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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 8

VICIOS PÚBLICOS,  VIRTUDES PRIVADAS

Al final, llegamos a un acuerdo razonable: a cambio de escuchar el desenlace de la azarosa aventura del bueno (ma non troppo) del Ginés, se nos autorizaba a la Srta. Rubio y a un servidor a instalarnos durante media hora del reloj en la “suite nupcial” de la planta segunda donde aquélla tenía instalado el chiringuito.

Tomemos pues el hilo y el ovillo del affaire ginesiano, cuya sinopsis de primeros escalones en descenso a los infiernos de su pequeño gran protagonista se me antoja improductiva y recurrente.

Nuestra Scheherezade con vestido chinés no se cortó un pelo de su vasta dehesa y la emprendió con un “decíamos ayer”, situado hacía un cuarto de hora, para, enseguida, adentrarse en materia delictiva:

-La tal Vanessa, fíate y no corras, menuda pajarraca, tardó un jadeo en calcular las posibilidades de sacar tajada; sin ir más lejos, vivir a cuerpo de reina en nuestra casa, y sin soltar panocha, ni diezmos ni primicias. A mis espaldas por la parte del culo, envolvió al pobre Ginés entre sus mallas, apalabrando masajes y vendajes para un difuso luego a largo plazo.

“-Déjame hacer a mí; de no quedar por completo satisfecho, mi palabra en el monte de piedad, te devolvemos el tiempo y el dinero…”- parece que le dijo, o se lo dio a entender, extremo éste que no me ha quedado claro…

“La muy truhana, en un visto y no visto, nos hubiese labrado la ruina de Palmira, de no ser un cruzado de circuitos devenido en su mente “si te he visto, no me acuerdo”. Nos vino dios a ver montado en su trineo…¡A saber lo que hubiese sido de nosotros…! De por sí fantasiosa, se le antojó un baile de disfraces: ¿no quería vendas…? Pues lo dejó convertido en un Tutankamón, con la disculpa de mantener a raya la repentina aparición de una división azul de venas varicosas pantorrillas arriba, hasta casi dejar marcados perendengues. En llegando a la altura de la boca del cordero, sobre la cual fue a situar, estratégicamante, un pentagrama de esparadrapo doble ancho para impedirle hablar o ingerir alimento, no se detuvo, no, su afán de empaquetar vivo a mi esposado, con “La Bamba” como música de fondo: ay arriba y arriba, arriba iré, hasta cubrirle sus páramos de calva con un artístico casquete de prelado pontificio.

“Peor se lo puso el segundo movimiento espasmódico assai de aquella sinfonía peripatética: Vanessa en Cueros, tras dormirlo con doble ración de cloroformo, comprado en la farmacia sin receta, desgracias a un descuido mío todavía sin perdonarme, lo sacó a hombros por la puerta trasera del hostal y no paró hasta llegar a acomodarlo sobre banco de piedra, en los jardines de la residencia sanitaria, donde habría de permanecer durante varias horas antes de que extrañase su presencia por la zona, cubierto de mensajes, a cual más soez y más blasfemo (por finura natural intrínseca, no menciono las cagarrutas de paloma), a causa de los cuales, cuando todo se aclaró (es un decir), nos impusieron una multa de cien mil pesetas por escándalo público. Sobre el  cómo y el porqué Ginés I del Alto y Bajo Nilo había llegado allí y alcanzado tan lamentables condiciones de amortajamiento y abandono, corrieron diversas versiones contrapuestas. La más comúnmente aceptada situaba el percance en una despedida de soltero pasada de gin-tonics, en la que los invitados se habrían confundido de fiambre a embalsamar, a modo de humorada o de gracieta.

“Por otra banda de ladrones de tumbas faraónicas, y atendiendo al añejo e impoluto prestigio de mi establecimiento, preferí no sacar a colación el ensobrado nombre de Vanessa, según su DNI, Manuel Jesús, a la sazón con los pies en polvorienta, por aquello de librarse de la quema de conventos.

“Para acabar, que no me duelen prendas, dejó constancia de que Ginés, es decir: mi marido ante dios y ante los hombres, aguantó el chaparrón como un jabato, aun a sabiendas de mi querencia natural hacia el Capitán Trueno. Nobody is perfect (“no hay boda perfecta”; y la mía, por desgracia, tampoco -y tan poquito de tamaño el contrayente). Entenderán ustedes, echándole miaja de caletre, la tirria que se le tiene en el Hostal Camichi a los travestis, sin señalar a nadie, que solo faltaría…

***

Lo primero que hizo la Srta. Rubio tras haber colocado el cartel de “no molesten”, fue tomar posesión de en su lugar descansen cerrando la puerta con pestillo, para, a continuación,  poner el hilo musical a romper tímpanos a partir de la Orquesta Mantovani (Éxitos de Oro).

– Intentará poner la antena, qué te apuestas…Mira a ver si localizas las mirillas, detrás de alguna de esas láminas colgadas…Olvídate de cámaras grabando: la paisana en cuestión, además de fallarle el pedigrí, no apuntaba maneras, a que no, de dominar la electrónica aplicada…-me susurró al oído, la mar de misteriosa.

Con desgana evidente,  me puse hurgar en el trasero de una escueta monografía sobre temas taurinos obrante en las paredes, con nulos resultados estratégicos.

-En cuanto a esa amiguita tuya por la que tanto te interesas, ni pincha uvas ni corta el bacalao a la vizcaína; una de tantas,  por lo que me tienen contado allá en el tabernáculo… Existen muchos filtros de seguridad entre Santini y ella; lo más probable: que sus mensajes embotellados se hayan perdido caminito de la Habana… Si pretendes escarmentar indiscreciones de semejante lenguatera sin frenillo, y me parece lógico y plausible, se te ofrece un surtido catálogo de “qué putadas, mis brigadas”: ahora mismo tenemos en oferta preferente abundante rociado de sublimado corrosivo sobre el cutis (o sobre el culis, para casos sodomitas) del sujeto objeto de vendetta. De preferir algo más churrigueresco, podríamos ofrecerte, en exclusiva rigurosa, a precios de imposible competencia, baño nudista de chapapote espeso y endredonado posterior con plumas al piojo de gallina rubia ponedora… De elegir esta opción, el acoso telefónico nocturno y las pintadas amenazantes en su coche nos iban a salir completamente gratis et dolore…  Y ahora atiende a lo mío, no seas impertinente…¿Sabes cómo se te conoce puertas adentro de la organización…? Monzón, el Margarito: sí pero no, no pero sí, nos quiere/ no nos quiere… A la que se ha sido sancionada mientras tanto, con un mes de suspensión de empleo y de sueldo, a ver si te enteras de una vez y tomas nota, la tienes ante ti,  al alcance del mejor de los remedios: regresas al redil diciendo Diego y todos tan felices y  contentos como unas castañuelas…¿Qué me dices a eso, bandolero…? Borrón y cuenta del rosario de mi madre: un armisticio y una paz honrosa, tras lo cual pueda cobrar mi porcentaje…

Se había tumbado, cual maja goyesca espatarrada compuesta y con novio a la vista,  sobre un lecho con dosel apolillado, agitando pestañas, canalillo perlado de sudor y una expresión de fatiga milenaria en el semblante.

Yo sentí que mi sangre se tornaba plomo derretido a la busca y captura de desagüe aliviadero cuesta arriba. Hombre avisado, y sabiendo con quien me la jugaba, tomé mis precauciones profilácticas: de ir a proceder ella conmigo contra naturaleza, antes del acto en sí, por lo menos saber a qué atenerse en la tocata y fuga de fluidos.

-Perdona que, aprovechando la espuela del momento, hurga que hurga al sur de mis ijares, te haga la incómoda pregunta de los sastres de antaño: tú, ¿de qué lado cargas, al vestir pantalones…? Me refiero si al este o al oeste…

Miss Blondie no se mostró, contra todo pronóstico, ni inquieta ni turbada ante un envite en forma y fondo de apurado-por comprometedor- requerimiento informativo: se echó a reír alegremente, agitando, al unísono y a pares, a modo de serpentinos crótalos enhiestos, sus perniles y turgencias semihidrópicas.

-No se lo van a creer en Madrid cuando lo cuente… Hombre de poca fe y alcances limitados, mete el dedo en la llaga, como Santo Tomás, que luego ya hablaremos de puntos cardinales… ¡Cuánto cuesta ganarse unas pocas pesetas de vellón…! Porque, vamos a ver, alma de cántaro ido a la fuente más de necesario y conveniente, ¿es ése el baremo que utilizas para dirigirte a una señora de los pies a la cabeza, sin engorrosas escalas intermedias…?

Una reencarnación en plan fachoso de Dª Luisa Carlota de Borbón Dos Sicilias (con una no llegaba para tanta realeza) se levantó de un salto de Iguazú, y avanzando hacia mí, sanjuanera evangelista revelada y rebelada, me cruzó la cara por el paso de cebra, con semáforo en rojo sangre derramada:

-Manos blancas no ofenden…- me pareció entender, nebulizado.  Y aun añadió, redicha y resabiada- No lo digo yo: lo acuñó el ministro Calomarde, ante el lecho de muerte de Fernando VII, el infausto monarca que usaba paletó, que es un abrigo largo hasta rozar tobillo, por si no lo sabías…

Ay mísero de mí; ay, infelice… Antes de lo previsto, sin llegar a descifrar el gran misterio del sexo de los ángeles, fue a sucederle a mi precoz organismo en hora punta otro tanto que en el hotel Excelsior, ¿lo recuerdan…? Empiezo a sospechar que es que me va la marcha del estacazo y tentetieso cosa mala…

Sin embargo, esta vez, no hubo ocasión de fumar un cigarrillo después de la batalla: fui a desmayarme y a caer cuan largo era-me refiero al conjunto de mí mismo, no a mis partes litigantes- sobre el césped pulgoso de la alfombra.

Se hizo la sombra y allí paz y después gloria.

***

Me desperté convencidísimo de hallarme sobre pétreo banco ajardinado, cubierto de vendajes y de ungüentos, muro de lamentables imaginaciones al poder, puerca letrina de palomas y vencejos. Se trataba de una falsa alarma, por fortuna. Mi ubicación momentánea no era otra que un caótico camastro bajo palio y, según pude comprobar de malas a primeras, condenado al estado de absoluta desnudez corporal en el que dios, en su infinito sentido del humor amarillento,  dispuso traerme al mundo, al demonio te coma y a las carnes fláccidas.

Mano sobre vergüenzas, que con una me llegaba y me sobraba, busqué entre el maremágnum la sábana pudenda y acabé por cubrirme con la funda de almohada.

-¿Se puede saber qué has hecho con mis ropas interiores y exteriores…?- le pregunté a la virgen prudente a pie de lecho.

-Ponerla a buen recaudo, señorito…- contestó ella, británica perdida, muy materia de hecho- Has padecido un súbito golpe de calor. Gracias a mí, no andas criando malvaviscos, tras la pájara pinta que pillaste… Espero que sabrás agradecerlo… Ya sabes cómo: poniéndolos de buenas a mis jefes. Pero por si mis esfuerzos salvavidas todavía no te pareciesen suficientes, me he tomado la libertad…más bien libertinaje, de hacerte un reportaje fotográfico, en diversas posturas y actitudes (con ce de ceniciento; porque aptitudes, a qué engañarnos, más bien pocas y malas, por no decir peores o pésimas), aspirante a tener un recuerdo de tu grata visita a mis dominios, y no los de internet: en el Hostal Lolichi… Por la ropa, me temo, hay que esperar un rato: en tal estado se encontraba de penuria que me he visto obligada a enviarla a la lavandería, para librarla de mugres y miasmas…

Ruiseñor a mi pesar, sentí una espina de rosal en invierno atravesarme el alma. Una oscura sospecha se estaba apoderando de mi espíritu. Tomé las debidas precauciones y me jugué, al despiste, la partida.

-¿Insinúas que no tengo nada que ponerme…?- clamé, más jeremíaco de lo que era de esperar, dadas las circunstancias.

-No insinúo: me limito, sucinta, a informar de lo acaecido. Poca cosa: en media hora, el tiempo concedido por la patronal Lolichi, no se toma la mitad de Zamora…Por mí no te preocupes: te tengo ya muy visto… Te lo adelanto a beneficio de inventario: al no ser una de piedra berrocal y lucir quien yo me sé tan bien dotado, alguna inocente perrería no la descartes… Cogito, ergo sum (“cojitos somos, y en algún agujero nos encontraremos”)… Piensa dónde te escuece, por hacerte una idea…Por matar al gato, que no quede…

Si por eso iba a ser, me lo estaba temiendo. Madame Lolichi había dado en el clavo y en la clave.

– Si lo prefieres, espera al revelado de las fotos en color, en formato DinA-4, como mínimo: allí se pueden ver los cuerpos del delito en plena interacción, con pelos y señales… Valen un potosí las instantáneas…Do ut des, según el latinajo… Donde las dan, las toman; de todo hay en los viñedos de un señor y una señora, y viceversa…-añadió la sucia chantajista, a máscara quitada- Ni siquiera te molestes en buscar: carretes y carretas se hallan a buen recaudo, en una caja fuerte…Yo que tú, me ponía en contacto con Santini… Pero no te demores, tempus fugit… Ah, por cierto, porque no tengas que esperar, a módica tarifa, puedo alquilarte un pantalón pitillo, una camisa a cuadros escoceses y una feliz pareja de chancletas…

Tembloroso cual flan chino mandarín, me decidí a llamarle pan al vino:

-Va a resultar entonces, Srta. Rubio, que usted no nació como es ahora, ¿o me equivoco…?

-¡Este Fermín Monzón es unos Sanfermines…! Tú lo que quieres es que me pille el toro…Pongamos que, recién venida al mundo, no abultaba tanto como ahora… Y no hablemos de bultos, que me cansa… ¿Y qué más te dará, si fue durmiendo y en pretérito imperfecto subjuntivo…? Lo pasado, pasado… Yo me lo pasé pipa, por supuesto…

***

Solo, fané y descangallado, revestido de olor a naftalina, chancleteando en un claqué interminable, regresé al solar de mis mayores, polvo, sudor y hierro por quitar al asunto: una colonoscopia se la hacen a cualquiera, al más pintado (y al menos pintado, que es mi caso).

Nuevo en estas lides, me duché, por si acaso (y porque recurrir, in extremis, a la píldora del día después me pareció un poquitín exagerado…).

-Una y no más, Santo Tomás…- me juraba a mí mismo, toalla en mano- Con tal de que no vuelva a repetirse, condición sine qua non, no tengo por qué flagelarme con el tema…

Pero el hombre propone (y si no, al tiempo y a un ganchillo)…

Cuando telefoneé a Santini (y lo hice, por dignidad, a cobro revertido), éste me recibió abriéndose de orejas…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 8

 

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 7

LOS ACCIDENTES OCURREN…

Me tengo por un individuo razonablemente aprensivo, si bien poco alarmista; mis circuitos del pánico necesitan pruebas fehacientes para ponerse en marcha: todo lo demás es temer a Virginia Woolf, a los lobos feroces y a demonios pintados…

Uno, per se, puede resbalar en la bañera y partirse la crisma o, habida cuenta de que la naturaleza imita al Arte, mientras va de paseo dominical matutino por estirar piernas e ideas, recibir un inesperado macetazo en plena testa, a lo Graco en “Ben Hur, con idénticos o parecidos resultados comatosos.

 Otrosí, encontrarse, un suponer, una cabeza de caballo ensangrentada debajo de la almohada o una cobra real en erección dentro de la bañera no se consideraría moco de pavo, sino preaviso de los cielos infernales.

Mi ración de “mal rollo” comenzó con un tonto episodio doméstico: de madrugada, una paloma se presentó en mi dormitorio de soltero y comenzó a picotearme, confianzuda, las mejillas. Cuestión a considerar: todas las ventanas de la casa habían permanecido cerradas a cal viva y gregoriano muerto desde la mañana anterior, por la manía que les tiene mi madre a las corrientes de aire, “asesinas en serie”, responsables de tantas lumbalgias miserere. Cuando, escoba en mano, defenestré paredes de par en impar por expulsar a mi extraño visitante nocturno colombófilo, éste resultó imposible de localizar, a pesar del exhaustivo posterior examen del inmueble.

-Habrás sufrido pesadillas, hijo… Anoche te pasaste con los quesos cabrales… – argumentó la Sra. Genoveva, tras escuchar mi crónica del alba- Las digestiones son como bombonas de relojería… De haber cenado lo que yo, patas al vapor y pescado a la plancha, te hubieses levantado tan ufano, después de haber soñado con las angelitas … A ver, saca la lengua: le voy a echar un vistazo…; pero, primero, me echarás el aliento… Mejor, aguarda: asegurémonos primero de que no padeces fiebres tifoideas…

Aproveché para tomar soleta su apresurada marcha hacia el cuarto de baño, en busca del oráculo mercurial a instalar en regiones inguinales, obrante en nuestro botiquín de segundos auxilios (los primeros corrían cargo de San Felicísimo, en franco contrapunto de su insobornable condición republicana: una cosa es predicar la tricolor y otra, en coyunturas tan urgentes como aquélla, sacarte ora pro nobis de un apuro).

***

No tomé nota del extraño suceso ni lo encajé en la lista de arcanos en progreso: dejé correr el episodio cuesta abajo en su rodada. Tenía cosas peores en las que ocupar el cerebelo. Hermana Evangelina o madre Genoveva, ¿iscariotas las dos-que todo podría ser-; iscariota una sola –pero, ¿cuál…?-; iscariota, ninguna…? ¿Controlarían mi mente, a lo Svengali, hasta el extremo de leer mis pensamientos…?  Siguiendo instrucciones de la Organización, ¿me habría instalado la Srta. Rubio, durante nuestro fugaz encuentro en el Hotel Excelsior, un detector de deserciones inalámbrico; por ejemplo, en el glande (lo había notado hinchado,  tumefacto y cabizbajo, aun varios días después de  nuestras trés dangerous liaisons, en régimen severo de “aquí te pillo, aquí me vengo” (nótese la anfibología maligna dejada caer en el aserto)…?

***

Nuevas pruebas aguardaban a mi probada capacidad para desconfiar de todo lo que nade, corra o vuele.

Al inquietante augurio de una fantasmal paloma, equivocada quizás de dormitorio (si es que no se trataba del Espíritu Santo trinitario en persona), sucedió, días más tarde, un asaz desconcertante percance callejero, en el que me vi envuelto sin cagarlo ni mearlo.

Camino y corto el viento rumbo a mi puesto de trabajo ganapán cuando, de pronto, una sombra situada a mis espaldas, me cubre los ojos con sus manos.

-Adivina quién soy o pagas prenda…

Aun no estando para jueguecitos mañaneros dada la premura de la hora, palpé unos dedos, sin duda femeninos, férreamente sujetos a mis cuencas pitañosas, poco o nada encantadas de aquel súbito ataque intempestivo.

-¿Evangelina…?.- aventuré, a la buena del demonio.

-Frío… Frío…- canturreó una voz aguardentosa, desde la retaguardia.

-Pues no caigo…Suéltame ya, caramba… Llevo bastante prisa. Pero, además, me estás haciendo daño…¿Son anillos eso que llevas puesto…? Alambre de espino, yo diría…

-Déjate de chingar con pendejadas y a lo nuestro… Soy portadora de un mensaje para ti… A buen entendedor, pocas palabras sobran… “Sólo pensar en traicionar es ya una traición consumada…” ¿A que te suenan estos cascabeles de gato escaldado…? Una vez me haya ido, deberías meditarlo muy a fondo. Si has entendido, bastará digas sí con la cabeza…

Giré sobre mí mismo en brusca rebeldía, hasta quedar enfrentado a una perfecta desconocida -¿estás seguro…?- que me pedía encendidas disculpas: al parecer, habíame confundido, mira qué tonta, con su primo Francisco, el cacereño, de visita en Galicia, a quien había quedado en recoger por los alrededores de la estación del ferrocarril para llevarlo a casa y obsequiarlo con productos de la tierra, en un sabroso toma y daca concursante: empanada de pulpo, pan centenario y queso de tetilla a cambio de sapillos de Navalmoral de la Mata y morcilla patatera de Almoharín, en un abrir y cerrar de esta boca es mía y la tengo hecha agua bendita.

-Donde esté un ribeiro tinto cardenal purpurado, que se quite la pitarra de tinaja y vicevuelta…Never mix, never worry…-añadió, salomónica, la moza-  Ciao, bello bambinoArrivederci, chico Dolfos… Ces´t la vie: Paquito el chocolatero en lontananza… Recuerdos a tu madre y a tus padres…

Antes de que pudiera reaccionar, mi asaltante bon vivant, además de políglota, se había perdido entre el gentío, algo más bien extraño si tenemos en cuenta la poca gente que pasaba, en aquellos momentos, por la calle.

Blanco y en tetrabrick: todos ellos brujos, como en “Rosemary´s Baby”…

***

A partir de entonces, los accidentes propiamente dichos se sucedieron como la Casa de Borbón durante los siglos XX y XXI (y hasta puede que antes, aunque no me pienso poner a averiguarlo vía Wikipedia porque me da pereza): a trancas y barrancas, con muchos sobresaltos, tanto civiles como militares, de por medio.

Comenzaron de baja intensidad, la mayoría de carácter fortuito, para dar paso, con solución de continuidad, a un pim-pam-pum “dios nos coja confesados”. Hubo de todo un mucho en apretado programa de festejos.

Una alfiler torcido en tarro recién abierto conteniendo confitura de naranjas amargas; un hirviente avispero, de kermese zumbona en tu terraza (se aconseja avisar de inmediato al cuerpo de bomberos, renunciando – y hablo con conocimiento de causa y antiestético efecto alérgico – a cualquier iniciativa personal, si en algo aprecias la tersura de pellejos a la vista)… Suma y sigue: puesta en marcha, por su cuenta y mi riesgo, de una infame turba de aparatos eléctricos, desde la lujuriosa aspiradora polvo va, polvo viene, a un cuchillo de cortar por lo sano patas de cerdo muerto; ascensor detenido y a oscuras, durante interminable intemerata, entre dos pisos, sin motivo aparente; hamletianos semáforos con un tic en el ojo, empeñados en que termines dibujado sobre el paso de cebra; aleros que se desprenden de  su encía con gingivitis a tu paso, dale que te pego allá donde más duele … Supongo que el lector ya se ha hecho una somera idea, a estas alturas, de por dónde van los tiros al blanco en movimiento y quién era el destinatario final de tal despliegue de efectos especiales…

Cuando mi capacidad de aguante de lo que te echen se hallaba al borde mismo de tirar la toalla y dejar sus vergüenzas toreras al desnudo, la que faltaba se adjuntó al jubileo: una Esperanza Rubio con buenas ganas de cantarme las cuarenta verdades de aquel barquero, pedófilo presunto, que, presumiblemente, les cobraba en especie a las niñas bonitas.

-Pero tú, ¿qué te has creído, gallo de veleta desplumada…? – chillaba a través del auricular telefónico, un metro alejado de mi oreja derecha-Mi porcentaje al carajo de la vela, por tu culpa… ¿Y creías que me iba a quedar con estos pelos…? En autostop me he venido de un tirón y sin hacer escalas…Imagina lo que tuve que hacer para lograrlo; pregúntale a Carrasco si, de verdad, te interesa averiguarlo… Sabes dónde no me hospedo, supongo; el Excelsior no reunía condiciones para mis niveles de exigencia categórica. He plantado mis reales en el Hostal Lolichi, todo lo humilde que se quiera, pero limpio y a buen precio, situado en una callecita cuesta arriba abajo, dependiendo de dónde te sitúes, de cuyo nombre, por desgracia, no he podido acordarme hasta el momento.  Procura no perderte porque no tiene pérdida posible: a las siete pasadas menos cuarto te espero como decía aquella rueda-rueda de mi cada vez más lejana infancia: “comiendo huevos, patatas fritas y caramelos”; como un clavo de olor a nuez moscada te reunirás conmigo… En el paraíso terrenal o en infierno, dependiendo de lo nerviosa que me ponga tu prolija excusatio sí petita, demandada por mi mesa en  pepitoria… Conozco dónde malvives de prestado, dónde haces que trabajas… Estás contra las cuerdas consonantes oclusivas sonoras… Colgarás facto ipso, santo y señal de que me rindes cortesana pleitesía…

No tuve que pensarlo dos veces sino cuatro, con las ganas que me asaltaban de ponerla en su sitio numantino, o sea la hoguera de tanta vanidad y tanto mando en plaza.

El aceptar acudir a aquella cita a tuertas – no las tenía todas conmigo- obedecía a motivos estratégicos: primordialmente, obtener información acerca de las andanzas inalámbricas de Evangelina, la Traidora; pero, de presentarse ocasión alopécica de volver a las andadas a uña de caballo, no iba a ser mi bragueta, siempre abierta a este tipo de avatares, quien se hiciese la casta y la susana.

***

Madame Lolichi Butterfly, aprendiza repetidora de aquella doña Loreta, acalorada consorte del teniente Friolera, viuda de mal ver y de mirar estrábico, colorete y polvos de arroz sobre semblante avinagrado, arrebujada en su mantón de Manila, con pestazo a fritanga y a “Embrujo de Sevilla”, no estaba para fiestas lupercales.

-No se recibe en las habitaciones: con que lo diga yo, nos basta y sobra. Los puticlubes quedan apenas dos manzanas podridas más abajo. Éste es un establecimiento fronterizo a fuer de serio; de los pocos que quedan en la zona. La señorita por la que pregunta se encuentra ausente, realizando gestiones administrativas galantes. Siéntese y espere en la orejera de la entrada. No voy a estar dándole conversación toda la tarde. Tengo mucho que hacer, siendo yo sola frente al mundo mundano, y no me quito méritos ni me pongo fatigas… A las seis a diario me levanto y con el mazo dando…

Fue hacerle caso, encular el armatoste de raído terciopelo rojo moteado de oscuros nubarrones sospechosos y tenerla delante, armada de un plumero esparce pelusilla, toda oídos.

-Sin meterme en lo que no me llaman (no es mi estilo), y porque me llama la atención poderosa el rebaño pantalonero que ha estado preguntando por ella en el transcurso de la tarde, estoy por preguntarle, no por curiosidad: saber quién tengo en casa, qué demonios les dará a los hombres esa señora o señorita…Suponiendo sea una cosa u otra…

Crujió el sillón y crujieron mis huesos vertebrales. Preferí no somatizar este último dardo envenenado que abría un melón- o mejor: una caja de Pandora- de complicadas posibilidades; y, ya de paso, maldije al autor de una trama de por sí complicada, sin necesidad conocida de echar mano pecadora a nuevos y estrafalarios vericuetos.

Madame Lolichi, inasequible al buen aliento, que ésa es otra, continuó, erre que erre, con su dale que te pego dialéctico:

-Un don de dios será, tercero o cuarto ojo en frontispicio; pero, lo que es a mí, ningún amanerado se me escapa, aun vestido de seda y mejorando lo presente. Los detecto enseguida, los huelo a los ochenta metros vallas… En el Hostal Lolichi, no se admiten Sodomas ni Gomorras, tras lo sucedido, años ha, con mi marido…

-¡Cuente, cuente… No me tenga en un ascua…!- supliqué, fervoroso y por matar el tiempo de la espera.

-Curiosón, que rima con…y mejor lo dejamos, porque allá cada uno… Correveidile  nos ha salido el pretendiente… No es por nada: a usted y a una servidora de usted hace tiempo que se nos ve el plumero…¿Qué le cuento primero: lo de mi santo esposo, fallecido ya el pobre hace dos años, y el travesti que, por un quítame allá esas pajas,  intentó metérsela doblada, gato por liebre y carne por pescado, o la entrada triunfal a ésta su casa, de su amiga del alma, disfrazada de gemelas Coplovitz, dos en una…?

-Le dejo que me cuente lo que tenga más cerca de la punta de la lengua…-le respondí obsequioso, pensando en mis asuntos.

-La Srta. Rubio arrastra pintas de tardona… Tiempo sobrado habrá para las dos historias, a poco que me esmere en darle al pico y pala. Aprovecharé, de paso, para tersar tapicerías y asustar a los ácaros presentes…Otro gallo mañanero me cantara de estar él en el mundo, vivaz y coleando… Hablo de mi marido. Se llamaba Ginés y era de Murcia capital, que no de las afueras…Sólo nombrarlo y me parece estarlo viendo en vera efigie: pequeñito pero bien rematado; un bendito tú eres entre todas las mujeres: su madre, la primera; y luego, servidora, y pare de contar apareamientos: se hacía de él un auténtico pandero. Si en la vida alzó la voz alguna vez fue por decir “me muero, prométeme que no te vuelves a casar por lo civil” y espicharla de un infarto de su cardio…

“Para los negocios puede que fuese un lince de Doña Ana en extinción; para el cortejo femenil, un perrillo faldero con tirantes blancos… Tal que así, la presencia en nuestro establecimiento de alguien que se hacía llamar- en el mundo del arte, por lo menos- “Vanessa en Cueros, Variedades Exóticas” (yo la calé al momento; por el don, ¿sabe usted?), de gira 180º por la Galicia verde, ya en prono, ya en supino, boca arriba o abajo el periscopio, abierta a todo tipo de experiencias, puso a prueba lo que en mi pobre Ginés podía restar de macho alfa y omega.

“Hoy estoy convencida, a buey pasado, de que el pobriño, miña xoia, andaba entre fundido y confundido;  a buen seguro se le traspapelaron los cables, hasta llegar a pensar que el susodicho (o susodicha) se hallaba en posesión del título de ATS diplomado (especialista en vendaje, por más señas…), pues de no ser así, no me explico el interés que se tomó en bailarle las aguas porque le diese un masaje al sur de los riñones, subsanando sus males de ciática. Dicho en su honor y el mío, estaremos unánimes en que be y uve suenan parejo de hecho y por derecho, para la lengua de Marcial Lafuente Estefanía, su autor de cabecera, con fórmula secreta inamovible, a base de héroes con un par del calibre 45 colgando de cintura + heroínas de salón con los senos turgentes y labios sensuales entreabiertos. Así pues, requetefácil, de no fijarse mucho, llegar a equiparar  intensivas sesiones de bondage y vendaje… Pero calla, que viene la Srta. Rubio… Ya habrá ocasión de escuchar el desenlace de este enredo… De tener suerte, en el capítulo siguiente…

Importuna como ella sola y la que más, Esperanza Rubio se plantaba ante mí y procedía a mirarme a lo Patricia Highsmith, aquélla que escribía sobre los hombres como una araña escribiría sobre las moscas…

-Estaba hasta las pelotas de esperarte… Salí a dar una vuelta, ¿pasa algo…? ¿Acaso tengo restringido el habeas corpus…?

Madame Lolichi y este narrador, como puestos de acuerdo, intercambiaron miradas sigilosas de cómplice consenso…

-¿No te lo decía yo…? –me pareció leer en sus amoratados labios de pasa de Corinto rechumida.

-¡Hay que j…!- respondieron los míos, presuntamente.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 7

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 6

EL VILLANO EN SU RINCÓN: SEGUNDO ASALTO

Bueno, pues eso: tiempos de bachillerato… Lope de Vega y “El Villano en su Rincón”… Juan Labrador y el Rey de Francia… “¡Que la púrpura real / no cause veneración /a un villano en su rincón / que viste pardo sayal…!”  ¿Y quién visita a quién, en el momento de la verdad…? El segundo al primero, como no está mandado… Fermín Monzón no iba a ser menos, god is my witness (for the prosecution) de que no voy a apearme de la burra ni pasarme de la raya Me hacía gracia imaginarme a don Juan Carlos apareciendo por el piso familiar, haciéndose el ofendido ante la autora de mis días.

 -De paso por tu ciudad, /me he detenido un momento / a inaugurar monumento… / Y Fermín no acude a verme… / ¿Me merezco tal maldad…? / Y no es leve el tal delito, /que es de lesa majestad…

A lo cual, mi santa madre, la Señora Genoveva, hubiese respondido a lo María de Padilla, ante el cadalso comunero:

-Los vientos de los Monzones, / son vientos republicanos. / Pardiez, que sobran razones / para eludir besamanos; /sobre todo, de borbones…

Mi decisión estaba tomada y bien tomada. “No, no me moverán de mi rincón”, se jaleaba el villano, mejorando lo presente,  acompañado a la guitarra por Pete Seeger, lo cual me convertía, yo me lo guiso, yo me lo como, en ruda competencia con The Joker de “El Caballero Oscuro”, en  mi propio villano favorito…

Sólo dos personas en este mundo mundial conocían la naturaleza de mis planes de fuga: la Madre Genoveva y la hermanita de la caridad bien entendida Evangelina; y quien afirme lo contrario miente cual fementido traidor.

No es de extrañar entonces mi propia extrañeza cuando, cerca de medianoche –la mamma ya dormida-, recibo una llamada telefónica. Una voz de doblaje latino, almibarada y turbia, procede a obsequiarme con el siguiente aviso a navegantes:

-Al habla Lucas Santini. Buenas noches, mi querido muchacho. Perdona la deshora intempestiva. Antes de efectuar este contacto, hemos tenido que efectuar las comprobaciones pertinentes, no fuera ser  diésemos pábulo a un rumor sin fundamento alguno o a malvadas calumnias envidiosas, pretendiendo malmeter entre  nosotros.

“Una vez efectuados dichos trámites, estamos en condiciones de dirigirnos a ti con pleno conocimiento de causa. Tu decisión de desertar a última hora nos ha sumido en un mar de perplejidades e interrogantes varios, por ahora sin respuesta. Antes de hacer conocedor a quien tú sabes de una decisión al parecer irrevocable, a la que, por otro lado, te asiste todo tipo de derecho, deseo formularte unas pocas preguntas sobre el tema. Una vez contestadas, no estoy en condiciones de prometerte una nueva posibilidad de que te unas a nosotros; tampoco la descarto, por supuesto. Piensa bien pues, mi querido muchacho, lo que vas a arriesgar con tus respuestas aleatorias…

“Pregunta nº 1.- ¿Has sido influido por alguna persona o entidad a la hora de echar por tierra la oportunidad a ti ofrecida…?

“Pregunta nº 2.- ¿Estás seguro de haber obrado según criterio propio  y no inducido por terceros en discordia?

“Pregunta nº 3.- ¿Te has parado, en algún momento, a pensar seriamente en los graves perjuicios que nos causa la abrupta ruptura de nuestro previo acuerdo?

“De obtener una secuencia No-Sí-No como resultado, permanece unos segundos a la escucha porque estás a punto de recibir la buena nueva de tu reincorporación definitiva al proyecto; en cualquier otro caso, debes interrumpir la comunicación y olvidarte de nosotros, bien entendido que la Organización tomará nota de tu desafección y obrará en consecuencia. Que no suene a amenaza – no lo es-; pero quedas avisado: ya no nos hacemos cargo de tu suerte; de cuanto suceda a partir de ese momento, serás el único responsable. Cambio…”

Colgué el teléfono sin dubitación alguna. El veneno azul de la sospecha se había estado apoderando de mi mente. Sentí un  odio irracional y fiero, a modo de presencia fantasmal, instalado, ya para siempre, jamás, amén, en mi corazón y en mi cabeza. Si sólo ella sabía (mi madre, no; la “otra”) la verdad de aquel cuento de espejos cóncavos y espejismos convexos, suponiendo que dos más dos continúen siendo cuatro la mayor parte de las veces, entonces… Entonces Evangelina se las vería conmigo on the wild side of the road y  cágate, lorito o guacamayo, porque te vas a quedar sin chocolate expreso…

Creo haberme expresado con suficiente claridad; de cualquier modo, bastará con esperar unas cuantas páginas más para enterarse de lo que soy capaz si me traicionan alevosamente con nocturnidad y alevosía. Una vez asumido el rol de villano arrinconado, maldad y bondad son uña y carne. Hela, hela, por do viene la venganza vestida de azul, guadaña en ristre, con la lengua de fuera y escupiendo, urbi et orbe, beleño corrompido y zumo de mandrágora podrida. Justos y pecadores serán tratados con igual ensañamiento. Kapput y cuenta nueva. Jekyll vs. Hyde en santísima dualidad; y que empiecen los juegos de la Mamá Oca… Fermín Monzón tira porque le toca…

***

Para empezar, la llamé al día siguiente, concertando una cita aquella misma tarde, incluyendo  rapapolvo y refrigerio.

-No te adelanto nada, ma très chère amie. Tú sabrás lo que has hecho… – silabeé, con ululantes tonos de  rabia contenida en un sombrero de prestidigitador aficionado, del que siempre puede esperarse cualquier cosa.

-Miedo me das… – respondió ella, tan campante.

-No te faltan razones, ponle el cuño y la cuña…- respondí, en registro “vizconde de opereta”.

Ladina cuarto y mitad (el resto, hasta completar hijoputez suficiente, se sustentaba en malicia resabiada), Evangelina compareció en el lugar acordado improvisando esos aires de inocencia de los que, con hartísima frecuencia, suelen echar mano los culpables.

-Visto lo carísimo que te vendes en los últimos tiempos, supongo que vas a inundarme en novedades…- cacareó, parlanchina, dispuesta a hacerse de nuevas, “no me digas” al canto, mientras le funcionase el ancho de la manga. Iba servida. Ataqué su flanco izquierdo con astuta pericia.

-Entre tú y yo no debe haber secretos ni dobleces, compañera. Lo tuyo con Santini, ni medio bien estuvo: has de reconocerlo, a poca vergüenza que conserves… Hasta pensó que se trataba de una broma telefónica… ¿Quién eras tú para hablar en mi nombre…?

Se cerró como se cierran las anémonas, allá en los arrecifes coralinos, por la cuenta que les trae, ante la súbita aparición, rastrillo en mano, de un recolector de ostras perleras con rasgos orientales. Se me quedó mirando de hito en hita.

-Manejas información privilegiada pero errónea. Ningún Santini figura, de momento, en mi agenda de contactos. Sí te lo he oído nombrar, y de pasada;  a nivel personal, no tengo el gusto ni el disgusto… Vaya, has vuelto a ponerte perdida la camisa… Lástima de una servilleta alrededor del cuello… Siempre que salimos tú y yo de merienda urbana a base de cacao, vuelves a casa convertido en leopardo moteado… ¿Qué va a pensar tu madre…? A mayores,  se preguntará por qué no te encapuchas un babero…

-A mamá, ni la nombres… Ni intentes desviar mis argumentos incriminatorios con vulgares chácharas domésticas a las que sois tan aficionadas las mujeres… Santini y tú, ¿más que palabras o menos que palabras…?

-Nos están observando…No levantes la voz o la que se  levanta soy yo y me marcho a mi casa…

La cordera pascuala Evangelina muy raras veces se ponía a la defensiva conmigo; aquí y  ahora, se la veía azorada y falta de recursos a la hora de hacer frente a mi emboscada saducea; me amenazaba -¡a mí…!- con salir de estampida, pretendiendo poner tierra por medio. Llevaba la palabra “culpable” escrita con tinta pálida en el temblor imperceptible- pero no para mí- de sus labios gordezuelos. Otra vuelta de tuerca de las mías y la dejaba para arrastre y vuelta al ruedo.

-No te veo en el papel de Mata-Hari… -lo dije despacito, recreándome en la suerte de banderillas negras, tras lo cual me dispuse a rematar faena mediante fulminante bajonazo, no importa cuánto fuese a asomar la punta del estoque-Te crees muy lista; mas a mí no me engañas: te tengo muy calada, Evangelina. Te hemos sometido a grabación masiva (en plural, acojona). Considérate apeada del proyecto, de mi amistad y de mi vida sexual “mírame y no me toques”…Cruz y raya, pisa medalla… No volverán las oscuras golondrinas de mi balcón sus nidos a colgar… Agua más clara: olvídate de mí y pégate un clareo…

Abrió mucho los ojos, platos hondos y llenos de chispitas de alegría recobrada.

-¡Pero, qué tonta…! ¡Estabas actuando para mí: sobreactuando…! Siempre lo haces, cuando me notas triste o preocupada… “Fermín Monzón como el siniestro Dr. Strangelove”… Pasen y vean señoras y señores…Eso, al principio; luego te convertiste en  Rasputón, el Comisario Loco de la Rusa Soviética, con unas gotas del Dr. Mabuse detrás de las orejas…

Se reía de mí, habiéndome tomado por la tía Felisa… Acaba de firmar, a su “peor me lo pones”, un decreto inapelable, por la parte que me toca las narices.

***

De regreso al hogar, me pareció bueno y conveniente someter a mi segunda sospechosa pero menos, por si acaso, a la prueba de las nueve ranas principescas.

Le llamé “madrrre”, arrastrando las erres, ya de entrada, a lo Norman Bates, que la asustó no veas.

-Madrrrre ¿qué me estás ocultando…?

-¿Cómo te has enterado…?

-Yo me entero de todo…Tú, al parecer, también… Te las has arreglado para llegar hasta Santini…  Metiendo la nariz en mis papeles, supongo…

-Fermincito, no me faltes al respeto…

Entre pucheros en sentido estricto – no de los otros: preparaba la cena, sopas de ajo a base de avecrema y tortilla  afrancesada-, mi santa madre organizó su pertrechado ejército, en señal de preaviso. No descarté, puesto que la conozco como si la hubiese ido pariendo en todos estos años de ruda convivencia, el acabar recibiendo un sartenazo antiadherente si le apretaba demasiado los poquísimos tornillos que, a semejantes alturas de película, permanecían nadando, vuelta y vuelta, en su hidráulica cabeza.

-El Sr. Santini acabó confesando… Te hizo proposiciones deshonestas… ¿O acaso llevabas tú la iniciativa…?

-Ahora mismo te metes en la cama y te pongo el termómetro, Fermincito, hijo mío… ¡Es la vida que llevas…! ¡Si viviera tu padre…! Una novia formal es lo que te hace falta… Cuando una madre oye la cama de su hijo crujiendo por las noches y comprueba, a la mañana siguiente, obviando los almidonados lamparones sabaneros, unas ojeras violáceas viernes santo, debería saber a qué atenerse: eso quiere decir que a la pobre criatura – tú, para el caso- no le dan ni le toman todo lo que se merece… ¿A qué esperan algunas a cumplir sus deberes?, me pregunto… Y me estoy refiriendo a Evangelina, claro está  (menuda pájara anda hecha…), que te devuelve mustio, cada vez que la sacas de paseo… Porque un hombre es un hombre y necesita un cesto donde poner sus huevos, tú me entiendes… ¿Quieres que le hable yo y se lo expliquemos…? Ay, tantos virus asesinos sueltos a sus anchas Castillas por el aire vicioso, ¿de dónde habrán salido, de repente…? ¿Sientes náuseas, te duele la barriga o la cabeza, has hecho de vientre esta mañana…? Déjame verte el pulso, por lo menos…

Es percal conocido la manía de mi madre de mandarme a la cama cada dos por tres, solo o acompañado, y ponerme en termómetro (en la ingle; por enterarse, digo yo, de mis temperaturas de cintura para abajo, según ella de continuo incandescentes).

Tuve suerte esta vez: 36,7 en la escala de Richter. Salí airoso de tan incómodo percance, con una manzanilla calentita y un rosario de consejos maternales.

Santini no volvió a mencionarse aquella tarde-noche. Falsa alarma; seguro trataba de ocultarme algún nuevo romance de grana y oro con las máquinas tragaperras de la cafetería donde se reunían, en sesión de tarde, ella y sus amigas, todas ellas ludópatas perdidas, para merendarse de actualidad local y, ya de paso, probar  suerte, insertando calderilla en la insaciable rajita del monolito vegano multifrutas, cuerno de la abundancia, promesa segura de lluvia plateada, siempre que inviertas la siguiente moneda.

Con lo contenta que había mostrado ante la posibilidad de compartir mesa, a un plato y a un cuchillo, con Víctor Monteagudo, resultaba improbable cualquier tipo  maniobra conspirativa por su parte…  Ego te absolvo pecatiis tuis…Mater mea mala burra est…

En paz conmigo mismo y con el mundo, el demonio y la carne, me dispuse a una apoteosis narcoléptica, ambigua malgré lui, en los avariciosos brazos de Morfeo. Una dulce modorra me invadía, pleamar de sensaciones placenteras- ahora me duermo, ahora no me duermo-: flotaba entre delfines principales cruzando el horizonte a la que salta, sobre una enorme cama oval meciéndose en rítmico vaivén, al compás de una brisa fatigada,  mientras se escucha el canto lejano de un sincopado coro de sirenas con púdico sostén sobre partes pudendas, que, procedente de mis trompas de Falopio, se dirige, intermitente, a las de Eustaquio, en procura de un  requiescat, si no eterno, al menos largo tiempo merecido.

En tales tesituras me encontraba cuando un dios menor, mitad tritón, mitad fauno de los bosques con ganas de liarla, vino a situarse tras mi lóbulo orejudo izquierdo, por donde apenas oigo, merced a su museo Madame Tussauds incorporado.

-¿Y si…? ¿Y si…? – susurraba, insistente mi nuevo Pepe Grillo.

En medio del sopor, intenté, en vano, aclararme las ideas.

-¿AC/DC? ¿Felipe González? ¿Que debería tomármelo con calma…?- ametrallé, entre bostezos, eructos flatulentos y ventosidades de baja intensidad (a nivel aromático y a nivel decibelios), difícilmente detectables allende unos gayumbos hijos de muda vieja.

A mi interlocutor lobular se le dio por los latines:

In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti…

-Amén a eso… – contesté, pío, pío, segundos antes de ponerme, definitivamente, de los nervios.

Víctor Monteagudo venía siendo mi padre, qué te apuestas… La Verdad de todas las verdades  acababa de serme revelada.

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 6