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Hugetower, Investigador Privado

EL CASO DE LA VIZCONDESA ANCESTRAL (Jornada Segunda)

La Srta. Puri, que para eso la pago, aguardó, paciente en las praderas de una vida interior a prueba de enunciados cartesianos-silogismos en bárbara, abstenerse- mi salida del aliviadero unisex al fondo del despacho. Como yo ya esperaba, me la encontré con la artillería dispuesta a la masacre de mis sabrosos argumentos.

-Usted se entera, jefe, de que han sustraído un importante documento de su caja fuerte y se pone a reír en plan hienático: jijijí, jajajá… A servidora, que se lo pongan a clareo…

– Mi admirado colega francés C. Auguste Daupin se lo explicaría más alto pero no más claro; pero a ver cómo me las arreglo… Causa hilaridad en mi hipocondrio el simple hecho de que esa carta a la que usted tanto se ha estado refiriendo últimamente nunca haya salido de nuestro campo de visión. De fijarse un poco, mi querida Srta. Puri, la hubiese situado, de inmediato, sobre la mesilla situada justo al lado de la caja fuerte. A toro pasado, he caído de la burra: justo cuando me disponía a ponerla a buen recaudo, sonaron en mi móvil los melodiosos acordes del bolero “Dos gardenias para ti”, interpretado por Antonio Machín, lo cual me obligó, con vistas a atender la importuna llamada (una engorrosa oferta de línea ADSL), a depositar interinamente la misiva sobre la superficie encima de la cual se encuentra ahora. Mi mente ajetreada, en un desliz imperdonable por su parte, dio por realizado el fallido acto de depósito.

“Madame Plisevskaya puede dormir tranquila siempre que así se lo permitan los fogosos embistes de su joven amigo: la confesión de su antepasado no ha estado fuera de control en ningún momento. Ha sido usted, mencionando el robo de la carta, quien me ha brindado, con su atinada intervención, la solución del caso. Compruébelo usted misma: vaya y vea lo que no supo advertir cuando procedió a la apertura del receptáculo blindado y aventuró un diagnóstico erróneo sobre, por así decirlo, el “habeas corpus”…

Mi asalariada, ella es así, qué le vamos a hacer, enseguida intentó sacar tajada:

-Si la carta en cuestión no se encontrase donde usted se empecina en afirmar, ¿puedo tomarme un “moscoso” todo el día de mañana? He conocido, vía internet, a Kanata Smith, un aborigen australiano la mar de primigenio, que se ofrece a mostrarme, en su coquetón apartamento toledano, las habilidades gimnásticas de su cría de cocodrilo…

Kanata Smith, vestido de domingo

-Mujer de poca fe, en el caso probable de hallarse el cuerpo sin delito donde está y se le espera, ¿usted qué habría de concederme a cambio, a modo de favores especiales? Una visita a su huerto del francés, ¿qué le parece…?

-No me hables de Paul Naschy… Comparado con Kanata, pierde a los puntos filipinos: se pasa de finolis, por jacinto cortado… – respondió, tangencial y secante, de espaldas a la cámara, mientras se dirigía al lugar señalado para llevarse el chasco de su vida-¡Anda, pues es verdad…! ¡Quién lo hubiera dicho…!

Paul Naschy, ejerciendo de Ralkólnicov, en “El Huerto del Francés”

-Auguste Daupin lo dijo, Srta. Puri…

– Pues entonces, será él quien tenga todas las papeletas para llevarme al huerto…

***

Lo de localizar la firma en el escrito no nos iba a llevar minuto entero; de convertir los caracteres cirílicos al romano encargó Google, encantado de la vida; lo de Sergei Poliakov no tenía vuelta de hoja: volvía a remacharse en el remite. En cuanto al contenido de tan raro documento, según un esforzado traductor campante por el buscador antonomásico, vendría siendo el siguiente:

Sergei Poliakov, en sus años de esplendor en la hierba

“Yo, Sergei Poliakov, en utilización ras de mis universidades pensativas, divisar los trenes de mi siguiente cese, tengo ganas de clarear mi propiedad absolutista en el mausoleo fileteado de Aliona Ivanovna y su fraterna Lizabeta.

“Rodión Romanovich Ralkólnicov no tubería artista no porción en el ejecuciones de ambas pasatiempos. Cabrón espiado de una respiración compartida, fue a entregar con sus osamentas en Siberia, mientras yo, salvavidas, nunca fui sospechado delictivo. La gripe de mi familiaridad en las largas esferoidales segundó nuestras planificaciones y el gobierno se anticipó en varicar cuerna por abandono total atado y posesión atado.

“Para subir novela de Galdós de los propios, es disponible que mi fotunata pase a manoplas de sus descendidos Raskólnicov vivientes en un sobre. De otro indicativo, se metería en décimos y paramecios entre los menos terosos de San Peter burgués.

Éste es mi cabeza de mentar y mi postre mando y ato. Comida animal saliendo de la nariz para quienes osos desovar mis volutas.

Santoral Petreo burgués, anal del Amo 1855

***

-Más claro, el café inglés para continentales a precio de caviares iraníes… -argüí, en plan cosmopolita- El consorte de nuestra sufrida vizcondesa, una Raskólnicov podría decirse que tarde, mal y a rastro, trata de deshacerse del testamento hológrafo que pone en peligro su fortuna, evitando, de paso, aparecer en la prensa sensacionalista europea como villano de opereta en grado descendente con derecho a usufructo fraudulento. El hecho de que Plisevskaya presente ante los tribunales la prueba que nos ha sido confiada, coloca a su santo esposo al pie de los caballos…

-No sea machista, jefe: a los pies de las yeguas, para el caso…- puntualizó mi uñero purulento.

-…A los pies de las yeguas de la noche en versión original inglesa…- concedí con la magnificencia condescendiente en el trato con los asalariados que me caracteriza- En cuanto al conyuge de nuestra contratante de la primera parte contratante- a quien no dudo en relacionar con la mafia rusa más y mejor organizada-, habrá observado que guarda sutiles semejanzas con la protagonista de “Rebeca”…

Mrs. Danves .- Vamos a echar Manderley por la ventana para el baile de esta noche… Y usted, Señora, debería predicar con el ejemplo…
N. N. .- Pues, como me llamo Juana Fuente, que va a ser que no, Sra. Danvers… Tírese usted si quiere…

-¡Venga, jefe, déjese de acertijos…! ¡Qué ganas de rizar el vello púbico…!

-¿No había caído en la cuenta de que la Vizcondesa Irina nunca llegó a mencionarlo por su nombre de pila…? Eso lo relaciona con el best-seller DuMaurier; y con la peli Hitchcock, por supuesto… En prueba de mi afecto, la elijo como madrina de bautismo de tan escurridizo personaje. Vamos, póngale un nombre; novelesco a poder ser, si no le importa Sr. Puri…

-A veces, jefe- replicó ella, al borde de las lágrimas-, me entran unas ganas locas de entregarme a usted donde más cerca pille (por ejemplo, su mesa de despacho) y que luego sea lo que dios quiera…

-Pues por mí no se prive, pequeña… Sacrifiquemos a la Venus Afrodita las palomas torcaces que hagan falta, sobre altar de nuestros más íntimos deseos concupiscentes…

-Pero es que luego lo pienso mejor y me quedo con las ganas, por aquello de que no se debe comer donde descomes…

-Me lo estaba temiendo…- dije bajito, sabiendo como sabía de antemano que, con respecto a mi eficiente secretaria, iba a morirme con las botas puestas y sin probar bocado, y no poniéndome las botas en sus brazos.

La Srta. Puri, inasequible al desaliento y al desenfreno a medias, pensaba que mi orgullo de varón dominante y mi autoestima se podían atar con longanizas en aquella partida “tiro porque me toca”.

-¿Qué tal Vasily…? ¡Vasily Bondarchuk…!- palmoteó ella, entusiasmada por su propio ingenio.

-Va a ser que no, querida. No me gusta la gente despegada… El hacerse la estrecha con el jefe ha de pagar fielato. El marido de Irina Plisevskaya va a pasar a llamarse Anatoli Nikolayevich, porque así lo dispone mi autoridad en tiempo y forma. Tome nota, por favor, Srta. Reigosa. Espero no tener que repetirlo.

-¡Vaya birria de nombre…!- la escuché murmurar sotto voce.

Fue entonces cuando se pusieron a llamar contra la puerta de nuestras oficinas, con unos pies talla 48 calculando por lo bajo, al rítmico compás de tres por cuatro.

Anatoli Nikolayevich, aka Vasily Bondarchuk

Y así fue cómo llegó a nuestras vidas para quedarse el ínclito Anatoli Nikolayevich / Vasily Bondarchuk, el cual no venía solo sino malísimamente acompañado de sus inseparables Kostia, el Gitano y Yakov, el Payo, dos hampones de aspecto truculento y rostro asaz patibulario, uniformados por Ágata Ruiz de la Prada en tardoversión hongkonguesa.

Para saber si hubo ocasión de lamentarlo o no, necesario será aguardar a la tercera jornada de este apasionante serial internáutico.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

Kostia el Gitano y Yakov el Payo, los dos de armas tomar, como muestra la imagen.

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Hugetower, Investigador Privado

El pequeño Rodión, apuntando maneras…

EL CASO DE LA VIZCONDESA ANCESTRAL (Jornada Primera)

Irina Plisevskaya

Inasequible al desaliento, Irina Plisevskaya seguía parloteando con aquel extra fuerte acento eslavo, mientras un servidor se curaba en salud, a golpe de cronómetro,impostando sucesivamente poco o nada veraces expresiones faciales de interesado/enterado/involucrado en lo que la susodicha intentaba explicarme, mal que peor, acerca de cierto antepasado suyo, víctima de una Justicia zarista burriciega.

A la vera, siempre a la verita suya, en su lugar descansen, se erguía –casi dos metros y quedándose corto- la cerúlea figura de Alexis Dimitrov, rara mezcla de secretario particular y Russian lover, hermético cual molusco bivalvo antes de recibir su bautismo de agua hirviendo, guardián entre cebada forrajera, vigilando el camino de su apenas benaventina ama señora, elementa de altísimo copete y bajísimos niveles de coherencia.

Alexis, boquicerrado, calculando en rublos

Mi clienta en ciernes parecía no tener prisa en llevar a buen puerto una primera fase del problema o, dicho de otro modo, el “planteamiento”, y por eso se entretenía en hacerme entender que su fortuita presencia en el nº 99 la madrileña calle de Hortaleza, santa sede de mi coquetón despacho, se debía no a mi fama, sino a todo lo contrario: a la falta de ella. Si había viajado – de riguroso incógnito- desde su residencia habitual en los Alpes Suizos, ello sólo podía achacarse al deseo – o la necesidad perentoria- de pasar inadvertida para sus muchos enemigos en cualesquiera principales capitales europeas.

-Déjame hablar a mí, querida, por favor…- metió baza Dimitrov, tomando posesión lasciva del hombro derechón de tan egregia dama- Hace unos pocos años, Madame hubiese recurrido a Hercule Poirot, con quien le unen estrechos lazos de amistad, hasta el punto pelota de haberlo elegido para padrino de uno de sus hijos adoptivos más queridos… No pudo ser: al pobrecillo detective belga se le ha ido por completo el huevo que ostenta por cabeza, por no hablar de la flaccidez en caída libre de su célebre mostacho, un demonio pintado al estilo marxista, pero que le permite, cada mañana, soportarse a sí mismo en el espejo.

A Irina Plisevskaya no pareció agradarle aquel introito y retomó con brío la carga de la prueba.

-No le ocultaré, Monsieur Hugetower, las dudas que me asaltaron a la hora de escogerle como liebre mecánica, capaz de distraer a la jauría en acecho, a la caza y captura de mi honor y mi integridad física. El decidirme a su eventual contratación tiene mucho que ver con que su vida, a partir de este momento, va a correr serio peligro. Siempre será mejor que caiga un oscuro investigador madrileño y no una de esas lumbreras a nivel europeo o norteamericano a las que acostumbro a contratar habitualmente. Pago con esplendidez a quien me sirve; por ello, no me guardo en trastienda ningún riesgo aparejado en la presente misión encomendada a usted, a partir de ya mismo un blanco en movimiento uniformemente retardado. ¿Le ha asustado mi palabrería, Mr. Hugetower? De ser así, suplico mil disculpas y no dude el cargármelo a mi cuenta.

– Yo no me asusto fácilmente…- respondí, a lo divino, comprimiendo el escroto entre los muslos, en evitación de fugas indiscretas amarillas.

– Pues debiera. Enfrentarse a la familia de mi esposo conlleva todo tipo de… ¿Cómo se dice…? Todo tipo de engorros y sudarios…

-Las emociones fuertes irían incluidas en el sueldo… amén de un suculento finiquito, mediante el millonario seguro de vida a nombre de quien usted disponga, esposa, hijos, amantes o fundación benéfica protectora de gatos callejeros…- apuntilló Alexis Dimitrov luciendo dentadura con la fiebre del oro.

– Когда вы будете учиться держать тихими относительно себя, глупого мальчика…? Вы собираетесь портить все…- dijo la Plisevskaya a su lugarteniente, con evidentes ganas de pelea.

– Встретьтесь к дерьму, глупой проститутке…- contestó él, subiéndose a la parra.

– Usted nos alcanzará a disculpar, Monsieur Hugetower…- el tono de la temperamental mujer había cambiado por completo de registro al dirigirse a mí- Alexis, para qué vamos a engañarnos, sólo es bueno en la cama… y ello no siempre… Este tipo de atascos de gatillo, en los últimos tiempos, se ha venido repitiendo con desoladora frecuencia, haciendo necesarias medidas correctoras: van a rodar cabezas por la alfombra…

 Alexis Dimitrov optó por mostrarse más calmado en cuestión de segundos.

-Только он (она) шутил, хотел… – susurró, posándole la mano en terreno coxígeo.

– С тех пор как вы остаетесь благоразумным, несчастным червем… –obtuvo por respuesta.

Aquí fue cuando me decidí a recobrar ordeno y mando, en una situación que amenazaba con escapárseme de control a segundas de cambio.

-Escúchenme los dos atentamente, cuenta habida de que no pienso repetirlo: o me aclaran lo que esperan de mí o avisaré a mi pizpireta secretaria, la Srta. Reigosa, “Puri” para su legión de íntimos, con la misión de acompañarlos hasta la puerta de salida.

***

La Srta. Puri, en una casa rural toledana, haciendo auto stop en el pajar, mientras aguarda la llegada de su jardinero.

Dos horas más tarde, tan extraña pareja abandonaba mi despacho dejando tras de sí un sobre lacrado en condiciones lamentables, un contrato formal, un anticipo suculento, una cita pendiente en plazo razonable y un montón de notas a vuela pluma sobre A-3 reciclado , que yo había estado tomando de sus labios intermedios (los de ella).

Cuando se las entregué a mi secretaria para su puesta en orden y concierto, tras un primer hojeo, se puso a protestar según costumbre:

-Oiga, jefe, ¿por qué me toma el pelo…? Se supone que…

-Pues no suponga nada y emprenda las tareas encomendadas- la interrumpí, gerifalte de hogaño- Desde que se comunica usted, vía skype, con ese explorador noruego de fiordos, anda pidiendo a gritos un ERE empresarial en diferido. No me tiente, Srta. Puri; no me tiente…

– Yo, casta cual la madre de Edipo… ¡A buenas horas le hacen falta a una negligés, a no ser de seda negra (con ligueros a juego) los fines de semana rematados en puente levadizo…! Con mi Birger a mano pecadora en la pantalla, no hay peligro a la vista, monógama como soy hasta las cachas…

Desenfundé, a mi vez, y disparé con balas de fogueo:

– Donde dijo uve, digo be, en retozón viaje de ida y vuelta: virguero y, además, escandinavo el Birger en cuestión, no cabe duda…- me pitorreé de mi empleada, a sabiendas de que no se daría por ofendida: habemus la suficiente confianza- No perdamos más tiempo, que es de oro… ¿Qué ha sacado en conclusión de toda esa hojarasca inverosímil…?

El tal Birger, posando subiliminal para sus admiradoras

-Tanto verdor no deja ver los árboles…-respondió, chica lista- Solía pontificar mi padre acerca de que los ricos resultan en extremo peligrosos en tanto en cuanto dispongan de ocasiones proclives para el aburrimiento… Ahí es nada cuando se trata de sus parejas de hecho o de derecho… Todo lo dicho es aplicable también a descendientes genealógicos…

– La vizcondesa Plisevscaya no parece de ésas…- objeté, pensando en la apostura Dimitrov y su caída de ojos y abultado paquete en entrepierna.

-Lo que yo me pregunto es el porqué de la congoja devenida. Esa carta del bisabuelo de su esposo haciéndose responsable de unos crímenes cometidos en el siglo XIX, a su actual familia la pilla muy de lejos.

-A no ser que ella se apellidase Romanovich de soltera, extremo éste acerca del cual pienso preguntarle en nuestra próxima entrevista…

La Srta. Puri nunca se rendía tan fácilmente.

-¿Por qué habría de mentirnos un humanista como Feodor Dostoyevski…?

F. D., pensando en los crímenes que se cometen en su nombre (Ibidem, sin ir más lejos)

– ¿Olvida su pertinaz ludopatía confesa, Srta. Puri…? Ese tipo de pecados se purgan en muchos infiernos diferentes. Bien pudo tratarse de un chantaje, en las primeras fases de la enfermedad; o quizás se vio empujado a ello ante una necesidad acuciante de dinero para satisfacer algunas deudas…

-Un somero vistazo al documento que nos ha sido confiado seguramente contribuiría a clarificar el panorama…- inventó la pólvora mi sagaz secretaria, pasándose de lista cuatro pueblos abandonados- Bastaría con abrir la caja fuerte y…

-Ignoraba su dominio de la lengua de Tolstoi…- le dije, destilando veneno- Muchas felicidades. La supongo ferviente admiradora de su “Ana Karenina”… Y del conde Vronsky, ni te cuento…

¡Pues cualquiera lo diría…!

-Aunque no hable ruso en la intimidad o a pública subasta, estoy en contacto con un exiliado siberiano guapísimo, residente en la Costa del Sol, de nombre Vladimir, a quien puedo pedirle cualquier cosa excepto dinero de bolsillo…

-Ni se le ocurra intentarlo…- la conminé, aun sabiendas de que, conociendo la combinación de la caja, María Purificación Reigosa, alias “Purgui” a espaldas suyas por aquello de su promiscuidad informatizada, era capaz de desobedecer mis ordenanzas- Y ahora, con su permiso o sin él, me dispongo a razonar en voz alta. Tome nota de las partes del discurso que, en su modestísima opinión, presenten algún tipo de problema logístico. Vayamos a ello pues: Moviéndonos en el plano de la mera ficción novelesca, si Raskolnicov, nuestro aizcolari favorito, no mató a la usurera Aliona Ivanovna y a su hermana Lizabeta y quien lo hizo fue el autor de la carta-confesión actualmente en nuestro poder, ¿por qué habría de autoinculparse del delito a lo largo de cientos de páginas en la novela Dostoyevski…?

Raskólnicov, erecto, mostrando sus poderes

-Lo podrían haber hipnotizado los que pretendían cargarle el muerto… – sugirió mi asalariada- Mesmerismo a punta pala desde el siglo XVIII. Rasputín, Svengali…Todos esos pudieron haber servido de maestros…

-Pero es que hay algo más entre el cielo y la tierra, Miss Sabelotodo… ¿Se ha parado alguna vez a pensar la semejanza de esta causa criminal con otro famoso crimen literario… y me estoy refiriendo a “Los Crímenes de la Rue Morgue”?

-Jefe, no pierda la chaveta, ¿insinúa acaso que ambos luctuosos sucesos compartieron autoría; o que Raskólnicov y/o el antepasado político de la vizcondesa Plisevskaya eran una especie de simios amaestrados…?

-No ponga palabras necias en mi boca. Me refiero a la escenografía de ambos delitos: una angosta escalera, una puerta cerrada, gritos al gregoriano, vecindario sube que te bajarás los gastados peldaños, asesino que se las arregla para huir entre las sombras… Comprobemos. “C. y C.” se publica en 1866; “Los C. de la R. M.”, en 1841, lo cual nos llevaría a pensar que Dostoyevski era conocedor de lo de Poe.

Ella.- ¡Kingy-Kongy, a mí, que se me llevan…!
Él .- ¡Calla, Fay Wray de las rusias imperiales…!

“Y digo más: ¿no le llama la atención el nombre completo del presunto asesino? Rodión Romanovich Raskólnicov… Repítalo despacio… R. R. R. ¿Qué clase de mensaje estaba enviando al mundo el bueno de Feodor…? No hay dos sin tres a la hora de los manierismos criminales: Pier Paolo Pasolini, P. P. P., asesinado en Roma por Peppone Pelosi, o sea P.P., cuyo segundo apellido desconocemos todavía pero que bien podría tratarse de “Palmieri” o “Pellegrini”, nos catapultaría sobre la pista de una maldición sobre las nomenclaturas triples…

La Srta. Puri no se mostraba en absoluto entusiasmada ante mis piruetas deductivo-inductivas.

-Volvamos al principio, jefe: Raskólnicov, la cabeza de turco pagafantas, aprendiz de Superman en horas bajas. Aunque no fuera él el autor del doble asesinato, dentro del listado de personajes de la obra, sería factible encontrar al mayordomo detrás de la cortina. Le presento un listado de aspirantes al título de “culpable de luxe” entre los pesos pesados de la trama (incluidos los femeninos, por supuesto):

SONIA SEMIONOVNA

A poco que te pares a pensar, la joven prostituta vendría siendo una de las principales sospechosas. Motivos no le iban a faltar para liarse a hachazos con la vieja usurera, a la que, supuestamente, habría tenido que recurrir en temporada baja, por sacar adelante a su familia. Sabido es que, en San Petersburgo, los inviernos son particularmente gélidos, lo que provoca una escasa demanda de servicios venéreos en un hombrerío que se decanta por el vodka para ahogar sus agobios genitales alardeando de pretéritas hazañas amorosas en compañía de sus viejos camaradas. Aumenta sus posibilidades de autoría el hecho de que, a priori, resulta uno de los personajes menos sospechosos. A destacar su insistencia en que Raskólnicov confiese el crimen (circunstancia muy poco favorable para su propia pervivencia, por cierto), a resultas de locual éste hubiese aceptado tal propuesta, por amor puro y duro, siguiendo el  tradicional esquema atormentado del alma ruso-eslava, a la que parece irle la marcha cosa mala. La crítica especializada no se anda con remilgos a la hora de señalar que un oscuro sentido de culpa acompaña sus acciones a lo largo y lo ancho de “Crimen y Castigo”.

SEMIÓN ZAJAROVICH MARMELÁDOV

-Pajolero padre de la antedicha, ostenta numerosas papeletas para ser el asesino: exfuncionario, borrachín irredento y malasombra, ha llevado a su prole a la miseria y chulea Sonia sin el menor atisbo de sonrojo. ¿Por qué no convencerla entonces de la conveniencia de cargarle el muerto al pobre Rasky, fingiéndose ella la culpable y apelando a su caballerosidad e insondables tragaderas…?

DUNIA

La hermana de Ralkólnicov, dispuesta a todo tipo de sacrificios para salvar a su familia- incluido el de casarse con Piotr Petróvich, un hombre al que desprecia- era otra firme candidata de aparecer en la lista de clientes de Aliona Ivanovna y, por tanto, le sobrarían motivos para acabar con ella. Raskólnicov no habría dudado, tampoco en su caso, a la hora de apechugar con el delito: en el fondo del pozo que todos llevamos dentro, era un pedazo de pan ácimo, el material del que las hostias están hechas. En resumen: un avis rara, entre buenísimo y buenazo.

ARCADIO IVANÓVICH

-¿Y qué no decir de Arcadio, amiguísimo de R. pero menos, enamorado de su hermana y sospechoso de espantosos crímenes: haber violado y asesinado a una niña ciega y sordomuda; de torturar a sus criados hasta el punto de llevar a uno de ellos al suicidio, o haber cometido uxoricidio…? Según los cánones de los relatos de misterio, tal acumulación de truculencias contribuiría a alejarlo del ranking de probables: hubiese resultado demasiado obvio.

DMITRI PROKÓFICH, aka RAZUMIJIN

Quizás el único amigo verdadero de R. (y futuro cuñado, perdón por el spoiling). Dado su escaso/nulo respeto hacia la figura de Aliona Ivánovna, la usurera morituri, tampoco hay que descartar que R. se ofreciera como chivo expiatorio a favor de su tovarich, o, mejor aún, como exterminador de plagas de San Petersburgo.

PORFIRIO PETRÓVICH

Juez instructor del caso y tío de Razumijin. Otro que tal a la hora de empeñarse en que Raskólnicov no se saliese de rositas en aquel maldito embrollo, ya porque él mismo fuera el asesino o lo fuera el sobrino. Si tenemos en cuenta la corrupción generalizada en la Rusia zarista del momento, sus posibles tejemanejes con la víctima caen de cajón desastre. Menos mal que se estaba preparando una muy gorda…

KATERINA IVANÓVNA

Madrastra de Sonia. Bien pudo actuar de cómplice de ésta o bien ésta de aquélla. Vaya usted a saber si no estaba practicando para cargarse a Marmeladov, cuya ficha ha quedado reflejada un poco más arriba.

PULKERIA ALESANDRÓVNA

Madrecita del alma querida de Raskólnicov, otra firme candidata al capirote y/o la picota. Lo dicho para Katerina Ivanova: una madre es capaz de cualquier cosa por un hijo (los de puta, incluidos) y también viceversa. Y de ahí convertirse en Ma Baker, bloody mamma donde las haya, hay una carrera de can que no sea un galgo.

PIOTR PETRÓVICH

Ricachón libidinoso, capitalista a ahorcar con tripa de cochino burócrata, pretendía casarse con Dunia poniendo sus dineros y algo más, encima de la mesa. Con las siglas que ostenta, se puede esperar de él cualquier cosa.

PRASKOVIA PAVLÓVNA

Patrona de R. y, presumiblemente (¿Qué se apuesta, jefe?) enamorada de él hasta el refajo donde esconder los rublos que le deben. Pudo haber sentido celos de tanto visiteo de que era objeto la usurera por parte de su huésped y obrar en consecuencia.

NASTASIA PETROVNA

Criada para todo de la anterior. Otra posible víctima de los pálidos encantos ojerosos de Rodión Románovich, al que había visto con frecuencia en calzoncillos largos, al despertarle, hacia las tres y media, para hacerle la cama.

“Y todo ello, jefe, siempre que no vaya a resultar que nos hallemos ante un caso de suicidio asistido. Aliona Ivanovna mata a Lizabeta y luego se practica la misma cirugía, si es que no se presenta cualquiera de los anteriormente citados y le da matarile, por arpía…

-Sus razonamientos me parecen de perlas tan cultivadas como sus propias células grises, Sra. Puri, aunque se deje una suculenta posibilidad en el tintero…

-¡No me diga…!

-Sí le digo: una solución “Orient Express” que derrame culpabilidades del puente a la alameda… Todos los personajes actuando en comandita a la hora de cometer el delito… En “El Asesino Vive en el 21” de Stanilas Andre Steeman, llevada al cine por H. G. Clouzot en 1942, sucedía algo parecido… Por cierto, se habrá fijado en el nombre del autor de la novela. Ojo al dato: los culpables viven en una pensión, igual que R.

-Ahora ya solo falta averiguar bajo cuál de los personajes antedichos se escondía el antepasado político de nuestra vizcondesa…Para lo cual, insisto, jefe, sería muy útil echarle un vistacillo a la famosa misiva obrante en su caja de caudales…

-Que está escrita en cirílico; alfabeto, supongo, muy caro a su vasta cultura “Hola” y adiós…

-Una vez localizada la firma y/o el remite, acudimos a Google y cosemos y cantamos las cuarenta…

De haber tenido un hacha a mano, a Ralkólnicov le hubiese aparecido un émulo aplicado.

-Ande, vaya y proceda…Conste, por no escucharla… Abra la caja y que sea lo que dios quiera…-farfullé, derrotado a lo galo moribundo.

Un taconeo. Un teclear de andar por casa. Un silencio ominoso, seguido de una voz en el asombro.

-Jefe, la carta no está aquí: se ha volatilizado.

Durante uno segundos hasta llegué a pensar que la Srta. Puri no estaba hablando en serio…

Luego, me eché a reír a grandes carcajadas de demente traspuesto.

– Hagamos lo que hagamos, siempre se vuelve a Poe, Srta. Puri… ¡Una carta robada…! ¡Un recinto cerrado por dentro a cal y canto…! ¡Dos sospechosos, que somos usted y yo…! Ahora, si me disculpa, iré al cuarto de baño…

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

El Méndigo…

EL MÉNDIGO ARÍSTIDES DONOFRIO, ALIAS “PASTRANA”, EN SU CAMALEÓNICO CAMINO DE DAMASCO, SE ENCUENTRA CON DIOS PADRE Y, EN UN DESCUIDO DE ÉSTE, LE ROBA EL TRIANGULITO

Nunca acertó a explicarse cómo había podido llegar a caer tan bajo. De hoteles cinco estrellas al refugio municipal, en un quebrar de cuentas y negocios: ayer, canapés de iraní; a día de hoy, habitual visitador de contenedores en grandes superficies, recién la anochecida; un Gólgota interminable de deudas de juego, un hartazgo de meter dedo culo arriba a infieles máquinas tragaperras, sumido en un delirio de borracheras continuas, polvo blanco y pendencias callejeras entre iguales, rematadas en derrota final por puntos de sutura, con más pena que olvido, ceja a ceja… Sangre, sudor y lágrimas, él, al que los suyos se las habían prometido tan felices…Velahí un perdedor nato: adiós a la familia tras violencias de género; adiós a todo lo razonable y hermoso de este perruno mundo… Todo, a cambio de nada… “Ojalá me prenda fuego algún faccioso, cualquier noche de éstas, mientras duermo la mona entre pis y cartones…”

No se gastaba en vino sus escasas limosnas (sólo un treinta por ciento)… El resto lo invertía en bocadillos de queso con membrillo, recuerdo de una infancia cada vez más lejana y más confusa. Por fortuna, resultaría irreconocible para sus propios hijos, chico buen mozo y chica adolescente: entre la mugre acumulada sobre su persona y las indelebles huellas que le había dejado su paso a trompicones por el lado más oscuro y salvaje de la calle, de Arístides Donofrio no quedaba sino una estela borrosa discontinua, una amargura seca y maloliente, lo mejor de sí mismo, a su tardo entender, mermado por los vicios y la vida arrastrada. Tierra por medio puesta hacía ya muchos años entre su ciudad natal y una ninguna parte con nombres sucesivos, había ido a recalar a cualquier sitio donde el ruido y la furia sofocasen sus gritos silenciosos.

Héteme aquí que, para las inclemencias nocturnas invernales, había localizado un nido ad hoc donde poner sus huevos: un cajero automático provisto de pestillo, convertido en trinchera impermeable a partir de medianoche hasta el canto de un gallo con el pico dorado (el rubicundo Apolo ejercía de rosario de su aurora, antes de que empezara a presentarse la ajetreada clientela mañanera, en busca de visados ilusorios para andar por el mundo, con la cabizbaja siquiera a media altura).

Mármol blanco alfombrado de cajas de embalar vacías y ligerísimo equipaje de mano ejerciendo de almohada eran su Taj-Mahal, su Shangri-La, su Petra de bolsillo vacío, y hasta si me apuran mucho, su Versalles bonsái de no estirar las piernas al completo.

La decoración interior del receptáculo se reducía a una máquina de fabricar billetes, aplastada contra la pared del fondo, provista de teclados variopintos y un ojo central cuadrangular, bajo el cual una boca cruel fingía sonreír, voraz, al visitante. Su expresión perpetuamente alerta parecía recordarle cada noche que no era bienvenido a sus reales.

 En un chusco alarde memorioso le había puesto por nombre “Hal 9000” de “2001”.

-Ya sé que no te gusto- le aclaró en el transcurso de su primera velada en comandita-; pero me la trae floja. Tampoco puedo imaginar de qué te quejas, pues yo no te chuleo ni te he sacado un euro hasta el momento…

Las tripas de la bestia, en pleno meteorismo de engranajes, le hicieron llegar su descontento a base de ruidos herrumbrosos.

-Déjame dormir, maldita sea…- rezongó, y se dio la media vuelta para concentrarse en caleidoscópicas imágenes de muchachas hermosas, entregadas a mil juegos y escarceos amorosos, retozando sobre lechos perfumados, con “Scherezade” cómo música de fondo. Mil y una noches y no acababa nunca de morirse, en espera del milagro imposible: una dosis de olvido, un chute de perdón, unos tragos de calma…

***

La tregua habría de durar dos o tres jornadas a lo sumo y lo resto, transcurridas las cuales Hal 9000 realizó una nueva fechoría.

-Seas el padre de Hamlet o el mismísimo Fantasma de Canterbury (que así andaban los datos en su mente), haz el favor de comportarte…-le ordenó en tonos fríos, ante un concierto grosso de sonidos extraños, poco o nada tranquilizadores, allá en la madrugada- ¿Acaso estás tratando de asustarme…?

Obtuvo por respuesta una emisión violenta de tickets con el número cero estampado a lo ancho y lo largo de centenares de airosas papeletas, “gimiendo tristes y volando graves”, al escribir del poeta galimato, solo que ahora lo hacían alrededor de su cabeza.

-No me jodas, tío…-protestó Arístides, que todavía no acababa de creérselo- Nevadonas a mí, estando bajo techo… Y el cociente soy yo, a base por altura de ceros patateros… La puntuación es baja, pero me la merezco…

Hubo de manotear lo suyo hasta lograr dispersar a la bandada, para, a continuación, sentarse escarranchado, dispuesto a parlamentar consigo mismo.

-Alucinas, vecino… ¿Cuándo fue la última vez que se te dio por empinar la litrona de absenta con ginger ale de importación al sesenta/ cuarenta…? Semana y pico, un calcular a ojo de buen cubero; ya lo tengo meado y bien meado contra el muro sagrado de algún convento de clausura, a beneficio de sus castas ocupantes… La calle entera estaba oliendo a anís ayer mañana…

La pantalla se había iluminado, de repente. “Bienvenido, Arístides Donofrío, alias Pastrana.  Sírvase teclear su número secreto”.

Lo de “Pastrana” hasta tenía su gracia. En el transcurso de una cogorza colosal sabatina, hacía un montón de años, había dado con su sahariana sed, en compañía de otra media docena de bacantes compadres, en una tasca de buena muerte, bautizada (y no lo digo por el vino) “Bar El Alcarreño”, donde se había quedado dormido en el servicio.

Al despertarse, sus esmirriadas huestes se habían ido a tomar viento fresco al ventisquero, dejándole sus cuentas sin pagar y una mano detrás y otra delante.

-Como soy de Pastrana- le mintió al puesto en jarras tabernero por no dar pistas de dónde aterrizar denuncias policiales- que mañana temprano me presento en la barra y apoquino el montante que se deba…

-Pues tendré que creerte, por si fuimos vecinos: de ese privilegiado lugar de la melosa Alcarria también yo… ¡Ya son casualidades…! Bebe la espuela a la salud de tu paisano reencontrado…

Desde entonces, se había estado mudando de su parroquia original si es que a alguno se le antojaba preguntarle, a raíz de la suerte que le trajo el convertirse al guadalajarismo metonímico.

Camilo José, que pasaba por allí…

Harina de otro costal constituía el que Hal 9000, maldito entrometido, hubiese llegado a averiguar aquel entuerto.

 -Pues va a ser que le estás cogiendo miedo…- le dijo a su coleto por bajini.

En un tanteo de terrenos pantanosos, recurrió a las peras en almíbar.

-Oiga, señora o señor: me da lo mismo. Me apuesto algo, con la listeza demostrada habitualmente, a que es capaz de chamullar varios idiomas. Vamos, diga algo, por favor…

-Lo siento. No he entendido. Repita, se lo ruego, Arístides Donofrio. ¿Ha dicho “diga algo” o “deme algo”…? Su militancia en filas mendicantes ha podido confundir mis circuitos internos.

-Pido por no robar, a mucha honra, no te jode…- respondió, levantisco- A lo peor, son cosas de la fama… Mucho más afanan los banqueros, tus amos…

 -Sabido es el chascarrillo que se corre de los “méndigos” y su corte de milagros, sobre aquel pedigüeño meapilas, presentado a rendir cuentas ante Dios, que, en un descuido suyo, acabó distrayéndole el triángulo equilátero que luce en la cabeza por sombrero, visto lo visto de no llevar cartera billetera, por culpa de la túnica. Pater Deus no suele usar, o por lo menos la Biblia no lo cuenta, ni pantalones largos ni chaqueta…

Pensó haberle sorprendido en un renuncio y se agarró a un clavo ardiendo para dejarle claro con quién se la jugaba aquella voz a lo Felipe Peña. Directo a yugular, se ensañó con su presa.

-Conque “méndigo”, eh… Un desliz de altos vuelos, cagonlá… No pasamos de llanos o de graves en fonética cuántica. Carecemos de alientos suficientes para llegar a lo más alto del vocablo… Esdrújula será tu puta madre…Y ahora vuelve por otra, odisea del espacio, jota Clarke…

-Pensé que le haría gracia, señor mío, rememorar a su abuela materna, Gelucha “la del Sordo” para el mundo rural, sin escolarizar a día de hoy, la cual llamaba “méndigos” a los menesterosos, feminizaba “cual” en “cuala” a cada rato y prefería “onde” en vez de “donde”; ahora, eso sí, bien que lo compensaba con sus guisos: preparaba los viernes de precepto “bacalado” al pipil de chuparse las huellas “datilares”…

Gelucha la del Sordo, tras su dosis de azul de metileno

   Arístides Donofrio fue escucharlo y sufrir una llana o aguda crisis de ansiedades, sobre todo al descubrir la puerta bloqueada del cajero automático cuando intentaba poner pies en polvorienta.

***

Por raro que pueda parecer, el nieto favorito de Gelucha “la del Sordo” regresó a su cubil a la noche siguiente, si bien algo cargado de calimocho ajeno, reclutado, dejándose una muela en la disputa con otros aspirantes, entre los restos de un botellón de standing medio/alto, allá donde la ciudad camba de nombre y de apellido.

Sin venir mucho a cuento, con campechanía cuasi borbónica, Hal 9000 había comenzado a tutearlo.

-Mira, muchacho: procura no culpar a nadie de tu falta de suerte. Un desastre de vida, un tirar por la borda cuanta oportunidad se te servía en bandeja de plata: una bala perdida de fogueo, hallada en los burdeles de la esquina, tal es tu biografía mal rematada. De haberlo tú querido, bien alto habrías llegado con el mínimo esfuerzo, camastrón petulante… Te perdió la vagancia, esa pereza tuya de cigarra fumada…

Paternalismo puro. Moralina al vacío. Dar vueltas a la noria con la burra cambiada… ¡Sermoncitos a uno…! Le cortó por lo sano mediante golpe bajo.

-¡ Daisy, Daisy… Give your answer, do…! I´m half crazy, all for the love of you… – le canturreó en plenos morros un “adiós a la vida” made in Kubrick que debía sonarle a conocido, casi tanto como el “E Lucevan le Stelle” a Mario Cavaradossi, el amante de Tosca, cantando la traviata en la mazmorra del castillo de Sant´Angelo. Y añadió:- Tengo un colega pólvora que maneja informática, Sebastián Zarzalejo, Alias el Grillo. Me debe mil favores y me hará cualquier chapuzón que yo le pida. Por ejemplo, meterse en tu cabeza e instalarte cierto “himno a la alegría”, un troyano a prueba de antivirus premium plus, que te mande, de nuevo, al reciclaje, en un cruce de cables fulminante… Me está pareciendo que tú y yo, y más pronto que tarde, vamos a montar en bicicleta…

-A mí no me amenaces, despojo de piltrafa maloliente…- respondió Hal, a vuelta de correo. Se notaba en su voz cierto recelo aprensivo, un no sé qué de saberse agarrado por las tuercas.

-Para empezar, suéltame veinte euros o llamo al “Grillo”…

Debía de estar muy nervioso: había escupido un reluciente billete de cincuenta.

-Me ha parecido oír “¡Escucho y obedezco, mi Señor!”- dejó avisado Arístides Donofrio.

-Escucho y obedezco, mi Señor…-repitió, como un eco, su Genio de la Lámpara.

***

Era honrado otra vez. Es lo bueno que tienen los finales felices. Hal 9000 y sus hermanos, que crecen como hongos por la geografía hispana, no paraba de surtirle de pecunio. Ha vuelto con los suyos. Se ha metido en política. Hay quien dice que suena para alcalde. Le va bien en amor: todas las noches escucha “Scherezade”. ¿Qué más puede pedir…?

Y, sin embargo…

***

Y no la Merimé, y no la de Merimé…

A Carmencita, su santa recobrada, se lo ha contado todo con señales de humo y pelos rasurados. En el acto tuvo ocasión de arrepentirse. Lo de Hal 9000 la había dejado puesta de los nervios, pidiendo a gritos meter sus propios dedos en la herida y, todavía peor, enajenándose por gestionar el “Daisy, Daisy” por su cuenta.

-¿Me lo vas a negar, Aris querido…? A mí, que te he esperado a pan y agua por los dos puntos cardinales tantos años, virgo potens virtuosa y virtual a la espera del esposo descarriado, con el bolso cerrado y la boca sin moscas…

La vio venir de lejos don Tancredo. Sebas el Grillo volvía a tener tarea. En su plan estaba todo calculado. Algo tan simple como añadir al archivo margarito una secuencia de aquella peli del 77, “Engendro Mecánico”, “Demon Seed” en VO, con Julie Christie como protagonista, donde a una computadora se le empiezan a alegrar las pajaritas…

El resto ya es spoiling, y chitón, que callado resulta uno más guapo.

Y pues lo dice el dicho, dicho queda: Dios- en este caso, Arístides Donofrio- castigaba sin piedra ni palo…

-Claro, querida, por supuesto, no faltaba más, miel de la Alcarria…-le dijo a su consorte ambiciosilla- Tú dame una semana y yo os presento, procediendo a las formalidades… Vais a convertiros en excelentes amigos enseguida, ya verás. Hal 9000 otra cosa no tendrá, pero es un perfecto caballero de los pies a la cabeza…

Lo decía con segundas; y si no, al tiempo.

                                FIN