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Archive for the ‘El cine de los Lunes’ Category

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Para escribir lo que sigue, estoy haciendo sonar la BSO de “Searching for Sugarman” (Malik Benjelloul, 2012), de la que la peli Coen vendría siendo lado oscuro. ¡Pobre Llewyn…! Por hacernos una idea, veamos cómo describe al personaje, antihéroe de los pies a la cabeza, Jean, novia de un amigo suyo, a la que ha dejado embaraza por un quítame allá esas pajas: “Tú eres el hermano tonto del Rey Midas: todo lo que tocas lo conviertes en mierda…” Velahí a Llewyn, el Gallina, con vocación de Cisne, persiguiendo, a principio de los 60, su particular “libélula vaga de una vaga ilusión”, que escribiera un R. B. en horas cursis (también las tuvo el hombre: no todo iban a ser marchas triunfales): hacerse un sitio como cantante folk, género musical destinado a no envejecer jamás porque nunca ha sido joven (y no lo digo yo, sino un guion con ganas de pelea); no contento con eso, nuestro a ratos esforzado protagonista corre en busca y captura- como Alicia  y su conejo de la suerte- de un gato/gata (o varios; si lo juntan, en apañado calambur, no seré yo quien les ponga una demanda) a través del wonderland del “sueño americano”, durmiendo, aquí y allá,  en sofás prestados, y marchándose luego a la francesa, sin secar el suelo del cuarto de la ducha ni tirar de la cadena.

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No había disfrutado tanto con los Coen desde “El hombre que nunca estuvo allí”, del 2001, entendiendo el disfrute como insólita manera de “sufrir deleitándose”… Lo dicho, Camarada Tovarich…¡qué deleite…! (O aplicando, de nuevo, el calambur: ¡Qué de- mala- leite…!) De valor añadido, ¡cuántos recuerdos, mira, de otro que también quiso ser artista y, aunque no anduvo por el Village, pulular por la Vista Alegre del Carabanchel Bajo con obras de teatro oliendo a sobaquillo no se lo quita nadie, cronopio destinado a no alcanzar fama y fortuna que no fuese el haberlo padecido y así poder sentir tanta empatía hacia Llewyn, cuyo único sueño destinado a convertirse en realidad fue…Mejor, pasen y vean: no quiero desvelar el desenlace, tan amargo como pueda serlo una garrapiñada de corazón partido.

De postre de la casa, un bestiario de personajes-miniatura, básicamente perdedores, dibujados con plumilla maestra, presididos por ese actor que siempre será bueno (chistecito para estudiantes de inglés), John Goodman, aquí aquejado de cojera, oficiando de “caganer” en un belén de proceso imparable, según la ley de Murphy.

 La interpretación de Oscar Isaac, nacido en Guatemala de madre autóctona y de padre cubano, músico devenido en actor, nos va a jugar una buena pasada: su recurrente expresión de perro apaleado, moviendo un rabo de fertilidad acreditada en busca de consuelo, hacen de Llewyn, oveja más o menos descarriada, uno de los personajes más necesitados de cariño de la Hª del Cine, a pesar de las abundantes pistas que lo sitúan como un perfecto cabronazo irresponsable (“ambigüedad moral”, se llama la figura). Debo confesar y confieso que, tras haber visto “Inside Llewin D.”, he sufrido una aguda crisis personal de conciencia: ¡a ver si va a resultar, a estas alturas, que uno, con su dale que te pego, no ha hecho sino causar dolor a los que le rodean, en base a sus sueños de glorieta con faroles, por negarse a pisar, no vaya a ser…, el duro suelo…!

Echadas cuentas, en la cosecha Coen, van a quedarse como imprescindibles los títulos siguientes: “Sangre Fácil”(1984), su debut, con el malentendido de “macguffin”, rastreable en paquetes posteriores; el ya mencionado “El hombre que nunca estuvo allí” y ésta de ahora y su férrea matemática, donde todo fluye armónico y exacto.

Item más, voy a ver si localizo su banda sonora, tan rica en temas de poner un nudo en la garganta, sobre todo ese “Hang me, oh hang me…” (“colgadme, por favor”), que abre y cierra la peli, donde se especula sobre las ventajas de estar muerto y enterrado, sin tener que aguantar tanta alimaña suelta (y tanto gata-gato…).

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LA VUELTA AL MUNDO EN 80 CLÁSICOS”

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LA SANTA HERMANDAD

Con los Hermanos Lumiére como condición “sine qua non” (ellos inventaron el proyector de cine, a finales del XIX), traemos aquí a parejas de hermanos que trabajaron en amor y compañía. Siempre tan mío, elijo una peli por pareja: mi favorita.

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– PADRE PADRONE (1977) de los Taviani (Vittorio & Paolo).- Va también de “la lucha por la vida”: la de Gavino Ledda, niño-pastor analfabeto en la Italia profunda, cuyo padre le obligó a abandonar la escuela a los seis años para marchar al monte a cuidar el ganado. Llegó a licenciarse en la universidad de Roma y a escribir una autobiografía: “Padre padrone, la educación de un pastor”, base de esta gran película.

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– ATERRIZA COMO PUEDAS (1980), de los Zucker (David & Jerry) + Jim Abrahams.- “No es nada, mamá: sólo es un juego…”; como lo sería más tarde la serie “Agárralo como puedas”, con Leslie Nielsen siguiéndole la pista al inspector Clouseau. Su picardía jamás logra menoscabar unas grandes dosis de inocencia, contando siempre con la complicidad de los espectadores, que han acudido a partirse unas nalgas previamente divididas en dos masas peligrosamente parecidas al cerebro humano…

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– SANGRE FÁCIL (1984), de los Coen (Ethan & Joel).- Cine negro pasado por el colador de la geometría surrealista, su visión repetida siempre te confirma lo mismo: los Coen venían para quedarse (con el espectador y en la industria del Cine). Ni el mismo Albert Camus se había atrevido a tanto: el “si A, entonces B”, convertido en “si A, entonces, la entropía…”, hasta que cada pieza del nonsense vuelva a ocupar su sitio.

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– LAZOS ARDIENTES (1996) de los Wachowski (Larry & Andy).- Thriller calentorro y lleno de delicias formalistas; un explosivo encuentro entre Violet, vecinita del tercero liada con un peligroso gangster, y Corky, ex-presidiaria y fontanera, a partir del cual se va a poner en erección una muy gorda (el “malentendú” Coen pasaba por allí), cuando ese par de chicas malas-malas pretenden quedarse con la gansa pastosa.

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– YO, YO MISMO E IRENE (2000) de los Farrelli (Bobby & Peter).- Me acuso, padrecito (y me flagelo): me ponen los Farrelli (y cuanto más desmadrados mejor); ésta de aquí, la prefiero con mucho a la archifamosa “Algo pasa con Mary”, por más que Jim Carrey no sea beato de mi santoral. Parafraseando a “Ana de las mil noches”, amiga de la bohemia madrileña, siempre tienen “ganas de portarse mal…”.

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Bueno, y los Marx, camarada Tovarich, que ni eran dos (la cantidad hace la calidad), ni dirigieron sus películas. Y ahora voy y la lío: elegir una peli marxista… ¿”Sopa de Ganso” o “Una noche en la Opera”? Me pido…¡”El Acorazado Potemkin”!…

 (Publicado en DIARIO DE FERROL)

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Me veríais salir conmocionado… El Profe Miguel trataba, en vano, de tranquilizarme, aludiendo a una más que probable intención sarcástica de (casi) todo lo que habíamos estado contemplando. Hallándose pendiente la segunda parte, abundó él, tan equilibrado como suele, resulta imprescindible la contemplación completa de la obra para poder emitir un juicio con los mínimos visos de fiabilidad. Por acabar de liarla, antes de los títulos de crédito, una voz en off se encarga de advertirnos: lo que vamos a ver es una especie de “montaje de la productora”, no autorizado por el director danés.

A la mañana de día siguiente, frente al teclado, todavía regurgitan en mi judeo-cristianismo apostatado algunas secuencias del putiferio Trier, articulado a partir de las memorias orales que una sufrida ninfómana (Charlotte Gainsbourg, aún más patética que en el “Anticristo”, cubierta todo el tiempo de hematomas) le va contando a un inequívoco judío, ejerciente de “refugium pecatorum”, utilizado por el guión para desfacer entuertos: una cosa es el antisemitismo y otra muy distinta el antisionismo. No debe preocuparse Von, Lars Von: hace tiempo que nos habíamos dado cuenta.

El comienzo de las “memorias” en cuestión (divididas en capítulos; cinco de esta tacada y aún quedan tres pendientes) no tiene desperdicio: “A los dos años, yo ya era consciente de mi “caunt”…” (sírvanos el inglés de suavizante). Y a partir de ahí, que comiencen los juegos… El cortejo amatorio y la pesca fluvial, el orgasmo y la música de Bach, la obra de Arte y las series numéricas (la Sucesión de Fibonacci, p. e.)… Pero como no hay Eros sin Thanatos, para el bloque mortuorio, ¿qué mejor que echar mano de “El Hundimiento de la Casa Usher” de Poe…? Filmado en blanco y negro (¿cómo si no?), el penúltimo capítulo, titulado “Delirium”, se encarga de recordamos con quién nos batimos el cobre: con el padre, a medias con Thomas Vinterberg (“La Caza”), del movimiento Dogma 95, autor de tan gloriosos títulos, dicho sea sin el menor rasgo de ironía, como “Bailando en la Oscuridad”, “Rompiendo las Olas” o “Dogville”, pero también responsable de excesos tipo “Anticristo”, cuya sola mención bombardea mi memoria palmira con pringosas bolitas de mierda pinchada en un palo.

Lo peor de “Nimphomaniac” vendría siendo el posicionamiento Von Trier frente al tema tratado. No es lo mismo- y pienso en “Bailando en la Oscuridad”- meterse, en plan alien, dentro de un musical americano para hacer puré sus tripas, que poner sobre la sábana la sexualidad humana no reproductiva y jugar “a los genios”.

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Me hizo gracia (todo lo maldita que se quiera), la frase que cierra el capítulo final, titulado “La Pequeña Escuela de Órgano” a mayor gloria de Juan Sebastián y/o (vete a saber: yo ya me lo creo todo…) de los genitales femeninos/masculinos. La protagonista, en primer plano, en plena copulación, le recuerda, con voz rota, a una audiencia vouyeurista, ya erecta, ora humedecida tras dos largas horas de rodaje y revolcón, que no debe llamarse a engaño: ahí donde la ven, no siente nada… “Francamente, hija mía- sentí ganas de preguntarle en alta voz -, ¿te has planteado el dedicar tu tiempo libre a actividades con menos ajetreo…?” Y que no se me escandalice nadie: el capítulo 3, “La Sra. H”, protagonizado por Uma Thurman, todavía se trae más cachondeo…Por no recordar ese “viva a Cartagena” según el cual, el Amor es el tercer agujero donde meter el “lingam” (no podía faltar aquí mención del Kamasutra…)

Visto lo visto- esas secuencias “todavía más fuertes” que se prometen para la siguiente entrega, empalmadas en los créditos finales-, uno tiene la sensación de haber perdido el tiempo… (Dejo para la 2ª parte de esta crónica el aclarar si me refiero a la peli Von Trier o a mi manifiestamente mejorable vida sexual como pene con patas…).

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LA VUELTA AL MUNDO EN 80 CLÁSICOS”

SATIRIASIS POR UN TUBO

Dejando a un lado el “landismo” patrio y las jaimitadas “made in Italy” para que Edwige Fenech pasase por la ducha los fines de semana, lo de hacerse con la picha un lío en sesión continua alcanzó, en el Cine, categoría de Arte. Pasen y vean…

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EL BELLO ANTONIO (1961), de Mauro Bolognini.- Viaje al envés de la moneda: en la manada, no servir de semental equivale a no valer un huevo: si acaso, para hazmerreír del vecindario y vergüenza de toda tu familia… Que se lo pregunten, si no, al Bello Antonio (Marcello Mastroianni), impotente frente a Claudia Cardinale…

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ALFIE (1966), de Lewis Gilbert.- Comienzo de fama y fortuna para Michael Caine, aquí “tocador de señoras” y amo del corral, con un montón de actrices poniendo huevos en su alborotado gallinero: Shelley Winters, Vivian Merchant, Shirley Anne Field…. Un remake 2004, con Jude Law, pasó completamente desapercibido.

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SUEÑOS DE SEDUCTOR (1972), de Herbert Ross.- La obra teatral de Woody Allen “Play it again, Sam”, interpretada por él mismo, de éxito asegurado: cualquier espectador se sentía más exitoso con las mujeres que su protagonista, empeñado en emular (y eso tenía su gracia) a Humphrey Bogart. En un coloquio, casi me corren a gorrazos por afirmar que Woody-Woody era el Landa de los intelectuales.

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LA ÚLTIMA MUJER (1976), de Marco Ferreri.- Depardieu vs. Mutti. Las relaciones de pareja y los roles diferenciados de sus miembros. La solución del conflicto deviene cien por cien traumática. Velahí el ocaso de los dioses- me refiero a Ferreri-, meando fuera del tiesto: “Pues voy y me la corto…”.  “Adiós al macho” es del 78.

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CASANOVA (1977), de Federico Fellini.- Venganza siciliana de un romano del Trastevere, envidioso del hombre de Venecia. Uno de los finales más crueles que recuerdo: Giacomo bailándole las aguas a un engendro mecánico con faldas. Se habló mucho de la mujer de los tres senos. En paralelo, Luigi Comencini le dedicó una peli al personaje. La Crítica seria se la alabó un montón, seguro que por chinchar a Federico.

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ÁBRETE DE OREJAS (1987), de Stephen Frears.- Joe Orton, el famoso dramaturgo, sale de caza por los urinarios londinenses, buscando una esquina, más peligrosa todavía, donde sentirse vivo y coleando. Lo asesinará su amante a martillazos.

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SHAME (2012), de Steve McQueen.- “Me follaré todo aquello que se mueva”, decía Dennis Hopper en “Terciopelo Azul” de David Lynch. Dicho y hecho…Hasta a su propia hermana o un gay en una sex-shop de mucha/poca monta, en procura de alivio a una pasión autodestructiva que conduce a un desastre envasado al vacío.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

D. H. ("Blue Velvet").- ¡Lo dicho...!

D. H. (“Blue Velvet”).- ¡Lo dicho…!

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Desoyendo los sabios consejos del Profe Miguel, cinephilus maximus, no pude resistir (¡una vez más…!) la tentación que vive arriba de la prudencia (casi me atrevería a escribir, de la legalidad), y me bajé, sin esperar a su inminente estreno entre nosotros, lo último de un Steve MacQueen que ya no es el que era (sí, el director británico de “Shame” y “Hunger”; no, el actor yanki de “La Huida” Peckinpah).  Siempre corres el riesgo de acabar con un porno en la memoria (la del ordenador, se sobreentiende) o una copia cuya banda sonora ha sido pirateada en plena proyección y se escucha en condiciones deplorables (toses, risas, deglución compulsiva de palomas…).

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Lo que Aníbal me trajo en su elefante clandestino fue una versión lo suficientemente pasable a nivel de imagen- cuando logras olvidarte de que los laterales han desaparecido del encuadre, incalificable atentado artístico que, antaño, les ocurría a las pelis en cinemascope cuando se proyectaban sin su formato original en salas comerciales-, como para que, a los diez minutos de empezada, no decida tu decencia el mandarla al reciclaje. Sírvame de disculpa que la actual cartelera resulta, la mires por donde la mires, menos apetecible que un musical basado, pongamos por caso, en “Los Orígenes de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, de Federico Engels y su siamés sin operar, hermano Marx nº 5, haciéndole de negro.

Conste que ya he sacado la culpa a mear, como en numerosas ocasiones anteriores; pero, aun así, me atrevo a recomendar, desde aquí, las muchas y adivinables excelencias de “Doce Años de Esclavitud”, nada que ver con la pena-penita-pena de “La Cabaña del Tío Tom”  y similares. Basada en hechos reales (el guion toma como punto de partida la autobiografía de Solomon Northup, negro libre residente en el Norte, músico de profesión, objeto de secuestro y vendido como esclavo), enseguida advertimos en “Doce Años…” su clara militancia en el bando de los racionalistas, proclives a preguntas más o menos incómodas: la falta de respuesta de la mayoritaria población esclava frente a una minoría de explotadores (en parecidos términos se ha planteado la cuestión de los judíos y el holocausto), basada en un más que discutible vademécum de supervivencia: si quieres sobrevivir, procura que te sepan sumiso y dispuesto a reírle la gracia al amo blanco (su inesperada actualidad y el valor metafórico de “Twelve Years a Slave” se dan por descontados). Las secuencias se suceden en un frío tono “matter of fact”, esquivando todo tipo de efectismos, tan frecuentes en este tipo de propuestas. Eso es lo que hubo en el pasado USA, con la aquiescencia de las iglesias cristianas Biblia en mano, hasta que Capitalismo descubrió que resulta más rentable un obrero que un esclavo, al que tienes que andar alimentando de por vida.

En el reparto, tan masculino él, un montón de gentes competentes: Michael Fassbender (andaba en “Shame”, echándole unos redaños más bien descomunales; y en “Hunger”, opera prima McQueen, sobre una huelga de ídem, promovida en 1981 por el IRA), Brad Pitt, Paul Dano (el hermano de “Little Miss Sunshine”)…; pero, sobre todo, Chiwetel Ejiofor, todo mirada, protagonista absoluto del evento.

Uno, tan propenso a meterse en camisas de once varas, se pregunta qué hubiese sido de tan potente material en el nada improbable caso de haber caído en las garras de Quentin Tarantino… Y no me llega la camisa al cuerpo, camarada Tovarich…

Aguardo pues, paciente (de “pacer sobre mantel”, referido a delicias navideñas), el estreno real de “12 Años de Esclavitud”, que ya se ha hecho acreedora de trepecientos premios. En sala de cine, a oscuras y en silencio, es la única manera de poder disfrutarla- veo a Kunta Kinte  asentir con la cabeza-  y no perderse un ápice de su horrible belleza. Ah, que conste en acta: McQueen es un inglés de raza negra…

McQueen & Fassbender

McQueen & Fassbender

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 CLÁSICOS”

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“MANDINGO” (1975), DE RICHARD FLEISCHER

Héteme aquí otro director USA 1ª B (hace poco, hablábamos de Aldrich) en el que tengo puestas todas mis complacencias. “Los Vikingos”, “El Estrangulador de Boston”, “El Estrangulador de Rillington Place” o “Impulso Criminal”, lo acreditan como un autor que, sólo de tarde en tarde, habría podido filmar obras magistrales de ese cine comercial que recorre el mundo, de sala en sala, sin jamás recalar en festivales.

Como será de impactante este “Mandingo” que Tarantino la considera una “exploitation movie” y, en plan Pisuerga vallisoletano, utiliza el tema de los combates de esclavos en “Django Desencadenado”; el crítico David Kehr se refirió  a ella como el último gran título criminal de Fleischer, donde el asesino en serie es el Sistema.

 Esclavitud y sexualidad interracial vertebran una historia que, en su día, levantó no pocas cejas. Lo que ocurría puertas adentro de las porticadas mansiones sureñas, entre los fornidos esclavos negros y las puritanas damas y damiselas  con poder absoluto sobre ellos, constituye una variante muchísimo menos cómoda de asimilar  que el  esquema machista “el amo blanco se anda tirando, qué cabrón, esclavas negras”.

Lo mejor de esta función lo constituye, sin duda, la presencia de James Mason como Maxwell Warren, que entrena esclavos para ser exhibidos en espectáculos de lucha. En su selecta galería de villanos, éste de ahora se las arregla para explicarnos, a base de Stanislavski (y unos diálogos con mucha mala baba), la diferencia entre los que han nacido para mandar y ser obedecidos (los señores) y aquellos otros (chusma blanca, negra, amarilla o pielroja) que están a su servicio por prescripción divina y pagarán muy caro cualquier intento de dejar a los miembros de la clase dominante sin su sacrificado puesto de trabajo en la O.G.M. (Oficina de Gobernar el Mundo), organismo que tanto ha contribuido al progreso de la Humanidad a lo largo de la Historia.

“Mandingo”, de la que existe un “montaje del director” de 225 minutos (122 duraba la copia oficial de la productora), funcionó muy bien en la taquilla a nivel internacional (es de suponer que con base a su extrema crudeza) y hasta llegó a conocer una secuela más penosa que gloriosa: “Drum” (Steve Carver, 1976), donde Ken Norton, en la vida real campeón mundial de los pesos pesados, repite el papel de esclavo cachas; en “Mandingo”, interpreta el papel de Ganimedes, cocido vivo por haber sucumbido a los muy sureños encantos de la muy casquivana Mrs. Maxwell, esposa del hijo cojo y rijoso de Amo Warren (Susan George, “perra de paja” Peckinpah), empeñada en disfrutar, negro sobre blanca, de sus espectaculares gracias y favores.

(Publicado en DIARIO DE FERROL)

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