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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 6

EL VILLANO EN SU RINCÓN: SEGUNDO ASALTO

Bueno, pues eso: tiempos de bachillerato… Lope de Vega y “El Villano en su Rincón”… Juan Labrador y el Rey de Francia… “¡Que la púrpura real / no cause veneración /a un villano en su rincón / que viste pardo sayal…!”  ¿Y quién visita a quién, en el momento de la verdad…? El segundo al primero, como no está mandado… Fermín Monzón no iba a ser menos, god is my witness (for the prosecution) de que no voy a apearme de la burra ni pasarme de la raya Me hacía gracia imaginarme a don Juan Carlos apareciendo por el piso familiar, haciéndose el ofendido ante la autora de mis días.

 -De paso por tu ciudad, /me he detenido un momento / a inaugurar monumento… / Y Fermín no acude a verme… / ¿Me merezco tal maldad…? / Y no es leve el tal delito, /que es de lesa majestad…

A lo cual, mi santa madre, la Señora Genoveva, hubiese respondido a lo María de Padilla, ante el cadalso comunero:

-Los vientos de los Monzones, / son vientos republicanos. / Pardiez, que sobran razones / para eludir besamanos; /sobre todo, de borbones…

Mi decisión estaba tomada y bien tomada. “No, no me moverán de mi rincón”, se jaleaba el villano, mejorando lo presente,  acompañado a la guitarra por Pete Seeger, lo cual me convertía, yo me lo guiso, yo me lo como, en ruda competencia con The Joker de “El Caballero Oscuro”, en  mi propio villano favorito…

Sólo dos personas en este mundo mundial conocían la naturaleza de mis planes de fuga: la Madre Genoveva y la hermanita de la caridad bien entendida Evangelina; y quien afirme lo contrario miente cual fementido traidor.

No es de extrañar entonces mi propia extrañeza cuando, cerca de medianoche –la mamma ya dormida-, recibo una llamada telefónica. Una voz de doblaje latino, almibarada y turbia, procede a obsequiarme con el siguiente aviso a navegantes:

-Al habla Lucas Santini. Buenas noches, mi querido muchacho. Perdona la deshora intempestiva. Antes de efectuar este contacto, hemos tenido que efectuar las comprobaciones pertinentes, no fuera ser  diésemos pábulo a un rumor sin fundamento alguno o a malvadas calumnias envidiosas, pretendiendo malmeter entre  nosotros.

“Una vez efectuados dichos trámites, estamos en condiciones de dirigirnos a ti con pleno conocimiento de causa. Tu decisión de desertar a última hora nos ha sumido en un mar de perplejidades e interrogantes varios, por ahora sin respuesta. Antes de hacer conocedor a quien tú sabes de una decisión al parecer irrevocable, a la que, por otro lado, te asiste todo tipo de derecho, deseo formularte unas pocas preguntas sobre el tema. Una vez contestadas, no estoy en condiciones de prometerte una nueva posibilidad de que te unas a nosotros; tampoco la descarto, por supuesto. Piensa bien pues, mi querido muchacho, lo que vas a arriesgar con tus respuestas aleatorias…

“Pregunta nº 1.- ¿Has sido influido por alguna persona o entidad a la hora de echar por tierra la oportunidad a ti ofrecida…?

“Pregunta nº 2.- ¿Estás seguro de haber obrado según criterio propio  y no inducido por terceros en discordia?

“Pregunta nº 3.- ¿Te has parado, en algún momento, a pensar seriamente en los graves perjuicios que nos causa la abrupta ruptura de nuestro previo acuerdo?

“De obtener una secuencia No-Sí-No como resultado, permanece unos segundos a la escucha porque estás a punto de recibir la buena nueva de tu reincorporación definitiva al proyecto; en cualquier otro caso, debes interrumpir la comunicación y olvidarte de nosotros, bien entendido que la Organización tomará nota de tu desafección y obrará en consecuencia. Que no suene a amenaza – no lo es-; pero quedas avisado: ya no nos hacemos cargo de tu suerte; de cuanto suceda a partir de ese momento, serás el único responsable. Cambio…”

Colgué el teléfono sin dubitación alguna. El veneno azul de la sospecha se había estado apoderando de mi mente. Sentí un  odio irracional y fiero, a modo de presencia fantasmal, instalado, ya para siempre, jamás, amén, en mi corazón y en mi cabeza. Si sólo ella sabía (mi madre, no; la “otra”) la verdad de aquel cuento de espejos cóncavos y espejismos convexos, suponiendo que dos más dos continúen siendo cuatro la mayor parte de las veces, entonces… Entonces Evangelina se las vería conmigo on the wild side of the road y  cágate, lorito o guacamayo, porque te vas a quedar sin chocolate expreso…

Creo haberme expresado con suficiente claridad; de cualquier modo, bastará con esperar unas cuantas páginas más para enterarse de lo que soy capaz si me traicionan alevosamente con nocturnidad y alevosía. Una vez asumido el rol de villano arrinconado, maldad y bondad son uña y carne. Hela, hela, por do viene la venganza vestida de azul, guadaña en ristre, con la lengua de fuera y escupiendo, urbi et orbe, beleño corrompido y zumo de mandrágora podrida. Justos y pecadores serán tratados con igual ensañamiento. Kapput y cuenta nueva. Jekyll vs. Hyde en santísima dualidad; y que empiecen los juegos de la Mamá Oca… Fermín Monzón tira porque le toca…

***

Para empezar, la llamé al día siguiente, concertando una cita aquella misma tarde, incluyendo  rapapolvo y refrigerio.

-No te adelanto nada, ma très chère amie. Tú sabrás lo que has hecho… – silabeé, con ululantes tonos de  rabia contenida en un sombrero de prestidigitador aficionado, del que siempre puede esperarse cualquier cosa.

-Miedo me das… – respondió ella, tan campante.

-No te faltan razones, ponle el cuño y la cuña…- respondí, en registro “vizconde de opereta”.

Ladina cuarto y mitad (el resto, hasta completar hijoputez suficiente, se sustentaba en malicia resabiada), Evangelina compareció en el lugar acordado improvisando esos aires de inocencia de los que, con hartísima frecuencia, suelen echar mano los culpables.

-Visto lo carísimo que te vendes en los últimos tiempos, supongo que vas a inundarme en novedades…- cacareó, parlanchina, dispuesta a hacerse de nuevas, “no me digas” al canto, mientras le funcionase el ancho de la manga. Iba servida. Ataqué su flanco izquierdo con astuta pericia.

-Entre tú y yo no debe haber secretos ni dobleces, compañera. Lo tuyo con Santini, ni medio bien estuvo: has de reconocerlo, a poca vergüenza que conserves… Hasta pensó que se trataba de una broma telefónica… ¿Quién eras tú para hablar en mi nombre…?

Se cerró como se cierran las anémonas, allá en los arrecifes coralinos, por la cuenta que les trae, ante la súbita aparición, rastrillo en mano, de un recolector de ostras perleras con rasgos orientales. Se me quedó mirando de hito en hita.

-Manejas información privilegiada pero errónea. Ningún Santini figura, de momento, en mi agenda de contactos. Sí te lo he oído nombrar, y de pasada;  a nivel personal, no tengo el gusto ni el disgusto… Vaya, has vuelto a ponerte perdida la camisa… Lástima de una servilleta alrededor del cuello… Siempre que salimos tú y yo de merienda urbana a base de cacao, vuelves a casa convertido en leopardo moteado… ¿Qué va a pensar tu madre…? A mayores,  se preguntará por qué no te encapuchas un babero…

-A mamá, ni la nombres… Ni intentes desviar mis argumentos incriminatorios con vulgares chácharas domésticas a las que sois tan aficionadas las mujeres… Santini y tú, ¿más que palabras o menos que palabras…?

-Nos están observando…No levantes la voz o la que se  levanta soy yo y me marcho a mi casa…

La cordera pascuala Evangelina muy raras veces se ponía a la defensiva conmigo; aquí y  ahora, se la veía azorada y falta de recursos a la hora de hacer frente a mi emboscada saducea; me amenazaba -¡a mí…!- con salir de estampida, pretendiendo poner tierra por medio. Llevaba la palabra “culpable” escrita con tinta pálida en el temblor imperceptible- pero no para mí- de sus labios gordezuelos. Otra vuelta de tuerca de las mías y la dejaba para arrastre y vuelta al ruedo.

-No te veo en el papel de Mata-Hari… -lo dije despacito, recreándome en la suerte de banderillas negras, tras lo cual me dispuse a rematar faena mediante fulminante bajonazo, no importa cuánto fuese a asomar la punta del estoque-Te crees muy lista; mas a mí no me engañas: te tengo muy calada, Evangelina. Te hemos sometido a grabación masiva (en plural, acojona). Considérate apeada del proyecto, de mi amistad y de mi vida sexual “mírame y no me toques”…Cruz y raya, pisa medalla… No volverán las oscuras golondrinas de mi balcón sus nidos a colgar… Agua más clara: olvídate de mí y pégate un clareo…

Abrió mucho los ojos, platos hondos y llenos de chispitas de alegría recobrada.

-¡Pero, qué tonta…! ¡Estabas actuando para mí: sobreactuando…! Siempre lo haces, cuando me notas triste o preocupada… “Fermín Monzón como el siniestro Dr. Strangelove”… Pasen y vean señoras y señores…Eso, al principio; luego te convertiste en  Rasputón, el Comisario Loco de la Rusa Soviética, con unas gotas del Dr. Mabuse detrás de las orejas…

Se reía de mí, habiéndome tomado por la tía Felisa… Acaba de firmar, a su “peor me lo pones”, un decreto inapelable, por la parte que me toca las narices.

***

De regreso al hogar, me pareció bueno y conveniente someter a mi segunda sospechosa pero menos, por si acaso, a la prueba de las nueve ranas principescas.

Le llamé “madrrre”, arrastrando las erres, ya de entrada, a lo Norman Bates, que la asustó no veas.

-Madrrrre ¿qué me estás ocultando…?

-¿Cómo te has enterado…?

-Yo me entero de todo…Tú, al parecer, también… Te las has arreglado para llegar hasta Santini…  Metiendo la nariz en mis papeles, supongo…

-Fermincito, no me faltes al respeto…

Entre pucheros en sentido estricto – no de los otros: preparaba la cena, sopas de ajo a base de avecrema y tortilla  afrancesada-, mi santa madre organizó su pertrechado ejército, en señal de preaviso. No descarté, puesto que la conozco como si la hubiese ido pariendo en todos estos años de ruda convivencia, el acabar recibiendo un sartenazo antiadherente si le apretaba demasiado los poquísimos tornillos que, a semejantes alturas de película, permanecían nadando, vuelta y vuelta, en su hidráulica cabeza.

-El Sr. Santini acabó confesando… Te hizo proposiciones deshonestas… ¿O acaso llevabas tú la iniciativa…?

-Ahora mismo te metes en la cama y te pongo el termómetro, Fermincito, hijo mío… ¡Es la vida que llevas…! ¡Si viviera tu padre…! Una novia formal es lo que te hace falta… Cuando una madre oye la cama de su hijo crujiendo por las noches y comprueba, a la mañana siguiente, obviando los almidonados lamparones sabaneros, unas ojeras violáceas viernes santo, debería saber a qué atenerse: eso quiere decir que a la pobre criatura – tú, para el caso- no le dan ni le toman todo lo que se merece… ¿A qué esperan algunas a cumplir sus deberes?, me pregunto… Y me estoy refiriendo a Evangelina, claro está  (menuda pájara anda hecha…), que te devuelve mustio, cada vez que la sacas de paseo… Porque un hombre es un hombre y necesita un cesto donde poner sus huevos, tú me entiendes… ¿Quieres que le hable yo y se lo expliquemos…? Ay, tantos virus asesinos sueltos a sus anchas Castillas por el aire vicioso, ¿de dónde habrán salido, de repente…? ¿Sientes náuseas, te duele la barriga o la cabeza, has hecho de vientre esta mañana…? Déjame verte el pulso, por lo menos…

Es percal conocido la manía de mi madre de mandarme a la cama cada dos por tres, solo o acompañado, y ponerme en termómetro (en la ingle; por enterarse, digo yo, de mis temperaturas de cintura para abajo, según ella de continuo incandescentes).

Tuve suerte esta vez: 36,7 en la escala de Richter. Salí airoso de tan incómodo percance, con una manzanilla calentita y un rosario de consejos maternales.

Santini no volvió a mencionarse aquella tarde-noche. Falsa alarma; seguro trataba de ocultarme algún nuevo romance de grana y oro con las máquinas tragaperras de la cafetería donde se reunían, en sesión de tarde, ella y sus amigas, todas ellas ludópatas perdidas, para merendarse de actualidad local y, ya de paso, probar  suerte, insertando calderilla en la insaciable rajita del monolito vegano multifrutas, cuerno de la abundancia, promesa segura de lluvia plateada, siempre que inviertas la siguiente moneda.

Con lo contenta que había mostrado ante la posibilidad de compartir mesa, a un plato y a un cuchillo, con Víctor Monteagudo, resultaba improbable cualquier tipo  maniobra conspirativa por su parte…  Ego te absolvo pecatiis tuis…Mater mea mala burra est…

En paz conmigo mismo y con el mundo, el demonio y la carne, me dispuse a una apoteosis narcoléptica, ambigua malgré lui, en los avariciosos brazos de Morfeo. Una dulce modorra me invadía, pleamar de sensaciones placenteras- ahora me duermo, ahora no me duermo-: flotaba entre delfines principales cruzando el horizonte a la que salta, sobre una enorme cama oval meciéndose en rítmico vaivén, al compás de una brisa fatigada,  mientras se escucha el canto lejano de un sincopado coro de sirenas con púdico sostén sobre partes pudendas, que, procedente de mis trompas de Falopio, se dirige, intermitente, a las de Eustaquio, en procura de un  requiescat, si no eterno, al menos largo tiempo merecido.

En tales tesituras me encontraba cuando un dios menor, mitad tritón, mitad fauno de los bosques con ganas de liarla, vino a situarse tras mi lóbulo orejudo izquierdo, por donde apenas oigo, merced a su museo Madame Tussauds incorporado.

-¿Y si…? ¿Y si…? – susurraba, insistente mi nuevo Pepe Grillo.

En medio del sopor, intenté, en vano, aclararme las ideas.

-¿AC/DC? ¿Felipe González? ¿Que debería tomármelo con calma…?- ametrallé, entre bostezos, eructos flatulentos y ventosidades de baja intensidad (a nivel aromático y a nivel decibelios), difícilmente detectables allende unos gayumbos hijos de muda vieja.

A mi interlocutor lobular se le dio por los latines:

In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti…

-Amén a eso… – contesté, pío, pío, segundos antes de ponerme, definitivamente, de los nervios.

Víctor Monteagudo venía siendo mi padre, qué te apuestas… La Verdad de todas las verdades  acababa de serme revelada.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 6

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 5

CRÓNICAS DE LILIPUT

Con la caldereta de leche sobre mi  cabeza de chorlito, tardé todavía un tiempo imprudencial en darme cuenta hasta qué punto me  habían estado creciendo los enanos infiltrados en mi jardín de las mil y una delicias.

Don Martín, inaccesible jefazo oficinesco, sin ir más lejos, pareció dispuesto a sacrificar esfínteres y lo que hiciera falta a cambio de un encuentro off the record con mi ángel de la guarda, lo que le llevó a mostrarse obsequiosamente relamido conmigo.

-Siempre se te ha valorado intramuros del convento, mi querido muchacho, en su justa medida. Llegarás lejos, a condición de que te dejes aconsejar por quienes, tiempo ha, hemos reconocido tus posibilidades innatas para el progreso ilimitado…- me espolvoreó, cierta mañana, tras haberme convocado en su despacho con la disculpa de encargarme unos supuestos envíos urgentes de correspondencia.

Mommie Dearest quiso también apuntarse al bombardeo.

-No tendrás que avergonzarte de tu madre. Casa por la ventana pienso echar. Haría  limpieza general, antes de que viniese tu valedor del pueblo, invitado de honor en petit comité, a una merienda-cena, servida por un catering que ofrezca garantías. A mayores,  pienso encargar algo de ropita en la modista, que hace siglos y siglos (Lula debe de pensar, a estas alturas, que me he muerto de asco, sin celebrar entierro)…, y, por supuesto, pedir doble vez en la peluquería… Y no digas que no, porque te pongo las maletas de patitas en la puerta…

Tomé la irrevocable decisión, sujeta a infinitas posibles variantes, de empuñar firme las riendas del timón, sin dejar a nadie que no fuera Ulises meter baza. Como primera providencia, me decanté por presentarme en el Hotel Excelsior, por si acaso pescaba trucha informativa. Tal y como esperaba, no obtuve resultado alguno. Pero eso es lo que hubiese hecho Philip Marlowe, ¿no os parece…?

-La señorita Rubio ya no está entre nosotros, por desgracia…- me aclaró, con evidente zumba, la recepcionista, chica mona, aburrida del mundo en general y de mi pretensión inquisitiva en particular- Y, desde luego, no estamos autorizados a proporcionar ningún tipo de información sobre su estancia o cualesquiera circunstancias personales. Si contacta con ella, recuérdele que todavía no ha hecho efectivo el importe de ciertos agasajos oficiados en nuestra sala VIP´s… Cuatro en total, creo recordar… Usted sabe a lo que me refiero, por tratarse de uno de los afortunados participantes en los mismos… Según consta en el borrador de la demanda administrativa a punto de presentarse en los juzgados, la huésped en cuestión se comprometió, bajo palabra, a hacer efectiva dicha deuda una vez de regreso en Madrid, donde le aguardaba, llegar y besar el santo como quien dice, el cobro de una herencia millonaria, procedente de su abuela materna, la Marquesa de O ***… A lo mejor, señor, a usted no le importaría hacerse cargo de una cuarta parte de la cantidad adeudada… Total, son unos pocos miles de pesetas…

-Me importaría tanto como a usted, Srta.… Srta. Ramírez, ¿no es así…? Lo he deducido a través  del tarjetón plastificado obrante en su pechera. Cero tuberculoso, con frecuencia aludido como “cero patatero”…Hasta dicho kilómetro en cuestión llegan mis intenciones de sufragio universal…

-Entonces, señor Cómo–se-llame (al no llevar nada colgante de su escueta anatomía, lo siento, no me es posible adivinarlo), permítame continuar con mi trabajo o me veré obligada a llamar al servicio de orden… Un par de mamalones, mejorando lo presente…

-Mensaje recibido. Le dejo mi tarjeta, por si recuerda algo…- dijo Marlowe, tal cual mandan los cánones, tras lo cual, le entregué un calendario de bolsillo pasado de fecha con  una fotografía de Fujiyama en su, según se mire, ya anverso, ya reverso, y puse pies en polvorienta, por si acaso lo de los mamalones iba en serio y empeoraban mi presente de indicativo en primera persona del singular.

                                                                            ***

No hubo necesidad de esperar mucho. Nuevas me fueron llegadas de un protocolo a seguir, avant le lettre, desde el punto y hora del descenso hasta mi humilde morada del Sr. Monteagudo.

Se trataba de una especie de decálogo se puede/ no se debe, cuyos momentos álgidos voy a reproducir aquí, fidel a mi costumbre de enseñar deleitando.

“1 A.- Antes de proceder sus respectivas entrevistas, los aspirantes deberán someterse, sin excepción alguna, al detector de mentiras y al escáner de metales.

1 B. – La vestimenta a lucir durante el primer contacto queda al arbitrio del participante, rogándose encarecidamente evitar, en lo posible, cualquier tipo de chabacanería o esnobismo de mal gusto en cuanto al atuendo se refiere. P. e., hombres sin chaqueta y corbata; manga sisa, faldas por encima de la rodilla y escote pronunciado en el caso de las féminas. En ambos casos, los zapatos han de ser cerrados, sin dejar a la vista los dedos de los pies.

2 A.-  Se puede, una vez en presencia de V. M., sacar a colación cualquier tópico conversacional.

2 B- Se deberá aguardar, por norma, a que sea él quien lo inicie. Se evitará, salvo en el caso de que el Sr. Monteagudo disponga lo contrario, todo lo relacionado con temas personales y/o de carácter disolvente.

3 A.- Las sesiones celebradas, en su integridad, serán objeto de grabación audiovisual por parte de técnicos especializados;  la Organización se reserva el derecho de posterior montaje (y aun doblaje) del material obtenido durante las mismas (quedando éste de su exclusiva pertenencia) , y su utilización, total o parcial, que estime conveniente.

3 B.- Las relaciones con los medios de comunicación social correrán siempre a cargo de la Organización.

4 A.- Durante el periodo de iniciación, l@s aspirant@s  deberán abstenerse de practicar cualquier tipo de actividad sexual, incluido el onanismo, a nivel tanto físico como imaginativo (“pajas mentales”).

4 B.- En caso necesario, la Organización no descarta someter a los infractores de cualquiera de los apartados anteriores a un periodo flexible de internamiento en uno de los campamentos habilitados para ello, sujetos a severa disciplina inglesa (¡Y, a buen entendedor…!)”

No quiero provocar vuestro aburrimiento continuando con la lista admonitoria de amenazas veladas, sin velar y medio pensionistas. El pasquín en cuestión aparecía firmado por un tal Lucas Santini, “jefe de protocolo”, cuya fotografía en el ángulo superior derecho lo emparentaba, sin demasiados eslabones de por medio, con un orangután de Borneo en pleno proceso evolutivo, motivo por el cual, sin duda, se permitía el lujo de sonreírnos a sus contempladores, luciendo dentadura de caballo con ojos vivarachos y gesto prepotente.

Cuando lo conocí- habría de formar parte del cortejo a punto de presentarse en estos lares, entre palmeros, tiralevitas, agentes de prensa y burócratas varios- llegué a la conclusión, quizás equivocada, de que, a partir de Santini hacia abajo, el resto de la murga monteaguda dejaba mucho que desear en cuanto a catadura y posibilidad de dar el pego.

Me pareció, desde mi puesto en la trinchera, remitir un nihil obstat a vuelta de correo. Mi momento estaba por llegar; toda esa banda de mafiosos de opereta iban a aprender quién es Fermín Monzón, hijo de Genoveva y de Emeterio.

…Y mientras tanto, mi fama pueblerina iba en aumento. La voz se había corrido a nivel popular de que la presencia de Víctor Monteagudo en aquella quimbamba cercana al finis terrae algo- mucho o poco-tenía que ver con aquel brillante y avispado estudiante de Derecho, azote de mediocres en la prensa diaria.

Yo lo guisaba y yo me lo comía; sentía a mi alrededor un general interés hacia mi otrora supuestamente anodina persona. No intento insinuar que el vecindario me solicitara un autógrafo al cruzarse conmigo; pero sí que la mayoría de miradas que ahora se me dirigían- sobre todo a las que al bello sexo se refiere- aparecían teñidas de respeto a distancia y ganas locas de serme presentados.

Se trataba, como ya habréis adivinado, de tomar impulso, apalancado en el “efecto Monteagudo”, para, a continuación, ponerme a volar por mi cuenta hasta donde sólo las águilas se atreven, una vez desenmascarado tan funesto personaje hasta dar con su fraudulento mito por los suelos, lo que contribuiría a labrar a mi favor fama y fortuna como paladín en defensa de los más débiles y menesterosos de la Tierra.

Cuando, pasados unos días, recibí un nuevo burofax de la Organización, convocándome a un cóctel de presentación en el Hostal de los Reyes Católicos compostelano, me quedé hecho polvo. Desde el principio, me había parecido entender que el lugar elegido para el santo encuentro a dos únicas bandas tendría como epicentro mi ciudad natal; venía a resultar, sin embargo, que se pretendía matar varios y variados pájaros y pájaras de un tiro, con aquel jubileo con anzuelo de canapé que te crio,  remojado en cup de frutas tropicales.

A grandes males, recetas de la abuela…Llamé a Evangelina por llorar en su hombro, olisquear el perfume de sus pechos secretos y merendar “de gratis” tejeringos, hundidos en un mar de cacao al 90 % de pureza en estado semisólido.

Obtuve su inmediata simpatía y aliento; y una negativa elevada al redondo de discutir el peliagudo asunto, después del refrigerio, sobre sábanas de Holanda, en un discreto hostal de las afueras, poco o nada católico y mucho menos, “regio”.

-Pues no acudas al reclamo y asunto concluido… Luego publicas un artículo en la prensa y los pones a parir por montajistas… ¡Con las ilusiones que te habías tú hecho…! ¡Pobrecillo…! Si su majestad quiere verte, que se moleste en acercarse hasta tu casa… Eras feliz sin él, hasta el momento… Hazte valer y verás como traga…

Sentí una violenta descarga de adrenalina en algún remoto rincón de mi cerebro. Con el  último churro asomando grasiento de mi boca bembona, me apresuré a despedirme a la francesa.

-Lo siento, nena… Acabo de acordarme de que hay algo de lo que no me acuerdo… Hoy pagas tú, porque yo tengo prisa… Lo he pasado de buten y me has sido muy útil… Arrivederci, mona…

Y la dejé con tres palmos de narices, algo de lo que no me hago responsable. Echadle la culpa a Madre Naturaleza: Evangelina tenía de chata lo que yo de pinocho mentiroso…

Tras asegurarme de que Atilano Silvosa se encontraba en su domicilio mediante llamada telefónica de tintes misteriosos y apremiantes, desoyendo sus disculpas disuasorias, no paré hasta quedar plantado delante de su puerta de la calle, donde pulsé el timbre del portero automático, ígneo de impaciencia.

Alicia cancerbera- raro sería…- no estaba para visitas de cumplido.

-Nos viene mal una nueva aparición fantasmal de las tuyas…- dijo un telefonillo cargado de chirriantes vibraciones como fondo- Qué te apuestas, por una tontería… Te abro y subes. No te olvides de cerrar abajo, no vaya a ser se nos cuele algún indeseable…

Mal follat, la expresión catalana, se me antoja explicación plausible para el todavía peor café que se gasta conmigo la única Alicia aborrecible que conozco.

  Me encontré sin comité de bienvenida apoyado en el quicio de la mansión Silvosa. Acostumbrado a todo tipo de desplantes, avancé pasillo adelante entre olor a fritanga girasola y rezongos oscuros procedentes del despacho de Atilano.

-El colmo bien colmado…- me espetó cuando me hallé, por fin, en su presencia- Empiezo a sospechar que acosas a mi esposa con fines indecentes…

-Eso quisierais ella; pero, sobre todo tú, liberado de penosas tareas de acoplamiento semestral a la nave nodriza…

-Sienta y levanta. Estaba trabajando, engolfado en un hemistiquio de difícil factura. Concedo improrrogables diez minutos, transcurridos los cuales, ordenaré que te expulsen a escobazos…

Me incomodé sobre un puf descompensado y comencé mi planto lamentable.

-Que no me acuerdo, chico… Tú, seguro que sí, enciclopedia andante elefantina, sobrado de memoria para el dato encerrado… Concéntrate en los clásicos dorados españoles… “Menosprecio de corte y alabaza de aldea” como tema de fondo… Esto va, a nivel de planteamiento, de un rey que, en un arranque populista, se pone a hacer turismo rural, por ponerse en contacto con la plebe; por otro lado, tenemos a un palurdo, más bruto que un arado: el suyo propio, el de su padre, sus hermanos y  su abuelo… ¿A que empieza a sonarle el cascabel al gato…? Total, enterado el palurdo, se da por ofendido… Este es el nudo… Del desenlace ya te encargarás tú, porque me pierdo…

Se avino mi Atilano a trance pitoniso mayestático; puso cara de esfinge y quedóse traspuesto, procesando sus bites de erudición libresca  (no cultura propiamente dicha), manejando datos desalmados, incapaz por sí mismo de convertirlos en ideas originales propias.

-Ya me come… Ya me come…- rompió el silencio Zaratustra, como quien rompe un plato de sabrosísimas viandas- Mas, cuando estoy a punto de centrarlo en la glotis o bocado de Adán, se me escurre por la punta de la lengua…Que sale, que sale… Helo, helo, por do viene…  Juan Labrador se llama ese palurdo que procuras…

Me sentí al borde mismo de un súbito éxtasis teresiano, con permiso de S. Juan de la Cruz que también los gozaba, y de qué modo…

Después de todo, iba a resultar que, después de tantas vueltas de campanas al vuelo, al final, iba a ser  yo  el villano de aquel drama…

El cómo y el porqué, lo explicaré en el próximo capítulo.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 5

Sweet Evangelina, pa servir a dios y a usted…

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 4

LA HIDRA DE LERNA

No había transcurrido una semana de los sabrosos lances reflejados con pelos y señales en el capítulo anterior de este opúsculo, tan curioso como impetertinente, cuando el ciudadano Fermín recibía en su domicilio un burofax donde la “Fundación Nueva Cólquida”, en nombre de su presidente y alma pater, Víctor Monteagudo, me felicitaba, en plan tórrido, por alta valoración que les merecía mi respuesta a las durísimas pruebas a las que se me había recientemente sometido.

“Has demostrado con creces una poco común firmeza de criterio, capaz de resistir todo tipo de tentaciones y de falsas promesas: fiel a ti mismo, no te importó, en ningún momento, mostrar la primacía de tus sólidos principios éticos y morales. Hombres recios, sólidamente formados, es lo que, en nuestra organización, se valora a la hora de elegir futuros dirigentes, para iniciarlos en su camino hacia el éxito personal y, en definitiva, el de la organización de la cual habrá llegado a formar parte.”

A punto estuve de descojonarme de la risa (nerviosa). Esperad, porque hay más:

“Nuestra agente especial, la Srta. Rubio, se ha deshecho en elogios de tu comportamiento, acreditando una hombría de bien que parecía especie ya extinguida en el presente siglo. Según su informe, lleno de subrayados y admiraciones en negrita, se amalgama en tu espíritu una curiosa mezcla de delicadeza, savoir faire y congénita empatía, que hacen de ti, no ya el “hombre del año”, sino un valor, por desgracia irrepetible, seguro y perdurable para cualquier equipo de trabajo: sabes mandar y ser obedecido, siempre en parámetros de fidelidad sin fisura alguna a nuestra empresa, en cuyo seno te haces amar y respetar, a fuerza de tesón y de carisma. Conocerte, asegura en su escrito, es un viaje en clase business a Utopía…Por despejar cualquier duda posible a nuestros ojos, la grabación – sin cortes – de vuestra doble entrevista en el Hotel Excelsior, downstairs & upstairs, con su noli me tangere por lo que a ti respecta, deja patente la veracidad de todos sus asertos. Bienvenido al club de los bendecidos por el Destino con la grandeza de sus miras, preclaros individuos pertenecientes a una elite de elegidos para la gloria que no se dejarán nunca  comprar, ya sea por un selecto cuenco de beluga o una humilde escudilla de lentejas viudas… En cuanto a la grabación aludida más  arriba, no debes preocuparte: la única copia existente, una vez visionada por nuestro comité de expertos, ella misma se autodestruyó en cinco segundos, con el vibrante tema de Lalo Schiffrin como música de fondo. Una hipotética disponibilidad para el chantaje resulta estadísticamente irrelevante. En cuanto a la Srta. Rubio, domina el arte de no irse de la lengua, aunque se muestre toda una experta, je-je-je…, a la hora de emplearla en otros menesteres menos píos, frente a hombrecillos pusilánimes que caen en su red a primeras de cambio… ”

El párrafo anterior, sin ir más lejos, en su polivalente casuística,  me obligó a correr hacia el cuarto baño a lumbre de carozo por liberar tensiones terrenales. No descansé hasta dejar mis cárceles del cuerpo sosegadas…

El mensaje establecía una nueva cita sin entrar en detalles de la misma, lo cual me permitía ganar tiempo y seguir investigando antes del “gran encuentro”. La fiel Evangelina, por una vez, iba a quedarse con las ganas de participar en el festín del burofax y sus implicaciones; de bastantes ínfulas de protagonismo suyo frente al mío había dado muestras ya en lo que va de trama. La perdono porque me paga las meriendas astringentes, a cambio de presumir, a mi vera, siempre a la verita mía, de noviete informal con derecho a suspiro, durante los fines de semana pasados por agua, siempre que me sea solicitado en tiempo y forma.

Atilano Silvosa, especialista en ripios y compañero de aula parva durante el bachillerato, fue la primera persona en quien pensé, a la hora ampliar el campo de visión de la jugada sobre el porta. Él me finge amistad; por eso lo detesto, lo que no quita mi empecinado empeño, a prueba de desprecios sucesivos, por lograr su beneplácito. Therese Desqueyroux (¡Ya es hilar fino…!) sentía algo muy parecido por el marido al que andaba envenenando…

Fui a visitarlo a su domicilio conyugal sin cita previa, por aquello de haber sido amigos en la infancia.

Alicia, santa esposa, diez años mayor que él, me recibió de uñas pintadas, pies y manos, como suele. Decoradora y escaparatista, estaba obsesionada con los palanganeros art decó (me refiero a los muebles), hasta el punto de haber invadido, a punta de jofaina, todas y cada una de las estancias de una vivienda que guardaba más de un punto de conexión con la cueva de Ali Babá, de nombre “Sésamo”.

-Soy muy de aguamaniles…- me había explicado la primera vez que, recién regresados  del viaje de novios, los visité en su casa, tras  cerciorarme de la ausencia del recién estrenado marido, por sonsacarle a ella, en su candidez, si, de veras, se había consumado el matrimonio, para poder contarlo urbi et orbe y con todo lujo de detalles entre nuestras comunes amistades.

-Lo pillas trabajando en su despacho… Mejor no lo molestes…

Atilano de los Bosques, autónomo malgré lui, llevaba la contabilidad de pequeñas empresas locales en los escasos ratos en que sus musas le dejaban en paz con sus sonetos yámbicos y sus estrofas de la pata quebrada y en casa. En guerra santa perpetua con el mundo de la vulgaridad, Atila-no y sus muchachos, pues ya había creado escuela, tenían por malditísima  trinidad cuadripartita a los poetas simbolistas franceses y por vírgenes prudentes, a Virginia Woolf y Vita Sackville West, juntas y revueltas.

Siendo media mañana de domingo, lo de “estar trabajando” me sonó a petenera. El “bienvenidos a casa” obrante en el felpudo sonaba a un “no pasarán”,  a “persona non grata”…

-Pues dile que me llame en cuanto pueda, por favor… ¿Te acordarás…?

-Te repito que anda muy ocupado…

Y entonces apareció a mitad del lúgubre rellano, al son de trompetas y timbales, iluminándolo con su luz de fuego fatuo, el Divino Atilano, luciendo una bata a lo lord Byron y una expresión de trascendente hastío en su acuosa mirada acristalada. Por acaso se os apetece haceros una somera idea de las pintas que se gastaba entonces, buscad en internet una foto de Vincent Price en años mozos y quedaréis razonablemente satisfechos.

-Te supongo enterado de mis crisis lumbálgicas mediante malas artes…- se quejó amargamente – Siempre que tengo una, te presentas aquí, en busca de remedio a tus problemas… Pasa, pasa… Y tú, mujer, tampoco es para tanto…En el fondo, algo de aprecio permanece a su persona… ¿Olvidas que fuimos juntos al colegio…? Él finge andar desmemoriado; pero mucho lo tengo defendido de un acoso escolar fruto a su naturaleza retardada…

Estoy por apostar que se trata de un cuento narrado del revés: nunca- y hubo ocasiones abundantes a lo largo de los años- me tomé la menor molestia en aclararlo…

Me hizo pasar casi a empujones, no todo lo cariñosos que debieran, hasta el corazón hecho polvo de su despacho de la Metro Goldwyn Mayer, autentica leonera de cachivaches varios, entre los que destacaban, faltaría más, palanganeros de todos los tamaños y termitas.

-Siéntate donde puedas, anda, y procura ser breve… Me hace gracia: siempre acudes a mí en última instancia, cuando compruebas que el resto de las puertas se han cerrado en tus bubónicas narices… Venga, empieza… ¿Qué tripa se te ha roto en este caso…?

Tardó minuto y medio en sacar conclusiones y cien segundos en sonrojarse, verde de envidia enferma, hasta en el blanco jaspeado de los ojos.

-Además de darte pote conmigo, ¿qué pretendes…? ¿Un curso acelerado de savoir faire para tratar de igual a igual con la crema de la leche…? ¿Qué me convierta, de pronto, en Henry Higgins, con vistas a tu baile de embajada…? Víctor Monteagudo, nada menos… Picas tú muy alto,   Fermín Doolittle, violetero… Con mucha suerte, que hoy me pillas de buenas, puede que hasta me ofrezca a allanarte el camino, siempre que me des cancha y manos libres para llevar tu embolado a mi manera… Yo no trabajo gratis y te consta… Debieras adorarme y recibo de ti distanciamiento a lo Antonioni: me haces la cobra a primeras de cambio… ¿Alguna vez pretenderás a reconocer el valor de un verdadero amigo…? Es pregunta retórica, no hace falta que contestes… Otrosí, y el que avisa no es traidor: no intentes marginarme del proyecto o me veré obligado a informar cumplidamente a los de la Nueva Cólquida con qué clase de espécimen trece por docena piensan meterse en danza. Ten por seguro tomarán buena nota y procederán en consecuencia.

Había metido el zueco una vez más, tercera o cuarta piedra a tropezar mi animal interior (¡Como si no lo conociera…!), al sucumbir a los encantos harto dudosos de Atilano Silvosa, y volar, imprudente,  sobre el nido del cuco de una urraca ladrona de las famas ajenas y una ocasión con alopecia galopante, nacida para mí, a despecho del resto de mortales, a punto de perderse por haberme ido- y avisado me tengo…- de la lengua invertebrada.

Traté de emborronar todo lo hablado, sin grandes esperanzas de progreso. Atilano Silvosa, en esto, en lo otro y en lo de más allá, actúa como los cerdos de pocilga: una vez hincado el diente a la confiada víctima, jamás renuncia al bocado entre mandíbulas.

Alicia en el país de los aguamaniles art decó, para acabarla de liar, hizo inesperado acto de presencia.

-Bien sabe dios que no pensaba inmiscuirme en vuestros tejemanejes tres al cuarto… Habláis tan fuerte que hasta la cocina, donde hacía de vertedero, me han llegado los ecos de una más que ridícula polémica… Porque vamos a ver, Fermín, alma de cántaro, ¿de verdad aspirabas a darnos esquinazo…? ¿Quién te crees que eres…? Díselo tú, Atilano, o se lo planto yo en su jeta leporina, con diplomacia cero…

-Regresa a tus labores detergentes y déjanos tranquilos…- respondió su consorte, desbrido, haciéndose el valiente- Espero no tener que repetirlo…

-Tú y yo tendremos una pequeña conversación antes de que acabe la mañana… Pero antes, permitidme los dos, Caínes y Abeles,  una rápida lectura de cartilla… Nombráis en mi presencia a Nabucodonosor, con jardines colgantes incluidos, y no me hace la mitad del efecto afrodisíaco que me provoca el oír mencionar, aun de pasada, a Víctor Monteagudo de las Heras… Hombres necios, jamás entenderéis lo que, en verdad, nos interesa de vosotros a las mujeres sabias que en el mundo han sido… Y pues voy a tenerlo al alcance de mi vista, no seré yo quien pierda la ocasión de mostrarle pleitesía; pleitesía y lo que surja, hale-hop, en la espuela del momento… Os doy por enterados: en el affaire Monteagudo no se moverá una paja de pajar sin contar conmigo, suma sacerdotisa plenipotenciaria del culto a sus encantos de varón esclarecido… Baste dejar atado y bien atado que, desde este punto y hora, me autoproclamo Presidenta de Honor Vitalicia del Comité de Recepción a tan insigne prócer, así como única redactora del Programa de Fastos y Festejos subsiguientes. Punto pelota. He dicho… Se levanta la sesión al no haber otros asuntos que tratar y me encamino derecha al fregadero… ¡Hasta arriba está el pobre…! Los buenos días, Fermín; y que no se te olvide el darle un besazo a tu madre de mi parte…

El mutis por el foro de la Swanson en “Sunset Boulevard” no le llegaba, en gloria, a sus talones. Dejó la puerta abierta y un perfume en el aire de Loewe y de lavavajillas concentrado…

Atilano, todavía en estado de desgracia, intentó en vano recobrar el peso de la púrpura, tomando, entrecortado, la palabra.

-Ya la conoces… Mañana estará pensando en otra cosa… (Y resultó que nones: pronta ocasión habrá de comprobarlo).

Intenté ponerme en pie y salir de estampida, preguntándome por el delito cometido. Fallé al primer intento y al segundo. Mi amigo y compañero de la infancia se vio obligado a levantarme de un empuje hacia arriba, al estilo Mileto, sujetas mis axilas con sus garras.

Humillado y ofendido, Iván Petróvich (“Vania”) prometió volver de visita, una tarde de aquéllas, para seguir perfilando la estrategia más adecuada a “nuestros” planes, camino de convertirse, en cuanto a cabezas pensantes y cabezas de chorlito implicadas, en una nueva y espantable hidra de Lerna…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO CUARTO

Atilano Silvosa, a la chupa libidinosa de pulgares…