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EL DIARIO SECRETO DE MARTHA HUDSON

(APUNTE FINAL)

 Diciembre, 14, 1917, Londres 221 B., Baker Srtreet.

Ni siquiera me he molestado en dar una respuesta. El Sunday Times puede meterse las veinte mil coronas ofrecidas a mi humilde persona allá donde cupiesen bien guardadas: el Banco de Inglaterra, por ejemplo. Sobre el sangriento gossip solicitado, nunca he tenido gran cosa que decir; a mis años, no voy a empezar ahora a fingir que me escandalizan ciertas conductas desordenadas por parte de los hombres.

Frank H. .- ¡Maldita seas, Marta…! ¿Es que, ni en la tumba, me vas a dejar descansar en paz…?

Tuve marido, ante Dios y los Hombres, pero ya no lo tengo. Fui feliz, dentro de lo que cabría esperar (y no demasiado), durante el tiempo que Dios quiso compartirlo conmigo.

Mi esposo Frank, y me estoy echando a adivinar: que conste en acta, no vendría siendo ni mejor ni peor que sus congéneres. La naturaleza del varón británico, por dentro y por fuera, no me ofrece grandes incógnitas a la hora de juzgarlo sosegada y objetivamente.

Siempre he aplicado la misma vara de medir; a la hora de valorar a Mister Holmes y a su “socio”, el Dr. Watson, no iba a hacer excepciones. Cada cual habrá de responder a su recta conciencia…

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Sobre el delicado asunto de si mis inquilinos llegaron a tener noticia de que, en paralelo con las crónicas del uno, alguien más se ocupaba de dejar constancia de las hazañas del otro por escrito- para el caso, tu redacción con nocturnidad, mas sin alevosía, mi querido Diario, los siete días de la semana-, dejaré claro, desde el primer momento, que dicha cuestión me preocupaba más bien poco. Con que fuesen puntuales en el pago semanal bastaba, y aun sobraba, para las cenizas de moral victoriana que pudiese almacenar mi entendimiento.

Volviendo a ti, mi Diario más querido, puedo presumir y presumo, amparada en la intimidad que me ofrece su carácter “secreto”, y aunque toda comparación resulte odiosa, de que mis puntuales versiones del sabueso de los Baskerville o el conocido como “Estudio en Escarlata” resultan, a todas luces, superiores a las del Dr. Watson. En el caso de “El Valle del Terror”, publicada por entregas, no hace tanto, en el Strand Magazine, optaré por referirme a “empate técnico” entre ambas, aunque, a decir de verdad, personalmente, la encuentro algo desaforada y truculenta.

Guardadas bajo siete candados, conservo, por duplicado, sendos manuscritos lacrados de todo este material no publicable, que será destruido tras mi fallecimiento.

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Siendo el Dr. Watson bastante lento en lo que a redacción se refiere, se da la circunstancia de que me las arreglé para adelantarme a la publicación de sus escritos. Renuncié a sacar provecho de la torpeza ajena publicando con seudónimo, en algún semanario, las aventuras detectivescas de tan estrafalarios personajes, a pesar de la fama y la fortuna que ello hubiese traído aparejadas. Si no lo llevé a cabo es porque no se me permitió hacerlo en su momento, por quien estaba en condiciones de imponer su criterio. ¿Quién era él o ella…? Para contestar a esta pregunta, me veo obligada a viajar unos pocos años en la famosa máquina del tiempo, aparato que tan pingües beneficios, por cierto, ha supuesto para su autor, a quien, espero, no haga falta pedir permiso para utilizar su invento a modo de macguffin inconfeso.

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Y en el orden moral, ¿a quién podría yo traicionar que no fuera a mí misma, trayendo a colación cierto episodio sentimental de un lejano pasado, del que no blasono pero tampoco me siento especialmente avergonzada…? El  background llega ser determinante en estos casos.

En el continente, las cosas iban de mal en peor desde hacía tiempo… Matar y morir, a no tardar, se habrían de convertir en una contingencia habitual para la vida de miles y miles de jóvenes de uno u otro bando… En medio aquella trágica vorágine en progreso, el que una mujer entrada en años, sin apenas cultura, se enamorase de James, eminente matemático oxfordiano, bastante más joven que ella misma, se convertía en minucia, en bagatela: un incidente a pasar inadvertido en tiempos de catástrofe y de crujir de dientes, falsos o verdaderos.

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Quizás convenga el explicar cómo nos conocimos Jimmy y yo. Sucedió a poco de quedar instalados en el 221 B de Baker Street mis nuevos huéspedes. Ocupante del apartamento A, a la altura del piso superior al suyo, enseguida nos pusimos de acuerdo en una serie de servicios complementarios que yo había de prestarles, a cambio de un módico estipendio. Por si pudiere algún tipo de duda despertarse sobre tan espinoso tema, proclamo, jurando sobre la Sagrada Biblia si es preciso, que siempre actué como discreta ama de llaves (y eventual cocinera maternal libre de gastos, en algunas ocasiones especiales).

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Voraces lectoras mi hermana y yo, a edades bien tempranas, de la bibliografía Stevenson- “La Isla del Tesoro” partía de favorita, en ruda competencia con “La Flecha Negra”-, no iba a extrañarme ni poco ni mucho un encargo que me fue formulado por Mr. Holmes una cierta mañana, ante la admiración del Dr. Watson, que presenció la escena con la mirada atónita:

-Le ruego, Sra. Hudson que, de advertir la presencia, por los alrededores de esta mansión, del pirata Perro Negro, no vacile en hacérmelo saber lo antes posible…

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Me apresuré a asentir con la cabeza. Por el apartamento B, téngase en cuenta, habían comenzado a desfilar todo tipo de gentes de aspecto no del todo tranquilizador, en la mayoría de los casos. Sin embargo, la comparecencia de un corsario por la zona, con un parche en el ojo y una pata de palo, podría ser considerada motivo de extrañeza en el elegante vecindario circundante… Por lo que a mí respecta, un pecado al minuto. No sería Martha Hudson quien arrojase la primera piedra…

No es de extrañar pues que, desde ese momento, asomada al ventanal de mi sancta-sanctorum, me dedicase a observar quiénes y quiénes no pasaban por delante de mi puerta, portadores de un aspecto mínimamente patibulario, portando un loro sobre el hombro izquierdo.

Cierta mañana de abril de 19**, una presencia masculina atrajo mi atención, a pesar de su aspecto pulcro y atildado. Segura estoy de que mi pobrecillo Frankie, allá en su tumba, se revolvió nervioso y con la mosca zumbando tras la oreja, que dicen los franceses.

Nunca le he sido infiel; después de tantos años transcurridos desde aquella fulminante apoplejía, que una respetable viuda se deleite en la momentánea contemplación de un caballero inglés  en el transcurso de un paseo mañanero,  con toda probabilidad rumbo a Regents Park, difícilmente podría considerarse una falta de respeto a los ausentes.

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Considero, me atrevo a decir, que fantasear con Jack the Ripper (véase arriba) rasgando mi underwear en la trasera de un oscuro “cul de sac”, me resulta de aplastante mal gusto, por mucho que mi fraternal amiga Dorcas V. opine lo contrario. En todo caso, elegiría al Tom Jones, el Expósito, hijo de Henry Fielding, por mucho que hubiese nacido para ser ahorcado, tal como afirmaba la familia Allsworthy…

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Considero cerrado mi capítulo “hombres”. La mayoría me aburre y, hacia el resto, solo resta sentir indiferencia… Vuelvo sobre la primera frase del presente párrafo, dispuesta a corregir la temporalidad de la misma, antes de que sea tarde y proceda a engañarte, mi querido Diario…

Si me sentí atraída – físicamente, a qué negarlo…- por el andariego desconocido de Baker Street, no debe atribuirse a una larga ausencia, durante varios lustros, de varón upstairs. Mi alcoba era para dormir, contando inocentes corderillos; hasta incluso el soñar, según con quién, lo tenía severamente controlado. A la hora de los rezos, jamás se me olvidada suplicar a San Pablo que mantuviese a los lobos alejados… El hombre puede resultar lobo para el hombre – Marta Hudson, en su sano juicio, no piensa desdecir a los filósofos-; pero, para lo concerniente con las hijas de Eva, conviene más compararlo con el zorro, siempre tan inocente en apariencia, a punto de asaltar tu gallinero…

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El fallido “Perro Negro” algo tenía que me obligó  a fijarme en su porte y estilo más allá del segundo y medio que permiten la Moral y el Decoro a una dama británica.

Me atrevería a afirmar que una luz extraña envolvía su figura; un halo, y no de santidad precisamente, enmarcaba su caminar pausado, expectante, al acecho… Diabólico y divino al propio tiempo, me costó Dios y ayuda apartar la mirada del licencioso vaivén de sus caderas y la graciosa curva que conformaba uno de sus brazos – el derecho, según creo recordar- a la hora de posarse gentilmente sobre una cintura deliciosa, cuya esbelta estrechez el mismo Craso hubiese reconocido afortunada…

Que rondaba mi puerta comencé a sospecharlo tras la tercera ocasión sorprendido “infraganti” en un viene y va de arriba para abajo, a paso lento siempre, sin cambiar de manzana…

No soy mujer fácil de arredrar; pregúntenselo, en caso de  duda, al viejo Frankie. Armada de valor (y de curiosidad también, lo reconozco), tras unos pequeños arreglos delante del espejo, bajé las escaleras, abrí la puerta principal y me planté en el medio de la calle, en espera de que su trayectoria pendular acercase hasta mí a tan misterioso personaje. Fue cuestión de segundos…

-Perdone mi atrevimiento, caballero… – voy y le digo. Visto de cerca, resultaba aún mucho más atrayente…y peligroso- ¿Por ventura anda a la busca de “alojamiento y desayuno”…?

-En el caso de usted, ¿qué es lo que anda buscando, mi buena señora…? ¿Acaso el consuelo de los desconocidos…? – respondió él, con un frío tono de voz pero, a la vez, voluptuoso, que hacía evocar al conde Drácula en el momento de recibir al Mr. Harker intramuros de su viejo castillo, según nos deja relatado Bram Stoker en su famoso novelón epistolar decimonónico.

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De forma súbita, me había puesto atascada de los nervios. El perfume que emanaba de mi interlocutor, rara mezcla de lavanda, flor de la pasión y adormidera, a punto estuvo de provocar en mí uno de aquellos ataques de histeria miserere que yo creía felizmente superados.

Me rehíce con sobrehumano esfuerzo y, tartamudeando, sonrojada cual colegiala irlandesa de vacaciones en la City, acerté a articular las siguientes razones, si es que así, a ellas, podemos referirnos:

– Visto a distancia, desde aquel ventanal, la vista me ha jugado una mala pasada… Creí confundirlo, usted sabe, con uno de esos “continentales” en busca de posada donde hallarse a cubierto…

-No han lugar las disculpas, as a matter of fact , Sra. Hudson…

-¿Conoce usted mi nombre…?  Me temo no haber sido presentados con anterioridad… Le habría de recordar, téngalo por seguro… – lisonjeé, echando labios de la mejor de mis sonrisas tontorronas.

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-En la Yarda de Escocia, a partir del tercer piso, lo sabemos todo sobre todo el mundo, mi querida señora…-  respondió, más cautivador que nunca, aquel Mirón de carne y hueso, cuya contemplación, incluso vestido, propiciaba catarsis genuflexa- Mas no hablemos aquí, en medio del gentío. Acompáñeme, plis, hasta mi domicilio, sin prevención alguna: mi ama de llaves, la Sra. Powers, será garante de unas buenas intenciones, a los ojos del mundo, por lo que a mí respecta. Vivo a escasa media milla de donde nos hallamos.  El 4 de Abbey Road… Cójase de mi brazo… O mejor todavía, con su permiso…

Me tomó de la mano… Ni en mi noche de bodas, con mi difunto Frankie, ataviado de gorro de dormir y camisón a juego, entonando el “God Save the Queen” mientras se dirigía, candelabro en ristre, llameantes ambos con igual intensidad, hacia el lecho nupcial donde yo le aguardaba no todo lo asustada que cabía esperar… ni en mi noche de bodas, decía un poco antes de perder el hilo, recuerdo haberme sentido tan receptiva, tan ansiosa por conocer algo calificado por el vulgo como “peor que la muerte”, mas bastante mejor que la vida en secano de una viuda inconsolable que se precie, sin gato que maúlle en tu regazo o perro que te ladre, a los pies de la cama.

Mientras cruzábamos por el paso de cebra, una detrás de otro, se me dio por pensar en Mr. Holmes y del despego que, en todo momento, había venido mostrando hacia mi persona como mujer todavía deseable en no pocos aspectos… ¿Acaso no sangro, regularmente, ciertos días cada mes, como habría escrito el Cisne de Avon, de haber creado a Shylock en el lado soleado de los sexos…? En cuanto al Dr. Watson, sus modales modosos y vocecilla aguda, prefiero no aventurar suposiciones… He de fijarme cuántas obras de Oscar Wilde guarda su biblioteca…

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Llegamos a un elegante palacete de corte netamente victoriano, rodeado por frondosos jardines, al que se accedía a través de una verja de hierro con repuntes dorados. En la puerta de entrada, un pequeño cartel nos advertía, haciendo gala de una peor ortografía, que la Sra. Powers había tenido de ausentarse: al parecer, una tía-abuela suya había sido coceada por un mulo y ello le obligaba a desplazarse a Lambeth con urgencia, no fuera ser que, indefensa como estaba, acabase devorada por los perros.

Accidents happens… – fue el lacónico comentario de mi acompañante- Por aquí, por favor… Pasemos al salón, donde poder charlar tranquilamente, téte-a – téte.

Dicho y hecho.

Galante, una vez instalados en lo que parecía cueva de Ali Babá por lo abigarrado de sus ornamentaciones, me ofreció a nice cup of tea o, en su defecto, una copa de oporto. Rechacé ambos brebajes. Puede que el amor ciegue (el de a primera vista, sobre todo); pero tengo de tonta lo que cualquier lector de mi Diario, aquí llegados, haya podido llegar a atribuirme: no me las dan con queso Stilton ni dormida y roncando por narices…

-Mi nombres es Moriarty; James Moriarty… – va y me dice, dejándolo caer, como si estuviéramos hablando de la lluvia en España- Y presto mis servicios a Su Graciosa Majestad, a la par que a mi patria, el Reino Unido de la Gran Bretaña, en las más altas esferas del Servicio Secreto… Nada de lo hablado entre nosotros esta soleada mañana podrá ser memorizado, repetido u objeto de resumen, una vez la reunión finalizada, so pena de atenerse a consecuencias poco o nada agradables… De haberme comprendido, proceda a confirmar a mano alzada, tocándose una ceja; en cualquier otro caso, permítame que le ofrezca este folleto orientativo, a estudiar de regreso en domicilio.

Mimé la opción afirmativa y aguardé, ansiosa, que me hiciese el amor allí mismo y entonces, sin necesidad de andarse por más ramas.

– Quizás ignore, mi querida señora, que el pretende llamarse Sherlock Holmes resulta ser un peligroso espía alemán, de nombre Gustav Hasse…

-Y el doctor John H.  Watson, según usted, tampoco vendría siendo Doctor en Medicina titulado, supongo… – le interrumpí, impaciente. “Time is love“, parafraseando la famosa quote inglesa…

-Pues sí: va a ser que no… – respondió Mr. Moriarty, con una sonrisa un tanto siniestra- Al menos, lo que comunmente entendemos por “doctor”. El sujeto en cuestión regenta una clínica abortista en el distrito de Whitechappel.

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-Su clientela, por desgracia – añadió-, no tan solo se nutre de prostitutas, según nos ha informado Scotland Yard, citando fuentes en generalmente bien informadas. Miembros de la más alta alcurnia requerían sus servicios, tratando de ocultar sus pecados al mundo…

Una lucecita comenzó a titilar en mi cerebro, intermitente.

-No estará intentando insinuar que el Dr. Watson se convierte en Jack, el Destripador, lo mismo que el Dr. Jekyll se convertía en Mr. Hyde, tras ingerir la pócima maligna…

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-Ni afirmo ni desmiento…- respondió el Sr. Moriarty, en plan sabiondo- Hay quien opina que Jack the Ripper habría estado realizando “masters en cirugía” con alumnos elegidos de las clases pudientes, capaces de hacer frente a sus altas tarifas pecuniarias… Los body snatchers ya no están de moda, tras las fuertes persecuciones gubernativas de las que han sido objeto y, por otra parte, los futuros cirujanos,  necesitan practicar su arte, antes de exponerse a serios contratiempos con su distinguida clientela, una vez cerradas las puertas del quirófano… Dejemos eso ahora, por favor, Sra. Hudson… Paso a exponerle, sin más dilación, nuestra propuesta: que se convierta en los ojos y oídos del Servicio Secreto en territorios Holmes… Realizará un informe semanal por escrito- una destreza que domina a la perfección, según nos consta- que, una vez embotellado, usted misma pondrá en manos del su nuevo lechero, aka Sargento Parrish… A cambio, en la cuenta bancaria que estime conveniente, le serán ingresadas trescientas libras mensuales (negociables, faltaría más), libres de impuestos, para tener asegurada una vejez a salvo de carencias… Y bien, ¿le importaría compartir conmigo una primera impresión sobre el ofrecimiento…?

Incapaz de articular palabra, señalé las bandeja de bebidas, con un gesto expresivo, orientando mi índice hacia la botella de Whisky Escocés, para a continuación, añadiendo al mensaje mi pulgar derecho, hasta formar una U tumbada hacia la izquierda, dejar establecida una medida de volumen de líquido que estaba dispuesta a ingerir en aquel momento, dadas las circunstancias  y por prescripción médica.

-Con un poco de soda, por favor…- acerté a proferir, en tono virtuoso.

Se me sirvió al momento. Ingerido un sorbito, me dispuse a poner cartas sobre la mesa.

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-Mi estimado Sr. Moriarty – comencé mi discurso- , sin considerarme una Mata-Hari a la inglesa- yo no canto ni bailo por atraer a los hombres-, me siento obligada a acudir, gratis et amore, al perentorio llamamiento de mi patria… Sólo una cosa he de pedir a cambio, si se me permite: que sea usted y no el sargento…  Sargento What´s his Name, quien se encargue de pasar a recoger los infolios de marras, una vez a la semana…

***

El roce hace el cariño, doesn´t it? Por lo menos, opinaban así nuestras abuelas. Y la autora de este diario se permite añadir que, en tratándose del roce de los dedos de una mano masculina, al entrar en contacto con los senos, las nalgas u cualesquiera otros rincones de la anatomía femenina dignos de ser palpados, entonces no habrá motivo alguno de arrepentimientos posteriores, siempre que no se corra la voz de ninguno de los dos protagonistas de tan feliz encuentro fricativo, ya sordo, ora sonoro, según la leña arrojada a la hoguera… Un heavy petting como mandan los cánones en el “Ars Amandi” de Publio Ovidio, el Narizotas, cuyos apéndices nasales, me temo, no constituían lo más sobresaliente de su recia anatomía.

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Nos hicimos amantes, sí, ¿ qué pasa…?, con un amor que, por una vez, se atreverá a decir su nombre: pasión, loca pasión; pasión desenfrenada, a galope tendido, hasta alcanzar un clímax de delirio compartido, en la suprema cima del placer y la más honda sima del deseo, cuando la carne se convierte en fuego y su infierno se sublima en gloria excelsis deo…

Por desgracia, el pase a mejor vida de mis antiguos inquilinos, víctimas ambos de la gripe española, dio al traste con tanta felicidad y tanto putiferio.

Publicada la esquela mortuoria en “The Times” londinense (páginas interiores), le faltó tiempo a James Moriarty para una ruptura fulminante de nuestras ante entonces fluidas relaciones, cortando suministros a niveles afectivos en su caso, de rango feromónico en el mío.

No se va a ir de rositas ese fementido traidor, ese canalla, ese hijo de la gran puta, no de la Gran Bretaña, que no tiene la culpa, como veremos luego, un poco más abajo…

Ejem, ejem… Por la presente, pongo a Dios por testigo que el agente Moriarty, cierta noche, in the spur of the moment, mientras me cabalgaba, dando rienda suelta a sus bajos instintos y los míos, me reveló un terrible secreto: el de su auténtica personalidad, que no era otra que la de Fu-Manchú, el Peligro Amarillo… Yo lo dejé correr, embelesada como estaba con mi habitual multiorgasmo programado. Sólo mucho más tarde, caí en la cuenta de a quién se estaba refiriendo…

Pero ya me había besado y era tarde para mí, lo siento mucho…

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Del capítulo final de estas cuasi memorias, he mandado copia literal al Inspector Lestrade, porque proceda como mejor crea conveniente. Dentro de unos instantes, mi querido Diario, tú y yo, y ya puestos, las mejores versiones de “Estudio en Escarlata” y “El Sabueso de los Barkerville” (título por el que se conoce mi versión, en un intraducible juego de palabras) vamos ser pasto de las llamas purificadoras…

Es para ti, y solo para ti, mi querido Diario, el último secreto revelado… ¿Sabes cómo nos llamábamos Moriarty y yo, el uno al otro, en la más desnuda intimidad…? Él se dirigía a mí como W007, al Servicio Secreto de su Par de Razones; y yo le contestaba: “Tus deseos carnales más abyectos son pecados veniales para mí, Mr. Moneypound”. Y luego nos poníamos en faena…

¡Silencio…! Huele a humo… Nuestro final de acerca… 221 de Baker Street pronto se habrá convertido en un infierno…

 

FIN

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¡EL MUNDO VOLVERÁ A OÍR HABLAR DE MÍ…!

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LOS MISERABLES Y EL CINE

A partir de vago recuerdo adolescente – la lectura de una versión compendiada de “Los Miserables”- quedó almacenada en algún rincón de mi cerebro una ficha indeleble: “Los Miserables” : Jean Valjean pasa un montón de años en la cárcel por haber robado un pan. Supongo que un buen número de lectores comparte el “mutatis mutandis” a partir de “El Quijote” : “En un lugar de la Macha de cuyo nombre no quiero acordarme…” y hasta aquí puedo leer… Algo que nunca le ha ocurrido a Shakespeare con los ingleses, o a Ionesco con los franceses calvos…

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A lo largo de todos estos años transcurridos, de niñato zangolotino sentimental en el siglo pasado a vejete zangoltino sentimental en el XXI aceituno, viniendo por toda la orilla, me he cruzado, sin romperme ni mancharme, con un montón de ediciones de lo que se reputa como “obra maestra” de Víctor Hugo… Yo ya la había leído, ¿recuerdan…? “Jean Valjean roba un pan- que además cuadra en verso- y lo meten en la cárcel”; o mejor todavía:  “A Jean Valjean lo meten veinte años en prisión, acusado, ¡qué cabrones, de ladrón…”

Las ediciones, mientras tanto,  haberlas las hubo de todos los tamaños y formatos, tratándose como se trata de una obra lo suficiente magna como para poder suprimir cientos de páginas sin que se vaya a notar demasiado… Lo mismo que decía cierto censor  hispano acerca del teatro de Valle Inclán: por mucho que metiese tijera la censura, lo que sobreviviese seguiría siendo obra maestra…

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Hoy conservo todavía, cual oro en paño, “Las Cien Más Famosas Novelas” de Enrique Sordo, editadas por Gasso Hnos. en 1960, cuya hazaña no tiene desperdicio: en 189 páginas, se resumen “El Quijote”, “Guerra y Paz”, “La Celestina”, “El Lazarillo de Tormes”, “Crimen y Castigo”, o “Las Mil y Una Noches”. No conforme con eso, en su más difícil todavía, el responsable de semejante abracadabra la emprende con “La Iliada”, “El Alcalde de Zalamea”. “El Avaro” o “Romeo y Julieta”, que tienen de novelas lo que un servidor de circunspecto…

Naturalmente, “Los Miserables” se hace un hueco en el listado para ocupar cuatro páginas, cuatro, que facilitan enormemente la tarea de ir haciéndote con una cultura general, con vistas a participar en los concursos de la tele.

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En el verano 2018, elegí apechugar con lo que se prometía la edición definitiva en español de la masperpiece V. H., editada por Alianza Editorial en dos volúmenes con estuche incorporado, cuya traducción corría a cargo de María Teresa Gallego Urrutia, toda una autoridad en labores bellas,  manque traidoras por imperativo categórico: traduttore / traditore, en italiano macarrónico. Su “Señora Bovary”, por cierto, todavía anda dando sustos por los escaparates de las librerías.

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Pues bien, me ha llevado justo un año el acabarla, entre sonadas sonadas y/o sollozos estentóreos (no es coña marinera, por muy saladas que fuesen las copiosas lágrimas vertidas al final del relato).

Ea, yo quiero morirme como Jean Valjean y lo demás son cuentos… Y hablando de cuentos…

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Su sustituta verano 2019 va a ser la versión Blasco Ibáñez de “Las Mil y Una Noches”, publicada en Cátedra, autentico joyón irrepetible, desparecida de mi biblioteca misteriosamente hace ya varias décadas… A lo mejor, te la he prestado a ti… Sí, a ti, a ti… No disimules… Una edición encuadernada en piel, de la que tengo extraído numerosos placeres sensoriales, entre ellos, sabrosísimas recetas de cocina…

***

Sr. Obispo.- ¡Las cosas que hay que oír en el confesionario…!

 Venga, dilo ya, si te quedan perendengues… Déjame comprobarlo… Pues sí, los conservo en número de dos: no me los han cortado, de momento…

PENITENTE JOSÉ.- Confieso, Sr. Obispo, el haberme saltado algunas paginillas de nada, a la hora de leer “Los Miserables”…

OBISPO MYRIEL.- Di cuántas, pecador…

PENINTENTE JOSÉ.- Unas cuantas por aquí, otras tantas por allá…Vamos a suponer, en total, unas cincuenta… Sesentita, como mucho…

OBISPO MYRIEL.- ¿Y no te da vergüenza…? ¿Confiesas el haber pecado antes contra el mismo mandamiento…?

PENITENTE JOSÉ.- Prométame, Eminencia, que, si se lo cuento, no voy a acabar excomulgado…

OBISPO MYRIEL.- ¡Al grano…Al grano…!

PENINTENTE JOSÉ.- Algo mucho peor, Su Eminencia Reverendisima… ¡Muchísimo peor…!

OBISPO MYRIEL.- Habla de una vez… Dios me lo perdone: contigo, hjo mío muy amado, le entran a uno ganas de de pasarse al “Malleus Maleficarum”…

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PENITENTE JOSÉ .- Es que yo, ay mísero de mí, ay infelice… prefiero “El Conde de Montecristo” a “Los Miserables”…

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Pálido de ira, Monseñor Bienvenido Miryel me arrojó un candelabro de plata a la cabeza…

***

Bueno, pues ya ha quedado dicho… ¿Qué tiene Dumas Padre – y hasta Dumas Hijo, si me apuran-que no derroche Monsieur Hugo, espíritu santo de las Letras Francesas…?  A folletinesco-llegado el caso- no le ganaba nadie; sólo que, sobre tal esqueleto argumental, se acumulaba un conmovedor mensaje solidario, envuelto en rigor expostivo –la Historia como motor de nuestro sino-; un lirismo romántico exaltado y un plantel de personajes de una una fuerza arrolladora, que caminan a lado del lector desde el primer momento en que entran en escena… Valjean versus Javert, Otelo versus Iago o Bruto contra César… Por no hablar de los personajes femeninos… Fantine, Cosette, Éponine, ¿quién da más, señoras y señores…? ¿Qué tiene que envidiar el joven Marius a Romeo, a Calisto, a Diego de Marcilla, tonto él, por cierto…?

Tan embalado andaba, me había venido tan arriba, que sufrí una bajada de tensión retórica y corrí en Busca del Obispo Myriel, con una nueva confesión a cuestas…

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PENITENTE JOSÉ.- Un momento,Eminencia… No se marche todavía; no se vaya, por favor y prepare el segundo candelabro, por si acaso… Me acuso de otro pecado todavía más nefando… El preferir “Los Misterios de París” a las dos obras anteriormente mencionadas que, en mi estima más íntima, semisumadas contando con los dedos de los pies de banco hipotecario, pasarían a llamarse “Los Condes Miserables”, de Victor Dumas o Alejandro Hugo, su majestad es coja… Y no me pregunte, si vouz plait, cuál me llevaría a una isla desierta, si lo de Sue, o “El Médico de las Locas” de Xavier de Montepin, leído de muy niño, convaleciente de unas tifoideas.

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El candelabro que faltaba para el duro de mollera pasó silbando un blues a muy pocos centímetros por encima de mi pobre cabeza, para más INRI, con el velamen encendido, lo que se dice “viento en popa, a toda vela”… Antes de que Su Eminencia afinase puntería, me dispuse a poner pies para que os quiero en polvorienta.

+++

Si logré hacer las paces con mi PGP (Pepito Grillo Personal), fue llegando a un acuerdo de mínimos comunes múltiplos: Hugo supera a Dumas como narrador de historias de amplio espectro y éste a aquél, a la hora del donoso escrutinio de materiales a incluir por volumen; en cuanto a Eugenio Sue y Xavier de Montepin, vendrían siendo uno de esos “placeres ocultos”, sustitutos de usar y tirar, un quitapenas, un engañabobos, para un paladar que, a veces de oídas, te solicita caviar iraní y tú ofreces a cambio una tarrina con huevas de lumpo, lo que equivale a la distancia que separa, por ejemplo, a Henrik Ibsen de Somerset Maugham.

Si no me creen- están en su derecho del revés-, revisen las versiones de éste último de “Espectros”, que pasó a llamarse “The Sacred Flame” (“La Llama Sagrada”) y/o de “Casa de Muñecas”, rebautizada como “The Constant Wife” (“La Esposa Constante”) para públicos londinenses. Y piensa uno mientras esto escribe, que, por San Jorge, bien pudo dedicarse a “homenajear” a Oscar Wilde, que le pillaba bastante más de cerca.

Y un apunte más: “La Esposa Constante”( “la comedia de las mujeres y para las mujeres”) se estrenó el 31 de marzo de 1952, en el teatro Reina Victoria de Madrid, en versión de José López Rubio, protagonizada por Tina Gascó y Carlos Casaravilla (y at last but not at least, con Manuel Alexandre en el papel de Bentley, el mayordomo no asesino).

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Si lo traigo a colación es por que su protagonista- de nombre Constanza, faltaría más-, en la versión española, tras el portazo de rigor, regresará al hogar, perdonará al esposo infiel y aquí paz y después gloria.

***

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Volviendo a “Los Miserables”, no me extrañó ni poco ni mucho su reconversión a “musical” en 1980… Torres más altas habían antes caído a la hora de tomar prestados de la Literatura títulos de muy distinto tonelaje: el “Pigmalion” de Barnard Shaw (“My Fair Lady”, 1956); “Oliver Twist” (“Oliver”, 1960); Cervantes y el Quijote (“El Hombre de La Mancha”. 1965) y hasta un poemario dedicado a los gatos, salido de la inspiración de T. S. Eliot (“Cats”, 1980).

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Todos estos espectáculos terminaron filmados con destino a las salas de cine y/o las pantallas televisivas. Su respeto a la obra original no puede considerarse condición “sine qua non” para calibrar su calidad como piezas de teatro musical, avaladas, con frecuencia, por grandes presupuestos.

Elegí hacer un seguimiento cinematográfico de “Los Miserables” y prepararme un ciclo con los títulos que resultasen más asequibles de conseguir, cuando no se me oculta que heberlos haylos en todas- o casi todas – las cinematografías, empezando por los Hnos. Lumiere que, en 1897, le dedicaron un cortomatraje a “Victor Hugo y los principales personajes de `Los Miserables´”. Japón, Corea, la India, la URSS… y sus cinematografías llegarían a intentarlo en su momento…

No me hacía demasiadas ilusiones: a fecha de hoy, todavía no he visto una versión de “El Conde de Montacristo” que compararse pueda con su versión original en negro sobre blanco. No me duelen prendas a la hora de reconocer que el único paso de la Literatura al Cine con el que he podido llegar a estar de acuerdo es la versión de “El Proceso” de Kafka, a cargo de Orson Welles…

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De cualquier modo, vamos a intentar una sucinta cartelera miserere nobis…

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Made in 1935, con un reparto envidiable, fue nominada en cuatro apartados a los  Oscar de la Academia, entre ellos, el de mejor película. El Javert a cargo de Charles Laughton se me antoja, a priori, memorable.

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Riccardo Freda, 1948. Una peli por “jornadas”, tan de moda por aquellos años… “Los Peligros de Nyoka” y así…

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Tras la cámara, un director hoy olvidado, que se las apañó para dirigir un montón de pelis que alegraron mi infancia (“Teodora”, la Cleopatra de los pobres, p. e.).  R. F. acabaría por apuntarse al cine de terror italiano con varios títulos ilustres: “El Horrible Secreto del Dr. Hichcock”, “Lo Spectro”, “I vampiri”… Lo más interesante de su versión de “Los Miserables”, puede que sea su reparto: Gino Cervi, Valentina Cortese (en un doble papel: Fantine / Cosette), y un actor de apellido sospechoso que llenaba, con su cara de malo, una significativa variante de los programas de mano.

Los miserables - Caza al hombre

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Lewis Milestone, 1952. Rodada en blanco y negro, Rennie, un año después de haberse bajado de un platillo volante, era Valjean y Javert, Robert Newton, especialista en piratas y villanos varios. Completan el reparto la multitalentosa Debra Paget  como Cosette y  Edmund Gwenn, que era algo así como Edward G. Robinson, solo que en bueno – mejor – óptimo, en el papel de obispo Myriel. La Crítica Seria la señala esta versión como una de las “imprescindibles”, aunque se eche de menos en ella a la familia Thenardier, tan malvada ella, y que Fantine, cargo de Sylvia Sidney pase de puntillas por la trama.

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Jean Paul Chanois, 1958, tres horas y treinta y siete minutos de duración, protagonizada por Jean Gavin (en un curioso doble papel), Bernard Blier como Juvert y Bourvil como Thenandier. La tensión narrativa no está si se la espera. La Nouvelle Vague ( sí pero no, no pero sí, “la novela vaga”) aún no había levantado su barricada parisina en contra del acartonado academicismo decadente del Cine Francés.

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Bille August, 1998. Liam Neeson, Geoffrey Rush, Uma Thurman como Fantine… Un epígrafe, bastante rimbombante, hace presagiar lo peor: “Las leyendas nunca mueren”. Bille August iba para Bergman pero se quedó en el camino, camino verde que va a la ermita… Dentro del inevitable  déjà vu,  la versión August resulta bastante alicaída y falta pasión en el intento. Tampoco ahora la novela Hugo iba a encontrar un filmador capaz de hacerle “un poco de justicia”…

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Dos series televisivas francesas también lo intentaron. La primera, dirigida por Robert Hossein en 1982, protagonizada por Lino Ventura. En el año 2000 “Los Miserables” volverá con dirección de Josée Dayam y un reparto de lo más campanillero: Depardieu + Malkovich + Charlotte Gainsbourg (Fantine) + Jeanne Moreau +Asia Argento (Éponine) +Virginia Ledoyen (Cosette)… Lo mejor/peor un Malkovich / Javert que recuerda un montón a Donald Sutherland en “Novecento”…

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Leo por ahi que “los Miserables”, entre unas cosas y otras, ha sido llevada del Cine en cerca de ochenta ocasiones… El musical de Broadway, filmado en 2012, con dirección de Tom Hooper, es, que yo sepa, el último, que no el definitivo, intento cinematográfico de “llegar donde nadie llegó” (que cantaba Dulcinea en “El Hombre de La Mancha”), con el maldito asunto del respeto a los clásicos a la hora de cambiar palabras por imágenes.

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La sombra de “Los Miserables” es tan alargada que, en un episodio de “The Simpsons”, nos enteramos de que el nº de prisionero en Vietnán del Director Skinner era… 24601, el de Jean Valjean; el muy malvado había robado el nombre al verdadero Skinner, para presentarse luego como miembro respetable de la sociedad.

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Como le decía una cabra a otra, mientras estaban comiendo un rollo de película en el cubo de basura un estudio de Cine: “Qué quieres que te diga, hija…¡A mí me gusta más el libro…!”

Me, too… A pesar de que “los Miserables” lleve ingresado en el Índice de Libros Probibidos, desde el 20 de junio de 1864…

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… Y ADEMÁS, ES IMPOSIBLE…

(Un cuento cruel)

EPISODIO 4

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EL BESO DE LA MUJER INABARCABLE

Encarna profesaba un afecto sin fisuras al hombre que la había rescatado del desastre. Ahí es nada que te tiendan una mano amiga con cuatro mamones a tu cargo. Lo de las fraternidades, en cambio, ya no lo tenía tan claro: algunos de los datos no acababan de casar con un historial deshilvanado, tiomuerto vuelta y vuelta en su frágil memoria de elefanta fallida: una infancia ceutí, de la ceca a la meca, de feria en feria, en amor y compañía de padre putativo mojamé, sin nombre conocido, y de Madamoiselle Cocó, su madrastrona de cuerpo dolorido, tragasables y/o, llegado el caso,  écuyère a lomos de una burra, contorsionista acrobática de bajísimos vuelos y vidente nigromántica, discípula de Madame Vlabatsky y Nostradamus… Por completar el cuadro, pasen y vean, señoras y señores, a  Zoraida, una cabra pendiente de amaestrar, y Estrellito, el mono pulga mala, empeñado en tirarte de los pelos y meterle mano a los peroles.

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Cuando Blas reapareció en su vida, jurando y perjurando papeles invisibles de consanguineidad bien entendida pero puesta en solfeo, ella andaba rondando una treintena mal llevada, en la Barceloneta de sálvese quien pueda, con el oficio más viejo del mundo echado a las espaldas. Hasta Colón la señalaba con el dedo: “Tírate al mar, que no te quiere nadie…”

Y en esto llegó Blas con las rebajas… Su cara y sus monsergas de charrán buscavidas no le sonaban ni poco ni bastante; era como echar leche hirviendo sobre la espesa niebla de su mente, en horario diurno matutino. Sin embargo,cuando soñaba ensueños de arcoiris, allá en la madrugada de ajenjos garrafales, todo aparecía en su lugar descansen, armonioso y tranquilo, casi mágico, sin visajes de rostro, sin pruritos marranos ni espantosas migrañas recurrentes, que solo se pasaban atándose una cinta negra, lo más fuerte posible, alrededor de su mucha cabeza.

El tal Blas aspirante, pretendía, por lo visto, llevársela -a ella sola, se entiende- de verbena, a la casa de dios, con promesas de una vida sin trampa ni cartón, a salvo de los chulos pro senetas catalanes y los polvos de la Madre Celestina.

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Nunca habría aceptado la Encarna desembarazarse de su oscura camada de criaturas, macho y hembras, a pesar de los periódicos recados hospicianos, en tono admonitorio, de Servicios Sociales. Todos suyos, todos hijos de puta, a mucha honra, del primero a la última mendicantes penosos y, ya más adelante, descuideras del metro y aprendiz de camello jorobeta, al respective.

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Terminó vencedora, sin puntos de sutura, una vez en su vida. Blas se avino, a dientes regañados: no iba a haber bajas, pues; se llevaría la tropa a su cuartel de invierno, con una condición: nada de “tito Blas” y esas mariconadas… Lo tratarían de usted, en posición de firmes todo el rato… Y se andarían con ojos, no fuese a ser que el cinturón se disparase, apuntando por el lado de la hebilla.

Ahora, ya bajo techo, escolarizados tarde, mal y a rastro, con un poco de suerte, su chiquillería de no pararse quietos, llegaría a ser gente de provecho y beneficio; del “para quién”, ya se encargaría ella…

Se había “desolvidado”, a la chita callando, de enviar los famosos anónimos a la fulana del entresuelo C, la doña Amparo, cara de mosca muerta disecada y bolsos para morirse de bonitos.

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 Todo son pulgas en esta vida perra: si bien es cierto que leía silabeando, lo de escribir se le hacía  muy cuesta arriba, siendo zurda, por no hablar de su artrosis galopante y un pronunciado estrabismo convergente cuando algún listo pretendía propasarse con ella sin pasar por caja.

Entrar ella en una casa principal se le antojaba ascender cien escalones en la escala social, aunque fuese para colgar unas simples cortinas. Sin ser lo suyo propio, a Encarna, lo de la decoración de interiores no se le daba mal del todo. Con cuatro trastos, recogidos, acá y allá, entre las basuras, era capaz de montarse una sala de quedarse sentado, no de salir pitando para pedir socorro.

Ya de muy niña, su madre le encargaba colocar las chamarilerías encima de la manta, manteniendo, eso sí, la cabra moraima a distancias prudenciales, no fuera a ser un bombardeo cabrón de bolas negras, al que tan aficionada parecía Zoraida, viuda del mismísimo demonio por más señas, a la hora de estropiciar escaparates.

Esta actividad complementaria en el terreno pantanoso de la buhonería venía a solucionar una cena caliente, cuando su mayor espectáculo del mundo no alcanzaba a agotar localidades. En cuanto a la dormida, de puta madre se ronca en cualquier parte: banco de parque, portal abierto, y hasta si me apuran, apoyada en el el quicio de la mancebía.

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En llegando la hora y el momento, eligió tiros largos a base de mandilón floreado faldicorto, con un escote a pico incapaz de detener el imparable avance de su par de razones; pendentifes de azabache rojo y negro; a los pies de usted, sandalias en chancleta con los dedos al viento, coronados por sendos uñeros purulentos, con un espeso baño de barniz color violeta… Una cola de yegua detrás del cabezón, sujeta y bien sujeta por cordeles dorados, contribuía no poco a lograr un aspecto idealizado, entre regio déspota ilustrado y pastoril bucólico, en su vertiente más sofisticada y versallesca. Así se veía ella, optimista en el fondo, por lo menos…

En el rango de delicatessen olfativas, unas gotas de pachuli oleaginoso empapaban, golosas, palpitante pechera bicefálica y trastienda orejuda con crujientes escamas.

De esta guisa, tras su salida al ruedo, alcanzado el Entresuelo C, fue a plantarse frente a una puerta franca ma non troppo, entornada por lo que parecía súbito ataque de pudor infructuoso.

El “¿se puede…?” de una Encarna cada vez menos segura de sí misma debió de retumbar por todo el edificio. Al no escuchar respuesta- ¡que sea lo que dios quiera…!-, se adentró en un iluminado recibidor a todo tren, lleno de macetones y de adornos florales en su jarrón descansen, al que iban a desembocar varios pasillos. Una escalera, al fondo, al principio de la cual estaba la Señora, casi fosforescente, parecía conducir a una segunda planta.

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Como la Virgen no se le iba a aparecer a ella, enseguida entendió que una luz, desde arriba, se encargaba de iluminar el blanco cegador de una túnica holgada, con bordados estratégicamente repartidos, puñeteros unos, pectorales otros, hasta dejar convertida su figura en una aparición del mundo paralelo. Iba descalza y carecía de pies, o, por lo menos, no alcanzaba a distinguirle, en la media distancia, los pinreles.

-Pasa, acércate, ven, no tengas miedo…-la escuchó, musical, casi como un bolero- Supongo que tu hermano ya te habrá informado: necesito que me eches una mano… Mano remunerada, por supuesto…

Ahora estaba a su lado, pequeñita, bien hecha, con olor a jazmín; se había acercado flotando sobre el aire, así de delicada y etérea y transparente…

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-Lo que mande la señora…- su propia voz se le antojaba impura y fuera de lugar en aquel templo.

Sintió su amplísima cintura asaltada, de pronto, por una mano de dedos saltarines y un impulso potente escaleras arriba, caminito del cielo… Y se dejó llevar, porque estaba soñando…

-Hace calor aquí, ¿no te parece…?- dijo la voz de terciopelo oscuro.

El socorrido latiguillo climático la volvió a la dura realidad… ¿Cuántas veces, en un pasado no demasiado lejano, había pronunciado ella una frase parecida, en vista del parsimoniosa calma de un cliente, a la hora de quitarse la ropa de una vez, rematar la faena de bragueta y que pase el siguiente…?

Puede que se hubiese vuelto loca turulata. Se le nubló el sentido. Ahora estaba como dios la trajo al mundo, solo que bastante más crecida y decidida a todo, porque el no ya lo tienes…

-Déjame hacer a mí… Mantente quieta…-recordaba haber dicho- No es la primera vez… Parezco un poco bruta, eso lo reconozco…; pero, espera y verás, cuando me ponga tierna…

Amparo prefirió esperar a ver… ¡Impresionante lo que se le venía encima…! Luego, todo cambió: alguien la estaba acunando entre sus brazos y una voz le susurraba en el oído un “niña mía, mi princesa, mi muñeca preciosa” que la llenaba de gozosa calma y una inédita sensualidad total que la invadía, hasta casi dejarla sin aliento.

***

Algo le había quedado prístinamente claro: en llegando la hora de morir de aquel maldito cáncer, mandaría a buscar a… la hermana, o lo que fuese, del portero.

Acostada a su lado, con las manos cogidas, Encarna- por fin ataba cabos la punta de la lengua…- respiraría su último suspiro; es decir: ella misma, su esencia, en su postrero adiós, antes de ser pasado, antes de ser recuerdo para siempre…

Nadie nunca la había hecho sentirse, con sus fieras caricias, con sus besos de sangre, con su feroz abrazo… A ver cómo expresarlo: iluminada, fuerte, llena de luz por dentro…

“Morir, quizás soñar…”, que era de “Hamlet”, pero sin calavera… En “Gritos y Susurros”, aquella peli sueca tan famosa, una de las hermanas, al sentir que su hora se acercaba, se acurrucaba en el regazo de una de sus sirvientas, en busca de calor y de consuelo…

Separarse de Andrés pasó a un segundo plano. Cuando la viese convertida en un monstruo de vendajes manchados, enchufada a unos cables y a unas sondas obscenas, ella tendría ocasión de comprobar si, de verdad, su marido la amaba, como ella, estaba segura, había empezado a amar a… Maldita sea:… a la colocadora de rojos cortinones.

***

Al regresar a casa aquella tarde, las cortinas ya estaban colocados en su sitio. Amparo, visiblemente satisfecha por los resultados obtenidos, fumaba un cigarrillo en el salón, dispuesta a perdonarle su tardanza…

-¿Qué tal te las has arreglado con la Encarna…?- preguntó Andrés por echarse algunas risas a costa de aquella mole de carnazas tatuadas con dragones y guirnaldas.

-Divinamente…- le respondió ella.- La deberíamos contratar como asistenta…

 DEDICADO A ALFREDO B. V., ASESOR TÉCNICO DEL PRESENTE RELATO

FIN

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