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Archive for the ‘mucho cuento’ Category

EDIPO Y LA OFTALMOLOGÍA MODERNA

Ocurrió durante unas improvisadas vacaciones, fin de semana largo, turista accidental en solitario, por recargar las pilas, la mochila y algo más sobre la espalda.

No os lo vais a creer, pero “El Castillo de Irás pero no  Volverás” de mi lejana infancia estaba allí, incrustado en el áureo paisaje las Médulas bercianas, alzándose, soberbio, entre las nieblas del amanecer, sobre la orilla misma de la Laguna Negra, con su puente levadizo, su torre del homenaje y su enhiesta bandera de ninguna parte.

Apenas tuve tiempo de proveerme del móvil y conseguir un vídeo de escasos diez segundos, con los cuervos graznando cielo arriba y las chicharras haciéndoles el juego sucio desde una tierra en llamas, empapada en sangre.

Hombre sensato al fin y al cabo, podría escribir “colorín colorado” aquella noche y regresar al mundo real por ocuparme de lo mío. Sólo que…

Apenas duraba diez segundos, repito. Insisto en ello porque no se trataba de un plano fugaz, fruto de un espejismo repentino, sino de una secuencia sostenida y no enmendada, frente a la cual sólo cabía gritar “¡Ah, del castillo…!” en espera de respuesta.

No suelo alarmarme en exceso ante este tipo de incidentes alucinatorios. Todo tiene justificación: solo falta enfocar tu mente en el punto adecuado. Sin ir más lejos, llevaba varias semanas abandonado por el sueño de los justos; otrosí, los asuntos de mi corazón y de mi economía saltaban a la doble comba de sístole y diástole con vaivén uniformemente acelerado. Las discusiones conyugales y los avisos perentorios de la entidad bancaria donde “no” tengo depositados mis ahorros crecían en frecuencia digna de mejor causa.

…A no ser que… A no ser que mis pupilas hubiesen sido manipuladas durante una reciente operación de cataratas, insertando en ellas algún tipo de chip, programado para ofrecer secuencias fuera de mi control, de acuerdo con una pauta establecida.

“No creas la mitad de lo que oigas y solo la mitad de lo que veas”… Lo había leído en alguna parte, cuando todavía era dueño de mi vista.

¿Funcionaba el programa a tiempo parcial o me hallaría inmerso en él indefinidamente? No podía preguntárselo a quienes me rodeaban, al ignorar si se trataba de personas reales de mi entorno u hologramas guionizados al efecto…

¿Había sido elegido de forma aleatoria o respondiendo a algún plan determinado? ¿Atañía  aquel raro fenómeno al resto de mortales…? ¿Qué ocurría durante las escasas horas en que era amnistiado por el sueño…? ¿Se me estaba obligando a permanecer con los ojos abiertos el mayor tiempo posible, sin poner en riesgo mi funciones cognitivas normales…?

Vigilé en el espejo la parte visible de mis enrojecidos globos oculares. Cansancio y aprensión fue la respuesta… ¿Podría esperarse acaso la presencia de un proyector proporcionando imágenes al cerebro y/o una microcámara filmando desde dentro mis visiones auténticas, las de una realidad que me había sido vedada, por motivos que ignoraba entonces e ignoro todavía…?

El Dr. Darriba, intentando tomarme por el pito del sereno.

Tomadas las oportunas precauciones, solicité, a través de centralita, una cita “on line” con el Dr. Darriba, mi oftalmólogo, un viejales de aspecto entre apolillado e inquietante, incapaz de curarse a sí mismo, si a sus lentillas culo de vaso hemos de atenernos.

Establecimos contacto al día siguiente. En tono neutro, procedí a preguntarle si mis largas vigilias podrían perjudicar una convalecencia sin el menor problema hasta el momento y si un simple tratamiento a base colirio no ayudaría a espantar fantasmas…

Su respuesta, una tanto desabrida, parecía empeñada en echar balones fuera, con una inesperada referencia a Santa Teresa incluida.

-Imaginaciones tuyas… Dejemos en paz a la loca de la casa, ¿te parece? Si todo va bien, ¿a qué inventarse problemas que no existen…? Tú mismo  has empleado la palabra “fantasmas”… Unas cuantas gotas de colirio y unos sorbos de valeriana calentita no van a hacerte ningún daño…Y ahora, si me disculpas…

Aquel Dr. Mabuse reciclado cortó la comunicación y el resto fue silencio. “Allá se las componga: que me pasen la siguiente llamada”, pareció traducir el ángel que pasaba por allí tocando la trompeta apocalíptica.

Me las compuse para mantener a Flora al margen de mi estado de ánimo, lo cual contribuyó a enardecer el suyo más de lo que ya estaba:

-Mirad al niño despatarrado encima del sofá, absorto en los juegos de su tablet… No me merezco esto, mi palabra… Que se busque otra para el papel de madre y de asistenta… Debiera ir tomando nota: no soy Yocasta en ningún sentido… – repetía, cargada de razón, dirigiéndose a un público invisible.

Hijo de la gran puta, fingía no haberla oído: mi hombría de bien no lo hubiese permitido sin recurrir a soluciones contundentes, convirtiéndola en víctima a los ojos del mundo.

De haber tenido padre, le hubiese confiado mis problemas. Por desgracia, había fallecido a raíz de un estúpido accidente, provocado por mí al, en un descuido, arrojar en la bañera donde se encontraba en remojo sabatino un secador de pelo en pleno ronroneo, tal como había visto hacer, sin grandes consecuencias, en una peli americana muy popular en los 80, con una pandilla de descerebrados como protagonistas.

En mi caso, la broma, huérfano desde entonces, se me había ido de las manos…No hubo maldad en ello. Mi equipo de sicólogos lo atestiguó ante la policía. Lo dicho: un estúpido accidente doméstico.

 En honor a papá, y por mucho que me lo pidiese el cuerpo, no acudí a ver las secuelas de la cinta-innumerables-; pero tampoco me sentí responsable de su prematura muerte.

Mamá, hoy difunta también, la pobrecilla, me daba la razón, tal como yo esperaba…

No opinaba así la Yocasta- eso asegura ella, a bombo y a platillo- que me ha tocado en suerte (para mí la chochona: hay que fastidiarse…).

-Aun puedo denunciarte. Lo tuyo aun está por prescribir. Conque, ándate con ojo…- eso fue lo que dijo, con risita nerviosa bailándole los labios leporinos.

Confieso que los affaires de Yocasta y de Lisístrata los tenía trabiscornados desde siempre y hube de informarme por las redes.

Aquello fue el principio del fin. Flora/Yocasta… Y yo, entonces, Edipo de Tebas, casado con la autora de sus días y asesino de su propio padre… ¡Madre mía…!

Flora / Yocasta, sin vivir en ella.

El Destino me lo estaba sirviendo en bandeja de plata…

Saber no basta: hay que saber a tiempo… He aquí, compendiado, el problema de Edipo…

Tampoco la Biblia, con lo buena que es, se anda con remilgos. Véase, si no, Mateo 8:19:  Y, si tu ojo te hace pecar, sácatelo y arrójalo. Más te vale entrar tuerto en la vida que con dos ojos ser arrojado al fuego del infierno.

Dos ojos, dos, que no uno solo, eran los pecadores contra el octavo divino mandamiento. Pues mejor (y peor) lo estás poniendo. Yo me quedaría ciego y mis cuencas encantadas, cantos rodando por el polvo sinuoso del camino…

“Con el broche del cinto de Yocasta”, de hacer caso a los cánones edípicos… Un ciego más, ¿qué importa…?

Ciego acabó sus andanzas isleñas Polifemo. Lázaro incitó a su ciego explotador a dar el salto, rompiéndose la crisma en el intento. “Las Gracias y Desgracias del Ojo del Culo. Dirigidas a Juana Montón de Carne, Mujer Gorda por Arrobas” de Quevedo, opúsculo dedicado al “ojo ciego”… Saramago informó de la ceguera y Ernesto Sábato hizo lo propio con los ciegos en “Sobre Héroes y Tumbas”. Buero Vallejo los utiliza en su teatro como símbolo del españolito que vienes en el transcurso del franquismo (“En la Ardiente Oscuridad”, “El Concierto de San Ovidio”…). Huxley escribió su “Ciego en Gaza”, reputada como la mejor de sus novelas. John Wyndham, arrojándole el guante a Richard Matheson, con “El Día de los Trífidos”…

Polifemo pinchado en un palo.

Espera, que me acuerdo de más: Julio Verne y “Miguel Strogoff… Galdós y “Marianela”… Robert Louis Stevenson y Pew, el pirata ciego de “La Isla del Tesoro”… Frederic Knott y “Wait until Dark” (“Sola en la oscuridad”)… Francesco Matriani y “La Ciega de Sorrento”… ¿Pues no dicen que el Amor y la Justicia no ven tres en un burro…?

Total, para lo que hay que ver… Ojos, ¿para qué os quiero…?

EPÍLOGO

Lo he meditado debajo de la almohada. Lo del broche del cinto de Yocasta, mejor no meneallo, si es posible… Eso sí: voy a ponerme ciego de ese whisky escocés que está como una cabra…

“Lucy in the Sky with Diamonds” fue el principio de todo pero no va a constituir su desenlace. Vuestro narrador no aspira a ver diamantes para siempre, sino el “Castillo de Irás y no Volverás”, con su puente levadizo y su bandera de ninguna parte, allá donde comienza y finaliza el ominoso Desierto de los Tártaros … O dicho de otro modo: me doy por avisado y me andaré con los ojos bien abiertos… Edipo ha renunciado a rematar en condiciones su tragedia…

FIN

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LADY MARKHAM Y SU LUCHA CONTRA EL CÁNCER

Lady Markham no se andaba con tapujos. Si algo llevaba claro en el retorcido interior de su coronada cabeza era que la servidumbre le pertenecía, a todos los efectos, desde el punto y la hora de que aquélla formaba parte de su esfera de poder, según papeles. “Su” señorita de compañía, “su” doncella, “su” mayordomo, “su” chófer, “su” cocinera, “su” jardinero, “sus” pastoras afganas Dolly y Molly; “su” marido Sir Alfred, eminente matemático, al que no se había dignado dirigir la mirada en los últimos diez años, ni siquiera para darle órdenes, como era su costumbre inveterada…

Cuando le fue diagnosticado un cáncer de ovarios en fase terminal, Lady Markham se limitó a sonreír y a marcar las oportunas distancias:

-Permítame introducir un pequeño matiz en la cuestión, Dr. Mortimer. Lejos de mi intención disentir de su diagnóstico, me limitaré a fijar sus coordenadas exactas: puedo padecer cáncer, no pienso discutírselo; pero el cáncer no me tiene a mí, ni me tendrá, si yo puedo evitarlo…Sobre todo, de ovarios… ¡Qué vulgar, aplicado a una señora de mi clase…! Y, para ello, cuento con su ciencia y mi Abolengo…

El Dr. Mortimer, old dog, se limitó a seguirle la corriente, hablándole de los avances de la Medicina Moderna…

No rezó a Dios, con el que tampoco cruzaba palabra desde los años 30, a raíz de la pertinaz negativa divina de convertirla en madre de un varón, futuro heredero de la inteligencia paterna y la heráldica materna (venía siendo prima política, en tercer o cuarto grado, del marido de la Princesa Margarita, por si no lo sabían)…

La Virgen María, algo más compasiva, en escuchando sus plegarias protestantes, se limitó a enviarle a la pequeña Elizabeth y a arrebatársela, poco después, desde la misma cuna, quizás porque Lady Markham, a pesar de sus promesas, no había abandonado la Iglesia Anglicana para unirse a los papistas, cláusula sine qua non que formaba parte del virginal acuerdo.

Ahora, el diagnóstico ya negro (de luto) sobre blanco (de sudario), tocaba mantenerse alerta, vigilando cada rincón de su organismo ante la posible aparición de avisos de peligro más o menos eminente o señales de alarma significativas.

Percy O´Mara, su oráculo particular, tarotista irlandés de la Escuela de Viena, al que había conocido durante unas vacaciones en las Islas Seychelles, fue mandado a buscar a su coquetón apartamento de Versalles, donde mantenía discreto idilio platónico con el fantasma acolchado de una descabezada María Antonieta, todo lo inquietante que se quiera.

  El vidente, tras los pases magnéticos de rigor y la quema de incienso, enseguida se lo había dejado claroscuro, una vez la baraja puesta a adivinar lo impredecible:

-Mire usted, mi querida Lady Markham: Cáncer es un signo de agua, regido por la Luna, mudable ella y mudable él, como es sabido. Sus relaciones con Capricornio, el signo de usted que representa la Sabiduría Cósmica, siempre han sido excelentes a la hora de compaginar sus respectivas cornamentas. La propensión al cambio es evidente. Su problema puede crecer; pero también menguar…dependiendo del talante positivo que el enfermo pueda aportar, en cada caso, frente a la enfermedad, manifestación diabólica, disfrazada de abuelita celular alborotada… Si Su Señoría me hubiese hecho caso en su momento, hubiese buscado la Luz en la Iglesia de Roma; siempre nos quedaría entonces el acudir a los Baden-Baden de la Catolicidad- Fátima o Lourdes, los que quedan más mano-, en procura de agua milagrosa y aquí paz y después, gloria…

Pero, ay, Lady Markham se estaba moviendo a otros niveles de estrategia. Le resultaba irrespirable hasta el propio nombre de su larga y penosa dolencia contraída: “Cangrejo”; no “centollo”, o “langosta a la americana”, o “gamba” o “langostino”… Una criatura que camina de lado, proletario aditamento para arroces de pobre junto al Ganges, no iba a acabar con ella, de poder evitarlo… No escucharían gemido saliendo de su boca por culpa de un crustáceo atravesado…

Resistió las primeras embestidas de la fiera en la soledad de su boudoir, apretando los dientes y babeando pañuelos de un rojo cada vez más oscuro. Ni a su esposo ni al Dr. Mortimer les debía llegar noticia alguna de su verdadero estado. Para ellos, Lady Markham realizaba una “cura de reposo”, asistida por el “cuerpo de casa” imprescindible, en las mejores condiciones posible: alejada del mundanal ruido en su cottage de la costa de Cornwall, a la primera señal de alarma, sería trasladada a Londres sin perder un minuto…

De hecho, hacía más de un mes en que “nadie” la había visto en persona, ni siquiera su espejo victoriano de tres cuerpos, mandado retirar del dormitorio.

El odio que sentía hacia su progresivo deterioro físico se había convertido en su mejor coraza. Se las había arreglado para localizar en su cerebro el lenguaje más soez, más tabernario, para dirigirse, mordaz, a su enemigo.

-Jodido hijo de puta, cazador de cabelleras, no lograrás doblegarme ni un centímetro cuadrado. Si hasta ahora no lo has hecho, no imagino qué mayor estrago podrías infringirme para salirte con la tuya de rositas. Deja ya de morderme, perro negro… Soy más bitchy que tú y estoy dispuesta a todo…

Esta baladronada y otras del mismo estilo habían pasado a convertirse en refugio seguro. Se estaba transmutando ella misma en dolor de su propio dolor, en cáncer de su cáncer… Y esperaba morir en el intento, una forma de victoria final, que aliviara, de algún modo, su tragedia: de acabar derrotada, hacerlo sabiendo que su dolor, irremediablemente, se moriría también… Ella que él, se andaría con mucho ojo, no fuera a ser que le dieran por culo:

-Si me matas, te mato, cabronazo… Habrás tomado nota… Jódete bien jodido: como ves, te he ganado la partida…

Así estaban las cosas en su mente agotada, todavía en pie de guerra; o mejor: de cruzada.

Pero cierta tarde, jugueteando con el dial de un aparato de radio a transistores que apareció- y constituía un misterio que no tenía ni ganas ni tiempo de investigar, por el momento-en el fondo sin fondo de uno de los cajones del vestidor, una voz femenina comenzó a declamar, desde “el espacio exterior”, alarmantes noticias en torno a una pandemia imperatrix mundi, que amenazaba con poner a la Madre Tierra patas arriba, de no poner remedio.

Lo que más atrajo su atención fue la nomenclatura del causante del problema: “Coronavirus”, con cerca de medio millón de muertos all over the world sobre sus nacaradas cachas…

Lady Markham, transida por un rayo, se puso a levitar a lo Houdini, pero sin trampa ni cartón; vamos: como Santa Teresa…

La jugada maestra. Todo quedaba así atado y bien atado… ¡Coronavirus…! ¡Coronavirus! ¡Coronavirus…! (Lo repitió tres veces, como un ora pro nobis).

Just like a Queen…- musitó entre diente (no es errata, sino neorrealismo italiano).

Y lo hizo porque una de las últimas representaciones teatrales a que había asistido en el West End había sido “The Cavern”, de Jean Anuilh, donde su protagonista, una vieja criada, antes de reventar, todavía encontraba tiempo para su “minuto de gloria” lapidario: “Just like a Lady” (“justo como una señora”), afirmaba, perdiz, referido a que iba a morirse en una cama…

Lady M. se puso shakesperiana y todo:

-Cáncer, ¿dónde está tu victoria…?

A una dama como ella, sólo la iba a matar Coronavirus… Ahora ya solo le faltaba contagiarse. El noticiario le ofreció, al momento, posibles soluciones: no usar la mascarilla, acudir a concentraciones masivas abrazando y besando a todo el mundo…

Precisamente, aquel fin de semana, se había convocado una manifestación en la City para protestar contra el gobierno por su falta de redaños ante la crisis sanitaria…

Sir Alfred no se molestó en contradecirla. Él mismo iría a buscarla al día siguiente, viernes…  Pues claro que la había echado de menos… (“miss”, en inglés, puede traducirse por “echar de menos” y “evitar”)…¡Faltaría más…!

Como no podía ser menos, Lady Markham, al final, se salió con la suya.

Ah, y otra cosa: en el momento de entregar su alma a dios, se encontraba presente, además de Sir Alfred, su inminente viudo, el Reverendo Parrish, de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

El cáncer, al enterarse de tal reconversión de origen teresiano, a punto estuvo de morirse del disgusto, empañando el triunfo total de Lady Markham…

Cuando vino la ensabanada Parca a reclamar su alma, la encontró a media altura, en una de aquellas levitanciones suyas recurrentes, a las que había cogido el gusto cosa mala.

-Su Señoría debería bajar de ahí y acompañarme…- dijo la Inrvitable, en tono genuflexo, acostumbrada como estaba a tratar con la Créme de la Créme del Imperio Británico.

-Sólo lo haré – y encantada de la muerte, además -, si te envía Sir Coronavirus de la Tabla Redonda a buscarme…

-¿Cómo lo habéis adivinado, Altísima Señora…?

-Es que si no, no juego… – respondió una Lady Markham a la que se le estaban poniendo dientes largos solo de pensarlo – No hagamos esperar más a tan noble caballero… Llévame a su presencia, que tenemos que hablar de muchas cosas…

Lady Markham, como una moto, al pensar en su próximo encuentro con Sir Coronavirus.

Dicho lo cual, dio el gran salto y se quedó dormida para siempre.

FIN

tenor

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EL SÍNDROME PIERANGELI

I

Había estado lloviendo, de forma intermitente, a lo largo de toda la tarde. La noche por caer, nada parecía presagiar cambios notables. La ciudad, medio a oscuras, se preparaba para resistir el torvo ataque de las sombras, del gris al negro, en un cerrar de persianas metálicas y mochuelos de regreso en sus olivos.

Nadie conocía a nadie; los escasos viandantes se cruzaban unos con otros guardando, obedientes, las distancias, en un tácito “toque de queda” preventivo y neurótico.

El ocre olor del ozono no daba muestras de quedar engullido por una brisa fría que se había puesto en marcha de repente.

El hombre de abrigo marrón y sombrero de hongo avanzaba despacio a contramano por la acera indebida. De no haberse tratado de uno mismo, visto desde fuera, el verbo intransitivo que se le hubiese venido a la cabeza hubiese sido “merodear”, “vagar”, “rondar por”…

A lo largo y ancho de la calle donde trabaja mi amor, mi bella dama… Ahora, la confitería está ya cerrada; pero no me importa: casi lo prefiero. La he visto salir, corre que te correrás, hace una media hora. Tantas prisas y no estaba lloviendo. Quizás, alguna cita romántica con su príncipe azul, lo cual podría arreglarse. No sería la primera vez. Ojalá sea la última… Debo de haber engordado, tras la ingesta-coartada de docenas y docenas de almendrados caseros, que imaginaba amasados con sus manos de niña, por absurdo que pueda parecernos.

Se llama Paula, Srta. Paula, si al rectángulo negro obrante sobre su pecho izquierdo hacemos caso, y no veo razón alguna para dejar de hacerlo. Es el vivo retrato de… Pier Angeli… Y si alguno no conoce el “quién es quién” de Anna María Pierangeli (1932-1971), que, por favor, no continúe leyendo… Haber nacido antes, como yo lo hice (mediante forceps, por cierto), para gozar de contemporaneidades semejantes.

Seguro estoy de que ella se ha fijado en mí. En mí se fija, de hecho, todo el mundo. En las ciudades pequeñas suceden estas cosas pueblerinas. Les hago gracia; puede que a otros, no tanto… ¡Si supieran con quién se la están jugando…!

La Srta. Paula me sonríe- supongo que obligada a ello por contrato- y sus labios se alargan en una bienvenida horizontal llena de encanto (la vertical sonrisa llegará en su momento), dejando entrever dos hileras de albos dientecillos, desconocedores de la nicotina o la falta de higiene. También conozco el delfín entre nacarada espuma de su lengua rosada, que se desliza, grácil, y humedece su aliento y aquella vocecilla convertida en caricia y, quizás, en promesa… ¿Por qué no…? Tampoco soy tan viejo… Sé lo que he de hacer cuando la tenga, por fin, entre mis brazos y cómo justipreciar sus necesidades y las mías…

Sé dónde vive porque la he seguido. Conozco sus ires y venires en el Facebook. Tengo una vaga idea de lo mucho que sufre, a nivel de trabajo, a nivel de familia y a nivel de pareja.

Me propongo salvarla antes de que sea tarde. Una chiquilla como ella merece mejor suerte y me merece a mí, de caballero andante, desfacedor de entuertos…

Sobre someterla o no a lo que yo llamo “la prueba del fuego”- exponerle, sin tapujos, mi “problema”-, las dudas se han ido disipando poco a poco. Los catastróficos resultados de experiencias anteriores en ese sentido aconsejan prudencia, pero no una renuncia a cal y canto. No me imagino en la cruel coyuntura de verme obligado a… hacer justicia. Ella pasará la prueba limpiamente; uno no esperaría menos de Pier Angeli, hostia consagrada, pan de ángel…

Nos conocimos a principio de los 50 gracias a una película que, toma ya, trataba el tema de la educación sexual de los adolescentes… Su protagonista joven, y tiene su aquel, dados los tiempos, se llamaba Franco; y ella, Mirella, que suena a pareado.

Conservo todavía un álbum que improvisé cuando su estreno y guardado como oro bajo palio desde entonces…

Más tarde, tras su paso por Hollywood, vendrían para alegrarme la pestaña y lo que hiciese falta, que uno no es de piedra filosofal únicamente, éstos títulos (y algunos otros que recordar no puedo) :

FRED ZINNEMANN (1951)

YVES ALLEGRET (1954)

“SOMEBODY UP THERE LIKES ME” (“LES GUSTO A LOS MANDAMASES”)
ROBERT WISE (1956)

“EL AMARGO SILENCIO”
GUY GREEN (1960)

ROBERT ALDRICH (1962)

SERGIO BERGONZELLI (1970)

No fue la suya una carrera demasiado brillante; su decadencia, un largo y doloroso viacrucis camino del suicidio barbitúrico. Yo la amé hasta el final, que conste en acta…

Tarde, mal y a rastro, declaró en una entrevista que el verdadero amor de su vida había sido James Dean, el “cenicero humano”, que es como pedir peras a una mandrágora fuera de temporada… En el pecado, llevó su penitencia…

Ya sé que las comparaciones son odiosas; pero ahí donde me veis, me dispongo a concederme el honor de un pequeño capricho “más difícil todavía”: transformarme yo mismo en J. D., antes de intentarlo con la Srta. Paula…  El corazón me dice que ése será el camino de la gloria in excelsis dea.

Aquí yo, en mis años de esplendor en la hierba…

J. M. .- … Se le olvidó añadir “mejorando lo presente” y no es falsa modestia…

II

17 de febrero, 2020

A ti nunca te he engañado, mi querido diario. Tampoco pienso hacerlo en el futuro… No serviría de nada: me conoces demasiado…Claro que me da pena el Sr. Raro, y hasta un poco de miedo, sobre todo al principio… Voy a hacerte un dibujo aproximado porque te hagas una idea…

Modestia aparte, me ha quedado de chachi-piruli… Por edad, hasta podría llegar a ser mi padre… Sólo que él se muestra siempre educado y cortés, cosa que mi padre no suele practicar, por lo menos conmigo… Falta la primera vez que se haya presentado bebido en la confitería… ¡Huele tan bien…! A lavanda inglesa, me parece. Me encanta cuando se pone a tartamudear, rojo como un tomate… El pobrecillo debe de sentirse solo… O. a lo mejor es que le recuerdo a alguien… ¡Todo resulta la mar de misterioso…! Cuando se lo conté a Tony, se permitió el lujo de reírse de nosotros… ¡Ya quisiera ese chiquilicuatre tener la clase que se gasta mi cliente…! Escribo “mi” porque prefiere perder turno para que yo lo atienda… Sombrero en mano, tan formal, tan… tan recortado, se diría escapado de un museo de cera… A mí me lo recuerda, por lo menos…

Me muero de curiosidad por averiguar algo de su vida y milagros. Me atreví a preguntarle a Sara, la encargada, dando muchos rodeos. Nuevo en el barrio, hasta donde ella maneja. Me aconsejó, en tono algo zumbón, que procurara fijarme en carnes un poco menos hechas y bastante más frescales, y para eso ya tengo yo a mi Tony, que a fresco no le ha ganado nunca nadie.

Añadió algo que me puso algo nerviosa, aunque, estaba segura, no hablaba en serio cuando dejó caer lo que va a quedar escrito en estas páginas, tuyas y mías al cincuenta por ciento:

-A saber si no se trata de un nieto de Landrú, buscando hacer carrera… Yo solo le pido que si va a hacerte desaparecer, no lo haga durante un fin de semana y nos dejes plantados…

Busqué lo de Landrú en la Wikipedia… Un aire sí que guarda… Y que se llame Henri Désiré tiene su miga… No descansaré hasta enterarme de qué va este acertijo… Y además, prefiero que se parezca a Landrú y no a Jack, el Destripador, qué quieres que te diga…

La próxima vez que pase por “La Creme de la Crema” en procura de almendrados, me las arreglaré para hacerle entender que, como poco, estoy interesada en su persona… Madre mía, madre mía… Acaba de ocurrírseme el truco del almendruco para salir del paso: pondré un almendrado de más en la bandeja, con una nota: “Cómeme”, igual que en el cuento aquel de Alicia. Además, no le vendría nada mal crecer un poco… Palmo más, palmo menos, le llevo la cabeza y eso contando con el sombrero de hongo tan gracioso que se trae…

III

… Velahí lo más claro que el agua destilada… Pan de los Ángeles suplicando comunión bajo las dos especies: comer su carne y brindar con y por su sangre derramada, deleitoso néctar que la Virgen Paula accede a compartir con el más fiel de sus adoradores.

Me dispondré pues, rebelde con causa y efecto, a pasar a la acción, poniendo, y nunca mejor dicho, manos a la obra…

A ciertas edades provectas, la escritura de relatos galantes se erige en la única variante de onanismo fino (y seguro, tras el primer aviso del infarto trapero), que nos queda a los que, como yo, viven sin vivir en sí, a la espera del Gran Sueño bajo tierra.

En cuanto finalice el presente racconto, quiero mostrárselo a mi amiga con derecho a nada de nada (de momento), doña Paula Orellana, residente conmigo en este cielo a precios por la nubes, por si se da por aludida y se decanta por un aparte licencioso conmigo.

Con mascarilla y todo, su rostro se me antoja equidistante entre Rubens y Murillo, rara mezcla al pie de la cual una mirada gris con iridiscencias lapislázuli solicita respuestas. Seguro que la anima esta lectura, si no pía, por lo menos picante a su manera: la pobre anda algo decaída, últimamente. Cosas de la edad, le tengo yo explicado: que si décimas de más, que si jaquecas…

Le pediré que renuncie a protección mientras está leyando. Quiero ver si sonríe ante tanto atrevimiento por mi parte.

Y, si hay suerte, hasta puede que me anime a solicitar un beso con labio como premio… Me he estado enjuagando con elixir bucal cuatro veces al día y me he fijado la dentadura con loctite… Son pequeños detalles, pero que pueden echar a perder un desenlace a lo “Cinema Paradiso”…

FIN

-¡Cómo de austera será esta residencia que nos ponen un solo trompetero del apocalipsis…!

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