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Posts Tagged ‘La M con la A…’

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EL ENIGMA DE LA CONTESSA VAMPIRO aka EL MISTERIOSO CASO DE LA GARZA QUE LADRA

Para Ramoncín, mi nuevo nieto, ya en camino, para cuando cumpla 14 años, como mínimo.
El Abuelo Lelo

– Ciertamente, Watson- dijo Sherlock Homes, haciendo un gesto de cansancio apenas perceptible, inequívoca señal de una urgencia incontrolable en su organismo estrechamente relacionada con la farmacopea del color de la inocencia y las cumbres del Himalaya y el Kilimanjaro- , no me preocupa ni poco ni mucho lo que a su vieja amiga Lady Prundell pueda haberle sucedido el pasado martes en el five o´clock tea de una momificada Lady Bloomfield, aun en el improbable caso de que cualquiera de las dos se hubiese atragantado durante la ingesta de un emparedado de pepino.

Lady Bloomfield & Lady Prundell, en la actualidad

Lady Bloomfield & Lady Prundell, en la actualidad

Watson carraspeó por ganar tiempo, mientras calculaba las posibilidades de hallar una estrategia lo bastante astuta como para burlar el toque de silencio en torno al tema, decretado por su compañero de epopeyas criminales.

– Ha sido una descortesía por mi parte el mencionárselo…No se trata de un problema con la altura intelectual suficiente para una mente privilegiada como la suya…- silabeó W., en un recitado de corrido que apenas se molestaba en ocultar un implícito reproche.

– Ah, ¿no, Watson…? ¿Podría explicarme por qué extraños vericuetos ha llegado a semejante conclusión…equivocada…?

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El aludido se frotó las manos, al borde mismo de un éxtasis de raigambre teresiana y corrió a la chimenea de la biblioteca, escenario de la conversación en curso, donde unos ardientes y crepitantes leños se encargarían de disimular un sonrojo provocado, a medias, por un número excesivo de libaciones mañaneras de oporto y las noticias frescas de una victoria que hubiese dejado al mismo Pirro con la boca entreabierta.

– Dorothy…Quiero decir Lady Prundell, no acertaba a explicármelo…

Ambos hombres se habían, al fin, sentado frente a frente, repanchingados como quien dice a la bartola, ocupando sendos enormes sillones frailunos junto al fuego.

– Continúe, por favor, Watson, soy todo neuronas para el nuevo misterio que me brindan sus apasionantes (y supongo apasionadas) amistades femeninas, cuya edad otoñal no las ha privado en absoluto de lozanía y fragancia, según deduzco por su estado de nervios…Ha pronunciado “Dorothy” talmente como Salomón hubiese dicho “Saba” en un susurro u Holofernes verbalizado “Judith”, a punto de perder la cabeza… Esto último, en sentido literal, naturalmente…

Watson cerró los ojos y agitó los brazos, tal como solía, al iniciar su relato atropellado:

– Lady Prundell me ha exigido absoluta reserva…Si el más nimio detalle de esta historia trascendiese, pondría en peligro su inmaculada fama y su prosapia… ¡Maldita sea, Holmes…! Estoy dispuesto a llegar a Scotland Yard, e, incluso, hasta el Old Bailey…No quisiera verle acabando sus trabajos y sus días en New Gate, colgando de una soga, acusado de injurias y calumnias…

– Sabe que cuenta con mi simpatía y mi discreción, Watson… Por San Patricio que empiezo a impacientarme…

– Está bien. Holmes… Doy pues por descontado que nada de lo que se diga esta tarde en el 221 B de Baker Street va a bajar sus empinadas escaleras hasta la calle… Le pido haga un esfuerzo imaginativo y se traslade al alegre París de 1880. Una muy pizpireta Dorothy Donaldson, encantadora damita londinense, toda rizos de oro y curvas incipientes, acompaña a su padre con ocasión de un fructífero viaje de negocios de importación vitivinícola espumosa. En los elegantes salones del Palace Hotel de la Rue Bouchardom donde se alojan, traba conocimiento casual con un joven oficial polaco, de permiso entre dos guerras continentales, de nombre O***, cuyos tristísimos ojos azules, en número de dos + monóculo, imantan su atención observadora, cautivando su inocencia de inmediato.

Dorothy (Lady Prundell), en 1880

Dorothy (Lady Prundell), en 1880

“Al segundo cono de champagne rosé, la impetuosa y sin embargo cándida muchacha se atreve a mostrar una curiosidad matagatos acerca del motivo de semejante estado de zozobra ojerosa.

¡Es él...Es él...!

¡Es él…Es él…!

“El apuesto oficial prusiano de nombre impronunciable, convulso, rompe a llorar y se arroja en sus brazos, no importa cuántas miradas de la selecta concurrencia, el todo París como quien dice, entre escandalizadas y divertidas, se fuesen a detener en su persona y partenaire, que ocupaban un reservado sin cuarta pared del gran salón en un ángulo oscuro, mientras su augusto padre jugaba una partida de bacarrá en las dependencias adjuntas del Casino.

“- Oh, Mademoiselle… ¡me siento tan desgraciado…!

“Hasta la orquesta zíngara, sobre palco corintio sustentado por columnata decorada con pan de oro en racimos y vides ascendentes, había dejado de perlar sus mágicas notas, algo desafinadas en segundos violines magiares, por enterarse de qué iba semejante vaudeville, que comenzaba, cual un Bello Danubio Azul, a juego con las encharcadas pupilas de su protagonista, en un marasmo de suspiros entrecortados y un sinfín de copiosísimas gotas deslizantes camino de una barbilla algo indecisa, al tiempo que parejas y más parejas danzarinas se apresuraban a girar (aunque sólo fuese la cabeza)…

“- He de descubrirle los secretos de mi alma atormentada, puesto que se interesa por el origen de tan amargo planto. Un caballero, siempre que sea posible, se mostrará dispuesto, no importa cómo o dónde, a responder delante de una dama…

“- ¿Me estará cortejando…?- pensó ella, en su candidez algo avisada y maliciosa- Estos eslavos recurren, según tengo entendido, a formas más bien extrañas de mostrar sus violentas emociones…Los Balcanes, otrora, debieron de llamarse los Volcanes…

“- La semana pasada – continuó el desventurado oficial -, mientras me hallaba en Sarajevo, realizando una visita de cumplido a mi prima Veronika Petrovik, casada en segunda nupcias, tras enviudar de un baronet polaco ya mayor y bastante achacoso, con un acaudalado duque serbio en no muy buena forma, fui presentado a una cierta Contessa Dei Fiori Perso, de procedencia anglo-sajona, casada en Roma con el noble de marras, para ser, al poco tiempo, repudiada por motivos que ignoro, pero que le proporcionaban, en todos los mentideros europeos, una fama no sé si merecida de femme fatale, y a su “esposo por un día” el sambenito, cierto o no, de impotente (ella, por echar más leña al fireplace, había hecho correr el rumor de que su repudiador disponía de dos penes, uno instalado comme il faut, y otro extra, diríase como alternativa o de repuesto, obscena prolongación de una vibrátil y retorcida rabadilla jaspeada de cárdenos lunares, girando sin parar sobre sí misma, en busca del primer yohni libre y húmedo que se fuese a cruzar en su camino).

La Contessa Dei Fiori

La Contessa Dei Fiori

“La amistad, siquiera superficial, con este novelesco personaje, a la sazón recién llegado al Hotel-Balneario Terme, cita primaveral obligada para los sufridores de piedra en el riñón de más de media Europa, de inmediato se convirtió en el más codiciado trofeo de la temporada de aguas sulfurosas.

“Simpatizamos ambos de inmediato, tal y como ha sucedido entre nosotros esta tarde, a raíz de un encuentro en paralelo, coincidentes en una sesión preventiva de degustación acuosa a nariz prieta, seguida de suave gargarismo y paseo profiláctico entre coníferas de subliminal follaje, ofertando amenas espesuras lujuriosas.

“Confieso, sin rubor, que la British People y su cosmovisión- flema no catarral y five o´clock tea servido a las siete menos cuarto – siempre me ha resultado estimulante. Los ingleses consiguen, no sé cómo, que uno se sienta especialmente dotado para el escarceo amoroso…Además de un ardiente patriota al que el Imperio propio comenzara a parecerle francamente pequeño y falto de colonias insulares…

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“A la tarde siguiente, era recibido por la Contessa, con todos los honores, en sus habitaciones del spa, donde se celebraba una pequeña fiesta de bienvenida para íntimos. Media docena de invitados- tres de ellos pertenecientes al género masculino (Stanislas Crevinski, eminente psiquiatra austrohúngaro; Percibal Leigh Jr., actor especializado en los Shakespeares apócrifos, y François Dupont, traficante de armas descargadas); dos, al femenino (Clarissa de Córdoba, bailarina de flamenco nacida en Yokohama y Ludmilla Kamenikova, espía rusa pasada al enemigo), y uno, el que faltaba, al sexo… llamémosle polivalente (Joao Do Espíritu Santo, diseñador de turbantes portugués, nacionalizado en Mozambique-, además de la anfitriona, constituíamos el alma de la fiesta; el cuerpo (de casa) se hallaba compuesto de mayordomo, tres doncellas y un botones a juego (sus nombres y circunstancias personales, por supuesto, no interesarán al lector, siempre que pertenezca a nuestra clase).

Clarissa de Cordoba, n. Michiko Kobayashi

Clarissa de Cordoba, n. Michiko Kobayashi

“Había anochecido ya casi por completo- cosa que en los Cárpatos comienza a suceder a las tres menos veinticinco de la tarde habitualmente-, cuando la Contessa Fiori ordenó que el servicio regresase a su sótano, llevándose una bandeja con las sobras del pan y los pitiminíes de una casi por completo derretida mantequilla; el resto, ni tocarlo, no fuera a ser que nos entrase el apetito estomacal- otros, no se habían mencionado hasta el momento…- durante lo que restaba de velada.

“- Con permiso de todos los presentes- anunció la De las Flores, una vez despejada la zona de servidumbre, tan dada, por naturaleza, al chismorreo-, voy a proceder a desnudarme… Hace mucho calor aquí esta tarde…

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“Y mediante un encantador gesto teatral, con una picardía y destreza que sólo se ve en el Follies Bergiere (y muy de tarde en tarde), procedió a despojarse de sus joyas. A un cofrecillo rescatado de un cajón de la cómoda que servía de acomodo a un enorme reloj decorado con escenas pastoriles de la Baja Sajonia y varios candelabros ya encendidos, fueron a parar, en este orden, las siguientes “baratijas”: un collar de brillantes y esmeraldas, unos pendientes de oro blanco tachonados de diminutos zafiros, una pulsera de blanquísimo marfil en forma de anaconda, con refulgentes rubíes a lo largo y ancho de su lomo, y, por fin, un dispensador en platino de rapé, esto suponiendo que lo fuesen los iridiscentes polvos blancos en él depositados.

“La débil e improvisada caja fuerte fue abandonada a su suerte sobre una mesilla abarrotada ya de volcánicos ceniceros, servilletas usadas, platillos, cucharillas provistas de orificio y pequeños tenedores picajosos, manchados de carmín y de merengue sucio la mayoría de ellos.

“- ¡Que comiencen los juegos…!- gritó la anfitriona- “Hide & Seek” podría ser un buen comienzo…Como todos los años, disponemos del resto de la planta: algo así como diez habitaciones, entre dormitorios y salas de visita, reservados con la debida antelación… Sobra sitio para escondernos, buscarnos y encontrarnos Y después… ¡que sea lo que dios quiera…!

¡1, 2, 3...Al escondite inglés...!

¡1, 2, 3…Al escondite inglés…!

“Hubo gritos, grititos, maullidos, cuchicheos y carreras en franca desbandada, hasta que la habitación quedó desierta y en sepulcral silencio.

“No entraré en detalles de lo que sucedió en el sexto nivel de aquel spa, de prestigio internacional, por otra parte: podría ser demandado. En otro desorden de cosas, una señorita como usted, a buen seguro, no se encuentra preparada para asimilar sordideces semejantes.

“Poco a poco, en estado lamentable en cuanto a decoro y normativa social de nivel alto, las ovejas caprinas y porcinas fueron regresando, prácticamente a poil, al redil del que habían partido, al comenzar los juegos, vestidas de etiqueta. La pastora Dei Fiori las iba enumerando una tras otra. Efectuado el recuento, esto fue lo que dijo, desde el centro geométrico del campamento base del evento:

“- Muy gracioso… ¿Quién ha escondido el cofrecillo con mis joyas…? Os recuerdo, queridas y queridos, que el juego se dio por terminado hace bastante rato. No jodáis la marrana, que os conozco…

“Un porridge de silencio sospechoso pareció inundar toda la estancia.

“- A mí que me cacheen…- chilló Joao, con su voz atiplada, bajo la que se escondía un vozarrón de aquí te espero, marinero (y nunca mejor dicho…)

“- Mis guardaespaldas ya os habrían registrado a todos, puestos contra la pared brazos en alto, si no hubieseis estado correteando por la casa, en plan locaza, en el transcurso de las últimas dos horas… El cofrecillo puede hallarse en cualquier parte…Incluso, lejos ya, de contar con un cómplice en el exterior que se lo lleve.

“- No debieras desconfiar de nosotros, querida…- le reprochó Stanislas Krevinski, el eminente psiquiatra austrohúngaro, con fingida dulzura- No es nada chic; resulta hasta plebeyo, incluso salido de cualquiera de tus labios, mayores o menores.

“- Quiero mis joyas; pero nada más lejos de mi intención el provocar escándalos lejos de mi Inglaterra natal. En el llamado “Viejo Continente”, jamás me he sentido segura, siempre a punto de ser devorada por mendigos, bendecida por sacerdotes católicos o estafada por banqueros suizos hasta dejarte con una mano atrás y otra delante… Ascoltate, maledetti porci, figli di puttana… Os doy dos semanas de plazo; mejor, semana y media…Disponéis de diez días, diez, para devolverme mis joyones… De lo contrario, come mi chiamo Giulia , vive dios que vais a tener que lamentarlo…

Watson detuvo aquí su fase Schererezade y miró a Holmes, en espera de algún tipo de comentario o apostilla brillante. Éste se limitó ordenarle, groseramente, que siguiera, ipso facto, con el cuento.

Come on, Watson…Let´s find out the bloody end of the story…

Watson, touché, se apresuró a retomar su cantinela.

– El joven oficial polaco lloraba, por así decirlo. “lágrimas de sangre avergonzada”, mientras relataba el resto de la historia:

“- Desde entonces, comenzó a perseguirnos a todos y cada uno de nosotros. Cartas, avisos, recados, advertencias…Donde quiera que fueses o estuvieses, te estaban aguardando: “Tú sabes algo…Confiesa de una vez…Se está agotando mi paciencia, será mejor que cantes…” De hecho, Clarisa de Córdoba, la bailarina de flamenco, pobrecilla, no aguantó la presión: se vino abajo de forma lamentable… Acabó estrangulándose ella misma con una cuerda de guitarra… Ninguno de nosotros se atrevió a presentarse en el entierro que, faltaría más, la Contessa Dei Fiori Perso se dignó presidir de luto riguroso… Por su parte, Percibal Leigh J. abandonó las tablas y pasó a dedicarse a las variedades en Whitechapel, según se entra en el Soho, a la derecha… A punto el plazo establecido de agotarse, opté por abandonar Sarajevo, emprendiendo una afrentosa huida hacia La Ville Lumiere, en busca de sosiego espiritual y de amor verdadero, capaz de redimirme de una vida cuartelera: recibir caricias de mujer a cambio de soldada, de antro en antro y de farmacia en farmacia, en busca de remedios gonorreicos …Y aquí, esta noche, oh Cielos, la he conocido a usted, Mademoiselle, prístina encarnación del triunfo de la Juventud y la Pureza…Si usted accediera a concederme sus favores esta noche, gratis et amore, en la chambre 235, piso segundo, al fondo del pasillo , quizás pudiese este pobre desgraciado acceder al reposo de su atormentada psique y de sus pobres huev…huesos…

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– En eso llevaba razón el apuesto militar: una petit mort, en el momento adecuado, siempre relaja mucho…- matizó un Holmes mundano que Watson no acaba de creerse. Siempre se había preguntado, como doctor en Medicina y como amigo, si, alguna vez, el gran Sherlock Holmes habría experimentado ese gozo en un pozo conocido por orgasmo en buena compañía – lo de femenina, se da por descontado-.

– No caiga en naturalismos demodé, se lo ruego, amigo mío…Continúo, con su permiso: la dulce pequeña Dorothy, un manojo de nervios en caliente, no respondió ni que sí ni que no: pretextando una súbita jaqueca, salió corriendo, Cenicienta pudorosa arrebolada, a reunirse con su padre en el Casino, cuando éste había perdido ya doce mil francos jugando al bacarrá y diez mil más al póker, además de un ático en Trafalgar Square que solía utilizar de fumadero y picadero.

“A medianoche, sin embargo, una Dorothy plateada por la Luna, sin duda bajo los perniciosos efectos de una secreta lectura a destiempo de “El Rojo y el Negro” stendhaliano, émula de un Julien Sorel a la caza y captura de placeres prohibidos, salió sigilosa de la suya para dirigirse a la habitación 235, al final del pasillo, donde sucedió lo inevitable de forma placentera y eficiente: el fingido dolor de cabeza y el insomnio real y verdadero se le habían curado de repente.

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“Cuando, a la mañana siguiente, se interesó por su batallador galán de noche, fue informada en recepción de que el apuesto oficial polaco había partido, de madrugada, hacia el frente de Cracovia, donde, por cierto, no mucho después habría de morir de certero cañonazo en los ijares, pero, por así decirlo, como señaló uno de sus amigotes de francachela, con las botas bien puestas.

“Lady Prundell nunca llegó a enterarse de tan funesto desenlace. No tuvo, en consecuencia, ocasión ni motivo de lamentar su muerte, aunque sí su despego y su falta de palabra (en el justo momento de entregarse, él le estaba jurando Amor Eterno…)

Watson hizo una dramática pausa, conociendo llegado el desenlace. Y añadió:

– Mas lo que pareciera el acabose de tan tórrido romance, de repente, pasó a descubrir una nueva sorpresa en su chistera, consistente en que…

– Consistente en la constatación de que su vieja amiga Lady Prundell habría visto, muchos años después, concretamente la semana pasada, repetirse, casi punto por punto, el incidente…No me refiero a la pérdida de su poco defendida virginidad, por descontado…

– ¡Diablos, Holmes…! ¿Cómo se las arregla…? ¡Usted lo sabe…!

– Watson, querido… Elemental…Me asombra que se asombre…

SEGUNDA PARTE

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– Enseguida di por supuesta la veracidad del relato-vaselina,  utilizado por nuestro taimado aprendiz de Casanova al servicio de sus lascivos intereses; a mayores, se trata de un truco tan viejo como el mundo, en busca de dominio y poder absoluto sobre el otro. Sus víctimas terminan siempre por depender de una elusiva presunción de inocencia, sabiamente administrada por el mago-verdugo, con el fin de manejarlas a su antojo y obtener todo tipo de obsequios y prebendas, a cambio del perdón de unos pecados jamás cometidos por el incauto o la incauta de turno.

“Otrosí, me hallaba en posesión de un pequeño dato, a través de mi inveterada afición a leer en el Gotha los dimes y diretes de las más rancias noblezas europeas… La Contessa Dei Fiori Perso, vampiresa sin colmillos, chupasangres ma non troppo – prefiere, con mucho, el protagonismo social caiga quien caiga, a costa de la extorsión y del chantaje – acabó por recalar en Londres, convirtiéndose, por matrimonio morganático, en Lady Bloomfield, para terminar enviudando no transcurrido un año de tan comentados esponsales.

“Una vez ladrón…”, proclama cierto refrán inglés, con claras connotaciones victorianas. Usemos la paráfrasis: “Una vez nosferatu, siempre ha de esperarse un mordisco en el pescuezo por parte de estas gentes sin conciencia”. Estaba claro que el triunfo londinense de la mencionada dama tenía mucho que ver con la artera treta que ya había venido siendo utilizada en Sarajevo.

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– Voto a…, Holmes…¡Qué brujo, qué hechicero, qué gran nigromante se ha perdido el mundo…! Es como si se hubiese hallado presente, de testigo, en todos estos acontecimientos…Según mis fuentes, Lady Bloomfield, a mitad del festejo, tras despojarse de una sortija de brillantes tasada en varios miles de libras – lo anduvo enfatizando, a diestro y a siniestro, desde el principio mismo del encuentro – para no mancharla de tierra, condujo a sus invitados- eran cuatro esta vez- hasta el amplio invernadero, con la misión de recolectar brotes tiernos de grosella, destinados a ser convertidos en jalea. El jaleo llegó a continuación, tras numerosas idas y venidas de sus distinguidos huéspedes portando, en cestillos unipersonales, su fragante cosecha sonrosada, que iban depositando en las imponentes cocinas de la elegante mansión Old Manor House, superadoras en calor y cocineras a la famosa fragua de Vulcano. Una vez hubo toda la comitiva regresado a la sala de estar, charlando alegremente, de improviso, la anfitriona, de un salto prodigioso de tigresa felina, se subió a una chaise-longue y procedió a acusarles, a todos y a ninguno, de haberle mangado el chuquí de brillantes, aprovechando algún necio descuido por su parte.

“Fue escucharlo Lady Prundell y volver a ser virgen durante unos mágicos segundos. El relato del oficial prusiano y su moderna versión con frasco incorporado…encajaban… ¡como anillo al dedo…! Procurando no sufrir un ataque de histeria que le estaba pidiendo su todavía esbelto talle a voz grito, mi vieja amiga procuró serenarse y pasar al ataque.

“- Por supuesto, está usted bromeando, mi querida Lady Bloomfield…En cualquier caso, le propongo un jueguecito alternativo: una especie de charada precipitada otrora muy popular en Sarajevo, allá por los Balcanes…Supongo que me sigue; se trata de que regresemos todos juntos al jardín delantero y nos dediquemos a escondernos los unos de los otros, dando ocasión a que el autor o autora de la inocente travesura objeto de litigio, vuelva al lugar en donde ahora nos hallamos, sin ser advertido o advertida, y deposite, a salvo de miradas indiscretas, el anillo de usted en su lugar descansen…¿No es una idea brillante- adjetivo francamente oportuno, ¿no es verdad?-, solución ideal, definitiva y justa para una situación por demás embarazosa para unos invitados merecedores de un final de fiesta diferente…?

Una Lady Bloomfield de cutis tornasolado y expresión algo ausente se limitó a asentir con la cabeza.

– ¡Que comiencen los juegos…! ¡Hide & Seek…Hide & Seek…! – gritó una jacarandosa Lady Prundell, en un eco proveniente de un lejano pasado centroeuropeo, donde el placer más exquisito y un molesto escozor en salva sea la parte parecían fundirse y confundirse.

– Eso: ¡Hide and Seek y maricón el último…! – repitió Lady Bloomfield, todavía pensativa.

Media hora más tarde, el anillo perdido había vuelto a aparecer sobre un frutero de cristal de Bohemia, coronando una sangrienta pirámide de cerezas del Jerte.

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Watson realizó una nueva pausa y aguardó veredicto, con mirada de perro apaleado demandando la caricia de su amo.

– Bravo, Watson…

– Todo va bien, si bien acaba, Holmes…Acabó triunfando la justicia. Por una vez, la pérfida Contessa no logró salirse con la suya…

– Pero sí lo hizo la gazza ladra…Lo supongo familiarizado con la opera de Rossini, Watson…¿O quizás me equivoco medio a medio…? – preguntó Holmes, tras lo cual se puso a tararear unos compases de Aureliano in Palmira, por refrescar memorias imposibles en la científica mente de su amigo.

– ¿”La Garza que Ladra”… Ahora no caigo…El Barbero de Sevilla agota mis conocimientos sobre el inventor de los canelones rellenos, ese indigesto manjar italiano…

Holmes sonrió, condescendiente.

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– “La Urraca Ladrona”, si hemos de ser exactos…Traduttore, traditore…A veces, me desarma con su encanto primitivo, caro amico; con su divina ignorancia de paleto ilustrado… Debo aclararle, sin embargo, que la Contessa Vampiro y el pájaro cleptómano constituyen dos realidades diferentes…

– Explíquese, por Júpiter…¿Acaso no tenía ya el caso resuelto…?

– Holmes suele resolver todos sus casos…Piense un momento, Watson… Su querida amiga fuerza una situación harto problemática para la anfitriona, la sortija aparece… Tutti contenti.… Mas luego se dedica a llorar encima de su hombro… ¿No le parece extraño…?

– Pues no, Holmes…Modestia aparte, sobre mi hombro ha llorado la flor y nata del West End londinense, incluidos algunos caballeros, entre los cuales no me atrevo a descartar a Jack, el Destripador, por más que lo lamente… He llegado a preguntarme si la caspa esnifada, aunque sea una sola vez, no crea hábito en aquél que la inhala, aunque sea accidentalmente…

– Cuando haya comprendido el porqué lacrimoso de una Lady Prundell victoriosa, pero sólo en apariencia, se hallará en condiciones de descifrar, por sí mismo, las claves del enigma.

– Usted es el listo, Holmes… Dispare de una vez y no nos tenga en ascuas…

– Aquella tarde, en el five o´clock tea de Lady Bloomfield, surgió un doble problema.

– Y usted, ¿cómo lo sabe…?

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– Porque yo lo sé todo. Mi nombre es Holmes; no Dupin, el Gorilero, por ejemplo… A las hipótesis de trabajo me remito: cuando la Contessa se disponía a esconder la sortija en un lugar más o menos discreto de su arrugada anatomía, tan rica en pliegues como pobre en encantos a semejantes alturas de sarao, descubrió, oh my god, que se le habían adelantado…Denunció el robo de inmediato ante sus invitados, ésta vez sin faltar a la verdad… Lo que no se esperaba, en absoluto, fue la reacción, en plan retrospectivo, por parte de la amiga de usted, querido Watson, imposible de ubicar en Sarajevo…Pero, sobre todo, el hecho de que su secreto, al parecer, no corría peligro alguno, de momento… Lady Prundell, en lugar de desenmascararla ante los allí reunidos, se había limitado a proponer un nuevo juego… Mujer valiente, cocida en mil potajes forrajeros, la Contessa Dei Fiori Perso acepta el desafío, recobra su anillo y todos tan felices y contentos. Todos, excepto Lady Prundell, que acabará llorando en su hombro, sin que, me temo mucho, Watson, su casposa y repulsiva seborrea tenga que ver en ello. Desde las lágrimas de Angélica del español Luis Barahona de Soto, a partir del divino Ariosto, no se recuerda un llanto tan famoso…

– ¿Va a decir, de una vez, la causa de su angustia…? Observo que nuestros lectores se están impacientando por momentos…Mírelos ahí enfrente, a punto de emprenderla con tumultos y violentos altercados callejeros…

– Sea; no lo pospongo más: el motivo de la pertinaz llantina de Lady Prundell no era otro que el haber descubierto que un mal de juventud, conocido en ambientes científicos como cleptomanía y en los populares por “tener la mano larga”, una desgracia que ya pensaba superada tras tomar las aguas en aquel hotel-balneario donde empieza la presente historia- éste y no otro había sido el motivo de su estancia allí, disfrazada de “viaje de negocios”-, volvía a presentarse, de repente, en su existencia, al localizar la joya desaparecida entre sus lindos senos, cuidadosamente sujeta a la ropa interior mediante un imperdible. Por fortuna, se le vino a la mente su pérdida de virginidad a la prusiana, lo que le permitió salir del embolado de una forma airosa y elegante: se apresuró a deshacerse del anillo en un plisplás, sin mayores problemas. Lo que le acongojaba era aquella inoportuna y tardía recidiva…De hecho, según informa el Gotha, piensa, próximamente, desplazarse, de nuevo, a Sarajevo, para tomar las aguas, acompañada de un misterioso caballero…

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– ¡Seré yo, seguro…!- cloqueó Watson, la mar de satisfecho- ¡Pobrecilla Dotty…! ¡Cuánto debió de sufrir antes de enfrentarse a una maldición equiparable a la hemofilia en las casas reales…! Lo que no entiendo es por qué no se confió antes a mí… Después de todo, se trata de una lamentable enfermedad y no de un delito…

– Espero no herir su vanidad, Watson… Lady Prundell, que conocía de antiguo nuestra estrecha amistad, necesitaba llegar hasta Sherlock Holmes, para lo cual no dudó ni un solo instante en utilizarle a usted de go-between, de mensajero…

– Sigo sin comprender para qué necesitaba a otra persona si, de antemano, sabía que podía contar con toda mi comprensión… Ejem, ejem… y esa clase de consuelos íntimos que, en definitiva, únicamente puede proporcionar un caballero de naturaleza apasionada…

– A lo mejor, intuyo, Watson, es porque, en el transcurso de la nefasta recaída, le había…distraído la cartera y necesitaba devolvérsela… Por si le sirve de consuelo, considere este hecho: yo debía ahora servir de intermediario entre ella y usted, poniéndole al corriente, como acabo de hacerlo…

Watson se puso en pie. Con inusitada brusquedad, se palpó la pernera derecha de sus pantalones “príncipe de Gales”, a la altura de la nalga, tras lo cual, pálido cual cadáver, por culpa de su ascendencia escocesa, se puso a maldecir en arameo.

- ¡A mí, que me registren...!

– ¡A mí, que me registren…!

 

FIN

 

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DÉDALO, 2ª PARTE : LA AGENDA F.V.

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APUNTE Nº 1.-EL PERSONAJE

Conocí a Sergio Cedrón a principios del octubre 2010. De hecho, lo anoté en esta agenda, a modo de anécdota divertida y curiosa, a ser utilizada, llegado el caso, en un bestiario de tipos locales pintorescos cuya puesta en papel empezaba a bullirme por la mente.

Coincidimos en un curso de alemán básico impartido vía Escuela de Idiomas. El día de presentación, sobre todo por el lado femenino, sus integrantes no paraban de cuchichear y de darse codazos, ante la presencia de una especie de mofletudo muñeco de ventrílocuo, ataviado con un traje sastre color gris dos o tres tallas más grande de lo necesario y pajarita a juego, que a todos saludaba sonriente, haciendo una versallesca reverencia y repitiendo, con afectación decimonónica, la misma cantinela:

– Ya podemos hablar, ahora que hemos sido presentados…

Sólo me preocupó una cosa – vuelvo a recurrir a mi “cuaderno de campo”-, aunque no demasiado, a fuer de ser sincera: sus ojillos sagaces y crueles emanaban cualquier cosa menos jocundia y bonhomía.

De inmediato, se le hizo el vacío más ostentoso. No cuadraban en tan selecto círculo su verborrea tediosa o su porte estrafalario. Puede que llegase a sentir lástima por él, porque en el intermedio de la sesión, divisándolo patéticamente aislado en un rincón del hall, me acerqué a su refugio y opiné sobre el tiempo.

Noté el alivio que le causaba mi interés hacia sus opiniones sobre un octubre en exceso lluvioso. No llegaría a los treinta, pero toda su persona anticipaba vejez achacosa y resentimiento hacia el resto de mortales.

Su exclusión – me hallé pensando- resultaba tan injusta como la mía propia, recién desembarcada en la ciudad, procedente de Mondoñedo, con un leonino contrato de prácticas en el Diario de Sotofuente. En la redacción, la cordialidad calculada apenas dejaba lugar a dudas: se me consideraba ave de paso y poca cosa más; mis encantos físicos, de haberlos, tampoco despertaron demasiado interés entre el bando masculino: bastante ocupados estaban en no verse incluidos en un próximo ERE. A nivel ciudadano, alojada en un discreto hostal de medio pelo, no disponía de excesivas oportunidades de hacerme popular entre las gentes, habida cuenta, además, de que mi firma no había aparecido de momento en el periódico, donde estaba ejerciendo, mal que bien, de “chica para todo”. Que conste en acta, a beneficio de inventario y memorial de agravios: algún café había tenido que servir a cierto jefecillo con ganas de gustarse obedecido…

Julia, responsable secular de “Cultura y Sociedad”, mujer de mediana edad con aspecto de estar hasta el moño de mí y de todas mis antecesoras en el puesto, encargada de lidiar con mi palmaria bisoñez profesional y mis ansias desenfrenadas de aprender los trucos del oficio, ante mi demanda de “trivial”, más que nada por rellenar algún que otro silencio embarazoso entre nosotras, tuvo a bien pasarme información acerca del hombrecillo germanófilo.

– Yo que tú, me mantendría alejada…Probablemente, no esté del todo bien de la cabeza…No se le podría calificar de peligro público; pero, cuando se sube sobre las espaldas del primer incauto que se cruza en su camino, echando mano de todo tipo de artimañas…y existe casuística: entonces, no lo suelta… El bocado del cerdo… ¿Te acuerdas de aquel genio a la orilla del río en “Las Mil y una Noches”…?

Claro que me acordaba: se trata de una de las pesadillas recurrentes de mi infancia.

– La familia Cedrón ha siempre dado mucho que hablar en Sotofuente…- continuó Julia su relato, con visibles muestras de satisfacción en su apergaminado semblante- Al hijo mayor se lo tragó la mar, allá por los 90, y todavía no se ha molestado en devolverlo. Dada la vida que llevaba, frecuentador de la bohemia catalana, cine independiente y ese tipo de proezas, tanta fuerza mantuvo la teoría del suicidio como la del accidente fortuito. Bien pudo haberse precipitado por el acantilado bajo los efectos de alguna de las sustancias, a las que, al parecer, se había vuelto tan aficionado…El mensaje encontrado en su vehículo resultaba casi tan ambiguo como él mismo… Déjame hacer memoria… Algo relacionado con Homero… Ah, sí…”Troya arde” o cosa parecida…Probablemente, se refería a los problemas que atravesaba la familia…Hubo muchos rumores…Tu protegido, al parecer, habría sido objeto de abusos…El asunto jamás llegó a tribunales; no mucho después, Bernardo, el padre, todo un carácter, puso tierra de por medio, con faldas en el ajo o pantalones, dependiendo de quién te venga con el cuento. Pasados unos meses, regresó para morir abrasado en la bañera, por culpa de una lámpara con patas colocada a desmano…Ahora sólo quedan vivos la madre y ese Norman Bates de bolsillo que conoces…Ejerce, y es un decir: siempre está de baja, como administrativo al servicio de la Xunta de Galicia…Si asiste a un curso de alemán, ¿quién te dice que está no planeando emigrar, en busca de horizontes, lejos de doña Marga, madrecita del alma querida que le controla hasta el color de la meada…?

No me lo decía nadie. Las voces que empezaba a escuchar en mi interior hablaban de otro tema, por demás apasionante: un monográfico seriado en torno a los Cedrón, la familia maldita de Sotofuente, tan rica en catástrofes naturales como pobre en bibliografía selecta, a aparecer en el Diario, lo cual, y ahora hablaba la Lechera, supondría para su autora un estable puesto de trabajo, el prestigio profesional y hasta, quién sabe, posibilidades de un Planeta, si alguna vez me decidía a novelizar tan pintorescos acontecimientos, a ser investigados sin perder un minuto, pero con discreción: no entraba en mis planes el levantar la liebre a beneficio del resto de plantilla, tan dados, ellos y ellas, a mirarme por encima del hombro.

Por empezar por algún sitio, busqué todo el material periodístico en torno al supuesto suicidio y probable accidente. Una fotografía de Enrique Cedrón, “prometedor cineasta, autor de un cortometraje de ficción titulado “Cura de Sueño”, posando en primer plano y, era evidente, haciéndose querer por la cámara de forma casi obscena, me causó una extraña impresión de reencuentro imposible con alguien conocido.

El impacto inicial de la noticia se había ido disipando en las fechas sucesivas, ante la carencia de novedades destacables. Un íntimo amigo del desaparecido, también estudiante de cinematografía en Barcelona, Alfredo García, era entrevistado, sin excesiva convicción, por una reportera, M.C.P., interesada primordialmente por conocer su estado de ánimo después de la tragedia. La respuesta no podía resultar más profética, en más de un sentido: “Su recuerdo caminará siempre en nosotros”. En cuanto al cortometraje aquel, “Cura de Sueño”, la red no me condujo a parte alguna: parecía habérselo tragado el mar, lo mismo que a su responsable.

No importaba…Ya no había vuelta atrás: la suerte estaba echada. El mensaje de la mirada triste e implorante de Enrique Cedrón había sido recibido.

Cuando volví a encontrarme con mi personaje en la Escuela de Idiomas, desoyendo los consejos de mantenerme alejada de su peligroso influjo, me lancé de cabeza a lograr su confianza. Despertar su instinto protector de damas en apuros me parecía un modo razonable de intentarlo.

– Hola, Sergio…Las conjugaciones me están volviendo loca…¿Me permitirías echar una mirada a tus ejercicios…? Herr Kartoffel se pasa un montón con los deberes…

Un minuto más tarde, en la cafetería, frente a frente, “cortados” de por medio, cotejábamos resultados obtenidos en una interminable serie de problemas lingüísticos. En el fragor de la cruenta batalla con los secretos de la gramática alemana, de improviso, le escucho preguntarme, haciendo gala de la mejor de sus sonrisas bipolares:

– ¿Tienes novio…?

A punto estuve de verterme el contenido entero de la taza de café sobre el vestido malva. Me salió un hilo de voz, aunque ignoro de dónde:

– Pues la verdad es que no…

– Yo, tampoco…

Parecía un principito Saint-Exupery que se hubiese vuelto malvado de repente. Y añadió, más Tartufo que nunca:

– Me horrorizaría el perjudicarte…Si nos ven juntos, se podría interpretar que es que andamos saliendo…

Fue mi primer, e imperdonable, error en una relación que empezaba ya a presagiar complicaciones en sus veros prolegómenos. Se me escapó una especie de risita sorprendida. Fui a darme cuenta, demasiado tarde, de lo humillante que resultaba para él aquella manifestación de regocijo.

Tuve la paralizante sensación de que, desde algún bucle espacio-temporal, su hermano Enrique, dando evidentes muestras de desaprobación, contemplaba la escena. Yo misma era consciente de que, de no andarme con ojo, el perseguidor podía convertirse en perseguido, y viceversa.

La expresión de Sergio Cedrón se había vuelto un compendio de ira reprimida y cálculo ominoso de medidas a tomar con mi persona. Desde entonces en adelante, no habría de presentarse ocasión de hallarme en su presencia sin sentir una inequívoca pulsión de temor y de rechazo; aunque ello no significase, en absoluto, renunciar a mi proyecto literario.

Sorteé, bien que mal, el embolado, alabando su dominio del idioma germano.

– Será mejor que nos dirijamos a la clase ni no queremos llegar tarde…- dijo, empleando un tono ligero, casi alegre, que hizo me sintiera en verdad aliviada durante un breve instante.

Una vez puestos en pie, Sergio Cedrón, de un certero zarpazo, me sujetó por la manga del abrigo y me sacó de allí, conduciéndome, raudo, sin pronunciar palabra, entre las mesas, hasta alcanzar el vestíbulo, todavía lleno de alumnos. Resultaba demasiado grande la sorpresa para pensar siquiera en ofrecer alguna resistencia. La presión de los dedos en mi carne me hizo comprobar cuánta fuerza escondían unos dedos rematados en uñas con saña devoradas, dedicados, entre apretón y apretón, a furtivas caricias recorriendo mi antebrazo.

Cruzamos el mar Muerto. Estaba siendo exhibida ante el gentío, fui consciente de ello, en justo castigo a mi falta de tacto, derrotada, sujeta con correas, amordazada por una sensación de ridículo cósmico, en mi condición de pieza abatida y de trofeo. El murmullo imperante se había disipado por completo: nos estaban observando, sin molestarse apenas en disimular la curiosidad y hasta yo diría que el regodeo.

Finalizadas las clases, en contra de mis temores, Sergio Cedrón no me invitó a una nueva consumición; ni siquiera se ofreció a acompañarme hasta el hostal Europa, lo cual me provocó un profundo alivio y una difusa, pero inequívoca, desilusión: un muñeco articulado dominante siempre es mejor que nada…Lo escribo sin el menor atisbo de ironía; sobre todo cuando se piensa utilizarlo como punto de partida de mi “Pulitzer” al mejor reportaje documental del año, al que no vendría nada mal añadir el pastizal del Planeta, a emplear en unas largas vacaciones neoyorkinas, durante las cuales me proponía profundizar en mi dominio del inglés hablado con acento de pueblo.

Aquella noche, tras la ingesta, ya casi habitual, de un trío de píldoras “de efecto hipnótico suave” al decir del prospecto, caí en un sueño profundo y agitado, en el transcurso del cual fui visitada por el primogénito de los Cedrón, cubierto de algas y cangrejos reptantes, para advertirme, con expresión severa:

– No te metas en esto…

El que las sábanas apareciesen a la mañana siguiente manchadas de sangre, lo atribuí, sin más, a una esperada venida del período.

FIN DEL APUNTE PRIMERO

 

 

 

APUNTE Nº 2

James-Cagney-james-cagney-15573281-637-800LA FIGURA PATERNA

José Jesús Ibáñez, nuestro amado director, encontró un hueco para concederme audiencia en su despacho. Próximo a jubilarse, se conformaba con los goteantes problemas de su próstata. Se ufanaba a menudo, ante el personal de tropa, atrincherado en su puesto dirigente, de haber llegado donde había llegado por méritos propios, siempre con la verdad como estandarte: en el Diario de Sotofuente, tú opinabas lo que te viniese en gana; pero él y los de más arriba daban las órdenes y había que obedecerlas por fas o por nefas, teniendo en cuenta, sobre todo, que, justo a las puertas de la redacción, se agolpaba un centenar largo de eminencias, aguardando su oportunidad dorada de no dar el coñazo con reivindicaciones laborales y/o genialidades de progre desfasado: los 60 eran suyos, y no nuestros.

Me obligó, que no me invitó a ello, a ocupar un asiento frente al suyo y esperó a que cantase la gallina primeriza su huevo por poner en los anales del periodismo de investigación sociológica; mientras tanto, supongo que por entretener un hastío más que evidente, mi jefe, con la mirada puesta en mis rodillas, se dedicó a dibujar inquietantes jeroglíficos con la uña del meñique izquierdo sobre el brillante cuero de un enorme cartapacio que cubría, casi al completo, la acristalada superficie de su atestada mesa de despacho.

– Así que los famosos Cedrón van a convertirse, por tu obra y gracia, en un reality…Algo de eso había oído…En los periódicos, las noticias vuelan, mi querida F.…- interrumpió mi recital de forma súbita, sin permitirme acabar una exposición con pretensiones de resultar si no exhaustiva, por lo menos completa en cuanto a objetivos y propuestas concretas –   Conocí al padre, don Bernardo, un señor en toda la extensión de la palabra; un caballero…Grela suerte la suya… Terminó mal, con lo bien que había empezado… Pocos hombres he conocido yo de tan brillante ingenio, savia vivificadora de cualquier fiesta o acontecimiento mundano, para, llegado el caso, enfrentarse a la vida con un par, como deben tomarse las adversidades: virilmente, a base de coraje sostenido, sin olvidar rigor e inteligencia… Vamos: de los de antes; mi quinta y anteriores: de los que ya no quedan… Luego estaba aquella esposa suya, Marga, tan sui generis, a meter en cintura o dejar por imposible…Le desgració los hijos al pobre de Bernardo…Al mayor, lo convirtió en un queer que prefirió salir del armario en Cataluña; al pequeño…Sergito, tú lo has visto…No me gustaría coincidir con él en un callejón oscuro, después de medianoche… ¡Qué mujer para mamar su leche de cigüeña…! Y es que a Bernardo Cedrón, créetelo a pie juntillas antes de meterte en faena, debieran dedicarle un monumento con leones en Cibeles…Te veo muy decidida…Si precisas un consejo paternal, mientras no adquieras la soltura suficiente; nos conozcas, me refiero a la idiosincrasia Sotofuente, y te sientas con fuerzas para explorar pozos sin fondo, dedícate a otras guerras con menos ingredientes explosivos…Habrá tiempo de sobra, mi apreciada muchacha…También he sido joven, con ganas de comerme el mundo con patatas…Habla con Pita, el responsable de deportes, ¿qué tal una serie de entrevistas a corazón abierto con las parejas de los integrantes de nuestro equipo futbolero, un once de segunda B con aroma inconfundible a división de honor en cuanto esos chicos tan caros le echen, por fin, los redaños necesarios…?

Aquí llegados, con la misma brusquedad de su invasor comienzo, dio la conversación por terminada, poniéndose de pie y acompañándome, gentil (?), hasta la puerta. Ignoro su nivel de percepción en lo concerniente al peligro corrido por su integridad física: había estado a punto de arrojarle el busto en bronce del rey Juan Carlos que presidía su escritorio al centro calvorota de su cráneo sonrosado. Probablemente, ni siquiera hubiese alcanzado el objetivo, con los ojos arrasados por las lágrimas.

Busqué consuelo en Julia y resultó ir por lana…

– No le hagas mucho caso, pequeño saltamontes…Anda así desde su separación de Susanísima…Resulta duro verse corneado por un encargado de garaje; más joven que uno, claro: prácticamente, treintañero… En conjunto, el Chechu, si te fijas, no llega a ser tan malo…Llámalo tener muy poco aguante… Contigo se atreve y pavonea; abusa porque te ve todavía por cuajar en este oficio…

Registré por escrito, en un cuaderno, fiándome de mi memoria, los detalles obtenidos acerca del pater familias. Intuía que el viejo querido Sergio no se hubiese mostrado muy de acuerdo. Se trataba ahora de un órdago a la grande: entrevistarme con el supuesto epicentro de los todos males sobrevenidos hasta entonces, su madre Margarita, con cualquier disculpa que no supusiese ponerlo sobre aviso de mi verdadero esquema de trabajo.

El refuerzo para los ejercicios de alemán se convirtió en cabeza de puente. Lo cité por teléfono en una terraza al aire libre de la Alameda, media hora antes del comienzo de las clases. Se trataba de establecer una regularidad en el apoyo, mientras no adquiriese yo la soltura necesaria para manejarme por mi cuenta. Aceptó, tal como esperaba, sin ningún tipo de reservas. En cuanto a los pormenores del encuentro, al no permitirse en el hostal Europa las visitas masculinas (no sé si ello era cierto; mi futuro schulmeisterno pareció extrañarse en absoluto) y resultar las cafeterías un enclave en exceso bullicioso, él mismo tomó la iniciativa prevista: ofreció su sala de estar como centro de operaciones.

– ¿Vives solo…?- pregunté, asignándome una expresión vagamente preocupada.

– No, por dios…Tengo madre viva…En realidad, es lo único que me queda de familia directa…No te preocupes, se mostrará encantada… Mamá, te costará creerlo, abrazó el feminismo radical cuando en España, a nivel pequeñoburgués, todavía se consideraba una especie de anormalidad, un anatema…

¡Qué interesante…! Podríamos hacerle una entrevista en el periódico… He empezado a trabajar para el Diario, ¿te lo he dicho…?

– ¿En la oficina…? – pero se lo pensó mejor- ¡No me salgas con que eres periodista y acosas a la gente por la calle…!

– Ingresé en plantilla hace un mes escaso…- esperaba que mi voz no sonase tan engreída como yo la escuchaba en mi interior.

No le agradó demasiado la noticia; sólo cuando maticé mi condición de aprendiza eventual, pareció dispuesto a bajar la guardia.

– Dejemos en paz a mi madre, por favor: bastante la hemos hecho sufrir entre todos nosotros… Dediquemos a la lengua de Goethe la flor de nuestro esfuerzo…Insisto en utilizar mi domicilio…- concluyó, absorto en algún arcano fuera de mi alcance, mientras procedía, con elegante parsimonia, a espulgarse ambas axilas, imitando a los simios que, de niña, yo había visto actuar en los zoológicos.

Exigí, en clave virtuosa, una consulta previa a nivel maternal, condición sine qua non por mi parte. Dio su conformidad, tras haberme obsequiado previamente con una prolija explicación por mi parte ni pedida ni esperada:

– Soy huérfano de padre y mi hermano mayor también ha fallecido…En mi familia, cualquiera pensaría, le hemos tomado afición a morirnos todos de accidente con el líquido elemento de por medio… No creas; he tomado precauciones: sin importar caudal, me mantengo alejado de las aguas, por si acaso, aun a riesgo de convertirme en un alcohólico, uno de los vicios más odiosos que conozco…

Me había puesto nerviosa yo también. Busqué una frase con la que romper un silencio pegajoso que, de pronto, pareció estancarse entre nosotros. Sergio me estudiaba, palmo a palmo, como si pretendiese acceder a mi interior y recorrerme, en busca de mentiras o verdades a medias que pudiesen estar siendo tejidas en su contra. Lo que dije, a priori, no tenía mucho sentido, en boca de un adulto:

– Sufrí muchísimo cuando marcharon mis abuelos…

Sacó un pañuelo blanco, perfectamente planchado, del bolsillo superior de su chaqueta y me lo tendió con una sonrisa alentadora en sus labios descarnados.

– Toma; de hacerte falta, no dudes en usarlo.

Por torpeza asustada, lo dejé caer al suelo. Al intentar bajarme a recogerlo, Sergio me lo impidió con firmeza, empujándome, de vuelta, hacia el asiento.

– Ya no sirve… Para qué molestarse… En el cajón de la cómoda quedan docenas y docenas de ellos, alineados, en espera de narices con catarro…- dijo en tono ligero – Sigue hablando: me contabas cuánto te afectó la desaparición de tus abuelos…Imagínate lo que supone cuando hemos de referirnos a un hermano mayor, en el esplendor de una juventud llena de gracia, cuya perfecta pureza y equilibrio se quiebran de repente…

Respondí, en franca desbandada dialéctica, lo mejor que era capaz de hacerlo en aquel justo momento.

– Soy hija única…No concibo la vida sin mis padres…A mi padre le diagnosticaron un cáncer hace ya más de un año…Está asustado; lo leo en sus ojos cada vez que me mira…No se me ocurre cómo ofrecerle alguna forma de aliento o de fe en la Medicina; y es porque yo me siento más aterrorizada que él mismo, ante el peligro cierto de llegar a quedarnos el uno sin el otro…

Poco dada a exteriorizar mis emociones en público, intenté recomponer mi lastimosa figura mostrándome erudita. Citar títulos de obras leídas solo en parte, o conocidas a través de su reseña en internet, se erige en uno de mis pecados capitales recurrentes.

– “¡Cuánto amor y no poder nada contra la muerte…!”, ¿conoces el poema de César Vallejo…? Creo que se llama “Masa”…

Sus pupilas se convirtieron en dos puntitos negros lacerantes. Con la boca desencajada por la ira, alzó la voz hasta casi gritarme:

– Si lo crees conveniente, podemos sustituir la gramática alemana por un cursillo acelerado de cómo sobreponerse a la muerte de un padre…

Arrojó unas monedas sobre la mesa y, sin molestarse en una despedida, se alejó de allí…Cuesta escribirlo, a día de hoy: como alma que lleva el diablo…

Se presentó en el aula, la clase ya empezada. Se colocó a mi lado y me pasó una nota manuscrita: “Perdona mi comportamiento en la terraza. No pude contenerme. Mi sistema nervioso ha vuelto a jugarme una mala pasada…Lo repito: perdón, misericordia…Suplico humildemente a vuesa majestad me devuelva la paz y la palabra. Sergio, el Jinete Eléctrico. Posdata: Prefiero, con mucho, a Blas de Otero.”

Dejé de temblar y me puse a sonreír como una tonta. Aquella tarde, mi galán en funciones me acompañó hasta casa. De las muchas palabras pronunciadas por ambos, en tonos encendidos la mayoría de ellas, escogí un parlamento suyo para incluir, bastante resumido, en el cuaderno:

“Jamás he aceptado la idea, por lo general entronizada como dogma entre personalidades mediocres, de que el padre desempeñe un rol más importante que sus hijos a niveles que no sean los puramente mercantiles y/o económicos. Me refiero a su autoridad dentro del organigrama familiar, cuyo funcionamiento no considero en absoluto una cuestión de democracia interna. Todo el poder a los hijos me parece la única consigna aceptable. La paternidad, en sí misma, representa una figura retórica anclada en el pasado, irreversible “per se”, e infructuosa. Los hijos siempre aportan la esperanza del futuro mejorado; es decir: el progreso de la especie.

“En cuanto a la figura materna, tan mitificada, sobre todo a partir del Renacimiento y sus Venus-Afrodita, invasoras de la iconografía cristiana preexistente, ha de ubicarse, a partir del instante mismo del parto con dolor (sangre, sudor y lágrimas de alegría ante el deber cumplido), en la crianza exclusiva de las hembras, así evitando degenere la raza”.

Al revisar el texto precedente, no pude evitar se me escapara un sonoro “hay que joderse”, expresión, afortunadamente, no frecuentada por mis recursos expresivos. Hizo, de paso, que regurgitase en mi memoria otro argumento similar, esgrimido por Chechu, mi patrón, durante nuestra reciente entrevista, referido a la madre de Sergio.

A pie de página, anoté la conveniencia de averiguar si existía algún tipo de dossier sobre sectas fundamentalistas destructivas que hubiesen estado actuando en Sotofuente en los últimos años. Julia me informaría.

– Pues, que yo sepa, no…- dijo, entre escandalizada y divertida- ¡Lo que faltaba, vamos…! Tampoco voy a negarte que tu amiguito del alma puede haber fundado una a su medida, para él sólo en trinidad: socio de honor, secretario y presidente vitalicio…

“Me preocupa Sergio- anoté, a mayores, en mi vademécum de la reportera puntillosa-. Todavía más me inquieta su relación conmigo. Tuve la sensación de caminar entre arenas movedizas con los ojos vendados cuando me confesó, o reconoció, o se le escapó sin querer, embalado en su elocuencia farragosa, el haber sido vasectomizado a los diecisiete años. Obviando una pulcritud en la higiene personal por su parte que, incluso, se podría llegar a tildar de exagerada, ninguna mujer tendría que tomar precaución alguna a la hora de mantener con él relaciones sexuales completas, sin ningún tipo de tabúes que obstruyan el pleno goce del placer en pareja de unos “consenting adults” miembros de pleno derecho en una sociedad civilizada”.

“¡Madre mía…!”, exclamé al releerlo, por una vez cuidando mi lenguaje. Como en “Psicosis”, resultaba urgente -inaplazable, incluso – llegar hasta la madre…y me refiero a la suya, por supuesto.

 


APUNTE Nº 3

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LA MOSCA MUERTA

Como era de esperar, mi iniciativa periodística, provisionalmente titulada “Expediente C: La familia Maldita” no sentó nada bien a los que más directamente hubiesen debido apoyarla con su estímulo. Incluso Julia llegó a mostrarse remisa en ocasiones sucesivas, a la hora de ser consultada sobre éste o aquel extremo con fecha de pasado.

Mientras tanto, mi cuaderno seguía llenándose de teorías, más o menos absurdas, y de anécdotas, algunas de ellas rizando el esperpento. Tanto me había ofendido la actitud de mis supuestos colegas/compañeros que, rompiendo las hostilidades, tomé la decisión de incluir en el reportaje, a modo de leit motive, un beligerante making of del mismo, exponiendo al detallelas vicisitudes que uno ha de arrostrar cuando decide por su cuenta y riesgo emprender una rompedora hazaña en solitario. Ello obligó a convertir mi libreta de apuntes en una especie de diario de a bordo, “totum revolutum” donde se recogían, además de mis propias sensaciones, las intrigas palaciegas – no se citaban nombres-, a nivel intestinal, de la flor y nata del “Diario de Sotofuente” a la hora de ceder unas migajas de efímero protagonismo a una recién llegada con ideas propias, empecinada en ocupar un lugar en el Sol que más calienta: el del prestigio profesional y, pourquoi pas?, vamos a ser, por una vez, sinceros: el dinero y la fama que acarrea.

Por si todavía me quedaba alguna duda al respecto, un “fíate tú de la mosquita muerta”, escuchado al pasar, cierta mañana, trompeteó el toque de “a degüello”.

Como siempre hago en estos casos, busqué refugio en los virtuales brazos de Ricardo, mi primer amor de andar por casa, residente perpetuo allá en los Mondoñedos. Regentaba (y regenta) “La Delicia Galaica”, pastelería de su familia, especializada en cocadas, melindres, picaderos del día y almendrados selectos. Por eso, he llegado a pensar, resulta tan dulce mi Corazón de León; tanto, que hasta, dependiendo paladares, puede llegar a resultar empalagoso al segundo bocado.

Lo habíamos dejado, de mutuo acuerdo, media década atrás, a raíz de mi marcha a la universidad de Salamanca para hacer la carrera (de periodismo; la posible anfibología corre a cargo del amable lector, por descontado). Él, tan él, lo supe a través de amistades comunes, motu propio, quiso guardarme ausencias: se quedó esperando sabe dios qué oportunidad de retomar un romance que, ni tan siquiera, había sido consumado al completo, y no precisamente por su culpa de pulpo de diez brazos. Siempre supe que no sería el hombre de mi vida; no me entregué a él, por consiguiente. Tampoco le exigí fidelidad; de un modo tácito, ambos sabíamos que lo nuestro funcionaba de prestado. La palabra lo define muy bien: Ricardo y yo tonteábamos, como tantas parejas, en espera de mejores ofertas por parte de la vida.

Me pregunto, a menudo, por qué llevo todavía su foto escondida en la cartera; por qué la busco cuando no puedo más y estoy a punto de rendirme para siempre. No puede decirse que sea guapo; ni siquiera atractivo: irradia su persona – no pretendo ser cruel- un no sé qué de rústica bolla de patrón, con costra azucarada por encima. Si te cruzas con él muy de mañana, desprende efluvios de harina cernida, levadura fresca y leña a medio quemar, todo ello mezclado con lavanda a granel de mercadillo. Fuera de toda duda, es más bueno que el pan que fabrica domingos y festivos…Tras el auge de la bollería industrial, sobrevive vendiendo pipas y gominolas de color chillón a los mindonienses menores de treinta y cinco años. Me refiero a que tampoco nadie, con dos dedos de frente, lo consideraría un “buen partido” para mí…Nos movemos, de lo cual no nos arrepentimos ni él ni yo, a nivel de “colegas con derecho a confidencia”…

Aprovechando uno de mis bimensuales “regresos al hogar” para el fin de semana, en busca de la infancia sin deberes – sólo recibir cariño a espuertas, esperando nada a cambio – y algún que otro plato cocinado a fuego lento por mami en sus siempre humeantes fogones de Vulcano, puse en conocimiento de Ricardo mis planes de inminente desembarco en Mondoñedo (“nuestro pequeño mundo”, solíamos llamarlo en otro tiempo), previsto para el sábado, al mediodía, con derecho a almuerzo.

Siempre he necesitado, lo reconozco, su aprobación masculina y ecuánime a la hora de las grandes decisiones; de él me fío, y me fiaré: a mi segura consideración, supone una imprescindible garantía de acertar en lo que emprendas. Hasta ahí podíamos llegar y hasta ahí seguimos hoy llegando.

Le había enviado un mensaje por el móvil y me estaba esperando en la estación de autobuses, tan clavo puntual como solía. Nos besamos levemente en los labios, en homenaje a un pretérito anterior sin billete de vuelta. Luego, entre tópicos de pura cortesía, me condujo a casa en su más bien poco romántica furgoneta de reparto. Antes de despedirse, quedamos citados para última hora de la tarde: me invitaba a cenar pizza italiana en un nuevo mesón de las afueras. Allí le contaría, sin prisas, eso “tan importante”…

Mi padre seguía con aquella tonalidad grisácea en el semblante que tanto me angustiaba. Había leído en internet que…Mejor no recordarlo. Me habló con esa falsa alegría de los que se consideran condenados a plazos.

– ¿Te ha dicho alguien lo mucho que te vienes pareciendo a Oriana Fallaci…?

Mamá le ordenó que no dijese tonterías; que se alejara, ipso facto, de la puerta de entrada, lejos de la corriente, esa traidora de un otoño con vocación de invierno.

– Te pasarás la visita de la niña quejándote de dolor en los riñones…- le recriminó, haciéndose la cómica, aun sin público dispuesto a reírle los donaires. Y añadió, dirigiéndose a mí:- ¡Déjame que te vea…!

– Ya sé: me encuentras un poco más delgada… ¿A qué ibas a decir eso…?

– Pues te equivocas, lista: la palabra era “escuálida”…

Nos abrazamos en medio del pasillo, conscientes de que nos hallábamos celebrando una pálida tregua. A nuestra espalda (pero también frente a nosotras, plagando el horizonte de latidos en tromba y de lamentaciones ahogadas por pañuelos negros, grandes como sudarios, restregados con saña sobre el rostro), se alzaba ubicua, casi fantasmagórica, la sombra de papá, que, allí y entonces, esbozaba su sonrisa sin brillo, con evidente esfuerzo.

Unas horas más tarde, Ricardo y yo, gladiador y gladiadora (me cuesta acostumbrarme), entre restos de pizza calabresa, corta de longaniza y pasada de albahaca, nos retábamos con la mirada, a punto de comenzar nuestro combate a un solo asalto. Uno de mis defectos más molestos, yo lo asumo, consiste en lo mal que llevo que alguien pretenda llevarme la contraria cuando me asisten la razón y el derecho.

– ¿Qué sentido entrar a saco en la intimidad de una familia, en busca de cadáveres…?

– En prensa, tiene todo el sentido… Tú no entiendes de esto…

– No preguntes entonces…Hablemos de otra cosa…

Se siente herido; me mira con expresión borrega de cordero degollado. No alcanza a comprender que si recurro a él, es, en el fondo, para escuchar de mis propios labios el relato; calibrar cómo suena, al sacarlo de dentro. Su misión consistiría, primordialmente, en escucharme todo orejas y sentirse agradecido por la confianza demostrada en su discreción: no era cuestión de levantar la liebre de una exclusiva de calibre semejante, aunque Sotofuente y Mondoñedo estuviesen tan alejadas la una de la otra y no solo me refiero a geografías. Claro está que valoro el criterio de Ricardo en cuanto vale, mucho para mí, siempre que parta de mis propios supuestos. Me detengo a explicarlo: partir desde escalas de valores contrapuestas significa que se rompe la baraja. No pienso echar mi trabajo por la borda, opine lo que opine un ciudadano sin más criterio que el que le dicta una fe en los demás rayana en la manía persecutoria.

– Además, ese tipo, Sergio Cedrón, tú misma lo mencionas, menudas pintas de sicópata se gasta…Podría revolverse contra ti en cualquier momento…

– Sé defenderme sola de un sombrerero loco…- me lo puso en bandeja; lo utilicé contra su solicitud a modo de venganza transferida- ¿O es que me tomas tú también por una mosca muerta…?

– ¿Qué necesidad tienes de meterte en problemas…?

Nunca mostró arrestos suficientes para elevarse por encima del chantilly de sus pasteles. Lo suyo no es la sal, sino el edulcorante bajo en calorías. Debería haberse roto las palmas de las manos en aplausos al oír hablar de mi proyecto, prácticamente potagia del ingenio, y allí estaba ante mí, sacándome de quicio con sus ridículos temores fraternales.

– Pienso visitar a su madre la próxima semana…

– Mejor sería te ocupases de la tuya…- y lo dijo casi sin sonido, bajando la mirada, sonrojado a la violeta malva, sujetándose al borde de la mesa, como para tomar impulso y lanzarse a mi cuello, y apretarlo.

Se arrepintió a mitad de la frase. El mal estaba hecho. El aguijón de Ricardo, poco importan sus sofocos fingidos de vieja solterona, sabe ser afilado cuando quiere. Estoy acostumbrada a sus desaires.

A las once menos cuarto, yo ya estaba de vuelta en mi casa, de la que no saldría hasta diez minutos antes de tomar el autobús con destino a Sotofuente, en la tarde-noche del domingo.

Aquella misma mañana, mientras mi padre se hallaba ausente (había salido a comprar la prensa y la típica tarta a base de cabello de ángel para el postre, a buen seguro en “La Delicia Galaica”, el feudo de Ricardo, de la que éramos clientes desde hacía muchos años), mi madre y yo mantuvimos una conversación en la cocina, mientras ella preparaba gallina en pepitoria y ensalada de pasta con gambas, queso fresco en taquitos y ajetes laminados.

– Has visto lo que hay. Yo no me desmorono. Queda aún mucha tela que cortar. Cuento contigo, hija. Pues ya está todo hablado.

Al contrario… Se había callado lo más importante: su pretensión de que lo abandonase todo y me fuese a vivir, a enterrar, a Mondoñedo para hacerme cargo de…Y una mierda; así de claro: ¡y una mierda…! Llegado el caso, se vería; estaba dispuesta, no importaba la cuantía, a financiar los servicios de una asistenta, cuidadora nocturna o lo que hiciese falta. A mí que no me vengan con chantajes emocionales…No pienso renunciar a ser yo misma…Menos, ahora, con unas calvas perspectivas de progreso en mi carrera.

No lo verbalicé, en aquel momento. Por evitar disgustos; porque, además, mi padre, prácticamente un moribundo, no se merecía aquello. Las madres son muy listas: se dio por enterada; y hasta, se diría, me habría cogido una mínima dosis de respeto, la suficiente para no sacar el tema durante el resto de mi estancia en la casa paterna.

A punto de embarcarme en la nave del olvido, sentí una pasada mano que se posaba sobre mi hombro con timidez de virgen hecho hombre. Se trataba de él, naturalmente; una enorme bandeja de pastas artesanas de fabricación propia intentaba evitar males mayores y sellar armisticio entre nosotros.

– Toma, para el camino…Recién hechas…

– Incalificable lo tuyo. No vuelvas a intentarlo…

– He estado investigando por mi cuenta…¿Tú sabías que ese Sergio Cedrón había sido interrogado cuando…?

No alcancé a distinguir el resto del mensaje, interrumpido por la megafonía para anunciar la inmediata salida del autobús con destino a Coruña y Sotofuente. El conductor me conminó, amenazador, a ocupar mi asiento de inmediato o iba a dejarme en tierra. Me aturullé – se aturulló la tímida adolescente que yo era- y avancé por el pasillo a trompicones, mientras gritaba, intentando hacerme oír, con la cabeza vuelta…

– Lo siento…No he llegado a escucharte…Mándame un correo esta misma tarde, a través del móvil…Adiós, Ricardo…Y gracias por las pastas…

– ¡Eso está hecho…! ¡Pero ándate con ojo…!- gritó, a su vez, Casandra travestida, agitando la mano, allí plantado en medio del andén, semejante a un buzón de correos, con la boca a medio abrir, luciendo una sonrisa algo crispada. Conste en acta que el primer símil que se pasó por la cabeza- y que deseché, aun habiéndoselo ganado a pulso con su comportamiento- fue compararlo con un contenedor de basura abandonado, a rebosar de prejuicios pueblerinos y- lo que nos faltaba…- de rabiosos celos, ante el interés demostrado por mi héroe en la ficción, no importaba su tamaño, su catadura moral o su solvencia.

¡Que me anduviera con ojo…! Todos se creían con derecho a darme órdenes, como si fuera tonta: una mosquita muerta…

APUNTE Nº 4

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SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN

Los hados no debían de serme del todo favorables en aquel lunes que siguió a mi accidentado viaje a Mondoñedo. El prometido mensaje de Ricardo llegó a media mañana, postergando la explicación completa para cuando hubiese rematado unas investigaciones pendientes, que habían de proporcionarme “no pocas sorpresas”. Insistía en prevenirme acerca de ciertos riesgos, o peligros o no sé ya si una palmaria diversión por su parte al lograr mantenerme en vilo, a lo largo del resto de semana, con sus triquiñuelas de adolescente buscabullas.

El segundo lanzazo del destino, directo a mi costado, resultó más difícil de encajar todavía. El apoyo de alemán había sido fijado por Sergio y por mí para la primera hora de la tarde de los lunes y los jueves, coincidiendo en día con las clases en la Escuela de Idiomas, lo que me permitiría presentarme en las aulas, unas horas más tarde, con los deberes hechos con suficiente garantía de acierto. No me interesaba, en la actual tesitura de abrirme camino en Sotofuente, presentarme en sociedad con fama, merecida o no, de rezagada o torpe en el aprendizaje de idiomas extranjeros.

Cuando me personé en la Avenida del Mar, donde se halla enclavado el domicilio de mi “guía del desfiladero”, fui a encontrarme con que, oh sorpresa, su madre había tenido que salir a no recuerdo qué recados o gestiones: Sergio y yo íbamos a estar solos en casa, lo cual me desazonó lo suficiente como para bloquear mis circuitos cognitivos y, en el transcurso de la media hora siguiente, hacer un papelón espantoso ante el último eslabón de la Spanish version de la familia Munster (este tipo de humoradas garbanceras no aparecerán en el texto definitivo: ya me encargaré yo de suprimirlas). Si pretendía hacerle jugar en mi terreno, resultaba imprescindible que mi prestigio, mi superioridad intelectual, no sufriese ninguna clase de desgastes colaterales. En cuanto a un posible intento de seducción a su cargo, por mucho que le hubiese encantado a Ricardo, no parecía probable: Sergio Cedrón, muy serio y muy distante, se mostraba diáfanamente satisfecho teniendo a su cargo, en su papel de Profesor Higgins con batín incluido, a una Liza teutona, manque licenciada (notable alto de media) en Salamanca.

A posteriori, camino de la redacción del Diario, sana y salva, para cumplir jornada vespertina, caí en la cuenta de un extraño detalle sobre el cual no había tenido ocasión de hacer una justa valoración hasta el momento: la “mansión encantada”, por así decirlo, o, todavía mejor, el “castillo de la Bestia” (véase arriba), aparecía, casi por completo, desprovisto de muebles, haciendo gala de en un minimalismo frailuno, propio de un convento de clausura medieval, cuando no, a qué llamarse a engaño, unas instalaciones purgatorias bajo tutela del Tribunal del Santo Oficio.

Ejemplo al canto: más allá de un pasillo frigorífico al desnudo, la sala de estar donde nos instalamos no lucía un solo cuadro en sus paredes, llenas de manchas de humedad traspasando un matrecho papel pintado en tonos sepia, ni unos simples visillos protegían la única ventana, lóbrego agujero que daba al muro de un patio interior cubierto de verdín ennegrecido. Un aparatoso macetero Art Decó, coronado por un jarrón vacío, más decó todavía, que había sido azul pastel en otro tiempo; una mesa camilla sin faldones, con brasero debajo, a modo de orinal, y dos sillones de mimbre astillado al retortero, constituían lo que queda por citar del decorado. Olía allí a…no a falta de ventilación: a cuadra de ganado, a la que, a última hora, se le hubiese dotado de un batallón de ambientadores invisibles, regulados a su máxima intensidad, esparciendo por el aire enrarecido apestosos aromas de cinamomo, papaya verde y aceites esenciales.

Seguramente por servirme de consuelo, Herr Kartoffel, en vivo y en directo, ya en la Escuela de Idiomas, me felicitó en tonos encendidos (y desproporcionados). Su alumna favorita, o séase yo, empezaba a progresar adecuadamente en la férrea disciplina de la lengua alemana.

Sergio, al finalizar la clase, aprovechó para pasar factura.

– Te acompaño hasta casa y charlamos un ratito. A ver si el jueves, por fin, os encontráis mi madre y tú. Arde… (“Como una bruja”, pensé yo, recordando el ambiente inquisitorial de la mazmorra donde tenía instalados sus reales)… Arde en deseos de conocerte, tanto y tan bueno le he hablado yo de ti, después de nuestra felicísima primera toma de contacto…

Dos días después, un larguísimo e-mail de Ricardo III de York (¿O era de Lancaster…? Tendré que consultarlo.) invadía mi correo. Me dejó con el alma directamente en la puñeta. Logré tranquilizarme, tras haberlo consultado en Wikipedia (no me refiero a la Guerra de las Dos Rosas, sino a las casualidades de la vida, constatación fehaciente que el mundo viene siendo un pañuelo de sonarse las narices y secarse las lágrimas). Copio de la fuente original: “(Una) hipótesis que intenta probar que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios, conectando a ambas personas con sólo seis enlaces…”.

Según explicaba mi ex, sin duda, para hacerse creer, un cliente suyo, sacerdote dedicado a la enseñanza, ya jubilado por motivos no del todo claros, residente durante largos años en la ubérrima e ínclita ciudad de Sotofuente, se había ofrecido a pasarle información exhaustiva sobre la vida y milagros de la extraña familia Cedrón, a la que había conocido (y tratado bastante íntimamente) durante su exilio en la misma, mientras desempeñaba funciones docentes en el Instituto como profesor de Literatura.

Me he permitido un ligero (?) retoque en su ortografía y sintaxis, a beneficio de la tranquilidad intelectual del lector, porque no se entretenga en chocolates para el loro y vaya al grano; pero no he suprimido una sola palabra del quimérico libelo. Ricardo, cuando desea meter el miedo en cuerpo ajeno, no se anda con chinitas…Abrochémonos los cinturones por no perder detalle; garantizo que no tendrán ocasión de lamentarlo:

“Como te adelanté a pie de andén, al despedirnos en la estación de autobuses, aunque para ello tuviese que desollarme viva la garganta, ese Sergio que te trae a mal traer nunca me ha parecido “trigo limpio”, y te lo dice un experto pastelero. Me reitero en lo dicho anteriormente: yo que tú, no me arriesgaba a andar revolviendo con el dedo entre su mierda.

“No habían pasado ni tres años del suicidio de su hermano Enrique, cuando tu Sergio, cuando ya todos o casi todos se había olvidado de él (el Padre Luis, mi “corresponsal de guerra”, lo mantenía inmarchitable en su memoria, sin que le faltasen motivos para ello) da un nuevo salto a la palestra, con motivo de la muerte, accidental según algunos, de su padre, don Bernardo, en el transcurso de un estúpido accidente doméstico, del que nadie es testigo directo. Se lo encontraron madre e hijo, de vuelta en casa juntos, después de haber asistido a una terapia… Estaba lo que se dice achicharrado…cocido vivo, en la bañera, por culpa de un secador de pelo enchufado- Julia me habló de “una lámpara con patas”, pero lo verificaremos.- Nota de la transcriptora-, que fue a parar al agua, sin que se hayan establecido los motivos . Y, ¿sabes lo primero que soltó por esa boca el angelito: “Mamá, no te extrañes: es la muerte de Dédalo lo que se está escenificando…”. El susodicho había alcanzado la mayoría de edad la semana anterior y hablaba como si, efectivamente, estuviesen actuando en un teatro romano…

“Sin descartar ninguna otra teoría, la del suicidio parecía, a ojos y oídos de la Policía, valga la expresión, la más sensata…La víctima había permanecido en paradero desconocido durante unos meses, hasta ser localizado en Barcelona, en el domicilio que compartían Mónica Lorenzo, la madre biológica de su hijo mayor, Enrique, que era adoptado (su padre verdadero, pariente de Bernardo Cedrón, había fallecido, a su vez, en accidente automovilístico) y la viuda del primero citado, si se la puede llamar así: en realidad, se trataba de su novia, en el momento del supuesto suicidio, lamentable suceso del que tampoco salen las cuentas claras de momento…Tras su regreso con las orejas gachas, lo confirman numerosos testimonios, había venido dando muestras de profundo abatimiento… Se rastrea, sin demasiado esfuerzo, una vena de insania autodestructiva en la familia…Sobre todo, pero sin agotar posibilidades – no lo menciono a humo de pajas-, en la rama paterna…Margarita Otero – y cito de nuevo la fuente: el Padre Luis-, tampoco representa un “sursuncorda” de cordura y equilibrio; aunque pudiera tratarse de un efecto contagio, no lo niego; o que la conducta de un hombre como su marido, ente inclasificable, la hubiese conducido, de cabeza, a la demencia…Ya tendrás ocasión de averiguarlo, si, como me comentabas, piensas visitarla esta semana, algo que, insisto, no te aconsejo en absoluto…Te estás metiendo en la boca del lobo tú solita, mi adorado tormento…

“Ítem más, no te molestes en pensar que ya habías consumido tu ración diaria de insensateces; espera a leer los párrafos siguientes. No tienen desperdicio, a pesar de ser, en sí mismos, una pura basura…Yo me entiendo; tú llegarás a la misma conclusión, a poco que lo intentes…

“Mientras Sergio estaba siendo interrogado por el juez instructor, empezó a desbarrar de forma lamentable. Imagínatelo…Al recién estrenado huérfano, todavía en tratamiento psicológico por el trágico final de su hermano Enrique, con la madre presente en el despacho, se le estaba tratando con toda clase de cortesías y miramientos. De repente, sin perder la compostura, formula una pregunta que deja a los presentes… decir perplejos no se me antoja suficiente: al borde mismo de la apoplejía.

“- ¿Han detenido ya a las hijas de Cócalo, rey de Agrigento, otrora protector de nuestra casta…? Ellas son las asesinas de mi padre…

“Llegaron a pensar que bromeaba, y mira en qué fregado; luego, claro, empezó a echar espuma amarillenta por la boca. Tuvieron que sacarlo de allí en una camilla. Cuando se despertó, pasadas unas horas, en su cama, traía aprendida una nueva cantinela que recitar al mundo, representado por madre, unos cuantos vecinos solidarios y hasta el Padre Luis, llamado porque, en un momento, se pensó, o se quiso creer, que Sergio, tras el ataque, se había puesto de muerte, en respuesta a los desgarradores gritos de una pobre mujer suplicando a su dios que, antes de dejarlo tal que así, se llevase juntos, de una sola tacada, al padre con el hijo…Bueno, al revés: tú ya me sigues…Antes de que te extrañes: lo del Padre Luis tiene una explicación; se trataba del único sacerdote conocido por la familia para acudir en semejante “por si acaso”, portando extremaunción, sin hacer muchas preguntas al respecto.

“Fue entrar el curador de almas, pasada una hora y media, lo que se tardó en localizarlo, en el dormitorio del poseso, – parecía endemoniado el morituri, con los ojos en blanco y las manos huesudas dando espasmódicos manotazos en el aire- y calmarse, de pronto, el héroe de tan clásicas hazañas mitológicas. Con cavernosa voz, hilvanó las siguientes letanías:

-“Mi hermano, mejor dicho: mi hermana, debe recibir este mensaje mío. La buscaré y la encontraré, no importa lo profundo que se esconda, aunque sea en un cuerpo de mujer…Te creías, Quique, que podías engañarme, presentándote en casa, bajo el burdo disfraz de Bianca Romanescu, tras un cambio de sexo, realizado, no hacía tanto, en Casablanca… (Pausa para recobrar, a duras penas, resuello oxigenado; o más probablemente, por comprobar el efecto producido en la audiencia por tan inesperada revelación de última hora)… Y lo has hecho por mí, porque pueda penetrarte limpiamente; hacerte mío, sólo mío, cuerpo contra cuerpo, sin tener que avergonzarnos…Lo siento, dulce príncipe… Mi corazón era así de puro por entonces…Si yo te rechacé y se lo conté a mi… a nuestro padre, no fue sólo porque fueras un hombre, además de mi hermano, sino porque…

“Sergio, agotado, volvió a sumirse en un sueño letárgico, entre bruscos temblores y jadeos estentóreos. En estos casos, hay alguien siempre que exclama “¡pobrecillo!”, se despide y corre a contárselo al resto de manzana y aledaños. El Padre Luis supo quedar como un señor de su Señor:

– Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris…- dice que dijo, tras rociar al postrado yacente con una abundante dosificación de agua bendita, a través de la pequeña regadera con pinta de maraca que, en medios eclesiales y otros cultos- utilizado aquí como adjetivo.- Nota de la transcriptora-, se conoce con el nombre de “hisopo” o “hisopillo”.

“Alguien propuso un rezo de rosario. Dicho y hecho. (Continuará…)

“PD) Comprenderás, querida, mi inquietud, mi zozobra…Ya ves que no exageraba ni el espesor delgado de un cabello. Tendrás noticias mías. Según Luis, el Padre Luis, quiero decir, no se acaba aquí el cuento. Ha prometido visitarme una de estas noches en el obrador de “La Delicia Galaica” para mantenerme al corriente del resto de pormenores de tan extraña trama novelesca. Un besazo. Ricardo.

Sentí una especie de ataque- me, too…- sobreviniendo dentro de mi cabeza. Pongo a Dios por testigo – no pienso repetirlo en ninguna otra parte: quede aquí (véanse notas anteriores)- que quien más me aterrorizaba en aquel preciso momento era Ricardo, en su fracasado intento de colar un letal troyano en mis archivos: datos falsos que yo, en mi mal calculada ingenuidad, incorporaría inmediatamente a “Expediente C: La Familia Maldita”, convirtiéndome en el hazmerreír del primero hasta el último de mis doctos colegas, por presentar lo impresentable (un bodrio de jaez barriobajero, estrafalario en alcance e intenciones, grotesco de principio a fin, conteniendo pasajes con ribetes pornográficos con el incesto y la homosexualidad como estandarte y/o banderín de enganche), nada menos que ante la dirección del periódico y su plana mayor (seguro que a Chechu, otro que tal baila, le iba a faltar tiempo para comentarles la gracia a todos ellos, dejando mi solvencia en entredicho), lo cual suponía una doble carambola traicionera: invalidaba, además, a mala leche, mi proyecto ulterior de convertir un reportaje innovador en primera novela ganadora/finalista de Planeta (El Nadal, perdón por la vanitas-vanitatis, no lo sitúo a mi altura de principiante hiperdotado). Su objetivo en la sombra no vendría siendo sino obligarme a regresar a Mondoñedo con la chirla arrugada entre las piernas y aceptar su proposición de matrimonio…En definitiva: pasarme el resto de mi vida adulta follando- dejándome follar- por el Señor de las Pastas Artesanas…Y una mierda, ¿lo oyes…? Prefiero fregar escaleras de rodillas que ser tu esclava sexual con papeles de juzgado y tener que chupártela un día sí y otro también, tragándome, de paso, el pudor y la rabia…Te la va a mamar tu puta madre…

¿De verdad esperabas, pedazo de cabrón, que iba darle credibilidad alguna a tan burda serie de patrañas? ¿Por quién me has tomado, hijo (hijo de la gran puta, claro, por supuesto…)? Pero te juro que ésta me la pagas…¡como me llamo F.!


APUNTE Nº 5

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“CURA DE INSOMNIO”

– ¿Así que tú eres la novia de mi Sergio…?

– Te lo ruego, mamá: no te adelantes a los acontecimientos. Por ahora, nos estamos conociendo…

Reaccioné no reaccionando de ninguna manera. La esfinge y yo nos enzarzamos en un vistoso número de baile acrobático, orquestado por denuestos sin sonido. Jueves, era jueves, floreciese o no aquella triste pascua. Esta vez, la madre sí que estaba. Sergio me condujo, solemne, hasta su dormitorio, oh sorpresa: un cuarto abarrotado de enseres polvorientos, muñecas de porcelana gigantescas, la mayoría vestidas de pastorcilla inglesa, ocupando el práctico total de los asientos; destacaban, por su teatralidad melodramática, pesados cortinajes rojo oscuro y retratos antiguos enmarcados en deslucida taracea… Un santuario donde, al parecer, “la pobrecilla se retiraba en procura de reparador descanso”, casi a oscuras, santo remedio para “una de esas horribles jaquecas que la martirizan”, todas y cada una de las tardes (ergo, el lunes anterior, la madre de toda esta batalla también se encontraba en el domicilio; por lo que fuera, nadie había procedido a presentarnos).

Encamada en un lecho con dosel y cortinillas, incorporada a medias en el mullido régimen de la triple almohada, al verme, estiró el brazo, que asomaba, al desnudo fatal, desde la manga de un puntilloso camisón de seda en tonos crema, hasta alcanzar la perilla que iluminaba una pequeña lámpara, provista- y hoy pienso que a propósito- de una lúgubre pantalla de color verdoso- cadavérico, situada sobre la mesilla de noche, al lado de una jarra de agua con rodajas de limón (también verde), servilleta no demasiado limpia y un montón de medicinas, saliendo, deslenguadas, de sus cajas.

Tras serle introducida por su vástago, entre sonrisas a toda dentadura (la de la Viuda Cedrón a juego con la pantalla de la lámpara), como “eminente periodista local y todavía mejor persona”, me pareció de buen tono inclinarme sobre aquel catafalco y proceder a besarla en las mejillas, a cambio de lo cual la yacente me obsequió con el interrogante citado más arriba.

Marga Otero (de esta manera aparecía reflejada en un provisional censo de protagonistas del reportaje en marcha; por hipótesis se llamaba Margarita) no parecía vieja ni joven, aunque tuviese el pelo completamente blanco, casi rapado al cero; ni gorda ni delgada; ni agradable, ni del todo repulsiva…Simplemente, “no era”…No era real, sino una especie de ninot, presidiendo una falla en honor al despropósito…A ver cómo lo explico: allí alguien- por lo tanto, Sergio-, a todas luces (más bien escasas, creo), estaba procediendo a la filmación de una película todo lo gótica que imaginarse pueda. ¡Claro, qué tonta…! Otro cortometraje: “Cura de Insomnio” o cosa parecida… Extra con frase, contratada al efecto o madre verdadera, aquella presencia ensabanada tomó mi mano y comenzó a apretarla, dando evidentes muestras de no estar dispuesta a soltarla a corto plazo. Por evitar el tira y afloja consiguiente, me vi obligada a sentarme sobre el crujiente larguero de la cama-navío. Sergio se arrellanó, cloqueando de orgullo cinegético (yo, su presa, supongo) en una butaca, a su vez, fantasmal, cubierta en toda su extensión por una funda blanca, situada al lado mismo de la cabecera. Sorprendí a ambos, desde mi posición, intercambiándose miradas cómplices de mutua aprobación y de…apetito. Se diría- y dejémoslo así, en un escurridizo símil como tropo- que, en amor y compañía, loba capitolina y cazador furtivo a punto estaban de proceder a devorarme, ñaca-ñaca, y no dejar ni las raspas para el gato de la suerte chino, presidiendo ornamentos variopintos, allá en lo alto de un robusto armatoste, fabricado con madera de caoba, probablemente autentica, recorrido por nichos y más nichos que albergaban cajones sin manilla…

– Sergio me ayuda con las clases de alemán…- consiguió articular Caperucita, algo tarde, marcando, a buenas horas, las distancias.

– Sergio te quiere mucho…Y te respeta…Me consta que te consta…

El aludido me dirigió una muda súplica, mediante dedo índice convertido en vertiginosa hélice, con un claro mensaje: “Será mejor que le sigas la corriente…”

– Cuando yo falte, y ya no queda tanto, te convertirás en su única referencia salvadora; el vínculo que lo una, hasta el final (lo vuestro es para siempre, estoy segura), con el mundo de ahí fuera, tan desalmado, tan carente de escrúpulos…- la perorata cambió de destinatario, sin transición alguna en cuanto a tono o dirección de su absorta mirada tierra adentro- Tú y ella, juntos, caminando, con el rancio (en el buen sentido) apellido Cedrón de compromiso: el verlo, por fin, continuado, a partir del amor y de la nueva sangre de los nuestros… ¡Prométemelo, Sergio…!

Pude haberlo escuchado mal; pero me pareció oír, procedente de la voz de Sergio, en un inesperado registro de virtud y de recogimiento, un “sí, mamá”+ suspiro gemebundo, tomado en alquiler de alguna telenovela sudamericana, tan artificioso en su fantasmagoría que me hubiese reído de no haberme estado sintiendo un tanto incómoda, por no decir francamente alarmada, ante el sesgo que estaba tomando nuestra sesión de tarde, con buitres carroñeros en lugar de palomitas de maíz, acechantes desde un campo de centeno pintado por Van Gogh una tarde de agosto, a punto de iniciarse una tormenta.

Intenté levantarme, librarme de aquel cepo sudoroso…Imposible: su sarmentosa diestra seguía sujetando mi muñeca. Mucha atención a lo que sigue: aclara muchos extremos de esta historia…No salga nadie luego con que ellos no sabían de la misa, la media…

– ¡Hemos sufrido tanto…!- lloriqueó mi carcelera, antes de entrar al trapo- La verdad es que no lo merecemos… Sobre todo, él… Los cuatrocientos golpes sería quedarse corto en el castigo… ¡Mi pequeño, mom petit Antoine Doinel…! ¿Conoces la opera prima de Truffaut…? Los jóvenes de hoy no se interesan por ese tipo de películas…

– A mi madre siempre le ha gustado mucho la Nouvelle Vague francesa… Quizás tanta afición le vino porque mi difunto padre fue, durante la intemerata, el gerente del Cine Hollywood, una sala de estreno en su día muy popular en Sotofuente. Lleva cerrada desde hace casi dos años, por desgracia… Hubo que demolerla, tras un pavoroso incendio…

– ¡Deberías llevar a tu chica a conocerla, Sergio…! Todavía se mantiene en pie, contra viento y marea…Todo muy Bogdanovich…Me río yo de “Cinema Paradiso” y Tornatore…- Marga Otero se agitaba en el lecho, presa de un entusiasmo infantil incontrolable: le brillaban los ojos y su frente aparecía perlada de sudor, de tanto esfuerzo. Y todo eso estaría muy bien si, además, debido al alborozo, se hubiese a decidido liberar mi muñeca derecha, a aquellas alturas vestida de un azul más o menos cianótico, como mandan los cánones.

– Una excelente idea, mamá… ¿Cómo no había caído…? Esta tarde, sin faltaal salir de la Escuela…- dijo Sergio con voz tierna; es decir: lo que a él, es probable, le pareciese el summum del cariño filial, traducido en falsete amanerado con guarnición de pamema y aspaviento- Descansa, por favor; no debes fatigarte…Y ahora, si nos disculpas…Ya has conocido a F.: puedes dormir un rato; trasponte mientras dura la sesión: pasaremos luego a despedirnos.

A la Madre Celestina no pareció convencerla en absoluto el argumento. Y ordenó, taxativa:

– Espera, no te la lleves todavía…Ella debe escuchar… No se irá de rositas…Sobre todo porque la considero, la consideras tú, un miembro más de esta familia…

Sergio, visiblemente alterado, comenzó, habiendo sorteado los abundantes obstáculos interpuestos, a dar vueltas de hámster prisionero por el centro del cuarto. La responsable de estas líneas, que no se había movido de su puesto sobre el duro travesaño, haciendo gala de una serenidad a prueba de maellstroms en tiovivo, se limitó a calcular cuáles serían las medidas a tomar si su recién estrenado galán se ponía a echar espuma – según Ricardo, de color amarillo- por aquella boca que se había puesto, a la sazón, a lanzar furiosas dentelladas contra el aire.

Pero la autora de sus días ya había retomado el uso de la palabra sin sentido y procedía a elevarla a la categoría de nonsese in Wonderland. Como realce de la sensación de pesadilla, con la mano que le había quedado libre, de forma intermitente, apretaba la pera de la lámpara verde surta en su mesilla, la cual empezó a emitir un molesto “ser o no ser”, con guiños de faro turulato: enciende y apaga/ apaga y enciende ad infinitum.

– A mí todos los hijos se me ahogan; unos, en agua fría y otros, en agua hirviendo, achicharrados…¡Pobre Bernardo mío…!…El padre de Sergio, me refiero…Mi Bernardo del cuerpo, mi Bernardo del alma…Un Sigfrido de teta, reposando entre mis brazos; recostado sobre mi enmarañado vientre bendecido, en la llanura inmensa, frontera de mis pechos, a unir en uno solo por las manos ansiosas del amante, que los estruja, besa y muerde, en riguroso orden cronológico…”¡Dura lucha el sacar adelante la camada…!”, me decía, justo un instante antes de quedarse dormido, para soñar, entonces, que soñaba con caballos de Troya y raptadas Helenas, víctimas de secuestro y no culpables del nefando pecado de adulterio… Las pasiones humanas…¿Conoces las pasiones, jovencita…? Sobre todo, las bajas… De haber sufrido alguna vez su ataque, o escuchado sus cantos de sirena, llevamos ya medio camino andado…Se lo perdoné todo…Los hombres son infieles por naturaleza y por razonamiento…Se traicionarían a sí mismos si no engañasen a la elegida de su corazón, como prueba amor sin límites a la Mujer, a la Fémina Augusta…A veces, ni siquiera esto les llega, sin embargo…Perdonar es divino…Llegué hasta donde pude…Por mis hijos; y también por él mismo, pues se lo merecía sin asteriscos, después de tanto amor proporcionado a manos llenas, manos suyas, abarcando mis senos…Fui muy dichosa, en la cama y fuera de la cama…Los hijos, unos egoístas natos… No me refiero a Sergio como caso concreto: se trata de una tara de la especie…Ellos te joden siempre bien jodida, a su modo y manera…Míralo ahí, convertido en peonza caminera…Nos va a sobrevivir a todos juntos…Si buscas un culpable, ése es tu hombre…Y el mío; sabe dios que lo quiero más que a nadie; demasiado bueno para ser de este mundo, que te obliga a convertirte en alimaña…He tenido dos hijos… Al primero no tuve que parirlo… ¡Qué delicada flor de invernadero…! Y total, ¿para qué, si luego llegó otro, eso que ves ahí, y lo dejó sin puesto en el machito…? Toda mi sangre y la mejor semilla…Un ratón, una rata de cloaca, siempre empeñado en que había que quererlo…Su padre y yo no hicimos otra cosa en esta vida… ¡Atrévete a negarlo, mal nacido…!

Sergio abandonó su órbita de círculos concéntricos, se dirigió hacia el lecho de su progenitora y, sin mayores contemplaciones, le arrancó de las manos el cable, a cuyo extremo estaba el interruptor, al que la anciana (o lo que fuese) seguía haciendo funcionar a pleno rendimiento.

– No niego nada… ¡Para ya el jueguecito…! ¿No ves que me deslumbran los destellos…? – dijo él. Parecía fuera de sí. Con gesto exasperado, se dirigió a la puerta y encendió la lámpara del techo.

El dormitorio se iluminó de pronto. Ella me soltó entonces, para cubrirse la cabeza con el embozo de la sábana, utilizando las dos manos, momento que aproveché para hacerme invisible, semioculta yo también, entre los rojos cortinones. Su voz llegaba ahora amortiguada hasta nosotros, desde el otro lado de ninguna parte: las regiones ignotas de su errática mente, sin norte y sin estrella.

– Amabas a tu hermano sobre todas las cosas…Los demás estábamos condenados al exilio de su trato afectuoso, no fueras a sentirte postergado…Todos los campos de su ternura incalculable querías sembrarlos tú, sin que importase el precio a pagar por conseguirlo…

Su rostro, desencajado y lívido, había quedado de nuevo al descubierto. Siguió hablando con la mirada fija en la pared y los brazos en alto, como para rendirse, solicitando perdón al vencedor o, por lo menos, tregua. Por motivos que ignoraba entonces, Marga Otero se fue animando por momentos.

– La más grande historia de pasión jamás contada…Un padre, una madre y dos hermanos luchando por vaciarse de afecto los unos por los otros…Hasta que aparecieron unas gentes del Este, sin vela en nuestro entierro, lo que yo llamo vengadores catalanes…En un amén, el desastre trapero habitó entre nosotros…Hay secretos que no pueden escondérsele a una madre… ¡Cuántas obscenidades, torvos ríos subterráneos, sellándome los labios y los ojos…! ¡Oírte decir hoy mismo, y ayer, y antes de ayer, que nunca has comprendido las causas de la muerte de tu hermano…! Parece una película de aquéllas que estrenaba papá en el Cine Hollywood…Ya la estoy viendo…Ésta de ahora se llama “Todos los Hermanos Acabaron por Ser unos Hijos de Puta”, con perdón a aquí, la señorita…El papel de Bernardo lo interpreta Kevin Costner; el de Quique, Helmut Berger cuando todavía era Helmut Verger de Visconti; menda, Meryl Streep; no conformo con menos…

Sergio ardía en llamas de impaciencia divertida en medio de aquel plató improvisado para la alta comedia. Cercano al éxtasis, transido por un rayo de esperanzas estelares, aguardaba las migajas del reparto.

– ¿Qué me va a reservar a mí la suerte…?- preguntó en una vocecilla que yo desconocía (hoy pienso, se trataba de una de las suyas verdaderas), baja y ronca, llagada hasta el último decibelio de sonido.

– Déjame hacer memoria…Tú, tú… ¡Difícil me lo pones, hijo mío…! Danny DeVito resultaba demasiado alto y Michael Dunn, demasiado Blancanieves de tomar con cucharilla: alucinógeno. Según un documentado informe de Cahiers du Cinema, la Warner acabó por convencer a Joselito, el Pequeño Ruiseñor, para un revival largamente demandado por las masas: su vuelta al Cine por la puerta grande… Él y tú siempre os habéis traído, entre ceja y ceja, algo más que unos aires en tamaño…

– Que me place…- aprobó Sergio, con una amplia sonrisa- ¿Se sabe algo del director, a estas alturas…?

– Estoy haciendo un casting…Veamos: Nicholas Ray, King Vidor…

– ¿No te queda alguno más moderno…? – Sergio estaba disfrutando plenamente de aquel juego de dudosa inocencia; los delirios a dúo demostraban, una vez más, ser lo suyo a la hora de alegrarle pajaritas. Ello me hizo pensar que me faltaban datos y matices a espuertas acerca de la secuencia en proceso ante mis ojos. Seguí oculta, como el padre de Ofelia, en mi escondite, a prueba de aprensiones y de alergias. Claro tenía que aquellos dos espantos, Punch & Judy, borrachos de histrionismo, no me necesitaban, de momento, para nada.

– Apostemos a caballo ganador, cariño mío…Paul Schrader, quizás…No va más: adjudicado a Lars Von Trier, dogmático tardío… Y de no poder ser, a Andrej Zulawski…”Lo Importante es Amar”, ¿no te das cuenta…?

Decidieron acordarse de mí en aquel momento. Alguien debería creer lo que entonces sucedió en aquel dormitorio de la Baja Babilonia.

Señorita, preste atención, se lo suplico… (Me hizo gracia su insistencia en este nuevo tratamiento, acompañado del cese del tuteo, seguro consecuencia directa de mi estatus profesional, sacado a colación por Sergio en presencia de ella… por presumir de mí, evidentemente) Salga de ahí, que se llena de polvo…Mi hijo y yo queremos proponerle…

A la, vamos a llamarla así, proposición, habría que echarle de comer (y de beber) aparte. Por lo tanto, mis lectores y yo vamos a dejarlo, de momento…

APUNTE Nº 6

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LOS POLVOS DE LAS MADRES CELESTINAS

Retomo el relato justo donde lo dejé en el apunte anterior. Hube de pellizcarme el lóbulo de la oreja derecha para comprobar hasta qué grado de consciencia me mantenía despierta.

– Sepa usted, señorita, que tenemos ahorros en el banco…Sabremos emplearlos, de llegarse a un acuerdo entre las partes…Todo es cuestión de alcanzar un justiprecio.

– Déjame hablar a mí por una vez, mamá… – la interrumpió un Sergio desconocido para mí: el chiquilicuatre, el niño de mamá, un flan sin huevo al que faltase un hervor para cuajarse.

– Usted es periodista. Nosotros disponemos de una historia muy bonita. Queremos publicarla. Contarle al mundo toda la verdad, de la mano de una pluma acreditada, a través de su diario…Nosotros no entendemos de escrituras que no sean las sagradas: rezamos mucho, de novena en novenario; pero su santo oficio no sabríamos desempeñarlo con soltura suficiente; nos quedaría todo sin hilván, mal cosido, emborronado… Nos la ha enviado la Divina Providencia, cogida de la mano de mi hijo. No le pido que acepte gratis et amore, expresión aprendida de mi difunto esposo. Hará un trabajo y cobrará por ello; también por encargarse de gestiones: reunir fotografías, informes de la prensa en todos estos años; convencer de la ganga a sus jefazos… Y será muy sencillo: nuestra vida, contada desde dentro, va a interesar a miles de lectores…Se llaman “tirada”, según creo, en el argot de prensa; ahí es donde está la pasta gansa, con la entrada de publicidad a manos llenas…De propaganda, sabía latín y griego mi marido; a su manera, él era, como el que más, un cineasta…

La parte contratante de la primera parte contratante, de un brinco australiano, se había salido fuera de la cama. Cogió la mano de Sergio, la unió a la mía, puso la suya encima y esto fue lo que dijo en tonos épicos:

– Repetid conmigo: ¡Todos para uno…!

Fue visada a dúo la contraseña; yo estaba a punto de emprender una carrera precipitada, con la puerta del cuarto como meta.

– Señorita, no he escuchado su voz… ¿Le pasa algo…? En este asunto, en los de esta familia, siempre en piña: o todos o ninguno…

Insisto, doña Tú; permítenos a los dos hablar a solas…- murmuró Aramis, por lo bajinis, afectando, melifluo, encantadores efectos especiales.

– Los tortolitos, en demanda de intimidad de rompe y rasga…Pero, ¡qué tonta…! Bueno, vale… Pues por mí, ¡que no quede…! Me marcho a dar una vuelta ciclista por la casa… Toseré al regresar, desde el pasillo; carraspera de aviso…No quiero interrumpir nada importante…

Se había ido. Ya no estaba allí: la oímos alejarse cantando un “Je ne te regrette rien“, conocedora de mejores versiones. Pensé, por un momento, que Sergio, cuyo edipo morboso llamaba a andarse con muchísimo cuidado, procedería a violarme, aquí te pillo/ aquí te mato, sobre la revuelta cama de su madre. Me tranquilicé un tanto cuando me condujo a un confident en bastante buen uso, anclado en el ángulo más oscuro de la estancia, y me obligó a sentarme en una de las serpentinas curvas de su gran ese mayúscula tapizada de malva.

– Pequeña mía, ¿puedo llamarte así…?

En realidad, no debería: le llevo varios palmos de estatura; empero, preferí darle la callada por respuesta, algo que no lo inquietaba, según barrunto mío, ni por asomo. Antes de continuar, sin embargo, efectuó una nimia variación de términos, por si acaso resultase improcedente aquella toma de posesión de mi persona a la pata, la llana:

– Mi pequeña, inútil explicarte, siendo una mujer de amplísima cultura como eres- de otro modo, no me habría fijado en ti; y elegido, en dura competencia con docenas de posibles candidatas, a medias con mi madre- …inútil explicarte que, repito, sonaría a petulancia, por lo que a mí respecta, el aspirar a presentarte a Pirandello…

Me agité, inquieta. Mis conocimientos del teatro italiano del siglo XX eran, lo son todavía hoy, bastante escasos y en exceso dispersos: Darío Fo, y para de contar; ello debido a que, durante la carrera, había participado en un montaje no profesional de “Aquí no Paga Nadie”. Con nobel o sin nobel, debo reconocerlo, “Pirandello” me sonaba a pirindola, una ruleta diseñada para pobres de los años 40 (recuerdo una, que hacían girar encima de la mesa, en la cocina, sobre mantel de hule carcomido, los dedos temblorosos de mi abuela, en busca de fortuna a base de garbanzos y habichuelas, canjeables, después de la partida, por monedas de a peseta y de cincuenta céntimos, respectivamente).

Presté atención a Sergio y su balada (fue balido, hago constar en acta, el primer sustantivo que me vino a la punta de la lengua).

– “Seis Personajes en Busca de Autor”- tres, para el caso-, me han servido de pauta en este noble empeño: obligar a Quique a salir de su escondite, de estar vivo, o, en el peor de los casos (él dijo caos, que yo corrijo, por pronunciación borrosa del vocablo, nota de la transcriptora) homenajear la sagrada memoria de mi hermano. Una tercera posibilidad no se me escapa: pillar en un renuncio a su asesino…o asesinos. Y ya de paso, sorprender in fraganti, a posteriori, a los ídem de ídem mi padre, que haberlos haylos, con unas cuantas verdades del barquero…

Ni se me pasó por la imaginación, matizar el orden de factores: yo había sido la primera en destacar, y de hecho se lo había mencionado, el interés que tendría para la prensa el seguimiento de un affaire semejante. El resto del asunto, su trasfondo, sencillamente no figuraba en mi censo de asuntos prioritarios. Dije a todo que amén, como hacía con Ricardo.

– Una conspiración de estructura poliédrica y hasta me atrevería a decir rocambolesca; eso es a lo que hemos de enfrentarnos… ¿Estás cómoda ahí…? Te noto desasosegada…Inquieta en demasía… ¿Te agobiamos nosotros, con tantas repentinas y fuertes emociones…?

Mi preocupación no alcanzaba otros parámetros que calibrar si aquel momento podía considerarse el ideal para comenzar a disparar contra su invencible armadura de galápago- Sergio me recordaba, no alcanzo a distinguir ahora si tal extremo lo tengo mencionado, una de esas tortugas ninja de los comics- un cuestionario riguroso y exhaustivo que no bajaba de los cincuenta interrogantes. Probé suerte…La victoria ha siempre sonreído a los audaces…

– Cuando afirmas que tu hermano vive en algún sitio, ¿en qué datos te basas, Sergio?

La mirada que me dirigió mi compañero de asiento, desde el otro lado del confidente, no dudo en calificarla de asesina, mitad culpable, mitad de sanguinaria bestia acorralada que se dispone a defenderse destrozando entre sus garras al osado cazador que se ha atrevido a adentrarse en sus dominios.

– Yo nunca he manifestado a nadie (en voz alta, se entiende) el haber llegado a la conclusión de que mi hermano haya sobrevivido a su propia catástrofe. Lo que afirmo, a morir dispuesto estoy por demostrarlo, es que Enrique Cedrón ha sido, de alguna manera, suplantado…Una tal Mónica Lorenzo, la que lo parió, sabe mucho más de lo que cuenta de este entuerto…Ella, y la rumana transformista, imprescindible para el siniestro experimento que se traían entre faldas, desde el vero principio, la pareja de arpías de quien te hablo…No les bastó con arrebatarme al mejor de los hermanos a base de ligazón y de conjuro; tenían que engatusar a nuestro padre, hasta hacerle morder el polvo y paja de las dos formando lote, junto al huerto sin puertas de la charnega aquella, en papel estelar de celestina, y la mutante que surgió del frío, en el rol de cooperante necesaria para un doble papel: mi hermano Enrique y Bianca Romanescu, la novia de mi hermano…Cómo se las fueron a arreglar clínicamente, pregúntales tú mismo, si es que se te presenta la ocasión de averiguarlo…Guardo su dirección; podría pasártela…Se sobreentiende, un momento después de que prestases juramento, ante notario ¿por qué no?, comprometiéndote a no publicar una sola línea en el periódico sin haber sido aprobada, previamente, por mí, y a mayores, el enterado, no vinculante, de mi madre…

Lo siento, no soy capaz de procesar información servida a tal velocidad y embutida en esta jerga jeroglífica. La mitad del mensaje, me temo mucho, se quedó en el camino, meando detrás de un árbol. Asocié, de inmediato, aquellos desvaríos con el reciente informe enviado por Ricardo, conteniendo las supuestas revelaciones de Padre No-sé-cuántos, acerca de la familia Cedrón y sus milagros laicos.

Me arriesgué, por rutina, a atacar otro flanco.

– No comprendo tu insistencia en mencionar la palabra asesinato, al referirte al accidente que costó la vida de tu padre…Pareces empeñado en ver gigantes… Esas tropelías afirmadas por ti, vamos a decir alegremente, de llegar a hacerse públicas, podrían perjudicaros…Imagina las reacciones de la otra persona que se hallaba contigo cuando se encontró el cadáver…A la hora de redactar el episodio, este tipo de especulaciones no probadas suponen un riesgo innecesario…

Se hinchó su cuerpo todo de cólera encendida. Me fue dado entender, a través de su congestionado rostro, por qué a veces tememos a un demonio pintado…

– Nuestro Dédalo no debe morir a resultas de un estúpido accidente doméstico… ¿Quién te crees que eres, pequeña sabelotodo entrometida? ¿A qué aspiras conmigo: a enmendarme la plana…? Me lo avisó mi madre: no tardarás en ofrecerme tus favores mercenarios…Elegimos la persona equivocada… A lo mejor, en esto, tampoco andaba errada, la pobrecita mía…

Me puse en pie, muy digna, y, apuntando entre los ojos, solté el resto de munición que me quedaba en la recámara.

– Sergio Cedrón, dos puntos: úrgeme mucho dejar las cosas claras. No me gusta ese tono de “a ti te encontré en la calle” que te gastas conmigo. Yo me he licenciado, casi con sobresaliente de media, por la Pontificia Universidad de Salamanca. Dudo mucho te halles en posesión de diplomatura alguna…Unas oposiciones a la Xunta, y por chiripa…Todo envoltorio… ¡Ni tan siquiera eso…! De acuerdo, pongámonos a trabajar, muchacho: no perdamos más tiempo…Exijo seamos serios de ahora en adelante…Necesito un dossier de tu familia…Todo aquello que guardes metido en la memoria, no la de un ordenador, sino la tuya propia…Los secretos, las guerras intestinas, los pecados ocultos, acciones vergonzosas consentidas, cualesquiera delitos que quedaran, al final, sin su justo castigo…Yellow Sotofuente, ¿sabes de lo que hablo…? No admito adivinanzas ni charadas… ¿Quién demonios viene siendo “nuestro Dédalo”…? Todo eso y más, escrito a doble espacio, Times New Roman 10, por una sola cara, y sin cursiva. Tamaño de papel, si no te importa, A-4… Lo necesito ya; dispones de diez días, ni uno más: no te retrases… Te puedes ir olvidando del notario…Yo lo afirmo: ni vosotros ni yo estamos, ahora mismo, para gastos superfluos…

Sergio pasó de asqueroso batracio a príncipe azul en cuestión de segundos. Se puso a dar saltitos como un bobo y a llamar a su madre a voz en grito. Ésta vino en escoba, a juzgar por lo rápido que apareció en el cuarto y, tras escuchar la buena nueva, empezó a besarme y a abrazarme.

– ¡Viva, viva, viva…!- salmodiaba, exultante de gozo (Yo espero que aquel viva por triplicado funcionase de interjección (no de adjetivo), expresando la sorpresa, más o menos feliz, de encontrarme allí mismo como me había dejado, no en medio de un humeante charco de sangre, con un machete maya ensartado en el cráneo).

Su hijo la separó de mí y la besó a su vez, seguramente con muchas menos babas… (Nota de la autora: En la versión definitiva del serial- o lo que acabe siendo -, todos estos sarcasmos e improperios humorísticos deberán ser sometidos al lápiz rojo de censura. No me hacen quedar en buen lugar ante el recto criterio y gusto refinado que atribuyo, de entrada, a mis lectores. Dicho tono de farsa, sin embargo, por sangrienta que resulte, me ayuda en la extenuante tarea de templar tanta gaita… ¡Estoy de los Cedrón hasta los mismos tuétanos…!)

La Viuda Alegre no había acabado de meter la pata.

– Me sentiría la mujer más feliz del mundo si empezaras a llamarme mamá a partir de este momento…

– Deja que ella lo decida cuando le parezca oportuno y conveniente…- el rostro de mi supuesto prometido había vuelto a ensombrecerse- Pareces empeñada en llevar la voz cantante todo el rato…

El velado reproche y la implícita orden debieron de sentarle fatal a Marga Otero.

– De ponerme a cantar por wagnerianas, no iban a quedar de tus planes de boda ni las amonestaciones, ni piedra sobre piedra del muro lamentable: adiós epitalamio y esponsales…No me calientes, Sergio… Si descubro las migajas del pastel, a ver qué tarta ibais a cortar tú y esta mosca moribunda, que saca el aguijón cuando la dejan…

Prudente, me hice a un lado; the show must go on, ¿no es eso lo que afirman…? A los tímidos de corazón siempre nos quedan los rojos cortinones, a modo de refugium peccatorum

– Te ha salvado, hasta ahora, que me hiciera la tonta… ¿Acaso pretendías que me tragara en crudo toda esa parafernalia de dioses y de monstruos…? ¡Dédalo y sus muchachos…! Uno, empujado desde lo alto de la Acrópolis; el siguiente, con alas de pardillo, y encima mal pegadas a la espalda, por culpa del cerumen de los chinos…Me quisiste hacer creer que el conejo de nuestra mala suerte salía de la chistera de aquel bendito padre tuyo… Tendría que haberte ahogado, al nacer sietemesino, en un barreño de agua sucia, y luego tirar de la cadena…

Sergio abandonó el cuarto, entre sollozos, trompicando lo suyo y blasfemando en idioma extranjero; posiblemente, rumano vulgar de nivel medio.

– No te preocupes, hija… ¡Se porta como un niño…! Tú ya verás: enseguida se le pasa el berrinche y vuelva con nosotras…- me tranquilizó mi futura suegra, sonriente, mientras procedía a sacarme de mi improvisado burladero a empujones todo lo suaves que se quiera- ¡Es hora de que se descorran las cortinas…!

Aquella tarde, llegué tarde a la redacción, haciéndome acreedora de una terrible bronca por parte de Chechu y sus acólitos. Había citado para las cinco de la tarde a un criador de canarios para hacerle una interviú en profundidad, con destino al suplemento dominical; cansado de esperar, Papageno se había marchado a casa, cargado con sus jaulas estridentes, amenazando con una fulminante cancelación de su suscripción al diario, ante tamaña falta de seriedad por parte de la entrevistadora. Alguien dejó caer que mi contrato de seis meses, prorrogable, debía ser revisado de inmediato. Acabé encerrada en los servicios, con Julia dando fuertes golpes en la puerta.

Al entrar en el vestíbulo Escuela de Idiomas, me encontré con Sergio, ocupando su banco habitual y con cara de perro. No se mostró dispuesto a una retrospectiva de lo sucedido, hacía unas pocas horas, en el ajetreado camarote de su madre.

– Será mejor que te acostumbres, querida…Yo he pensado en matarla muchas veces…

Herr Kartoffel me puso como ejemplo de alumno poco cumplidor. Aquella tarde no había llevado hechos los deberes…


APUNTE 7

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SI TE ACERCAS, GRITARÉ “¡FUEGO!”

Tuve que consultarlo en mis notas; allí estaba: “Arde Troya. Antes de que vengan a por mí…”, el mensaje de despedida – o lo que fuese- atribuido a Enrique Cedrón. Allí echaba humo otro incendio más a contabilizar; el de Troya no había sido plato único.

El Cine Hollywood, como antes el “Paradiso” Tornatore, pasaría a convertirse en leyenda, gracias a mis artes y mis letras, no importa hubiese sido devorado por el insaciable apetito de las llamas, década y media larga después de que el mayor de los Cedrones se hubiese decidido a poner agua de por medio. En cuanto a quién o quiénes iban a ir a buscarle, permanecía arcano para mi información hasta el momento: simplemente, existían demasiados candidatos para aquella chochona: ninguno de ellos debía ser descartado. Vete a saber si, como ocurre en “Asesinato en el Orient Express”, todos resultaban culpables. Hasta el momento, las voces que yo había oído se apresuraban a quitarse el muerto de encima, dirigiendo su dedo acusador hacia mi prometido en funciones: el pequeño gran Sergio.

El Diario disponía, tiempo ha, de un valedor en la Comisaría de Policía. El comisario Pita, hombre campechano y populista, cercano a la jubilación, al que encantaba convertir una pillada de los dedos con la puerta de la Sra. Juana, p. e., en notica de sucesos a tres columnas y grandes titulares, se encargaba de pasarnos puntualmente el aviso de posibles novedades en el mundo del crimen, desorganizado más bien, de Sotofuente, sin otra recompensa- que yo supiera, al menos- que una caja de (tres) botellas de Albariño y una felicitación troquelada con los tres Reyes Magos- uno por cada botella de “aromático oro líquido, a servir muy, muy frío”, al decir de la etiqueta – en el transcurso de las fiestas de la Pascua Navideña. Según me contó Julia, durante la Dictadura, se las había apañado para no verse implicado en tareas represivas directas (registros domiciliarios, hábiles interrogatorios y así), a lo mejor porque su padre, luego se supo, había formado parte del sindicato clandestino.

Nos conocíamos él y yo a nivel personal, por haberle visitado en la comisaría para recabar información acerca de algún robo menor o la captura de un delincuente habitual, horas después realizarle el tirón a una ancianita al salir del cajero con su pensión a cuestas, llevando el bolso abierto…(¡Y mira que la tenía su hija avisada de mantenerlo bien agarrado todo el rato, siempre por la parte de dentro de la acera…!)

Reconozco que caerle bien al comisario constituía un escaso aval para mi simpatía y encanto personales. Congeniaba con tirios y troyanos (o, a lo mejor, con nadie), sin importar el color de su chaqueta. Me decidí a solicitar su ayuda, al día siguiente del aquelarre en la mansión de los Cedrones. Necesita con urgencia volver a poner los pies sobre la tierra en un asunto donde la irrealidad y el desatino habían estado, sin apenas control, entonando su trova milonguera, de rama en rama, y tiro porque me toca, sin permitirme ver el bosque en toda su espesura y su trastienda. Le adelanté, sintetizado al máximo, lo que me proponía, sin entrar en detalles. No sonaba demasiado convencido cuando obtuve de él un “vuelva usted mañana” resignado, pero también fiable: el comisario Pita, insisto, se hubiese llevado de putísima madre con Arsenio Lupin, Rocambole o el mismísimo Fantomas (Vía Julia, cómo no, me enteré de que había mantenido correspondencia con El Lute).

Su despacho, en la planta tercera, una habitación llena de ficheros metálicos y carpetas posadas en los lugares más inverosímiles (los radiadores, las sillas o el suelo puro y duro) nunca me había parecido amenazante -seguro que no opinaba lo mismo el personal encargado de limpieza-; emanaba un tranquilizador aroma a cuarto de estudiante en época de exámenes (y sé de lo que hablo…).

– Tú dirás, chica…Sonabas muy misteriosa por teléfono… ¿Cómo te va la vida?

– Un sinvivir por los líos en que me meto…- lo necesitaba en tesitura protectora, el camino más corto al corazón de un hombre (de su bragueta, nos ocuparemos en otra ocasión, si al lector no le importa)- Recurro a usted como último recurso…

– Creí que nos tuteábamos…Me haces viejo: resulta que sólo he llegado a abuelo…de momento.

– Como prefieras…El caso es que… Dejaré los rodeos: las desgracias de la familia Cedrón, según te adelanté, me están trayendo de cabeza…

– Tampoco es para tanto…

Lo noté a la defensiva, enrocado en algún ramal de su cerebro. Un halago, a ser posible zalamero, resulta lo mejor en estos casos.

– En el Diario, todo el mundo se muestra convencidísimo de que no se mueve una mota de polvo en Sotofuente sin que el comisario Pita no sepa de dónde sopla el viento…

– Ardo en deseos de conocer lo que has llegado a averiguar de esa familia…Y también lo que ignoras. Para hacerme una idea del tipo de materiales que manejas, ¿tú me entiendes? Venga, dispara…Con salvas, por favor: uno ya no está para muchos sobresaltos…

Preferí no poner toda la carne en el asador por el momento. Caminar de menos a más en la gradación de las explosivas emociones por venir me pareció la política correcta. El listo, había de quedar claro, sería siempre el comisario Pita y ningún otro; apañada iba una si pretendía pasarse de lo mismo en su presencia.

– Ya que ha salido a colación el hacer fuego, vamos a empezar por un incendio…El del Cine “Hollywood”, me apuesto lo recuerdas…

– ¿Y qué tiene que ver con…? ¡Ah, ya caigo…! Por supuesto, por supuesto…Don Bernardo había sido su gerente… De eso hace ya mucho tiempo… Miedo me das, caray con la novata…Nunca pensé que apuntaras tan fino…Relaciónalo tú…Soy muy lerdo: no caigo…

Perdí de vista quién procedía a adular a quién. Pero estaba encantada de su vida y de la mía, lo cual me hizo olvidar toda prudencia. Y cantó la ruiseñora- eso, por no autoproclamarme papagaya oficial del reino de las periquitas cotorronas- , antes de pensármelo dos veces:

– Lo relaciono con la nota de suicidio dejada por el mayor de los hijos en su coche, abandonado al borde del abismo, momentos antes de precipitarse en el vacío…”Arde Troya”, empezaba…

– ¿Y…? A ti, ¿quién te ha engañado…? ¿Te estás riendo de mí…? El incendio del Hollywood no conlleva más intríngulis: una pandilla de veraneantes borrachos colándose en sus instalaciones para celebrar la “Fiesta del Desmadre”. Cuando abandonaron el local de amanecida, en el estado que es de suponer, se olvidaron de apagar las luces encendidas…Para que tú lo entiendas sin problemas: una hoguera que habían prendido en los servicios por calentarse las pelotas…

Dejó de mostrarse paternal; se había pasado, sin previo aviso, al enemigo. A ver ahora cómo me las arreglaba yo para recobrar mi ficha de “buena chica que necesita toda la ayuda que pueda brindarle un caballero”.

– Ambos sucesos quizás estén relacionados…- susurré, con un hilo de voz azucarada, intentando apuntalar mis argumentos- La figura paterna, a su vez, presenta innumerables rasgos de desequilibrio psíquico…Este extremo se me ha, con creces, confirmado por diversas fuentes… No creo equivocarme cuando afirmo que, supuestamente, Bernardo Cedrón poseía todas las rifas para acabar siendo considerado, cuando menos, inductor al suicidio de su hijo…

– Bernie, el Clueco, no pasaba de ejercer de “bonne vivant”; el típico epicúreo de provincias, casado con la buena de Marga, todo corazón la pobrecilla: no le quedaba sitio para guardar cacumen de cejas hacia arriba…Bernie, en resumen, de cintura para abajo, era uno de esos garañones veteranos; un semental dispuesto a apuntarse a cualquier bombardeo… Siempre con discreción, nada de escándalos… “Viva la virgen”, en toda la extensión de la palabra… Tal corría su fama mala en Sotofuente; nunca más allá de esa frontera. Yo lo tengo tratado, cuando estaba. Por donde él pasaba, te lo prometo (sic), se alegraban las piedras.

– ¿Por qué iba su primogénito a quitarse la vida entonces, te pregunto…? Sergio, el hermano menor, no sé si te han llegado los rumores, le había acusado de violación; como poco, de abusos deshonestos…Y dispongo de pruebas: lo relata su madre, con pelos y señales…No delante de mí; pero sí ante un representante cualificado de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana…¿Sodoma y Gomorra…? Llámalass Disneylandia, en comparación con semejante parada de los monstruos, con su padre, banderín en ristre al frente del cortejo…

– Enriquito se quitó de en medio porque era maricón; en aquel tiempo, hasta llevaba su drama aparejado; quien dice drama, puede decir tragedia…Y menos mal que no llegó a enterarse de que su padre – y eso se lo reprocho- terminó liado con su madre biológica y una amiguita suya, Bianca Algo, búlgara, rumana o cosa así, fichada por la Brigada de Narcóticos… Bernardo Cedrón, que en paz descanse, cuando andaba apurado, cogía el avión para llegarse a Barcelona y desahogarse con las dos…Lo que ignoro es si pagando o no pagando…Regresó no mucho antes de morir, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas…Esto es información confidencial; de publicarlo, te caerá una demanda millonaria…

Sentí ganas de echarme sobre él y morderle la garganta. Todavía me quedaba por escuchar algo más fuerte.

– En cuanto al cachorro de la saga, de no haber sido el hijo de quien era, en lugar de sestear, enchufado en la Xunta, andaría en el top manta, vendiendo CD.s pirateados por las ferias. Lo que le falta de estatura, le sobra de mala leche y mala gente…Vete y pregunta en el barrio de putas cómo de ídem se las hace pasar él cuando se presenta allí como una cuba, lo cual equivale a decir siempre… (A escucharlo, enseguida pensé en Mr. Hyde y Dr. Jekyll, nota de la transcriptora).

Hasta me engallé y todo, por no quedar de mosca dando vueltas en redondo sobre un montón de mierda. Expresado de otro modo: no me considero ninguna barredura a quien se la puede esconder bajo la alfombra fácilmente.

– De manera que pensáis echar tierra al asunto…

Acabé de joderla. El comisario Pita, cabreado, colocaba en mal lugar, en cuento a genio, a todos sus predecesores en la trama.

– Mire, muñeca, no le estoy ordenando que se largue del despacho, aunque sería todo un detalle de su parte que se pusiera a hacerlo…

Hice un puchero; y otro más… y un tercero. No pareció ablandarse. Recurrí a la retórica; no se perdería gran cosa con probarlo.

– A Marat lo despachó Charlotte Corday, en la bañera, con la disculpa de prevenirle acerca de un supuesto complot en su contra… Deme (nótese el tratamiento utilizado: donde las dan, las toman…) Deme una explicación medianamente lógica sobre el cadáver a remojo del Sr. Cedrón y enseguida me marcho por donde he venido, tan contenta. Cherchez la femme, ¿quién se ocupó de eso?

El Comisario Pita, puesto en pie, no recuerdo si en jarras, carraspeó lo suficiente para arrancarse las flemas acumuladas en sus bronquios encharcados de pus por culpa del tabaco y la emprendió con sus buenas razones.

– La gente se baña: punto uno. Punto dos: suele hacerlo en su casa, en solitario, dentro de un recipiente; en mi infancia, el evento solía suceder en un barreño; hace mucho que utilizamos las bañeras…Punto tres: el agua caliente, además de desprender abundantes vapores neblinosos, suele provocar somnolencia en los puestos a remojo…Punto cuatro: imagine que, traspuesto, medio amodorrado, Bernardo estira el brazo para hacerse con una toalla limpia del estante adyacente… Punto cinco: ya hemos llegado al momento crítico de todo este quilombo…La mano que navega en el aire – parece un calamar, agitando, impaciente, sus tentáculos- va a encontrarse, inopinadamente, en su camino con una lamparita encendida, la derriba y, al agarrarse al cable de forma instintiva por evitar su caída libre en la bañera, la lanza hasta el centro de la misma, llena hasta el borde de líquido elemento, con su propio corpachón demostrando, aunque no hiciese la maldita falta, las humedades del principio de Arquímedes…Punto pelota. Hemos acabado. Salga de mi despacho o que hago que la detengan por propagar infundios calumniosos.

No era mi día. Debí de haberlo tenido en cuenta, antes de decir lo que dejé caer, puesta en pie yo también, sobre las mal barbas afeitadas del comisario Pita. Hoy reconozco, humilde, que hasta el mismo Maigret se hubiese puesto atacado de los nervios.

– Todo eso que me está contando, comisario, se lo puede meter en sus archivos…A mí no me vale para nada…Papel mojado: la paja que me brinda, descubriendo la pólvora, la conocía de sobra por mis corresponsales catalanes…Lo que yo necesito, si es que aspiro, y pues claro que aspiro, a resultar vencedora en el próximo Premio Planeta de Novela, son historias bigger than life, rezumando interés humano por cada uno de sus poros y agujeros, no fríos datos estadísticos procedentes de los informes oficiales…

No salí dando un portazo porque la puerta ni siquiera estaba abierta; de hecho, fui a estrellarme contra ella. Me dejé caer al suelo, fingiéndome en estado comatoso. Un segundo más tarde, el comisario Pita me apretaba una mano, acojonado, mientras con la otra procedía a darme aire con el Doga…Así quería yo verlo. Perdí el conocimiento de verdad. Soñé, o creí soñar, que Ricardo y Sergio conspiraban contra mí, apalancados en la barra de un prostíbulo.

Este pintoresco episodio del que acabo de dejar constancia (y no me estoy refiriendo a la espantosa pesadilla, primero, pero no el último, de sus ulteriores daños colaterales) tuvo inesperadas consecuencias para mí: se vetó mi paso por comisaria en busca de carnaza con que nutrir nuestra acreditada página y media de sucesos. Por un momento, dudé si suprimirlo o no en esta serie de apuntes, pan y sal que venimos compartiendo. Se me antoja su inclusión equivalente, para los ojos del lector común, a la taza de agua fría que uno arroja a la pota donde hierve la fabada, con el fin de domeñar las habichuelas. Sin duda, habrá que reavivar, y mucho, su interés, su suspense, en el transcurso de los siguientes episodios. Como opinamos Julia y yo: no importa tanto retratar la realidad desnuda como maquillarla gratia artis, hasta el punto, si es preciso, por respeto al derecho del lector a ser interesado y, en no menor medida, entretenido, de hacerla parecer una fulana…Se trata de crear “literatura periodística” in the Hemingway´s way, cuando no, y por qué no, Great Literature, en alemán “Große Literatur“.

Chechu, en persona, se encargó de leerme la cartilla, por medio de un escueto telegrama oral, apuntando directamente a las narices:

– Pita no está dispuesto a que te acerques por allí ni en holograma…A saber qué le has hecho tú a ese hombre, un pedazo de pan integral con mantequilla…Mal empiezas en esto, compañera…

Educada que soy, no lo mandé al carajo de la vela. Y además, ¡qué puñeta…! ¿No se fijan en que me había llamado compañera…? Sonaba a prórroga de contrato que te cagas…”Expediente C: La Familia Maldita”, todavía sin empezarse a publicar, ya me estaba produciendo dividendos…


APUNTE 8

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VISITA DE CUMPLIDO aka “DOS CABALGAN JUNTOS”

Mi capacidad de aguante – ilimitada; eso al menos había pensado una, hasta la actual debacle en que me sentía inmersa – acusaba fatiga de combate, lo que ahora se suele conocer por surmenage y/o decalage (para mí, vienen siendo dos caras de la misma moneda: yo padezco de ambos, en silencio). Tras el KO técnico a que me había sometido el comisario Pita, eso fue un viernes, aquella misma noche, vae victis, recibía en el móvil un mensaje, anunciando la inmediata llegada a Sotofuente de Ricardo, acompañado del Padre Luis. Al parecer, el elemento pío debía prevenirme, y cito textualmente, de un peligro quizás peor que la muerte, que había metido su peluda pata, y algo más, por debajo del (des)quicio de mi puerta. Dada mi condición de mujer, toma castaña, no me había percatado del riesgo que suponía andar a partir una piña en rodajas con Sergio Cedrón, de segunda profesión sus pactos diabólicos leoninos, jugando siempre, faltaría más, en propio campo. Ruego al lector amabilis no se impaciente: tan escabroso asunto aparece destripado, en todo su esplendor, un poco más abajo.

Tomé nota: pasarían a recogerme por el Hostal Europa, una cena ligera, y luego a escuchar, toda abierta de oídos, la amenaza en progreso y la infalible forma de librarme de ella.

Aun a riesgo de pecar de desconfiada, barajaba estas tres hipótesis sobre los motivos reales del doble santo advenimiento, a saber: a) Ricardo pensaba confesarme su impotencia psicológica incurable; b) El Padre Luis había salido escopetado de Mondoñedo por algún turbio asunto de sotanas y buscaba refugio en Sotofuente, para lo cual me necesitan a mí de embajadora y agente inmobiliaria; y c) Él y Ricardo pensaban contraer matrimonio y querían que yo fuera la primera en saberlo, sin descartar pudiesen postularme como dama de honor para la ceremonia (civil, por el momento, en este caso). No lo digo por decir: iban a alojarse juntos en el Europa, para pasar la noche; sus planes, a nivel oficial, eran salir rumbo a Barcelona por vía aérea, desde el aeropuerto compostelano de “Lavacojones” (perdón pido por exabrupto semejante; pero es que lo de Ricardo, el mío y el de Inglaterra, tiene tela marinera…) a primeras horas del domingo.

Por sumar desazón a tanto vericueto, treintañera en ciernes, me sentía en necesidad de recurrir a una amiga invisible (¿Qué tal “Remedios Reina”?) por confiarle mis duelos y quebrantos, tan así de sola, fané y descangallada me encontraba. Ese Ricardo iba a volverme loca: le quiero, no le quiero… ¡sí le quiero…! Siempre y cuando se deje de mariconadas y me deje a mí espacio y tiempo para ser “yo misma”, aunque Yomisma y una servidora no hayamos tenido ocasión de conocernos a fondo todavía.

A mi galán- Príncipe Blanco por la harina de amasar empanadas- le tengo el pan comido. Suena fuerte: chasqueo los dedos y me lleva al altar, tan cierto como me llamo F. V., nombre cada vez más cotizado a niveles de prensa provinciales. De elegirme a mí y no al Padre Luis- ¡es broma, es broma…!-, íbamos a hacernos felices mutuamente. Él, con su irremediable defecto de fábrica (en sociedad, te hace desmerecer con su “saber estar”, pero sólo en estadios y tabernas), acabaría, a mi lado, por lograr un barniz de sofisticación suficiente para no ser expulsado de mi círculo, exigente pero pronto a la hora de abrir brazos y salones a alguien dispuesto a someterse a un código de conducta (y de actitud), a un “savoir faire” que se aprende con el uso, aunque no se haya recibido, de cuna, a través de la sangre. En cuanto a mí misma, las ventajas vendrían dadas por sus innegables habilidades masculinas: fogosidad a prueba de energías acumuladas, saber clavar un clavo y arreglar un fusible, cumplimentar (siempre a favor) la declaración de Hacienda…; pero, sobre todo, un contrastado afán de servicio a mis refinados gustos y residuales caprichos, mea culpa, mea culpa, de niña consentida y un tanto pizpireta. Un diamante en bruto y una perla natural cultivada están condenados a entenderse.

El supuesto “peligro” proveniente de Sergio, en verdad no me preocupaba en absoluto: me lo pasaba por mis orcas asesinas… Las intrépidas reporteras, como mucho, tememos a las serpientes de verano…

Cuando me encontré, frente a frente, con el Padre Luis, pensé que Dorian Gray acababa de fugarse del retrato. Su rostro atormentado, invadido por la grima (lupus escrofuloso, pústulas resecas, habones purulentos), anunciaba la inminente derrota de Don Carnaval de Cádiz a manos de una Doña Cuaresma nacida abulense a mucha honra y educada en la Navarra noble de doña Berenguela (con diéresis todavía me gusta más), aquélla que obligara al Rey Ricardo Corazón de León a organizar las mil y una cruzadas por escapar de sus deseos concupiscentes.

Instalados en un reservado del hostal, o más bien un cuarto de la plancha, tras un frugal tentempié a prisa y corriendo – fiambres del montón y una tabla de quesos multiplicando tres tacos por cabeza (puñeta, carajo y coño, las tres preces de S. Antonio) – , en un bodegón cercano al puerto (al parecer, ambos tenían bastante prisa por marcharse a la cama) Fray Luis se fue derecho al grano, lo cual tiene su gracia.

– Hija mía, ¿conoce usted “El Exorcista”? Me refiero a la novela/ criptograma del ex-jesuita William Peter Blatty, no a las producciones cinematográficas, banales todas ellas, que, posteriormente, se hicieron sobre sus aspectos menos interesantes…

– Sólo las pelis, padre…- fue mi lacónica respuesta.

– Llamándole Luis estás cumplida – intervino Ricardo- , somos gente de casa…

– Pues “Luis”, ¿te quedas satisfecho…?

– Da igual cómo se dirija a mí, ¡qué tontería…! – el aludido se había puesto a temblar y a hacer visajes hasta el punto que se hacía cuesta arriba entender sus palabras- Lo importante es el mensaje que traigo para ella. No de parte de nadie: me lo dicta mi alma… Ya Ricky, quiero decir: Ricardo…, me ha contado los proyectos de Sergio Cedrón, y por mediación tuya, nada menos… ¡Dios mío…! ¡El Mal ha regresado…! Según la profecía de Nostradamus, el Anticristo nacería en Galicia e iniciaría reinado a comienzos del siglo XXI… ¿Sabes de quién te hablo? De esa criatura infernal que, abusando de tu buena fe y de tu inexperiencia, se dispone a fundar entre vosotros un secta satánica, encargada de organizar los eventos necesarios para una llegada a este mundo del Maligno reencarnado, con la pompa y boato que merece un acontecimiento semejante. Esto es, a todo tren…En un tris, estuve de decir: “como Dios manda”; lo retiro; y el Belén del Señor de las Moscas redivivo se sitúa ahora donde Cristo perdió en gorro: la ciudad condenada, sin salvación posible – a no ser por mí-, de Sotofuente…Porque contáis conmigo, que lo sepas… Mañana mismo parto rumbo a Barcelona, en compañía de este buen amigo, compañero y lo que haya menester, entrevistarme con el experto demonólogo Fray Junípero Menéndez, Padre Trinitario…Él nos informará, con su nihil obstat, de si ha llegado el momento de realizar un exorcismo colectivo intramuros o habremos de aguardar a que Lucifer se manifieste ante los sotofuentanos- aproximadamente ciento cincuenta mil, según la Wikipedia; en verano, algunos más, influjo del turismo de tercera preferente- manifestarse, digo, “El Que Porta La Luz” en vivo y en directo… ¿Tú eres creyente, hija…? ¿Has sido bautizada…? Nuestro Ricardo, hombre de una fina discreción, no ha podido o no ha querido, y no se lo reprocho, aclararme el extremo… No me contestes, si ello te conturba… Lo haremos en una ceremonia muy sencilla esta misma tarde; de llover sobre mojado, no se presentaría problema alguno, desde una perspectiva canónica, ¿lo entiendes…? Ten en cuenta que tienes todas las rifas para convertirte, a no tardar, en la primera de las esposas del más tenebroso de los ángeles caídos…

No entendía “ni cabezas ni rabos”, esto al gusto del inglés de la calle. Algo me había quedado claro, sin embargo: a Ricky- Ricky, el pastelero rico-rico, especialista en almendrados de almendruco, nacido y residente en la histórica ciudad de Mondoñedo, no le iban a quedar ganas de tomarme, nunca más, de cachondeo…Firmado con F de Fernanda (no me preocupo; ya lo quitaré luego).

A punto estaba de dejarlo con la palabra en la boca, cuando el Padre Luis dijo algo que sujetó mi atención lo suficiente para que me quedara sentada un rato más y le prestase atención por un momento:

Sergiuz, el espíritu que lo habita creo que lo llama así, durante años, se dedicó a acosarme por medio de chantajes calumniosos, a los que por desgracia, estoy acostumbrado, hasta el punto de obligarme a abandonar la ciudad e instalarme en Mondoñedo. Lo cual, por cierto, (miradita tierna hacia Ricardo), no lamento en absoluto: se trata de un enclave muy bien dotado, para una persona como yo, de recursos humanos y alicientes. Continúo con mi evangelio apócrifo: sobre todo tras la inesperada muerte de su padre, aquél a quien nos estamos refiriendo se empeñó en implicarme en sus fabulaciones y quimeras. Todo empezó, no obstante, con el no menos desgraciado accidente de su hermano, cuya responsabilidad pretendía descargar, sin paliativos, sobre la figura paterna, amor y odio mezclados hasta un extremo peligroso de veras para el correcto desarrollo de una conciencia tan inestable como la suya, tan dada al disparate esquizofrénico…Intenté sacármelo de encima, con la inestimable ayuda de una psicóloga del Instituto que lo había estado tratando ya en su etapa adolescente…Pilar Dueñas, creo que se llamaba; o la Dra. No, nombre para uso exclusivo del paciente. Tiro por la culata: llegó a acusarme… A mí, a un sacerdote de trayectoria inmaculada, de sinfín de taras y conductas impropias, llevadas, para más INRI, a cabo durante el ejercicio de mi sagrado ministerio…Acabé perdonando: Satanás hablaba por su boca…Hoy lo sé: por eso me preparo para un Armagedón de toma y daca…Cito a quien cito: las fuerzas del infernales no prevalecerán contra mí, si es que puedo evitarlo…Ni contra ti, tampoco…Voy ahora a pasar al mostrad cómo

Ricardo, sentado a mi lado sobre un sofá de muelles aplicados (sobresalientes, la mayoría de ellos), comenzó a frotar sus patitas- zona de la rodilla (y aun más arriba)- con las mías, señal inequívoca de que quería decirme algo; a lo mejor, que estaba deseando meter baza… ¡Llevaba el muy sarasa tanto tiempo callado! Siempre hábil polemista, lo “solucionó” de esta manera:

– Oye, Luisón…- dijo mi ex prometido…¡”Luisón”…! ¿Conque esas tenemos…?¡Te he pillado: ya cantó la gallina de los huevos de oro! – Frénate un poco… Yo creo que la estás asustando…Soy yo, un pedazo de tío de pelo en nalga que se calza (sic) por abajo, y, de veras, me estás acojonando…

El Padre Luis echó diestra al bolsillo de una sotana llena de lamparones y algún que otro remiendo, y extrajo de sus insondables profundidades una pequeña caja oblonga, decorada con motivos bizantinos. Un tanto bruscamente, me obligó a retenerla entre mis manos.

– Toma, hija; en Tarsicia te conviertes sin saberlo. Acabo de poner a tu cuidado el auténtico cofre de Gedeón, fabricado en Tarso- corría el siglo II D. C., o sea “después de Cristo”- por las divinas manos del arcángel Teodulfo, quien, ex profeso, descendió de las Alturas para labrar con mimo sus mil y una florituras, una sagrada reliquia que alcanzaría valor incalculable en el mercado. Dentro, otro tesoro más precioso todavía, el Corpus Christi transustanciado en una pequeña oblea. Deberás hacérsela ingerir al Enemigo, cuando esté desprevenido, disuelta en un vaso de agua, una taza de café…Donde tú veas… No existe ningún otro sistema en este mundo que pueda mantenerte a salvo de su influjo poderoso. Haz lo que te digo si no quieres verte convertida en la Gran Madre nefanda de su abominable prole…Y ahora, vete en paz, hija mía. Éste y yo hemos de arreglar unos asuntos de carácter más bien íntimo, antes de marchar a Barcelona…

– Te llamo de regreso; y ya me cuentas… – dijo Ricardo, en un aparte incómodo, bajando la cabeza.

Me cisqué hasta en sus muertos. ¡De nuevo derrotada por KO…! Y esta vez por las faldas de un cura que, además, padece de la lepra… ¡Hay que joderse, Miquelerena…!

Invisible y todo, necesitaba a mi amiga Remedios Reina más que nunca. Lloré toda la noche como una Magdalena…Y me dije a mí misma: “Te pongas como te pongas, reconócelo, chica…Puede que Sergio Cedrón sea el Anticristo; pero este “a Dios rogando y con el mazo dando”, con él, qué te apuestas, jamás te pasaría…”

 

APUNTE 9

MadameButterfly

No fue necesario aguardar diez días para la llegada del “Informe Sergio”. Una semana transcurrido no había cuando llegaba a mis manos por correo certificado urgente, embutido en sobre acolchado y con acuse de recibo. Su lectura, inmediata, me provocó…Mejor lo van a juzgar ustedes mismos: la primera parte de esta historia, tan real como tantas que pasan por serlo, titulada “Dédalo (Novela de Misterios)” se basa, precisamente, de principio a fin, en el aludido documento. La encontrarán, si miran, muy bien colocadita, ¡menudo aperitivo!, al principio mismo del cuerpo literario.

Quizás Sergio Cedrón no consiguiera reencarnar, después de todo, al Anticristo; pero que pueda considerarse la hostia en verso suelto, ese mérito no se lo quita nadie…

Por empezar labor por algún sitio, me llamó la atención un curioso detalle: la persona, la mujer a la que se dirige, con machacona insistencia, a lo largo de sus páginas, no es una servidora; imposible que sea: Sergio y yo jamás hemos hecho el amor. Reproduzco lo que escribe, sin omitir ni coma: En cierta ocasión, tras hacer el amor, me hiciste un extraño comentario, muchos años después de que Quique no estuviese ya alumbrando entre nosotros… (p. 10, en la edición que yo manejo).   Más tarde, sin embargo, se me ocurrió pensar que con lo disperso que suele andar dicho individuo, en realidad, se refiriera a masturbarse ante mi fotografía (quede claro: tomada sin permiso), en el cuarto de baño; o todavía peor: en el dormitorio, a oscuras. Quién fuere esa otra señorita, hoy se me escapa. Yo lo he bautizado como “el misterio primero”. Tal como va el asunto, me dicen se trata de la mismísima Remedios Reina y voy y me lo creo. Vamos a por el segundo, no menos inquietante: en la página 65, y sin venir a cuento, (¿o sí?), el autor llama a su madre “Clitemnestra”, lo que equivale a acusarla de la muerte del marido regresado, si no de Troya, de Barcelona bona, tras dos años de farra… ¿Nos toma por imbéciles…? Con notable torpeza, de seguido, ha intentado salir por la tangente, porque escribe: ¡Vaya desliz más tonto…! Espero no haberme ido de la lengua…Tendré que pensar si lo suprimo… Tú, ¿qué opinas? (ibídem). Esa “tú”- que no soy yo, repito- no sabe/ no contesta; al menos no figura reflejado. Todo muy elusivo, cogido por los pelos; y espero que concuerden conmigo mis lectores fideles.

Tercer misterio: el constante amagar y no dar a la hora de referirse al suicidio, que no desaparición, de su hermano. Una teoría (aunque descabellada, no desluce del resto del relato): Enrique Cedrón es acusado por Sergio ante su padre de violación y/o abusos deshonestos; cierto o no, ello le causa una profunda depresión y, en un rapto de locura, va y se quita de en medio. Cómo había reaccionado Bernardo ante la acusación, eso todavía se desconoce; tampoco qué tipo de castigo o represalia decidió aplicar a su hijo mayor; adoptado, por cierto…No lo pierdan de vista, es mi consejo.

Cuarto misterio: el cortometraje que nunca existió (¿o sí?), titulado, déjame ver…”Cura de Sueño”…De todos modos, espero que al Padre Luis no estuviese dedicado… ¿Dónde está? ¿Quién lo esconde? ¿Con qué fin…?

Quinto misterio: quizás, de todos ellos, el que más ha conseguido intrigarme hasta la fecha…Sergio llama a su dossier “novela” (su carácter misterioso nadie se lo discute). Pudo haber elegido “autobiografía”, “memorándum”, “compilación autobiográfica”… ¡Qué sé yo…! Mas lo llamó, “novela”…Y una novela no se escribe y se pule en el transcurso de una semana y media… ¿Desde cuándo estaba escrita aquella primera parte de un total, bautizada con el resbaladizo título de “El Sexo de los Ángeles”? No debe echarse en saco roto el que el texto se ciñese, casi al ciento por ciento, en las circunstancias que rodearon a la muerte de su hermano…A partir de ese instante, se cierra el grifo de las revelaciones. El segundo suceso permanece “en la reserva”; diríase esperando una oportunidad- ¿una continuación de la novela?- para ponerse en marcha, saliendo de la tumba… ¿Hacia dónde…hasta dónde quiere llegar su incierta peripecia…?

A la mañana siguiente, me presenté en casa de Sergio, confiando en que Norman Bates se hallase trabajando en su oficina (algo no muy frecuente, como ya ha quedado reseñado). Tras un breve paréntesis, el tiempo suficiente para mirarme bien mirada a través de la mirilla, abre la puerta Marga Otero, pongo a dios por testigo, disfrazada de Madame Butterfly, luciendo un pelucón de atrezo, un ceñido kimono amarillo limón, chinelas doradas con pompón y un enorme cuchillo de cocina a mano alzada, que parecía estar picando hielo contra el frío aire de la tétrica escalera. Parece ser, no era para atacarme a mí con él ni para hacerse el harakiri, a los suntuosos acordes de Un bel dí vedremo. Nos lo explica ella misma:

– No lo suelto nunca hasta asegurarme bien de a quién le abro…Le tengo cogida prevención a los intrusos… A veces, llama a mi puerta una gente muy extraña, haciéndome proposiciones turbadoras…No hace tanto, pretendía un joven muy nervioso – (“No me extraña, si descubrió el alfanje”, nota de la transcriptora) que le mostrase la ducha donde nos aseábamos y – esto lo dijo con un tonillo que no me pareció tranquilizador en absoluto- mi par de bombonas de butano…Yo me baño. En mi familia, por tradición, todos nos Hemos venido bañando, desgraciadamente…

Pasamos a su sancta-sanctorum, la cama sin hacer y ventanas cerradas. Mi plan, cuidadosamente estudiado, consistía en trasladarle un sencillo cuestionario, teniendo en cuenta que la pobre no daba para más, a aquellas alturas del titirimundi.

– Escuche, doña Margarita, por favor…

– ¿No hemos que quedado en que me llamarías mamá…? Bueno, no sé; no me hagas demasiado caso…A lo mejor, se lo pedí al chico que nos trae la compra del supermercado…Trae cara de agotado y me da mucha pena… Sigue, sigue…Notarás lo emocionada que me ha puesto tu visita… ¡Qué pena que no esté en casa Sergi…! Yo lo llamó así, si no hay nadie delante, por el notable parecido que se gasta con Sergi López, el actor valenciano…

– Catalán, mamá… (¡Qué paciencia, dios mío…!) Vamos a lo que vamos… ¿A usted, mamá, le suena, un escrito de su hijo…de mi prometido, titulado “Dédalo”…?

– Pues claro que me suena… ¿Cómo si no…? Prácticamente, lo hemos escrito juntos… Cuando lo acabe – y por lo que yo sé, estamos a punto – , vamos a presentarlo a los Premios Nadal…Al Planeta – ocasión sobrará en futuras novelas-, no nos atrevemos todavía…Tiempo al tiempo, dijo el Reloj al Cuco… ¡Ésta es preciosa…! El argumento lo hemos tomado de acontecimientos familiares, sometiéndolos a unos pocos y oportunos retoques de ficción, para que no resultase tan cantosa; no es plato de gusto para nadie el dar pistas y verse luego en la boca, con lengua tan larga, de las gentes…El que quiera saber, que se compre un Espasa…Segi, que no se entere, por favor, de que te lo he contado…El muy pillo, abusando de lo mucho que dominas la gramática, espera que, una vez terminada, le eches un vistazo, localices erratas, anacronismos y todas esas cosas que debe un escritor tener en cuanta…Menudo empujón para nosotros que la historia de los Cedrón aparezca, previamente, reflejada en la prensa…Imagina un fajín en la solapa: “Lo que los periódicos no se habían atrevido a contar hasta ahora…” ¡Se nos va a forrar la paletilla, niña sabia…! Venga, dame un beso…Si no fuera por ti, nada de esto estaría sucediendo…

Había renunciado ya al ataque de histeria. Sentada sobre el lecho, que olía a pis que tumbaba, recompuse figura a duras penas. Mentir como una bellaca redomada formaba parte del remedio:

– No tiene que preocuparse, madre…Yo ya lo sabía todo de antemano… Sergio, al ser mi prometido, no iba a guardar conmigo esa clase de ridículas reservas…

Seguía la jugada maestra: donde no alcanza a llegar, mi astucia Marple suele mandar recado (y recibir respuesta):

– Lo que no alcanzo a recordar, justo en este momento, es lo sucedido con el cortometraje; “Cura de Sueño”, creo que se llamaba…

Cio-Cio San, tras depositar el cuchillo sobre la mesilla de noche- pero siempre al alcance de la mano-, se puso a dar saltitos encima de una alfombra que tenía de otomana lo que yo de mosca muerta; más que una mariposa deprimente y deprimida, recordaba a una gorriona hambrienta que acabase de descubrir una rebanada de pan bimbo resesa, pringada con nocilla, abandonada sobre un banco de granito, en un parque infantil, al caer la tarde.

– Fue idea de Sergi, ¿sabes…? Se trataba de un gufo o algo parecido (se refería sin duda al maguffin hitchcockiano, nota de la transcriptora), que sirviese de infraestructura a un progreso imparable del suspense…En el desván, guardo cientos de copias… ¿Quieres una…? Bernard… Bernardo, quiero decir…En la intimidad yo le llamaba así, en homenaje a Bernard Herrmann…le compró todo el lote a la productora catalana, salvándolos de quedar en la ruina…Una vez en su poder “Cura de Sueño”, no se atrevió siquiera a regalarla a los amigos…¡Aquel desnudo integral de nuestro hijo…! La verdad es que no estaba bien dotado…No suponía una buena propaganda para él… Para Bernie, me refiero: tan gallo como era- y con razón, por qué vamos a negarlo…-, presumiendo de espolones en todos los corrales…A Quique se la traía al pairo, me imagino; hubiese bastado con utilizar un “doble de cuerpo” en el rodaje…Yo no he querido verla… Una madre, quieras que no, prefiere no saberlo…Mantener la ilusión… Por dormir más tranquila, tú me entiendes…

Para el interrogante más incómodo, improvisé, sobre la marcha, una vaselina infalible que permitiera metérsela doblada hasta la cadena de huesecillos, el tímpano o el yunque- ignoro cuál de ellos viene quedando más abajo-. Procedí así:

– Mire, madre (una, “mamá” está sólo dispuesta a llamárselo a la suya pariente; vamos, la que la parió, que todo hay que explicarlo…) Han corrido rumores…Si me callo, reviento…¿de verdad no notó nada raro en la muerte de… padre (menos mal que me di cuenta a tiempo y no metí la gamba, rompiendo la cadencia)? Hasta su propio hijo llegó a insinuar que no siempre dos y dos vienen sumando cuatro…

Mi interlocutora hasta amagó una media sonrisa evocadora , cuando yo me esperaba, no digo más, un gesto de extrañeza, una expresión culpable, un ponerse de rodillas y suplicar los perdones del Altísimo…

– Sergi, el querido Sergi…Siempre empeñado en dramatizarlo todo, ya desde pequeñito…Si hacías una piñata, ¡pobre piña…a darle con la escoba hasta hacerla pedazos! ; “la gallinita ciega” implicaba mofa y befa de invidentes…! El escondite… ¡dejar abandonado a un compañero y evitarlo a toda costa; salir huyendo, como si fuera un apestado, en cuanto lo veías con la cabeza vuelta…! Bueno, va: me preguntas del padre… Sergi insistía en que tanto bañarse en agua muy caliente, casi hirviendo – precisamente, como le gustaba a su padre -, arruinaba las defensas de la piel y podía acarrear cáncer cutáneo… Me echaba a mí la culpa por no prohibirle hacerlo…Por defecto, mi Bernardo- tu papá, si estuviera…-, las pocas veces que viajaba al extranjero, lo primero que hacía era localizar los baños turcos y sacar un abono…Nada de nada, lo de accidente sospechoso. La mala suerte y basta…Una vez, en un descuido mío, se me cayó en el baño una radio-cassette en la que estaba escuchando a Ives Montand, ¿tú sabes quién es ése…? Y menos mal que funcionaba a pilas…Me encantaba su acento parisino de marlou…¡Tan canalla! Parecía que te hablaba a ti al oído, susurrando picardías escandalosas, mientras tú te enjabonabas las orejas…

Un cuarto de hora más tarde, abandonaba el motel- permítaseme seguir con la broma de “Psicosis”- con cinco copias, cinco (y cincuenta, de haberlas solicitado a su depositaria) de “Cuna de Sueño” en el bolso y la promesa inútil, por su parte, de no decirle nada a Sergio de lo hablado (“Lo notará enseguida, con nada más mirarme; mi Sergi tiene un poco de Hanussen, tú lo sabes”). Yo prefería, lo comprenderá el lector, conocer tan innoble trapisonda, procedente de sus labios leporinos y poder realizar nuevas preguntas que lo acorralasen contra la pared de su sucia estrategia: utilizarme – ¡será cabrón el tío! – para triunfar en el Nadal con su novela…

La guinda del pastel de guirlache, tras la visita a la casa de la bruja piruja disfrazada de Puccini, vino a ponerla Ricardo, dejándome un mensaje en el correo. Decía así: “He vuelto de Barcelona esta mañana. Solo, porque el Padre Luis se ha quedado allí, buscando alojamiento; él y Fray Junipero han roto la camisa el uno por el otro. Piensa trasladarse de inmediato. Mondoñedo, al parecer, al demonólogo emérito citado, le pillaría a desmano y muy de pueblo. Tengo muchas novedades que contarte. Ya he hablado con mi cuñada para que se quede dos días más al mando del negocio. Mañana mismo, me planto en Sotofuente. Como que los mejores pasteles de Galicia los fabrica este menda, que voy a dejarte con la boca abierta…Si, de paso, te animas, te lo voy a agradecer en cuerpo y alma (sobre todo, lo primero, ea): ni te imaginas el superávit de almidones que me traigo del Este. Sigo siendo el fiel de tu balanza. Soltero y entero hasta que tú no dispongas lo contrario…Besos donde prefieras. Tu Ricardo.”

Lo marqué como spam…Sin cometarios.

Aquella noche, antes de acostarme, me dispuse a contemplar “Cura de Sueño”. Afirman la mayoría de los hombres que las mujeres solemos decir que el tamaño no importa…Según y cómo; ni tanto ni tan corto…En cuanto al documental, le hice los honores quedándome dormida a los cinco minutos. Aun esforzándome lo mío, le prometo aseguro al lector que no logré encontrarle ni los pies ni la cabeza…Y no me estoy refiriendo, dios me libre, a los atributos de su protagonista, tan poco copulativos, valga la paradoja…Corríjame Lázaro Carreter si me equivoco, pero me parece recordar de mi bachillerato que, sin atributo, no es válida la oración copulativa… En lengua de Cervantes: “Cura de sueño” es un puta mierda, sin ni siquiera palo que la pinche donde colgar la vela de trinquete. “Cine de autor”, se leía en la carátula; y más, y más, y dale que te pego: “Joven promesa, cargada de futuro”(“El Mundo Digital”)….”Desde Un perro andaluz, no se recuerda impacto semejante” (“El País”)…”Una demostración palmaria, apabullante, de talento macabro” (“La Razón”)… Mucho elogio junto, se me antoja, Gerónimo-José; joder con el jaguar de Jeremías… Sobre todo si tenemos en cuenta que “Cura de Sueño” jamás se había estrenado… ¿Sabes lo que te digo? ¡Para macabra, yo; que me cago hasta en sus muertos…! (¡Ya me he vuelto a pasar…! Lo suprimo mañana, no me olvido: que alguien me lo recuerde, si dios quiere…)

APUNTE 10

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ÉL VINO EN UN BARCO… (“TATUAJE”)

No eran las diez de la mañana y ya se había presentado en la recepción del Hostal Europa, demandando mi presencia en la cafetería. Me pilló, como quien dice, con los rulos puestos; así no puede presentarse ante un caballero ninguna señorita. Lo hice esperar sus buenos veintitantos minutos del reloj. Allí me lo encontré, fresco cual escarola, con un ramo de flores y un anillo en el bolsillo del pantalón (Arturo, en ese tipo de detalles, no se fija jamás : el pelo de su dehesa con crema pastelera). Por lo visto, venía a pedir mi mano.

– Claro, ahora que tu amiguito el cura te ha dejado por otro…

– Nunca es tarde si la picha es buena…En otro tiempo, el bueno de Luisón debió de ser buen mozo…A saber los corazones que habrá roto…

– Virgos, ni uno…

– Tú tampoco te pases…

– Me encanta que te pongas colorado cuando te meto en este tipo de encerronas…

– Mirado que soy; sobre todo para las bromas de mal gusto…Venga, a lo nuestro…Pues entonces, ¿la boda, para cuándo…?

– Ayer me tientas con no sé qué exclusiva que va a dejarme con la boca abierta y hoy pretendes dejarme con la miel en los labios…Primero, bésame con pasión y luego vas a contarme todo con pelos y señales…

De perdidos al río. Me caso con Ricardo. Tiene de bueno lo que tiene de bruto. Si duramos tres años, ya nos podemos dar por satisfechos (él, sobre todo).

– Quita, ansioso…Me estás haciendo cosquillas en la campanilla con la puta (sic) de la lengua…

¡Cómo le quiero…! Si no llevara zapatos de cuña, me ponía a trepar por las paredes…Comunicárselo a su familia y a la mía…¡Qué coñazo, por dios…! Mejor, mañana; o pasado mañana…Disfrutemos de este momento pleno los dos solos… No creo que vayan a morirse nadie por esperar un poco…Y fue verbalizarlo mentalmente y acordarme, de repente, de mi padre…Un aluvión de bilis con sabor a café me amargó la garganta.

Llamé a la redacción del Diario, donde entraba a las once, y les pedí el día libre. Julia refunfuñó lo suyo, al otro lado de la línea. “Precisamente hoy”, cuando estaban hasta el cuello de trabajo…

Arturo me propuso un plan descabellado: desplazarnos en su coche hasta el punto de la costa donde había empezado todo y, allí llegados, empezar a soltar por esa boca es suya. Por el camino, me iría poniendo en antecedentes acerca del botín que se traía de Barcelona. Este encanto de hombre se había buscado tiempo para investigar un poco sobre la conexión catalana de la saga Cedrón. Por desgracia, la información que consiguió, con ayuda del Padre Luis, por descontado, no era para echar (¿o sí?) las campanas al vuelo…

Me impresionó- ni poco ni mucho, la verdad- enterarme de que Bianca Balanescu, nacida en Sarajevo (nada de búlgara o rumana), de padre turco y de madre yugoslava, había muerto de sobredosis de heroína adulterada con matarratas, hacía una buena temporada. No paraba ahí la traca: su compañera de piso (seguro que algo más), madre biológica de Enrique, el suicidado, se lo tomó por la tremenda; siguiendo el ejemplo de su hijo, eligió el mar para perderse el final de la película…[Adelanto aquí una aclaración que pensaba dejar para más tarde. En el texto aportado por Sergio, en cierto momento, se leía lo siguiente: Semanas antes de  su muerte, hace ya casi dos años, (mi madre) habría de obsequiarme con el reproche más doloroso que me han hecho en mi vida: “Tú nunca intentaste comprender a vuestro padre…”(página 4; insisto: en la copia que manejo). Este párrafo carecía de sentido: su madre, Marga Otero, vive todavía, dispuesta aún a darnos mucha guerra. Cuando se lo pregunté, en nuestra última cita de despedida y cierre, se limitó a decirme, desabrido, que, al escribirlo, estaba pensando en Mónica Lorenzo, con la que había seguido en comunicación a través de la red y del teléfono].

La muerte de las dos mujeres llegó a los oídos la ex-pareja feliz (Luis y Ricardo) por medio de…Seguro que el lector va a tener ocasión de sorprenderse: nada menos que aquel tal Morpho, Frodo o Fredo…Según su DNI, don Alfredo García Dueñas, hoy convertido en cuarentón de no demasiado buen ver: un mastodonte pálido con cara de muñeco de nieve, que trabaja, a media jornada, como diseñador en una agencia de publicidad de medio pelo. Permanece soltero. Comparte una buhardilla con un señor mayor, encargado de la limpieza y la cocina; bajo salario o no, no me ha quedado claro: lo mismo es un pariente lejano que un apaño rozando.

Lo que iba a dejarme boquiabierta hubo de esperar a que hubiéramos aparcado – demasiado cerca del abismo, para mi gusto- en la zona de los acantilados, testigos, unos veinte años atrás, de la horrible tragedia, origen y destino de tantas angustiosas preguntas sin respuesta. Hacía un día soleado; la visibilidad era excelente: allá abajo, el puerto pesquero era un viene y va de hormigas hacendosas, mientras un humo blanco salía aún de algunas chimeneas; una agradable brisa, un tanto fría, se encargaba de pellizcarnos las mejillas… Vamos, una postal que no se merecía, en absoluto, lo que estaba a punto de escuchar de los belfos besucones, morros para el vulgo, de mi recién estrenado prometido.

No lo demoro más. Ruego a mis lectores permanezcan tranquilos y, en ningún caso…repito: en ningún caso, abandonen sus asientos, cuyos cinturones permanecerán abrochados…Podría producirse una avalancha humana de impredecibles resultados…Visualicen la, en apariencia, idílica escena: una joven pareja, pletórica de encanto, departe, bucólica, uno al lado del otro, flor y zángano que liba y liba de sus exquisitas mieles, allá sobre la hierba. Y, de pronto, el acabose, el estruendo de un trueno, una marea de lodo, el triunfo fatal de las tinieblas…¡Ojalá hubiese sido una simple pesadilla…! (En realidad, tampoco pude decirse que fuese para tanto; pero, en estos casos, nunca está de más echarle cuento al cuento…)

-Mira, nena…Tú me llamas “plano” a mí…Y tú…Bueno… Tú, según se mire… ¡Tú, tan estudiada en Salamanca, sí que das encefalograma plano, leches…!

Mencionar ahora que empezaba a arrepentirme de haberle dado el sí, puede resultar inoportuno, una descortesía para con mis lectores, todos sentados, como habíamos quedado, con los cinturones puestos. Continúo:

– Vamos a cuentas, lerda…

Otra más, y regresaba a Sotofuente, aunque fuera en carreta de bueyes o en un tractor, únicos medios de transporte a la vista, de momento…

– ¿Qué decía, exactamente, la nota de suicidio: “Arde Troya. Antes de que vengan a buscarme…” ¿No lo ves? ¡Pero si está muy claro…! Alguien iba a venir a buscarlo… ¿Adónde…? Al muelle, allí cerca, descendiendo por ese caminito para partirse el alma que, utilizado en un bajar y subir de pescadores…¿Y quién venía a buscarlo de buen rollo, nada de secuestros o amenazas..? Alfredo le había jurado a Quique no revelarlo a nadie…Si a mí me lo contó, se debió a que, entre ellos, pasado el tiempo, se había roto la comunicación sin motivo aparente…Alfredo no esperaba este comportamiento por parte de su amigo… Además, habían transcurrido muchos años…Eso, y que yo me hago querer cuando hace falta…Un marino uruguayo que conoció en el puerto una de aquellas noches…Vladimiro Botafogo Dosamantes, capitán de yate, pelo canoso y la pipa en la boca…Un flechazo imponente…Con una goleta como el “My Sweet Seass”, así cualquiera…Otro día te explico cómo puede traducirse el nombrecito…Y un mascarón de proa tirando a faliforme…Bromas aparte, Quique estaba hasta el gorro de su padre tirano, de una madre pirada y, también, en no menor medida, de su hermano pequeñito…Éste último, había estado acusándolo de auténticas burradas de tipo sexual ante Papá Bernardo…Que si quieres arroz, “Cura de Sueño” había constituido un auténtico fracaso…A él que nadie le volviera a hablar de aquel cortometraje de mierda: todo el mundo había empezado, ¿te lo crees?, a hacer chistes malignos con su polla…Y por si fuera poco, cabreadísimo, papasito había tenido que apoquinar todas las copias…No te preguntes, entonces, si ardía Troya…En vez de a Helena, se lo llevaban a él a mar abierto… Vladimiro le ofreció dar la vuelta al mundo y, luego, lo que surja…Lo que surgió a quedarse a vivir juntas, juntos quiero decir, en la mansión que Vlady Blup poseía en Montevideo…Lujazo a todo trapo: hasta elefantes…A su dueño le privaban las probóscides…

“Que Alfredo sepa, todavía siguen allí, felices y contentos…Y a él, que le dieran por el culo…Hablo en metáfora, se entiende…Se quedó más solo que la una…Más solo que la una menos cuarto, como leí en no sé dónde…Porque yo también leo…Precisamente ahora estoy leyendo en tus ojos que no te crees de la misa, la media…

Me tomé unos segundos, antes de responderle.

– Pero, ¿qué me estás contando…? “Él vino en un barco de nombre extranjero/ lo encontré en el puerto un atardecer…” Si te parece oportuno, estoy dispuesta a recitarte- cantar no, porque canto muy mal; con que lo haga la Piquer llega de sobra- el “Tatuaje” de Rafael de León, sin saltarme uno solo de sus ciento y pico versos…Y después, de propina, el “Romance de la Lirio”, que es cachorro del mismo León, y en el cual, a una peripatética gaditana, tras ofrecerle un bebedizo de menta y ajonjolí, acaban por llevársela en un barco, caminito de las Indias Occidentales… Estas canciones me las cantaba una abuela mía muy de derechas, folklórica perdida, que vivía en Ayamonte, como María la Portuguesa…

Ricardo no me dejó acabar; se abrazó a mí y reculando, conmigo en el regazo, me trasladó hasta el otro lado del vehículo, fuera del alcance de miradas indiscretas (a no ser que finjan muy bien, a las gaviotas, no les preocupan, ni poco ni mucho, los arrebatos fieramente humanos, me parece), casi, casi, al borde mismo de la Nada, y mientras allá abajo rugían las blancas olas, espectadoras entusiastas de nuestro encarnizado combate de lucha libre cuerpo a cuerpo, dejé de ser mocita en un suspiro…en más de uno. Por cierto que a mi abuela de Ayamonte, una gitana rubia a quien preguntó por mí y por mi futuro, había profetizado que “la paya trenzada a partir de tus mimbres – esta raya lo canta, ¿no lo ves?-, no va a llegar entera a los altares…”.

Ricardo me venció en el primer round, a los puntos. Notable alto; y eso que no lo habíamos practicado. Su mano siempre supo dónde dejarse caer para apretar, sobar, pellizcar y amasar sin nunca estarse quieta; lo mismito que la boca con sus besos; y una cintura en balancín que dominaba el arte de meterte en ídem, manteniéndote a ti, a toda tú, bajo la suya … pero, sobre todo, lo que hablaba el biennacido de Ricardo mientras llevaba a cabo lo descrito (y algunas cosas más que me callo, por respeto a mí misma y al lector…No me pensaba presentar a “La Sonrisa Vertical” sino al Planeta…), un no parar ininteligible de frases tiernas, expresiones soeces, promesas de un fornicio sine die…y ahora viene lo bueno: retransmisión- y no sé si en diferido- de partidos de fútbol de primera (“avanza, avanza, ahora despacio, a la derecha, a la derecha, ¡métela de una vez, que la tienes a tiro…!”… Esto que sigue ya no lo aseguro porque una estaba desmayada: recitado memorioso de una lista de números de móvil, con toda probabilidad grabados en la fertilísima memoria de sus atributos masculinos, éstos sí, más que dotados, el tiempo se encargaría de demostrarlo, para la función copulativa y/o fecundativa…Aprovecho para disculparme ante mis lectoras- que son muchas las que me están siguiendo en prensa – por no haber tenido ocasión de fijarme demasiado en lo que no importa pero importa. Por lo que me pareció a primera vista, a ojo de buen cubero y calculado a bulto, a mi Ricardo lo superan muy pocos…¡No sabe el Padre Luis lo que se pierde…!

¡Dios mío, cómo lo amo…! Lo pienso ahora, de noche, en mi cama solitaria del Hostal Europa, él regresado ya a sus picaderos del día y sus pastas de almendra…Si alguna vez lees esto, que lo leerás (faltaba más, siendo tú quien escribe mi novela…Nota urgente: suprimir este último paréntesis), amor mío, te encantará saber que, de ahora en adelante, en sentido literal, tu nombre me va a saber a yerba, a trébol, a vinagretas, a pequeñas margaritas aplastadas…La buena yerba que mordimos juntos, caballos desbocados, cabalgándonos, “sin bridas y sin estribos”, sobre el césped, sobre el acantilado donde terminó la historia para unos y comenzó la nuestra para siempre (los tres años eran prorrogables…).

Lo que no quita que Ricardo Pastelón de Riñones (al jerez) resulte un poco pesado, sin quererlo: pretendió subir al podio hasta tres veces…Tenía más que decir, mi campeón del sexo oral, seguramente… Y yo, mujer prudente, le dejé hacer, pensando en los dos últimos capítulos, los más complicados de escribir para mí…Y si es que no me creen o les parece exagerado, esperen hasta la página siguiente…

APUNTE 11

elhorror

LA TERCERA MEJILLA DE SERGIO CEDRÓN

– Tú, en realidad, no existes. Sólo eres un personaje secundario en mi novela, que, además, no sale demasiado bien parado…

A los hombres, según consejo de mi amiga invisible Remedios, hay que dejarles las cosas claritas desde el primer momento, único modo de que, pasado un tiempo razonable, acaben comprendiéndolas…

Sergio y yo nos reunimos, para la ocasión, en un reducto donde se recibe en el Diario a visitantes de medio pelo (o con alopecia galopante). Julia estaba avisada por si se me oía pedir socorro. En un principio, se me había pasado por la loca de la casa mantener aquel encuentro cabe los acantilados que ya conocemos. Hubiese resultado poéticamente justiciero el anunciarle que Arturo y yo nos habíamos prometido de por vida, sellando el pacto con sangre virginal, justo donde entonces nos hallábamos, escenario ideal para que una mujer, catapultada, entre los brazos del varón pintiparado, hasta la enésima potencia, tienda a perder algo más que la cabeza. Menos mal que recapacité… Este Sergio hubiese sido capaz, en un mal viento, de echarme a rodar peñas abajo…

– Vellido Dolfos, a tu lado, un “adeste, fideles”… Traidor, más que traidor… ¿Conque pretendías, pedazo de iscariote, hacerme la competencia en el Planeta…? Cuartillas y cuartillas y venga más cuartillas de malísimo gusto y peor estilo literario; literatura de alcantarilla, de cloaca; material de derribo, de desecho… Y pretendías que yo te corrigiese el borrador…Antes me pongo en contacto con el Padre Luis, le pido que me mande una copia, y me dedico a revisar las pruebas de selectivo de las repetidoras y los repetidores…Y eso por no mencionar “Cura de Sueño”, un auténtico bluff, un batiburro, la ruina de Palmira de las casas decentes…Estoy segura de que habría sido el motivo por el cual se suicidaría, lo menos veinte veces, un hermano con tantas conchas como el tuyo…

Hice un pausa. Hasta aquí las balas de fogueo, encajadas con eso que se ha dado en llamar “flema británica“: a Sergio, tan arregladito para la ocasión (probablemente, siguiendo las instrucciones de su madre), tan mono de zoológico enjaulado, no se le había movido un solo músculo. Incluso lo de los esponsales por celebrar, palabras mayores, se lo tomó con un estoicismo digno de un mártir cristiano asado, vuelta y vuelta, en la parrilla: yo, la verdad, esperaba que se pusiese a gimotear, inconsolable. Eso significa que no me quería tanto… Me contemplaba, eso sí, con invariable expresión de besugo, al tiempo que, de cuando en vez, se aseguraba de llevar subida la bragueta. “Se ha drogado antes de venir…”, fue la conclusión a la que llegué, ante tan lamentable estado de estulticia sonámbula. Sus ojos tristes, inyectados de desamparo y lejanía, anunciaban rendición sin condiciones; pestañeaban, trémulos y perrunos, en improbable demanda de clemencia (¡a buenas horas…!), desde una mirada perdida que no acercaba a cruzarse con la mía. “Si ahora está así, que espere a ver la que le tengo preparada…”, me dije para mí, disponiéndome a continuar, implacable y serena, con mi ajuste de cuentas.

– Como no pienso volver a coincidir contigo en los días que me resten de vida, porque compruebes hasta qué punto mi generosidad emerge de sí misma, a prueba de bellacos malandrines de tu misma calaña, te haré un inmenso favor que ni siquiera pretendo que agradezcas. Se trata de una revelación, llegada hasta mis manos de fuentes por completo fiables, aunque no pueda dar nombres por no estar autorizada…Pero esto sólo será posible si tú, antes me haces otro favorito a mí…

Quid pro quo…- su voz, gangosa y torpe, sonaba a través de varias telarañas polvorientas interpuestas- Es lo que le susurraba Hannibal Lecter a Clarice Sterling, ¿lo recuerdas?

Me mosqueé que no veas.

– ¿Quién es quién, para el caso…?

No respondió. Había vuelto a abstraerse. Amagué una indignación que estaba muy lejos de sentir, con lo mucho que me estaba divirtiendo.

– Y me llamas sicópata… ¡Tú a mí…! Nada menos que Aníbal, el Caníbal… ¿Acaso temes que la emprenda a mordiscos contigo…? ¡Serás borrego…! Tengo demasiada clase para eso… Sabes lo que te digo: ¡me levanto y me marcho por donde he venido…!

No lo hice. Todavía no había terminado con él: faltaba la puntilla, el encaje de bolillas y bolillos…

– Has de prometerme primero, antes de que yo te abra los ojos a una realidad que ni por la imaginación se te ha pasado…Sergio, ¿me escuchas o me estoy dirigiendo a las paredes…?

– Sí, Fernanda…Siempre te escucho, aunque tú no te lo creas…

– Y, ¿a ti quién te ha dicho que mi nombre es Fernanda…?

– Así me pareció haberlo leído en una de las anotaciones que has incluido en el texto por tu cuenta…

– Mucho cuidado con mi versión de “Dédalo”, la única autorizada. La pasé por registro calentita. Me plagias un renglón y te cae una demanda que no vuelves por otra… Yo me llamo Fermina, para servir a la Literatura y al Cervantes…Que no corra la voz: estoy viendo que el Planeta a secas se me viene pequeño…

– ¿Fermina…?

– Fermina, como las corridas de toros, sí, ¿qué pasa…? Y ahora presta atención, no te disperses…Tómate tiempo, no tiene que ser para mañana: Por escrito, has de hacerme llegar (recuerda: Times New Roman 14, doble espacio y todas esas lerias) no lo que contaste en aquel panfleto repugnante, plagado de indecencias, sino la prístina verdad, entera y verdadera…El libelo, por cierto, no iba dedicado a mí…¿A quién te andabas dirigiendo, blablablá, todo el rato…?

– ¿De veras ha llegado a importarte…?

Un incierto chispazo pareció prender en la estopa sin luz de su mirada muerta.

– A nivel de anécdota… Este tipo de vainas de cariz sentimental contribuye a humanizar al personaje… ¡Y mira que resulta difícil en tu caso…!

– A una muchacha… Concha Rivera, con la que tuve, en otro tiempo, relaciones…

– Y te dejó plantado…No me extraña, con esos antecedentes familiares…

– Algo sí…Si hemos de ser exactos, falleció, treinta y nueve años tenía, a resultas de un cáncer imparable…

– Va a resultar que yo llevo razón, Sergio: nos has venido a salir un poco gafe… La maldición que os traéis entre cuernos los Cedrón… De eso, precisamente, iba a tratar el hoy definitivamente abortado reportaje…

– Tú, en cambio, permaneces inmune; a salvo de mis malos efluvios e influencias…

– Sé cuidarme…Lo dicho: exijo toda la verdad; sin velos ni tapujos ni pudores mostrencos de nenaza…Habrás de vaciarte a la vista del mundo; quedarte á poil, que dicen los franceses…A cambio – confía en mi sinceridad, por favor; no tendrás ocasión de arrepentirte…-, por una vez y que no sirva de precedente, te voy a proporcionar la alegría de tu vida…

– Si ese dudoso júbilo a la que te refieres pasa por el hecho de que mi hermano Quique viva y reine en Uruguay, mucho me temo, Fermina, que ya se te han adelantado…Por expresarlo en typical Spanish: te han pillado los miuras del encierro, justo al sonar el chupinazo de salida, calle Estafeta arriba…Para un momento la lapidación, haz el favor…Deja de utilizar confeti…No te funcionan los efectos especiales: una nevada turbia en un pisapapeles… Jamás alcanzarás a lastimarme…Te hago un resumen de lo publicado: tus campanas han doblado a vivo a través de Morpho- y no lo niegues; no ha podido suceder de otra manera…-, ofendido por el pertinaz silencio de su amigo, tras la promesa de una invitación, nunca hecha realidad, para unas vacaciones de lujo en uno de los mejores barrios de Montevideo. Yo, con menos motivos, tampoco la recibí, y jamás me he quejado de aquella fraternidad mal entendida… Su despecho llevó a Morpho a poner puntos sobre las íes de todo aquel misterio, durante una visita navideña a Sotofuente (habían pasado siglos de la marcha de Quique, rumbo a lo desconocido). Afirmaba saber de buena tinta que Vladimiro Botafogo Dosamantes se dedicaba al tráfico de efebos…Poco menos que mi hermano se encontraba haciendo la carrera en un burdel de alto standing, tras someterse a una operación en Buenos Aires para el cambio de sexo. Ni mi madre ni mi padre se enteraron. Podía no ser verdad; no deseaba hacerles pasar por vergüenza semejante…En cuanto a lo que me solicitas, lo tendrás, no te preocupes. La verdad y toda la verdad…Tiene gracia: si no me esfuerzo mucho, soy incapaz de acordarme del suceso… Todo se borra y vuelve a aparecer, solo que diferente, como en un caleidoscopio… Apenas reconozco algunos rostros; los paisajes han mutado en una especie de desierto… Yo sigo caminando. No me rindo…

Pena me dio, ¿qué quieren que les diga…? Me dio pena lástima hasta el minuto siguiente, cuando, de nuevo, can rabioso, se abalanzó sobre mi cuello:

– ¿De dónde crees que sale ese empeño, tan disparato por mi parte, de presentarme a los Premios Planeta…? Simplemente, porque llegan con fuerza a América Latina, donde la editorial mantiene abiertas varias delegaciones. De obtener dicho galardón, es muy probable que llamase la atención de un Enrique Cedrón, supongo retirado…Una vez leída “Dédalo (Novela de Misterios)”, entendería, por fin, cuán tiernamente había sido amado…Que yo le amo todavía, no importa las condiciones en que vaya a encontrármelo…

Decidí romper el encanto por las malas:

– Quieres decir si su nombre de guerra es Enriqueta, ¿o me equivoco?… (¡Qué acertada había estado en no trasladar el tete-a-tete en curso a la zona cortada a pico de los acantilados…!)

Buen encajador, se repuso al instante, con la disculpa de felicitarme por mi boda, excusando su no asistencia por motivos laborales: en comisión de servicio, tenía previsto, precisamente para entonces, coincidiendo con la ceremonia eclesiástica, desplazarse a Quimbamba de abajo. Insinuó, zalamero, que pensaba hacerme llegar algún obsequio. Cambió de nuevo de conversación, por aquello de no meterse en camisas de once varas a base de la compra de regalos suntuarios, ruina de cualesquiera presupuestos.

– ¿Vas a dejar el periodismo…?

-¡Pero claro…! Tengo que cuidar a Ricardo tal y como merece: una señora en el resto de sitios y una geisha en la cama y en el baño…Y pues volvemos a ser amigos otra vez – no te olvides de darle recuerdos a tu madre-, debo de confesarte un pequeño secreto: lo mío no son las letras ni las ciencias…La loca juventud juega malas pasadas…Me he propuesto convertirme en la perfecta esposa y madre, cuando lleguen ocasión y momento…

– Se me está haciendo un poco tarde… – dijo él, iniciando una puesta en pie que sonaba al adiós definitivo…

– No te vayas así… Al menos, dame un beso… ¿Sin rencor? Pero invítame a algo, fuera de este cuchitril… Tú no vuelves hoy a casa sin sorpresa…

Siempre caballeroso, que todo hay que decirlo, Sergio me tomó por el codo – ni centímetro arriba ni centímetro abajo, como solía hacer en pretéritas situaciones superadas- y se sacó de allí, mientras Julia, desde su despacho acristalado, nos seguía con la mirada y me hacía imperceptibles señas inquisitivas con la mano.

Nos sentamos en una terraza medio desierta, cercana a la redacción del Diario. Yo pedí un zumo de piña natural con hielo y él, un descafeinado de máquina templado. En cuanto se hubo alejado el camarero, entré en materia:

– Mientras me afanaba en buscar información en torno al “qué fue de…” basado en miiii novela – entiendo, por tu parte, una renuncia, total y definitiva, a continuar mareando las perdices ajenas, si te queda un poco de vergüenza, una vez desenmascarado y perdonado por mí, dos en uno, todo de una tacada-… Mientras buscaba trivial con que mechar relato, repito, caí en la cuenta que meee faltaba por rescatar a un personaje…Aquella Dra. No de la que tanto hablabas, hoy convertida en personaje literario mío, de mi exclusiva propiedad y competencia…Así es que, ¡ni acercarse…! Como queda aclarado, sigamos con el cuento…Por no darte la lata con problemas- bastantes tienes tú: tu pobre madre, casi se puede decir, con un pie aquí y el otro en el Ocaso con mayúscula…-, me dirigí a un viejo amigo mío, el Comisario Pita para que investigase lo que había sido de su sombra…

– ¿Pilar Dueñas…? ¿A ella te refieres…? Hacía…Qué sé yo, más de una década que no pensaba en ella…Y, ¿qué averiguaste…?

– Agradéceme la noticia que te doy: Pilar dueñas acabó en la cárcel por falsificación de documentos…No era psicóloga ni leches…Huy, perdón: me embalo y no sé lo que digo… La pescaron en Palma de Mallorca, su destino cuando se trasladó de Sotofuente…

Y entonces, mis queridos lectores, vi a Sergio Cedrón convirtiéndose ante mis ojos en Príncipe Encantado, progresivamente hermoso cuanto más se reía con las carcajadas más alegres, lo juro por el éxito de mi novela a punto de acabarse, que he tenido ocasión de escuchar en mi vida…

– ¡Qué cabrona la tía, qué jodida cabrona…!- repetía mientras se apretaba el vientre con las manos. Le saltaban las lágrimas, no lo creerá el lector, como a la mujer esa del cuadro de Picasso…

Hasta tuvo que llamarle al orden el camarero encargado de las mesas.

– Sergio, por dios, contente… ¿No ves que llamas la atención? ¡Qué horror! Me estás poniendo en evidencia delante de la gente…


APUNTE 12

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LA VERDAD, TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE VERDADES A MEDIAS…

Querida Fermina (¿o prefieres, quizás, “Señora de González”) :

                           ¿Sabes cómo me llamaba mi padre, de pequeño e, incluso, alcanzada ya la adolescencia…? Mediosergio… El Canijo, el Enclenque, el Pocohecho eran otras de las otras formas de nombrarme; mi gran pecado no se suponía otro que el venir, precisamente, de su estirpe; el no haber sido capaz de superar las marcas conseguidas en inteligencia, apostura y encanto por su hijo mayor, el marica adoptado. Me consideraba – he reconocer que nunca lo llegó a expresar en mi presencia con palabras-, el sonoro fracaso de sus expectativas menos negociables. Yo a él, el enemigo, un extraño nunca situado en este lado de mis necesidades afectivas. A mi madre, todo este rifirrafe que nos traíamos mente adentro, no le preocupó nunca ni poco ni mucho. Su interés prioritario y casi único consistía en adorar y ser adorada- de tarde en tarde- por su esposo. Hoy me doy cuenta de que no temía, muy al contrario, su jupiterina cólera; en todo caso, se tenían miedo el uno al otro, tal para cual en aquel concurso de seres desdichados, satisfechos de serlo.

Y luego estaba Quique y su rango de capitán pirata, Simbad en un navío que, habiendo ya recorrido los setenta y siete mares, nunca terminaba de echar anclas en mi puerto seguro. ¿Te has parado, alguna vez, a observar la palabra “Simbad”? Casi podría significar “pecado malo”…Papá Bernardo no se había privado jamás de realizar, estando yo presente, comentarios desalmados acerca de mi hermano, que “andaba con hombres y se dejaba manosear por cualquiera en los servicios públicos”.

-Ya cambiará…- contemporizaba mi madre-, ¿no ves que está creciendo…?

Quique no cambió nunca. Los rumores, cuando no los relatos con pelos y señales, llegaban hasta mis espantados oídos dondequiera que fuese: al colegio, de paseo con la exigua pandilla de gorrones dominicales Hollywoodienses o incluso por boca de algunas escandalizadas visitas que acudían a casa para poner sobre aviso a alguien tan enterado como lo era mi madre. Ella se limitaba a repetir, cansina, el soniquete: “Es todavía muy niño…Demasiado joven para preocuparse de las chicas…Hay que dar tiempo al tiempo…”

Sucedió que fue a mí a quien se le terminó el plazo. No podía esperar un día más a que Quique se fijara en mí, me valorase, me aceptase en el selecto y algo misterioso círculo de sus amigos íntimos, que vestían ropas extrañas y hasta, se diría, usaban, sobre el rostro lampiño, capas y capas de maquillaje delator, a partir de las nueve de la noche…Durante su segundo curso en Barcelona, mientras se estaba fraguando aquel cortometraje, “Cura de Sueño”- con uñas y dientes defendido por mi madre y tachado de “locura insensata” por mi padre -, ocurrió un episodio, cuidadosamente mantenido en secreto por todos nosotros, yo pienso que hasta ahora, dado su carácter de innombrable.

Yo tendría unos doce años y constituía una carga submarina rumbo a la superficie, a punto de estallar en la cara del mundo, con mi expresión de mal reprimida cólera y embutido, por fin, en unos, dada mi estatura, muy prematuros pantalones largos, sujetos por tirantes y acabados en doble o triple vuelta de pernera, hilvanada, sin visos de entusiasmo por mi madre.

Mi hermano Quique pasaba un fin de semana largo en Sotofuente. Había salido a saludar a su pléyade de amigas y de amigos. Escuché una conversación- era lo habitual-, a través de la puerta cerrada del comedor.

– Tu hijo y ese Fredo en forma de camión de la basura – decía mi padre en voz tan alta que, incluso encerrado en mi habitación, como se suponía que estaba, hubiese tenido que escucharlo con toda la nitidez que hiciera falta-, en vez de estudiar, estoy seguro que se pasan el día tocándose sus partes… (no he reproducido las palabras exactas; aún me hacen daño).

– ¡Cosas de chicos…!- obtuvo de respuesta.

Me sentí invadido por una ola de vergüenza y de coraje. No sirve pretender que una nube me cegó o que, en realidad, ignoraba el alcance de lo que me disponía a llevar a cabo aquella misma noche. Necesitaba a Quique, a cualquier precio…No me estaba engañando con falsas coartadas de fraternal afecto. Yo, su hermano pequeño, no podía recibir menos bendiciones, menos gracias, menos tocamientos indecentes que el resto de mortales…

Pasaban de las once cuando entré en su dormitorio. Mi padre “había salido a tomar un poco el aire”, por curarse de su pertinaz insomnio y mi madre, en la sala de estar, miraba una película: “Tú y Yo”, de Leo McCarey, creo- pero no me has mucho caso-, con Cary Grant y Deborah Kerr, un remake que le gustaba mucho.

Quique, en perfecto pianista, tecleaba encima del portátil. Me acerqué por la espalda. Ni siquiera había advertido mi presencia. Le sujeté una mano y la acerqué a mi sexo. Reaccionó como si hubiese recibido una súbita descarga de corriente. De un salto, se alejó de mí…, del hermano apestado.

– ¿Te has vuelto loco, nano…? ¿Qué coño crees que estás haciendo…? – él, a menudo, me llamaba “nano”: no busque nadie connotaciones negativas.

Apenas podía tenerme en pie. Mi cuerpo era de cera y se fundía.

– Perdona…

– Venga, tonto…Y que no se repita…- sonreía ya, dueño y señor de toda situación, todo tipo de evento, por esperpéntico que pudiese resultar, dispuesto siempre a situarse, incólume y sereno, por encima de cualquier tipo de desastre.

– Tú no me quieres, Quique… A mí, no…En cambio, a tus amigos…

– Pues claro que te quiero, bichito…No seas tonto… Y ahora déjame trabajar…He de preparar esto para mañana…

Volvió a sentarse y se embebió en tareas que nada tenían que ver con consolarme del profundo dolor que me embargaba. Ojalá me hubiese muerto allí mismo, evitando que hiciera lo que hice: aguardar el regreso de mi padre, emboscado en una entrada a oscuras, arrastrarlo casi por la fuerza hasta mi cuarto y, una vez allí, romper en sollozos mientras relataba lo que acaba de sucederme con mi hermano…Sólo que contado justamente al revés: en mi versión, era Quique quien había intentado propasarse…

Lo que ocurrió a continuación no creo que les interese a tus lectores. Resulta demasiado sórdido, incluso para mí, el malnacido que lo había provocado. Debo aclarar que mi madre intentó defenderlo… Con la televisión puesta en la sala a altísimo volumen, insistía en que ella había escuchado parte de nuestra conversación. Se trataba de una inocente broma sin malicia…Cosas de chicos, ea.

Quique se dejó hacer todo lo que le hicieron. A mí no me dirigió un solo reproche en el transcurso de aquel fin de semana que remató el domingo, casi de madrugada (su salida estaba prevista para el lunes), cuando se marchó en tren a Barcelona, sin esperar a Morpho.

Hay, sin embargo, una pieza que no encaja en el rompecabezas: el porqué se hizo cargo nuestro padre de los ingentes gastos originados por el rodaje de “Cura de Sueño”, terminado gracias a un cuantioso desembolso por su parte. Intuyo que, o bien mi madre acabó por convencerlo del improbable cuadro de dos chicos a los que se les fue la mano mientras se dedicaban al divertido “juego de las enfermeras y los médicos”; o bien que, si te fijas, mi augusto progenitor no fuese tan mala bestia como, a primera vista, aparentaba; probablemente estuviese arrepentido de la salvaje represalia emprendida contra un inocente, de la que yo recuerdo una sola frase. A fecha de hoy, todavía no dejado de reconcomer los rincones más oscuros de mis pesadillas recurrentes: “Venga, atrévete, degenerado bujarrón: ahora me vas a tocar tú los testículos a mí… Venga, empieza…”

El no-suicidio de Quique debió de constituir para él muy rudo golpe. Sospecho que su huida a Barcelona (había acordado una especie de excedencia con su empresa, dejándonos las espaldas cubiertas, merced a la cuenta conjunta con mi madre), se debió a un deseo de degradarse hasta donde fuera capaz y aún más allá, para perdonarse a sí mismo por su crimen impune. A ella le aseguró que no se estaba marchando para siempre. Se alejaba, explicó, porque necesitaba espacio para apreciar las posibilidades, con suficientes garantías de objetividad, sin presiones, de un futuro en común…Ironías del destino: en un plazo no demasiado largo, todo su proyecto de vida iba a terminar en aquella bañera desconchada e incómoda, manchada de verdín, donde cruzaría a nado las hirvientes aguas del Leteo…

Acabo aquí. Creo que esto configura una base de datos más que satisfactoria para que te hagas una idea de lo debería haber sido contado en el transcurso de ese reportaje definitivamente descartado, “Expediente C: la Familia Maldita”. Si llegases a detectar cabos sueltos o cualquier otra anomalía en el presente escrito, achácalo a la bisoñez del remitente. En el lote, creo entender, no se incluye, para nada, la tuya y solo tuya prometedora novela del Planeta 2015, “Dédalo (Novela de Misterios)”. Doy por sentado que piensas presentarla. A mí, por favor, no me menciones. Con tus laureles, me doy por satisfecho.

Aprovecho, de paso, para disculparse por mi ausencia en tu boda. Que seáis muy felices tú y Ricardo; de corazón, eso es lo que deseo para vosotros…Estoy seguro de que lo conseguiréis. Lamenté mucho enterarme, tarde y mal, del fallecimiento en Mondoñedo de tu padre. Fue una pena que no fuera de padrino. Son las cosas que pasan…

En cuanto a mí y mis siempre complicados asuntos, te comunico que, en compañía de una madre loca de contento por poder, después de semejante piélago de calamidades, abrazar a su hijo primogénito, salgo para Montevideo en un par de semanas. Resulta que ella también estaba al cabo de la calle en el secreto. Una noche, según ella, entró en mi dormitorio para arroparme, no fuera a ser que me cogiera el frío. No te lo pierdas: resulta que yo mismo se lo conté, mientras hablaba en sueños… Madre mía, madre mía…La tomas o la dejas. Yo, la dejo…por imposible. A su edad, qué sabe uno cómo va a llegarle la cabeza…

Enrique se ha cambiado de nombre y apellido – no te preocupes, sigue con un nombre masculino-; está viudo por segunda vez y regenta una empresa de neumáticos (eso le pasa por casarse con viejos). A través de la vídeo-conferencia, pude comprobar mantiene intacta, casi intacta, su lozanía de antaño. Cuando vi aparecer su querido rostro en la pantalla, casi me echo a correr…No quería que mi hermano mayor comprobase que yo, el pequeño, sigo siendo pequeño: no he crecido nada todavía…

En realidad, he crecido…Cada vez me duelen menos mis heridas. Me las lamo a diario; será eso…

Probablemente no regresemos nunca y nos quedemos allí hasta que esto se acabe definitivamente. Somos bien recibidos (me parece; ahora que lo pienso, la mirada Mudarra de mi hermano en la pantalla, la verdad es que no presagiaba nada bueno…). ¡Que sea lo que Dios quiera…!

Con afecto, Sergio Cedrón, novelista frustrado.

FIN DE “DÉDALO (NOVELA DE MISTERIOS)”

 


El Padre Luis, realizando un exorcismo virtual a posibles lectores...

El Padre Luis, realizando un exorcismo virtual a posibles lectores…

EPÍLOGO nº 1

Ariel Benítez, el verdadero (esta vez, sí; bueno, casi sí…) autor de “Dédalo (Novela de Misterios), natural y vecino de Sotofuente, propietario de la afamada confitería “El Petisú de Crema Catalana”, casado con Dª Asunción Hernández, profesión “sus labores”, tomó todas las precauciones necesarias para que ésta no llegara a enterarse de que pensaba presentarse al Planeta. En su opinión (en la de ella), se trataba de un manuscrito repugnante, que a él mismo lo iba a poner en evidencia. ¡Qué iba a pensar su distinguida clientela, sabedora de que las mismas manos pecadoras que horneaban los riquísimos profiteroles de chocolate y nata se mostraban propensos a escribir una novela tan absolutamente deleznable…! Todo en ella (en la novela), lo que no reflejaba miseria moral, era lista sin fin de perifollos modernistas, enmarcados en exabruptos barriobajeros e insólitas bajezas…

Por curarse en salud, decidió presentarla con seudónimo (“Anubis”), con tal mala fortuna que uno de los encargados de la selección previa, por un malentendido que no alcanza él mismo a explicarse a día de hoy, llegó a pensar se trataba de la obra de cierto amigo suyo, erotómano crónico de la noche podrida madrileña. Corto, pero no perezoso, envió un correo confidencial a todos los miembros del Jurado, recomendando votasen “Dédalo (Novela de Misterios)” como mejor obra presentada, ya no solo de la edición en curso: de la década.

“No creo exagerar- se podía leer en la nota- que nos hallamos ante una obra maestra, tan conmovedora como el “Maurice” de Forster y tan líricamente melancólica como “Muerte en Venecia”.

La única respuesta que recibió procedía de un rival suyo en las lides periodísticas, P***, con el texto siguiente: “Un pastelero diabético de pueblo, con el azúcar evidentemente disparado (conste no lo digo a humo de pajas: “Anubis” se ha molestado en enviarnos un extenso currículo, incluyendo todo lujo de detalles personales), nos asegura haber escrito una novela llena de amargura sobre la ambigüedad inherente a la condición humana y cómo prevenirla en nuestras vidas… ¡No fastidies, colega…! Se adivina tu estilo decadente, tu barroquismo desnortado y pretencioso, en cada punto y coma, en cada acento circunflejo de todos y cada uno de tan farragosos párrafos…No te bastó con llegar a finalista en la edición pasada…Vaya, que no cuela esta vez… ¡Mira que eres pesado, Z. H.! Tuyo afectísimo, C***”

Ariel Benítez nunca llegó a enterarse del percance, por supuesto. Conocido el fallo inapelable del Jurado, desalentado por no ver reconocido su talento, abandonó, de forma definitiva, el cultivo de la cruel Literatura. Actualmente, se dedica a la cría de canarios aflautados, que, por lo menos, cantan enjaulados y, con su dolor Nabucco, te proporcionan todo tipo de alegrías.

 

EPÍLOGO nº 2

Captura

Interrogado el responsable último de todo este quilombo acerca del argumento de su tercera y última novela, J. Torregrosa, con su característico aire ausente, se limitó a decirnos: “Trata de un pastelero que anda a escribir una novela…”

 

FINAL DEFINITIVO

 

PIM12092

Ferrol, 1 de abril (April´s Fool Day – o sea: el día de los tontos- en el mundo anglosajón) de 2014.

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LA VERDAD, TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE VERDADES A MEDIAS…

 

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Querida Fermina (¿o prefieres, quizás, “Señora de González”) :

                           ¿Sabes cómo me llamaba mi padre, de pequeño e, incluso, alcanzada ya la adolescencia…? Mediosergio… El Canijo, el Enclenque, el Pocohecho eran otras de las otras formas de nombrarme; mi gran pecado no se suponía otro que el venir, precisamente, de su estirpe; el no haber sido capaz de superar las marcas conseguidas en inteligencia, apostura y encanto por su hijo mayor, el marica adoptado. Me consideraba – he reconocer que nunca lo llegó a expresar en mi presencia con palabras-, el sonoro fracaso de sus expectativas menos negociables. Yo a él, el enemigo, un extraño nunca situado en este lado de mis necesidades afectivas. A mi madre, todo este rifirrafe que nos traíamos mente adentro, no le preocupó nunca ni poco ni mucho. Su interés prioritario y casi único consistía en adorar y ser adorada- de tarde en tarde- por su esposo. Hoy me doy cuenta de que no temía, muy al contrario, su jupiterina cólera; en todo caso, se tenían miedo el uno al otro, tal para cual en aquel concurso de seres desdichados, satisfechos de serlo.

Y luego estaba Quique y su rango de capitán pirata, Simbad en un navío que, habiendo ya recorrido los setenta y siete mares, nunca terminaba de echar anclas en mi puerto seguro. ¿Te has parado, alguna vez, a observar la palabra “Simbad”? Casi podría significar “pecado malo”…Papá Bernardo no se había privado jamás de realizar, estando yo presente, comentarios desalmados acerca de mi hermano, que “andaba con hombres y se dejaba manosear por cualquiera en los servicios públicos”.

-Ya cambiará…- contemporizaba mi madre-, ¿no ves que está creciendo…?

Quique no cambió nunca. Los rumores, cuando no los relatos con pelos y señales, llegaban hasta mis espantados oídos dondequiera que fuese: al colegio, de paseo con la exigua pandilla de gorrones dominicales Hollywoodienses o incluso por boca de algunas escandalizadas visitas que acudían a casa para poner sobre aviso a alguien tan enterado como lo era mi madre. Ella se limitaba a repetir, cansina, el soniquete: “Es todavía muy niño…Demasiado joven para preocuparse de las chicas…Hay que dar tiempo al tiempo…”

Sucedió que fue a mí a quien se le terminó el plazo. No podía esperar un día más a que Quique se fijara en mí, me valorase, me aceptase en el selecto y algo misterioso círculo de sus amigos íntimos, que vestían ropas extrañas y hasta, se diría, usaban, sobre el rostro lampiño, capas y capas de maquillaje delator, a partir de las nueve de la noche…Durante su segundo curso en Barcelona, mientras se estaba fraguando aquel cortometraje, “Cura de Sueño”- con uñas y dientes defendido por mi madre y tachado de “locura insensata” por mi padre -, ocurrió un episodio, cuidadosamente mantenido en secreto por todos nosotros, yo pienso que hasta ahora, dado su carácter de innombrable.

Yo tendría unos doce años y constituía una carga submarina rumbo a la superficie, a punto de estallar en la cara del mundo, con mi expresión de mal reprimida cólera y embutido, por fin, en unos, dada mi estatura, muy prematuros pantalones largos, sujetos por tirantes y acabados en doble o triple vuelta de pernera, hilvanada, sin visos de entusiasmo por mi madre.

Mi hermano Quique pasaba un fin de semana largo en Sotofuente. Había salido a saludar a su pléyade de amigas y de amigos. Escuché una conversación- era lo habitual-, a través de la puerta cerrada del comedor.

– Tu hijo y ese Fredo en forma de camión de la basura – decía mi padre en voz tan alta que, incluso encerrado en mi habitación, como se suponía que estaba, hubiese tenido que escucharlo con toda la nitidez que hiciera falta-, en vez de estudiar, estoy seguro que se pasan el día tocándose sus partes… (no he reproducido las palabras exactas; aún me hacen daño).

– ¡Cosas de chicos…!- obtuvo de respuesta.

Me sentí invadido por una ola de vergüenza y de coraje. No sirve pretender que una nube me cegó o que, en realidad, ignoraba el alcance de lo que me disponía a llevar a cabo aquella misma noche. Necesitaba a Quique, a cualquier precio…No me estaba engañando con falsas coartadas de fraternal afecto. Yo, su hermano pequeño, no podía recibir menos bendiciones, menos gracias, menos tocamientos indecentes que el resto de mortales…

Pasaban de las once cuando entré en su dormitorio. Mi padre “había salido a tomar un poco el aire”, por curarse de su pertinaz insomnio y mi madre, en la sala de estar, miraba una película: “Tú y Yo”, de Leo McCarey, creo- pero no me has mucho caso-, con Cary Grant y Deborah Kerr, un remake que le gustaba mucho.

Quique, en perfecto pianista, tecleaba encima del portátil. Me acerqué por la espalda. Ni siquiera había advertido mi presencia. Le sujeté una mano y la acerqué a mi sexo. Reaccionó como si hubiese recibido una súbita descarga de corriente. De un salto, se alejó de mí…, del hermano apestado.

– ¿Te has vuelto loco, nano…? ¿Qué coño crees que estás haciendo…? – él, a menudo, me llamaba “nano”: no busque nadie connotaciones negativas.

Apenas podía tenerme en pie. Mi cuerpo era de cera y se fundía.

– Perdona…

– Venga, tonto…Y que no se repita…- sonreía ya, dueño y señor de toda situación, todo tipo de evento, por esperpéntico que pudiese resultar, dispuesto siempre a situarse, incólume y sereno, por encima de cualquier tipo de desastre.

– Tú no me quieres, Quique… A mí, no…En cambio, a tus amigos…

– Pues claro que te quiero, bichito…No seas tonto… Y ahora déjame trabajar…He de preparar esto para mañana…

Volvió a sentarse y se embebió en tareas que nada tenían que ver con consolarme del profundo dolor que me embargaba. Ojalá me hubiese muerto allí mismo, evitando que hiciera lo que hice: aguardar el regreso de mi padre, emboscado en una entrada a oscuras, arrastrarlo casi por la fuerza hasta mi cuarto y, una vez allí, romper en sollozos mientras relataba lo que acaba de sucederme con mi hermano…Sólo que contado justamente al revés: en mi versión, era Quique quien había intentado propasarse…

Lo que ocurrió a continuación no creo que les interese a tus lectores. Resulta demasiado sórdido, incluso para mí, el malnacido que lo había provocado. Debo aclarar que mi madre intentó defenderlo… Con la televisión puesta en la sala a altísimo volumen, insistía en que ella había escuchado parte de nuestra conversación. Se trataba de una inocente broma sin malicia…Cosas de chicos, ea.

Quique se dejó hacer todo lo que le hicieron. A mí no me dirigió un solo reproche en el transcurso de aquel fin de semana que remató el domingo, casi de madrugada (su salida estaba prevista para el lunes), cuando se marchó en tren a Barcelona, sin esperar a Morpho.

Hay, sin embargo, una pieza que no encaja en el rompecabezas: el porqué se hizo cargo nuestro padre de los ingentes gastos originados por el rodaje de “Cura de Sueño”, terminado gracias a un cuantioso desembolso por su parte. Intuyo que, o bien mi madre acabó por convencerlo del improbable cuadro de dos chicos a los que se les fue la mano mientras se dedicaban al divertido “juego de las enfermeras y los médicos”; o bien que, si te fijas, mi augusto progenitor no fuese tan mala bestia como, a primera vista, aparentaba; probablemente estuviese arrepentido de la salvaje represalia emprendida contra un inocente, de la que yo recuerdo una sola frase. A fecha de hoy, todavía no dejado de reconcomer los rincones más oscuros de mis pesadillas recurrentes: “Venga, atrévete, degenerado bujarrón: ahora me vas a tocar tú los testículos a mí… Venga, empieza…”

El no-suicidio de Quique debió de constituir para él muy rudo golpe. Sospecho que su huida a Barcelona (había acordado una especie de excedencia con su empresa, dejándonos las espaldas cubiertas, merced a la cuenta conjunta con mi madre), se debió a un deseo de degradarse hasta donde fuera capaz y aún más allá, para perdonarse a sí mismo por su crimen impune. A ella le aseguró que no se estaba marchando para siempre. Se alejaba, explicó, porque necesitaba espacio para apreciar las posibilidades, con suficientes garantías de objetividad, sin presiones, de un futuro en común…Ironías del destino: en un plazo no demasiado largo, todo su proyecto de vida iba a terminar en aquella bañera desconchada e incómoda, manchada de verdín, donde cruzaría a nado las hirvientes aguas del Leteo…

Acabo aquí. Creo que esto configura una base de datos más que satisfactoria para que te hagas una idea de lo debería haber sido contado en el transcurso de ese reportaje definitivamente descartado, “Expediente C: la Familia Maldita”. Si llegases a detectar cabos sueltos o cualquier otra anomalía en el presente escrito, achácalo a la bisoñez del remitente. En el lote, creo entender, no se incluye, para nada, la tuya y solo tuya prometedora novela del Planeta 2015, “Dédalo (Novela de Misterios)”. Doy por sentado que piensas presentarla. A mí, por favor, no me menciones. Con tus laureles, me doy por satisfecho.

Aprovecho, de paso, para disculparse por mi ausencia en tu boda. Que seáis muy felices tú y Ricardo; de corazón, eso es lo que deseo para vosotros…Estoy seguro de que lo conseguiréis. Lamenté mucho enterarme, tarde y mal, del fallecimiento en Mondoñedo de tu padre. Fue una pena que no fuera de padrino. Son las cosas que pasan…

En cuanto a mí y mis siempre complicados asuntos, te comunico que, en compañía de una madre loca de contento por poder, después de semejante piélago de calamidades, abrazar a su hijo primogénito, salgo para Montevideo en un par de semanas. Resulta que ella también estaba al cabo de la calle en el secreto. Una noche, según ella, entró en mi dormitorio para arroparme, no fuera a ser que me cogiera el frío. No te lo pierdas: resulta que yo mismo se lo conté, mientras hablaba en sueños… Madre mía, madre mía…La tomas o la dejas. Yo, la dejo…por imposible. A su edad, qué sabe uno cómo va a llegarle la cabeza…

Enrique se ha cambiado de nombre y apellido – no te preocupes, sigue con un nombre masculino (sobre este extremo, me ha exigido máxima reserva)-; está viudo por segunda vez y regenta una empresa de neumáticos (eso le pasa por casarse con viejos). A través de la vídeo-conferencia, pude comprobar mantiene intacta, casi intacta, su lozanía de antaño. Cuando vi aparecer su querido rostro en la pantalla, casi me echo a correr…No quería que mi hermano mayor comprobase que yo, el pequeño, sigo siendo pequeño: no he crecido nada todavía…

En realidad, he crecido…Cada vez me duelen menos mis heridas. Me las lamo a diario; será eso…

Probablemente no regresemos nunca y nos quedemos allí hasta que esto se acabe definitivamente. Somos bien recibidos (me parece; ahora que lo pienso, la mirada Mudarra de mi hermano en la pantalla, la verdad es que no presagiaba nada bueno…). ¡Que sea lo que Dios quiera…!

Con afecto, Sergio Cedrón, novelista frustrado.

FIN DE “DÉDALO (NOVELA DE MISTERIOS)”

 

elhorror

 

EPÍLOGO nº 1

El Padre Luis, realizando un exorcismo virtual a posibles lectores...

El Padre Luis, realizando un exorcismo virtual a posibles lectores…

Ariel Benítez, el verdadero (esta vez, sí; bueno, casi sí…) autor de “Dédalo (Novela de Misterios), natural y vecino de Sotofuente, propietario de la afamada confitería “El Petisú de Crema Catalana”, casado con Dª Asunción Hernández, profesión “sus labores”, tomó todas las precauciones necesarias para que ésta no llegara a enterarse de que pensaba presentarse al Planeta. En su opinión (en la de ella), se trataba de un manuscrito repugnante, que a él mismo lo iba a poner en evidencia. ¡Qué iba a pensar su distinguida clientela, sabedora de que las mismas manos pecadoras que horneaban los riquísimos profiteroles de chocolate y nata se mostraban propensos a escribir una novela tan absolutamente deleznable…! Todo en ella (en la novela), lo que no reflejaba miseria moral, era lista sin fin de perifollos modernistas, enmarcados en exabruptos barriobajeros e insólitas bajezas…

Por curarse en salud, decidió presentarla con seudónimo (“Anubis”), con tal mala fortuna que uno de los encargados de la selección previa, por un malentendido que no alcanza él mismo a explicarse a día de hoy, llegó a pensar se trataba de la obra de cierto amigo suyo, erotómano crónico de la noche podrida madrileña. Corto, pero no perezoso, envió un correo confidencial a todos los miembros del Jurado, recomendando votasen “Dédalo (Novela de Misterios)” como mejor obra presentada, ya no solo de la edición en curso: de la década.

“No creo exagerar- se podía leer en la nota- que nos hallamos ante una obra maestra, tan conmovedora como el “Maurice” de Forster y tan líricamente melancólica como “Muerte en Venecia”.

La única respuesta que recibió procedía de un rival suyo en las lides periodísticas, P***,con el texto siguiente: “Un pastelero diabético de pueblo, con el azúcar evidentemente disparado (conste no lo digo a humo de pajas: “Anubis” se ha molestado en enviarnos un extenso currículo, incluyendo todo lujo de detalles personales), nos asegura haber escrito una novela llena de amargura sobre la ambigüedad inherente a la condición humana y cómo prevenirla en nuestras vidas… ¡No fastidies, colega…! Se adivina tu estilo decadente, tu barroquismo desnortado y pretencioso, en cada punto y coma, en cada acento circunflejo de todos y cada uno de tan farragosos párrafos…No te bastó con llegar a finalista en la edición pasada…Vaya, que no cuela esta vez… ¡Mira que eres pesado, Z. H.! Tuyo afectísimo, C***”

Ariel Benítez nunca llegó a enterarse del percance, por supuesto. Conocido el fallo inapelable del Jurado, desalentado por no ver reconocido su talento, abandonó, de forma definitiva, el cultivo de la cruel Literatura. Actualmente, se dedica a la cría de canarios aflautados, que, por lo menos, cantan enjaulados y, con su dolor Nabucco, te proporcionan todo tipo de alegrías .

EPÍLOGO nº 2

DNI

Interrogado el responsable último de todo este quilombo acerca del argumento de su tercera y última novela, J. Torregrosa, con su característico aire ausente, se limitó a decirnos: “Trata de un pastelero que anda a escribir una novela…”

 

FINAL DEFINITIVO

PIM12092

 

Ferrol, 1 de abril (April´s Fool Day – o sea: el día de los tontos- en el mundo anglosajón) de 2014.

 

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