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Archive for the ‘The Way We Was’ Category

 

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PILITA Y VICENTE

Tíos por partida doble (dos hermanas casadas con dos hermanos), Pilita y Vicente juegan un muy importante papel en mi infancia. Vicentito, su único hijo, nacería en 1958, cuando yo contaba trece años. Pienso que, como antes había sucedido con mi hermano, me consideraron, de algún modo, su hijo. En su hogar, del que formaban parte mis abuelos maternos, el Abuelo Manolo y la Abuela Pilar, y, de tercera en el reparto (como pronto se comprobará), la Tía Abuela Concha (hermana de esta última), situado en las dependencias del Casino Ferrolano (mi abuelo era el concesionario de servicios de ambigú), José y sus insaciables esponjas de afecto encontraron…”alegría de vivir”, y no se me ocurre mejor manera de expresarlo. Desde luego, yo era completamente ajeno a todas las tensiones existentes, que fueron aflorando poco a poco, sin que, por entonces, alcanzase a comprenderlas…

En nuestra familia, le comentaba a una de mis infantas no hace tanto, las “guerras púnicas” se declaraban por amor, no por dinero… Si las evoco aquí es por el posible valor testimonial de su folletinesca peripecia, en el marco de una no menos belicosa posguerra española, que nunca terminaba de acabarse.

Pero volvamos a los Campos Cataláunicos…Pilita y Vicente se casaron el 3 de octubre de 1945 (mi año de nacimiento). Mis padres optaron por no acudir a la ceremonia de esponsales.

[Todo lo que resta de información sobre el tema lo re-conozco a través de Pilita; ni el Tío Vicente ni el Papá o la Mamá me hicieron llegar jamás versión alguna, diferente o parecida, con la que poder contrastar material reservado, procedente de los llamados “secretos de familia”.]

Pues vendría a resultar que el estatus de Vicente, mecánico de profesión, empleado en la E. N. Bazán, no parecía suficiente – a los ojos de su propia familia- para la más pequeña de las Srtas. de Rodríguez, cuyo padre, otrora cochero de una familia de la Graña, se ocupaba del ambigú de la intendencia en el Casino Ferrolano, puesto que lo haría merecedor, a mediados de los 60, de la Medalla Sindical del Trabajo por servicios prestados a la clase media alta ferrolana… El increíble argumento se asentaba, ya puestos a buscar tres pies al tigre de Bengala, en la diferencia de edad entre los contrayentes -ella, mayor que él-, escollo solucionado con una chapuza en el libro de familia donde se igualan edades de un plumazo: ambos pasan a tener veinticinco años, a pesar de que, si hacemos caso a las fechas que figuran en sus DNI respectivos, ella había nacido en 1914 y él en 1920: se llevaban seis años, que tampoco era tanto.

Las Hnas. Rodríguez, en sus años dorados

Las Hnas. Rodríguez, en sus años dorados

Todo hace suponer, pienso ahora, un estado preexistente de rivalidades fraternales a nivel femenino. Tuve ocasión de ser testigo, mudo y convulso, de una fortísima discusión entre las dos hermanas, siendo yo muy niño, en presencia de mi abuelo, esfinge sordomuda entre dos fuegos. Mi madre había abandonado, llorando, el campo de batalla, arrastrándome a mí, cogido de su mano.

Por echar más leña al fuego, a raíz de una advertencia a mi padre por parte de Vicente sobre ciertos comportamientos públicos de mi hermano Paco, adolescente por entonces, provocó que éste, al enterarse, rompiera, definitivamente, sus hasta entonces muy estrechas relaciones con Pilita y Vicente, los cuales no fueron invitados a su boda (tampoco asistieron mis abuelos maternos, supongo que por motivos solidarios). Cometí la imprudencia de visitar a mis tíos ese día precisamente y pude hacerme cargo de su estado general de amargura…En mi familia- puedo constatarlo, por desgracia-, cuando se rompe, se rompe para siempre…

El otro frente abierto – las relaciones de mi madre con su suegra-, se saldan, a mis ojos y oídos, con una monumental bronca a partir de un besugo al horno preparado por la Mamá. En el momento de servirlo a la mesa, se presenta la Abuela Paca con un plato de asadura encebollada del día anterior y procede a ofrecérselo a mi padre. Mary y yo vamos a asistir, inermes y asustados, a la escena. La fuente del besugo terminó estrellada contra el suelo, arrojada por mi madre, mientras los niños, inmóviles, rompemos a llorar, inconsolables…

Si rescato del pasado estas escaramuzas domésticas donde el drama no va a abandonar nunca sus galas de sainete costumbrista (esto, visto a larga distancia, desde luego…), es por el efecto que tales estridencias pueden ocasionar en la frágil sensibilidad de los menores asistentes al festejo, a los que nadie se acuerda, al día siguiente o en un plazo razonable, de comunicar el armisticio: borrón y cuenta nueva polvoriento, y aquí paz y después gloria…

Aprovecho para preguntarme cuántas escenas parecidas habrán compartido mis propias hijas en el transcurso de su infancia. Desolado, descubro que unas cuantas…Porque los padres, los malos padres, o los padres mediocres (y estos son los peores) se recatan de sus muestras de afecto mutuo ante los hijos (no recuerdo que los míos se besaran estando yo delante); pero, en cambio, no ahorran las escenas de carácter más o menos violento…

Pues bien, aun así y todo, yo siempre me sentí feliz y a gusto en casa de mis tíos, donde era invitado a comer la mayoría de los fines de semana, con manjares en el menú nada habituales en mi dieta (marisco, por ejemplo). En los veranos, me llevaban a los toros a Coruña; el Tío Vicente, al cine, con frecuencia…Tres películas, tres, de esta cosecha: “El Gran Caruso”, con Mario Lanza; “El Gran Houdini”, con Tony Curtis y Janet Leigh, y “La Princesa y el Pirata”, con Bob Hope….Esta última, la pasarían por TVE la noche del 23 F…

Con mi tío Vicente, en la "Playa de los Curas"

Con mi tío Vicente, en la “Playa de los Curas”

Al Abuelo Manolo no hubo manera de convencerlo de que me acompañara al cine, la única vez, que yo recuerde, que salimos juntos de paseo. Al parecer, apenas conocía el cine sonoro. Cuando se estrenó en el Avenida “El Vagabundo de las Islas” (1954), con Robert Newton, protagonista de “La Isla del Tesoro” o “El Pirata Barbanegra”, (basada un relato de Somerset Maugham, según descubrí muchos años después), estuve a punto de convencerlo; pero, al final, optó por comprarme caramelos.

El retrato de un mi abuelo que ganara una batalla...

El retrato de un mi abuelo que ganara una batalla…

El Abuelo Manolo me daba un duro de plata los domingos, cada vez que iba a visitarlo…Espero, dondequiera que se halle, no le importe lo que paso a contar, metidos en la harina mal gramada de las historias familiares truculentas… Todo siempre muy “all´italiana”, nada que ver con “La Cinta Blanca” de Haneke: la sangre llega al río convertida en salsa de tomate boloñesa…

a Abuela Pilar

La Abuela Pilar

Casado en primeras nupcias con la Abuela María, Villar de apellido, al quedarse viudo, tras el nacimiento de Pilita y un hermano gemelo que no llegó a lograrse, procedió a casarse con la hermana soltera de la difunta, la Abuela Pilar, calculo porque se ocupara de los niños, solución de andar por casa, bastante corriente, es de temer, en los Maricastaña. Nunca recuerdo a aquella mujer tan dulce y sonriente caminando: siempre arrellenada en un sillón, agitando los brazos en señal de bienvenida, con las piernas trenzadas. Ella fue la madre el último de mis tíos maternos, el Tío Antonio, cuya noticia nos dará uno de los capítulos siguientes.

A la derecha, mi abuela María, con su hermana Carmen, residente en Madrid

A la derecha, mi abuela María, con su hermana Carmen, residente en Madrid

No pasaría mucho tiempo sin que le fuese comunicado a la Abuela Pilar que las relaciones íntimas en la pareja quedaban suspendidas sine die. El recuerdo de la Abuela María seguía vivo y exigiendo del abuelo Manolo una fidelidad más allá de la tumba…Seguro estoy de que José Verdi (mucho mejor Puccini, ahora que lo pienso…) no hubiese vacilado en sacar partido de un argumento semejante… El aria de mi Abuela Pilar, evocando lo efímero de su felicidad matrimonial bien podría abrochar con oro el primer acto…

La Tía Concha

La Tía Concha

El siguiente meandro argumental, un jarro de agua fría para tanto lirismo a servir en caliente, procede de “lo que vio- o creyó ver- el mayordomo”, cerrando el círculo de las Hermanas Villar, con respecto a Manolo Rodríguez, centrado en la persona de mi Tía Abuela Concha, una mujer hermosa, de muy fuerte carácter, nada que ver con su hermana Pilar, esposa de mi abuelo ante Dios y ante los hombres. Si se trataba de un affaire en toda regla o el engaño de un ojo mentiroso (besos robados, al abrigo calentón de la trastienda del Casino, sorprendidos por un niño que no era yo, de todos modos…), lo siento, no puedo decidirlo a estas alturas. Cuando llegue el momento de referirme a mis propias intimidades- que haberlas, haylas para echarles de comer en rancho aparte- tendré que aplicarles la misma vara de medir, para no quedar como un perfecto Capitán Araña…

El Abuelo Manolo, en sus dominios de la 2ª planta del Casino

El Abuelo Manolo, en sus dominios de la 2ª planta del Casino

Por ir cerrando frentes en esta versión repetida de los Torregrosa Rodríguez, quisiera realizar una pequeña escala en la figura de mi tío Vicente, fallecido a los cincuenta y dos años, tras un largo periodo de deterioro físico, motivado, he llegado a pensar, por el convencimiento de hallarse “encerrado con un solo juguete”: la falta de horizontes, en el marco de su propia decadencia. Una vez más, tuve noticia muy, muy tardía, y a título póstumo, de ciertas peculiares facetas de su personalidad que un niño no maneja de un adulto, por cerca que se sienta del depositario de su profunda admiración y de sincero afecto.

En la División Azul

En la División Azul

El voluntariado en la División Azul de mi tío Vicente lo oí mencionar cuando todavía no conocía el alcance personal y político de un episodio como ése (nadie se había ocupado, por supuesto, de explicármelo). Hoy, lo supongo formando parte de un intento familiar de “normalizar” las relaciones con el régimen vencedor en la guerra (responsable directo de la expulsión de mi padre de la carrera militar y su ingreso en el penal de Cartagena), como lo habría sido, año arriba/año abajo, el ingreso de mi hermano en el Frente de Juventudes. No estoy dispuesto a improvisar ningún reproche sobre el tema: la Vida mancha…Lo explicaba mi amiga Gloria, la planchista de la cafetería Manila-Callao, donde, en 1973, recalé para trabajar como “ayudante de barra”, en el transcurso de mi aventura teatral madrileña, tras salir de la cárcel: “La Vida, cual el palo de un gallinero, es corta pero está llena de mierda”… Hablaremos de ello, en su momento… Quede aquí constancia chusca de cierta lapidaria, pronunciada en calendas pretéritas con evidente mala baba, mayormente por fastidiar, llegada a los oídos de mi hermano, según la cual “los Torregrosa éramos familia de camareros”. Puede que fuera premonición, por no hablar de “maldición gitana”: el hecho es que una de mis infantas, titulada universitaria en paro, trabajó en el gremio de hostelería, y lo enfatizo con orgullo, a pleno rendimiento.

Regresemos al rigor congelado de las estepas rusas…Jamás se había referido, en mi presencia al menos, a tan épico tema el tío Vicente…Un momento…Recuerdo, en mi última fase de teenager, haberle escuchado relatar, sin ningún tipo de regodeo por su parte, las medidas profilácticas en forma de pomadas desinfectantes que se les proporcionaba a la tropa cuando salían de permiso a las poblaciones vecinas, por evitar venéreas. Por aquella misma época, mi tío Vicente, entre preocupado y divertido, solía preguntarme cuándo pensaba empezar a salir de verbena, por sacar tajada a lo que él llamaba “la caza de la marmota”, expresión que despertaba la santa indignación, mordida a duras penas, de mi arteria rogelia.

De hecho, José ya había asistido a unos cuantos bailongos populares como “delegado del gobierno”, en función de carabina, acompañando a la pareja formada por mi hermana y Manuel, quien habría de ser su esposo (esta tarea se extendía, con no menos rigor, a sus excursiones playeras, llegada la canícula). Conste en acta que, para las experiencias verbeneras, solía llevar conmigo una novela. Leí “La Cabeza de un Hombre” de Simenon en el Parque Municipal, cierto verano, a los acordes de una orquesta rumbera…

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Llegué a conocer, no hace mucho, una supuesta afición de Vicente, una vez recuperado su puesto de trabajo en Bazán, tras abandonar mi abuelo la gestión del Casino Ferrolano, donde mi tío trabajó, durante años, como camarero. Según mis fuentes, solía frecuentar – incluso en horario laboral – ciertos establecimientos de mala nota ubicados en el barrio galante, palmo más, palmo menos, a un tiro de piedra del tajo con minúscula. Tampoco aquí voy a tirar ninguna china escandalosa. Yo mismo, allá por los primeros setenta, acudía, en solitario, exclusivamente de mirón (y no lo escribo en tonos de Tartufo pueblerino ni por pedir disculpas a ningún maestro armero), atraído por la llamada de su selva, con la esperanza incierta de probar y aprobar la reválida del sexto, todavía (en la) pendiente, asaltado por algunas dudas razonables, que aun tardarían tiempo en despejarse. Aprovecho Pisuergas para traer a colación un nuevo episodio abracadabrante de mi estrafalaria biografía, a resultas del cual éste que lo es no puede estar seguro, por lo menos del todo, del momento en que dejó de ser mocito como Afrodita manda, por mucho que se pontifique sobre lo imborrable de una experiencia como ésa.

Pasen y vean: En el transcurso, finalizando los felices 60, de una correría nocturna a medias con mi amigo F., compañero de bachillerato y todavía grato a mi corazón y bienquerido, aunque haga ya muchos años que no nos hemos visto, ebrios- literalmente- de ron a granel en mejunje cabezón con zarza y con parrilla, de no saber ninguno dónde demonios se tienen las cabezas, nos fuimos a encontrar frente a un conocido lupanar, casi en el glande mismo de una empinada calle de bajada en picado hasta los muelles.

– ¿Entraremos, Virgilio, en esta taifa de lujuria iridiada, por contemplar parroquia y sus percales…?- preguntó uno de nosotros, voz gangosa de Ganges con resaca culterana.

– Entraremos, hermano…- fue a contestar el otro, no menos en plan “Luces de Bohemia”.

Fundido en negro. Me desperté, bien entrada la mañana, en mi cama de las Casas Baratas, con dolor de cabeza y aliento de pantera cariada. No recordaba nada y recordaba Nada. Por si acaso, presa de temblores culpables, procedí a olerme el calzoncillo, en busca de pistas o secuelas de almidón; solo hallé los habituales renglones cuneiformes, jeroglíficos castos al barquillo, garrapateados a partir de canela ramera. Busqué también ladillas que no había, chupetones, mordiscos, algún que otro pellizco por las nalgas… Si nuevo o viejo del trinque y el trinquete es algo que, hoy todavía, permanece en un misterio más doloroso que glorioso…

Llamé a mi amigo F., en angustiada busca de respuestas. Tras cabrearse por haberlo despertado “casi de madrugada” (eran dadas las doce, por lo menos), obtuve la respuesta más temida:

– No jodas, Torregrosa…Como no te acuerdes tú…Lo que es yo, no tengo puta idea…

Sometido a hábiles interrogatorios posteriores por mi parte, llegó a reconocer como primera memoria de la noche de autos, con o sin permiso de Ana Mª Matute, el haber vomitado la segunda papilla en el rellano del segundo piso de su casa paterna; su testimonio carecía pues de efectos retroactivos.

En lo que a mí me toca, en los meses por venir, vigilé, aprensivamente, mis partes más pudendas, no fuera a ser empezaran a desprenderse, trozo a cacho, deslizándose de su lugar descansen, por culpa de mi noche de los platos rotos, lo que estaba por ver. Lo más probable fuera que la vajilla permaneciese intacta de momento.

esteirosanpedro01La puerta del Cielo

En uno de estos lugares de perdición, esta vez en la mítica calle de San Pedro, se desarrollará una de las andanzas más…más nonsense de mi vida, tan rica ella en despropósitos y absurdos, como se irá comprobando con el paso de ganchillos temporales. Es más, la que yo considero, seguramente, la menos imperfecta de mi obras teatrales -estrenada en la cárcel de la Coruña, durante mi estancia en el 72, por el grupo de presos políticos-, titulada “La Masacre de la Calle de Contreras” (de existir algún interesado, la pueden encontrar en este mismo blog reproducida), estaría inspirada en un personaje real que rescataré aquí y ahora, cogida por los pelos, entre la ternura retrovisora y una vergüenza poco o nada torera.

El rito de llegada hasta quicio de una mancebía arrastraba sus pautas precautorias: entrada furtiva, a fin de situarse en el extremo de la barra más cercano a la puerta de salida; pedir una ginebra, con la mirada baja, a la Nadia Comâneci de turno, por lo común malencarada, bebérsela a sorbitos y controlar, de paso, lo que por los alrededores se cocía, para salir, pasados diez minutos, tras pagar una pasta macarrona, con el rabo rechumido entre las piernas y el rabillo del ojo mareado/o y lagrimeante, con ganas de orinar todo el semen del mundo y con niebla en el alma.

Nunca nadie, tan cerca del Cielo como estaba- lo digo por la calle de S. Pedro, patrón de la alopecia galopante-, se molestó en ofrecerme sus favores carnales o cualesquiera otros; ni en mirarme, siquiera…Supongo que mi ángel de la guarda, del que hablaremos cuando toque, me hacía invisible, por ponerme a salvo de la quema.

Tal que así, hasta que una noche… Una noche, en un banco corrido, paralelo a la barra, jalonado de cojines deshinchados (y alguna que otra mancha sospechosa sobre terciopelo verde) que llegaba hasta el fondo del lugar, penumbra donde jamás hubiese osado el adentrarme, apareció sentada Ella, poncho al hombro, pantalones vaqueros azul mierda y unas gafas oscuras que ni José Feliciano ni la Niña de la Puebla…

Ventilaré su descripción física ipso facto: clonaba, sin mayores problemas, a la Chavela Vargas de su ascensión al Mito, cantada por Sabina: una gloriosa ruina pompeyana para turistas morbosos e iniciados diversos, muy capaz todavía de dispararte su pistolón en la entrepierna: “Ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano aquí…”

Su mirada, a través del espejo, se clavaba en mi nuca, con la insistencia percutante propia de pajarraco carpintero. Encaramado en mi taburete giratorio, no tuve más remedio que volverme…

– Oyes, tú…¿Qué me miras…?- me preguntó ella a mí, con una voz que, a su vez, había tomado prestada de Pinito del Oro, extraña mezcla de goznes oxidados protestando y dulces cadencias del Mar de las Antillas, cuando no de algún mundo paralelo. Y añadió:

-Venga, siéntate aquí e invítame una copa…Esta noche ando algo destemplada…

Derribé el taburete, con el susto, y me puse perdido con los tres últimos sorbos que todavía me quedaban de ginebra….¡y era una trenka nueva…! No quieras ver cómo se puso la Señora Maruja al día siguiente…

Henos allí, sentados, rodilla con rodilla, servidor la mar de seriecito y mi sirena preparando su instrumento épico-lírico, que ya hubiese querido para sí toda una Scherezade, la gran cuentista de las mil y una noches sin perder la cabeza.

Intentaré reproducir aquí, después de tantos años, su estilo narrativo a lo Babe Jane Hudson, donde pausas interminables y apresuramientos repentinos dificultaban el seguimiento hilado de su historia trolera.

– ¿Qué te juegas a que me has reconocido…? No importa que seas un poco nene…Puedes haber oído hablar de mí a tu padre… Tú también gastas pintas de putero,,,

– Pues la verdad, no caigo…

– Ya caerás… ¡déjalo de mi cuenta…!- esto de al lado, lo que va entre admiraciones, susurrado (y ensalivado) en plena oreja- Continúo, en cuanto nos sirvan otras copas de Focking… Es la que más me gusta…¿A ti no…? Di que sí y no me interrumpas más, carajo, que se me va la olla…Yo soy Miss Montesinos… ¿A que te suena…? He trabajado en las mejores salas de Madrid: “Morocco”, Micheleta, El Biombo Chino…Cosas de ésas… No te canto, porque estoy acatarrada y además está prohibido, ¿no has visto aquel letrero…? Vuelve otra noche y me pillas más fresca… Me llevaba al público de calle, hombres y mujeres… Los maricones, conmigo, se ponen locos de contento, entre el Sol por donde entre…Seguro que me entiendes… Hasta que…Hasta que empezó aquel dolor que no paraba… Por eso me vine para aquí, cerca del mar, que es el que cura todo; por eso, una funciona -cuando funciona…- a base de ginebra… Si quieres, vamos ahí cerca y te cuento lo que falta…

¿Quién se creería, en su sano juicio, que el Niño José se había enamorado de la tal Miss Montesinos hasta las mismas nalgas…? Espera porque hay más: no te lo pierdas… Me había enterado en la delegación de la Voz, donde me hallaba trabajando por entonces, de que se preparaba un festival benéfico en el Teatro Jofre, para recaudar fondos en favor de no recuerdo qué entidad concreta…El Asilo de Ancianos, por poner un ejemplo… Se hizo la luz dentro de mi intelecto: conseguiría, tocando algunas teclas, que la actuación Miss Montesinos fuese incluida en el programa. Su reaparición constituiría un rotundo éxito; tan clamoroso que su nombre y su carrera se verían, de nuevo, en candelero… Entre bastidores, feliz como unas pascuas, su Pigmalión asistiría al triunfo con dos nudos atados: uno en el pene y otro en la garganta…Luego vendrían, por este orden, Madrid, Barcelona, París…Un “Último Cuplé” revisitado, de aquí te espero, marinero…

Al escuchar mis planes, se puso muy nerviosa Galatea… Estoy por apostar, incluso me cogió un poco de miedo…Debía de haberse topado- pensaría- con un peligroso sicópata, de ésos de las películas: el jovenzuelo aquel de la trenka al licor y sospechosa bufanda alrededor del cuello, con que apretar cualquier tipo de gaznate, empezando por el suyo, atragantado solo de pensarlo, sin importar sus muchas tragaderas…Sea lo que fuere lo que llegó a cavilar mi protegida, enseguida puso pies en polvorienta, sin escuchar mis encendidas promesas de regresar en su busca, pasados unos días, y firmar el contrato pertinente…

La luz del día le devolvió la sensatez (?) a mi birlibirloque. Bueno, ése soy yo…Echémosle la culpa a Mame, el agujero negro que luzco en la cabeza…Diré en mi honor que, durante una semanas, mi espíritu se mantuvo atribulado… Renuncié a realizar gestión alguna, sin embargo… Miss Montesinos no se merecía semejante traición del más ferviente de sus admiradores…

Volviendo a la historia de mi tío Vicente, queda por reseñar un capítulo oscuro, de cuya veracidad no tengo prueba alguna. Más adelante, se entenderá por qué no renuncio a incluirlo aquí, cuando hablemos, ya falta poco, de José, el más misterioso de mis tíos…

Al parecer, cuando un verano viajaron hasta Cartagena Vicente y Pilita para visitar a la rama murciana de nuestra familia, con la que desde siempre habíamos venido carteándonos más allá de las felicitaciones navideñas, ocurrió algo que, siendo caritativo, se podría calificar de intolerable: la espantada durante varios días de mi tío, que se marchó por su cuenta a recobrar raíces, sin molestarse en comunicar su paradero. Cómo lo justificó – si es que lo hizo-, cómo fue perdonado por mi tía, se escapa a los datos que manejo.

Como queda dicho más arriba, ellos, Pilita y Vicente, ambos los dos, significan para mí, durante mi infancia, una especie de remanso, que hubo de cambiar de coordenadas tras el inesperado nacimiento de mi primo Vicente, en junio de 1958, trece años después de haber contraído matrimonio la pareja, teniendo Pilita cuarenta y cuatro años. En mi papel de “príncipe destronado”, no lo pasé demasiado bien; pero ya iniciando adolescencia, había comenzado a explorar caminos nuevos. De hecho, había ya compuesto mi primer poema, acerca de unas crías que, en el nido, aguardan, pía que te piarás, el regreso a casa de su madre, abatida por los disparos de un cazador desaprensivo… Como comienzo a interpretar por los freudianos, no estaba nada mal, si se me permite la inmodestia…Los he escrito peores, mi palabra…

sonnica

Dos tesoros en la biblioteca de mis tíos: una edición mejicana de “Por Quien Doblan las Campanas” de Hemingway, ilustrada con fotografías de la película, y una mini colección, actualmente en mis estantes, de obras de Blasco Ibáñez: “Los 4 Jinetes del Apocalipsis”, “Sonnica la Cortesana”, “Flor de Mayo”…, editadas por Prometeo en 1919.

Lo de Hemingway, poco importa la importancia de llamarse Ernesto, estaba, de forma expresa, prohibido para mí, casi tanto como “El Juicio Universal” de Papini; “La Vida de Jesús”, de Renan, ensayo que, a niveles hispánicos, parecía reducirse a media línea del capitulo segundo: “Jesús tenía hermanos y hermanas…”, e, inesperadamente, “Un Grito en la Noche”, novela “de amor y de dolor” de Pedro Mata, texto con el me he pasado la vida deseando reencontrarme para comprender los motivos de una incendiaria frase de mi madre:

– Antes de que lo leas, José, date por enterado, estoy dispuesta a quemarlo en la cocina bilbaína y echar luego las cenizas al retrete…

Mi santa madre, la Señora Maruja, la Mamá, oro sobre hierro, era capaz de eso.

gritonoche

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1940

1940

PACO

Uno de los capítulos más difíciles de todo este “álbum de fotos”, tanto por lo que en él se cuenta como lo que se calla. El gran ausente en la práctica totalidad de los grupos familiares de mi infancia – no aparece en mi primera comunión; durante las celebraciones navideñas; en los veraneos de Villarmayor o Cartagena; en la boda de mi hermana o en la mía propia…-, supone hoy un compartimento estanco de mi vida, cuya mera evocación suscita todo menos sosiego: un maldito sin que nadie lo haya maldecido, más bien diría que todo lo contrario; un outsider para su propio nido; al igual que el resto de nosotros, con respecto a los demás, condenados a figurar como extranjeros para el otro, cuando no para nosotros mismos…

Posado familiar en la boda de mi hermana

Posado familiar en la boda de mi hermana… ¿Dónde andábamos tú yo…?

Cuando la presentación de “Abordajes” (2005), mi primera novela, me puse en contacto con él (reside en Benidorm, desde hace años) para invitarlo al acto. Resultó desalentador escuchar su excusa-negativa. Al parecer, no quedaba mucho por hablar entre los dos y sería mejor dejarlo. Creo que no llegué a invitarlo a la boda de mi hija… A lo mejor, porque me hubiese resultado en exceso doloroso el verme, una vez más, rechazado por motivos que no alcanzo a imaginar del todo.

No hace tanto, a raíz de una seria operación a la que iba a ser sometido, de la que me enteré por terceros, volví a llamarlo para recordarle que éramos hermanos y que podía contar conmigo para lo que precisase. No pareció sentirse demasiado cómodo ante mi llamada, aunque tampoco dio muestras de desear agraviarme. De cualquier modo, pude advertir, estaba deseando que colgase…

No mucho después, me llegaron noticias de su reacción “fuera de cámara”. Para él, yo representaba un ser- se citaba un animal doméstico-, como otros muchos, que se había cruzado en su camino… Logré encajar el golpe, con más pena que gloria…

Retomando estampas de la infancia, imagino que aquel “no ser” suyo entre nosotros se debía a que, como en la mayor parte de su vida, se encontraba embarcado, tras acabar la carrera de marino mercante. Puedo asociarlo a muy pocas ocasiones vividas en común: yo muy niño, me había llevado a la playa “de los Curas” con su panda de amigos; tras su boda, haber pasado días en la casa de Esmelle, donde veraneaba el matrimonio; una vez casado yo mismo, las dos parejas habíamos salido juntas algunos esporádicos fines de semana… Y, desde luego, en las bodas de sus hijos y los entierros respectivos del Papá y la Mamá, cuando nuestro trato, por decirlo sin meterse en honduras, podría calificarse de cordial aunque distante…

Paco y yo, con el tío Vicente

Paco y yo, con el tío Vicente

Siempre vuelvo a las “esquinas peligrosas” de Priestley, a las terribles consecuencias no inventariadas de las guerras. De do haber fallecido sus hermanos pequeños de forma tan traumática, seguramente Paco, el mayor de todos nosotros (me lleva unos diez años) se hubiese convertido en una persona diferente. Incluso, sin el levantamiento armado del 18 de julio y lo que vino luego, estoy por apostar, su ideología hubiese sido diferente. De cualquier modo, no creo que sea justo achacar a la política el factor desencadenante de nuestro progresivo y definitivo desencuentro. Llego a intuir una permanente sensación por su parte de condena al destierro, embarcado en la mercante desde muy joven, a lo que se habrían unido los interludios bélicos: el encarcelamiento de nuestro padre, que llevó emparejada la expulsión de la Armada; la situación económica y emocional de la familia, con el fallecimiento de Pepito y Manolito gravitando como negra sombra por encima de todos ellos…

De labios de la Mamá, escuché otra historia sobre la temprana infancia de mi hermano que se me antoja significativa de su verdadero carácter. Se hallaban, a la sazón, residiendo en Mahón (calculo que al principio de la guerra). Mi padre, tras echar muchas cuentas, había comprado un corderito vivo, destinado a la comida de Navidad. Como no podía ser manos, Paco lo transformó enseguida en perrito faldero, en mascota de confidencias al oído y felices paseos sujeto de una cuerda. Cuando llegó la Pascua, tuvo ocasión de ver el cadáver de su mejor amigo, yacente en el fondo de una fuente, salseado y rodeado de patatas doradas, con chalotas a juego. Al parecer, sus gemidos habrían podido llegar a escucharse en las Canarias… Cada cual tiene sus “cuatrocientos golpes” para justificarse…

He aquí otros datos dignos de sr tenidos en cuenta antes de emitir una sentencia…

Teniendo yo unos doce o trece años, estudiante de bachillerato en el instituto C. Arenal, un compañero, miembro del “Frente de Juventudes” de Falange, me urgía a que ingresase en las filas de ésta, para lo cual necesitaba el permiso paterno. Lo íbamos a pasar estupendamente durante las marchas y apuntados a los campamentos de verano.

Cuando el Papá escuchó mis pretensiones, paró mis pies con una enigmática respuesta: no podía explicarme los motivos; pero, de modo alguno, estaba dispuesto a autorizarme. Ni se me ocurrió preguntarle por qué lo que había sido bueno para Paco hacía unos años, ahora se convertía en malo para mí. Hoy puedo agradecérselo con efecto retroactivo y comprender que, en determinado momento histórico, el afiliar a un hijo a un partido único puede allanar muchas dificultades a la hora de hacerse perdonar un pasado republicano y conseguir un puesto de trabajo con el que sostener a tu familia. Puede que, de haberme incorporado al semillero falangista por entonces, yo también me hubiese integrado en el sistema de los vencedores, hasta hacerme un hombre de provecho.

Hallándome comisaria en marzo del 72, durante una de mis tres sucesivas detenciones, oí cómo el “poli bueno” de decía al “poli malo” (o viceversa):

– Su hermano, un perfecto caballero y mira éste, un resentido de los pies a la cabeza…

Tenía razón el probo funcionario: no era, ni jamás lo sería, lo que se denomina, por lo común, un “caballero”. He sido… ¡qué sé yo…! Un alma en pena y en penuria; un fantasma en procura de castillos en el aire donde aparecerse por las noches; ilusionado iluso, abandonado por el conejo de su suerte en pleno número; perdedor de camisas y nortes imantados… Parafraseando a cierto Pablo N., “confieso que he querido; pero que no he podido…”

Siempre nos traía Paco obsequios después de sus viajes. Recuerdo uno personal siendo estudiante de “preparatoria” en el Instituto C. Arenal: una vaca que caminaba sola por los planos inclinados; pasados unos años, un bolígrafo con una señorita en bañador que, en poniéndolo en vertical, descubría un desnudo de perspectiva un tanto chapucera.

Ya por entonces se había despertado en mí una vocación de corto recorrido: ser como él, un marino mercante; vivir sus apasionantes aventuras en Guinea, donde, en cierta ocasión, visitando una tribu más o menos turística, creyó haber participado en un festín caníbal, después de localizar en el hirviente caldero lo que resultó ser una pata de mono, agitándose al borbotón de las burbujas… Consten en acta mis vocaciones anteriores: torero y obispo diocesano, este este orden. Para el primero de los casos, disponía de un estoque de goma, una muleta y un toro de cartón, regalo de mis tíos.

La Mamá se apresuró a hacerme aterrizar en la dura realidad: no podía ser, a causa de mi agujero en la cabeza…

No se extralimitó Paco a la hora de hacer valer sus derechos de primogenitura: aun consciente de su estatus como “hermano mayor”, no era de los pegones ni imperiales; en sus espaciados regresos a tierra firme desde la mar océana, como queda dicho, siempre me había tenido en cuenta a la hora de los regalos; a nuestra madre, le traía té inglés y jabón Palmolive; otro más, Spring Glory, rojo como un demonio, con olores infernales, se destinaba al resto de familia; al Papá, solía obsequiarlo con cartones de tabaco rubio. Éstos, dada la dureza de los tiempos, eran puestos en venta. Más adelante, vendrían para mi padre – y para tantos otros bazanistas- las “veladas” nocturnas, noches alternas a pasar trabajando, tabla de salvación económica- mientras el cuerpo aguante- con que hacer frente, llegado el caso, a mis estudios universitarios. Eso es amor de padre, aunque yo, a las claras está por lo narrado, no alcancé a verlo en su momento…Un episodio entre nosotros dos pide paso, atropelladamente, en el recuerdo… Habría cumplido José los veintitantos. Trabajaba en la delegación ferrolana de La Voz de Galicia como gecetillero (según mi ficha policial; la verdad es que encargaba de bastantes más cosas…). Regresando a casa con los primeros rayos del día, tras una de aquellas “noches de vino tinto” por mesones diversos en buena compañía de mis correligionarios, me doy de bruces, a mitad del pasillo, con mi padre, de levantada para marchar a su puesto de trabajo. Tuve a bien amagar un ligero sonrojo y preocuparme por el lamentable estado de mi aliento.

Él se interesa, con su ironía cartagenera a cañonazos, sobre si me estaba acostando o levantando. El valor metafórico de aquel cruce de pasos procesionales (los míos bastante más vacilantes que los suyos) nos podría ahorrar docenas y docenas de páginas futuras…

Con la venia del posible lector, quisiera abundar a lo ya expuesto: por aquellas mismas fechas, estando yo acostado, con la luz apagada, una cierta mañana, en el transcurso de una súplica entre lágrimas para que me alejase de unas “malas compañías” que podían comprometerme (a las de carácter político se estaba refiriendo), mi madre vertió en mi oído otra de sus “verdades del barquero”: “¡Habíamos puesto tantas esperanzas en ti, José…!” Se daba por supuesto que yo las había ido arruinando una tras otra… Quizá porque mi batalla se había jugado siempre en otros campos, alejados de la vida real, donde lo que contaban eran unas supuestas carencias afectivas… Seguramente, ello se debiera, por qué no, a mi recurrido agujero en la cabeza…

Venga, en serio… Siempre he tenido claro que, a pesar de su fama de rebelde, Paco había logrado situarse en el “lado soleado de calle” a la hora de relacionarse con ambos progenitores; sus constantes campañas en el mar nunca me dieron ocasión de sentir celos ni de comparar niveles de aceptación y entendimiento.

Pondré un ejemplo… A los pocos días de fallecido mi padre, la Mamá pone en mis manos sus prismáticos, un objeto altamente valorado por el Papá a lo largo de toda su vida; no sólo me hace entrega de los mismos: recalca su valor sentimental y lo orgulloso que debo sentirme al recibirlo.

No ha pasado una semana cuando manda paloma: debo devolverlos de inmediato… Al parecer, Paco los había reclamado…No discutí; se los hice llegar como si se tratase de lo más natural del mundo aquel “tener y no tener” los prismáticos de mi padre, aun suponiendo que hubiesen sido regalo de mi hermano.

En paralelo, un segundo episodio, a modo de cereza encadenada, no menos impactante. Pues, señor…Héteme aquí que, de muy niño, el narrador de estos tristes renglones había descubierto en el ropero del dormitorio compartido por la abuela Paca y la tía Teresa, metidito en su funda, un sable de marino de guerra. No podía preguntar nada a nadie sin descubrir mis secretas incursiones en lugares, si no prohibidos, ajenos por completo a mi incumbencia. Luego supe que aquella especie de tótem, a buen recaudo de los ojos del mundo, se trataba de “el sable del papá”, de algún modo salvado de la quema. Siempre lo consideré, en cierto modo, mío: yo lo había descubierto y guardado el secreto.

Volvamos al post-morten de mi padre. La Mamá, por motivos de salud, se hallaba residiendo en casa de mi hermana. En el transcurso de una fiesta familiar- puede que durante las navidades o el cumpleaños de alguno de mis sobrinos- mi madre anuncia que me ha elegido a mí como depositario del sable del difunto. Interviene mi esposa en la conversación para opinar que el destinatario natural de mismo debiera ser mi sobrino mayor, ingresado en la Armada en su momento. Ninguno de los presentes parece oponerse a tan salomónica solución. Y José, una vez más, guarda silencio. A lo mejor, además de un rasgo inherente a mi carácter, se trata de simple cobardía de pusilánime; pongamos, pues me deja mejor hasta a mis propios ojos, de timidez congénita, de no querer problemas con el resto de mortales… El caso es que el sable de mi padre se alejó de mi suerte, como antes le ocurriera a sus prismáticos, siguiendo una pauta recurrente en nuestras relaciones paterno-filiales: éramos (o nos hacían ser, para el caso) líneas paralelas, condenadas a jamás reencontrarse.

En “Dos Hombres Buenos”, un serial radiofónico de José Mallorquí, muy de moda allá por los 50, escuché una frase que se ha quedado grabada para siempre en mi reserva espiritual de recursos dialécticos de marxista esotérico: “Soy como el agua; los golpes no me hieren…” Aunque me lo haya aplicado a mí mismo en numerosas ocasiones, más que nada por lamerme las heridas, miento como un bellaco al afirmarlo…

Y ya remato…En cuanto a mi hermano y a mí, únicos supervivientes del núcleo originario de los Torregrosa-Rodríguez, supongo que, antes de que sea demasiado tarde definitivamente, debiéramos encontrar modo y ocasión de “hablar de muchas cosas”…

... Y siempre, un gran ausente...

… Y siempre, un gran ausente…

 

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1945

1945

MARY

Me llevaba unos cuatro años; solía llamarme “Lene”. Mucho más inteligente y responsable que yo, a ella, sin embargo, no se le dio la oportunidad de unos estudios superiores. Una grave enfermedad renal de nuestra madre que acabó con la extirpación de uno de sus riñones, con un riguroso régimen de reposo aparejado, constituyó el principal argumento justificador de tan injusta decisión: por su condición femenina, debía ayudar en casa.

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Hoy me pregunto – por primera vez, ¡qué vergüenza…!- cuánta saliva amarga tuvieron que tragar sus ilusiones de futuro; su aspiración, más que legítima, a gozar de mis mismas oportunidades, sobre todo porque yo era un estudiante muy mediocre, poco o nada aplicado… Pero todavía no hemos llegado a eso; navegamos, felices, por los procelosos mares de la temprana infancia, cuando la diferencia de edad conducía a otras discriinaciones: a ella, que no a mí, la invitaron al estreno en el cine Capitol de “Los Crímenes del Museo de Cera” y/o “El Fantasma de la Calle Morgue”, ambas en 3D; o al de “Lo que el Viento se Llevó” en el Avenida, a mediados de los 50.

Mis migajas del pastel consistieron en un relato pormenorizado de las mismas, lo que, en los dos primeros casos, contribuyó decisivamente a llenar de terrores cabritos mis ascensiones nocturnas por cualesquiera escaleras, enriquecidas, por vía oral, con un ululante pandemónium de sombras en acecho.

Mary, enseguida, se relacionó con un montón de amigas, que conservó a lo largo de su vida. Una de ellas tuvo a bien dedicarme la siguiente lapidaria, que se ha ido transmitiendo, como leyenda blanca y negra, de padres a hijos, en el seno de esta familia mía tan aficionada a la etiqueta: “El problema de José es que es demasiado guapo…” Tendría el interesado alrededor de diez años por entonces… y, se me mirara como se me mirase, interiores incluidos, vamos a ser serios, la verdad es que no era para tanto… A no ser que la Señorita X estuviese refiriendo a otra cosa… Se admite la protesta; pero, ¿a cuál…? Más de medio siglo transcurrido, he conseguido elaborar una teoría, la cual colocaría a la responsable de semejante aserto- una joven de aspecto inofensivo, con aires más corrientes que molientes (la pobre no lo decía por fastidiar, estoy seguro)- en integrante emérito, primum inter pares, de una elite de psicoanalistas dedicados al retrato robotizado por minuto, cuando no de videntes de barraca feirante, con la suerte del pajarito a peseta, a peseta… Hagan juego, madames et monsieurs… Señoras y señores, realicen sus apuestas… No va más, de momento…

CUADRO

Tan enigmático comentario llegó a hacerme pensar, en algún momento de mi ya larga vida, que bien podrían hallarse mundo, demonio y carne ante un prodigio turulato de corte mangante milagrero, según el cual José habría venido ocupando, durante su existencia, sucesivos cuerpos diferentes, en una metamorfosis entre Kafka y Stevenson; entre el insecto Samsa con padre antropomórfico y el Mr. Hyde de cada hombre en su noche. Probable factor desencadenante: el golpe recibido en la cabeza de pequeño. Como se recordará, en el informe paterno, se deja establecido cómo un segundo yo iba brotando, embolsado, desde la brecha abierta, según se sube por mi cráneo, a la derecha.

Al saberme adolescente desmañado, Mary, como hermana mayor, intentó enseñarme a bailar en diez lecciones. Disponíamos para el caso de un tocadiscos Dual, regalo del Papá porque aprendiésemos inglés con el curso de la BBC Calling all beginners (todavía lo conservo; es más, aún recuerdo sus “textos del disco”: Dorothy is playing the piano and Patrick is listening to her…) y una discografía a base de un único long play con “éxitos del año” (“Tutti Frutti”, de Elvis; “Banana Boat”, de Harry Belafonte; “Patricia”, de Pérez Prado…).

Dos problemas, dos: 1) al hermanito le sudaban las manos y no había polvos de talco suficientes capaces de evitarlo y 2) a la hora de mover un esqueleto rodeado de mantecosidades urbi et orbi, éste se mostraba remiso a cargar con tan pesado fardo: no le veía la gracia.

Lo dejamos al segundo intento. Encima, hubo regañina materna por haber dejado el suelo del comedor que parecía un paisaje navideño por culpa de los polvos y los lodos (talco + sudor manual = barro)… En un diagnóstico a posteriori, he llegado a la conclusión de que quizás mi torpeza se debiera a la condición Beethoven de mis tímpanos… De hecho, muchos años después, camino de una quimérica treintena, asistí a un curso de piano que duró una sola clase, tiempo más que suficiente para que la profesora comprobara mi total carencia de oído, por lo cual, al final de la sesión, cual la morena de la copla (era rubia, creo recordar, la virtuosa), “con cuatro palabras me desengañó”: mejor sería que me dedicase a menesteres para los que la Naturaleza, a la hora de repartir sus dones, se hubiese mostrado un poco generosa (no era el caso, según se lo temía).

Todavía una evocación infantil más acerca de mi hermana, camino ya, si no instalado definitivamente, de una adolescencia que hacía honor a su nombre… Uno adolecía de casi todo, aun sobrándole kilos e ideas perturbadoras acerca de sí mismo, cual fuego fatuo ardiendo bajo su arco de fracaso… En realidad, el episodio formaría parte de una trilogía de muy tempranos shocks anímicos, ocasionados por la Literatura, que, estoy convencido, crearon carácter en mi forma de andar perdido por y para el mundo. Téngase en cuenta el clima de “castidad o muerte”, reinante en la sociedad española de la época, recién salida de un conflicto bélico que había acarreado la eliminación traumática de un millón de inocentes…; o, expresado de otro modo, la jerarquía absoluta del sexto sobre el quinto mandamiento…

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Erase que se era un pequeño tomo amarillento de la Editorial Losada, Buenos Aires, saltando hacia mi vista desde su lugar descansen, en el cuarto, siempre tan ordenado, de mi hermana. De buenas a primeras, parecía un aplastado huevo frito rectangular, encallado sobre colcha de cretona, a los pies de la cama. “Romancero Gitano”… ¡A ver si iba a tratar de mis vecinos…! Uno, por entonces, no conocía todavía a Lorca aunque sí a una familia de la calle de atrás, el clan Montoya, cuyo patriarca era sargento del ejército de tierra. Ni mucho ni poco tengo jugado con sus hijos…El Holandés, Oliva, Mº del Pilar formaban parte, por derecho propio y sin ningún tipo de reticencia, de ese mundo infantil bullanguero y colorista de las Casas Baratas, por el que había empezado a adentrarme en busca de permiso de existencia…Lo que ignoraba es que fueran tan famosos… Ya tenía el ejemplar entre las manos. Comenzaba a hojearlo al mal tuntún cuando sucedió lo irremediable…”El Romance de la Casada Infiel”… Oh, no….Decía…”pechos”, o sea tetas, y hablaba de tocarlos por las últimas esquinas; luego, de desnudarse de un montón de ropajes variopintos; de muslos como peces, con la luz encendida; de ponerse perdido cabalgando sin bridas… A Joselito, el rey de los tomates y pimientos morrones, le temblaban las piernas de temor excitado y vergüenza torera… Dios mío, un libro de lujuria y delirios carnales estaba siendo leído por mi hermana… Tan seriecita como parecía, tan formal, y luego mira: dedicada, en secreto, al erotismo invasor y la pornografía por oleadas… Tendría que contárselo a mis padres… Era mi obligación, para salvar su alma… Me imaginé a mí mismo en el comedor, a la hora de la cena, alzándome de pronto y señalando con dedo acusador hacia la oveja descarriada:

– ¡Papá, mamá: en vuestra condición de Tribunal del Santo Oficio de criar hijos para el Cielo, os conmino, como hermano menor, a que ingreséis en un reformatorio a esa desdichada…!

De hecho, por aquellos días yo andaba asomando narices clandestinas a un ejemplar de “El Juicio Universal” de Giovanni Papini -algo expresamente prohibido por mi padre- y había topado con el coro de las grandes pecadoras, a saber: Lais, Clodia, Fulgosa. Agripina… Afortunadamente, mi hermana no se encontraba entre ellas, al menos de momento…

Al final, me faltaron redaños; o a lo mejor, y no lo descarto en absoluto, planeara realizar algún chantaje fraternal venido a huevo; puede, incluso, haberse dado el caso de preferir no levantar la liebre, puesto que, ipso facto, el ejemplar hubiese sido confiscado…¡Qué demonios…! Quería el aprendiz pirujo volver a sus andadas, por enterarse si a la gitana del romance le habían reñido por llegar tarde a casa y qué había hecho con su costurero verde… El nacional-catolicismo, conmigo, no había perdido el tiempo y el esfuerzo… De hecho, se disponía a permanecer bastante rato en mi entretela, como podrá comprobarse un poco más abajo…

Ubico bastante antes otro suceso no menos pintoresco ni sabroso. En vista de la miopía de mi padre, en casa estaba establecido el ceremonial siguiente: a la hora de comer, doce y media más o menos, mi madre leía en voz alta los titulares de La Voz de Galicia y/o un artículo entero, en el caso de serle solicitado por el cabeza de familia, que, acompañado de sus hijos, almorzaba de prisa y corriendo por tener que regresar a la E. N. Bazán, donde trabajaba desde 1946, trasladado desde la factoría de Cartagena. A veces, mi madre delegaba en nosotros la lectura. Recuerdo que, por entretenerme y escapar de tan farragosas prosas cuyo contenido se escapaba a mis entendederas (no conocía de nada a Degaulle o a Isenauer), inventaba – conste que no fui descubierto jamás por las autoridades competentes- noticias frescas acerca de catástrofes, naturales o no, las que narraba con todo lujo de espeluzno y regodeo.

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Hasta aquí, todo normal (dentro de lo que cabe, claro…). Lo complicado empezaba por las noches… Mi dormitorio se hallaba situado en lo que llamábamos el “cuartito”, habitación minúscula justo frente al dormitorio de mis padres. Desde allí, me era dado escuchar a mi madre leyéndole novelas a mi padre. No hubo novedad en el frente hasta que se puso de moda “Sinuhé, el Egipcio” de Mika Waltari, con una protagonista babilónica a la que echar de comer aparte, Nefernefernéfer de nombre y casi de apellido, que trajo al protagonista del mamotreto (y a mí mismo) por la calle de la amargura purgatoria. Escuchar a la mamá de uno pronunciando sus obscenos parlamentos constituye suplicio insoportable, aun para Tántalos bragados. Algunas de estas frases han permanecido en mi memoria, martirizando mi autoestima y la capacidad de concentrarme en mis propias batallitas posteriores: “Eres torpe, Sinuhé y no me causas ningún placer. Sin duda, me tomas por una mujer despreciable…” Y eso, que lo diga tu madre, una noche sí y otra también (era repetitiva argumentando, por no gastar ingenio, aquella meretriz de campanillas en los lugares más insospechados) va a dejarte el “edipo” hecho unos zorros… Terminé leyendo la novela a escondidas, temblando de terror cada vez que me excitaban sus abundantes pasajes escabrosos, sintiéndome invadido por una voluptuosidad culpable, venida del futuro entre sudores fríos y restregones torpes, realizados por encima de la ropa. Como afirmaban los santos padres de la Iglesia en sus sermones, el ver su propia carne mancillada deja al pecador vacío por dentro (¿de fluidos?) y llena de tristeza su conciencia…

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El tercero de los textos malditos, “La Leyenda de San Julián, el Hospitalario” de Flaubert, había llegado a casa vía paterna. Fue a parar a mis manos porque “parecía” un cuento: castillos medievales, apariciones un tanto fantasmales, dantescas descripciones de matanzas de animales, un niñato sicópata progresando en maldades y padres sufridores, intentando evitarlas… Como la vida misma; o sea: como los cuentos… Todo iba bien- o fatal, según se mire- hasta la llegada del Leproso…

Durante medio siglo, del daño que me hizo su primera lectura, nunca quise indagar sobre una obra que proponía el Horror como camino de Damasco; el rito abominable de la carne podrida en comunión, para expiar cualesquiera otros pecados anteriores (¿Qué interés se le seguía a mi padre, heraldo de semejante apocalipsis…?). Flaubert, como ocurría con Lorca, no significaba nada para mí, por entonces. “Madame Bovary” es y será una de mis novelas favoritas, emparejada con “La Regenta”, tal como está mandado, más con una pequeña diferencia: todo lo que Emma B. tenía de bicho malo, en Anita O y su lamentable historia, se alzaba como la sublime tragedia de una inocencia impura, destinada al desastre en el beso de un sapo.

Creo que fue una de mis infantas la que me regaló aquellos “Tres Cuentos”, a punto de acabarse el siglo XX. Comenzado el segundo relato, no alcanzaba a dar crédito a mis ojos… ¡El Leproso regresaba de su osario, o su osera, con los brazos abiertos, otra vez dispuesto a devorar mi carne, a beberse mis tuétanos, desde el extremo más lejano de mi vida…! No podía ser verdad… La lectura del libro aquel, viajando ahora desde el espacio exterior de una más que lejana adolescencia, formaba parte de mi amplio bagaje imaginario… Debió de tratarse, en origen, de una experiencia onírica…Eso sí, todo lo alucinada que se quiera…Pero un sueño; un sueño y nada más…¿No soñamos acaso con cuervos parlanchines, posados sobre el busto de Palas Atenea…?

No quisiera destripar aquí el desenlace del relato flaubertiano o ponerme especular sobre una posible/probable lectura en clave homófoba del texto. De cualquier modo, ni en sus “leyendas” más siniestras, Bécquer se atrevió a tanto y tan morboso… Aconsejo a cualquier lector curioso, sin embargo, se dé una vuelta por el episodio XLIV de “El Conde Lucanor”, por reencontrarse con la lepra y sus delicias (la homofilia y la Náusea como cáliz sabroso, aunque sea en plan casero, tampoco parecen andar lejos de lo que pueda aconsejar un mayordomo…)

Aquella segunda lectura de “La Leyenda de San Julián, el Hospitalario”, ya de adulto, me dejó, otra vez, conmocionado. El mensaje que venía a traerme G. F., no podía estar más claro (y más ambivalente, dependiendo de cómo se repartiesen sus papeles principales: San Julián y el leproso, frente a frente, midiendo las distancias entre ambos).

A finales de los 50, la partida podría haber tenido dos jugadores: mi padre y yo, santo y leproso, respectivamente. En mi caso, alguien a quien una “lepra” sin diagnosticar, alejaba del resto, muerto de hambre y de sed, suplicando el calor de una simple caricia de cualquier persona, animal o cosa que llegara a cruzarse en mi camino; mi padre, como San Julián, llenándose de luz, tras haberme abrazado… A punto de quebrase el siglo XX, la adjudicación de roles resultaba engañosa: los papeles podían intercambiarse sin mayores problemas.

En 2014, hace solo un instante, al releer aquellas líneas abrasadas, llegué a la desalentadora conclusión de que, si me aplicara el cuento, Conde y Leproso andarían todavía vacilando sobre quién debiera dar el primer paso…

No quisiera cerrar este apartado, sin ofrecer otra pequeña muestra de cómo se suelen comportar mis atavismos más irracionales. Corría el curso 1964-1965; durante mi estancia en Liverpool como “assistant teacher”, mi hermana Mary estaba pendiente, no recuerdo si al principio o al final, de dar a luz al primero de sus hijos. La presencia en su sangre del factor Rh negativo suponía un riesgo cierto, ante el cual se habían tomado las medidas pertinentes.

Con veinte años cumplidos -una edad más que suficiente para ya tener ese tipo de cuestiones resueltas-, me hallé tratando de formalizar un pacto secretísimo (nunca lo supo nadie; al menos, hasta ahora…) con un dios menor algo irritable, instalado de antiguo en mis profundidades (equivalente, por defecto, a la figura paterna, supongo), al que yo solía pedir todo tipo de imposibles… Doy fe, por cierto, de haber sido escuchado en varias ocasiones. Dicho pacto se basaba en una única cláusula: si alguien había de acabar mal durante el alumbramiento, me postulaba como víctima propiciatoria preferente…

Del papel que ha jugado la religión en mi vida me prepongo hablar más adelante…Los hechos son los hechos… Ni siquiera sé si me atreveré a publicar estas últimas líneas. Masoquismo iridiado se llama la figura, en su variante “ansias de martirio”. A veces me he preguntado si muchos de los sucesos ocurridos a lo largo de mi vida no son sino consecuencia, directa o indirecta, de aquel desgraciado (¿o no del todo…?) golpe en la cabeza…

El parto de mi primer sobrino resultó tan épico como plenamente venturoso. La Mamá asistió a él y contaba maravillas de mi hermana. Afortunadamente, no hubo necesidad de echar mano de mi oferta…

Tío y primer sobrino, tan campantes

Tío y sobrino, tan campantes

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