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“LOS QUE NO PERDONAN” (1960), DE JOHN HUSTON

Primera parte: Antes de su Revisión en 2018

Suelo meterme donde no me llaman (un “culo de saco”, lo llaman los ingleses), intentando contestar a la impertinencia interrogativa sobre a quién quiere uno más para su isla desierta, con respuesta binaria reducida al absurdo de una cantante calva encinta, sentada en una silla, esperando a Godotis…¡Con lo fácil que resulta montarse un triángulo amoroso, camarada Tovarich…!

Ilustro con cuatro ejemplos deleitosos:

  • Gabriel Borges o Jorge Luis García Márquez

  • Raymond Hammet o Dashiell Chandler.

  • Pier Paolo Visconti o Luchino Pasolini.

  • Emilio Verne o Julio Salgari…

No menos intrincada la decisión de elegir tu San Juan a estas alturas, para saltar su hoguera… ¿John Huston o John Ford…? Según se mire en tu noche de los cristales rotos… Estoy por apostar que me engaño a mí mismo: siempre que me decanto por el autor de “Cayo Largo”, pienso en “Las Uvas de la Ira” (1940)  o “¡Qué Verde era mi Valle!” (1941), descubiertas de forma harto tardía, vía TV- con todo el lastre que eso conlleva-, y me cambio de bando…; pero, enseguida, me pide el corazón de la meninge “La Reina de África” (1951), y vuelvo a mudarme de chaqueta.

 

Hay directores cuya filmografía superviviente llega a conformarse con un único título de culto personal -Max Ophüls y “Lola Montes”-el desenlace más demoledor de la Historia del Cine- (1955), Andrzej Zulawski y “Lo Importante es Amar” (1975), Giuseppe de Santis y “Arroz Amargo” (1949)-; y luego están los inagotables en cuanto a masterpieces absolutas se refiere, entre los cuales, desde luego, Huston & Ford ocuparían los puestos de cabeza.

Nunca me he cansado de repetir que tres eran tres mis directores consentidos de toda la vida: Buñuel, Fellini, Hitchcock, citados por riguroso orden alfabético. Conste en acta, siempre he intentado la cuadratura del rectángulo, tratando de encajar a J. H. en tan inexpugnable triunvirato. Méritos no le faltan para ello. Velahí un pequeño listado de joyas coronarias favoritas, encofradas por décadas a cual más prodigiosa, en una carrera que abarca desde 1941 hasta 1987, desde “El Halcón Maltés” hasta “Dublineses” (“Los Muertos”, en VO).

1941. Esa de ahí abajo a la derecha es Brigid O´Shaughnessy. La van a soñar…

 

1951
H. B..- Nada, que nos vuelven a sacar, reina mía…
K. H..- Júrame que me prefieres a tu barca…

 

1961
La soledad era eso…

1972
Y el fracaso, esto otro…

 

1984
Un octogenario Huston, emprendiéndola con la novela de Malcolm Lowry… ¡Ah, la sangre irlandesa…! ¿O es que estaba borracho, cuando firmó el contrato…?

La verdad es que se han quedado en el camino un montón de  tesoros escondidos: “El Ídem de Sierra Madre”, “La Jungla de Asfalto”, “Paseo por el Amor y la Muerte”, “El Juez de la Horca”, “El Hombre que pudo Reinar”…

En la papelera de spam (todas las grandes filmografías esconden una debajo de la cama), se situaría- díjolo Blasillo- un único título, lo cual dice mucho en honor del director de “El Honor de los Prizzi”(1985). Casi ni me atrevo a mencionarlo… Allá va: “Fobia” (1980), una especie de telefilm de suspense, protagonizado por el por entonces muy popular Paul Michael Glasser, gracias a la serie televisiva “Starsky y Hutch”, cuyo indudable parentesco travestido con “La Verbena de la Paloma”, zarzuela de Tomás Bretón, dejo a la perspicacia de los lectores- y dudo que los haya-, de sesenta para arriba y barriga mojada.

Los susodichos S&H

***

De siempre, había considerado “Los Que No Perdonan”, made in 1960,  un western brillantísimo por los cuatro costados; pero, también, una inquietante historia de góticos fantasmas, hijos de la tormenta del desierto, ya sea a nivel mental o a nivel climatológico.

-Mucho antes del Jinete Pálido, ya andaba yo por estos lares, pegando sustos a la gente…

Un bautismo made in Spain sin desperdicio…”The Unforgiven”, “los no perdonados”, cambia de voz su participio pasivo y se convierte en “los que no perdonan”, aunque no creo que con tanta trastienda, aviso a navegantes,  como cuando “Judgment at Nuremberg” (Stanley Kramer, 1960) pasó a titularse entre nosotros “Vencedores o Vencidos”.

Hacía demasiados años que no volvía a verla. Cuando aprietas el play en estos casos, siempre temes, a lo Virginia Lobo, no ser ya capaz de disfrutarla o, todavía peor, no haber acertado, a la hora de valorarla tan positivamente en su momento.

Para acabarla de liar, un nuevo “¿tú, a quién quieres más?” te pisa los juanetes: ¿la de Huston u “Horizontes de Grandeza” (William Wyler, 1958)? En el poster de ahí abajo, se plantea todo un desafío, por cierto: “no se podrá hacer nada más grande”, con tres admiraciones de refuerzo. Observando las fechas de ambas pelis, no sería de extrañar que el viejo querido John se lo hubiese tomado a lo Pat Garret, dispuesto a cargarse a Billy, el Niño, por mojarle la oreja.

 

En mis apolillados ficheros cerebrales, “Los que no perdonan” aportaba desalentadoras noticias relacionadas con la intervención de la productora en el resultado final de la película en cuanto a metraje; pero, sobre todo, por motivos ideológicos. Al parecer, el planteamiento hustoniano de una historia de racismo, con los indios Kiowas como víctimas/verdugos -el resbaladizo argumento recurrente de “en ambos bandos se cometieron atrocidades”- resultaba demasiado osado para la época-principio de los 60-.

Quien paga, manda: el desarrollo de algunos personajes- especiamente el del indio Johnny Portugal, interpretado por John Saxon- terminó en las bolsas de basura de la sala de montaje. Tan grande debió de ser el estropicio que Huston nunca llegó a aceptar el resultado final de la que consideraba la menos satisfactoria de sus películas, de lo cual me permito disentir ampliamente: se trata de un relato cinematográfico lleno de brío en su ritmo, fotografiado con idéntica maestría tanto los planos generales como en los primeros planos, primorosamente dialogado, con un Dimitri Tiomkin particularmente inspirado a cargo de la banda sonora, oficiado por unos cómicos con mucho oficio a sus espaldas, sobre todo esa Lilliam Gish que ya había protagonizado “El Nacimiento de una Nación” de Griffith” (1915).

Segunda Parte: Después de la Revisión

De haber sido estrenada en 2018, el desenlace de “The Unforgiven” podría llegar a sorprender-cuando no escandalizar- a más de uno, entre los cuales, por supuesto, me  incluyo.

Sin que ello sirva de consuelo, faltaban todavía ocho  años para que Ford filmara su mea culpa, “Cheyenne Autumn”, titulada en España “El Gran Combate”.

No, nunca, jamás, tampoco- y pueden añadir cualesquiera otros adverbios negativos que recuerden-Mr. Ford, con productores hi de puta tocándote criadillas o sin ellos, se hubiese prestado a convertir el bíblico juicio salomónico en un sui generis círculo de tiza caucasiano como punto y final supuestamente positivo, con pajaritos volando hacia tiempos mejores incluidos.

***

Debo de estar chocheado mal y a rastro. Se me ha metido en la cabeza que ya nunca podré acercarme a la filmografía Huston sin acordarme de Rachel Zachary, india kiowa en origen, y su marca de Caín sobre la frente. Pasado medio siglo de su nacimiento fílmico, hoy, un personaje como el suyo sería juzgado, a buen seguro, bajo una perspectiva bastante diferente. Las salas donde se proyectase “The Unforgiven” no tardarían en verse rodeadas de airados manifestantes pancarteros montándole un escrache: “Tod@s somos pieles rojas”…

Me temo mucho- y es porque me conozco- que mi admiración por Huston haya quedado tocada para siempre. En todo caso, me reservaría, en secreto, un pequeño muestrario de su Arte: “La Reina de África”, “El Juez de la Horca” y “Fat City”. Todo aquel bagaje suyo de adaliz de la aventura bigger than life, de cruzado de la causa perdedora, del vitalismo a prueba de desastres naturales y/o artificiales… se había derrumbado, de pronto, ante mis ojos.

Más malo que la peste bubónica, cuando siento flaquear mi desafecto, echo mano de algunos de los títulos donde participó como actor, por ganar el pan con el sudor de su coherencia interna:

Se han visto casos peores, qué quieren que les cuente… Recuerdo, de teenager cineclubista atorrijado, haber corrido a ver “Los Tártaros” de Richard Torpe (la hache la reservamos para sus sabias epopeyas medievales) y Ferdinando Baldi, protagonizada por el director de “Ciudadano Kane”, en espera de descubrir una nueva obra maestra… Por una vez, voy a ilustrarla con dos afiches diferentes; el primero, porque me encanta su literatura escandalosa; el segundo, por jugar un poco a parecidos razonables de Orson Welles y el actual protagonista de “Pasa Palabra”.

A todo a quien gane, sin embargo… ¿Quién se iba a esperar la presencia de la egregia María Casares en un “softcore” sadomaso italiano, titulado “La Novicia Musulmana”(Gianfranco Mingozzi, 1974), en amor y compañía de una Bolkan que había empezado con Visconti…?

F. B. .- Yo pensé, reverenda madre, que se trataba de una nueva versión de “Diálogo de Carmelitas”, ¿sabe usted…?
M. C. .- Y yo, de “Canción de Cuna”, ¿no te j…?

***

Debo reconocer que, durante un instante, pensé en correr a refugiarme en brazos de lo seguro- el “run for cover” que recomendaba Hitchcock-… Huston ha muerto, ¡viva Ford y quien lo trujo al mundo! Ojalá fuera tan fácil como eso… Con sangre irlandesa hemos topado. Ford, el pirata; Huston, enfrente,  improvisa una airosa peineta a todo dedo, poniendo cara de Vicente Araguas…

Anda y que me ondulen con la permanent… Juego revuelto: me quedo con William Wyler y sus melodramas Bette Davis, ¿pasa algo…?

 

W. W. .- …Y, además, soy el único que luce pajarita…

FIN

 

B. D. .- No podéis vivir sin mí….

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Quizás, soñar….

QUIZÁS SOÑAR…

…Debo de haberme olvidado

de cómo se apaga el alba.

No basta cerrar los ojos

por soñar que no soñabas…

Permanecerás insomne,

de centinela, en tu cama,

enemigo de la luz,

que te aleja de la calma,

trayendo olvido en su pico

cada funesta mañana…

Desalmado amanecer

deja la noche encerrada:

siete llaves de recuerdos,

 siete candados en llamas…

Lo que no ha podido ser

tiene las horas contadas.

Sobre tu pecho desnudo,

cubierto de arena blanca,

un índice acusador

 va dibujando pisadas,

camino a ninguna parte,

en busca de la esperanza.

Han tocado ya a silencio…

 Los colmillos de la almohada,

perros furiosos de sed,

se ensañan con tu garganta.

Cuervos gritan “nunca más”

y las alondras se espantan…

Los cantos del ruiseñor

ni se escuchan ni se apagan,

resonando en tus oídos

entre torvas amenazas…

“En el sueño de la muerte,

la respuesta que esperabas

gira sus aspas en cruz,

 ruleta desenfrenada.

Te estás haciendo pequeño

 y tu sombra se agiganta.

Lo que no ha podido ser,

jamás lo será mañana…”

¿Volveré a soñar que sueño

que me buscan y me abrazan… ?

La luz, al final del túnel,

permanece iluminada…

 

Sigfrido y el Dragón

SIGFRIDO Y EL DRAGÓN

-Pienso bañarme en sangre fresca a costa tuya. Toma nota y no trates de evitarlo. Más vale que lo sepas desde ahora… -anunciaba Sigfrido, en plan asilvestrado, que es lo suyo.

– No sé por qué te empeñas en tanto gori-gori…- respondióle el Dragón, conciliador -Cuenta hasta diez y luego habla conmigo. Acuérdate de lo sucedido con Aquiles, el de los Pies Ligeros, cuando Tetis, su madre, lo sumergió en la laguna Estigia por hacerlo invulnerable a las heridas de los hombres… Y menos mal que no lo agarró por el escroto… Ven, acércate a mí. Démonos un abrazo de cordial bienvenida a esta mi cueva…

-A un reptil verdoso, alimurciélago, apestado de aliento como tú, convendría dejar correr el aire entre nosotros- obtuvo por respuesta desabrida- Procura despedirte de lo tuyo, o, por Wotan, que habrá calva ocasión de lamentarlo…

-Mi nombre es Fafner y mi oficio seguro lo conoces: único segureta en el brezal de Gnita, encargado, por más señas, de la caja fuerte nibelunga visible a mis espaldas. Espero que me consideres presentado en tiempo y forma a tu rancio abolengo, a tu alta alcurnia, joven de noble cuna. Si tanto te preocupan mis orígenes, estoy en condiciones de afirmar que algún que otro cronista de renombre ha llegado a afirmarnos descendientes de los extintos dinosaurios. Por desgracia o por suerte, cuando me despierto con el gallo, ellos no están aquí para crecerse y/o multiplicarse a costa mía. Sólo busco amistad, por otra parte… Siglos y siglos, con sus días y sus noches, iguales a sí mismas y a cualesquiera otras, a la espera de enemigo invisible en lontananza, acaban por generar aburrimiento… He leído a Kafka, a Max Frisch y a Buzzati… Ciertamente, no me han servido de consuelo hasta la fecha…

-Apenas me interesan tus donosos escrutinios memorísticos… Debes morir para que pueda convertirme en inmortal: son designios de saga. La espada de mi padre servirá para el caso. Yo y el herrero Regin la hemos vuelto a forjar a golpe de martillo. Pinchazo hondo y estocada en lo alto darán tu soledad por terminada.

-¡Cuán poco demuestras tú, joven Sigfrido, conocer el vade cum me de las soledades fricativas, ya sordas, ya sonoras…! El pecho se te puebla de ecos rumorosos; alguien te está llamando…pero, ¿dónde…? ¿Dónde buscar en medio del vacío…? La presencia se aleja. La esperanza funesta, una negra marea, ha estado acariciando cada latido tuyo… Ya no está… Y has de extender tus garras y desgarrar silencios a golpe de bramidos lastimeros, en señal de llamada, un agotado faro parpadeando, intermitente, entre la niebla… Fue entonces cuando apareciste tú, admirable y tangible, anunciando mi fin y mi principio… ¿Debiera un solitario como yo asustarse ante la llegada de una muerte tan dulce que me brinda su torva carantoña desdentada…? Porque no te equivoques, te lo paso a explicar humildemente. Si algo desean mis ansias es ponerme a cantar las heroicas gestas nibelungas, durante el deleitoso sacrificio, mostrando de tal guisa mi alegría… Criado en estas selvas lujuriosas, seguro no has llegado a conocer el famoso relato wilderiano titulado “El Ruiseñor y la Rosa”, ¿o me equivoco…? La cánora avecilla aprieta el corazón contra la espina, cantándole a la Luna, por lograr el amor del estudiante, a través de la más roja de las rosas…

Sigfrido, puesto en jarras de cerveza, se había venido arriba, de repente.

-Que me place. Mientras me afano en traspasar, a golpe de mandoble, tus escamas pectorales por la margen izquierda, a la busca y captura de ventrículos cordiales, tú vas y me amenizas tan sangrienta tarea con un épico lieder made in Germany… ¿Qué verdugo no se consideraría un afortunado…? Y, sin embargo, impaciente como estoy por alcanzar la meta balnearia hemoglobínica, me gustaría satisfacer unas curiosidades que me han asaltado en el transcurso de este viaje al país de los dragones con trastienda… Vaya por delante que Sigfrido, un servidor, se ha hecho afeitar la lengua a navajazos para soltar las verdades de Caronte al más pintado, mejorando lo presente. Yendo al grano en el culo: vas a explicarme por qué acera pasea tanta prosopopeya lírica y tanto gay trinar, perdiendo aceite de ricino por los cuatro costados en idénticas proporciones con que arrojas fuego fatuo por las fauces bubónicas… Bueno sería cotejar tu pasaporte: ¿dragón chino, dragón del País de Gales, drac catalán o dragón de Komodo…? ¿Qué dato en cuanto a género se aporta…? A ver si vas a resultar una lagarta…

El Dragón adoptó un tono entre neutro y compasivo cuando dijo:

– Criado a lo Tarzán por estas selvas, al cuidado de un herrero codicioso, tu condición gañana y tu rústico acento merecerían, cuando menos, sacrificado esfuerzo por llegar a comprender las actitudes y aptitudes tuyas; lozano de cintura, incuestionable; pero no lo suficientemente preparado, según los cánones de la vida moderna. Tu divina apostura no logra mitigar los obscenos sofismas salidos de tu boca. Careces de modales; hablo de hechos probados. Puede que, hasta incluso, resultes atractivo a algunas hembras poco avisadas de tu especie: cabellera leonada de empavonados bucles de color oro viejo; pupilas bien centradas y celestes; fornido pero bien proporcionado… El Gran Dios Thor, Aquél que Filosofa a Martillazos, se olvidó de bendecir gentilezas de espíritu en tu mente cateta. No vas a hacer carrera, si a la política piensas dedicarte y llegar a ser rey como lo fue tu padre, el noble Sigmund. De aspirar a corona mediante matrimonial braguetazo germanófilo, harías bien en cuidarte de los idus de Krimilda y Brunilda, cuñadísima: dos eran cuatro y ninguna era buena. En cuanto a baños, te recomienda éste que lo es, limpio de cuerpo y alma, una doble sesión en sauna finlandesa y unos azotes con la vara de fresno en los ijares y donde más hubiere menester por otras partes. Hueles que apestas, y no es pasión de madre.

Sigfrido.- ¿No podrías dormir en camisón como hace todo el mundo…?
Krimilda.- ¿Y tú, no podrías usar desodorante…?

Sigfrido nunca soltaba presa, una vez agarrada entre colmillos. Y siguió con su tema amanerado:

-Aún no me has despejado tu cuestión palpitante: si cargas o no cargas en pernera. Lo expresaré más claro… A la hora de las justas galantes cuerpo a cuerpo, bajo dosel de estrellas o en perfumado lecho bizantino, ¿te desvistes desde arriba o desde abajo…?

-Una hermosa amistad no precisa de tales miramientos… A la amistad siempre se va desnudo, con los ojos cerrados… Sea la tabla redonda o sea cuadrada, un compañero es compañero es compañero; por él has de poner mano en el fuego, allá donde sus soles más calientan…

Sigfrido lo dejó por imposible. Empezaba a dolerle su poderoso brazo bajo el peso inclemente de la espada paterna.

-Vamos a lo que vamos… – resolvió, expeditivo- Voy a entrar a matar por la suerte contraria. Junta las patas y agacha la cabeza. Ah, por cierto, ¿tú rezas, tú no rezas…? Date prisa, no tenemos todo el día…

-Quiero que me prometas una cosa, antes de proceder a eucaristiarme… -le suplicó el Dragón, derrochando esa dulzura un tanto empalagosa de los mejores mártires agnósticos- No le temo al suplicio tanto como al olvido de los hombres… Fundarás una biblioteca con mi nombre, a la cual pienso aportar algunos títulos, para empezar sumando. Son éstos los más gratos al corazón que vas a destrozar de aquí a un instante:

Sigfrido, a caballo de su moto colérica, galopó y corto el viento caminito de desahogar  cuarto y mitad de su rabia acumulada.

– Aquel maldito herrero Regin a quien confundan todas las presencias infernales, no tuvo a bien instruirme en nada que no fuera terminar contigo y empaparme en tu sangre pupurada. Desconozco las artes de lectura; lo de escribir me resulta tan arcano como el porqué de no haberte dado matarile todavía. Procedo a desnudarme y enseguida nos metemos en faena…

– No te desnudes todavía, espera un poco más y atiende a mi proposición no deshonesta: podría enseñarte ambas sabidurías antes de lo que piensas…- le propuso el Dragón, por si caía esa breva.

La magnificencia “a poil”, que dicen los franceses, de aquel Mirón nacido entre zarzales y rastrojos, produjo en su candidato a educador un ambiguo sentimiento voyeurista, equidistante del pudor y del deseo.

-Era sabido: en llegando el momento, hasta el más pintado se caga pata arriba, sea dragón rampante o simple sabandija solenácea… -opinó nuestro Sigfrido I, el Prepotente.

-Antecedentes literarios haylos, y gloriosos…- se apresuró el Dragón a matizar tan perentorias descalificaciones- Ahí tienes a Desdémona, en su lecho de muerte, suplicando a su Otelo siquiera una hora más y, a mayores, permiso para vivir hasta mañana…

-Otelo, no sé yo; servidor tiene prisa por alcanzar estatus inmortal por ver cómo se nota eso por dentro. Fantasioso que es uno, he decidido mudar el baño por una buena ducha vespertina. Vamos, ponte a cantar o harás que me impaciente por las malas…

-Pero, ¿y mis libros…? Mi biblioteca draconiana de incunables… ¿Qué piensas hacer con ellos…?

-Esto que vas a ver, pajarona escamosa…

Y la emprendió con ellos a certeros mandobles otoñales… Y no quedó ninguno, como los diez negritos…

-Y ahora, a la ducha se ha dicho… ¿Te has quedado mudo, estúpido reptil “quiero y no puedo”? Cantaré yo, con mi timbrazo de barítono, unas estrofas apócrifas del Cantar del Nibelungo:

Sigfrido, Sigfrido,

Sigfrido es cojonudo:

¡como Sigfrido no hay niguno!

Ote, ote, ote,

¡maricón el que no bote…!

Los nibelungos somos la hostia,

¡Viva la madre que nos parió…!

Desde el Rhin hasta el Danubio,

vengo por toda la orilla,

con la lanza levantada,

luciendo mi artillería…

Ya a punto de expirar, advirtió nuestro Drago moribundo una envolvente brisa que agitaba al unísono las hojas caídas de los tilos y las páginas arrancadas a los libros, esparcidas por el suelo en derredor. Una de éstas últimas, pareció encontrar destino en la desnuda espalda de Sigfrido, cubierta de sudor por el esfuerzo de ser malo, y allí quedó, pegada y bien pegada, a ruegos del Destino, de tal manera que carne de Sigfrido y sangre de dragón, bajo velludo omóplato siniestro, no tendrían ocasiones de encontrarse.

Sonrió el Dragón, ya casi exagüe pero visiblemente satisfecho. La página del libro salvamuertes, pertenecía a otra de sus lecturas más queridas…

Y en ella, se leía lo siguiente:

ESCENA ÚLTIMA

Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuertes que nunca, crecen los relámpagos, y se oye cantar a lo lejos el Miserere a la comunidad, que se acerca lentamente.

VOZ DENTRO.- ¡Aquí, aquí! ¡Qué horror!

(DON ÁLVARO vuelve en sí y luego huye hacia la montaña. Sale el PADRE GUARDIÁN con la comunidad, que queda asombrada.

PADRE GUARDIÁN.-   ¡Dios mío!… ¡Sangre derramada!.. ¡Cadáveres!… ¡La mujer penitente!

DON ÁLVARO.-   (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice.) Busca, imbécil, al padre Rafael… Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador… Huid, miserables.

TODOS.- ¡Jesús, Jesús!

DON ÁLVARO.- ¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!  (Sube a lo más alto del monte y se precipita)

FIN DE “DON ÁLVARO O LA FUERZA DEL SINO”, DE DON ÁNGEL SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS

***

Porque otra cosa no; pero a apocalíptico, al Dragón no le ganaba nadie…

– Sin amistad remix, mundo, demonio y carne carecen de urbi et orbi interesante… -parece ser que dijo, mientras sentía fluir a borbotones su propia sangre amontillada por barriles oblongos- Yo, en el fondo, me alegro. Y mis pajaritas también, a qué negarlo…

Quince jadeos y otros tantos estertores agónicos hubo de soportar hasta quedar dormido para siempre.

Soñó hallarse triscando alegremente por las verdes praderas, al otro lado de las puertas del Walhalla, cuyo libre acceso, por cierto, le sería denegado a Sigfrido años más tarde, tras su alevoso asesinato a manos de Gutorm, hermano de Gunthar, esposo de Brunilda, cuñada de Krimilda, santa esosa suya, debido a sus penosos antecedentes penales: escándalo público por bañarse desnudo y exterminio de especies protegidas en peligro de extinción definitiva.

-Soñar, sin principio ni fin, en libertad… He aquí pues la victoria de la muerte… – susurró, amodorado- Calderón sólo tenía razón a medias…

 

                                                        FIN DE “SIGFRIDO Y EL DRAGÓN”

Sigfrido, poniendo cara de circunstancias, como si la cosa no fuera con él…