería donde le quepa, Hugetower… -bramó, caballeresco, la parte contratante de la segunda parte a contratar en cuanto me descuidase lo más mínimo.

-¿Me está usted llamando gorda, jefe…?- preguntó, temblando como un flan, una Miss McCartney con la mirada rota. Ni los ojos de la hermosa Angélica habían presagiado llanto semejante ni en Ranchipur habrían de llover tantos perros y gatos cielo abajo.

Enseguida me arrepentí de mi previa andanada.

– Volveré por aquí en cuanto mis abogados hayan revisado las condiciones del contrato propuesto- prometió un Maspalomas venido muy arriba, recobrando autoritas y aviesas intenciones de echar canita al aire- Y en cuanto usted, gentil muchacha, aquí tiene mi tarjeta de visita. No la minusvalore, se lo ruego… porque no tardaría en arrepentirse… Llanto y crujir de dientes no es lo que se merecen esos ojos de virgen de Murillo, esa boca gioconda sin conocer dentista estomatólogo… Auf wiedersehen, herr Hughtower; arrivederci, meglio stasera chee domani o mai, signorina Puri…

Cerré los ojos para tragar el sapo de tan gran competencia desleal. Cuando volví a abrirlos, la Srta. Puri y yo estábamos solos. Té para dos, de nuevo. Se mascaba la tensión en el ambiente.

-No irá usted a abandonarme, supongo… -articulé con un gordiano encorbatado en la garganta.

-¿Usted, qué cree…?

Su voz era un carámbano en forma de flecha sarracena, disparada a traición contra mi abrasado pecho, según se sube hacia la izquierda.

-Creo en la existencia de un vínculo especial entre nosotros… – balbuceé, consciente de estar pisando arenas movedizas: me tenía cogido por do más pecado había, en jerga rodriguense- A veces, parecerá que no… En el fondo, la estimo… ¿Es lo que quería oírme decir…? Pues ya lo he dicho, ea…

-A ver, repítalo, por si me he perdido algo… ¡Aquí hay tanto ruido…!-se ensañó la hi de pe, recreándose en la suerte que tenía de saberse vencedora a los puntos de sutura que iba a necesitar mi corazón para latir pausado.

-No se pase, Miss McCartney, caramba; o, sintiéndolo mucho, voy a verme obligado a meterla en un ERE- contraataqué, lanzándole una mirada de reojo a lo Rodolfo Valentino.

Su sonrisa era triste de nuevo, en la hora de la respuesta petenera:

-De tanto repetir lo de las cajas destempladas, jefe, ya sé que no debiera tomármelo demasiado en serio. Es más, he llegado a pensar si no se estaría refiriendo a una de sus fugaces erecciones…

¡Bravo, aquélla era mi chica, cosa más linda, de regreso for good a sus cabales…! Ergo, no pensaba abandonarme. ¡Cosa sabida desde el primer momento…! En cuanto a la fugacidad de mis alzamientos levantiscos, era desmentida, con pelos y señales, por el estado actual de mis vergüenzas: no sólo llevaba una pistola en el bolsillo sino que, saltaba a la vista y al tacto, que me había alegrado muchísimo de verla.

Me conformé, devoto, con darle una palmadita cariñosa al final del principio de la espalda…

***

El Sr. Maspalomas se hizo esperar tres días sin señales de humo. Verdad sea dicha, no lo echábamos de menos… A nivel profesional, me entretuve resolviendo, en un pispás, el no demasiado intrincado caso de la casada granadina infiel, la cual había labrado su ruina al llevarse para casa, a modo de trofeo, el costurero grande de raso pajizo que le había regalado un amante ocasional de etnia gitana, dedicado al trapicheo de marihuana, al que había conocido la noche de Santiago, cuando andaba por esos antros de dios a la caza de maría. “¡Que te sursan!”, decía una nota manuscrita que el santo esposo había localizado en el interior de la caja de costura(y es que, al parecer, según reconoció el moreno de verde luna, no quiso enamorarse por sencillas razones; y sean las principales que la muy bellaca le mintió, pretendiéndose mozuela cuando, manos para qué os quiero,él se la llevaba al río). El marido burlado, cliente nuestro, acabó presentando una denuncia en comisaría por allanamiento de morada; total, que al burlador, la de la  porra se lo llevó codo con codo al cagarrón para ser hábilmente interrogado.

-Abra la puerta, Srta. Purificación; rápido,por favor- se le escuchó decir por el telefonillo a nuestro inesperado visitante diurno matutino-Traigo grandes noticias…

Ella y yo nos miramos. No hacían falta palabras. Uña y carne. Siameses. Uno para todos y todos para uno.

Su entrada triunfal a lo Radamés en gira por provincias vino acompañada de un montón de bites de información en su mayoría prescindibles, destinados a recordarnos lo importante que era. Corto y pego por donde me parece bien de su discurso.

-Ni yo mismo acababa de creérmelo. Se presentó en mi casa, tan campante, hará cosa de una hora. Y Aurelia la invitó a pasar, cosa que no me explico, por tenerlo prohibido. Estoy hablando de Guadalupe Ibarra… ¿Qué quería…? Una vez instalada a la bartola en mi salón, me lo dejó bien claro…

¡Ya estoy aquiiiíí…!

-Supongo que dinero en abundancia; pastizal millonario , con tres pares de ceros… Pura bagatela para un VIP como usted…- sugerí, marcando entre él y yo distancias siderales, toda vez que ya había firmado un suculento contrato con más letra pequeña que una edición de bolsillo de “Los Miserables”.

-Algo menos tangible… ¿Cómo lo explicaría…? Una vida real puesta a su nombre, en la cual yo iba a ser el padrino, encargándome de presentarla en sociedad y, por supuesto, haciéndome responsable absoluto de su mantenimiento y gastos de bolsillo… – contestó Pasmalomas, sin sacar ojo a mi fiel secretaria, quien no había abierto morrito siliconado hasta el momento.

-Pero, en las redes, a la Ibarra se le había dotado de una fisonomía determinada, obtenida de Google, me imagino…- objeté, lince astuto.

-También eso lo tenía previsto aquella hiedra trepadora… Un cirujano plástico coreano, amigo suyo, se encargaría de remastizar su anatomía a precios razonables, sin recargo, axilas gratis…

-Y usted va y la pone de patitas en la calle, ¿a que no…?- ponzoñeó la Srta. Puri, en tono sarcástico.

-Uno hizo lo que consideró prudente. Caramba, olvidé mencionarlo: la visitante me había estado apuntando todo el tiempo con una Walther PPK, con silenciador incorporado, la que usaba James Bond en sus películas…

J. B. .- Me ha parecido oír que algún lector  por ahí enfrente echaba de menos a Sean Connery…

-Lo que muy bien podría hacernos sospechar que la falsa Guadalupe estuviese interpretada por un hombre travestido. Semejante artillería no cuadra mucho con las delicadas manos femeninas… -aporté a la solución de aquel rompecabezas, con aires enterados.

-Me sorprende, jefe, lo poco y mal que conoce usted a las mujeres… ¿Acaso Agustina de Aragón no fue capaz de defender Zaragoza con un par de cañones…? Otrosí, si el argumento no le parece suficiente, sacamos a Brunilda a que la cuelen, armada hasta los dientes, saliendo a pasear con sus hermanas sobre briosos corceles, con Ricky Wagner como música de fondo…

-¿Sabéis cómo me llaman los mañicos…? Pues os vais a enterar, gabachos de la merde… ¡me llaman la Potenkin…!

Todo ello, me apresuro a aclarar, dicho sin acritud, a escasos milímetros de la dulzura empalagosa. Nuestra luna de miel continuaba; sólo queda saber por cuánto tiempo…

-¿Cómo reaccionó usted…?- pregunté a Maspalomas, por centrar el asunto de una pajolera vez- Debo pedirle disculpas por las interrupciones. Mi secretaria, cual los anuncios de la tele, suele interrumpir cuando un asunto se pone, por fin, interesante.

-Muy sencillo: me limité a mostrarle quién la tenía más grande y más lustrosa… – respondió él, haciendo gala de un machismo repulsivo- Antes de que me lo pregunten, se lo aclaro: en aquel OK corral, sólo faltaban el Doctor Vacaciones y Wyatt Earp para acabarla de liar. La intrusa y yo nos miramos fijamente. Medíamos nuestras fuerzas, King Kong contra Godzilla.

El narrador hizo una pausa dramática, manejando los tiempos, por tenernos en vilo…

-¡Siga, por favor…! ¡No nos deje usted a medias…! – suplicó una Miss Puri totalmente entregada a la labia juglaresca de mi antiguo rival.

-No figura en mis planes dejarla a usted a medias, señorita… Continúo… Inopinadamente, ambos duelistas fuimos interrumpidos por una Aurelia portadora de un completo servicio de café en bandeja de plata, digno de mejor causa: nadie se lo había solicitado.

“¡Qué extraño!” le apunté a mi coleto. “Es la segunda vez que me desobedece. Primero con la puerta; y esto, ahora. ¿Qué interés se le sigue, Jesús mío?

-Una curiosidad- intervine, tajante, para abrirle un nuevo melón a aquel frutero tan rico en vitaminas intrigantes-: ¿daban los dos mujeres impresión de conocerse… en un sentido amplio, me refiero…?

El Sr. Maspalomas se rascó la cabeza y sus pilas parecieron ponerse en funcionamiento.

-Pues ahora que lo menciona… Tuve la sensación de… permítame encontrar las palabras adecuadas… Tuve la sensación de que toda aquella escena estaba sucediendo en el turbio fondo de un espejo cóncavo de barraca de feria de las vanidades… Yo mismo participaba en ella; pero no era real. Resultaba evidente:  me hallaba, de repente, participando en un truco de magia. No dudé ni un momento la existencia de un guión previo muy bien elaborado… ¿Y a que no adivina mi reacción…? Espero que me crea: disparé al aire por romper el hechizo…

-¿Y qué pasó…?- a la Srta. Puri le restaba un hilillo de voz capaz de preguntarlo.

-Bandeja por los aires, en el primer momento. Y no me duelen prendas al confesar que me entró, de repente, un ataque de vergüenza ajena. Pánico escénico, se llama la figura descompuesta. Total, puse los pies en polvorosa hasta alcanzar la calle, llamé a un taxi y le pedí que me trajese a Villadiego. Necesitaba de un pecho fraternal en  donde desahogarme. Pensé en usted, Hugetower; y, faltaría más, también en usted, querida señorita, en la seguridad de poder refugiarme en sus senos maternos…Y aquí estoy, vivito y coleando… El “decíamos ayer”, lo doy por dicho…

Tras hacer acopio de paciencia evangélica según Mateo, me disponía a poner a cada uno en su sitio cuando, de pronto, sonó un móvil, con “Paquito el Chocolatero” versión tecno como melodía de aviso.

A mí, que me registren; mi secretaria se ha decantado, y nunca mejor dicho, por el “Déshabillez- Moi, Déshabillez -Vous” de Juliette Gréco (perdón por el spoiling ). Blanco y en biberón…

J. G., en plan señora de la mano en el hombro…

-¡Qué extraño…! – dijo el que faltaba- ¡Es Alex, mi hombre para todo, a pesar de que se lo tengo tan prohibido…! Allo, sí, te escucho… No estoy solo: lo mismo para el caso. Desembucha, me cago hasta en tus muertos, inmunda cucacracha…

Pasó un ángel caído, de regreso al infierno.

Se volvió hacia nosotros y nos dijo:

-Guadalupe Ibarra acaba de aparecer muerta en mi sala de estar… Le han disparado un tiro en la cabeza…

FIN DE LA ENTREGA CUARTA

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EL CASO DEL INGENIO EVANESCENTE

S. O. .- ¡Y esta otra, por haber elogiado a Melania en mi presencia! ¡A saber si no le habrás tirado ya los tejos, nordista de los cojones…!
R. B..- Espera, querida, que te voy a poner la otra mejilla…La izquierda me la tienes tumefacta…

ENTREGA TERCERA: GONE WITH THE WIND

Sentí las axilas cantando gregoriano bajo la lluvia de un sudor frappé disponiéndose a presentar batalla pírrica a un ya lejano desodorante mañanero.

-Que nadie se mueva- le susurré, conspirativo, a una audiencia expectante de córvidos carroñeros en procura de su marmórea Palas Atenea donde sentar reales de vellón-. Se trata de doña Eulalia, mi casera. Un Shylock femenino, una auténtica arpía. Conozco su manera de llamar. Está intentando, por enésima vez, cobrar ciertos recibos atrasados.

-Primero, que nos arregle la cisterna del retrete…-se encrespó la Srta. Puri, as unusual mirando por los intereses de la empresa.

-Se irá con la música a otra parte en unos instantes, si permanecemos en silencio lapidario- le recordé a mi secretaria-, a menos que usted la atraiga con sus cantos de sirena, por dejarme en ridículo delante de esta gloria de las letras…

-Corto y cierro, jefe… -constestóme- Así estaré más guapa…

-Suponiendo que ello fuese posible… – terció un Sr. Maspalomas, que atravesaba una época de celo, en pleno cortejo nupcial, por aquello de trabajarse apareamiento gratuito.

-Gracia que usted me hace. Shhh…, se va a enfadar Mr. Hugetower, con más razón que un santo. Hay que esperar a que pasen un angelito o dos, doña Eulalia se harte de decorar el descansillo y corra puesto en la lista de morosos… A esta escalera, la crisis la ha hecho polvo mal tirado… Justo o pecador, aquí no paga nadie…

-Su velada alusión al Sr. Fo confirma una sólida formación cultural por su parte, mi querida amiga…- baboseó su contumaz merodeador, con un hilo inalámbrico de voz, acercado a su oído bastante más de lo que manda la decencia.

-Doctor, doctor… Uno de mis testículos ha desaparecido… ¿Qué hago…? Sí, claro, doctor: ya me mirado debajo de la silla…

-No suelo frecuentar bazares chinos…- continuó ella, acabando por cagarla, al pretender hacerse pasar por virtuosa – Tanto pasillo y tanto laberinto… Temo perderme en su entramado catacúmbico, y quien sabe si acabar yendo a parar a un fumadero de ésos… Yo, los opiáceos, solo si los enfrasca Saint Laurent, y no sé sí me explico…

Mi indignación amenazaba con cortarme el resuello. Conté hasta doce y volví a tomar el mando en plaza.

-Sr. Maspalomas, no habiendo ya moros en la costa, dado el tiempo transcurrido en ameno intercambio de donaires entre “mi” secretaria y usted,  reclamo su atención preferente o daré esta reunión por terminada. Cuando tuvo lugar la intempestiva irrupción en escena de la usurera doña Eulalia, quien, por cierto, anda pidiendo a gritos un Raskolnicov que la ponga en su sitio, tratábamos de contextualizar un misterioso mantra, “nunca más”, ¿me equivoco…? , escrito en los mensajes de la falsa Guadalupe Ibarra.

El aludido optó por dejar el desplume de la pava para mejor momento y, poniéndose en pie, esto fue lo que dijo:

-No me tome por tonto, Phillip Marlow de pacota. El nevermore ya lo había contextualizado yo solito. Se refiere a mi tirante relación actual con las musas de Apolo, un asunto clasificado como materia reservada, al menos de momento. La pregunta es pues otra. Nunca le había confiado a nadie esta amarga miseria, la pertinaz sequía en mi vena creativa, otrora tan potente y tan frondosa.

Por lo visto, en el ínterin, la señorita Puri había tomado nuevos bríos y a las pruebas me remito.

– A lo mejor le ocurre lo que a Margaret Mitchell-nos explico con aires de misterio gozoso-. Mi madrina Carmenchu  la adoraba. Nunca le perdonó que no volviera a escribir otra novela… Llegó a echarle las cartas por enterarse del porqué y el porqué no de su extraño silencio. La baraja española-nada de póker, mi madrina de pila era muy patriótica- lo dejó todo atado y bien atado. La pobrecilla Margaret, bastante quebrantada de salud, llegó a tardar diez años en rematar faena. Llamar a su novela “Lo que el Viento se Llevó” constituyó una clara alusión a su falta de ideas; en un principio, había pensado titularla “Atlanta está que Arde”, tras desechar, sucesivamente,  “La Tara de Scarlett” (por consejo de una amiga suya hispanoparlante), “Scartlett no Volvió a Pasar Hambre porque Dios no lo Quiso”, “El Mayordomo de Scarlett” (butler significa “mayordomo” en inglés), “Me Importa un Huevo, Querida” y “Dulce Melania Hamilton”, personaje que, por cierto, iba a ser la superestar del novelón, en un principio.

M. H. .- Yo, cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala es que hay luna llena…

“Las cartas dejan también muy claro que, en el momento de su muerte, acaecida el 11  de agosto de 1949, tras ser atropellada por un taxi, se hallaba decidida a volver a intentarlo, con un recetario de reposteria sureña, “Las Recetas de Melania”, donde ésta recobraba, por fin, el protagonismo perdido y hallado entre pucheros, donde, según Santa Teresa, han de buscarse las cosas importantes… El que no llora, no mama, según rezan los refranes populares”.

Me apresuré a corregirla dulcemente:

– Puchero, en su acepción “cacharro de cocina”, Srta. Puri. Aprendamos a hablar con propiedad. A saber lo que entiende usted por pucherazo… ¿La gran llorada? ¿Un fuerte golpe propinado con una olla en la cabeza…? Venga, responda… ¿Por una vez se va a quedar callada…?

-No es mi estilo… Pucherazo es lo que intenta hacerme a mí cada vez que me presento a las elecciones por ganar la atención del Sr. Maspalomas… ¿Ando descaminada…?

Touché de cintura para abajo, me apresuré a volver al redil deductivo, donde moverme a mis anchas y a mis largas. Ignorante de la Srta. Puri, me volví hacía el que lleva la cartera:

-El hecho de que ese alguien que anda brujuleando por sus redes sociales no haya proferido amenaza alguna hasta el momento debe entenderse como carencia de materiales en su contra, a la hora de montar un chantaje en condiciones. Sin duda, el Sr. XY , la Sra. o Srta XX se limitan a dar palos al agua… quise decir “palos de ciego”. La renuncia a emplear su propia voz aporta un dato nuevo: nos hallamos ante un enemigo conocido… Lo que nos conduce, de nuevo, a la lista de posibles sospechosos: su ex; su secretario y hombre para todo o casi todo, que yo en eso no me meto; su sirvienta… A los que habría que añadir los envidiosos de su éxito y su fama… ¿Alguno en especial…? El tal Onofre, su editor para España, a la trágica hora de Unamuno, ¿prefiere “Abel Sánchez” a “La Tía Tula” o viceversa? Piénselo bien y luego me responde…

-Es probable que se decante por “Tío Vania”… – escurrió el bulto mi proyecto de cliente- Las agonías no son mi fuerte, lo confieso. Personalmente, me decanto más bien por un hedonismo bajo en calorías y voy que ardo…

La situación se estaba prolongando sine die, en detrimento de mis intereses comerciales. Fui a lo que íbamos, sin perder un minuto del reloj:

-De todos modos, bueno será proceder a la formalización de esta entrevista. Pondré en sus manos un folleto explicativo de servicios ofertados por la agencia. Proceda, Srta. Puri, por favor. Nuestras tarifas, sin rival en el mercado, se atienen a la legalidad vigente y no son negociables: se toman o se dejan. No se demore mucho en tomar decisiones o, sintiéndolo mucho, pasaría a una lista de espera interminable; de hecho, y por ser vos quien sois, le estoy buscando un hueco en mi apretada agenda, cuando, a cualquier otro ciudadano de a pie, no estaríamos en condiciones de atenderle hasta el curso que viene… – faroleé, por si acaso colaba.

Tomó el algo ajado folleto de manos de mi secretaria para, a acontinuación, guardarlo en el bolsillo del abrigo, sin ojearlo siquiera.

-Escúcheme bien, Mr. Hugetower: no soy un hombre rico. Pero lo que me estoy jugando es mi talento, del cual depende, eso lo entiende, un prestigio duramente ganado (y mi cotización en bolsa, por supuesto). El nunca más supone un presagio insoslayable. Vanidades aparte, necesito escribir para seguir viviendo con holgura… y, para ello, condición sine qua non, he de recuperar los malditos archivos donde guardo toda mi inspiración y mis ahorros de ingenio… A continuación, ya nos ocuparíamos del traidor con arroba incorporada-aunque no caigo dónde-. Dios es mi testigo de que alguien lamentará muy mucho el haberme jugado las vueltas. Quizás me vea obligado a recurrir a usted otra vez, llegado ese momento. Supongo que el apartado “punishing que es gerundio” no figura en el folleto que acaba de ofrecerme; pero estoy seguro de que podrá orientarme en un terreno cuyos intrincadas clandestinidades no domino. Rumores, unos cuantos; en su mayoría, de carácter xenófobo: bandas de aquí y allá, dispuestas a zurrarle la badana quien se les señale, previo pago al contado…

-Yo conozco “La Banda de la Rana”… – metió el zueco una que yo me sé,  que llevaba callada mucho rato- Claro que, de Edgar Wallace, yo me quedo con “El Arquero Verde”…

Siempre a lo mío, opté ignorar tan desgraciada intervención y me apresuré a hacerme de nuevas sobre lo que parecía insinuar el Sr. Maspalomas a través de sus medias palabras.

– Disculpe, caballero… Explíquese mejor… No se me alcanza hasta dónde quiere llegar con su “tócame, roque”… A lo peor de lo peor, me está tomando el dígito cambiado… Si Bruto era un hombre honorable, nadie puede probar yo no lo sea… Lo lamento, estoy muy ocupado… Será mejor dejarlo como está, no vayamos a acabar con un disgusto. Srta. Puri, por favor, ¿le importaría acompañar a este señor hasta la puerta…?

Entonces, sucedió algo inesperado… ¿Pues no va el muy nenaza y se pone a llorar, magdaleniense…?

– Pórtese como un hombre, caramba… -le increpé, echando más leña todavía a aquel fuego infernal encharcado por diluvios oculares-¿Conoce usted el conjuro de San Cucufato…? Pruebe a ver, seguro que aparecen los archivos, por la cuenta que le tiene el santo…

-Lo siento…lo siento… – gimió el lagrimeante, sorbiendo de todo menos cava catalán- Las malditas bajadas de tensión juegan malas pasadas… Meteré la cabeza entre mis propias piernas con fines exclusivamente terapéuticos.

Dicho y hecho. Me rondó la cabeza, sin venir muy a cuento, la leyenda de cierto rockero que se habría hecho eliminar varios pares de costillas para autosatisfacerse bebiendo en propias fuentes.

M. M. , a dios rogando y con el mazo dándose

-Ya me encuentro mejor…- respiró, al fin tranquilo, el Sr. Maspalomas, con expresión de no haber roto un plato en su vida culinaria- La inspiración puede esperar un poco. Ítem más, convencido estoy, se publica demasiada literatura impresa en el siglo de la imagen. Podrán vivir sin mí perfectamente, tanto montan editoriales y lectores. Siempre me quedará el recurso de ponerme a redactar un libro de memorias. Si no lo he hecho hasta ahora es porque preferiría esperar el Príncesa de Asturias: está al caer sobre mí, se asegura en los más selectos mentideros cortesanos.

Todavía me quedadaba por vivir un nuevo sobresalto, a cargo de terceras en concordia.

-Si por memorias es, ya puede usted dejar a las perdices tranquilas con su tema. Tengo la solución y pasaré a exponaerla en tanto en cuanto mi jefe, aquí presente, no de oponga- dijo ella, un manojo de sabiduría y virtuosismo nada que ver con Rider Haggard, naturalmente.

Tonto de mí, le seguí la corriente, asentiendo con un rictus facial de infinita paciencia. Y ésta fue la cosecha de aquel descuido imperdonable:

-Resulta que, desde los, pongamos, diecisiete mayos, por no aburrirme, vengo escribiendo mis diarios de a bordo, donde dejo constancia de mis mil y una anécdotas sabrosas, referidas a mi paso ligero por el mundo. No me corté ni un pelo, ya sea púbico, ya sea de la dehesa provinciana donde transcurre la mayor parte de mi vida. Por evitar disgustos, recurrí al idioma Chi- Chime Chilla Chimo Chipu Chiri y así sucesivamente- ,a la hora de meterme en harinas de molienda (no porque una no fuera trigo limpio, sin pasar por la piedra hasta los veintitantos). Con una madre marsupial revolviendo en tus cajones en busca de lo que denominaba “gominolas preservativas”, toda precaución iba a resultar poca.

“Total, que, resumiendo,  pongo a su total disposición mi manuscrito no encontrado en Zaragoza, para que pueda utilizarlo como le venga en gana, una vez despojado de su sílaba entrante. Sin pretender haber sido una Anaïs Nin, ni falta que me hizo, no llega con un haz para reunir las flechas que me asignó Cupido, con permiso del Sr. Antonio. Parafraseando por sevillanas, ni una Mesalina ni una Fanny Hill he sido. Pero conozco el paño y manejo la aguja de navegar al macho enbravecido. Es hoy y aseguro que me aburren majestuosamente: prefiero un buen suspiro mejilla con mejilla al más pasional de los jadeos… Cuanto más fatigado abandona el campo de batalla, más satisfecho se muestra el varón de sus hazañas, quien, además, espera de nosotras el ser aplaudido en el arrastre… Al aburrirme, no dudo en postularme como musa a tiempo parcial para su causa, en espera de una nueva pleamar dentro de su privilegiada cabeza.

No daba crédito a mi oreja derecha, lo cual no era óbice para que mi pabellón auditivo de signo contrario estuviese deseando escuchar lo que el Sr. Maspalomas, objeto de acoso laboral, pensaba contestar a tal envite, una proposición indecente en toda regla.

Por desgracia, al no ocurrírsele al autor una respuesta lo suficientemente ingeniosa para servir de broche de oro y pedrería al presente episodio, nos vemos obligados a aplazar  su desenlace  hasta la siguiente entrega.

NO SE ADMITEN RECLAMACIONES

FIN DE LA ENTREGA TERCERA

 

S. O. .- ¡Me aburro, me aburro muchísimo! Y, si nadie me entretiene, voy a ponerme a gritar hasta que me ponga mala… ¡Vaya tostón de relato policíaco…!

 

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