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Archive for the ‘¡Qué cosas hemos visto…!’ Category

EL SILENCIO (2016), DE MARTIN SCORSESE

¿Por qué será que lo mío con Scorsese ha venido pasando del amor/odio al odio/amor a primeras de cambio…? A escala mundial, debo de ser el único cinéfilo en el patio de butacas y/o gallinero, aka “la generola”, aka “el paraíso” (lo terrenal era aportado por las cáscaras aplastadas de maní y las pipas de heliotropo), al que “Taxi Driver” (1976) despierta, con solo evocarla, una repulsión la mar de polanskiana a partir de una supuesta ambigüedad moral en forma de caramelo envenenado. Otrosí, prefiero, y con mucho, su “Uno de los Nuestros” (1990) a toda la suma teológica de la saga “El Padrino”. Más amores fou: “El Rey de la Comedia” (1983), memorable jarro de agua fría contra los espectadores, donde se explica de qué va lo del showbizz y sus currantes; “Toro Salvaje” (1979), “Jo, qué Noche…”(1985)… Pelis suyas que ni me fueron ni vinieron: “Alicia ya no vive aquí” (1974)- por los mismos motivos que me desengancho de “Thelma y Louise” (1991), de Ridley Scott: a ambas se les ve venir la artificiosidad de planteamiento desde la legua y media-; “New York/New York” (1977)- semisuma llevando (las de perder) de musical y cine sobre la crisis de pareja-; “La Última Tentación de Cristo” (1986)- de la cual lo que saqué como provecho un “bueno, ¿y qué…?”, familiarizado como estaba, desde la adolescencia, con el texto Renan, que circulaba, de cajón en cajón, por la casa paterna- ; “La Edad de la Inocencia”(1992), a partir del texto Edith Warton, tan viscontiniana ella, pero quedándose- y ya es mucho conceder-, en Mauro Bolognini; “El Lobo de Wall Street”, estrenada en 2013, ya comentada en esta bitácora; copio el final, por no perder más tiempo: “The Wolf of Wall Street” peca, además de gravemente contra el sexto mandamiento (ojeamos más follaje por los suelos que en Central Park a finales del otoño), por omisión dolosa: la Política, y mira que se disponía de tiempo, en el guion, no está ni se la espera para actuar de cooperante necesario; acaba de liarla, a pie del desenlace, un amago de “humanizar al personaje”: Polichinela intenta (él también sufre) nos tomemos en serio sus cascabeles de serpiente venenosa…

Encendidas las luces de sala, se escucharon, cosa poco frecuente, los murmullos de satisfacción del respetable, ignoro si debidos al “encanto DiCaprio”, a toneladas, o al mensaje: el puto amo jugando al tenis en el patio carcelario y, en paralelo, el poli no corrupto respirando miasmas en el metro…Sic transit, padrecito”

***

Situándonos en “Silencio”, bergmaniana ella por hipótesis, ma non troppo/non posso, lo primero que se me viene a la yunta de mis índices tecleantes sucesivos a ritmo 2×4, es preguntarme a ver por qué me recuerda tanto a “La Misión” (Roland Joffé, 1986); seguramente, será por su esqueleto: DeNiro + Irons + paganazos + martirio igual a Andrew Garfield + Adam Driver + paganazos + martirio. Y si matildo a Liam Neeson de “macguffin”, espero que nadie se dé por ofendido. Aquí llegados- al siglo XVII-, cabe preguntarse también si las torturas en la Santa Inquisición europea de la época en defensa de la fe resultaban más o menos gore, en comparación con sus primas hermanas japonesas con respecto al budismo. De regreso en el XXI, Garfield + Driver (¡Taxi, taxi…!) versus DeNiro +Jeremías Hierro, anuncian un combate alma a alma donde los primeros, desde mi óptica, los setenta cumplidos, mucho me temo,  no aguanten un asalto.

159 minutos de agonía unamuniana dan para mucho: velahí ese “jardín de las delicias amarillas” y unas cuantas filosofías salidas de un boudoir de andar por casa, empezando por trasladar los versos de Neruda hasta la metafísica: al jesuita portugués Padre Sebastiâo, la Divinidad le gusta cuando calla (incluso ante el dolor de sus adoradores más fieles, incluido su propio hijo), porque está como ausente, mas sólo en apariencia (el silencio de dios como clamor), para recalar, sin solución de continuidad, en de la paradoja escurridiza: las religiones y sus mensajes de amor siempre acaban por sembrar odio y violencia allá por donde pasan; la generosidad de renunciar a la fe verdadera en del mal ajeno; las relaciones, un pelín incestuosas, entre Religión y Economía…

Leo en José Mª Caparrós que Scorsese, nieto de emigrantes sicilianos en los USA, “interesado por el rock y gran cinéfilo, desvió su posible vocación religiosa para dedicarse a estudiar Cine en la Universidad de Nueva York”. Aquellos polvos trajeron estas embarazosas hagiografías “a lo divino”, valgan redundancia y redondeo. Bueno, lo escribo: lo del martirio, a lo Cecil B. DeMille (y estoy pensando en “El Signo de la Cruz”, de 1932), tenía mucho más morbo punitivo y, sobre todo, era más corta y no resultaba tan peñazo, seguramente por asomar muchas menos pretensiones a la hora del panem et circensis.

EL SIGNO DE LA CRUZ (BOTÓN DE MUESTRA)

Dicho lo cual, no vacilo en afirmar que este Martín cazador me tiene dominado: veré todo lo suyo que se me ponga por delante, conservando el derecho del Sí pero No /No, pero Sí, siempre que lo estime conveniente…

-Señor, yo no soy malo… Aunque no me faltarían motivos para serlo…

Ya por ir acabando… Ha hecho correr  meadas de tinta dorada el tratamiento del personaje del Inquisidor Inoue, empeñado en tomarse de coña no ya su propia maldad intrínseca y extrínseca sino, hasta si me apuran, aportando una lectura alternativa de la propia película, entre el distanciamiento brechtiano y el “culpa, mea” de un Scorsese haciéndose perdonar aquel rosario de la aurora naciente ante nuestros ojos fatigados.

Se me ocurre de pronto, por echar leña al fuego, que la cejijunta “Feliz Navidad, Mr. Lawrence (Nagisha Oshima, 1983) hubiese agradecido su presencia impresentable…

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Está visto que el silencio da mucho que hablar… Velahí una sucinta muestra…

¡RODAR Y RODAR…! ¡RODAR Y RODAR…!

EL SILENCIO ES ORO

A Rene Clair, director injustamente olvidado, se lo llevó una ola, aquella “novela vaga” tan rica en inventario. Pero, mon dieu, debiera merecernos un respeto… Había mucho talento por ahí suelto… Sin ir más lejos, este homenaje al cine mudo, made in 1947.

EL SILENCIO

Bergman, a principio de los 60, acuñando una falsa moneda: la de cineasta religioso- que también-, aquí hablándonos del silencio de dios y nuestro propio silencio, en espera de respuestas, con Ingrid Thulin al frente del reparto. Bergman, con Fellini, con Buñuel, con Hitchcock, son (y seguro serán) mis cineastas favoritos…

NO SE COMPRA EL SILENCIO

Un Wyler muy tardío – 1970-, acusando clara fatiga de combate. Aparte de las mejores intenciones, hoy llega a resultar un tanto truculenta… Muchos chistes faltones – no racistas- en su día, por culpa del apellido de su protagonista femenina… de “Fulana” a “Falona” vengo por toda la orilla…

EL MUNDO DEL SILENCIO

Un fascinante documental de Cousteau + Louis Malle al aparato, cuando la tele era aún en blanco y negro. Me llevó mi padre a verla a la primera sesión de las once de la noche a la que asistí en mi vida. Inolvidable, bajo cualquiera de los dos conceptos.

EL SILENCIO DE UN HOMBRE

El Cine de Melville, precursor de la Nouvelle Vague… Una ballena blanca, entre fantasmal y litúrgica, cruzando el cine francés de los 60, a servirse muy frío… ¿Acaso no es “El Ejército de las Sombras” la mejor peli jamás filmada sobre la Resistencia Francesa…?

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS

Contribuyó, en 1991, al “descubrimiento” popular de Anthony Hopkins, que ya inquietaba lo suyo en “El León en Invierno” (1968), su segunda película, interpretando a un Ricardo Corazón de León que hubiese hecho enrojecer a todo un Robert Taylor. Otro buen trozo de pastel glorioso se lo comía Jodie Foster como la agente Sterling. Lo de Jonathan Demme, tan apañado, inaugura un ciclo caníbal que acaba de aportarnos un título, al parecer, la mar de estimulante: “Crudo”, de Julia Ducournau, recién estrenada entre nosotros…

TIEMPO DE SILENCIO

Filmada en 1986, la película mereció críticas tan dispares como éstas:

“Gran especialista en adaptar novelas españolas contemporáneas, el guionista y director Vicente Aranda en esta ocasión emprende la tarea casi imposible de trasladar a la pantalla la personal, compleja y famosa novela de Luis Martín Santos publicada en 1962, pero gracias a su gran habilidad consigue un producto de gran interés. Aranda encuentra el justo equivalente cinematográfico de la novela, además está muy bien narrada, con un realismo teñido de sutil sentido del humor; consigue una fuerza similar al de la obra original y una cuidada ambientación que da un fiel reflejo de la sórdida época en que se desarrolla.” Augusto Martínez Torres.

“Una de las peores películas de Vicente Aranda, que aborda la importantísima novela homónima desde una perspectiva tan plana como comercial, incurriendo además en defectos tan poco previsibles en su cine como el humor barato y el efectismo de andar por casa. Para colmo de males, en la película falta cualquier asomo de sentido dramático, no digamos ya la captación de un contexto social apremiando a los personajes (muy discretamente interpretados además).- Carlos Aguilar.

Para acabarla de liar, Aranda adaptaría, tres años después, una de mis novelas favoritas de siempre “Si te dicen que caí”, de Juan Marsé, y no se lo he perdonado todavía…

SILENCIO DE HIELO

Uno de los títulos más escalofriantes que conozco dentro del “cine de sicópatas”, cinta alemana, made in 2010, me estruja los congojos cada vez que la miro, casi tanto la holandesa “Desaparecida” de George Sluizer  (1988), cuyo remake yanqui, “Secuestrada”, a cargo del mismo director, mejor no meneallo.

EL SILENCIO DE LORNA

Los Hnos. Dardenne, belgas como Poirot que no franceses, echando sal en la herida nuevamente. Esta crónica negrísimo del mundo inmigrante, quizás no llegue a las alturas de “Rosetta” (1999), mi peli suya favorita; pero en verdad te obliga a pensártela dos veces… Un “tú, qué harías si…” de difícil respuesta…

ANGUSTIA DE SILENCIO

Fulci que te quiero Fulci, tan pasado de rosca como siempre… El plato fuerte vendría siendo- además del final, cuesta abajo en su rodada – Florinda Bolkan dejada hecha unos zorros por la furia popular…

LOS GRITOS DEL SILENCIO

El director de “La Misión” (y también de “Encontrarás Dragones”, en torno a la figura Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei), aquí descubriendo los “horrores de la guerra”, vía Camboya y sus jemeres rojos. La opera prima del británico Roland Joffé, con música de Mike Oldfield, fue considerada, en su día (1984), una obra sólida y honesta al mostrarnos la mitad justa del problema…

LA LEY DEL SILENCIO

Made en 1954. Brando era un joven león entonces y Elia Kazan rugía también lo suyo, acusando al sindicato horizontal americano de estar al servicio de la mafia. La he visto poco, por rogelio empedernido. En los años 60, el cine-club universitario de Santiago la utilizaba para dar seminarios de técnica cinematográfica.

SILENCIO ROTO

Memoria Histórica recordada con el corazón y la cabeza, esta peli de Montxo Armendáriz, fechada en 2001, que transcurre en el marco de la lucha de los guerrilleros antifranquistas en las montañas del norte entre los años 1944 y 1948, contada desde abajo y coralmente, supone una ocasión de mirar de dónde venimos y preguntarnos hasta dónde podríamos llegar, desandando lo andado…

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO

¡Qué peli más redonda…! Spencer Tracy como manco de Black Rock (en VO, la peli Sturges de 1955, se llama “Bad Day in Black Rock”, o sea: “un día malo en Roca Negra lo tiene cualquiera que no sea el viejo Spencer, sobre todo si, en el año de Gracia de 1945, te a preguntar por Joe Komaco, un granjero japonés nacionalizado, desaparecido en extrañas circunstancias”), se la juega en las distancias cortas para descubrir una trama de racismo y violencia irracional lugareña, en las antípodas de Fuenteovejuna, por supuesto. Por allí andan también gentes de zona: Robert Ryan, Ernest Borgnine, Lee Marvin, Anne Francis… Esta tarde me la bajo sin falta…

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Resumen de lo publicado: A ver si, después de todo, callados vamos a estar más guapos… Con permiso de Edward  Munch, naturalmente; y siempre que Tarzán / Weissmüller no vaya a poner pegas…

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“LA LA LAND”, DE DAMIEN CHAZELLE

Se abre el telón y se ve (y se escucha) un sentido y elaborado homenaje al cine musical made in USA- procedente, al por mayor, de los escenarios Broadway y/o el West End londinense) y, ya puestos, una reivindicación que pasaba por allí del viejo jazz y sus nuevos caminos por andar para sobrevivir al “all that jazz” (“toda esa mierda”), por estar mirando a la taquilla y no el ars gratia artis, que es lo que está mandado…

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¿Cómo se llama la película…? Inter nos, “La Ciudad de las Estrellas” y en ella, armónicamente juntas y revueltas, se rastrean, aquí y allá, amadas y muy gratas referencias: tropezones Bob Fosse, callejeros a lo Jerome Robbins, el toque Donen-Kelly y, en llegando al desenlace, unos paraguas Demy, a su vez pedidos como préstamo a “Esplendor en la Yerba”.

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En lo tocante al jazz, se les nombra a casi todos y todas, desde el Monje Thelonio a Louis Armstrong, pasando por Billy Holliday (pero no a Ella Fitzgerald; y no se lo perdono, vaya…). Miel sobre queso, se aprovecha la iconografía del “Rebelde sin Causa” (Nicholas Ray, 1955)- aunque es verdad que no todo lo que cabía esperarse- para uno de los números más vistosos de la función: el paso a dos, allá en el planetario.

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Sumemos a tan estimulantes ingredientes, esa pareja feliz formada por Emma Stone y Ryan Goslin, ella con unas evidentes ganazas de rememorar a la Giulietta Masina en años mozos y él, galán de moda, del gremio “atormentados pero estoicos”. Ambos, actor y actriz, cantan y bailan, como dice el otro, dispuestos a dejarse la piel en el intento, aunque no sean cantantes ni bailones; y voto a chápiro que les va a lucir el pelo…

Todo parece destinado a hacernos muy felices en este lago encantado Les Luthiers hasta que, de pronto, se presenta el Malvado Hechicero, en forma de recuerdo.  Ahí es nada cómo se las maravilla el Von Trier, que no es santo de mi devoción precisamente, para sacar musical hasta debajo de las piedras con su “Dancing in the Dark”, cuya secuencia de la ejecución hizo que Susan Hayward se revolviera en la tumba, con un cabreo de tres pares de c… (la mitad de los suyos propios). A eso lo llamo yo reinventar el musical y el resto son tortitas con mejunje sabor fresa.

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El Profe Miguel, cinéfilo cum laude, y aquí uno enseguida nos pusimos de acuerdo en cuanto al dogma Trier; ítem más, coincidimos en que Ryan Goslin, el de “Blue Valentine” o “Cruce de Caminos”, se merendaba la parte de rey león en el invento.

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  …Y en que Mr. Chazelle se las arreglaba para ir dejando brillantes piedrecillas a lo largo del camino de vuelta a la cruda realidad : the sweet smell of success y su ambigua relación con el compromiso artístico o la inestable fórmula de la zarzaparrilla del Amor a través de sus cuatro estaciones: chico Sebastian conoce chica Mia (chica suya, para el caso)- chica pierde chico- chico y chica se reencuentran- chica Mia y chico Sebas se desencuentran definitivamente y aquí paz y después gloria mairena…; la dura lucha de los jóvenes talentos por echar un star dust con el Destino, y at last but not al least, la amenaza latente de las salas vacías, que recuerden al artista cachorro que los perros calientes no sea atan con longanizas, sino con salchichas de Frankfurt, elaboradas a base de baskervilles vagabundos.

En el lado silvestre de la calle, “La La Land”, de forma harto ostensible, enseguida nos descubre su principal carencia: un número musical, como mínimo (y cuantos más, mejor), a modo de  santo y seña, dentro de su partitura, que le sirva al musical de turno como identificación ante la audiencia (con frecuencia, suelen utilizarse para dar título al evento, por aquello de que nadie se despiste). Todos los espectáculos musicales, pedigrees aparte – desde la ópera a la revista musical española, por llegar hasta el fondo más fondón del asunto- podrían acreditarlo por sus propios méritos. Velahí algunos ejemplos deleitosos, de quitar y poner, que allá los gustos y disgustos de gentiles gentíos:

– “La Traviata” y su “Brindis”; “Aida”, con su “Marcha Triunfal”; el “Adiós a la Vida” de “Tosca”; “Un Bel Di Vedremo”, de “Madame Butterfly…

– El “Brindis” de Marina; “La Mazurca de las Sombrillas”, de “Luisa Fernanda”; “La Canción de la Espada”, de “El Huésped del Sevillano”…

–  “Singing in the Rain”, de “Singing in the Rain”, redundancias aparte; “María”, en “West Side Story”; “Life is a Cabaret”, de “Cabaret”, “I Could have dance All Night”, en “My Fair Lady…

– El “Pichi”, de “Las Leandras”; “La Banderita” de “Las Corsarias”; “Tigresa Felina”, de “La Blanca Doble”…

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Nuevas concomitancias a la hora del resumen: la principal aportación de  la bendición de Damien  Chazelle- coautor del guion de “Calle Cloverfield 10”, un huis-clos la mar de retorcido- no se situaría mucho más allá de un aplicado ejercicio de nostalgia, aunque no es menos cierto que su revisionismo resulta oportuno y procedente, hasta convertir la cinta en un metamusical, a la Cheetah bailando, cuya dosis de rigor analítico no quita lo vistoso y lo apacible. En cualquier caso, deja un buen sabor de boca y de trompas de Eustaquio (las de Falopio no fueron convocadas).

No coincidieron Mike Castle y Joe Bigtower, en cambio, a la hora de elegir, entre los clásicos del género, musical favorito, algo fácil de entender si tenemos en cuenta que los separa a ambos en edad más de un cuarto de siglo de existencia… El primero apuesta por “Jesucristo Superstar” (Norman Jewison, 1973) y el carcamal por “Cantando bajo la Lluvia”…

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A mayor abundamiento, por dejar claro con quien se la andan jugando, ahí queda eso…

ÁLBUM PERSONAL DE  MUSICALES

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SOMBRERO DE COPA (Mark Sandrich, 1935)

Astaire & Rogers at their best; elijo ésta y no otra (“La Alegre Divorciada”, p. e.) porque la feliz pareja se marca un “Cheek to Cheek” de Irving Berlin de quitarse el suspensorio, permitiendo el desparrame de tu hernia.

Abuelito, dime tú, ¿a quién quieres tú más: a Fred Kelly o a Gene Astaire…?  No sigáis hurgándome en la herida, porque, entonces, me quedo con San Vito…

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UN DÍA EN NUEVA YORK (Stanley Donen, 1949)

De no existir “Cantando bajo la Lluvia”, éste sería mi musical de isla desierta, con una Anne Miller a punto y medio de erigirla en favorita del sultán que todos llevamos dentro. Gozada de principio a fin, no para de darnos alegrías cada vez que la vemos y escuchamos.

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CANTANDO BAJO LA LLUVIA (Stanley Donen, 1952)

Todo es grato allí, luminoso y creativo. Llevo amándola desde el pasado siglo. Nunca llego a cansarme de su encanto.

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LAS GIRLS (George Cukor, 1957)

Cole Porter + Gene Kelly + Kay Kendall (actriz británica hoy olvidada; pero con legión de adoradores en su día) + Rashomon como tuerca volteada, en un argumento por demás lo suficientemente ingenioso como para no desmercer de tan armónico conjunto.

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CARMEN JONES (Otto Preminger, 1954)

Ella es la “Carmen” de Preminger y no la de Mérimée y no la de Merimée, a partir de la adaptación de Oscar Hammerstein II, padre y muy señor suyo de trabajos tan meritorios como “Magnolia”, “South Pacific” o “Sonrisas y Lágrimas” (“Sound of Music” en VO)… Los títulos de crédito by Saul Bass, ya te ponen los pelos de punta… Dorothy Dandridge y Harry Belafonte (cuyas voces fueron dobladas, por enfrentarse a una partitura superior a sus posibilidades de dar el gorgorito operístico requerido) se encargan de echar más leña al fuego… Siendo como soy fan incondicional del Sr. Otto, incluyo aquí este título un tanto descolocado en su filmografía, donde figuran glorias como “Anatomía de un Asesinato” o “El Hombre del Brazo de Oro”. Lo de “Porggy & Bess”, en el 59, con música de Gershwin, otra vez con Dandridge y con Sidney Poitier, aún le saldría peor, así es que no me arriesgo y me quedo con ésta…

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WEST SIDE STORY (Robert Wise, 1961)

Ha hecho historia por haber puesto al musical de patitas en la calle; sus números musicales conservan hoy gran parte de su fuerza, aunque la parte hablada se resienta lo suyo en cuanto a casting. La función se la merienda una Rita Moreno de mucho rompe y rasga, vista y no vista en “Singing in the Rain”, echándole desgarro y ojazos de lechuza cabreada.

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LOS PARAGUAS DE CHERBURGO (Jacques Demy, 1964)

Cantada y bailada (pero menos) de principio a fin, con una Deneuve en sus albores, se la acusa, a menudo, de indigesto “chantilly” a la francesa. Yo la adoro; he llorado todos los ramchipures de este mundo a pie de desenlace; y en la secuencia de la despedida (con polvete incluido), ni te cuento…

Mi hija pequeña, en uno de sus viajes, me trajo un paraguas comprado en el puerto de Cherburgo (poco o nada romántico, por cierto: militarizado hasta el último de sus adoquines)… y también algo más, bastante más prosaico; pero prefiero no decirlo, no vaya a ser menoscabe mi prestigio finolis… ¡Qué demonios: a estas alturas, ya tenemos suficiente confianza…! Además del paraplui, fui obsequido con una frasca con tripes à la mode de Caen de toma pan y moja… Y ahora, llamadme “tripero”, si queréis, ballenas negras…

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MY FAIR LADY (George Cukor, 1964)

Lo crean o no, en España se estrenó con los cantables doblados (atentado talibán que también sufrieron otros muchos musicales: “Mary Poppins”, “Sonrisas y Lágrimas”, “Camelot”…), con lo que la lluvia en Sevilla resultó ser una pura maravilla (?)… Como la Hepburn- aquí ladrona de papeles a costa de Julie Andrews-, no va en mi carro a misa ni es santa en mi devocionario – y además estaba ya doblada en VO-, me quedo con el Higgins de pasamanería que se borda Mr. Harrison con su exquisita dicción británica.

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NOCHES EN LA CIUDAD (Bob Fosse, 1969)

Si logras perdonarle que se atreva con “Las Noches de Cabiria” de Fellini, sin duda se puede disfrutar con unas coreografías la mar de estimulantes. La de “Big Spender” se las trae; y Shirley McLaine se las arregla.

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En 1968, el musical llegó a estrenarse en la Gran Vía madrileña, protagonizado por Maruja Díaz, con el título de “Caridad de Noche”, con coreografía de Ricardo Ferrante. A lo mejor, no me creen cuando escriba que me pareció muy digno, por parte de M. D., el intentarlo y salir airosa del empeño.

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CABARET (Bob Fosse, 1972)

Lizza Minnelli irrumpiendo, efímeramente gloriosa, en el musical cinematográfico made in USA. Hija de Judy Garland y el Sr. Vicente, se las sabía todas acerca del showbizz sobre la tabla Broadway y, para la ocasión, se ponía en manos de alguien que no era precisamente un novato en el oficio de la corchea y la semifusa. Un montón de “momentos estelares” a nivel musical y un trasfondo político-social, con mensaje final incluido, a modo de aviso a navegantes (¡y qué razón tenía…!), al que ese tipo de cine no estaba acostumbrado…

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Aprovechando que el Mississippi pasa por Valladolid, dejo constancia de que nunca me he sentido completamente a gusto con los musicales Minnelli; si acaso con “Melodías de Broadway 1955”, y ello gracias a la presencia Charisse & Astaire. “Un Americano en París”, y lo siento por Gene Kelly, me resulta incluso hortera…

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SHOW GIRLS (Paul Verhoeven, 1995)

Más delicias Verhoeven, esta vez  situadas en el backstage del mundo del espectáculo (con acentuación llana también vale) de Las Vegas, esa flor del desierto con pestazo mafioso a mierda de coyote.

Desmadre al canto, postre de la casa, para dar y tomar por donde quepa. Lucha libre de corrupias en celo- Elizabeth Berkley versus Gina Gershon-, a la cual menos casta y más Susana, con Kyle MacLachlan para tocar el pito, árbitro de la velada boxeadora. “Eva al Desnudo” resulta mucho más fina, desde luego, para qué vamos a engañarnos… Pero lo de P. V. aporta un no sé qué de “demasiado pal cuerpo” que convierte un título tan poco  valorado por la Crítica seria como el que nos ocupa, en una vergonzante y/o desvergonzada, encantadora peli de humor negro (obviando su misoginia galopante, cortadora de vientos cuando pasan por el puerto etc.).

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BAILAR EN LA OSCURIDAD (Lars Von Trier, 2000)

Ya quedó escrito por ahí arriba: eso es un musical para el siglo XXI y lo demás, pastillas del Dr. Andreu expectorantes…

Y además, ¿saben lo que les digo…? ¡Que nos quien lo bailado y lo cantado…!

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LA SOLEDAD DEL BAILADOR DE TANGOS

“El Último Tango en París” (1972) se considera una película “de escándalo”. Pero, entendámonos: no ya a nivel español (nuestra censura, en su momento, se limitó a prohibirla, como a tantas otras fundamentales de la Historia del Cine), sino en la “democrática” Europa de los 70.

En Italia, por ejemplo, no existe oficialmente: todos sus negativos han sido quemados, cual piruja cualquiera, por orden judicial, acusada de obscenidad; en el Reino Unido se estrenó con cortes; en los USA, donde había tenido un lanzamiento previo de campanillas, fue relegada a circuitos de segunda clase y prohibida en varios estados.

A nosotros, los españoles, nos tocaba la parte de escuchar pasivamente lo que el mundo decía de la cinta Bertolucci, menores de edad para poder juzgarla. Se dio el caso, A.M.G.D., de que la Administración se tornó beligerante en un asunto que, a primera vista, pues la película estaba prohibida, no le iba ni le venía: en un programa sabático de TVE, sacaron a Tony Leblanc, la personalidad intelectual más adecuada, por lo visto, a los ojos del Ente (su categoría como cómico popular viaja en otro tranvía; en todo caso, él solito se metió en el embolado) para juzgar virtudes y defectos de “El Último Tango”.

- A estas alturas, me salen con ésas...

– A estas alturas, me salen con ésas…

 El susodicho afirmó haber visto la película en el extranjero, añadiendo que la prohibición era muy justa y que los españoles éramos muy hombres y no nos interesaba ir al cine a ver el trasero de Marlon Brando… (Freud tendría mucho que  decir sobre tan brillante juicio crítico, puesto que el metraje del film supera las dos horas y el trasero de Brando permanece en pantalla durante breves segundos; y, sin embargo, es lo que más aparece grabado en el subconsciente del comentarista).

¿Por qué esta acusación generalizada de obscenidad contra una obra cuyos atrevimientos eróticos quedan en chascarrillos de ursulina si se los compara con las múltiples “Emanuelles” o cualquiera de esos subproductos clasificados “S”, en boga por entonces…? De hecho, cuando el “Tango” se estrenó en Madrid el año pasado, los estupradores de películas (esos espectadores que acuden al cine no a “ver” una cinta, sino a hacer el amor propio con ella) protestaban enérgicamente a la salida de la proyección, manifestando (fuimos testigos del caso) que lo de Bertolucci “no tenía nada”. ¿Por qué entonces esta “operación obscenidad” que lleva a ciertos espectadores a sentirse timados, defraudados…?

Por desgracia, una larga lista de filmes podrían unirse a éste, víctima de la misma táctica.

¡No os mováis, que enseguida volvemos...!

¡No os mováis, que enseguida volvemos…!

El “Saló” de Pasolini vendría siendo el ejemplo más reciente. Para llegar al meollo de la cuestión de estas campañas sabiamente orquestadas cuyo objetivo reside en enfrentar a una determinada cinta con el público, fijándonos en el caso del “El Último Tango en París”, valdría la pena detenerse en la personalidad de su director, Bernardo Bertolucci, que, junto con Ferrari, supone el definitivo relevo para los grandes cineastas italianos nacidos del Neorrealismo (Viconti, Fellini, Antonioni, Pasolini etc.) Desde “Prima della Rivoluzione” (1964) hasta “Novecento (1976), pasando por “La Estrategia de la Araña”  y “El Conformista”, ambas realizadas en 1970, su filmografía, no demasiado extensa pero intensa de sobra (y, a veces, en exceso), intenta un acercamiento a la realidad italiana, analizándola en profundidad: desde el retrato del joven burgués que aspira a salirse de su clase y se apunta a las soluciones izquierdistas, para finalizar viaje regresando a su punto de origen, en el caso de “Antes de la Revolución”, al estudio, a partir de “Il Inconformista”, la novela de Moravia, de la personalidad de un agitador fascista. En cuanto a “Strategia  del Ragno”, basada en un cuento de Jorge Luis Borges, estaba destinada, de antemano, a provocar las iras de los comunistas italianos, dado su punto de partida: la desmitificación de la figura de un “héroe oficial”, cuya traición al Partido es cuidadosamente ocultada por sus propios compañeros, para no provocar “conflictos mentales” en las bases.

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“Novecento”, made in 76, cuatro años después de “Ultimo Tango a Parigi”, superproducción europea filmada con capital USA, protagonizada por Burt Lancaster, Robert DeNiro y Gerad Depardieu, nace con vocación de epopeya popular y supone un reencuentro a medias con el PCI; víctima de su propia desmesura, acabó por despertar no pocas sospechas de maniqueísmo, sobre todo a partir del personaje interpretado por Donald Shutherland, desaforado fascista con cuernos y rabo, por mucho Verdi que le echemos al asunto.

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Cuando suena la hora de “El Último Tango en París”, el desencanto de Bertolucci parece ser total. Sería el equivalente a “Blow Up” (1966) en la carrera de Antonioni, basada en un relato de Julio Cortazar, rebautizada en España como “Deseo en una Mañana de Verano” y estrenada con notable retraso tras su prohibición, también por su “obscenidad”;  o “El Inocente”, obra póstuma de Luchino Visconti, a partir de la novela de Gabriele d´Annunzio.

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 De hecho, “El Tango Bertolucci” guarda muchos puntos de coincidencia con “El Extranjero” de Camus;  velahí el fulgor y muerte de un  hombre en soledad, atrapado por una sociedad cuyos mecanismos no conoce, condenado a la incapacidad del autoengaño salvador; pero impotente también para cambiarla: él es l´entranger vagando, desesperado,  en un París sin Torre Eiffel y sin Campos Elíseos. Su mujer se ha suicidado, sin dejar una nota de despedida. Él nos pregunta, desde la pantalla, si, de verdad, ignoramos los motivos por los cuales uno se despierta una mañana con la decisión tomada de borrarse del mapa. Cuando intenta comunicar su angustia a otra persona, derribando todos los convencionalismos y todos los tabúes, enseguida será localizado y destruido por el Orden Establecido. Su pareja, aquella joven que se sentía contantemente “violada” en su personalidad por su novio, ha recibido de éste una proposición formal de matrimonio. El tanguista- que la vida es un tango-, debe morir, y será asesinado por esa maldita estupidez de todos los demonios donde nos hallamos inmersos, mal que peor sobreviviendo a base de un régimen estricto  “Hostias, Pedrín”, de comunión diaria.

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Si nos hubiesen advertido de que se trataba de una de las películas más demoledoras y angustiadas de la década- legítima heredera de “Le Feu Follet” (“El Fuego Fatuo”, 1963, de Louis Malle), perteneciente a la década anterior, “los felices 60”), no hubiesen exagerado un pelo.

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Pero, ¿fue la sodomización con mantequilla lo que provocó el escándalo del Establishment o el ataque contra la función represora de la institución familiar que Brando pronuncia mientras la realiza? A partir de aquí, todo el affaire queda clarificado: la familia burguesa se defiende, dentro y fuera de las salas cinematográficas, de los atentados dirigidos contra el mismo centro de su propia “película”, donde ganan los buenos y los malos- perdedores por antonomasia- siempre acaban ejemplarmente castigados.

Nadie podrá acusar a la cosecha Bertolucci del 72 de panfletaria u oportunista. Sin embargo, su pesimismo radical, su asco por la vida que nos dejan, representa un factor “desestabilizante” para las afortunadas hormiguitas de las sociedades opulentas.

La contrajugada del Poder es maestra: mediante masivas campañas en los medios de comunicación a su servicio, se etiqueta una película política (recuérdese el “Caso “Saló”) de pornográfica,  recurso tan viejo como las “pruebas” aportadas en el juicio de Juana de Arco. Y entonces, las “masas”, con sus caudillos estratégicamente situados al frente del gentío- véase “Furia” (1936), de Fritz Lang-, se apresuran a exigir justicia. Y el Poder, que para eso está, se da más prisa todavía en quemar a la bruja en su hoguera.

“Furia” (1936)

(Publicado en La Voz de Galicia, verano 1978)

[“El Último Tango en París”, película maldita donde las haya, es hoy, 2017, considerada un clásico, una obra maestra absoluta.]

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