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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 11

YO SOY EL QUE SOY…

-Se halla hoy entre nosotros un bien querido nuevo aspirante, de nombre Leonardo Dantés, a quien propongo le sea dada la más cordial de las bienvenidas con un fortísimo aplauso…-discurseaba Víctor Montegudo a través del micrófono, Jesusito de mi vida en una mesa para doce, entronizada sobre entarimado bajo palio, a la cabecera del recinto, una especie de anfiteatro con gradas a los lados, hervidero al vapor de una selecta muchachada de ambos sexos. A los comensales propiamente dichos nos habían situado, con los pies en la tierra, en el centro del ruedo  (como en todo gran evento que se precie, sobre un pódium, un esforzado intérprete iba traduciendo sus palabras al lenguaje de signos).  Prestemos atención lo que dice el Gran Maestre de Ceremoniales:- Aunque en honor a la verdad, y por desgracia, nuestro homenajeado no podrá oír esa ovación que le estáis dedicando, en el momento presente, a su hombría de muy bien y limpia ejecutoria. Dantés, estaréis informados, se ha quedado sordomudo de por vida, después de un desgraciado accidente de motocicleta. Conducía bajo los efectos del alcohol y otras drogas alucinógenas. Hoy ha visto la luz- que no el sonido, valga la sinestesia cogida por los pelos- gracias a nuestra amorosa tutela y se halla desintoxicado al noventa y nueve, treinta y tres, treinta tres, treinta y tres, por el ciento y la madre…

Santini, a mi vera, siempre a la verita mía, compartiendo un escueto velador a la derecha de la presidencia, pellizco de monja de por medio, me preguntó al oído si no pensaba levantar culo de asiento.

-Que se levante el conde de Montecristo, ¿no te parece lo adecuado…?- respondí, sibilante.

-Está hablando de ti, no seas imbécil…-contratacó Santini en un fiero susurro.

-Pues al estrenar sordomudez, voy a llevarla clara…

-Nunca importan los bolos, que dicen los ingleses. Yo que tú, no me perdería ripio del discurso en cursiva…¿Para qué crees que nos han puesto aquel intérprete…?

Touché… Dejé de masticar kombú confitado con salsa de wakame y me dispuse a regodearme- a quién amarga un panqueque de dulce de leche- en mi currículum de joven talentoso, emprendedor, simpático y empático, al regreso de su camino de Damasco. De seguro, degustando tan neptunales manjares cinco estrellas, no había prestado suficiente atención a la dedicatoria.

-La vida parece empeñada con demasiada frecuencia en ponernos a prueba de coraje masculino y abnegada paciencia femenina. Héteme aquí que a nuestro huésped se le ha diagnosticado la pasada semana una enfermedad rara de origen virulento y, a mayores, altamente contagiosa, lo que no os permite  a vosotros- y a mí sí, al estar vacunado- corresponder con un abrazo a este nuevo quebranto del Destino. Observaréis que, a su lado mayor, la hipotenusa, haciendo de cateto, se halla el Dr. Santini, catedrático emérito de todas y cada dos de las universidades europeas y americanas, encargado de vigilar el desarrollo de la plaga en el delicado organismo del paciente. Un aplauso para el Dr. Santini, que bien merecido se lo tiene…Hip, hip, hip…¡ hurra…!

Mi compañero de mesa, tentetieso a golpe de resorte, saludaba a la audiencia, visiblemente complacido, hasta que me ocupé de ponerlo en su sitio, de un tirón de faldones chaqueteros, no me fuera a robar protagonismo.

-Una vez finalizado el refrigerio, en mi despacho particular – y desde una burbuja protectora-, voy a imponerle, vía Santani, la Gran Banda al mérito de más firme promesa a nuestro postulante, en la certeza de obrar en tiempo y forma y el orgullo de saber a ciencia cierta que, un mañana no demasiado lejano, va a convertirse en uno de los nuestros…

Anda jaleo, jaleo; ya se acabó el alboroto y comienza el cachondeo…

-Ote, ote, ote: mariconchi el que no bote…- se chillaba desde los graderíos, a pleno decibelio.

***

Ni burbuja ni leches. En rudo contraste con el resto del complejo, el despacho del Sr. Monteagudo hacía punta de lanza del exceso, la ostentación y la demasía disparatada. Velahí retratos dedicados por las más altas instancias de la nación, la Curia Apostólica y Romana, el mundo de la Cultura y la farándula…. Todos ellos bajo la aguileña mirada oleoginosa de Su Señoría Ilustrísima, teledirigida desde un gran retrato ecuestre, a tamaño innatural, en el epicentro mismo del mäellstrom.

Al fin solos, tan curioso sujeto no vaciló en hacer un spoling de lo que nos traíamos entre manos.

-Comprenderás, Fermín, que debo cubrirme de espaldas para abajo. Contigo no voy a andarme con spaghetti westerns o rodeos eufemísticos: vaqueradas, las mínimas… Un riguroso anonimato presidirá el cotarro toma y daca. No es de recibo ponerte en lucimiento, por mucho que nos duelan vanidades feriantes. Enseguida lo explico. No te verás expuesto en pública subasta. Serás…mejor dicho: será Leonardo Dantés otro de esos hombres-sombra que jamás existieron en la vida real; señuelo para incautos y liebre de canódromo. Mientras tanto, tú y yo, codo con codo, en los próximos años, trabajaremos de cosuno en un magno proyecto para el que se te eligió por prescripción de un equipo de expertos y notables globales. Como diamante en bruto, a carbonos, en el país, y aun digo  más: el Hemisferio Norte, no hay quien te coloque el pie delante. Tu misión y la mía: poner en marcha un memorándum general de mi vida y milagros, para lo cual no me hacen falta mentecatos ni listillos, tiralevitas o liróforos celestes… ¿A que me entiendes…? Trigo limpio, brisa fresca sin contaminar, incomunicada de las turres ebúrneas oficiales: la melodiosa voz de los de abajo cantando las cuarenta al poderoso; callen las voces de los tenores huecos: la sonado la hora del cuclillo… Tus trabajos semanales en “El Heraldo Gallego” nos han venido a servir de caja negra para localizar el mirlo blanco… Y fue así de sencillo. Lo complicado es que te comprometas, bajo contrato, a que la confidencialidad más absoluta campe por sus respetos a lo largo y ancho del proyecto, aherrojando cualesquiera tentaciones de coqueteos con el divismo aburguesado…Fermín Monzón  tuvo mi bola blanca desde el primer momento, descartados- y cito solo algunos, por lumbreras…-  el Reverte, la Torres catalana, el Martín de Riquer, la Martín Gaite, el Cela, la Matute, el Goytisolo…

Hizo una pausa. Ignoro cómo se las había arreglado pero mis manos estaban ahora entre las suyas, sometidas a una presión desagradable y pegajosa. Tartamudeaba al hablar cuando lo hizo:

-Nadie en su sano juicio se permitiría poner en cuestión una apostura pareja a tu talento. Vales tu peso en carne y osamenta… Esta tierra, que también es la mía, produce buen ganado…No creas que no me sorprendí, gratamente además, al percibir que resultábamos paisanos. Nuestras familias, puerta con puerta, como aquel que dice y dice bien. ¡ Si hasta fue a coincidir que Genoveva, tu mamá, ¿no te lo dijo?, fue novia mía de pasear por la calle Real durante un tiempo…! Por si acaso, te hicimos unas pruebas de ADN, aprovechando una campaña del Sergas; me parecer recordar, la de la gripe aviar. No reclames, pues no eres hijo mío, aun cuando para serlo, te sobrasen maneras y talentos. Buena moza, tu madre. Y no me importaría echarle vista encima cualquier día de éstos; le buscaremos hueco, eso está hecho…

 “Todavía hay más bacalao para cortar. Vamos a ello. Tus jefes se muestran encantados- no me esperaba menos- de cederte en una “comisión de servicios” temporal, con objeto de no despertar sospechas. Tu salario correrá de nuestra cuenta. Non te preocupare de la cuestión “estudios”. Dos cursos más y estarás titulado; cualquiera de nuestras universidades amigas se mostrará encantada de servirnos en bandeja de plata… Pero vayamos a las espinas de la rosa… “Tendrás amor, tendrás amor, tendrás amigos”, máxime tú, tan listo y tan apuesto…Olvídate de ellos si has de abrazar mi causa… No volverás a verlos hasta el fin del trayecto… No te amilane el tranvía de tus deseos…Acude a mí en los azotes de lujuria: tus apetitos se verán saciados…Cien volquetes de licenciosas evas y de ángeles caídos nos están aguardando… Y ya que salen a colación las pelanduscas, Evangelina Prego, por descontado sabes de quien hablamos, no puede portar vela en este entierro… Suele tomarse demasiadas confianzas. Tachada de la lista. En caso necesario, nos avisas, que nosotros procederemos con total discreción. No será la primera ni la última… Accidents happen: tuviste ocasión de comprobarlo…En cuanto a Leonardo Dantés, va a permanecer entre bastidores hasta nueva orden. Es Fermín Monzón quien vale un potosí y en el que tenemos puestas todas las complacencias…

Fue instintivo, por no llamarlo atávico. Acerqué sus manos a mis labios y comencé a besarlos con unción, en señal de afecto sin fronteras y respeto a prueba de intereses mezquinos.

-Puedes marchar en paz, Fermín Leonardo…- dijo mi Bienhechor, con un gesto abiertamente salomónico y ternura en los ojos y en los labios- Mantente siempre alerta. No intentes restablecer contacto. En el momento oportuno, nosotros nos dirigiremos a ti como mejor convenga. Las sesiones de trabajo al alimón comenzarán muy pronto… Y ahora, déjame solo… Debo someterme a mi terapia de las cinco…

Dos esbeltas muchachas de rasgos asiáticos, portando un carrito con toallas y un multicolor y abigarrado zoco de tarros para ungüento y pequeñas botellas de perfume, acababan de entrar en el despacho.

***

René Lopezarena se encargó el volante en el viaje de vuelta. Se le veía al hombre deseoso de catarsis melancólica y me habló, sin ambages, de sus pretéritos planes de futuro.

-Aquí donde me ves, yo iba para astrofísico. Ya apuntaba maneras en la infancia: me andaba cayendo siempre de los árboles. Pasábamos el verano con mi abuelo materno en el rus-ruris de la Pampa argentina, donde ejercía de capataz para unos ricos hacendados chilenos. Él, serio del trinque, presagiaba (y por todo lo alto, nunca mejor dicho o escrito):

“-Tanto ves las estrellas a fuerza de chichones, que lo tuyo, de mayor hecho y derecho, seguro vaya a ser la astronomía… Yo ya no lo veré; pero vuelve a esta estancia donde estamos ahora y me lo avisas, dando tres golpes fuertes en el suelo… De no escucharlo, por hallarme a remojo en la cadera, algún demonio  me llevará el recado…No todos los demonios son cornudos: haylos buenos y malos; e, incluso, regulares…

“El caso es que, con ocasión de mi siguiente cumpleaños, Abuelo Pablo me regaló un telescopio de juguete… Luego tuvimos que embarcarnos para España por política. A mi padre se lo llevó un cóndor que pasaba por allí a viajar en avión por el Pacífico; Silvana María, mi hermana mayor, rogelia y media la pobre, si te he visto no me acuerdo: se la reclama aun hoy en la Plaza de Mayo a voz en grito. Hasta Vigo nos arreglamos para llegar con una mano detrás y otra delante, gracias a unos parientes gallegos de mi madre. A mí, no más llegar, se me metió en el seminario: era una forma de mear el territorio. Nunca llegué a profesar, y no fue en aras de colmar unos apetitos cárnicos en perpetuo estado de retreta o porque me gustase más que un mate amargo el mujerío… En Mondoñedo conocí a Santini; era un “cazatalentos” disfrazado de director de coros parroquiales. Se había fijado en mí por mis cuerdas vocales. Convenció a mi familia de mis muchos talentos para el trino y me fue encarrilando hacia sus fines: una preparatoria para futuros capitostes, al margen de circuitos oficiales. Oros y moros prometieron a mi madre, quien, por puro cansancio vitalicio, lo dejó hacer y miró para otro lado.

“Esto te estoy contando, compañero, a sabiendas de que te mantienen engañado, pasado por el chino…¡ Quién pudiera desenredarse de sus aparejos…! Para algunos es tarde: se me ha pasado el arroz de la astrofísica; te me antojas a tiempo de convertirte en zángano de colmenenares viejos… En un tris vas quedarte tronco de ciruelo: este armatoste con cuatro ruedas y una de repuesto está gasificado, agujerito va, agujerito viene en la parte trasera… Creerás haberme escuchado en un mal sueño. Jamás has de olvidar quién eras tú, antes de conocerlos, o pasarás el resto de tu vida atravesando, a sordas ciegomudas, el tenebroso valle de las sombras chinescas…

Se le quebró la voz. La cortinilla comenzó a correrse. Un servidor también; pero de espanto…¿No vendría siendo, entonces, Víctor Monteagudo un Mefistófeles remasterizado, redux o lo que fuese…? ¿A qué clase de demonio tentador había vendido yo mi alma…? Y, como éramos tan pocos, fue mi abuela y se puso de parto… A Evangelina Prego, con mis necias palabras, la había arrojado a los leones de aquel circo…¿Se hallaría en peligro de muerte…? Conociendo percalina, los creía muy capaces de quitarla del medio a la tremenda… Correr a avisarla; sí, claro, pero, ¿cómo…? A bordo de un coche funerario, conducido por un loco, lleno de ruido y de furia… Eso, ¿a qué me sonaba…? Tres tristes tigres en un campo de trigo, estudiando trigonometría… Me esoy quedando frito vuelta y vuelta…Puedo hacer como el agente Harry Palmer y clavarme un imperdible en una mano, por quedarme despierto aunque sea a medias… Imperdibles, lo siento, no me quedan; también ignoro dónde han ido a parar mis cuatro manos, de repente… La izquierda ignora lo que hace la derecha y viceversa…¡Buen momento para andarse con política…! Quiero bañarme desnudo en el pilón…¡Necesito un chupete urgentemente…! Primero he de rezar mis oraciones… “Yo soy el que soy…”, se ufanaba el Señor… Y yo, Leonardo Dantés a ratos libres…Yo sé, yo sé la manera de dar, de dar la lata a cualquiera…Y, de seguido, se repite muchas veces…

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 11

Leonardo Dantés, en estado palpitante

 

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LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo 10

EL ALMUERZO VESTIDO DE BLANCO

Cuando mis acreditadas capacidades para el sobresalto parecían superadas ad sartrianan nauseam, todo remanente residual de equilibrio o cordura a nivel personal comenzó a descoyuntarse de repente en sus recónditos circuitos interiores.

 Sin previo aviso, cierta mañanita, un par impar de gabardinas con sombrero a lo polar francés, patibularios ellos, se presentaron en el despacho de abogados donde presto mis servicios mercenarios a cambio y cierro de dinero contante y mala vida.

 Tras una breve entrevista con el jefe, se me comunicó que debía acompañarlos sin derecho a preguntas o respuestas. D. Martín, pose inédita en él, al menos en presencia de empleados, se mostraba obsequiosamente lameculos con aquellos conspicuos representantes a domicilio del rastrero Mester de Esbirrería, cuyos nombres de pila- de pila de mierda pinchada en un palo  de golf-, René Lopezarena y Gualterio Olivares, sonaban a guerreros del antifaz y a palabras cruzadas.

-Ningún inconveniente en absoluto. El Sr. Monteagudo tiene, y él lo sabe, carta blanca a la hora de disponer de nuestro equipo y de su tiempo…- le escuché cloquear, gallináceo huevón, a Pirulicio-En cuanto a usted, Fermín, dispóngase a seguir a estos dos caballeros. Su jornada, a partir de ahora mismo, depende de su ponderado arbitrio. Queda bajo sus órdenes mayores y menores. No quiera defraudarme, Monzón, o tendrá que vérselas conmigo frente a frente…

Sorteado de los dos impresentables, uno por cada lado y del bracero, menuda lotería de navidad, abandoné la zona protegida, incapaz  de articular palabra, por la vergüenza ajena que me daba el verme así tratado en pública subasta.

Montado sobre la acera, un sedán negro de cristales tintados nos estaba aguardando con el motor en marcha. Fermín Monzón en vivo y en directo debía de ser el sustancioso botín de aquel atraco a golpe de sonrisa y reverencia.

Un híbrido de gorila y de mandril, macho dominante en la manada de la que yo había empezado a formar parte, se ocupaba de la rueda del timón, disfrazado de chófer de opereta. Enseguida se encargó de establecer los protocolos a seguir:

-Buen trabajo, muchachos. Misión cumplida. Aquí se despide el duelo: a descansar en paz, tras el deber cumplido. Al pajarito, me lo llevaré yo, si no os importa, a dar un revoloteo profiláctico porque se dé un buen despeje de alerones. René, Gualterio, un pequeño consejo: no os gastéis la paga en golosinas; guardad para mañana, que la vejez está llena de pejigas engorrosas…

Los aludidos desaparecieron del paisaje urbano mientras mi auriga abría la puerta del sedán y me empujaba dentro sin grandes ceremonias.

-Estate quietecito, chico afortunado, y no tendrás problemas de mareo…- me vaciló con vozarrón peliculero, tras ponerse al volante y enfilar calle abajo, saltándose semáforos y atropellando cebras del Serengueti a nuestro paso, piso, pero no aviso- Santo dónde te pondré, así es como te tratan: son órdenes de arriba, cruz y raya; no como a la otra tropa, créetelo, de carretera y manta … Te ponen chófer, te llevan y te traen… Eso es picar alto de cojones…

-¿Adónde vamos…?- fingí querer saber, conociendo de sobra la respuesta.

-Manzanas traigo de la abuelita Smith, verde botella.  Por cierto, o vete tú a saber si por mentira: puedes llamarme Osvaldo, uve sencilla, mientras dure el viaje de todos los demonios, y atenerte a la campechanía de las indoloras reglas del tuteo.

Sus ojos, reflejados por el retrovisor, inyectados de sangre, a lo Bela Lugosi en blanco y negro, poco hicieron por tranquilizarme el hipocondrio. Sacando fuerzas de flaqueza esquelética, me marqué una farola con borracho incluido.

-Monitorizado como estoy por las fuerzas de orden público, poco importa que lleguemos a extraviarnos, tras la puesta del Sol, y me pongo en lo peor, la víspera del Día de los Difuntos, en el Monte de las Ánimas Purgantes: localizarían nuestra exacta situación geográfica en cuestión de segundos…

-¿Permitirás, por una vez siquiera, a este humilde taxista accidental, disentir de tus agoreros asertos anteriores…? El escaneo al que has estado sometido mientras cruzabas las puertas del vehículo nos informa de todo lo contrario… Relájate y disfruta mientras puedas…¡Estos petites bourgeoisies de poca monta…! Por fuera, unos listillos; pero, por dentro, cardos borriqueros… Os cazan como moscas, con el step cambiado… ¿Sabes lo que te digo…? Te tendrás merecido todo lo que te ocurra o no te ocurra… ¡Principiantes, torpes aficionados…! Si no saben torear, ¿por qué se meten en camisas de once fuerzas…?

Suponiéndola una cuestión retórica, no quise contestarle y me sumí en un silencio huraño, a la espera de nuevas invectivas por su parte. No hubo que aguardar mucho…

-Conste que me caes bien, guapo de cara…¿Alguna otra cuestión que estés deseando plantearme, además de tu interés, fácilmente entendible, por el destino final de este trayecto, a lo cual no pienso responderte…? ¡Qué sé yo…! Encargarme un menú para esta madrugada, un derecho inherente al condenado a la pena capital, por ejemplo…-y el tal Osvaldo rompe a reír a grandes carcajadas, golpeando el volante con las dos manos libres, a compás tres por cuatro- ¡Es broma, es broma…! Me encanta el humor negro a lo Bill Cosby… Rostro Pálido no correr peligro, de momento…

-Lo dudo mucho, mientras no atiendas a conducir de acuerdo con el código vigente…- respondí, displicente-Pues sí, y a lo que vamos; una curiosidad me ha picado hace ya un trecho (por discreción, no especificaré el lugar exacto)… Evangelina Prego, ¿te suena a ti a ese nombre apellidado…?

Se rascó la cabeza y la pretina del pantalón al mismo tiempo, manos para qué os quiero, y el vehículo se puso a dar bandazos, pidiendo a gritos, conchabado conmigo, un piloto automático, salvador del desastre.

-En el parque automovilístico de la organización no se admiten mujeres conductoras… No queremos problemas del embrague…Descríbela un poquito, sin ahorrarte detalles escabrosos…¿Qué tal anda de grupas…? Me llamarás asqueroso machista reprimido; pero eso es en lo primero que me fijo en lo tocante a las hembras de mi especie… De las burras, me interesan las orejas parabrisas y que sepan matar moscas con  mi rabo…

-Evangelina Prego trastabilla los pies cuando camina… Algunos malnacidos, allá en el instituto de la enseñanza a medias, solían llamarle “Cucaracha”…

-Su majestad es coja… Ni un solo perogrullo que objetar, en tanto en cuanto no resulte ser manca lepanta, a diestra y a siniestra…¿Qué tal anda del 90-60 restante…?

-Palmo más, palmo menos… Galopa y corta el viento a su manera…¿Resuena o no resuena en tu cerebro su onomástica…? A lo mejor, de quitarte la gorra, resultarías más guapo, podrías elucubrar con mayor discernimiento y, en un paspís pispás, me hubieses resuelto ya  el arcano que te vengo  planteando a bocajarro; esto es: sin andarme por las putas de las ramas rameras…

-Repito: no estropees lo bien que me habías estado cayendo hasta el momento… Digo más: cuando vengan los míos- y ya están al caer-, iremos a necesitar tipos de tu valía y posibilidades. Toma, te paso mi tarjeta de visita, no la pierdas…- me alargó una, con aspecto incunable, de delante hacia atrás, con el sedán de nuevo haciendo virguerías por mantener derechos el rumbo y el tronío, a lo largo y lo ancho de aquella carretera secundaria por la que circulábamos, camino del infierno tan temido- Mandamás Monteagudo no debiera enterarse… No te fíes de él; sobre todo, de su equipo de pelotas saltarinas en derredor, bailándole las aguas, al radiador que más calienta. Te juegas tú las tuyas y prevenido quedas. Si es que aún las conservas justipreciadas y lustrosas, depiladas con láser, en número de dos, bien pegadas al culo, resulta imprescindible el no bajar la guardia… Mejor será que calle… Me estoy emocionando, Fermincín, hijo mío… ¡Cuándo vengan los nuestros, los tuyos y los míos…! No dejes de llamarme, de encontrarte en apuros: “¡A mí, el Osvaldo…!” A doña Cabra y al Sr. Cabrón, un servidor, puedes ponerle el cuño, abre y cierra los ojos, y nos tienes, un solo hombre cornudo, al lado que más convenga a tu perfil pictórico, un paso más allá del fotogénico… Sólo a los héroes clásicos- vienen para quedarse- los retratan al óleo de paleta…

A punto estuve, palabrita del Niño Fermín, de preguntarle a tan enfervorizado conductor, lo que sí y lo que no había estado tomando para desayunar  esa mañana. La voz del entendimiento me hizo ser muy comedido…(No le he puesto comillas porque todo el mundo sabe de dónde está tomado el chascarrillo culterano…)

Entre dares y tomares, habíamos salido ya de la ciudad y empinábamos cuesta hacia un ignoto punto filipino. En la parte trasera del sedán, se respiraba un calor insoportable.

-¿No te importa abrir las ventanillas o, en su defecto, pasarme la botella del oxígeno…?-pregunté a un Osvaldo correcaminos, cuya expresión, hasta entonces abierta hacia el diálogo de sordos, se había vuelto del todo inescrutable, a la par que torva y cejijunta.

-No ha lugar…- me respondió, lacónico, al tiempo que bajaba una palanca situada en el cuadro de mandos y las cortinillas del cristal de separación entre ambos comenzaban a correrse lentamente- Duerme y no ronques. Debo estar concentrado. La DGT vigila.  Un toque te daré cuando lleguemos…

Olía a rosas marchitas que tumbaba. Obedecí, sumiso, y me quedé traspuesto como un niño pequeño. Bebé a bordo y sin cartel de aviso en ventana trasera… Me lo estaba temiendo… Una ovejita negra, dos ovejitas negras, tres ovejitas negras…

-A ver si va a resultar que ya estoy muerto…- todavía tuve tiempo a preguntarme, antes de pasar a transitoria mejor vida, acurrucado en el asiento trasero, con los pulgares metidos en la boca, sujetos a succión alternativa, mucho más ruidosa que efectiva.

***

No soñé que nadie me llevase por una oscura vereda hacia el azul de los cielos, una mañana serena, que menuda machada. Si algo permaneció en mi disco duro fue una vaga sensación de haber vuelto al vientre de mi madre y que ésta, puesta en cuclillas, como para defecar, me paría sietemesino, en el transcurso un sangriento ballet para dos piernas, delirio a dúo de insoportables contracciones, en rítmica alternancia temporal con gritos espantosos y grotescas blasfemias, y total, para acabar arrojado, sin ni siquiera recibir una azotaina, al cubo de despojos malparidos.

-“¿Qué ha sido eso…? ¿Un niño o una niña…?”- preguntaba mi madre al equipo quirúrgico.

-“No acertó usted ni una, Frau Samsa…- respondióle la matrona al mando- Eso ha sido un insecto repugnante…”

-Pues devuélvamelo. Le llamaré Gregorio…

***

Me desperté- aunque solo fuera a tercias- en un pequeño cuarto tirolés con vistas a los Alpes austríacos cubiertos por la nieve y bungalows de luxe, con cartel de “se vende”. Treinta números correlativos, del 1 al 31, oficiaban de perrillos falderos a sus pies y a sus piernas. Tardé más de la cuenta en enterarme de que había estado contemplando un calendario, estratégicamente colocado en la semidesnuda pared frente a mi lecho del sopor, quién sabe si para tenerme mosqueado. Una única ventana daba a un prado y éste a una vaca sonriente “a mí me las den todas”, hierba que rumiar de cinco tenedores a su alcance. El mobiliario, sota, caballo y rey, recordaba en exceso, por minimalista, la recatada celda de un convento: una cama provista de correas y una silla es una silla es una silla, y paro de contar porque me toca. No había ropa a la vista ni calzado. El que sí estaba y reconocí en el primer cruce de miradas telepáticas, era Lucas Santini, con el que-recordará el lector seguramente- únicamente había tenido contacto telefónico y/o epistolar hasta aquel momento.

Se trataba de Santini por imperativo categórico, no lo dudé un momento. Gomina a dar el pego contra el pelo planchado y raya al medio, pulcritud rayana en la decoloración cutánea en exteriores, aromas de lavanda a troche y moche,  más un monóculo conquense a la derecha, constituían su tarjeta de visita. El que caminase a saltitos por la estancia, a modo de gorrión caído del nido, tampoco debería considerarse un cabo suelto. Era Santini; tampoco tenía pérdida…

-Dios mío, dios mío…¡Vamos a llegar tarde…! – chillaba el Conejo Blanco, en plan nenaza- ¡Vamos, chicarrón, vamos…! Levanta de una vez, perezosillo… ¿Pretendes que nos corten el prepucio…?

-¿Dónde estamos…? ¿Y por qué estoy desnudo…? ¿Puede saberse qué ha pasado con mi ropa…?- alcancé a preguntar, la tensión sube y baja por momentos.

-Te lo contaré por el camino. En el cuarto de baño, esa puerta de ahí, tienes los tiros largos preparados. Hoy tienes que vestir para las ocasiones. Quinto, levanta, no me pongas nervioso…

Sus ojillos, ansiosos, aguadaban mi salto de la cama culo al aire. Otro dato digno de mención: su acento porteño plateado por la Luna se había babelizado en andaluz a medio abrir, en el transcurso de unas pocas fechas desde nuestra última conversación, justo a calzón quitado, como ahora (y no me estoy a refiriendo a mi bajada general de pantalones ante su organización, sino a una popular expresión argentina).

Una vez puesto en pie, galvanizado por un súbito ataque de pudor, me las arreglé para evitar- tal era su intención, visto lo visto- que Santini acorralara mi cintura para ayúdame al cruce de la estancia, rumbo a unas abluciones no por tardías menos imprescindibles para llevar clarividencia a mis sentidos.

En un puro arrebol, rechacé de plano su ofrecimiento para el secado, mediante centrifugación manual, de mi espalda mojada. Santini, toalla en ristre, desaprobó mi decisión irrevocable, agitando, perro de bazar chino, diciendo sí pero no, no pero sí, con la cabeza.

Entiéndalo el lector: la evocación de mi reciente acoplamiento bajo la Srta. Rubio, amazona muy puesta en tales lides, no había logrado conseguir el visado para viajar al subconsciente sin billete de vuelta. Mi magdalena, bendito sea Proust, no estaba para nuevos tafetanes…

***

Ataviado de primera comunión, de blanco en punta estilo almirantazgo, lo que no quita para aparecer descalzo de pinreles, fui trasladado a una nueva estancia sin ventanas, situada un piso más abajo, amueblada a partir de dos únicas sillas frente a frente, con la discografía completa de Julio Iglesias como música de fondo (lo pude comprobar en la media hora larga que siguió), enclave dedicado- de eso estaba segura mi creciente aprensión-, al lavado y planchado de cerebros, pero sin embargo  antesala, según versión original  Santini, de un momento crucial para mi vida, pudiéndome yo dar con un canto en el pecho.

-Todos nosotros almorzamos a tres o´clock, juntos en amor y compañía, al socaire del gran salón comedor, tachonado por frescos de Ribera, bajo la paternal égida del no menos grande, libre y uno Sr. Víctor Monteagudo- continuó Santini la tabarra- Tendrás ocasión de comprobar en carne propia que la frugalidad más extrema podría llegar a equipararse a un refinado sibaritismo culinario y comerle las papas arrugadas. Nos alimentamos a base de algas, ¿sabes tú?… De media pirámide organizativa hacia arriba es norma de obligado cumplimiento. Las compramos en “El Corte Inglés”. No pongas esa cara, nadie va a envenenarte…

Con el apetito que estaba sintiendo en mis tripas mayores y menores, la perspectiva no resultaba demasiado halagüeña. Yo lo dejé correr, no estando para gaitas. Un lovecraftiano melón piel de sapo acababa de abrirse bajo mis pies descalzos, ¿habría caído en poder de una secta maldita y olvidada de hombres-peces, procedentes de los insondables abismos del Sistema, adoradores, en pleno siglo XX, de espantosos Dioses Primigenios (¿o serían Arquetípicos?), empezando por  Cthulu, pasando por Athathot, para acabar de cagarla con Nyarlathotep (por no hablar de Cristiano Ronaldo, de estar situada la acción de esta apasionante aventura en la más rabiosa actualidad, que no es el caso)…?

La solución- no tenemos remedio-, en el próximo capítulo…

(PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO 10)

Santini.- No sé yo… no sé yo si alguien no está a punto de meterse en un buen lío…

LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO…

Capítulo Nono

PUT THE BLAME ON MAME…(JUSTOS POR PECADORES)

Evangelina Prego se la estaba buscando bien buscada. Con insultante expresión de impostada inocencia, se había estado dedicando últimamente a intentar sonsacarme información reservada, con la disculpa de haberse perdido en los meandros del guadiana recorrido: no se enteraba de la misa la media. Ítem más, aquella agente doble de vía muerta hasta  se permitió darme un “consejo de amiga”, dejándolo caer al resbalillo, en el transcurso de una acalorada discusión a dos bandas rivales, la suya y la mía, Montoyas y Tarantos,  sobre Cinematografía y pintura rupestre. Ella sostenía a pecho descubierto (sin sostén dialéctico alguno, su vicio habitual) que, en las cuevas de Altamira, si miras hacia arriba, verás empezar y terminar el Cine moderno, según había leído –y asimilado mal- en el National Geographic. No tuve más remedio que ponerla en su sitio (cuarto de las escobas):

-Cuando te escucho pontificar, díjolo Blasa, sobre los más variados tópicos culturales, fingiendo un dominio sobre los mismos del que, a las pruebas me remito, has venido careciendo a manos llenas y cabeza vacía (lo de bibliotecaria municipal suplente te viene grande varias tallas, querida), me entran unas ganas enormes de…de… Mejor no expresarlo con palabras… Lo que sí mencionaré es que empiezo a sospechar que, en las noches de plenilunio, Atilano Silvosa se convierte en ti misma y viceversa. Que sois amantes virtuales anda de vuelta y media por todos los corrillos a la page. A saber si no te ha contagiado una venérea…O tú a él: tampoco ha de echarse en saco roto…Los condones, a veces, vienen defectuosos de la fábrica en China: hay que probarlos, enchufados a un grifo, antes de ser usados con plenas garantías…No resulta romántico, de acuerdo; pero evita efectos secundarios perniciosos, a posteriori y/o a priori, según las geometrías corporales implicadas…

Evangelina no estaba aquella tarde para gaitas.

-Deberías hacer un esfuerzo por controlar tu exacerbada agresividad, Fermín Monzón, o hacértelo mirar rápidamente. Hay veces que me asustas, te lo juro y prometo… Tu médico de cabecera podría gestionar la visita a un psicólogo…Piénsalo bien y convendrás conmigo que, aquí llegados, andas necesitado de la ayuda de un profesional con el fin de poner en orden y concierto tus ideas…¿Te he hecho yo algo para ser tratada así…? ¿Vas a aclarármelo…?

Toda la cafetería nos observaba, pendiente de las pelotas fuera y el tanteo. Se mascaba tensión en el ambiente. Ventaja, Evangelina… Las masas son sensibleras-no sensibles- y les encantan las historias truculentas… Le lancé un raquetazo, derecho a la mandíbula.

-Eres tú, no lo olvides, quien se halla sometida actualmente a tratamiento neurológico, necesitada de un trasplante intensivo de neuronas…Al parecer, recomendabas a tus jóvenes lectores de la biblioteca municipal asomar la nariz-eufemismo caritativo, por supuesto- a ciertos títulos nefandos… Sobre todo, franceses… “Romeo y Julieta” daba paso a  “Justine y Juliette” para leer con una sola mano… Y todos tan contentos, ¿no te digo…? Por Fortuna y Jacinta, te pillaron a tiempo…

La gota colmó nuestros vasos comunicantes. Evangelina se levantó y se fue, dejando la cuenta sin pagar y una brillante idea agazapada en mis barbechos cerebrales, lista para mostrar, en un potente soplido de mi genio y figura, sus delectables posibilidades pirotécnicas.

Indiqué al camarero, un tal Andrés, la lentitud y la desgana  hechas discóbolo mirón sordo de oídos, armado de bandeja 2πr a modo de coraza, la conveniencia de iniciar una cuenta trimestral a cargo de la recién marchada, Elisa Aguado, lo cual maldita gracia que le hizo.

-Tendría que consultarlo con el jefe…- rezongó, a mala leche manifiesta- Ha salido un momento en busca de un paquete de achicoria; será mejor que esperes…

-Imposible…Imposible…A mi abuela han tenido que ingresarla por urgencias, tras ingesta masiva de productos navideños caducados, un tesoro escondido en su despensa… Reclama mi presencia en los pasillos. Cumplió ciento tres años el pasado: no creo que dure mucho… Siendo yo su heredero universal, ¿no pretenderás que me la vaya a jugar a la ruleta rusa, por un capricho tuyo de repente…?

-Mira si llevas algo suelto en los bolsillos y apañamos…

-Nada de apaños; yo siempre por derechas… Elisa Aguado; clienta distinguida de la casa, no lo olvides: de los Aguado de toda la vida… Ya pasará ella en persona, tan pronto como disponga de un minuto libre, a confirmarlo… Y ahora, adiós… Controla las esquelas de mañana, si acaso te apetece ir al su entierro…y me estoy refiriendo al de mi abuela… Elisita está todavía de muy buen ver, ¿no te parece…?

Le guiñe un ojo, y siguiendo el ejemplo de los novecientos noventa y nueve mil mercenarios que me habían precedido, me batí en retirada, a los acordes de un vibrante pasodoble torero, hasta alcanzar la puerta de salida (y de entrada)…

***

Aquellos polvos trajeron estos lodos, siempre que Joaquín Belda no se oponga. Transcurridas dos fechas menos una, en la prensa local apareció, firmada con seudónimo, una prolija “carta al director” bajo el epígrafe “Bibliotecas basura ”, a la que seguiría una nueva misiva, equiparable a su hermana mayor en cuanto a  rotundidad, ambas de ellas no reñidas, ni siquiera molestas o aun incomodadas, con la finura expositiva de un estricto gobernante absolutista del exquisito estilo azoriniano, haciendo gala y justa vanagloria de un depurado buen gusto literario.

“Una institución tan venerable como nuestra biblioteca no puede hallarse en manos de una perfecta indocumentada advenediza”, “la desatención al respetable público y una falta absoluta de saber ser o estar parecen ser las normas de la casa”, “el asiduo lector deja pronto de serlo y los recién llegados no repiten, consecuencia directa de la sonrojada indignación ante un estado de general inoperancia”… tal era tono- entre faltón y desabrido- de la – que si quieres arroz- catilinaria.

A la destinataria de la misma, cuyo nombre no aparecía nunca explicitado, no le bajaba la fiebre de cuarenta.

Fermín Monzón, ustedes me conocen (si bien todavía no en sentido bíblico, al menos  una selecta mayoría; mas tiempo al tiempo… Si es por mí, que no quede…), enseguida se encargó de desfacer entuerto; y por aquello de que no ofreciese duda (en el caso de haberla, que no creo) la identidad de la destinataria del ultraje, llamando a las personas por su nombre, sus dos apellidos, su dirección, su distrito postal y su teléfono, dediqué a Evangelina, vía prensa dominical, hasta dos loas, dos ditirambos, dos endechas en prosa, dos serenatas al pie de los balcones, aclarando que el autor de los agravios uno y dos, una vez desenmascarado y puesto en sol-fa-mi-re-do, se las vería conmigo detrás de la catedral, entre lusco y fusco matutino, o, en su defecto, el juzgado de guardia más cercano, en horas de atención al respetable público y notorio.

El objeto de la jugada maestra no era otro que dejar establecidas unas fraternales relaciones con mi oscuro objeto de desprecio que me sirviesen de sólida coartada en su momento, antes de proceder a su castigo sumarísimo, cuyos detalles me reservo por evitar miocardios infartados a lectores no acostumbrados a las emociones fuertes …

***

Tampoco Mamá Geno, mozartiana pero menos, como segunda sospechosa en el listado de lenguas a pacer, sacadas a deshora,  se libraba de la quema de aquelarres, si bien lo sentenciado para ella aparecía limado por un cierto apego personal hacia la imprescindible (por ahora) figura triste de la autora de mis días de vino y rosas.

 Después de todo, la madre mía, Celestina polvorienta, con lo mucho o lo poco que sacaba vendiendo hilo y aguja de marear, allá en su mercería “Virgen de la Merced”, calle de tres cuartos de lo mismo, vete a saber si por remendar los virgos desgarrados de nuestras vecindonas licenciosas a punto de prometerse con Manolo (prototipo de varón español) y dejarlo saciado de apetitos lascivos, una vez cubierto el expediente sin exponerse a mayores sobresaltos- y sin explicaciones engorrosas, en el transcurso de la felix conniunctio, al decir de los Carmina Burana-, me daba- a mi madre me refiero, no a Manolo- de comer a diario las tres veces y me tenía planchadas las camisas.

Sellado con silicona de cierres y aperturas del negocio floreciente, aparición de un gato muerto- procedencia: contenedor cercano multiusos, incluido el de cementerio de animales- en la cocina familiar o puesta en marcha triunfal de cierto malintencionado rumor en el sinsentido de un volcánico romance otoñal a medias con Pablito Star Wars,  hijo mayor de nuestro carnicero, famoso por sus pérdidas de aceite de ricino, fueron algunas de las medidas tomadas para equilibrar como es debido la oscilante balanza justiciera entre las dos mujeres objeto de mi cólera y mi morbo.

Sin perder un minuto, el personaje más gorkiano de esta epopeya cívica, más que harta de sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, puso santo remedio a semejante piélago de calamidades (y no precisamente con un puñal de esos que apenas caben en la mano- de Guillermo S. a Federico L. vengo por toda la orilla…-), sino girando una visita, previa cita, a la consulta de la vidente Candelaria, donde encargó una “limpieza” general de ambos inmuebles, habida cuenta de que alguien que nos quería bastante mal y a rastro se había encargado de hacernos un “trabajo” concienzudo y sin conciencia.

 La broma vino a salir salió en diez mil pesetas rubias al contado y cinco mil más del ala, a interesados plazos mensuales.

¿Qué quieren que les diga…? Ella es así: fue llegar la democracia a este país y pasar de los novenarios a S. Expedito y/o S. Antonio a satánicos conjuros por encargo…Por lo que a mí concierne, no creyendo ni dejando de creer en nigromancias esotéricas, he detectado una trayectoria de boomerang directo a mi entrepierna cada vez que- cosa en mí rara- me pongo hijoputesco a la hora de llevar a buen puerto mi selecto ramillete de venganzas catalanas…

¿Quién dijo miedo? Yo me basto y me sobro para hacerle frente a mi alicuota parte de anunciados desastres que pudieran devenirme en un próximo futuro. Se trata, simplemente, de ignorar las avestruces: no las miras, no existen; y, en el peor de los casos, se las pasas al otro, a quien pilles más cerca… Es lo que hacemos todos, ¿o no es cierto…?, cuando no mira nadie… Quisiera ver al lindo don Diego o a la marquesa Rosalinda capaces de llevarme la contraria…

***

Muy mal empezó llevando Evangelina la publicación en la prensa de las cartas citadas más arriba. Convencido me hallo de que, en un principio, me atribuyó, sin fundamento alguno, la autoría de las mismas. Sé, por terceros en concordia- por raro que parezca, no se puso en contacto con su amigo del alma-, que lloró ranchipures y cantó y bailó bajo la lluvia el baile San Vito con paraguas, crisis de llanto histérico y estados de ansiedad para qué os quiero, hasta quedar la pobrecilla- y hablo en latín vulgar- hecha una espartana braga portuguesa.

Aparecidas “do más pecado había”(las páginas impares de “El Heraldo Galego”, edición dominical, la de mayor tirada) mis sucesivas réplicas, en encendida defensa de su capacidad profesional, puesta en solfeo por una retahíla de infundadas calumnias injuriosas vertidas en aquel vil panfleto titulado “Bibliotecas basura”, supone uno que Evangelina Prego debió de ponerse más contenta.

Mordió el anzuelo de Fenisa, tal como yo esperada y, por fin, la escuché, entrecortadamente, de hipo en hipo, de gemido en gemido, de suspiro en suspiro, a la busca y captura de catarsis autocompasiva sadomaso, susurrarme al otro lado del teléfono:

-No hacía falta, Fermín, querido queridísimo, mi paladín, mi caballero andante…Ni te imaginas cuánto te agradecemos todos el que hayas salido, de forma tan gallarda, en mi legítima defensa…

Aquel “todos” me puso la oreja supurante delante de la mosca cojonera. Habemus nueva compañía; y no precisamente telefónica…¡Me lo estaba temiendo…! De una Herodías de su calibre, uno puede esperarse, a poco te distraigas, acabar como la cabeza del Bautista…

Pretextando insoslayables premuras de agenda programática, me despedí de ella corto y cierro, no sin antes haber  solicitado, devoto, un encuentro romántico para acercar posturas (sic), a lo cual accedió a pascuas contentas, sin barruntar lo que se le venía encima (empezando por mí mismo, en calzoncillos largos y, limitando al norte, camiseta de felpa, hasta pasado mayo y principios de junio …).

Seamos claros: sin renunciar a una noche nochera de San Bartolomé, con Evangelina de protagonista y única hugonote calvinista, cuenta habida de que la ocasión la pinta calva el pintor que pinta con amor, me las prometía no menos felices con un atardecer de los cristales rotos, transparente metáfora aludiendo a la integridad física de su séptimo sello a cal y canto… Después de tanta justa literaria en su honor, lógico resultaba que me concediese el suyo… entiéndase también,  antes de reenviarla, para siempre jamás amén Jesús, a hacer puñetas… En nítida demostración solidaria entre colegas, se me apetecían dos huevos de paloma con olivo en el pico dejar trabajo hecho para mis sucesores, aun dudando muy mucho que los haya…Y llamadme Ahab (o hasta incluso Queequeg, a la hora de hacer el indio South Pacific) si tal es vuestro gusto de refinería …El mío no había estado obsesionado en otra hazaña, desde una turbulenta adolescencia en ebullición perpetua palera, que no fuese montar a cierta compañera de instituto, regordeta ella, exenta de las clases de gimnasia por problemas de movilidad, al que Atilano Silvosa estigmatizó en su día con el infamante apodo acosador de “la ballena blanca”, enmendando la plana al elegido por mí mismo previamente: “la Cucaracha”, en alusión sutil a una poliomielitis padecida por Evangelina durante la correosa infancia desgraciada, que la había dejado, literalmente, para el perpetuo arrastre de su pierna derecha…

En tan maltrecho estado de conservación, nunca entendí su empecinamiento en no dar su teta a retorcer por lo que respecta a servirme de cobaya en mis primeras intentonas sexuales. De hecho, no fue suya la primera mano que yo cogí en un cine de barrio para someterla a un baño de sudores compartidos dentro de una fauna finlandesa; ni el primer beso aleteante, robado en una sesión de tanatorio, donde mi lengua no obtuvo acceso a su natural destino de restallantes burbujas salivares, y terminó, ay de mí, puesta a secar, pinzona, colgando de unos labios entreabiertos de asombro de Damasco y frustraciones escrotales, hoy todavía no del todo superadas… Entre esa señorita y yo, hasta la fecha, no ha habido más que medias palabras y chocolate sin leche a la española…

***

La prometida cita, un vis a vis para volver las aguas a su armónico cauce precedente (desayunos y meriendas sur l´herve) habría de verse enriquecida por la inesperada presencia de un tercer comensal, convidado de piedra, colado de rondón en las festividades, por aquello de haber llegado primero a las sesiones intensivas de consuelo amistoso a la víctima de la conspiración bibliotecaria.

Atilano Silvosa, capaz de eso y de mucho más, puesto en pie en viéndome llegar, cruzó el salón de la cafetería, vino a abrazarme y me colmó de sintéticos elogios hiperbólicos.

-No se esperaba menos de ti, amigo mío. Quedar como un señor parece ser tu impronta: todo el mundo lo sabe y lo pregona alborozado…¿Qué sería de nosotros sin esa elocuencia tuya, plena de semánticas profundas e intuiciones felices,  capaz de poner en su sitio, de un plumazo, a las fuerzas oscuras semovientes, responsables de los pelos del bigote coñero de esta intrincada trama novelesca…?

Evangelina, impertérrita perdida, se apresuró a pasarse al enemigo en puertas:

-Atilano me ha demostrado ser lo que siempre había sido para mí, sin yo saberlo: un verdadero amigo, al verme a la deriva entre los canes lobos… Él supo reaccionar, no como otros, saliendo en mi defensa desde el primer momento. Yo no me lo esperaba, la verdad… Se lo agradezco el doble, por lo tanto… Tu casuística vino a ser bien distinta, Fermincito; no te pongas mohíno… Uña y laca, siempre juegas en casa, un poco retrasado, tomándote tu tiempo de silencio…

No iba a quedar así tamaña afrenta. Estaba decidido el pasar a mayores, y ya estaba tardando. Pero el poeta Silvosa se encargó, al final, del estrambote:

-Se lo estaba comentando a la querida Eva justo cuando llegaste: a punto me hallo de atar todos los cabos sueltos en torno a la autoría de esos artículos… Cierto informador de total confianza, cuyo nombre no va a salir por esta boca es mía, me ha prometido enterarse, de pe a tres catorce dieciséis, sin margen de  errores garrafales, qué bombero estuvo detrás de tu atentado. Tierra trágame se va a quedar alguno…

Sentí un nudo gordiano amarrarme las tripas del intestino grueso; luego, un retortijón y, segundos más tarde, una doble certeza… La de que mi recién estrenado rival en el corazón y la entretela de la malvada Evangelina ya conocía la solución del acertijo y, en perpendicular, la perentoria necesidad por mi parte de un regreso al hogar precipitado y la muda sordomuda de prendas interiores, sometidas a rudo tratamiento escatológico… La había cagado, vamos… ¡Qué cascada de cagadas, qué cagada de cascadas pestilentes se me estaban deslizando pata abajo, Madre Ubú putativa de la Cantante Calva…!

PRINCIPIO Y FIN DEL CAPÍTULO NONO