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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 1

WHO ES QUIÉN

Érase que se era, en el siglo pasado, allá por unos ochenta que habían pasado del Glorioso Movimiento Nacional a la no menos gloriosa Movida Madrileña con metástasis- tras un intento de golpe de estado y  otros casos no menos lamentables que recordar no quiero-, un joven provinciano dispuesto a redescubrirse a sí mismo, por ocupar, de prodigioso salto saltimbanqui, el más alto puesto en el más elevado de los pódiums posibles.

Para ello, mientras se ganaba su sopa de pollo con cebada ejerciendo de pasante en la oficina siniestra de un vetusto bufete de abogados y, Pisuerga vallisoletano de por medio, estudiaba Derecho por la UNED, comparecía como colaborador, de forma destacada y sin salario alguno, en la prensa local, publicando, con periodicidad semanal,  incendiarias cartas al director sobre lo divino de la muerte y lo fieramente humano de una vida vaciada, sobre todo cuando se camina, sin red y en solitario, por el lado oscuro de la calle.

Sus enemigos – numerosos y encarnizados a ambos lados del tablero envidioso- opinaban de él lo que Bardem del cine Español de los 50: se trataría -¡Qué más quisieran ellos…!- de un vigilante entre el centeno enemigo, a tener bajo control, aun partiendo de la base de que el sujeto en cuestión resultaba, a todas luces, “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo y físicamente raquítico”…

 Esto último, he de admitir, era lo que más me molestaba de un infame libelo, anónimo ma non troppo– lo había redactado Atilano Silvosa, poeta preciosista local, del que hablaremos en estas páginas, más tarde que temprano-, que recorría los más selectos mentideros de la villa podrida. Pura falacia, ea: mido, descalzo, un metro, sesenta y dos centímetros; y de atributos personales, añadiré para que quede claro, palmo más, palmo menos… Conste en acta a beneficio de inventario.

Como no pienso corregir el desliz del párrafo anterior, dejando al descubierto el “quién es quién” en la línea de salida, continúo con lo mío: dejar bien colocados puntos sobre las íes, caiga quien caiga de la burra Pichirila…

Héteme aquí que la aparición en la prensa dominical de una carta titulada “Tirar la Primera Piedra” había provocado una polémica de corto recorrido entre “mis” fieles lectores, sobre el destinatario final de los sapos y culebras del invento, un j´accuse equidistante entre los palos de ciego y las coplas de Juan Panadero, no obstante lo cual, llegó a ser objeto de denuncia ante el juzgado, interpuesta por una agrupación autodenominada “In Deo, Veritas”, acusándome de “gravísimas injurias al Pensamiento Cristiano”. Aunque dicha querella nunca fue admitida a trámite, armó el suficiente revuelo para que mi persona, si bien temporalmente, quedase convertida en  epicentro de interés en corrillos locales de amplio espectro. Confieso sin rubor el haber insinuado, en sucesivas colaboraciones periodísticas, el estar siendo objeto de todo tipo amenazas. Un tanto corrido, he de reconocer, sin embargo, que hasta llegué a sentirme un Jarrett al rojo vivo y en cuclillas, sobre cimas mundiales, cagándome en sus vivos y en sus muertos…

Mi madre, en cambio, y por no variar, se mostraba resabiada, de vuelta y media con respecto a las leyes de gravitación universal de su pequeño mundo:

-Fermincito, hijo, no te metas en líos… Tú sigue así y ya verás lo que consigues al final: palos y mala vida… Como, además, para ti cuenta más lo bebido que lo comido, raro sería no fueses a acabar igual, igualito que tu padre…

Viuda, vía infarto de miocardio, antes de mi uso de razón, regentaba una pequeña mercería en los barrios altos y estaba siempre al tanto de la vox populi en la antena del momento. Su principal temor en los últimos años, por mucho que no llegase a mencionarlo, era verse perjudicada por mi fama: su poco o nada distinguida clientela se encargaba de calentarle los bigudíes que solía colocarse en su calva cabeza.

No recuerdo a mi padre; mi madre, al parecer, tampoco. Ni una sola fotografía suya, convenientemente enmarcada, se erigía en su mesilla de noche y, menos aún, en la repisa de la chimenea, en la sala de estar, aunque esto se deba, es muy probable, a que no somos británicos (mientras no nos devuelvan el peñón): una estufa de butano y va que arde, para la temporada otoño-invierno, servía de sobra, vista nuestra economía más/menos que mermada, como Sol que más brilla y más calienta…

Hubo una vez un álbum de retratos, si mis recuerdos de infancia son fiables. Lleva desaparecido desde siempre. Cuando lo reclamé, de adolescente, en el contexto de una rencorosa “operación nostalgia” que buscaba dejar el despego de la autora de mis días en evidencia, recibí una respuesta contundente:

-No lo necesitas para nada. Basta con que te mires al espejo…

Hasta no hace tanto, estaba convencido de que mi madre había elegido una fidelidad post mortem como regla de vida. Que yo supiese, y debería saberlo, ningún varón, entre los que me incluyo, había vuelto a interesarle sexualmente. Por lo visto, su abstinencia total corría en paralelo con la mía. Ítem más, nadie que no sea Lee Earle Ellroy se imagina a su madre masturbándose; y si yo recurría, de comunión diaria, al onanismo, era por liberarme de unos fantasmas que ella y yo no teníamos por qué compartir bajo ningún supuesto.

Aquel odio inspirado por los hombres a la ciudadana Adela Freire tendría mucho que ver con su vida al lado de mi padre. Como hipótesis de trabajo, tal sentimiento, todavía hoy, me hubiese parecido aceptable, a no ser por… vamos a llamarlas “contradicciones internas”, en su supuestamente intachable hoja de servicios.

Yo la amaba; pero también Norman Bates creía amar a su madre, ¿no es cierto…?

No se pierdan lo que tuvo a bien argumentar en mi contra aquella alumna aventajada de una reina Gertrudis de andar en chaclas por piso de alquiler, en lugar del castillo de Elsinor, en el transcurso de una de nuestras numerosas e interminables discusiones que había traído consigo mi mayoría solo de edad, nada que ver con dignidades o gobiernos:

-¡Si por lo menos hubieses sido una niña, se podría hablar contigo de forma razonable…!

Eso fue lo que dijo Cruella de Todos los Demonios, dando por terminada la pendencia, tras lo cual se encerró en su habitación para llorar, por lo cual me vi obligado a prepararme yo mismo la cena.

En otro orden de cosas, no creo parecerme a mi padre, ni poco ni mucho, en cuanto a aspecto exterior; sus niveles mentales no me ha sido dado el conocerlos. La mercería “El Encanto de Mujer” había pertenecido a su familia, oriunda de Tánger- la tía solterona que todos tienen y de la que yo siempre he carecido, se la había dejado en herencia, aunque poco tuvo ocasión de disfrutarla; antes de eso, según creo recordar, se había dedicado… a la taxidermia a domicilio (léase cazadores y amantes compulsivos de mascotas) y a encerrar grandes veleros en botellas vacías, disciplinas ambas aprendidas de su padre, el abuelo Baltasar, si no moro del todo, aficionado a chilabas y turbantes, cuya temprana muerte a causa de unas tifoideas mal curadas dio como resultado el regreso de la cabila  Monzón a la metrópoli.

Y no me duelen prendas cuando afirmo, categórico, que temía más les larmes de ma mére que cualquier citación para comparecer en el juzgado.

Procuraba consolarme en otros brazos y, puesto que mis amigos del alma no se hallaban disponibles, eufemísticamente hablando, al no estar siquiera probada su existencia, recurría a la renombrada aquí y ahora Evangelina Prego, bibliotecaria municipal adjunta en periodo de prueba, siempre dispuesta a escuchar, circunspecta, mis pesares y a pagarme un chocolate espeso con tostadas que pudiere servirme de consuelo. A nivel inconsciente, la metáfora resultaba tan soez como ladina: enseguida me di por enterado…

-Intenta comprenderla… – me decía, refiriéndose a mamá – Se ha pasado la vida luchando ella solita, pobrecilla, por sacaros adelante a ti y a su negocio, vuestra única fuente de sustento… Cualquier sanción gubernativa que llegase a caerte, es muy probable, acabase por labraros la ruina…

-…Y tú vas y te pones de su parte…- replicaba el galo moribundo, quien, por vengarse de los agravios recibidos, recuncaba tazón de “a la francesa”.

Por si a alguien le interesa, informaré, sucinto, acerca de nuestra fallida love story, “Eva, Fermín y el Paraíso Perdido”, aquí te pillo, aquí me muero, que abarca el siguiente diálogo escabroso:

-¿No te parece que, entre tú y yo, se echa de menos una aproximación física sin etiquetas o apriorismos…? Lo menciono, por lo que a mí me toca, sin ánimo alguno de forzar situaciones no deseadas, en un intento de explorar, adultos consentidores ambos, nuestras posibilidades de acabar en la cama los dos juntos, yo más tú, y emprenderla con el rezo el rosario de las siete auroras boreales, mientras cante el ruiseñor y no la alondra…

-¿Tú, de qué vas, muchacho…?

Se pasó una semana sin dirigirme el verbo. Acostumbrado como estaba con las féminas a padecer en silencio este tipo de desplantes, lo dejé correr, en espera de ocasiones mejores. Ya veríamos, cuando apretara la canina rabiosa…

[Puede que un servidor se hubiese convertido, a la sazón propia y desazón ajena, en un trípode humano libidinoso y libertino, en espera de chance, circunstancia vital no tan de lamentar como el verse obligado a caminar por el mundo sobre una única pierna real y verdadera… Nuestra  Darling Eve sabe de sobra que no miento… Aunque no se lo dije – caballero a mi pesar, que no se lo merece -, siempre la he considerado una privilegiada; gracias a la ortopedia y su actual sofisticación a pasos de gigante, se acabaron, nunc et semper,  las renqueantes faenas de muleta…  De no fijarte mucho, apenas si se nota que no es suya la prótesis, vosotros me entendéis… ¡Y hay que ver la dignidad con que lo lleva…!]

Cuento todo esto para poneros en situación de calibrar, con suficientes datos, unos acontecimientos a punto de iniciarse. Yo era eso que, en boceto, viene siendo reflejado a grandes rasgos: un hi de puta de toma pan y mojama correosa; un devorador de mundos imposibles, de demonios y diablesas familiares y de carnes adobadas con esmero (a ser posible al dente), con un “trágala, perro” bordado con esparto en mi bandera de combate amañado, blasón y ornato sobre su desconchado escudo innobiliario…

El pistoletazo de salida de esta verdadera historia apareció en forma de carta certificada, con acuse de recibo, llegada a mi domicilio, con un remite en letra gótica a nombre de Víctor Monteagudo Maspalomas, Asesor de Presidencia, cuyo contenido, a comprobar en el capítulo siguiente, ni perdicio tenía, ni desperdicio…

Después de la Fecha) Juro sobre el Necronómicon del árabe loco Abdul Alhazaed que lo que he venido poniendo sobre blanco sería, en el peor de los casos, una verdad a medias. Nunca miento al doscientos por cien, de poder evitarlo.

Pasen y vean. Les aseguro que jamás se arrepentirán de haberlo hecho…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPITULO PRIMERO

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO

PRÓLOGO

Si me he decidido… ¡por fin…! , a culminar el antiguo proyecto de poner en orden los llamados “papeles Monteagudo”, no me mueven para ello otros vientos, estoy condición de aseguraros, que hacer “un poco de justicia” a persona y personaje de tan acusados perfiles públicos y privados.

A más de un cuarto de siglo de su muerte, nada parece impedir esta vuelta de tuerca a una cuestión que no ha dejado de palpitar en el corazón de mis propias  tinieblas, donde Víctor Monteagudo vivirá reinando por los siglos de los siglos, sin amén que nos valga, en el poco probable caso de que mi existencia terrenal llegase a prolongarse tanto, por inescrutables designios del Cielo o, más probablemente, del Infierno más temido adonde van los condenados de la Tierra.

Me equivoqué de bando y pagaré por ello. Nunca fui consciente de la ciénaga de arenas movedizas por la que estuve transitando (no con los ojos vendados sino ciego, hasta me atrevería a escribir “de nacimiento”), mientras duró aquella falsa ilusión de realidad, a la que mi ambición, o más bien mi quimera, había convertido en un Dorado/ Casa de Chocolate en el Bosque Encantado, al alcance de mis enfebrecidos sueños de idiota crónico y eterno adolescente.

Víctor Monteagudo sólo es culpable en parte de su veni, vidi, vinci intramuros y extramuros de mi mente; y de mi alma, por supuesto, si la hubiere. Yo fui aprendiz de brujo; él, mi maestro multidisciplinar, fascinante mezcla de Cagliostro, Maquiavelo y- que a punto estuvo (y yo lo reconozco) – un vampírico Barón de Münchhausen puesto al día.

Otrosí, le debo lo soy- lo que he sido…-, desde el punto y la hora de que su magisterio fue el encargado de abrirme los ojos y cerrarme la boca, justo hasta ahora, en que me dispongo a tomar la palabra y, retorciéndola, obtener de ella la noticia de un fraude, de un delito, de un crimen del que me hago, por la presente, único responsable en primer grado, con nocturnidad, alevosía y resto de agravantes que quieran añadirse al desafuero.

Aquí se ha venido a hablar del Monstruo encantador donde los haya; de la Bestia magnífica, la Serpiente que enrosca sus anillos alrededor del árbol de tu recta conciencia para el Bien, para el Mal; para lo abominable y lo ridículo…Rien ne va plus … Abofé, no me parece poco…

Le he suplicado a Evangelina Prego, vieja amiga joven, quien quizás conozca tanto como yo mismo las claves de esta compleja trama (mas solo en apariencia), que  me permita hacer uso de sus anotaciones y diarios, citando siempre fuentes y meandros.

Una última advertencia antes de adentrarse en la lectura de este texto: su coherencia externa va a verse sometida, a lo largo y ancho del relato, a la cambiante estética de un caleidoscopio, sujeto a mil y una variantes caprichosas. Lo que de Verdad pueda hallarse el lector en su aventura, dependerá, en buena medida, de su capacidad para imaginar quién o qué les vigila desde el otro lado del espejo cóncavo de la feria de sus vanidades. Errare humanum est sed perseverare diabolicum… Y si Séneca lo afirmaba con divinas palabras, no seré yo quien le lleve la contraria…

Velahí la cita valleinclana: “Las palabras latinas, con su temblor  enigmático y litúrgico, vuelan al cielo de los milagros”…

Ahora sí que sí: tres amenes a esto… Y todas las blasfemias que hagan falta…

Suyo afectísimo,

                                 Fermín Monzón.

 

MA NUIT CHEZ UTE LEMPER…

No es Dietrich, ni Piaf, ni Lotte Lenya (y abundo: ni pajolera falta que le hace). Ella es Lemper, Ute Lemper, para servir al dios pagano de sus muchos talentos y a un Público al que se dispone a devorar, desde el momento mismo rompe y rasga de comparecer en escena, sorteada de sus músicos – que aun siendo dos, parecen orquesta-, here and now en versión pelirroja y vestida de negro (véase cartel presidiendo el cotarro y aguárdese solución al acertijo), para, enseguida, ponerse en pose, pase, piso y aviso de una sinuosa anémona gorgona, en el transcurso de su parada nupcial, brazos en aspa, de mucha campanilla, a merced, ora de los vientos huracanados de su genio multidisciplinar, ya de la suave brisa de una feminidad con más peligro que la enlacada uña del pie izquierdo de la Dietrich…

Marlene Dietrich

Edith Piaf

Lotte Lenya

Ostras, tú… Apenas meado territorio con su lluvia dorada y su polvo de estrella rutilante, a bocajarro, pregunta a sus zángan@s recién estrenados- el Respetable – si nos entenderemos en inglés Escila o francés Caribdis. Se escuchan, bajito, bajito, vergonzantes, varias voces decantándose por la cuerda shakesperiana; la mitad menos uno de los anteriores, sotto voce, se animan a apuntarse al son gabacho, y un valiente, en franca minoría, se manifiesta gallego- parlante… La Divina, a lo suyo, nos anuncia que piensa emplear el francés, con subtítulos orales incluidos en idioma de Milton, durante las largas parrafadas introductorias de cada una de las piezas a cobrar, hasta alcanzar el Éxito. Tal como se pudo comprobar a lo largo de la representación, en español, sabe decir “buenas noches” (y “Antonio”; pero eso es otra historia…), con acento alemán de andar por casa ajena y de acostarse tarde.

Primera sorpresa fuera de programa: aunque en los carteles, repartidos downtown profusamente, se anunciaba, a bombo y a platillo, un espectáculo titulado “Last Tango in Berlin”, enseguida quedó claro que asistiríamos a  una especie de “menú degustación” de las muy variadas delicatesen que configuran el selecto, selectísimo, repertorio de la artista: de Kurt Weill /Brecht, a Marlene, pasando por Jacques Brel o la Piaf, vengo por toda la orilla (le rive gauche, para ponernos finos…).

Bertolt B.

Jacques Brel

Dicho y hecho… Y ya puestos, sometiendo a la sobrecogida audiencia (y es que aquello- tanta magia potagia- no podía estar pasando…) a un severo tratamiento de choque, a base de jugar con la voz – allí está ella, mas virtuosa  y más bitchy que ninguna-,  apalillando encaje de bolillas y bolillos…

Lady Ella

Si hasta ahora se consideraba a la Fitzgerald la reina del scat (improvisación vocal a base de palabras, sílabas o sonidos; p. e., el de la trompeta), sin duda le ha salido una Uta Estuardo en su reinado. Nada se escapa a su sabiduría escénica, se llame “Mackie Messer”, “Ne Me Quite Pas”, “Je Ne Regrette Rien”, “Lili Marleen” o “Lola, Lola”… Ella puede con todo; todo se le perdona ante tal despliegue de talento (sin ir más lejos, y mira que es difícil, la falta de explicación ante cambio de programa, por mucho que uno pueda llegar a sospechar que hemos salido ganando con el trueque: donde dije “tango”, ahora digo un paseo, una marcha triunfal, por algunos de los valores más seguros de la Música Ligera…).

 En otro (des)orden cosas, los programas de mano brillaron por su ausencia, quizás para que no se notara tanto el cambalache.

Lemper y su vini, vidi, vinci aportaron otra constatación alentadora: la entrega total de la protagonista del evento, a la hora de cumplir su compromiso de salir a darlo todo, en Ferrol, en Londres o Berlín, con la misma apasionada profesionalidad y el mismo esfuerzo… Hacían falta bemoles: a ella le sobran.

[Esto que sigue, inter nos y que no se entere nadie: se notaba a la legua que estaba disfrutando de un trabajo bien hecho (pero, por encima de todo, de sí misma, sobre la cual- y le asiste derecho- puestas tiene todas sus complacencias)].

El santuario ferrolano se le rindió enseguida, en francés, en inglés, en alemán o español “buenas noches”; y quizás fuese porque, en cualquier idioma,  los conceptos importantes-Amor, Libertad, Belleza, Arte…- no necesitan vocalizarse siquiera: arrasan cualesquiera barreras entre nuestra sensibilidad y un síndrome superado de babelia miserere entre Artista y Audiencia. Si nos puede pasar con el canto de los pájaros, no digo nada con una pájara de fuego tan bien dotada para traspasar las bambalinas como este endemoniado ángel azul llamado Ute…

Gracias, Frau Lemper por esta velada de los siete velos…Todos fuimos San Juan ante ese medio siglo tuyo de esplendor,  de sabérselas todas, encantados de quedarnos sin cabeza…Recordaré tu desembarco en Brecht como algunos de los momentos memorables de un inolvidable recital. Nadie canta “Surabaya Johnny” como tú lo haces, sin haber descendido hasta el fondo del maelström de la pasiones humanas arrastradas, a base de echarle Stanislavski; en cuanto a “Mackie el Navaja”, de la cual manejo versiones tan dispares como las de Lenya, Ana Belén o Rosita Amores, la Mae West valenciana, estrella del music hall de carretera y manta, me pregunto cómo  te las arreglaste para hacer que pareciera escrita para ti y la profundidad de  tu garganta…

Ana B.

Rosita Amores

¡Ya quisiera Linda Lovelace, tragasables clasificada X, semejantes facultades en el cielo estrellado de esa bocaza suya “me comeré todo aquello que se mueva”…! Tú lo que tienes situado en el fondo de garganta, Ute querida, no es un clítoris, sino la Deustche Gramophon en ejercicio y a pleno rendimiento…

Conste en acta que llevo desde el sábado pasado asomándome  a diversas grabaciones en estudio de la Eximia, con todos los avances técnicos a su alcance y,  mein gott!, resultan un pálido reflejo de un recital U. L. en vivo y en directo, lo cual – me lo parece a mí- es el mejor elogio que se le puede hacer a una cantante calva, a una cantante rubia, a una cantante pelirroja o a una cantante con el pelo negro: a una CANTANTE…