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Capítulo 17

6174

En aquella adoración bufa del rey Fermín Monzón-  la secuencia final de “Rosemary´s Baby” tampoco andaba lejos, mutatis negra cuna e invertido crucifijo por una revisitación de Prometeo encadenado a su camilla-, vime de pronto rodeado por lo mejor de cada casa, desde  Bilbao a Santurce vengo por toda la orilla: oficiando de buitres, por este desorden, la Srta. Rubio, desguisada de enfermera retozona; Genoveva, once again ejerciendo de mater admirabilis; Atilano Silvosa, vestido de domingo negro; don Martín, Martín Pirulicio, uniformando de oficina siniestra; Abdul Alhazrez, chupando todavía a toda shisha y… y una momia polvorosa, cuyos contornos curvilíneos me parecieron vagamente familiares, sardina en su sarcófago latoso, que lucía apoyado contra la pared, al fondo de un torvo paisaje hospitalario.

Fue despejarme un tanto en propia portería y comenzar a escuchar insensateces. Al habla, la Srta. Rubio:

-Hémonos aquí reunido para tratar del 6174, esa maldita cifra, antesala de nuestra entrada definitiva a la nueva piedra filosofal, el mamotreto sagrado, la Biblia del Conocimiento Definitivo. Helo aquí… Espero lo adoréis como merece…

-¡Salve, salve Gran Padre Palíndromo…! ¡Hosanna y gloria a Ti, Nuevo Señor de la Ciencia y la Conciencia…!- canturreó la embelesada audiencia, en plan fanfarria.

-¿No se os ocurre nada más original y acorde con los tiempos, miserables exégetas de calendario zaragozano…?- bramó su maestra de ceremonias corales, deshecha un basilisco.

El personal no se lo pensó dos veces.

-¡Viva la madre que te parió…!

 -¡Campeones, campeones, oé, oé, oé…!

-¡Silencio…silencio he dicho, oscuros oficiantes de un pasado remoto…!-demandó, altiva, la Srta. Rubio, multiplicación sacerdotisa, Lana Turner cantando las cuarenta a Johnny Stompanato- Con Leonardo Dantés o sin él, ha llegado el momento. Los que hayan oído hablar de la constante de Kaprekar, que levanten la pata.

Todos cojos.

Mujer calculadora anfibológica a nivel adjetival y nominal, nuestra anfitriona repartió entre los asistentes -momia incluida, y ojo al dato-, una hojita impresa en vietnamita con información Wikipedia a manos llenas, que reproducimos aquí a beneficio de inventario:

“El número 6174 es conocido como la Constante de Kaprekar en honor de su descubridor el matemático indio Dattatreya Ramachandra Kaprekar. Este número es el resultado de la aplicación repetida de la Operación de Kaprekar , que consiste en los siguientes pasos:

  1. Escoger cualquier número de cuatro dígitos (con limitadas excepciones, véase más abajo).

  2. Ordenar los cuatro dígitos en orden ascendente, para obtener el minuendo de una resta.

  3. Ordenar los mismos cuatro dígitos en orden descendente, para obtener el sustraendo de la misma resta.

  4. Calcular el resto, restando el sustraendo del minuendo.

  5. Si el resto no es igual a 6174, repetir los cuatro pasos anteriores, añadiendo ceros a la derecha al minuendo y a la izquierda al sustraendo, siempre que sea necesario para completar los cuatro dígitos.

Esta operación, repetida si es necesario en varias ocasiones (nunca más de siete veces), termina dando el resultado 6174. El proceso termina porque si se sigue repItiendo la secuencia de pasos, se sigue obteniendo el mismo resultado ya que 7641 – 1467 = 6174.

Por ejemplo, supongamos que partimos del número de cuatro dígitos 5342:

5432 – 2345 = 2997

9972 – 2799 = 7173

7731 – 1377 = 6354

6543 – 3456 = 3087

8730 – 0378 = 8352

8532 – 2358 = 6174

Excepciones: números de cuatro dígitos iguales, por ejemplo, el 1111, debido que su sustracción resulta en el número cero. Números de cuatro dígitos con tres números repetidos, como por ejemplo, el 1112, resultan en 999 después de una iteración de la resta, y resultarían en 0, después de una segunda, si no se añadieran ceros a la derecha al minuendo y a la izquierda al sustraendo para completar los cuatro dígitos, del siguiente modo:

2111 – 1112 = 0999

9990 – 0999 = 8991

9981 – 1899 = 8082

8820 – 0288 = 8532

8532 – 2358 = 6174

Particularidades:

Todos los números que surgen de la resta, y así también los número ordenados de menor a mayor y de mayor a menor son divisibles por 9”.

Transcurridos los cinco minutos concedidos para ponerse al día de tan extraño arcano matemático a nuestras respectivas inteligencias (no importa cuán dispares pudiesen presentarse; el coeficiente intelectual más elevado, visto lo visto tras primera ojeada del opúsculo, parecía yacer bajo vendajes), la enfermera gerifalte de antaño añadió a mayor abundamiento:

-Vienen siendo más de cinco mil los números de cuatro dígitos posibles, lo cual nos lleva a un nuevo “culo de saco” como lo llaman los ingleses. Arriesgado  resulta irlos comprobando de uno en uno: tras un tercer error en la intentona, podríamos acabar saltimbanquis aéreos emborronando suelos y paredes.

“Otrosí, yo no descartaría a priori que el llamado “agujero negro” del álgebra cabalística moderna viniese siendo la madre del cordero encabronado.  Abramos pues un turno de palabra a la digna asamblea…

Murmullos en la ciudad sin nombre, hasta que Atilano Silvosa se decide a amagar el saludo fascista a media asta, ocasión aprovechada por sus levantiscas axilas para expandir all over the air un pestilente olor a sobaquillo rancio que tiraba de espaldas quasimodas.

-Con la venia… Si me lo permitís, quisiera ofreceros la primicia de un novísimo mío, sugerido por tan esquiva realidad cardinal, a modo de tercetos en cadena. Dice así… Con permiso:

“Desvela tu secreto, oh gran arcano…

¿ Qué nos escondes, di, cifra insolente,

en las mortales rayas de tu mano…?

Si mensaje de paz, se haga presente…

¡Dura es la duda sistemática

para el sentir liviano de la gente…!

La luz de tu árida gramática

esconde su belleza a los mortales

sumidos en la pausa más dramática,

 en espera de auroras primordiales

de un orbe regido a tu albedrío,

en promesa feliz de manantiales

hoy; mañana, gran caudaloso río

que hará vivir al mar nueva esperanza:

ser uno con el cielo en lontananza.

Siguió un silencio de sepulcro blanqueado. Luego, se dejó sentir un tímido aplauso ma non troppo, antes del estallido, tarde mal y a rastro, de una ovación esplendorosa, una vez despertada la claque de su ensueño.

Un gemebundo vate laureado se dedicó a besarnos las mejillas a todos los presentes, momia incluida, al tiempo que se interesaba con pícaro susurro sobre el devenir de nuestro espíritu:

– Yo he tenido lo mío justo al principio del segundo terceto… Sensible como eres, espero tú también hayas gozado tu catarsis a su tiempo…-baboseó Atila Dr. No en mis pabellones, en un aparte un tanto ambiguo.

-Sabrás disculpar el que no me levante, amigo mío…- le respondí, con encono sarcástico- Como habrás observado, me hallo encadenado a este peñasco ensabanado, al cuidado de un carroñero prometeico. No lo digo por nadie, es licencia poética.

-Algo malo habrás hecho, julandrete…- fue que me dijo aquel zapateado sarasate.

-¿Puedo recuperar su atención, señoras y señores…?-la Srta. Rubio se impacienta y escarba lo escarbable de su entorno básico, lleno de esparadrapos bloody Mary, vendajes sucios y restos de tejido putrefacto- Queda mucha lana que cardar en este empeño; y mucha fama por llevarse de calle al otro mundo. No se sale de aquí sin un intento al menos.

“Al 6174 como definitiva panacea de todos nuestros males, no se ha llegado de buenas a primeras. Nuestro enemigo común, el infame Víctor Monteagudo, lo sé de buena tinta, lo lleva tatuado en un falso testículo de silicona líquida, tras sufrir un desafortunado accidente cinegético por los montes de El Pardo. Se ha llegado, incluso, a insinuar que su compañero de montería en aquella ocasión aciaga no era otro que por entonces jefe del Estado, celoso de la superioridad numérica atributiva de su contrincante; según otras versiones, menos dignas de crédito, el propio Monteagudo se lo habría ofrendado a su Excelencia con vistas a un trasplante a cargo del divino marqués de la familia, Cristo valme, ¡cuánto pesas!, Cristóbal te llamarás… Yo no quito ni pongo, calumnio que algo quedo… En resumen, nada o todo se pierde si se intenta hasta tres veces. Los más fieles estáis aquí a mi lado y cada uno pulsará un guarismo. Vamos a echarlo a suertes…

-¿Y no sería mejor que los pulsase todos aquél de nosotros que sacase del mazo la pajuela más corta…?- interrumpió Silvosa, cagadito de miedo.

-Siempre pensando en pajoleras, Atilano…-le replicó la Jefa con más sorna que sarna- Vas aquedarte ciego como Homero…

-Como Max, don Estrella, si vouz plait-mandó narices el interpelado.

No hubo masturbación onanista recurrente: hubimos de conformarnos con palillos. Tal que así fueron los resultados del reparto:

El 6: mi santa madre.

El 1: Abdul Alhazred.

El 7: Don Martín.

El 4: Atilano Silvosa.

-La momia y tú, permanecéis en el banquillo, de suplentes…-me aclaró la Srta. Rubio.

Me mostré obtuso, que eso les jode mucho.

-¿Momia…? ¿Qué momia…? ¿Ésa de ahí…? Lo siento, no recuerdo haber sido presentados…

-Ya la reconocerás en su momento…-obtuve por respuesta mandamás.

ATILANO SILVOSA (a la que salta).-¡Pero si es…! Ya me callo, perdón… No he dicho nada…ha sido un lapsus linguae inesperado por mi parte… Pido disculpas y retiro lo dicho…

-Dirás mejor un lapus, un gargajo de los tuyos asonantes…- le asaeteó la Srta. Rubio- ¡No perdamos más tiempo…! ¡Procedamos!

Y aquel bingo fatal se puso en marcha, cantado a capilla sixtina por una master of ceremonies que de ceremoniosa tenía lo que yo de azoriniano y/o valeriano.

-¡El 6, estoy pero no veis…!

-¡El 1, más derecho que ninguno…!

-¡El 7, caga el rey en el retrete…!

-¡El 4, mucha mierda en el teatro…!

Pero entonces…

***

El tal Mickey Spillane no va en mi carro a misa. De siempre me había negado a frecuentarlo. Echémosle la culpa a alguien tan competente como Julian Symons quien escribió de él- y de su detective Mike Hammer- en su “Historia del Relato Policial” las lindezas que paso a reproducir aquí porque sirvan de coartada a mi despego.

“…el placer que Miguelín Martillo experimenta al hundir el tacón del zapato en el rostro de algunos hombres y al vapulear de vez en cuando a las mujeres descarriadas…”

“…Monstruos disfrazados de héroes como el M.K. de Mickey Spillane”

… “Cuando M.K. rompe los dedos de un hombre y le hunde un codo en la boca…”, “sus dientes rotos me arañaron y su boca se convirtió en un gran agujero por el que manaba sangre”

“Las mujeres son vistas como objetos sexualmente apetecibles (…) pero es frecuente la sustitución del acto sexual por la muerte o la tortura”.

Pues así y todo me he permitido el echar mano del desenlace- como se verá a continuación-, de su “Kiss me, deadly”, cuya traducción más florida al español vendría siendo “Bésame, moribunda”, para ahorrarme trabajo revelatorio apocalíptico. Vete a saber cómo se toma- de vivir y colear a la sazón-  semejante pastiche Mr. Spillane, en quien no tengo puesta, salvedad hecha de cierta curiosidad morbosa, apenas complacencia… Abundando en lo ya expuesto, curándome en salud, que falta que me hace, puedo asegurar y aseguro que lo único que ha llegado a interesarme de sujeto y predicado, es la peli by Aldrich made in 69…

Principio y fin del Capítulo 17

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Capítulo 16

Y CON EL MAZO DANDO…

No hay manos que me lleven a escribir lo que suma y resta a un aquelarre en el que está punto de comparecer Botero. Por muy crédulo que acabe resultando el paciente lector en las verdes praderas de mi agotado ingenio, dudo pero existo pudiese llegar a creerse la mitad de la misa por contar y no parar de hacerse esvásticas (la primera, en la frente): una cosa son las tragaderas y otra, muy distinta, estar dispuesto a dejarse tomar la cabellera por el primer comanche que te ofrezca fumar un poco de peyote en su pipa de la paz con el mundo, el demonio y la carne de membrillo.

Nadie en su sano juicio de quienes me conozcan a fondo y a forma iba a creerse que, recibido el segundo envío por medio de un servicio puerta a puerta, confinado en una caja fuerte de regular tamaño, y un libro de instrucciones para abrirla cosiendo y cantando, me atascase ya en la primera cifra del guarismo “ábrete, Sésamo, y gomorrita el último” de la maldita combinación, ni aun considerando que, según se me advertía, contaba con tantos dígitos como palabras configuraban el texto obrante en aquella caja de sorpresas (y de bromas pesadas), cuyo título definitivo no se andaba por las ramas rameras: “Se es o no se es: Sometamos o Matemos.”

***

PRESCINDIBLE INTERLUDIO CULTERANO

En “El Escarabajo de Oro”, seguro lo recuerdan, a Mr. William Legrand , hugonote venido a menos, el autor no se lo había puesto tan difícil a la hora de descifrar su jeroglífico. Hasta el más lerdo lo adivinaría, sin grandes cefaleas de por medio:

“53ǂǂǂ305))6*;4826)4ǂ)4ǂ);806*;48†8¶60))85;Iǂ(;:ǂ*8ǂ83(88)5*†;46(;88*96*?;8)*ǂ(;485);5*†253:*ǂ(;4956*2(5*4)8¶8*;4069285);6†8)4ǂǂ;I(ǂ9;4808I;8:8ǂI;48†85;4)485†528806*8I(ǂ9;48;(88;4(ǂ?34;48)4ǂ;161;:I88;ǂ?” quiere decir, a expensas de la traición del traductor de turno, algo así como que Un buen vidrio desde  la hostería del obispo en la silla del diablo —cuarenta y un grados trece minutos—Norte Nordeste— tronco principal, séptima rama Este —tiro por el ojo izquierdo de la calavera— línea recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.

Sobre todo porque nos sirva de consuelo, reconozcamos sin acritud que tampoco resultaría ajeno a una lógica de nivel medio un cierto desconciento por parte del lector de ambas realidades textuales- la encriptada y la de fuera de la criripta- ante el nonsense entrañado por la sopa de letras resultante, tan sabrosa- e indigesta- en su desvarío premeditado por las malas…

***

Volviendo a lo que importa, si bien tenía a mi disposición la versión facsímil del dichoso mamotreto, figurante en el primero de los envíos, a partir del cual resultaba posible averiguar la extensión numérica de la combinación, a razón de tantas palabras, tantos guarismos – diferentes o iguales-, a situar, por riguroso orden numérico, en su puerta de acceso en forma de ábaco, localizada en el ángulo superior izquierdo de lo que más parecía la caja de Pandora que un cofre de Porcia, detalle éste harto superfluo (mera cita libresca, ustedes ya me entienden…).

El problema se centraba en llegar a elegir dichos guarismos, en qué pauta seguir para acertarlos del primero al último. No divisé galleta alguna a la vista que dijera “cómeme” en inglés victoriano ni una taza de té invitando a ser bebida acto seguido. Me hallaba solo, fané y descangallado ante la caza del conejo blanco.

De haberme molestado en leer la letra pequeña del manual de instrucciones para la apertura del sarcófago – cosa que jamás llegué a hacer, mea culpa; culpa, mea -, me hubiese ahorrado bastantes quebraderos de prepucio. Un pequeño enunciado te las ponía como a Fernando VII, aquel absolutista que usaba paletó (según la RAE, gabán de paño grueso, largo y entallado, por sin faldas y a lo cuerdo, como el levitón).

Esto decía y sin cortarse un pelo de dehesa:

 “En el probable caso de que no se disponga de tiempo suficiente para tan ardua empresa de combinatoria aplicada, cuya prolijidad está fuera de toda duda, se aconseja sumergir el receptáculo en agua hiviendo durante diez minutos y someterlo a un baño mariano concienzudo, tras lo cual sus accesos podrán ser abiertos con todo lujo de facilidades. Otrosí, un sencillo abrelatas doméstico servirá para el caso, aunque haberlos haylos que se decantan por utilizar un sacacorchos (e, incluso, en su defecto físico,  el mismísimo cascanueces de Tchaicovski).”

Acomodado en una bolsa de El Corte Inglés bajo la protección de una doble ración de papeles burbuja, el más palíndromo de todos los palíndromos pasó a formar parte de mi fondo de equipaje a la japonesa, por mucho que los kimonos mariposa brillasen por su ausencia: una muda que no era Marlee Matlin (ni “Belinda”, hasta ahí podíamos llegar), una camisa de repuesto y una sombrilla con ventilador incorporado.

El kit de la Srta. Rubio, depositado en la consigna automática de la estación cuya llave se me había hecho llegar previamente (colocándola debajo de mi almohada), ofrecía bastantes más motivos de interés compuesto: un pasaporte en regla, un pasaje de avión en clase business al aeropuerto de Dubái, una chequera de traveller´s cheques por valor de cinco mil dólares y una Visa de las que cagó el moro (todo ello, a nombre de Leonardo Dantés, que ya son ganas), además de una agenda con direcciones útiles, entre ellas, la del Hotel Rose Park Hotel Al Barsha, donde, al parecer, tenía reservada, sine die, una suite nupcial para mi uso exclusivo (nótese el sinsentido de la oferta).

Tanta grandeur, tanto glamour, dejaban demostrado que mi patrocinadora las tenía todas consigo en cuanto a posibilidades del proyecto… Ahora ya sólo faltaba dar un salto al vacío lleno de incertidumbres y emociones, mera cuestión de astucia y de redaños, por lo que a mí respecta. Como decimos los gallegos, “agora xa foi; Marica, non chores…”

***

Suelo atiborrame de pastillas antes de echar a volar con Ryanair  mis posaderas; tal que así, en un literal abrir y cerrar de ojos, me vi transportado hasta Dubái sin mayores problemas, sobre todo si tenemos en cuenta que mi masa corporal traspuesta se hacía acompañar de un cartelito de aviso, colgado del pescuezo, a modo de esquila o de alegre cencerro o sambenito: “Yo me bajo en la última, ¿y usted…? ¿Sería tan amable de contactar a la azafata para que me auxilie en caso de transbordo…? En las llegadas al punto de destino, suele ser el abnegado servicio de limpieza el encargado de avisarme del final de trayecto. Lo hacen de malos modos, mas yo se lo agradezco. Muchas gracias. شُكراً

***

Ahíto de frutos secos a mi alcance manual,  repanchingado en la trasera de la limousine que me estaba aguardando en el aparcamiento Vips  del aeropuerto, tras ser contactado a pie de escalerilla por un barbado agareno de pintas distinguidas (el muy infiel dijo llamarse Abdul Alhazred, por si colaba), sucediome lo que a Pablo de Tarso en su camino de Damasco tras caerse de la burra: se me hizo la luz entre tinieblas.

-Amiguito del alma, te has metido en un buen lío…- me dije para mí y para mis miedos en honor del dios Pan y del dios Vino- Dudo mucho que vayas a salir con bien de ésta… Cuenta hasta diez y luego pellízcate la oreja derecha, no vaya a ser te halles sumergido en un mal sueño…

-¿Un mal sueño, dices, y me he puesto morado de alhajús , de dátiles rellenos de menta azucarada, por no hablar de las ruidosas nueces y los higos con miel, envueltos en una cristiana hoja de parra…?- contraataqué, obsequiando a mi otro yo con un interminable eructo flatulento.

-Haz lo que yo te diga y déjate de coñas, Fermincito, hijo mío, no nos vayas a proporcionar otro disgusto de los tuyos…- me escuché, Norman Bates, utilizando la voz de la madre Genoveva.

Nervioso como estaba, conté hasta tres y llegué a pellizcarme el lóbulo derecho las diez veces, por saberme en vigilia, hasta dejarlo convertido en tamarindo sanguinolento, imposible de adornarse con zarcillo alguno, por no hablar de cómo acabó luciendo mi otrora inmaculada camisola de seda, hija de gusano falsificado y operario taiwanés amarillento.

***

Mi llegada a recepción, con el bueno de Abdul bailándome las aguas del oasis, resultó todo lo apoteósica que cabía esperar, con Monsieur Monzón para arriba y para abajo, santo dónde te pondré, como estrella invitada.

-Efendi, todos somos aquí para agradarte…- me aseguró, entre cálidas sonrisas de bienvenida el que parecía ser el director de aquel palacio de las mil y una noches, embutido en vestimenta occidental y un acento francés que olía a colonia cara- Tus deseos, ya sean bajo los olmos o  las palmeras datileras, tardarán un escueto segundo en convertirse en truchas, lo mismo que tus sueños y caprichos…En el Rose Park Hotel todo lo que no puede ser sí puede ser, y además, es muy posible y hasta incluso, probable…

-Dejemos descansar a su Excelencia, sin duda fatigado tras tan largo periplo- apostilló Abdul Alhazred, más almibarado todavía-. Una vez reposadas tus fatigas, procederé a presentarte al equipo ténico y humano a tus órdenes…

-Virgencita, que me quede como estoy…- le dije a mi coleto antes de proceder a desmayarme sin mayores ceremonias de la confusión arrabalera; al parecer, me habían hecho daño las malditas pastillas milagrosas.

***

Regresé de la estepa siberiana donde un oso pretendía abrazarme por con las peores intenciones para encontrarme acurrucado bajo regio dosel ornado con motivos orientales, con Julio Iglesias de música de fondo.

A mi vera, siempre a la verita mía, divisé a Abdul, sedente entre cojines, fumando qué sé yo a partir de sofisticada shisha (“pipa de agua”, para los no iniciados en los vicios pequeños con turbante).

-Alá sea contigo, amado efendi-salmodió en tono algo distante-. Te has tomado tu tiempo en regresar desde los fragantes jardines de la Yanina y no te lo reprocho: tus motivos tendrías; te he escuchado gemir, abrazado a la almohada, prometiéndole santo matrimonio y el adeste fidelis de por vida restante, a cambio de limosna placentera…

“Casi dos días completos han transcurrido desde tu llegada dubaití. No debes preocuparte; aquél en quien te dispones a confiar ciegamente, una vez despejada tu mente mediante suculento desayuno en bufé libre, ha velado tus sueños de seductor innato… Ah, por cierto, antes de que me olvide: en tan luengo ínterin, me he permitido deshacerte el equipaje… Tu pasaporte y demás documentos personales no deben preocuparte ya que se hallan a salvo en el Oasis de las Siete Palmeras, a dos pies bajo tierra, recubiertos por excrementos de camello e introducidos en una vieja lámpara de aceite, a modo de improvisada caja fuerte; en cuanto a cierto innombrable codicilo obrante en tus alforjas, “mochila de viaje” si prefieres, te comunico que ha sido puesto a buen recaudo no vaya a ser los mengues, por quien ostenta, no nos equivoquemos, legítimo derecho para ello…

Durante un instante tuve la sensación zizagueante de encontrarme en presencia de un Santini convertido al Islam y hablándome en camelo. Lo descarté en el acto: demasiado kafkiano, con permiso de Ovidio el Narizado.

Nada perdía con ponerlo a prueba de la rana y fui y le dije por don Walter Vidarte:

-La pucha, che, un matecito me vendría de puta madre… ¿Sos tan amable, loco, de conseguirme uno en recepción o preferís, bacán, me deshidrate…? ¿Vos entendés o no entendés lunfardo…? Chamuya, viejo, que me andás fusilando…

Por su reacción- su falta de reacción- entendí que el tal Abdul no vendría siendo trucho. Se limitó a darle un par de chupadas más a la borboteante shasha entre sus piernas y seguir cantando la gallina.

-Efendi no debiera jamás llamarse a engaño por la cuenta que le trae. Cientos de hombres, mujeres y niños de los cinco continentes han sido salvajemente torturados en procura de los datos de acceso a la Verdad Absoluta. Si Leonardo Dantés o su criatura clónica, el tal Monzón Fermín de quien luego hablaremos, han resultado ser los elegidos, colegiremos que algo, mucho o poco, pueden aportarnos al asunto. Nos hallamos dispuestos a admitir que ignoran lo que saben, o que han sabido pero no lo recuerdan… de momento. Aquí, en esta burbuja intemporal inexpugnable en que nos encontramos instalados, podremos alcanzar, cuando menos, una hipótesis de trabajo razonable como fehaciente punto de partida.

No me pareció oportuno dejar pasar impostura de tan alto calibre y me apresuré a enseñar al que no sabe el quién es quien de los acontecimientos que se venían desarrollando en nuestro entorno.

-Nada que objetar a su oratoria, Mr. Alhazred, si exceptuamos un corrimiento de carga informativa digno de mención; el orden de factores altera el producto en este caso: a todos los efectos, primero fue Fermín Monzón, un servidor; y luego, pisándole eufemísticamente los talones, llegó Leonardo Dantés, a modo de señuelo, por jugar al despiste…

El buen Abdul se mostró visiblemente contrariado y me lo hizo saber girando en torno mío, entre aspavientos, amenazante y un sí es no es prosopopéyico:

-Efendi no persista en error de garrafa o será sometido a severo correctivo. Monzón Fermín fue un personaje secundario contactado por la Organización para determinados fines, a partir de Leonardo Dantés, nunca al contrario. Sólo este último ha demostrado su capacidad de desentrañar lo que se esconde tras un mantra lapidario: “La contraseña premium de acceso alternativo a la Gran Ciencia, evitadora de pérdidas de tiempo y desgaste de huellas dactilares, fluye y confluye através del más oscuro de los agujeros negros virtuales conocidos”.

“Pero, como es el caso, a L. D. la tierra parece habérselo tragado a dentelladas secas y calientes y ello nos obliga a recurrir a su “alter ego”, aquí presente, con la esperanza de que nos saque del apuro… ¿ Capice o non capice il signore efendi…?

El “efecto Santini” volvía sobre sus pasos perdidos y hallados en el templo. Se me hecía imprescindible ganar tiempo.

-¿Le importaría llamar al servicio de habitaciones para que nos suban un sobrio refrigerio? Tengo un hambre canina canis lupus… ¿Qué tal un asado de cordero, regado con vinos de la tierra…? Necesito pensar y estoy que no me tengo de flojera…

Su respuesta me cogió desprevenido:

-Me temo no vaya a ser posible complacerlo, efendi. Actualmente, nos hallamos en medio del desierto, a diez metros bajo tierra, lejos de mundanal ruido, en una base ultrasecreta multidisciplinar de operaciones conocida en el mundillo como “La Caldera del Diablo”, en homenaje a la misteriosa cascada del río Brute en Minnesota y/o al más veterano de los culebrones made in USA en los 60; un remanso de espantos truculentos donde poder charlar tranquilamente con los detenidos más recalcitrantes; un capricho para conocedores, que coloca a Mirbeau y su “Jardín de los Suplicios” en una Disneyland de plexiglasses. El alquiler de estas instalaciones nos sale por un ojo de la cara; sin embargo, acaba por resultar rentable. Su eficacia está garantizada como podrá comprobar en el paquete promocional que pasamos a ofrecerle por si se le hubiese pasado por la imaginación hacerse el héroe.

Lo que comenzó a proyectarse sobre la pared del fondo no tenía más desperdicio que lo que quedaba, al final, de sus protagonistas (no todos subtitulados, por cierto), cuando los interrogadores de turno habían rematado su faena, no ya de muleta; ni siquiera de silla de ruedas: casquería fina y segura para un albondigón de mala muerte.

Y me puse a gritar, desgañitado, con Julio Iglesias como música de fondo -“Teño morriña, teño saudade”…- hasta que una aguerrida centuria gorilona, surgida de ninguna parte, zurriago en ristre, me rodeó, procedió a desnudarme y, tras colocarme sobre una especie de camilla metálica, comenzó a zurrarme la badana…

-Espero que el efendi sepa valorar en justiprecio nuestro eficiente servicio de spa, recién importado de un afamado balneario suizo, cuyo nombre no estoy autorizado a revelar, obsequio de bienvenida por parte de la dirección del establecimiento…-dijo Abdul Alhazred, desde el otro lado del muro de las lamentaciones- Doy por seguro que sus estimulaciones cutáneas aplicadas con rigor y diligencia contribuirán a hacernos recordar el actual paradero de Leonardo Dantés porque podamos traerlo pronto entre nosotros…

Procedí a desmayarme por segunda vez en el transcurso de aquel aciago día, en un fundido más negro que la mismísima noche americana, por si acaso no estaba soñando despierto. La ingesta masiva de dátiles rellenos suele arrear todo tipo de inopinadas fantasías morunas…

Durante mi viaje hacia ninguna parte, me pareció escuchar la voz quejumbrosa de mi madre, siempre proclive a llover sobre mojado:

-Fermincito, hijo mío… Pórtate bien por una vez: dales lo que te piden no vaya a ser tengamos un disgusto…

-Por una vez, hazle caso a esa mártir…- escuché terciar a Atilano Silvosa, a la sazón del bracero con ella, confianzudo y ahí me las den todas.

-Sobre todo, si tenemos en cuenta tu estado: prácticamente encaramado a tu alcázar mortuorio…- éste era mi antiguo jefe, don Martín, por alegrías.

Yo ya me lo esperaba: la Srta. acabó de completar el cuadro (sabido es que se apunta a un bombardeo), con estas engmáticas razones:

-El muy cabrón está a punto de marcharse sin explicarnos lo del 6174… Habrá que reanimarlo como sea, antes de que sea tarde… Abdul, los electrodos y las toallas mojadas…

-Vuelvo enseguida…Un paradeo: abra y cierre los ojos…

-¿No te avisé que estuviera todo preparado, idiota…? ¡Menudo intendente estás tú hecho…!

***

¡6174…! Cuando a punto estaba de localizar sus coordenadas en el último rincón de mis neuronas patinadoras, sucedió que me encontré de bruces con un macho cabrío, el cual, sonriente, me hacía señas levantando la pata para que me acercase.

-No busques más, querido. Ya has llegado al infierno…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 16

 

 

Capítulo 15

PANDEMONIUM

-Señor, yo no soy mala, aunque no me faltarían motivos para serlo…

-Ave María Purísima…- susurró la Sra. Rubio  desde el otro lado de tupida rejilla de madera, precaución harto inútil dado el hecho de que ella misma, a nivel de careto, aparecía cubierta de un tupido velo-puede que fueran hasta siete-, color ala de Poe.

-Sin pecado concebida…-repondí, acorde con mis actuales atavíos, sotana preconciliar y alzacuello de plástico grisáceo, atrezo proporcionado por tan pía penitente a través del servicio ordinario de correos.

-Confieso que he pecado, padre…- añadió la improbable arrepetida a mayor abundamiento.

-Déjate de rodeos de far western. Separemos el grano de la paja- la apremié, forzando la vuelta en la reality-. A ver si, de una puñetera vez, me entero del entresijo quintaesencial de esa misión casi imposible que te has empeñado en asignarme…

***

Al final, resltaron ser unos planes destinados a poner a cada uno en su sitio, empezando por Víctor Monteagudo, convertido definitivamente en nuestro villano particular compartido; pero, por lo visto, nuestra amiga se tomaba su tiempo,en medio de todo aquel delirio escenográfico.

Lo de vernos en la parroquia San Raimundo Peñafort, dejada de la mano de dios, suburbial donde las haya, con una feligresía poco o nada aficionada a frecuentar la casa del Señor las tardes laborables en beneficio de los múltples tabernáculos de los alrededores, formaba parte de unas normas de seguridad tirando minimalistas, diseñadas en los  senos frontales envasados al vacío de mi interlocutora (los otros dos lucían, dentro de sus posibilidades, rebosantes de silicona adulterada con importante porcentaje de maicena y carne de membrillo, a modo de excipiente).

Según las instrucciones, difrazado de Padre Logan, debía aguardarla en el segundo confesionario de la nave lateral izquierda, al pie mismo de una policromada talla de Santa Rita de Casia, rodeada, como mandado está en la tradición popular, de higos y de rosas. Ella (no Santa Rita, sino la Sra. Rubio) comparecería a las seis y media, sigilosa, y tras situarse genuflexa en el reducto destinado al efecto, procedería a ponerme a la mañana, tarde y noche de la madre del cordero degollado.

-El genio de la lámpara infrarroja escucha y obedece, carajo. Como me falles, te la corto en trocitos… – me había advertido al despedirnos en la cita previa a nuestra celebración de sacramento- Creo que no es pedir demasiado; pero corrígeme si me equivoco…

Para variar, en aquella ocasión nos habíamos encontrado en un supermercado, codo con codo ante la estantería de detergentes, fingiendo mutuo desconocimiento y un interés muy lejos de sentir por los suavizantes marselleses.

La escena me resultaba harto conocida, a pesar de no ser capaz de encajarla exactamente en la filmografía dedicada a James M. Cain. Rubio y yo podríamos estar emulando a Lana Turner y John Garfield en “El Cartero Siempre llama Dos Veces” o bien, en su defecto de nacimiento, a Barbara Stanwyck y Fred McMurray en “Perdición”, sin descartar doblete, dado lo dado que era el Sr. Cain a repetirse ad infinitum.

Tan embebido me hallaba en estos dimes y diretes retrospectivos que cuando, por fin, la Srta. Rubio se decidió a desnudarse de intenciones ulteriores y sus considerandos/resultandos pertinentes, me pilló con el carrito de altramuces mal aparcado en Batueca de Arriba y hube concentrarme para seguirle la corriente de argumentos saliendo en tromba, sin orden ni concierto grueso, por la boca grandísima de un ventrílocuo locuaz que interpretase simultáneamente todos los personajes del sainete en proceso, a la sombra de un burro flautista, mas no por casualidad: a mala leche.

-A servidora los derechos sucesorios de Santini se la traen funambulista sobre la cuerda floja- comenzaba el discurso con sordina, velado y bien velado por el tupido tul de siete capas, a cual más polvorienta por la falta de abuso-. Cada cual debe mirarse las pelusas de su propio ombligo.Voy a lanzarme manu militari contra Víctor Monteagudo y pienso darle allá donde más duela… Sin ir plus ultra, esas memorias suyas, el dichoso palíndromo de nunca acabar, diccionario secreto de una “psique” todo menos cándida, a modo de “Camino” opusdeísta en oficio y beneficio de su distinguida clientela de fervientes a los cien grados centígrados, que a ti te ha colocado en un pispás sobre la cresta colorada de la ola; amo y señor del OK Corral, como aquél que dice y diga bien…

“Total, que se me dio por barruntar conspiración judeo-masónica en los siguientes términos: antes de lo que crees, según runrún circulante por los despachos de las plantas superiores de la sede central, va a llegar a tu casa, vía motorista loco, disimulada en un envase de pizza carbonara, un ejemplar facsímil del manuscrito original, acompañado de una copia mecanografiada en DinA3, porque vayas familiarizándote con su ardua complejidad manda carallo.

“Ni breve ni gandul, vas tú y les contestas a vuelta de correo, en tono desbrido, que con quién se creen que están tratando y les exiges te remitan ipso torrefacto el verdadero corpus literae y sus pruebas de imprenta, en mor de comenzar exploraciones textuales con el rigor exigible a tan alta hermenéutica. En el albur de que se pongan tontorrones, en la nevera Min están los bollos: nos hacemos con él a punta de pistola. Conozco la combinación de la caja forzuda con los ojos bisojos.

“Supongamos que pican-pican y lo mandan; sobre todo, si te has molestado un poco amenazándoles de darle el chivatazo a tu Víctor o Victoria de que sus escribas culones, burócratas traidores, intentaban meterte palos por la rueda (si nombras el ojete, también vale). El resto del planning es pan comido con queso de tetilla: esconderte donde nunca, jamás, tampoco se les ocurriría ir a buscarte. Te plantas en Dubai y allí me esperas comiendo huevos, en una dirección que te haremos llegar, convenientemente encriptada, en su momento…Haciéndonos pasar por una banda internacional de rumanos apátridas, exigiremos a los de “La Nueva Cólquida” un rescate de catorce o quice ceros a ingresar en cierta cuenta de la banca andorrana, con el aviso no traidor de que, cada día de demora en dicho cumplimiento, a las cinco en sombra de la tarde, se le irá arrancando una página al mamotreto obrante en nuestro poder y no querer retrasos, malos rollos estivales o  subrepticias recurrencias a la pasma…  Y después, tú y yo, Esperanza y Fermín, siete de julio, nos vamos a comer las perdices el uno a la otra y la otra al uno, hasta quedar, si no ahítos, al menos desgastados por puntas y punteras, tras tanto frenesí y tanto fornicio toma y daca.

Esfinge maragata, me limité a lanzarle dos miradas asesinas, a una por ojo a la vista del respetable, recreándome, estupendísimo. en la suerte.

-Yo no me chupo índice o pulgar ni se lo chupo a nadie, como otras y otros hacen a diario de a bordo…- acabé por decirle, poniéndola en su sitio (el paragüero del recibidor de visitas non gratas), cuando me pareció que el ambiente se había puesto lo suficientemente caldeado- Esos test con trastienda de Santini para pillarme en falta los tengo yo muy vistos y superados con matrícula de honor: cien por cien de casilleros acertados.

Miss Blondie, fiel a su caleidoscópica idiosincrasia becerril, tampoco entonces se dejó comer las papas arrugadas:

-Si Esperanza fuera Fermín disfrazada de crego y Fermín, Esperanza desguisada de la Salomé bíblica (nada de cantantes eurovisivas catalanas), no quieras ver la hostia que recibías por mentecato y pretencioso. Santini no reúne las luces necesarias para esta naranja de relojería cuyas líneas maestras, manzanillas a los cerdos, estoy tratando de presentar ante tus tímpanos obstruidos por la cera de enfrente. Dicho lo cual, me doy por ofendida y agraviada, sin faltarme motivos de peso pesado Mohamed Ali Babá y los cuarenta ladrones de mitón blanco nuclear, con domicilio en un cuevón de nombre “Ábrete, Sésamo”. Ya no te canso más. Tienes hasta el domingo. Aquí mismo volveremos a encontrarnos, durante el introito de la segunda misa mañanera, bancada de la izquierda, cuarta fila, posición intermedia; en la mano, un misal de tapas negras y en la boca una simple respuesta: sí o sí, como Cristo nos enseña…

“Y ahora, no lo dudo, sabrás disculparme: debo regresar a Madrid donde me reclaman asuntos urgentes de entrepierna…”

Y la perdí de vista, pero poco, entre aquel velo endrino de motín de Esquilache y la tablilla separadora con viruelas.

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A Evangelina, cualquiera lo afirmaría sin pestañear, parecía habérsela tragado la tierra. Ausente de su domicilio, según en encargué de comprobar al paso impaciente de las horas, en la biblioteca municipal no sabían, no contestaban, al no haberse presentado a su puesto de trabajo en todo el día, sin tomarse la molestia de avisarles de su incomparecencia, por lo cual sería sancionada con acuerdo a derecho comparado. La primera vez, pase; a la próxima, se buscaban una becaria seria, formal y lo suficientemente preparada, en las listas de espera del Inserso.

Me dirigí a Atilano, haciéndome de nuevas.

-Ah, pero, ¿no está contigo…? ¡Pues raro se me hace…! Se os ha estado viendo juntos todo el rato en los últimos tiempos…Para mí que la mantienes escondida, no vaya a ser que te la robe algún cazatalentos…

El maldito poeta (y va que arde), trincherado en su baluarte doméstico, se mostró sorprendido a través de un telefonillo rico en ronquidos de cíclope dormido sin saber la que le espera por dipsómano.

-¡No me digas…! Llámame cuando la hayas encontrado, chato. No por nada: ardo en deseos de darle a conocer ciertos tercetos en cadena de pie quebrado que le tengo dedicados a su gracia de mujer española…

-Ahora entiendo lo de “pata quebrada”…- y lo dejé con la palabra necia en mis sordos oídos y un “no pasarán” de no andar para cítaras de tenores hueros de mollera.

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Don Martín no se entretuvo en meandro alguno a la hora de exponer su memorial de agravios.

-El equipo jurídico de su nuevo protector acaba de ponerse en contacto con nosotros. Al parecer, el Sr. Monteagudo va a necesitarle a su lado por una larga temporada; sin embargo, por motivos que ignoro, llegan a sugerirnos su permanencia simulada en el actual puesto de trabajo, a todos los efectos; exceptuado el presencial, naturalmente. Ellos se encargan de cubrir todos los gastos. A mayores, firmaríamos la oportuna cláusula  de confidencialidad que no vacilo en denominar de draconiana.

“Por librarnos de usted- y son palabras suyas-, deberemos avalar a la organización “La Nueva Cólquida” en cualesquiera créditos a solicitar para un proyecto en curso, en el cual usted participa de forma destacada, cuya naturaleza se nos daría a conocer en su momento… Y no continuo hablando porque podría sufrir una bajada de tensión arterial cuando menos me lo espero… Venga, Sr. Monzón, le he pasado el testigo: suyo es el turno de palabra… Impaciente la aguardo…

De haber recurrido al voseo en el tratamiento no me hubiese dejado más perplejo. Su sempiterna altanería para conmigo se había convertido en finesse acartonada, colocándome en una imprevista situación de “mundo al revés” a favor mío. Yo lo aproveché a medias, por si acaso me hallaba alucinando.

-Zopenco y todo, se recurre a mí cuando aprieta el zapato – dejé caer, jeremíaco-. ¡Después de todo lo que he tenido que aguantar bajando la cabeza, “sí, señor; sí, señor…” como único argumento admisible por mi parte, a un pie y medio de quedar convertido en un mono Lewinski…! Si ha de servirle de consuelo, don Martín, puedo aclararle que tampoco termino de aclararme con el tema. Tome sus decisiones. Yo he tomado las mías.

-Anunciaban también la cercana visita de un equipo de asesores para ponerme al día- añadió mi otrora jefe, loco con su tema-. Debía recibirlos de inmediato y mostrarme permeable a sus propuestas, no fuese ser ocurriese algún no deseado percance a lamentar el resto de mis días…

Don Martín y San Vito danzaban frente a mí una danza grotesca. Nunca hasta entonces había visto a mi jefe acojonado. A punto estuve de mostrarle lástima. Escurrí el bulto hasta la última gota de conciencia de clase.

– Yo que usted, me hacía traer un par de guardaespaldas-respondí, pétreo- A poder ser, de los países del Este… Y ahora, si me disculpa, tengo pendientes un montón de fotocopias…

Si no estaba llorando aquel cabrón, le estaría cayendo encima una persistente gotera desde el techo.

El antiguo chico de los recados devenido en Mercurio abandonó el despacho, en un glorioso mutis por el foro.

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“Querido Hijo:

                         Te escribo estas cuatro mal hilvanadas letras más que todo por suplicar tu perdón de rodillas por los malos pasos que me dispongo a emprender, sin tu permiso, recién depositada esta carta en el buzón de correos correspondiente.

“Una es muy mujer: siempre lo ha sido. Lástima  que tu padre, el pobrecillo, no se hubiese dado cuenta antes –antes de infartarse, me refiero-; lo hubiésemos podido pasar de puta madre…Perdona, Fermincito: no sé lo que me digo… ¡A quién se le ocurre hablar de madres putas con la que está cayendo…! La pasión es un bicho muy malo, una droga venérea; una seta satánica… De sobra sabes que te labras la ruina y a ti te importa un huevo, o dos, o tres (se tienen dado casos), y sigues adelante, cuesta abajo en tu rodada milonguera, hasta que tocas fondo y te sientes perdida, pero pidiendo más y más, pero mucho más, de la misma medicina…

“Como Víctor me quiere, mi suerte nada importa: está ya echada. Y si echada a perder, es pecado al minuto… Maldíceme si quieres: soy una magdalena a mojar en cuantas leches merengadas haga falta; y si no la Proust, me conformo con las viciosas artes de Aretino…

“No pretendas buscarme, no me pienses, no me tengas en cuenta… Vaya, con tantas prisas, casi me olvido de mencionarte los intringulis bancarios… Los pocos trastos viejos que poseo los he puesto a tu nombre, ante notario: la mercería, el piso, mis ahorrillos… Totus tuus, que te sirvan de provecho. Procura administrarlos con cordura, que es lo que a mí me falta de tuercas y tornillos.

“Lo que quede de mí le pertenece ahora a Víctor Monteagudo y a cualesquiera de sus amigotes que él me elija. Me consuela el pensar que quizás mi devoción sea capaz de transformarlo y que algún día pueda escribirse en su epitafio: “Parecía malo, malísimo; pero el amor de su fiel Genoveva acabó por transformarlo en un pan ácimo para ser consagrado en su inmaculada memoria de Prohombre imborrable e intachable”.

“Cuando alcances la gloria- y lo harás porque tú vales mucho, Fermincito: has salido a tu madre-, te encontrarás en condiciones de calibrar que mi deshonor de hoy configurará mañana tu lauro frente al mundo. Mi sacrificio personal te ahorra a ti cualquier tipo de bajezas.

“No me busques. Me he convertido en humo de boquilla. Las femmes fatales arrastramos un envidiable sino: nuestro fracaso se mide el grado de aceptación social de los mediocres…Ahí queda eso…

“Tu madre Gertrudis, tu madre Medea, tu madre Yocasta (?), tu madre madrastra, tu madre terrible que, sin embargo te quiere… Haz tú lo mismo si no te importa, Fermincito”.

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Lloré hasta formar un charco como Alicia; lástima no pudiese reducirme de tamaño para ahogarme en él, evitando así llevar a cabo la venganza a la que estaba decidido.

Fermín Monzón, convertido en estatua de sal a fuerza de sollozos, se puso con contacto con la Srta. Rubio y le explicó la decisión que había tomado…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 15