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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 2

¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS…?

Halagado no es la palabra… ¿Quién no conoce, a estas alturas, la trayectoria y el alcance de Víctor Monteagudo, quizás (y “quizás” sobra) nuestro paisano más ilustre, allá por donde pasa, pisa y avisa  objeto de ditirámbica alabanza, símbolo y signo de político honrado, desde su independencia con respecto a tirios y troyanos, y su entrega a la Causa, ésta entendida como todo lo noble y bello que pueda quedar por hacer a nivel planetario? Tal es así, que a Izquierdas y Derechas, no digamos ya a las variantes centrifugadas de las mismas,  se disputan encarnizadamente sus gracias y favores; un nuevo Julio César: el más amado – a nivel físico y metafísico-  de hombres y mujeres de provecho… Que se sepa, nadie habría podido resistirse a sus encantos multidisciplinares…

El motivo por el cual dos existencias tan dispares, la suya y la mía, habían llegado a cruzarse, aun a nivel epistolar, constituía, a mis ojos, un auténtico arcano, que el vinagre materno se apresuró a poner en claro con la siguiente rubayat, improvisada, a vuela pluma de pájara avisada, mientras terminaba de llenar la lavadora con la ropa sucia familiar, incestuosa durante más de una semana :

-No te hagas demasiadas ilusiones, Fermincito, hijo. Esos figurones siempre buscan su provecho. Puede necesitar tu voto para algo o, incluso, solicitar que ingreses lo que no tienes en sus cuentas…

Dicho lo cual, echó yodo y salitre en la herida sangrante de mi alma:

-No te librarás de mí tan fácilmente… Darte a la fuga instalándote en Madrid y dedicarte a la tocata tiempo ha que te ronda la cabeza…Por lo menos, tu padre tuvo la decencia de morirse por perderme de vista… Me presento en sus sueños, cada noche plutónica… Revueltos; arrejuntos, cruz y raya  en salud y enfermedad: por algo quise casarme por la iglesia…

 En cambio, Evangelina, mujer sabia, culta latiniparla y coja quevedesca, se mostró bastante más conciliadora:

-Se limita a anunciar su próxima llegada a la ciudad y la posibilidad de mantener una entrevista tête-a-tête contigo, por motivos que todavía desconocemos. Él no se compromete; no te sientas obligado tú: piénsalo bien y actúa. En tu caso, me dejaría querer… ¿Qué trabajo te cuesta…?

-A mí, ninguno… ¿Por qué no me acompañas…? Te presentaría como mi secretaria personal… Seguro das el pego…

-A la primera entrevista irás tú solo… Una vez al cabo de la calle de lo que se trae entre manos, no me importaría compartir con él el pan y la sal…Víctor Monteagudo, al menos eso he oído, gana mucho en las distancias cortas…

-¿Estás asegurándote una cena romántica a tres bandas…?

-Sólo estoy intentando protegerte…Déjale llevar la iniciativa… Vete pensando en qué podría favorecernos su influencia…

Fui conde Lucanor a su consejo: me apresuré a incorporar sus puntos de vista, en formato resumen, a mi agenda privada.

La redacción en pleno de “El Heraldo Gallego” cayó a mis pies y se apresuró a agradecerme, como dios manda, a base de palmadas en la espalda, el borrador de la exclusiva y la promesa de una larga entrevista, en su momento.

 En el bufete donde presto mis servicios – yo ya me lo esperaba-, cuando comuniqué la buena nueva, enseguida se mencionaron las cabezas a rodar y las señales de humos excesivos.

-Mejor será poner al día tu trabajo atrasado, muchacho…- me espetó mi jefe, don Martín-, no vaya a ser tengamos un disgusto… Reajuste de plantilla, ¿eso te suena…? Pues ya has oído campanas…

Nunca Kafka se sintió tan humillado… Tragué saliva y fingí afanarme en mis tareas…

Por las noches, vía internet, me dedicaba a reunir, en un dosier prolijo y repetitivo, todos los datos posibles acerca del Godot por venir cualquier día de éstos en visita de cumplido. Villano en mi rincón, procuraba pertrecharme con la babelia de voces y altavoces suficiente hasta situar, en terreno seguro,  haz  y envés de tan caro personaje.

Poco hube de esforzarme para convencer a mis adentros de la intrínseca futilidad de tal intento. No es que los árboles no dejasen ver el bosque; se trataba más bien de un viaje sin retorno al País del Espejo, en el que la acumulación de imágenes superpuestas te hacía perder de vista, a cada rato, la naturaleza real de una figura pública, libre de toda sospecha hasta el momento, sometida ahora, sin apriorismo alguno, a investigación, desde la escondida sombra del anonimato. A partir de sus artículos de prensa, entrevistas en vivo y en directo, recogidas por todo tipo de mass media, indefectiblemente se acababa por desembocar en un trivial de resonancias quasi míticas, quasi  místicas, que te obligaban a pensar en la preparación, desde el Establishment, de una Criatura de laboratorio destinada a los más altos vuelos o a las simas más hondas de los poderes fácticos… Todo lo cual no quita ni pone rey al hecho incuestionable de que mi vanidad se había venido arriba, muy arriba y chapoteaba, alegre, por el fango…

Su vida privada tampoco se escapaba a estos parámetros. Dos matrimonios, dos: el primero, por amor a la carne, con una mosquita muerta de provincias con posibles; el segundo, una tórrida pasión con escritora en la ruina física, económica y moral, no tan famosa como ella se hubiese esperado (y, faltaría más, mucho menos importante), Adela Tapia, cuyo otoño caliente le había conducido, sin puertas ni barreras, al compartido abrazo del oso cavernario y la osa mayor, enganchada a su carro y emergente carrera en el mundo traidor de la política del salón-comedor, en un ángulo oscuro.

Pero el círculo continuaba sin cuadrar por el lado más obvio, el cómo y el porqué comparecía mi persona, humilde cual Tarquino en horas bajas, en semejante emporio de lujosas influencias y esencia de glamur para dormir desnudo frente al mundo. La clave del enigma pasaba, fas y nefas,  por el conato de demanda al que se ha hecho alusión anteriormente, motivo necesario aunque no suficiente, sin embargo.

Tonto no soy y me tengo, además, por ligeramente más listo que la media espartana de paisanos. Llegado el caso, a Mr. Monteagudo le sobraban pelotas, pelotaris y frontones, a nivel estatal, dado su status, para sacarle las castañas del fuego, antes de recurrir a un representante tardío de la angry generation en el culo del mundo. “Tigre encerrado en el interior de un sobre… Tú no te fíes ni un pelo y juégale la vuelta…”, me dije para mí, antes de dar con el affaire en esa zanja donde van a parar los espejismos que uno se encuentra al cruzar su desierto de los tártaros. Ya se vería; no tocaba a rebato en tanto en cuanto no asomase la nariz el enemigo disfrazado de mi padrino de bodas con el éxito… La abuelita del cuento a punto de empezar presentaba al poco entendedor dientes muy grandes y orejas puntiagudas de los sacamantecas…

Para añadir al carrito de la compra de voluntades, la que faltaba: una tal Esperanza Rubio, jefa de protocolo en funciones de tarde, mal y a rastro, quien se permitió el lujo de abordarme, tarjeta en mano, en plena calle, a la salida del trabajo, con objeto de ponerme en antecedentes de la inminente llegada del mesías prometido.

-Ahorrémosle al Sr. Montesinos, mi jefe y el tuyo, si estás dispuesto a ello, un montón de hojarasca burocrática a la hora de rellenar los cabos sueltos de  esta historia. Hablando de rellenar…. He traído conmigo unos pocos impresos para ser cumplimentados. Soy toda oídos, mi estimado amigo y ojalá futuro compañero… Pregunta sin temor: estoy autorizada, en nombre de la organización que represento, a satisfacer una natural curiosidad acerca de la suerte que para sí quisieran los miles de aspirantes a ocupar tu puesto, hoy en lista de espera… Pero primero, dirijamos nuestros pasos al Hotel Excelsior, mi cuartel general, donde nos tienen preparado un pequeño piscolabis… Por mamá, no te preocupes… Le he advertido que ibas a llegar un poco tarde…

Imaginad que el daguerrotipo de una Melína Merkoúri, siempre en domingo de putón verbenero, os toma por el brazo y os arrastra bulevar abajo, enredados en un incesante parloteo de lo más variopinto, salido de bocaza zampabollos, siempre dentro de un abigarrado surrealismo de hoja de calendario:

-Por si te preocupaba, sabedor te hago por la presente de que jamás nos hemos dedicado al tráfico de órganos: no estamos interesados en tu hígado, tu bazo o tus catorce centímetros erecto… ¡Es broma, es broma…! Nos consta que son catorce y medio… Antes de que me olvide: tendremos que hablar de vestuario… Por cierto, ¿a qué esperas para cambiar de peluquero…? Hay que sacar partido ganador de un cráneo ario como el tuyo… ¡Déjame ver tus manos…! ¡Qué desastre…! Vistes fatal y hueles a genérico…

Dada la imposibilidad de pararle los pies, hube de conformarme con un fallido intento de pararle las manos, ensortijadas garras de uñas ensangrentadas que recorrían mi cuerpo en busca de defectos.

-Señorita Rubio, haga el favor de comportarse con el decoro que aun pueda conservar su idiosincrasia… No sé si lo ha notado; pero nos estamos poniendo en evidencia…

-Menos mal que lo reconoces, querido…- respondió ella, impenetrable como un acantilado- Estaba intentando ganar tiempo… De esas cosas no entiendes; o, peor: no las valoras en su justa medida por medida… Como te iba diciendo… Trabajo a comisión y cobro por fichaje… Procura no dar mucho la lata…Sobre todo, no me tomes por pinzona, porque te descalabro todo ese alambique que te gastas conmigo, de un sopapo bien dado. Pues avisado quedas… Los he visto peores, mordiendo el polvo a una palabra mía… Ya hemos llegado, mira… “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, palabra de Epicuro, te alabamos, señor…Los días son una carpa en su pecera…

De haberme hecho ilusiones – no era el caso- , el piscolabis- bocaditos de jamón y queso bañados con cerveza de barril; unos pocos pistachos y cuatro o cinco avellanicas, moro, que yo te la varearé- no pasaba de austero refrigerio, aperitivo a medias y hambre para mañana. El Gran Hotel Excelsior, la nueva Casa Usher, en estado francamente lamentable, no daba para muchos ringorrangos; sus salones privados se privaban de todo menos de telarañas, y el olor a lejía y a amoniaco perfumado vivía y reinaba por los siglos de los siglos, amén, a lo largo y ancho de sus instalaciones, a punto de caída de su imperio romano.

Una vez interiorizada la pitanza, Esperanza Rubio, sentada frene a mí, rodilla con rodilla, no paraba de pasarme papelotes, llenos de complicados gráficos, resultados de encuestas de popularidad y desorbitantes balances anuales sucesivos, referidos a beneficios brutos de la empresa, a cual más improbable y sospechoso.

-¿Me sigues, me sigues con la picha hecha un lío, o no me sigues y prefieres que te lo vuelva a explicar desde el principio…?- preguntaba, entre remesa y remesa de salmones, rectados, sin mayor ceremonia, de la prensa económica, la mantenedora de unos juegos florales con olor a podrido en Dinamarca o cualesquiera otras capitales europeas, fingiéndose paciente para con mi torpeza- Todo es cuestión de follow me: lo tomas o lo dejas… Y hablando de follar, una advertencia previa: Víctor Monteagudo lleva puesto un cartelito de “Prohibido el paso. No tocar, peligro de muerte”. Yo se lo he colocado. Y no te hagas el hetero insobornable, porque torres más altas han caído… Ya por último, pero no por lo menos: en nuestra organización, no se puede andar por ahí con el monedero envasado al vacío. Te inyectaremos una sustanciosa cantidad cashimira en tus cuentas, a modo de almohadilla protectora, para lo cual necesitamos tener acceso a tu cartilla y, a mayores, ver transferidos, a nombre de la empresa de la que formas parte, los títulos de propiedad que puedas aportarnos como aval de garantía…Te adelanto que tu madre está de acuerdo… Claro está que, de no confiar en nosotros, tipo ONCE, todo lo dicho va a importarte un carajo y que pase el siguiente…

Lo que yo le respondí va a figurar, con pelos y señales, justo al principio del capítulo siguiente; el tercero, si  memoria, entendimiento y voluntad, las potencias del alma, no me fallan…

Yo de usted,  no me lo perdería, forastero…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO SEGUNDO

Esperanza Rubio, la misma que viste y calza, posando para la ficha policial…

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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 1

WHO ES QUIÉN

Érase que se era, en el siglo pasado, allá por unos ochenta que habían pasado del Glorioso Movimiento Nacional a la no menos gloriosa Movida Madrileña con metástasis- tras un intento de golpe de estado y  otros casos no menos lamentables que recordar no quiero-, un joven provinciano dispuesto a redescubrirse a sí mismo, por ocupar, de prodigioso salto saltimbanqui, el más alto puesto en el más elevado de los pódiums posibles.

Para ello, mientras se ganaba su sopa de pollo con cebada ejerciendo de pasante en la oficina siniestra de un vetusto bufete de abogados y, Pisuerga vallisoletano de por medio, estudiaba Derecho por la UNED, comparecía como colaborador, de forma destacada y sin salario alguno, en la prensa local, publicando, con periodicidad semanal,  incendiarias cartas al director sobre lo divino de la muerte y lo fieramente humano de una vida vaciada, sobre todo cuando se camina, sin red y en solitario, por el lado oscuro de la calle.

Sus enemigos – numerosos y encarnizados a ambos lados del tablero envidioso- opinaban de él lo que Bardem del cine Español de los 50: se trataría -¡Qué más quisieran ellos…!- de un vigilante entre el centeno enemigo, a tener bajo control, aun partiendo de la base de que el sujeto en cuestión resultaba, a todas luces, “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo y físicamente raquítico”…

 Esto último, he de admitir, era lo que más me molestaba de un infame libelo, anónimo ma non troppo– lo había redactado Atilano Silvosa, poeta preciosista local, del que hablaremos en estas páginas, más tarde que temprano-, que recorría los más selectos mentideros de la villa podrida. Pura falacia, ea: mido, descalzo, un metro, sesenta y dos centímetros; y de atributos personales, añadiré para que quede claro, palmo más, palmo menos… Conste en acta a beneficio de inventario.

Como no pienso corregir el desliz del párrafo anterior, dejando al descubierto el “quién es quién” en la línea de salida, continúo con lo mío: dejar bien colocados puntos sobre las íes, caiga quien caiga de la burra Pichirila…

Héteme aquí que la aparición en la prensa dominical de una carta titulada “Tirar la Primera Piedra” había provocado una polémica de corto recorrido entre “mis” fieles lectores, sobre el destinatario final de los sapos y culebras del invento, un j´accuse equidistante entre los palos de ciego y las coplas de Juan Panadero, no obstante lo cual, llegó a ser objeto de denuncia ante el juzgado, interpuesta por una agrupación autodenominada “In Deo, Veritas”, acusándome de “gravísimas injurias al Pensamiento Cristiano”. Aunque dicha querella nunca fue admitida a trámite, armó el suficiente revuelo para que mi persona, si bien temporalmente, quedase convertida en  epicentro de interés en corrillos locales de amplio espectro. Confieso sin rubor el haber insinuado, en sucesivas colaboraciones periodísticas, el estar siendo objeto de todo tipo amenazas. Un tanto corrido, he de reconocer, sin embargo, que hasta llegué a sentirme un Jarrett al rojo vivo y en cuclillas, sobre cimas mundiales, cagándome en sus vivos y en sus muertos…

Mi madre, en cambio, y por no variar, se mostraba resabiada, de vuelta y media con respecto a las leyes de gravitación universal de su pequeño mundo:

-Fermincito, hijo, no te metas en líos… Tú sigue así y ya verás lo que consigues al final: palos y mala vida… Como, además, para ti cuenta más lo bebido que lo comido, raro sería no fueses a acabar igual, igualito que tu padre…

Viuda, vía infarto de miocardio, antes de mi uso de razón, regentaba una pequeña mercería en los barrios altos y estaba siempre al tanto de la vox populi en la antena del momento. Su principal temor en los últimos años, por mucho que no llegase a mencionarlo, era verse perjudicada por mi fama: su poco o nada distinguida clientela se encargaba de calentarle los bigudíes que solía colocarse en su calva cabeza.

No recuerdo a mi padre; mi madre, al parecer, tampoco. Ni una sola fotografía suya, convenientemente enmarcada, se erigía en su mesilla de noche y, menos aún, en la repisa de la chimenea, en la sala de estar, aunque esto se deba, es muy probable, a que no somos británicos (mientras no nos devuelvan el peñón): una estufa de butano y va que arde, para la temporada otoño-invierno, servía de sobra, vista nuestra economía más/menos que mermada, como Sol que más brilla y más calienta…

Hubo una vez un álbum de retratos, si mis recuerdos de infancia son fiables. Lleva desaparecido desde siempre. Cuando lo reclamé, de adolescente, en el contexto de una rencorosa “operación nostalgia” que buscaba dejar el despego de la autora de mis días en evidencia, recibí una respuesta contundente:

-No lo necesitas para nada. Basta con que te mires al espejo…

Hasta no hace tanto, estaba convencido de que mi madre había elegido una fidelidad post mortem como regla de vida. Que yo supiese, y debería saberlo, ningún varón, entre los que me incluyo, había vuelto a interesarle sexualmente. Por lo visto, su abstinencia total corría en paralelo con la mía. Ítem más, nadie que no sea Lee Earle Ellroy se imagina a su madre masturbándose; y si yo recurría, de comunión diaria, al onanismo, era por liberarme de unos fantasmas que ella y yo no teníamos por qué compartir bajo ningún supuesto.

Aquel odio inspirado por los hombres a la ciudadana Adela Freire tendría mucho que ver con su vida al lado de mi padre. Como hipótesis de trabajo, tal sentimiento, todavía hoy, me hubiese parecido aceptable, a no ser por… vamos a llamarlas “contradicciones internas”, en su supuestamente intachable hoja de servicios.

Yo la amaba; pero también Norman Bates creía amar a su madre, ¿no es cierto…?

No se pierdan lo que tuvo a bien argumentar en mi contra aquella alumna aventajada de una reina Gertrudis de andar en chaclas por piso de alquiler, en lugar del castillo de Elsinor, en el transcurso de una de nuestras numerosas e interminables discusiones que había traído consigo mi mayoría solo de edad, nada que ver con dignidades o gobiernos:

-¡Si por lo menos hubieses sido una niña, se podría hablar contigo de forma razonable…!

Eso fue lo que dijo Cruella de Todos los Demonios, dando por terminada la pendencia, tras lo cual se encerró en su habitación para llorar, por lo cual me vi obligado a prepararme yo mismo la cena.

En otro orden de cosas, no creo parecerme a mi padre, ni poco ni mucho, en cuanto a aspecto exterior; sus niveles mentales no me ha sido dado el conocerlos. La mercería “El Encanto de Mujer” había pertenecido a su familia, oriunda de Tánger- la tía solterona que todos tienen y de la que yo siempre he carecido, se la había dejado en herencia, aunque poco tuvo ocasión de disfrutarla; antes de eso, según creo recordar, se había dedicado… a la taxidermia a domicilio (léase cazadores y amantes compulsivos de mascotas) y a encerrar grandes veleros en botellas vacías, disciplinas ambas aprendidas de su padre, el abuelo Baltasar, si no moro del todo, aficionado a chilabas y turbantes, cuya temprana muerte a causa de unas tifoideas mal curadas dio como resultado el regreso de la cabila  Monzón a la metrópoli.

Y no me duelen prendas cuando afirmo, categórico, que temía más les larmes de ma mére que cualquier citación para comparecer en el juzgado.

Procuraba consolarme en otros brazos y, puesto que mis amigos del alma no se hallaban disponibles, eufemísticamente hablando, al no estar siquiera probada su existencia, recurría a la renombrada aquí y ahora Evangelina Prego, bibliotecaria municipal adjunta en periodo de prueba, siempre dispuesta a escuchar, circunspecta, mis pesares y a pagarme un chocolate espeso con tostadas que pudiere servirme de consuelo. A nivel inconsciente, la metáfora resultaba tan soez como ladina: enseguida me di por enterado…

-Intenta comprenderla… – me decía, refiriéndose a mamá – Se ha pasado la vida luchando ella solita, pobrecilla, por sacaros adelante a ti y a su negocio, vuestra única fuente de sustento… Cualquier sanción gubernativa que llegase a caerte, es muy probable, acabase por labraros la ruina…

-…Y tú vas y te pones de su parte…- replicaba el galo moribundo, quien, por vengarse de los agravios recibidos, recuncaba tazón de “a la francesa”.

Por si a alguien le interesa, informaré, sucinto, acerca de nuestra fallida love story, “Eva, Fermín y el Paraíso Perdido”, aquí te pillo, aquí me muero, que abarca el siguiente diálogo escabroso:

-¿No te parece que, entre tú y yo, se echa de menos una aproximación física sin etiquetas o apriorismos…? Lo menciono, por lo que a mí me toca, sin ánimo alguno de forzar situaciones no deseadas, en un intento de explorar, adultos consentidores ambos, nuestras posibilidades de acabar en la cama los dos juntos, yo más tú, y emprenderla con el rezo el rosario de las siete auroras boreales, mientras cante el ruiseñor y no la alondra…

-¿Tú, de qué vas, muchacho…?

Se pasó una semana sin dirigirme el verbo. Acostumbrado como estaba con las féminas a padecer en silencio este tipo de desplantes, lo dejé correr, en espera de ocasiones mejores. Ya veríamos, cuando apretara la canina rabiosa…

[Puede que un servidor se hubiese convertido, a la sazón propia y desazón ajena, en un trípode humano libidinoso y libertino, en espera de chance, circunstancia vital no tan de lamentar como el verse obligado a caminar por el mundo sobre una única pierna real y verdadera… Nuestra  Darling Eve sabe de sobra que no miento… Aunque no se lo dije – caballero a mi pesar, que no se lo merece -, siempre la he considerado una privilegiada; gracias a la ortopedia y su actual sofisticación a pasos de gigante, se acabaron, nunc et semper,  las renqueantes faenas de muleta…  De no fijarte mucho, apenas si se nota que no es suya la prótesis, vosotros me entendéis… ¡Y hay que ver la dignidad con que lo lleva…!]

Cuento todo esto para poneros en situación de calibrar, con suficientes datos, unos acontecimientos a punto de iniciarse. Yo era eso que, en boceto, viene siendo reflejado a grandes rasgos: un hi de puta de toma pan y mojama correosa; un devorador de mundos imposibles, de demonios y diablesas familiares y de carnes adobadas con esmero (a ser posible al dente), con un “trágala, perro” bordado con esparto en mi bandera de combate amañado, blasón y ornato sobre su desconchado escudo innobiliario…

El pistoletazo de salida de esta verdadera historia apareció en forma de carta certificada, con acuse de recibo, llegada a mi domicilio, con un remite en letra gótica a nombre de Víctor Monteagudo Maspalomas, Asesor de Presidencia, cuyo contenido, a comprobar en el capítulo siguiente, ni perdicio tenía, ni desperdicio…

Después de la Fecha) Juro sobre el Necronómicon del árabe loco Abdul Alhazaed que lo que he venido poniendo sobre blanco sería, en el peor de los casos, una verdad a medias. Nunca miento al doscientos por cien, de poder evitarlo.

Pasen y vean. Les aseguro que jamás se arrepentirán de haberlo hecho…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPITULO PRIMERO

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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO

PRÓLOGO

Si me he decidido… ¡por fin…! , a culminar el antiguo proyecto de poner en orden los llamados “papeles Monteagudo”, no me mueven para ello otros vientos, estoy condición de aseguraros, que hacer “un poco de justicia” a persona y personaje de tan acusados perfiles públicos y privados.

A más de un cuarto de siglo de su muerte, nada parece impedir esta vuelta de tuerca a una cuestión que no ha dejado de palpitar en el corazón de mis propias  tinieblas, donde Víctor Monteagudo vivirá reinando por los siglos de los siglos, sin amén que nos valga, en el poco probable caso de que mi existencia terrenal llegase a prolongarse tanto, por inescrutables designios del Cielo o, más probablemente, del Infierno más temido adonde van los condenados de la Tierra.

Me equivoqué de bando y pagaré por ello. Nunca fui consciente de la ciénaga de arenas movedizas por la que estuve transitando (no con los ojos vendados sino ciego, hasta me atrevería a escribir “de nacimiento”), mientras duró aquella falsa ilusión de realidad, a la que mi ambición, o más bien mi quimera, había convertido en un Dorado/ Casa de Chocolate en el Bosque Encantado, al alcance de mis enfebrecidos sueños de idiota crónico y eterno adolescente.

Víctor Monteagudo sólo es culpable en parte de su veni, vidi, vinci intramuros y extramuros de mi mente; y de mi alma, por supuesto, si la hubiere. Yo fui aprendiz de brujo; él, mi maestro multidisciplinar, fascinante mezcla de Cagliostro, Maquiavelo y- que a punto estuvo (y yo lo reconozco) – un vampírico Barón de Münchhausen puesto al día.

Otrosí, le debo lo soy- lo que he sido…-, desde el punto y la hora de que su magisterio fue el encargado de abrirme los ojos y cerrarme la boca, justo hasta ahora, en que me dispongo a tomar la palabra y, retorciéndola, obtener de ella la noticia de un fraude, de un delito, de un crimen del que me hago, por la presente, único responsable en primer grado, con nocturnidad, alevosía y resto de agravantes que quieran añadirse al desafuero.

Aquí se ha venido a hablar del Monstruo encantador donde los haya; de la Bestia magnífica, la Serpiente que enrosca sus anillos alrededor del árbol de tu recta conciencia para el Bien, para el Mal; para lo abominable y lo ridículo…Rien ne va plus … Abofé, no me parece poco…

Le he suplicado a Evangelina Prego, vieja amiga joven, quien quizás conozca tanto como yo mismo las claves de esta compleja trama (mas solo en apariencia), que  me permita hacer uso de sus anotaciones y diarios, citando siempre fuentes y meandros.

Una última advertencia antes de adentrarse en la lectura de este texto: su coherencia externa va a verse sometida, a lo largo y ancho del relato, a la cambiante estética de un caleidoscopio, sujeto a mil y una variantes caprichosas. Lo que de Verdad pueda hallarse el lector en su aventura, dependerá, en buena medida, de su capacidad para imaginar quién o qué les vigila desde el otro lado del espejo cóncavo de la feria de sus vanidades. Errare humanum est sed perseverare diabolicum… Y si Séneca lo afirmaba con divinas palabras, no seré yo quien le lleve la contraria…

Velahí la cita valleinclana: “Las palabras latinas, con su temblor  enigmático y litúrgico, vuelan al cielo de los milagros”…

Ahora sí que sí: tres amenes a esto… Y todas las blasfemias que hagan falta…

Suyo afectísimo,

                                 Fermín Monzón.

 

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