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ALARMA EN EL RHIN (1943), DE HERMAN SHUMLIN

En 1940, el matrimonio Muller, regresa a Washington D. C. en compañía de sus tres hijos, tras 17 años de estancia europea, trayendo consigo un pasado donde no todo ha sido del color de las rosas…

La combinación del melodrama y el Cine Político, díjolo Blas, sólo solía salirle bien a un tal Visconti, y ahí están “Senso”, “El Gatopardo” o “La Caída de los Dioses” como botón de muestra y de demuestra.

SENSO (1954)

EL GATOPARDO (1963)

LA CAÍDA DE LOS DIOSES (1969)

Aquí y ahora, una conjunción de nombres tan importante (Davis + Hellman + Hammet) prometía rigor y talento a grandes dosis… Y, nosotros, españoles todos, por razones obvias como pronto comprobaremos, nos la habíamos estado perdiendo…

“Watch over the Rhine”- “No perder de vista el Rhin”, palmo más, palmo menos- , el drama de Lilliam Hellman que sirve de base a la película, había sido estrenado en Broadway en el 41, tras el exitazo de “La Loba” dos temporadas antes. El guion cinematográfico fue confiado a Dashiell Hammett, con el que la autora compartía cama y máquina de escribir por entonces, aportando ella unos cuantos diálogos y escenas adicionales, con la pretensión, al parecer, de potenciar el papel un tanto “secundario” de la protagonista femenina, Bette Davis, por aquello de que la historia puede ser la Historia; pero el “star sytem” , al servicio del cual se halla la industria del celuloide, es el STAR SYSTEM…

Según la crítica seria, semejante corta y pega, hasta alcanzar los 114 minutos- quien pega primero, da dos veces-,  acabó por lastrar un primitivo equilibrio bretchiano del guion, centrado en  desentrañar, primordialmente mediante la palabra, un contexto histórico de rigurosa actualidad a la sazón, servido en caliente/ muy caliente, hasta abrasarnos…

En caso de duda hamletiana, cotéjense las fechas de la peli Shumlin, hombre de Teatro nacido en los USA con raíces centroeuropeas, por más señas responsable del montaje teatral origen de un proyecto cinematográfico al que la resistible ascensión de Arturo Ui marchaba pisando los talones.

LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DE ARTURO UI. BERTLOT BRECHT. EDICIONES JUCAR. GIJÓN. 1987 (Libros de Segunda Mano (posteriores a 1936) - Literatura - Narrativa - Otros)

Puesto a elegir una secuencia, me quedo con el mensaje de despedida de Papá Kurt dedicado a sus hijos, en la que la dialéctica y el melodrama, por fin, logran encajar una en el otro armoniosamente.

No me resisto a citar también aquel otro momento en que padre e hijo menor, un pipiolo, charlan en el cuarto de baño, mientras este último se cubre púdicamente el torso con una toalla acostumbrada a hacer lo propio con los senos femeninos… Y es que lo del Código Hays y los desnudos era cuestión que mandaba carallo…

Sorprende hoy, en “Alarma en el Rhin, oír hablar con naturalidad de fascismo y antifascismo, en medio de frecuentes alusiones a la Guerra Civil Española, donde el protagonista había luchado como miembro de las Brigadas Internacionales, o de la amenaza representada, para la paz del mundo, la llegada de Hitler al poder en Alemania; pero todavía consigue asombrarnos en mayor grado cuando plantea, sin andarse por las ramas, la urgencia de combatir el Nacional-Socialismo y la necesidad sartriana de “mancharse la manos”, de presentarse la ocasión, en el duro camino hacia la Libertad de los Pueblos.

Sencillamente, uno no acaba de creerse lo que está escuchando, habida cuenta la rígida censura de la época. Era obvio que, y ya estaban tardando, tanto Shumlin como Hammet o Hellman terminarían comparecereciendo ante el Comité de Actividades Antiamericanas, tras lo cual sus respectivas carreras quedaron seriamente dañadas.

Mr. Shumlin, en 1945, todavía iba a estrenar un interesante título, a partir del texto Graham Greene, cuya sinopsis reproduzco aquí, para ahorrarme prolijas explicaciones: “Durante la Guerra Civil Española, Louis Denard (Charles Boyer), un antiguo compositor y pianista, ahora agente republicano, viaja a Londres para intentar comprar carbón para su bando e impedir que éste llegue al bando fascista”. (FILMAFFINITY) En cuanto termine la sesión mañanera de escritura, prometo ponerme a buscarla, mulas para qué os quiero…

“Los Justos” de Albert Camus, estrenada en 1949, volvería, con tintes mucho más sombrios, sobre el tema de la revolución, madre terrible, con su cuota a pagar: la utlización de violencia como vía legitimada para acabar con el “tirano” y sus sistemas, e instalar la paz y la justicia entre los hombres para siempre.

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“Alarma en el Rhin” aparece dedicada en su prólogo a aquellos “hombres corrientes, no profetas, que sabían que esta poderosa tragedia- se refiere al comienzo de la 2ª Guerra Mundial- se hallaba en camino. Ellos la habían combatido desde el principio y lo entendían. Estamos en deuda con ellos. Esta es la historia de uno de estos hombres.”

Kurt Muller, el protagonista, ingeniero de profesión, no tardará en aclarar, cuando le preguntan por su profesión, su condición laboral de “luchador contra el Fascismo”, dedicado a reunir fondos, Europa adelante, para financiar una costosa empresa donde el mundo se estaba jugando su futuro.

Sólo en un ambiente bélico se entiende que una película de estas características lograse estrenarse en los USA, como… ¡instrumento de propaganda…! Tanto es así que el presidente Roosevelt asistiría a su estreno oficial. Todo serían parabienes para tan arriesgada propuesta:  Paul Lukas, actor de origen húngaro, que repetía papel, tras su andadura teatral, además del Globo de Oro y el Premio del Círculo de Críticos de Nueva York al mejor actor (y “mejor película”), obtendría el oscar, frente a la candidatura Bogart, con el Rick de “Casablanca” como carta de presentación.

Vista hoy, repito, aparte de una competente lección sobre Materialismo Histórico, la Ética Personal y la Moral, supone un potente recordatorio de gente importante.

He aquí un pequeño álbum…

HELLMAN EN EL CINE

“Esos Tres” (1936) de William Wyler

Basada en “The Children´s Hour”, estrenada en Broadway en 1934, y con guión de su autora, por motivos de censura, soslaya el tema lésbico para centrarse en una devastadora calumnia, por boca de una alumna resentida, sobre una relación “hetero” como dios manda. Lo mejor de la pieza es, precisamente, la pequeña alimaña desencadenadora del conflicto, a cargo de una oscarizada Bonita Granville cuyo personaje tenía de todo menos de eso…

BONITA G., poniendo cara de no haber roto un plato.

***

“The Children´s Hour” (1961), de William Wyler

 A principios de los 60, recobra Wyler el título original de la pieza y también el tema lésbico de la misma. Herpburn y McLaine son ahora las víctimas de la falsa inocencia infantil. El suicidio final sigue demostrando que todavía faltaba mucho camino por recorrer en la normalización de los amores que no osan decir su nombre… Sea como sea, la versión 1936, tengo la sensación, aportaba mucha más convicción y savoir faire

“LA LOBA” (1941) DE WILLIAM WYLER

Bette Davis at her best… y con un bíblico título que lo tiene desperdicio en VO: “Las pequeñas zorras”, lo cual propiciaba una diferente zoología, más contundente, para su título español, algo impensable para la época.

Pasen y vean a una de las crituras más odiosas de la Historia del Cine, Mamá Regina Giddens y su innata capacidad para hacer desgraciados todos cuantos la rodean… Inenarrable…

Tuve ocasión de ver a Nuria Espert haciéndose cargo de un papelazo que, ay mísero de mí, ay infelice, para entonces, ya se le había quedado grande a nivel de garganta…

“La Loba” Espert, en 2013

 

JULIA (1977) DE FRED ZINNEMANN

Basada en “Pentimento” uno de los libros de memorias de L. H., narra la historia de una amistad compartida a lo largo de la vida por la autora y Julia, una activista contra el nazismo (Fonda y Redgrave, respectivamente). Hammet es interpretado por Jason Robards, solo ante el peligro cierto de que sus compañeras de reparto acaparen el interés de una de esas pelis tan correctas como faltas de pasión creativa, en su relamida redundancia.

 HAMMETT Y EL CINE

HAMMETT Y EL HOMBRE DEL INFIERNO, EN AMOR Y COMPAÑÍA.

De las cuarenta y tantas versiones cinematográficas de la magna bibliografía Hammett, me voy a quedar con dos títulos y con un tercero que nunca existió.

Lo he dicho ya  por estos andurriales: ni se les ocurra preguntarme a quién prefiero, si a Hammett o a Chandler… Me saldría de rositas, decantándome por Jim Thompson, en días pares, y por James M. Cain, en días impares. Los días que no son pares ni impares, los reservo para Ellroy, y las fiestas de guardar, por supuesto,  para las criptas embrujadas y las aceitunas laberínticas de Eduardo Mendoza, en quien siempre he tenido puestas todas mis complacencias y que hoy presenta- ¿y quién no…?- una alarmante fatiga de combate…

“El Halcón Maltes” (1941) de John Huston

“El Halcón Maltés” de Huston iniciaba el “Cine Negro Americano” de la forma más brillante posible. Todo en la peli es un perfecto mecanismo de reoljería destinado a estallarte en la narices. Desde el Tenorio de Zorrilla, no había habido zorra tan gallina como Brigid O´Shaughnessy, ésa de ahí arriba, prima segunda del monstruito del lago; jamás tampoco, en la novela policial, detective alguno había terminado su andadura investigadora tan hecho polvo como Sam Espada en 1929… Habría que esperar a 1953 y “El Largo Adiós” de Chandler  para llorar lágrimas tan negras como las de Phillip Marlow al enterarse de que…

“La Llave de Cristal” (1942) de Stuart Heisler

La Estado Corrupto- con los “mass media” puestos a su servicio- impone sus leyes de mercado neoliberal… Si el Sindicato del Crimen logra hacerse con el Poder Económico, ¿no lo hará, a continuación, con el Poder Político…?  ¡Hagan juego, señoras y señores…!”

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Ignoro los motivos por los cuales “La llave de Cristal” siempre caba por ponerme muy nervioso, quizás debido a la presencia en ella de… ¡Bonita Granville…!, aunque tengo la sensación de que, a la hora de su hermenéutica, me estoy perdiendo algo, entre subliminal y “elemental, querido Watson”…

La pareja Ladd & Lake tenían química, físico y un encanto canalla la mar de cosquilleante en la entretela…

Anda, fíjense en esta foto que acabo de bajarme…

Yo miro, tú miras, él mira… Luego, lo que estén pensando es otra historia… Y hablaban del “triángulo” de “Gilda”…

Lo que nunca he llegado a entender es por qué “Cosecha Roja”, mi Hammett favorito, carece de una adaptación cinematográfica en debidas condiciones… A lo mejor es porque el sentido metafórico del texto no se andaba con demasiadas sutilezas: el Capital encarga a la mafia que se desahaga de los izquierdistas y acaba cayendo en manos de sus matones, de los cuales va a ser todavía más dificil deshacerse… Es decir, otra vez Brecht y Arturo Ui y sus muchachos en acción, en una relectura de lo ocurrido en la Alemania hitleriana.

La fórmula empleada por su protagonista, el “Agente de la Continental” para limpiar a Personville, aka “Poisonville”, de mafiosos no es otra que recurrir a Julio Cesar y su “divide y vencerás”, hasta no dejar títere con cabeza… “Brillante en bruto” sería la etiqueta que mejor define su duro cocimiento a fuego rápido…

Hammett y el pulpo ficticio

Así, como quien no quiere la cosa, por si alguien se decide a intentarlo, me postulo- con efecto retroactivo, claro- para interpretar al Dective sin Nombre, aportando esta foto de mi lejana juventud… Vamos, calcado… “Escupidito”, que decimos los gallegos…

Primero fue Sam Spade; luego, vino Phillip Marlow, y ahora llega ¡Joe Bigtower, detective septuagenario con problemas de vejiga, dolores musculares e insomio miserere…!

LAS TRES DE MISS DAVIS

Para cerrar el álbum, con evidente ganas de meterme en problemas, blanco zumbón y en botella cervecera 0%, bailando alegre el bayón, me dispongo a sacar pasear mis tres títulos favoritos de Miss Davis… Los dos primeros no pueden ofrecer dificultades: “All about Eve”, “The Little Foxes” y… y… Pues ya la hemos liado.

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***

Sirvánse ustedes mismos la tercera en concordia… Su majestad es coja… (y mira quién fue a hablar de renqueante…)

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Y así sucesivamente y successivamente

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FIN

 

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La Casta y el Galgo

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LA CASTA Y EL GALGO

No me va usted a explicar ahora cómo es mi nieto… Nosotros, mi señora y yo, lo hemos criado, por asuntos que no vienen al caso; conozco sus defectos y virtudes, casi desde el momento de parirlo Nieves; o sea, su madre; o sea, mi hija, la única que tengo, no estoy seguro si por suerte o por desgracia.

Ser mal estudiante no puede equivaler a ser mala persona, ¿no es cierto? Nada de lo diagnosticado acerca de él llega a ser concluyente. Locos estamos todos un poco, ¿no es eso lo que dicen…? Pero a noble, a buena gente, a cabal sin amaneramientos, a ver quién le pone el pie delante con un pero o sin embargo…

Falto de cariño nunca llegó a encontrarse, afortunadamente, pongo el cuño. Si nunca pudo disfrutar, a pie de hogar, de padre y madre, siquiera putativos- está, por andar de un lado para otro buscándose la vida, y aquél, por si te he visto, no me acuerdo-, le cayeron en suerte un “gran padre” y “una gran madre”, que dicen los ingleses, dispuestos a sacarlo adelante, no importan sacrificios y hasta penalidades, haciendo de él un hombre de provecho.

 De haber nacido algunos años antes, nos lo hubiesen desbravado en el servicio militar obligatorio.

¿Novias…? ¡Todas las que quiso…! A un buen mozo como es el caso, le basta con charquear los dedos para verse asediado por las féminas… ¿No lo ve…?  Toda esa palabrería judicial acerca de su supuesto comportamiento delictivo ha quedado desmontada para siempre…

La familia en pleno de esa “mírame y no me toques” puede decir misa del gallo… Quien se meta con uno de los míos seguro que me encuentra en algún callejón cualquier noche de éstas y no a manos vacías… Ya me calmo, ya casi estoy calmado… Un vaso de agua, por favor, que es el único modo de pedir las cosas… Muchas gracias… Mi nieto Sebas, en eso, sale a mí: lo cortés no quita lo valiente… Su ficha y sus antecedentes me los paso yo por la entrepierna… Raterías al por menor de los adolescentes en los supermercados… Un par de bolsos, olvidados en un banco del parque y recogidos con intención de entregárselos al primer vigilante que se cruce en tu camino… Haberlos, haylos; pero nunca aparecen cuando más falta hacen… Te pillan caminito de la comisaría y te cargan el muerto… Y en cuanto drogas, a ver quién  es el guapo que, alguna vez, no se ha pasado de la raya… ¿O se trata de “azúcar glass” lo que aparece esparcido por las mesas…?

Seguro que Cristal, la pocojuntas esa, lo había estado provocando… ¿No dicen que es un hombre, de los pies a la cabeza del cipote…? ¡Pues entonces…! Blanco embotellado… ¿Se apuesta usted una ronda para toda la barra a que se estaba defendiendo…?

Yo no hubiese dejado el trabajo a medias… Así de claro: me la hubiese cargado, en defensa de mi honor y de mi hombría de bien… ¿Qué se habrán creído ésos…? Cerdo, no; paso… En lo tocante, uno es muy ayatolah… Corto y cierro… Su pobre madre, cómo no estará ella, anuncia su regreso, por vía aérea, desde Gran Canaria… Un ojo de la cara arrancado a la cuenta de sus padres, pensionistas no contributivos… Y aun así, sabe usted, si es cuestión de arreglarlo vía guarismo, pues se arregla; buscaría hasta debajo de las piedras… Puertas donde llamar, sobran, si el sobre el abultado…

Lo de dieciséis años de la denunciante, vamos a dejarlo aparcado, de momento. En cada pierna, mire lo que le digo… Se le echan veintipocos, como mínimo… Y de padres rumanos, según me han informado de buenísima tinta… Que regresen a sus comunismos; y a los españoles que nos dejen tranquilos… No haber venido sin papeles… Perros con longanizas… Pasa lo que pasa…

No voy a suplicar. Un maño no suplica. He trabajado de extra en “Agustina de Aragón” de Juan de Orduña, siendo niño. Así es cómo hay que recibir a los de fuera: a cañonazos…

Mi nieto es español, ¿eso no se valora…?  Y servidor también, de los que ya no quedan… ¿Sabe qué más, Señor Cómo-Se-Llame…? Si mi nieto hubiese cometido esa atrocidad de que le acusan, al primero que se lo hubiese contado es a su abuelo, en busca de consejo… Uña y carne. Cuando me lo lleve a mi vieja amiga Carmen porque se estrenase, como en su día mi padre había hecho conmigo, resultó figurar en la libro de oro de la casa…

Lo que no llego a entender es el motivo de que Dios me haga a mí, servidor suyo desde la primera hostia, putada semejante… ¿Para ponerme a prueba, estilo Abraham…? Va a ser que sí, de pensármelo un poco… Justos por pecadores… Le ha tocado al nieto y no al abuelo… Mejor será no siga… ¿Y por qué no…? ¡Hace ya tantos años…! Seguro que ha prescrito… Al final, va a saberse la verdad del cuento: a Candela la del Sordo le costó caro el faltarme al respeto… El que nunca llegasen a encontrarla había corrido de mi cuenta y mi riesgo… Tierra al asunto y que se encarguen las hormigas y los alacranes cebolleros de limpiar el terreno…

Estoy hablando de Melilla, finales del sesenta, ya ha llovido, supongo, con el cambio climático… Ella sí era una cría, sólo que ya apuntaba la mala hembra en que habría de convertirse, de no haberse cruzado en mi camino… Alguien debió de cargar con aquel marronazo… En el cuartel se tiene comentado su afición a meterse en problemas con morenos de todos los colores… Pude ser yo o pudo ser cualquiera… Arrepentirse, a estas alturas, una pérdida de tiempo…

Berto, el cabo furriel y éste que le está hablando, decidimos echar a suertes quién habría de encargarse de poner las cosas en su sitio apuntillando a la novilla, reo de alta traición, con nocturnidad y alevosía, a dos o más galanes en cartera paganini. Hube de sacar yo el palillo más corto y ponerme faena, hombre cumplidor y de palabra.

  La criatura piaba  a todo piar, pajarilla asustada, puñalada que te crio, hasta quedarme exhausto y ella, muñeco roto, allá a mis pies, gimiendo cada vez con menos fuerza, por defenderse abrazada a mis botas de paseo.

Cometí un error de novicio tontorro: irme de la lengua con el pater cuartelero, para tranquilizarme a medias la conciencia, lo cual obligó a mi socio Berto, al enterarse en la verdad de vinos posteriores, a tomar medidas corectoras truculentas.

Ni secreto de confesión ni leches: accidente playero sabatino lunático, como dios lo trajo al mundo, en compañía de otro- adivine quién, usted que es listo- junto a la Ensenada de los Galápagos… Al Pater Gregorio, convertido en camarón dormido, acabó por arrastrarlo la corriente… Las aguas del Estrecho, menos tiburones, disponen de todo tipo de atracciones: si te quieres ahogar, sabes dónde la tienes… Al menos, eso es lo que contaron los periódicos…

Pero me temo el haberme dispersado más de lo conveniente para mis intereses… Mi pasado está muerto y enterrado… No se irá de la lengua… Y va a ser mejor asesgurarse de que a  usted tampoco se le ocurra irle con el cuento al pregonero… De los lectores, me encargaré en su día: total son tres o cuatro, y no hará falta recurrir a epidemias bubónicas… Hace calor aquí… ¿Y si salimos a dar una vuelta profiláctica…? Total, ya le he contado todo lo que procede… Joder, quiero a mi nieto. No sabía que se pudiera querer tanto… Venga, vamos… Maricón el último en llegar a la puerta… La noche nos espera…

FIN DE LA GRABACIÓN

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¿QUÉ SABEN DE NOSOTROS LOS ESPEJOS…?

Para Catalina, Clarisa y Aníbal

Había ocurrido en la Costa de la Muerte, durante mi lejana adolescencia, en el transcurso de un tórrido verano. El incidente o lo que fuese tuvo como escenario el chalet junto al mar del abuelo Enrique, hoy ya irreconocible, convertido en ennegrecidos escombros, tras una breve etapa como pub para noctámbulos, más famoso por los sonados escándalos que solía albergar que por la calidad de sus instalaciones, sus carta de cervezas o el personal encargado del servicio. Un sospechoso incendio había acabado con su historia de nunca acabar, a base de trifulcas entre narcotraficantes y narcotraficados, mafia de balalaika y el ejercicio físico cuerpo a cuerpo agotador de la prostitución de luna a luna y bajo standing.

Por fortuna, el abuelo Enrique habría muerto sin llegar a enterarse de Gomorra semejante; descansaba en la paz capitalina, a salvo del indignado rugido de las olas rompiéndoles la cara a los acantilados, como si ellos fueran los responsables de los pecados de los hombres.

Mi tío Juan, recientemente fallecido sin dejar descendencia, por razones desconocidas, se había dado mucha prisa en poner el inmueble a la venta, por lo que nunca tuve ocasión de volver a veranear por aquellos parajes, bellos y terribles al cincuenta por ciento. Tía Inés, su viuda alegre, y yo, su no sobrino favorito, solíamos felicitarnos por las Navidades. Borrosa ya en mi mente, sólo conservo de ella una frase que me bisbiseó, secreteando lo suyo, algo achispada estaba, en cierto momento de mi banquete de esponsales:

-Quique querido,  si quieres mi consejo, nunca le hables a ella del espejo del abuelo… Por si acaso…

En uno de nuestros escilla y caribdis en torno a ventajas y desventajas de los banquetes de boda multitudinarios, le comenté a Marta, mi ilustrísima, el asunto del ancestral espejo con acertijo incorporado.

-No me imagino al abuelo Enrique posando, a lo Dorian Grey, frente su propia imagen… No porque fuera feo… Antes al contrario: se trataba de un tipo venerable, de esos que salían en las películas antiguas dándoles consejos a sus nietos…

-Puede tratarse de una de aquellas churriguerescas cornucopias de salón que muchas familias consideraban casi como un escudo heráldico…. Lo que no me explico es por qué yo no debía conocer su existencia…

De pronto, un fogonazo atravesó mi mente, en fondo y forma de virulento barrido de pantalla, a través de las telarañas de una mente, la mía, ocupada en asuntos más urgentes. Mi incipiente calvicie, por ejemplo, con lo caros que se estaban poniendo los implantes capilares…

 Cuando traté de focalizar la escena, ¡zas!, ya se había ido con el fresco viento del olvido. En su estela, barboteaba una vaga idea de haber tenido muchísimo que ver con un traumático percance de mi infancia, que el recuerdo se negaba a verbalizar, por difusos motivos.

Tía Inés, aburrida de la vida emparedada, no había tardado mucho en reunirse con su esposo, ceniza a las cenizas, polvo al polvo. De pretender de ella información cualquiera sobre su lapidaria, una seance durante la noche de San Juan se me antojaba  como único remedio.

El inesperado aborto de Marta, a los tres meses del embarazo del que habría sido nuestro primogénito, desterró, por un tiempo, otro pensamiento distinto a una amarga certeza sobre la impotencia de los seres humanos frente al perpetuo albur de su propia existencia.

Pasados unos meses, de nuevo en estado “de buena esperanza”, fue ella misma quien abordó el tema:

-No va a suceder otra vez- oí su voz, allá por la madrugada, en la oscuridad de nuestra alcoba-. Necesito que me lo asegures, Enrique…

Rompió a llorar. No se me ocurrió otra solución plausible que abrazarla con fuerza. Hay asuntos en los que mejor es no pensar, sencillamente. Dos caídas accidentales sucesivas parecerían demasiadas a cualquiera… a cualquiera que no se tratase de uno mismo.

Resbalar en el baño… ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez…? Supongo que una mujer encinta toma las precauciones oportunas…

Marta nunca había entrado en detalles acerca de suceso. Caída y punto. Petición de socorro hospitalario. Ambulancia. Diagnóstico. Todo el dolor mundo. Así, telegramático…

Los espejos no hablan. Quizás porque nadie les pregunta. No iba a ser yo el primero en intentarlo.

Nació Clara, preciosa ella, morena, contumaz devoradora de agrietados pezones, que nunca se quejaron del cruento ataque al que se vieron sometidos de repente, olvidadas las candentes caricias, los besos encendidos… Sangre, sudor y lágrimas, el costo de las guerras o de sacar adelante a una criatura… Es un precio a pagar y las madres- primordialmente ellas- lo pagan satisfechas…

Bien podía acabar aquí el presente relato, con un final feliz de cuna y sonajero, interminables noches fragmentadas y cortinas de humo- hicieron falta muchas- para partir de cero.

Marta y yo lo logramos.

Cinco años conforman un quinquenio. Tanto, tan poco, iba a durar la tregua.

-¿Qué le pasa al espejo…?- preguntó Clara una cierta mañana, al salir del aseo. No parecía asustada. Su interrogante denotaba simple curiosidad y no otra cosa.

Marta y yo nos miramos. Empezaba de nuevo…

Interior. Noche. Un dormitorio a oscuras.

-Pregúntaselo tú. Yo no me atrevo.

-Pongamos esto en manos de los profesionales. Un siquiatra, un sicólogo… podrían orientarnos, en lugar de caminar a ciegas, como estamos haciendo…

-El abuelo Enrique…

-No digas tonterías…

-Te vas a reír de mí… pero, si esto continúa, soy capaz de recurrir a una vidente…

Y vaya si lo hicimos, tras un tercer aviso.

-El espejo del baño se ha movido…- afirmó Clara, en la segunda vez.

Y en la tercera:

-El espejo es un tonto… No hace más que mirarme mientras me estoy vistiendo y me llama guapa-guapísima, linda-lindísima y me pide que baile…

El informe del Dr. Parnasus, tarotista diplomado, resultó demoledor: el abuelo Enrique, desde el Más Allá, pretendía arrebatarnos a la pequeña Clara; la estaba reclamando para sí, de acuerdo con una maldición obrante vía paterna. Cumplía hacer frente a la amenaza de inmediato, sin importar el precio- y no se estaba refiriendo, por supuesto, a sus humildes honorarios “para cubrir gastos”: el trabajaba hasta dejarse la piel, y algo más, por sus pacientes, faltaría más o menos, “gratis et amore”, en honor a la Ciencia y el Progreso, en el proceloso mar de los Mundos Paralelos.

Clara y él iban a hacerse muy amigos durante  los meses venideros y, lo más pronto posible, nos sería devuelta sana y salva, limpia de todo tipo de influencias.

La conveniencia o no de deshacerse del espejo, vendría siendo cuestión por demás baladí: el espíritu del Abuelo Enrique se trasladaría a cualquier otro enclave cercano a la pequeña para continuar la tarea comenzada, que no era otra que apoderarse de su alma y de su cuerpo.

… Y, de pronto, se hizo la luz en mi conciencia. Ignoro si el aura poderosa del Dr. Parnasus tuvo algo que ver en ello. Imagino que sí; por el precio que nos había estado costando, me consideraba incluido, de pleno derecho, en la opción Premium, cuya área de influencia abarca a la familia en primer grado, con grandes descuentos al resto de parientes, incluidos los políticos.

¡Tanto ruido para tan pocas nueces…! Nuestras montañas de  temor irracional habían parido un ratón estrafalario… A ver cómo lo cuento…

Cierta mañana de un pasado remoto, en que, creyéndome solo en casa, procedía a explorar mi propio cuerpo, como se dice ahora, en el servicio, con una foto de “Mecano” en la mano que me había quedado libre, veo aparecer la imagen del Abuelo Enrique reflejada en el espejo.

Sentí que el mundo se me venía abajo, de repente… Por contra, él no parecía mostrarse demasiado sorprendido. “No lo repitas demasiado a menudo, chaval o te quedarás calvo.”, se limitó a decir segundos antes de cerrar la puerta.

Aquello era, seguramente, de lo que Marta no debía enterarse… y la Tía Inés, mujer malvada, se había apresurado a imaginar “lo peor” en mis elecciones afectivas… Apelaré pues al in dubio, pro reo… Confieso cierta confusión en torno al tema: La Torroja frente a los Hnos. Cano, para el Quique de entonces, eran como la “Decisión de Sophie”, en plan ambiguo…

Bueno, bien, vale… Pero entonces, ¿qué era toda aquellas historia de espejismos parlantes en mi  cuarto de baño…? Cronos no tardaría en ofrecernos una solución digna de crédito.

En el diario de Clara hallamos la respuesta. Espero que, algún día, nuestra hija perdone lo que me dispongo a revelar a los lectores. En cualquier caso, esperamos de ella cariño y comprensión al cincuenta por ciento.

Héteme aquí, a Clara, hacía algún tiempo, su madre le había leído “Blancanieves” (en versión original Hermanos Grimm, naturalmente, nada de adaptaciones disneylantes), entre otros muchos clásicos, donde el infanticidio, el canibalismo y la demencia aparecían crudamente retratados, craso error, según nos aclararía el Dr. Parnasus. Para dormir a un niño de esa edad, las obras completas de Azorín, y asunto concluido…

Enseguida- imaginativa ella- se había planteado la idea de preguntarle al espejo colgado en la pared en el cuarto de baño, quién era más guapa: mami  o ella. Chica espabilada, como digo, y no es pasión de padre, apenas se sorprendió demasiado al obtener la callada por respuesta. Eso se solucionaba en un plisplás: sujetando un cordelito a  la alcayata de su parte trasera y tirando despacio varias veces seguidas, arriba y abajo, abajo y arriba, se conseguía un curioso efecto de imagen ondulante parlanchina, diciendo que sí con la cabeza.

Estando ya al caer el cumpleaños de su madre- treinta y pocos, los dedos de seis manos no llegaban-, pensaba darle una sorpresa. Preguntarle al espejo, en su presencia, cuál de las dos resultaba ser la más hermosa, y tirar del hilito, mientras el móvil, desde el bolsillo de su bata, iría diciendo con su propia voz: “Te quiero mucho, mami, porque tú eres la más bella del mundo mundial…”

Amelia Suárez, mi nueva guía espiritual tántrica, me ha aconsejado poner por escrito todo lo sucedido, a modo de desahogo emocional, y así lo he hecho,  a pesar de la opinión de Marta, que piensa que acaba saliendo malparada en el relato.

– !Ni que fuéramos tontos de capirote, chico…! – dice ella. Y añade, mosqueadísima- Y ya me explicarás lo de Mecano…

Ahora, cada vez que escucho algún ruido nocturno, me limito a pensar que Clarichi anda por la cocina, a la luz de su móvil, a la caza y captura de sus galletas favoritas… Lo de fumar con mi cigarrillo electrónico se lo tengo prohibido. Ella me ha jurado no volver a hacerlo…

FIN