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Archive for the ‘Cordel de Literatura’ Category

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo Nono

PUT THE BLAME ON MAME…(JUSTOS POR PECADORES)

Evangelina Prego se la estaba buscando bien buscada. Con insultante expresión de impostada inocencia, se había estado dedicando últimamente a intentar sonsacarme información revervada, con la disculpa de haberse perdido en los meandros del guadiana recorrido: no se enteraba de la misa la media. Ítem más, aquella agente doble de vía muerta hasta  se permitió darme un “consejo de amiga”, dejándolo caer al resbalillo, en el transcurso de una acalorada discusión a dos bandas rivales, la suya y la mía, Montoyas y Tarantos,  sobre Cinematografía y pintura rupestre. Ella sostenía a pecho descubierto (sin sostén dialéctico alguno, su vicio habitual) que, en las cuevas de Altamira, si miras hacia arriba, verás empezar y terminar el Cine moderno, según había leído –y asimilado mal- en el National Geographic. No tuve más remedio que ponerla en su sitio (cuarto de las esobas):

-Cuando te escucho pontificar, díjolo Blasa, sobre los más variados tópicos culturales, fingiendo un dominio sobre los mismos del que, a las pruebas me remito, has venido careciendo a manos llenas y cabeza vacía (lo de bibliotecaria municipal suplente te viene grande varias tallas, querida), me entran unas ganas enormes de…de… Mejor no expresarlo con palabras… Lo que sí mencionaré es que empiezo a sospechar que, en las noches de plenilunio, Atilano Silvosa se convierte en ti misma y viceversa. Que sois amantes viruales anda de vuelta y media por todos los corrillos a la page. A saber si no te ha contagiado una venérea…O tú a él: tampoco ha de echarse en saco roto…Los condones, a veces, vienen defectuosos de la fábrica en China: hay que probarlos, enchufados a un grifo, antes de ser usados con plenas garatías…No resulta romántico, de acuerdo; pero evita efectos secundarios perniciosos, a posteriori y/o a priori, según las geometrías corporales implicadas…

Evangelina no estaba aquella tarde para gaitas.

-Deberías hacer un esfuerzo por controlar tu exacerbada agresividad, Fermín Monzón, o hacértelo mirar rápidamente. Hay veces que me asustas, te lo juro y prometo… Tu médico de cabecera podría gestionar la visita a un psicólogo…Piénsalo bien y convendrás conmigo que, aquí llegados, andas necesitado de la ayuda de un profesional con el fin de poner en orden y concierto tus ideas…¿Te he hecho yo algo para ser tratada así…? ¿Vas a aclarármelo…?

Toda la cafetería nos observaba, pendiente de las pelotas fuera y el tanteo. Se mascaba tensión en el ambiente. Ventaja, Evangelina… Las masas son sensibleras-no sensibles- y les encantan las historias truculentas… Le lancé un raquetazo, derecho a la mandíbula.

-Eres tú, no lo olvides, quien se halla sometida actualmente a tratamiento neurológico, necesitada de un trasplante intensivo de neuronas…Al parecer, recomendabas a tus jóvenes léctores de la biblioteca municipal asomar la nariz-eufemismo caritativo, por supuesto- a ciertos títulos nefandos… Sobre todo, franceses… “Romeo y Julieta” daba paso a  “Justine y Juliette” para leer con una sola mano… Y todos tan contentos, ¿no te digo…? Por Fortuna y Jacinta, te pillaron a tiempo…

La gota colmó nuestros vasos comunicantes. Evangelina se levantó y se fue, dejando la cuenta sin pagar y una brillante idea agazapada en mis barbechos cerebrales, lista para mostrar, en un potente soplido de mi genio y figura, sus delectables posibilidades pirotécnicas.

Indiqué al camarero, un tal Andrés, la lentitud y la desgana  hechas discóbolo mirón sordo de oídos, armado de bandeja 2πr a modo de coraza, la conveniencia de iniciar una cuenta trimestral a cargo de la recién marchada, Elisa Aguado, lo cual maldita gracia que le hizo.

-Tendría que consultarlo con el jefe…- rezongó, a mala leche manifiesta- Ha salido un momento en busca de un paquete de achicoria; será mejor que esperes…

-Imposible…Imposible…A mi abuela han tenido que ingresarla por urgencias, tras ingesta masiva de productos navideños caducados, un tesoro escondido en su despensa… Reclama mi presencia en los pasillos. Cumplió ciento tres años el pasado: no creo que dure mucho… Siendo yo su heredero universal, ¿no pretenderás que me la vaya a jugar a la ruleta rusa, por un capricho tuyo de repente…?

-Mira si llevas algo suelto en los bolsillos y apañamos…

-Nada de apaños; yo siempre por derechas… Elisa Aguado; clienta distinguida de la casa, no lo olvides: de los Aguado de toda la vida… Ya pasará ella en persona, tan pronto como disponga de un minuto libre, a confirmarlo… Y ahora, adiós… Controla las esquelas de mañana, si acaso te apetece ir al su entierro…y me estoy refiriendo al de mi abuela… Elisita está todavía de muy buen ver, ¿no te parece…?

Le guiñe un ojo, y siguiendo el ejemplo de los novecientos noventa y nueve mil mercenarios que me habían precedido, me batí en retirada, a los acordes de un vibrante pasodoble torero, hasta alcanzar la puerta de salida (y de entrada)…

***

Aquellos polvos trajeron estos lodos, siempre que Joaquín Belda no se oponga. Transcurridas dos fechas menos una, en la prensa local apareció, firmada con seudónimo, una prolija “carta al director” bajo el epígrafe “Bibliotecas basura ”, a la que seguiría una nueva misiva, equiparable a su hermana mayor en cuanto a  rotundidad, ambas de ellas no reñidas, ni siquiera molestas o aun incomodadas, con la finura expositiva de un estricto gobernante absolutista del exquisito estilo azoriniano, haciendo gala y justa vanagloria de un depurado buen gusto literario.

“Una institución tan venerable como nuestra biblioteca no puede hallarse en manos de una perfecta indocumentada advenediza”, “la desatención al respetable público y una falta absoluta de saber ser o estar parecen ser las normas de la casa”, “el asiduo lector deja pronto de serlo y los recién llegados no repiten, consecuencia directa de la sonrojada indignación ante un estado de general inoperancia”… tal era tono- entre faltón y desabrido- de la – que si quieres arroz- catilinaria.

A la destinataria de la misma, cuyo nombre no aparecía nunca explicitado, no le bajaba la fiebre de cuarenta.

Fermín Monzón, ustedes me conocen (si bien todavía no en sentido bíblico, al menos  una selecta mayoría; mas tiempo al tiempo… Si es por mí, que no quede…), enseguida se encargó de desfacer entuerto; y por aquello de que no ofreciese duda (en el caso de haberla, que no creo) la identidad de la destinataria del ultraje, llamando a las personas por su nombre, sus dos apellidos, su dirección, su distrito postal y su teléfono, dediqué a Evangelina, vía prensa dominical, hasta dos loas, dos ditirambos, dos endechas en prosa, dos serenatas al pie de los balcones, aclarando que el autor de los agravios uno y dos, una vez desenmascarado y puesto en sol-fa-mi-re-do, se las vería conmigo detrás de la catedral, entre lusco y fusco matutino, o, en su defecto, el juzgado de guardia más cercano, en horas de atención al respetable público y notorio.

El objeto de la jugada maestra no era otro que dejar establecidas unas fraternales relaciones con mi oscuro objeto de desprecio que me sirviesen de sólida coartada en su momento, antes de proceder a su castigo sumarísimo, cuyos detalles me reservo por evitar miocardios infartados a lectores no acostumbrados a las emociones fuertes …

***

Tampoco Mamá Geno, mozartiana pero menos, como segunda sospechosa en el listado de lenguas a pacer, sacadas a deshora,  se libraba de la quema de aquelarres, si bien lo sentenciado para ella aparecía limado por un cierto apego personal hacia la imprescindible (por ahora) figura triste de la autora de mis días de vino y rosas.

 Después de todo, la madre mía, Celestina polvorienta, con lo mucho o lo poco que sacaba vendiendo hilo y aguja de marear, allá en su mercería “Virgen de la Merced”, calle de tres cuartos de lo mismo, vete a saber si por remendar los virgos desgarrados de nuestras vecindonas licenciosas a punto de prometerse con Manolo (prototipo de varón español) y dejarlo saciado de apetitos lascivos, una vez cubierto el expediente sin exponerse a mayores sobresaltos- y sin explicaciones engorrosas, en el transcurso de la felix conniunctio, al decir de los Carmina Burana-, me daba- a mi madre me refiero, no a Manolo- de comer a diario las tres veces y me tenía planchadas las camisas.

Sellado con silicona de cierres y aperturas del negocio floreciente, aparición de un gato muerto- procedencia: contenedor cercano multiusos, incluido el de cementerio de animales- en la cocina familiar o puesta en marcha triunfal de cierto malintencionado rumor en el sinsentido de un volcánico romance otoñal a medias con Pablito Star Wars,  hijo mayor de nuestro carnicero, famoso por sus pérdidas de aciete de ricino, fueron algunas de las medidas tomadas para equilibrar como es debido la oscilante balanza justiciera entre las dos mujeres objeto de mi cólera y mi morbo.

Sin perder un minuto, el personaje más gorkiano de esta epopeya cívica, más que harta de sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, puso santo remedio a semejante piélago de calamidades (y no precisamente con un puñal de esos que apenas caben en la mano- de Guillermo S. a Federico L. vengo por toda la orilla…-), sino girando una visita, previa cita, a la consulta de la vidente Candelaria, donde encargó una “limpieza” general de ambos inmuebles, habida cuenta de que alguien que nos quería bastante mal y a rastro se había encargado de hacernos un “trabajo” concienzudo y sin conciencia.

 La broma vino a salir salió en diez mil pesetas rubias al contado y cinco mil más del ala, a interesados plazos mensuales.

¿Qué quieren que les diga…? Ella es así: fue llegar la democracia a este país y pasar de los novenarios a S. Expedito y/o S. Antonio a satánicos conjuros por encargo…Por lo que a mí concierne, no creyendo ni dejando de creer en nigromancias esotéricas, he detectado una trayectoria de boomerang directo a mi entrepierna cada vez que- cosa en mí rara- me pongo hijoputesco a la hora de llevar a buen puerto mi selecto ramillete de venganzas catalanas…

¿Quién dijo miedo? Yo me basto y me sobro para hacerle frente a mi alicuota parte de anunciados desastres que pudieran devenirme en un próximo futuro. Se trata, simplemte, de ignorar las avestuces: no las miras, no existen; y, en el peor de los casos, se las pasas al otro, a quien pilles más cerca… Es lo que hacemos todos, ¿o no es cierto…?, cuando no mira nadie… Quisiera ver al lindo don Diego o a la marquesa Rosalinda capaces de llevarme la contraria…

***

Muy mal empezó llevando Evangelina la publicación en la prensa de las cartas citadas más arriba. Convencido me hallo de que, en un principio, me atribuyó, sin fundamento alguno, la autoría de las mismas. Sé, por terceros en concordia- por raro que parezca, no se puso en contacto con su amigo del alma-, que lloró ranchipures y cantó y bailó bajo la lluvia el baile San Vito con paraguas, crisis de llanto histérico y estados de ansiedad para qué os quiero, hasta quedar la pobrecilla- y hablo en latín vulgar- hecha una espartana braga portuguesa.

Aparecidas “do más pecado había”(las páginas impares de “El Heraldo Galego”, edición dominical, la de mayor tirada) mis sucesivas réplicas, en encendida defensa de su capacidad profesional, puesta en solfeo por una retahíla de infundadas calumnias injuriosas vertidas en aquel vil panfleto titulado “Bibliotecas basura”, supone uno que Evangelina Prego debió de ponerse más contenta.

Mordió el anzuelo de Fenisa, tal como yo esperada y, por fin, la escuché, entrecortadamente, de hipo en hipo, de gemido en gemido, de suspiro en suspiro, a la busca y captura de catarsis autocompasiva sadomaso, susurrarme al otro lado del teléfono:

-No hacía falta, Fermín, querido queridísimo, mi paladín, mi caballero andante…Ni te imaginas cuánto te agradecemos todos el que hayas salido, de forma tan gallarda, en mi legitima defensa…

Aquel “todos” me puso la oreja supurante delante de la mosca cojonera. Habemus nueva compañía; y no precisamente telefónica…¡Me lo estaba temiendo…! De una Herodías de su calibre, uno puede esperarse, a poco te distraigas, acabar como la cabeza del Bautista…

Pretextando insoslayables premuras de agenda programática, me despedí de ella corto y cierro, no sin antes haber  solicitado, devoto, un encuentro romántico para acercar posturas (sic), a lo cual accedió a pascuas contentas, sin barruntar lo que se le venía encima (empezando por mí mismo, en calzoncillos largos y, limitando al norte, camiseta de felpa, hasta pasado mayo y principios de junio …).

Seamos claros: sin renunciar a una noche nochera de San Bartolomé, con Evangelina de protagonista y única hugonote calvinista, cuenta habida de que la ocasión la pinta calva el pintor que pinta con amor, me las prometía no menos felices con un atardecer de los cristales rotos, transparente metáfora aludiendo a la integridad física de su séptimo sello a cal y canto… Después de tanta justa literaria en su honor, lógico resultaba que me concediese el suyo… entiéndase también,  antes de reenviarla, para siempre jamás amén Jesús, a hacer puñetas… En nítida demostración solidaria entre colegas, se me apetetecía dos hevos de ploma con olivo en el pico dejar trabajo hecho para mis sucesores, aun dudando muy mucho que los haya…Y llamadme Ahab (o hasta incluso Queequeg, a la hora de hacer el indio South Pacific) si tal es vuestro gusto de refinería …El mío no había estado obsesionado en otra hazaña, desde una turbulenta adolescencia en ebullición perpetua palera, que no fuese montar a cierta compañera de instituto, regordeta ella, exenta de las clases de gimnasia por problemas de movilidad, al que Atilano Silvosa estigmatizó en su día con el infamante apodo acosador de “la ballena blanca”, enmendando la plana al elegido por mí mismo previamente: “la Cucaracha”, en alusión sutil a una poliomielitis padecida por Evangelina durante la correosa infancia desgraciada, que la había dejado, literalmente, para el perpetuo arrastre de su pierna derecha…

En tan maltrecho estado de conservación, nunca entendí su empecinamiento en no dar su teta a retorcer por lo que respecta a servirme de cobaya en mis primeras intentonas sexuales. De hecho, no fue suya la primera mano que yo cogí en un cine de barrio para someterla a un baño de sudores compartidos dentro de una fauna finlandesa; ni el primer beso aleteante, robado en una sesión de tanatorio, donde mi lengua no obtuvo acceso a su natural destino de restallantes burbujas salivares, y terminó, ay de mí, puesta a secar, pinzona, colgando de unos labios entreabiertos de asombro de Damasco y frustraciones escrotales, hoy todavía no del todo superadas… Entre esa señorita y yo, hasta la fecha, no ha habido más que medias palabras y chocolate sin leche a la española…

***

La prometida cita, un vis a vis para volver las aguas a su armónico cauce precedente (desayunos y meriendas sur l´herve) habría de verse enriquecida por la inesperada presencia de un tercer comensal, convidado de piedra, colado de rondón en las festividades, por aquello de haber llegado primero a las sesiones intensivas de consuelo amistoso a la víctima de la conspiración bibliotecaria.

Atilano Silvosa, capaz de eso y de mucho más, puesto en pie en viéndome llegar, cruzó el salón de la cafetería, vino a abrazarme y me colmó de sintéticos elogios hiperbólicos.

-No se esperaba menos de ti, amigo mío. Quedar como un señor parece ser tu impronta: todo el mundo lo sabe y lo pregona alborozado…¿Qué sería de nosotros sin esa elocuencia tuya, plena de semánticas profundas e intuiciones felices,  capaz de poner en su sitio, de un plumazo, a las fuerzas oscuras semovientes, responsables de los pelos del bigote coñero de esta intrincada trama novelesca…?

Evangelina, impertérrita perdida, se apresuró a pasarse al enemigo en puertas:

-Atilano me ha demostrado ser lo qe siempre había sido para mí, sin yo saberlo: un verdadero amigo, al verme a la deriva entre los canes lobos… Él supo reaccionar, no como otroa, saliendo en mi defensa desde el primer momento. Yo no me lo esperaba, la verdad… Se lo agradezco el doble, por lo tanto… Tu casuística vino a ser bien distinta, Fermincito; no te pongas mohíno… Uña y laca, siempre juegas en casa, un poco retrasado, tomándote tu tiempo de silencio…

No iba a quedar así tamaña afrenta. Estaba decidido el pasar a mayores, y ya estaba tardando. Pero el poeta Silvosa se encargó, al final, del estrambote:

-Se lo estaba comentando a la querida Eva justo cuando llegaste: a punto me hallo de atar todos los cabos sueltos en torno a la autoría de esos artículos… Cierto informador de total confianza, cuyo nombre no va a salir por esta boca es mía, me ha prometido enterarse, de pe a tres catorce dieciséis, sin margen de  errores garrafales, qué bombero estuvo detrás de tu atentado. Tierra trágame se va a quedar alguno…

Sentí un nudo gordiano amarrarme las tripas del intestino grueso; luego, un retortijón y, segundos más tarde, una doble certeza… La de que mi recién estrenado rival en el corazón y la entretela de la malvada Evangelina ya conocía la solución del acertijo y, en perpendicular, la perentoria necesidad por mi parte de un regreso al hogar precipitado y la muda sordomuda de prendas interiores, sometidas a rudo tratamiento escatológico… La había cagado, vamos… ¡Qué cascada de cagadas, qué cagada de cascadas pestilentes se me estaban deslizando pata abajo, Madre Ubú putativa de la Cantante Calva…!

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO NONO

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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 7

LOS ACCIDENTES OCURREN…

Me tengo por un individuo razonablemente aprensivo, si bien poco alarmista; mis circuitos del pánico necesitan pruebas fehacientes para ponerse en marcha: todo lo demás es temer a Virginia Woolf, a los lobos feroces y a demonios pintados…

Uno, per se, puede resbalar en la bañera y partirse la crisma o, habida cuenta de que la naturaleza imita al Arte, mientras va de paseo dominical matutino por estirar piernas e ideas, recibir un inesperado macetazo en plena testa, a lo Graco en “Ben Hur, con idénticos o parecidos resultados comatosos.

 Otrosí, encontrarse, un suponer, una cabeza de caballo ensangrentada debajo de la almohada o una cobra real en erección dentro de la bañera no se consideraría moco de pavo, sino preaviso de los cielos infernales.

Mi ración de “mal rollo” comenzó con un tonto episodio doméstico: de madrugada, una paloma se presentó en mi dormitorio de soltero y comenzó a picotearme, confianzuda, las mejillas. Cuestión a considerar: todas las ventanas de la casa habían permanecido cerradas a cal viva y gregoriano muerto desde la mañana anterior, por la manía que les tiene mi madre a las corrientes de aire, “asesinas en serie”, responsables de tantas lumbalgias miserere. Cuando, escoba en mano, defenestré paredes de par en impar por expulsar a mi extraño visitante nocturno colombófilo, éste resultó imposible de localizar, a pesar del exhaustivo posterior examen del inmueble.

-Habrás sufrido pesadillas, hijo… Anoche te pasaste con los quesos cabrales… – argumentó la Sra. Genoveva, tras escuchar mi crónica del alba- Las digestiones son como bombonas de relojería… De haber cenado lo que yo, patas al vapor y pescado a la plancha, te hubieses levantado tan ufano, después de haber soñado con las angelitas … A ver, saca la lengua: le voy a echar un vistazo…; pero, primero, me echarás el aliento… Mejor, aguarda: asegurémonos primero de que no padeces fiebres tifoideas…

Aproveché para tomar soleta su apresurada marcha hacia el cuarto de baño, en busca del oráculo mercurial a instalar en regiones inguinales, obrante en nuestro botiquín de segundos auxilios (los primeros corrían cargo de San Felicísimo, en franco contrapunto de su insobornable condición republicana: una cosa es predicar la tricolor y otra, en coyunturas tan urgentes como aquélla, sacarte ora pro nobis de un apuro).

***

No tomé nota del extraño suceso ni lo encajé en la lista de arcanos en progreso: dejé correr el episodio cuesta abajo en su rodada. Tenía cosas peores en las que ocupar el cerebelo. Hermana Evangelina o madre Genoveva, ¿iscariotas las dos-que todo podría ser-; iscariota una sola –pero, ¿cuál…?-; iscariota, ninguna…? ¿Controlarían mi mente, a lo Svengali, hasta el extremo de leer mis pensamientos…?  Siguiendo instrucciones de la Organización, ¿me habría instalado la Srta. Rubio, durante nuestro fugaz encuentro en el Hotel Excelsior, un detector de deserciones inalámbrico; por ejemplo, en el glande (lo había notado hinchado,  tumefacto y cabizbajo, aun varios días después de  nuestras trés dangerous liaisons, en régimen severo de “aquí te pillo, aquí me vengo” (nótese la anfibología maligna dejada caer en el aserto)…?

***

Nuevas pruebas aguardaban a mi probada capacidad para desconfiar de todo lo que nade, corra o vuele.

Al inquietante augurio de una fantasmal paloma, equivocada quizás de dormitorio (si es que no se trataba del Espíritu Santo trinitario en persona), sucedió, días más tarde, un asaz desconcertante percance callejero, en el que me vi envuelto sin cagarlo ni mearlo.

Camino y corto el viento rumbo a mi puesto de trabajo ganapán cuando, de pronto, una sombra situada a mis espaldas, me cubre los ojos con sus manos.

-Adivina quién soy o pagas prenda…

Aun no estando para jueguecitos mañaneros dada la premura de la hora, palpé unos dedos, sin duda femeninos, férreamente sujetos a mis cuencas pitañosas, poco o nada encantadas de aquel súbito ataque intempestivo.

-¿Evangelina…?.- aventuré, a la buena del demonio.

-Frío… Frío…- canturreó una voz aguardentosa, desde la retaguardia.

-Pues no caigo…Suéltame ya, caramba… Llevo bastante prisa. Pero, además, me estás haciendo daño…¿Son anillos eso que llevas puesto…? Alambre de espino, yo diría…

-Déjate de chingar con pendejadas y a lo nuestro…Soy portadora de un mensaje para ti… A buen entendendor, pocas palabras sobran… “Sólo pensar en traicionar es ya una traición consumada…” ¿A que te suenan estos cascabeles de gato escaldado…? Una vez me haya ido, deberías meditarlo muy a fondo. Si has entendido, bastará digas sí con la cabeza…

Giré sobre mí mismo en brusca rebeldía, hasta quedar enfrentado a una perfecta desconocida -¿estás seguro…?- que me pedía encendidas disculpas: al parecer, habíame confundido, mira qué tonta, con su primo Francisco, el cacereño, de visita en Galicia, a quien había quedado en recoger por los alrededores de la estación del ferrocarril para llevarlo a casa y obsequiarlo con productos de la tierra, en un sabroso toma y daca concursante: empanada de pulpo, pan centenario y queso de tetilla a cambio de sapillos de Navalmoral de la Mata y morcilla patatera de Almoharín, en un abrir y cerrar de esta boca es mía y la tengo hecha agua bendita.

-Donde esté un ribeiro tinto cardenal purpurado, que se quite la pitarra de tinaja y vicevuelta…Never mix, never worry…-añadió, salomónica, la moza-  Ciao, bello bambinoArrivederci, chico Dolfos… Ces´t la vie: Paquito el chocolatero en lontananza… Recuerdos a tu madre y a tus padres…

Antes de que pudiera reaccionar, mi asaltante bon vivant, además de políglota, se había perdido entre el gentío, algo más bien extraño si tenemos en cuenta la poca gente que pasaba, en aquellos momentos, por la calle.

Blanco y en tetrabrick: todos ellos brujos, como en “Rosemary´s Baby”…

***

A partir de entonces, los accidentes propiamente dichos se sucedieron como la Casa de Borbón durante los siglos XX y XXI (y hasta puede que antes, aunque no me pienso poner a averiguarlo vía Wikipedia porque me da pereza): a trancas y barrancas, con muchos sobresaltos, tanto civiles como militares, de por medio.

Comenzaron de baja intensidad, la mayoría de carácter fortuito, para dar paso, con solución de continuidad, a un pim-pam-pum “dios nos coja confesados”. Hubo de todo un mucho en apretado programa de festejos.

Una alfiler torcido en tarro recién abierto conteniendo confitura de naranjas amargas; un hirviente avispero, de kermese zumbona en tu terraza (se aconseja avisar de inmediato al cuerpo de bomberos, renunciando – y hablo con conocimiento de causa y antiestético efecto alérgico – a cualquier iniciativa personal, si en algo aprecias la tersura de pellejos a la vista)… Suma y sigue: puesta en marcha, por su cuenta y mi riesgo, de una infame turba de aparatos eléctricos, desde la lujuriosa aspiradora polvo va, polvo viene, a un cuchillo de cortar por lo sano patas de cerdo muerto; ascensor detenido y a oscuras, durante interminable intemerata, entre dos pisos, sin motivo aparente; hamletianos semáforos con un tic en el ojo, empeñados en que termines dibujado sobre el paso de cebra; aleros que se desprenden de  su encía con gingivitis a tu paso, dale que te pego allá donde más duele … Supongo que el lector ya se ha hecho una somera idea, a estas alturas, de por dónde van los tiros al blanco en movimiento y quién era el destinatario final de tal despliegue de efectos especiales…

Cuando mi capacidad de aguante de lo que te echen se hallaba al borde mismo de tirar la toalla y dejar sus vergüenzas toreras al desnudo, la que faltaba se adjuntó al jubileo: una Esperanza Rubio con buenas ganas de cantarme las cuarenta verdades de aquel barquero, pedófilo presunto, que, presumiblemente, les cobraba en especie a las niñas bonitas.

-Pero tú, ¿qué te has creído, gallo de veleta desplumada…? – chillaba a través del auricular telefónico, un metro alejado de mi oreja derecha-Mi porcentaje al carajo de la vela, por tu culpa… ¿Y creías que me iba a quedar con estos pelos…? En autostop me he venido de un tirón y sin hacer escalas…Imagina lo que tuve que hacer para lograrlo; pregúntale a Carrasco si, de verdad, te interesa averiguarlo… Sabes dónde no me hospedo, supongo; el Excelsion no reunía condiciones para mis niveles de exigencia categórica. He plantado mis reales en el Hostal Lolichi, todo lo humilde que se quiera, pero limpio y a buen precio, situado en una callecita cuesta arriba abajo, dependiendo de dónde te sitúes, de cuyo nombre, por desgracia, no he podido acordarme hasta el momento.  Procura no perderte porque no tiene pérdida posible: a las siete pasadas menos cuarto te espero como decía aquella rueda-rueda de mi cada vez más lejana infancia: “comiendo huevos, patatas fritas y caramelos”; como un clavo de olor a nuez moscada te reunirás conmigo… En el paraíso terrenal o en infierno, dependiendo de lo nerviosa que me ponga tu prolija excusatio sí petita, demandada por mi mesa en  pepitoria… Conozco dónde malvives de prestado, dónde haces que trabajas… Estás contra las cuerdas consonantes oclusivas sonoras… Colgarás facto ipso, santo y señal de que me rindes cortesana pleitesía…

No tuve que pensarlo dos veces sino cuatro, con las ganas que me asaltaban de ponerla en su sitio numantino, o sea la hoguera de tanta vanidad y tanto mando en plaza.

El aceptar acudir a aquella cita a tuertas – no las tenía todas conmigo- obedecía a motivos estratégicos: primordialmente, obtener información acerca de las andanzas inalámbricas de Evangelina, la Traidora; pero, de presentarse ocasión alopécica de volver a las andadas a uña de caballo, no iba a ser mi bragueta, siempre abierta a este tipo de avatares, quien se hiciese la casta y la susana.

***

Madame Lolichi Butterfly, aprendiza repetidora de aquella doña Loreta, acalorada consorte del teniente Friolera, viuda de mal ver y de mirar estrábico, colorete y polvos de arroz sobre semblante avinagrado, arrebujada en su mantón de Manila, con pestazo a fritanga y a “Embrujo de Sevilla”, no estaba para fiestas lupercales.

-No se recibe en las habitaciones: con que lo diga yo, nos basta y sobra. Los puticlubes quedan apenas dos manzanas podridas más abajo. Éste es un establecimiento fronterizo a fuer de serio; de los pocos que quedan en la zona. La señorita por la que pregunta se encuentra ausente, realizando gestiones administrativas galantes. Siéntese y espere en la orejera de la entrada. No voy a estar dándole conversación toda la tarde.Tengo mucho que hacer, siendo yo sola frente al mundo mundano, y no me quito méritos ni me pongo fatigas… A las seis a diario me levanto y con el mazo dando…

Fue hacerle caso, encular el armatoste de raído terciopelo rojo moteado de oscuros nubarrones sospechosos y tenerla delante, armada de un plumero esparce pelusilla, toda oídos.

-Sin meterme en lo que no me llaman (no es mi estilo), y porque me llama la atención poderosa el rebaño pantalonero que ha esado preguntando por ella en el transcurso de la tarde, estoy por preguntarle, no por curiosidad: saber quién tengo en casa, qué demonios les dará a los hombres esa señora o señorita…Suponiendo sea una cosa u otra…

Crujió el sillón y crujieron mis huesos vertebrales.Preferí no somatizar este último dardo envenenado que abría un melón- o mejor: una caja de Pandora- de complicadas posibilidades; y, ya de paso, maldije al autor de una trama de por sí complicada, sin necesidad conocida de echar mano pecadora a nuevos y estrafalarios vericuetos.

Madame Lolichi, inasequible al buen aliento, que ésa es otra, continuó, erre que erre, con su dale que te pego dialéctico:

-Un don de dios será, tercero o cuarto ojo en frontispicio; pero, lo que es a mí, ningún amanerado se me escapa, aun vestido de seda y mejorando lo presente. Los detecto enseguida, los huelo a los ochenta metros vallas… En el Hostal Lolichi, no se admiten Sodomas ni Gomorras, tras lo sucedido, años ha, con mi marido…

-¡Cuente, cuente… No me tenga en un ascua…!- supliqué, fervoroso y por matar el tiempo de la espera.

-Curiosón, que rima con…y mejor lo dejamos, porque allá cada uno… Correveidile  nos ha salido el pretendiente… No es por nada: a usted y a una servidora de usted hace tiempo que se nos ve el plumero…¿Qué le cuento primero: lo de mi santo esposo, fallecido ya el pobre hace dos años, y el travesti que, por un quítame allá esas pajas,  intentó metérsela doblada, gato por liebre y carne por pescado, o la entrada triunfal a ésta su casa, de su amiga del alma, disfrazada de gemelas Coplovitz, dos en una…?

-Le dejo que me cuente lo que tenga más cerca de la punta de la lengua…-le respondí obsequioso, pensando en mis asuntos.

-La Srta. Rubio arrastra pintas de tardona… Tiempo sobrado habrá para las dos historias, a poco que me esmere en darle al pico y pala. Aprovecharé, de paso, para tersar tapicerías y asustar a los ácaros presentes…Otro gallo mañanero me cantara de estar él en el mundo, vivaz y coleando… Hablo de mi marido. Se llamaba Ginés y era de Murcia capital, que no de las afueras…Sólo nombrarlo y me parece estarlo viendo en vera efigie: pequeñito pero bien rematado; un bendito tú eres entre todas las mujeres: su madre, la primera; y luego, servidora, y pare de contar apareamientos: se hacía de él un auténtico pandero. Si en la vida alzó la voz alguna vez fue por decir “me muero, prométeme que no te vuelves a casar por lo civil” y espicharla de un infarto de su cardio…

“Para los negocios puede que fuese un lince de Doña Ana en extinción; para el cortejo femenil, un perrillo faldero con tirantes blancos… Tal que así, la presencia en nuestro establecimiento de alguien que se hacía llamar- en el mundo del arte, por lo menos- “Vanessa en Cueros, Variedades Exóticas” (yo la calé al momento; por el don, ¿sabe usted?), de gira 180º por la Galicia verde, ya en prono, ya en supino, boca arriba o abajo el periscopio, abierta a todo tipo de experiencias, puso a prueba lo que en mi pobre Ginés podía restar de macho alfa y omega.

“Hoy estoy convencida, a buey pasado, de que el pobriño, miña xoia, andaba entre fundido y confundido;  a buen seguro se le traspapelaron los cables, hasta llegar a pensar que el susodicho (o susodicha) se hallaba en posesión del título de ATS diplomado (especialista en vendaje, por más señas…), pues de no ser así, no me explico el interés que se tomó en bailarle las aguas porque le diese un masaje al sur de los riñones, subsanando sus males de ciática. Dicho en su honor y el mío, estaremos unánimes en que be y uve suenan parejo de hecho y por derecho, para la lengua de Marcial Lafuente Estefanía, su autor de cabecera, con fórmula secreta inamovible, a base de héroes con un par del calibre 45 colgando de cintura + heroínas de salón con los senos tugentes y labios sensuales entreabiertos. Así pues, requetefácil, de no fijarse mucho, llegar a equiparar  intensivas sesiones de bondage y vendaje… Pero calla, que viene la Srta, Rubio… Ya habrá ocasión de escuchar el desenlace de este enredo… De tener suerte, en el capítulo siguiente…

Importuna como ella sola y la que más, Esperanza Rubio se plantaba ante mí y procedía a mirarme a lo Patricia Highmith, aquélla que escribía sobre los hombres como una araña escribiría sobre las moscas…

-Estaba hasta las pelotas de esperarte… Salí a dar una vuelta, ¿pasa algo…? ¿Acaso tengo restringido el habeas corpus…?

Madame Lolichi y este narrador, como puestos de acuerdo, intercambiaron miradas sigilosas de cómplice consenso…

-¿No te lo decía yo…? –me pareció leer en sus amoratados labios de pasa de Corinto rechumida.

-¡Hay que j…!- respondieron los míos, presuntamente.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 7

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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 6

EL VILLANO EN SU RINCÓN: SEGUNDO ASALTO

Bueno, pues eso: tiempos de bachillerato… Lope de Vega y “El Villano en su Rincón”… Juan Labrador y el Rey de Francia… “¡Que la púrpura real / no cause veneración /a un villano en su rincón / que viste pardo sayal…!”  ¿Y quién visita a quién, en el momento de la verdad…? El segundo al primero, como no está mandado… Fermín Monzón no iba a ser menos, god is my witness (for the prosecution) de que no voy a apearme de la burra ni pasarme de la raya Me hacía gracia imaginarme a don Juan Carlos apareciendo por el piso familiar, haciéndose el ofendido ante la autora de mis días.

 -De paso por tu ciudad, /me he detenido un momento / a inaugurar monumento… / Y Fermín no acude a verme… / ¿Me merezco tal maldad…? / Y no es leve el tal delito, /que es de lesa majestad…

A lo cual, mi santa madre, la Señora Genoveva, hubiese respondido a lo María de Padilla, ante el cadalso comunero:

-Los vientos de los Monzones, / son vientos republicanos. / Pardiez, que sobran razones / para eludir besamanos; /sobre todo, de borbones…

Mi decisión estaba tomada y bien tomada. “No, no me moverán de mi rincón”, se jaleaba el villano, mejorando lo presente,  acompañado a la guitarra por Pete Seeger, lo cual me convertía, yo me lo guiso, yo me lo como, en ruda competencia con The Joker de “El Caballero Oscuro”, en  mi propio villano favorito…

Sólo dos personas en este mundo mundial conocían la naturaleza de mis planes de fuga: la Madre Genoveva y la hermanita de la caridad bien entendida Evangelina; y quien afirme lo contrario miente cual fementido traidor.

No es de extrañar entonces mi propia extrañeza cuando, cerca de medianoche –la mamma ya dormida-, recibo una llamada telefónica. Una voz de doblaje latino, almibarada y turbia, procede a obsequiarme con el siguiente aviso a navegantes:

-Al habla Lucas Santini. Buenas noches, mi querido muchacho. Perdona la deshora intempestiva. Antes de efectuar este contacto, hemos tenido que efectuar las comprobaciones pertinentes, no fuera ser  diésemos pábulo a un rumor sin fundamento alguno o a malvadas calumnias envidiosas, pretendiendo malmeter entre  nosotros.

“Una vez efectuados dichos trámites, estamos en condiciones de dirigirnos a ti con pleno conocimiento de causa. Tu decisión de desertar a última hora nos ha sumido en un mar de perplejidades e interrogantes varios, por ahora sin respuesta. Antes de hacer conocedor a quien tú sabes de una decisión al parecer irrevocable, a la que, por otro lado, te asiste todo tipo de derecho, deseo formularte unas pocas preguntas sobre el tema. Una vez contestadas, no estoy en condiciones de prometerte una nueva posibilidad de que te unas a nosotros; tampoco la descarto, por supuesto. Piensa bien pues, mi querido muchacho, lo que vas a arriesgar con tus respuestas aleatorias…

“Pregunta nº 1.- ¿Has sido influido por alguna persona o entidad a la hora de echar por tierra la oportunidad a ti ofrecida…?

“Pregunta nº 2.- ¿Estás seguro de haber obrado según criterio propio  y no inducido por terceros en discordia?

“Pregunta nº 3.- ¿Te has parado, en algún momento, a pensar seriamente en los graves perjuicios que nos causa la abrupta ruptura de nuestro previo acuerdo?

“De obtener una secuencia No-Sí-No como resultado, permanece unos segundos a la escucha porque estás a punto de recibir la buena nueva de tu reincorporación definitiva al proyecto; en cualquier otro caso, debes interrumpir la comunicación y olvidarte de nosotros, bien entendido que la Organización tomará nota de tu desafección y obrará en consecuencia. Que no suene a amenaza – no lo es-; pero quedas avisado: ya no nos hacemos cargo de tu suerte; de cuanto suceda a partir de ese momento, serás el único responsable. Cambio…”

Colgué el teléfono sin dubitación alguna. El veneno azul de la sospecha se había estado apoderando de mi mente. Sentí un  odio irracional y fiero, a modo de presencia fantasmal, instalado, ya para siempre, jamás, amén, en mi corazón y en mi cabeza. Si sólo ella sabía (mi madre, no; la “otra”) la verdad de aquel cuento de espejos cóncavos y espejismos convexos, suponiendo que dos más dos continúen siendo cuatro la mayor parte de las veces, entonces… Entonces Evangelina se las vería conmigo on the wild side of the road y  cágate, lorito o guacamayo, porque te vas a quedar sin chocolate expreso…

Creo haberme expresado con suficiente claridad; de cualquier modo, bastará con esperar unas cuantas páginas más para enterarse de lo que soy capaz si me traicionan alevosamente con nocturnidad y alevosía. Una vez asumido el rol de villano arrinconado, maldad y bondad son uña y carne. Hela, hela, por do viene la venganza vestida de azul, guadaña en ristre, con la lengua de fuera y escupiendo, urbi et orbe, beleño corrompido y zumo de mandrágora podrida. Justos y pecadores serán tratados con igual ensañamiento. Kapput y cuenta nueva. Jekyll vs. Hyde en santísima dualidad; y que empiecen los juegos de la Mamá Oca… Fermín Monzón tira porque le toca…

***

Para empezar, la llamé al día siguiente, concertando una cita aquella misma tarde, incluyendo  rapapolvo y refrigerio.

-No te adelanto nada, ma très chère amie. Tú sabrás lo que has hecho… – silabeé, con ululantes tonos de  rabia contenida en un sombrero de prestidigitador aficionado, del que siempre puede esperarse cualquier cosa.

-Miedo me das… – respondió ella, tan campante.

-No te faltan razones, ponle el cuño y la cuña…- respondí, en registro “vizconde de opereta”.

Ladina cuarto y mitad (el resto, hasta completar hijoputez suficiente, se sustentaba en malicia resabiada), Evangelina compareció en el lugar acordado improvisando esos aires de inocencia de los que, con hartísima frecuencia, suelen echar mano los culpables.

-Visto lo carísimo que te vendes en los últimos tiempos, supongo que vas a inundarme en novedades…- cacareó, parlanchina, dispuesta a hacerse de nuevas, “no me digas” al canto, mientras le funcionase el ancho de la manga. Iba servida. Ataqué su flanco izquierdo con astuta pericia.

-Entre tú y yo no debe haber secretos ni dobleces, compañera. Lo tuyo con Santini, ni medio bien estuvo: has de reconocerlo, a poca vergüenza que conserves… Hasta pensó que se trataba de una broma telefónica… ¿Quién eras tú para hablar en mi nombre…?

Se cerró como se cierran las anémonas, allá en los arrecifes coralinos, por la cuenta que les trae, ante la súbita aparición, rastrillo en mano, de un recolector de ostras perleras con rasgos orientales. Se me quedó mirando de hito en hita.

-Manejas información privilegiada pero errónea. Ningún Santini figura, de momento, en mi agenda de contactos. Sí te lo he oído nombrar, y de pasada;  a nivel personal, no tengo el gusto ni el disgusto… Vaya, has vuelto a ponerte perdida la camisa… Lástima de una servilleta alrededor del cuello… Siempre que salimos tú y yo de merienda urbana a base de cacao, vuelves a casa convertido en leopardo moteado… ¿Qué va a pensar tu madre…? A mayores,  se preguntará por qué no te encapuchas un babero…

-A mamá, ni la nombres… Ni intentes desviar mis argumentos incriminatorios con vulgares chácharas domésticas a las que sois tan aficionadas las mujeres… Santini y tú, ¿más que palabras o menos que palabras…?

-Nos están observando…No levantes la voz o la que se  levanta soy yo y me marcho a mi casa…

La cordera pascuala Evangelina muy raras veces se ponía a la defensiva conmigo; aquí y  ahora, se la veía azorada y falta de recursos a la hora de hacer frente a mi emboscada saducea; me amenazaba -¡a mí…!- con salir de estampida, pretendiendo poner tierra por medio. Llevaba la palabra “culpable” escrita con tinta pálida en el temblor imperceptible- pero no para mí- de sus labios gordezuelos. Otra vuelta de tuerca de las mías y la dejaba para arrastre y vuelta al ruedo.

-No te veo en el papel de Mata-Hari… -lo dije despacito, recreándome en la suerte de banderillas negras, tras lo cual me dispuse a rematar faena mediante fulminante bajonazo, no importa cuánto fuese a asomar la punta del estoque-Te crees muy lista; mas a mí no me engañas: te tengo muy calada, Evangelina. Te hemos sometido a grabación masiva (en plural, acojona). Considérate apeada del proyecto, de mi amistad y de mi vida sexual “mírame y no me toques”…Cruz y raya, pisa medalla… No volverán las oscuras golondrinas de mi balcón sus nidos a colgar… Agua más clara: olvídate de mí y pégate un clareo…

Abrió mucho los ojos, platos hondos y llenos de chispitas de alegría recobrada.

-¡Pero, qué tonta…! ¡Estabas actuando para mí: sobreactuando…! Siempre lo haces, cuando me notas triste o preocupada… “Fermín Monzón como el siniestro Dr. Strangelove”… Pasen y vean señoras y señores…Eso, al principio; luego te convertiste en  Rasputón, el Comisario Loco de la Rusa Soviética, con unas gotas del Dr. Mabuse detrás de las orejas…

Se reía de mí, habiéndome tomado por la tía Felisa… Acaba de firmar, a su “peor me lo pones”, un decreto inapelable, por la parte que me toca las narices.

***

De regreso al hogar, me pareció bueno y conveniente someter a mi segunda sospechosa pero menos, por si acaso, a la prueba de las nueve ranas principescas.

Le llamé “madrrre”, arrastrando las erres, ya de entrada, a lo Norman Bates, que la asustó no veas.

-Madrrrre ¿qué me estás ocultando…?

-¿Cómo te has enterado…?

-Yo me entero de todo…Tú, al parecer, también… Te las has arreglado para llegar hasta Santini…  Metiendo la nariz en mis papeles, supongo…

-Fermincito, no me faltes al respeto…

Entre pucheros en sentido estricto – no de los otros: preparaba la cena, sopas de ajo a base de avecrema y tortilla  afrancesada-, mi santa madre organizó su pertrechado ejército, en señal de preaviso. No descarté, puesto que la conozco como si la hubiese ido pariendo en todos estos años de ruda convivencia, el acabar recibiendo un sartenazo antiadherente si le apretaba demasiado los poquísimos tornillos que, a semejantes alturas de película, permanecían nadando, vuelta y vuelta, en su hidráulica cabeza.

-El Sr. Santini acabó confesando… Te hizo proposiciones deshonestas… ¿O acaso llevabas tú la iniciativa…?

-Ahora mismo te metes en la cama y te pongo el termómetro, Fermincito, hijo mío… ¡Es la vida que llevas…! ¡Si viviera tu padre…! Una novia formal es lo que te hace falta… Cuando una madre oye la cama de su hijo crujiendo por las noches y comprueba, a la mañana siguiente, obviando los almidonados lamparones sabaneros, unas ojeras violáceas viernes santo, debería saber a qué atenerse: eso quiere decir que a la pobre criatura – tú, para el caso- no le dan ni le toman todo lo que se merece… ¿A qué esperan algunas a cumplir sus deberes?, me pregunto… Y me estoy refiriendo a Evangelina, claro está  (menuda pájara anda hecha…), que te devuelve mustio, cada vez que la sacas de paseo… Porque un hombre es un hombre y necesita un cesto donde poner sus huevos, tú me entiendes… ¿Quieres que le hable yo y se lo expliquemos…? Ay, tantos virus asesinos sueltos a sus anchas Castillas por el aire vicioso, ¿de dónde habrán salido, de repente…? ¿Sientes náuseas, te duele la barriga o la cabeza, has hecho de vientre esta mañana…? Déjame verte el pulso, por lo menos…

Es percal conocido la manía de mi madre de mandarme a la cama cada dos por tres, solo o acompañado, y ponerme en termómetro (en la ingle; por enterarse, digo yo, de mis temperaturas de cintura para abajo, según ella de continuo incandescentes).

Tuve suerte esta vez: 36,7 en la escala de Richter. Salí airoso de tan incómodo percance, con una manzanilla calentita y un rosario de consejos maternales.

Santini no volvió a mencionarse aquella tarde-noche. Falsa alarma; seguro trataba de ocultarme algún nuevo romance de grana y oro con las máquinas tragaperras de la cafetería donde se reunían, en sesión de tarde, ella y sus amigas, todas ellas ludópatas perdidas, para merendarse de actualidad local y, ya de paso, probar  suerte, insertando calderilla en la insaciable rajita del monolito vegano multifrutas, cuerno de la abundancia, promesa segura de lluvia plateada, siempre que inviertas la siguiente moneda.

Con lo contenta que había mostrado ante la posibilidad de compartir mesa, a un plato y a un cuchillo, con Víctor Monteagudo, resultaba improbable cualquier tipo  maniobra conspirativa por su parte…  Ego te absolvo pecatiis tuis…Mater mea mala burra est…

En paz conmigo mismo y con el mundo, el demonio y la carne, me dispuse a una apoteosis narcoléptica, ambigua malgré lui, en los avariciosos brazos de Morfeo. Una dulce modorra me invadía, pleamar de sensaciones placenteras- ahora me duermo, ahora no me duermo-: flotaba entre delfines principales cruzando el horizonte a la que salta, sobre una enorme cama oval meciéndose en rítmico vaivén, al compás de una brisa fatigada,  mientras se escucha el canto lejano de un sincopado coro de sirenas con púdico sostén sobre partes pudendas, que, procedente de mis trompas de Falopio, se dirige, intermitente, a las de Eustaquio, en procura de un  requiescat, si no eterno, al menos largo tiempo merecido.

En tales tesituras me encontraba cuando un dios menor, mitad tritón, mitad fauno de los bosques con ganas de liarla, vino a situarse tras mi lóbulo orejudo izquierdo, por donde apenas oigo, merced a su museo Madame Tussauds incorporado.

-¿Y si…? ¿Y si…? – susurraba, insistente mi nuevo Pepe Grillo.

En medio del sopor, intenté, en vano, aclararme las ideas.

-¿AC/DC? ¿Felipe González? ¿Que debería tomármelo con calma…?- ametrallé, entre bostezos, eructos flatulentos y ventosidades de baja intensidad (a nivel aromático y a nivel decibelios), difícilmente detectables allende unos gayumbos hijos de muda vieja.

A mi interlocutor lobular se le dio por los latines:

In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti…

-Amén a eso… – contesté, pío, pío, segundos antes de ponerme, definitivamente, de los nervios.

Víctor Monteagudo venía siendo mi padre, qué te apuestas… La Verdad de todas las verdades  acababa de serme revelada.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 6

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