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Archive for the ‘mucho cuento’ Category

EL PRINCIPIO DE EUREKA

Eureka, que nunca había esperado gran cosa de su matrimonio con un científico tan acreditado en el areópago como Arquímedes de Siracusa, se hallaba a punto de ponerse de los nervios. Sus esclavas no hacían más que quejarse – y con razón de estado, nunca mejor dicho- de la situación en que quedaba el cuarto de baño de la oikos, cada vez que el amo procedía a sus abluciones sabatinas de cuerpo entero. En aquel mare nostrum jabonoso, hasta Odiseo se hubiese venido a pique con sus naves, ningún marrano a salvo de la quema, convertidos en correoso manjar para nereidas.

-Pero, hombre de Zeus, ¿qué trabajo te cuesta esparcir, antes de proceder a introducirte en el líquido elemento, unas cuantas clámides viejas por el suelo…?

Como quien oyera llover; él, a lo suyo, enfrascado en altos pensamientos matemáticos sobre la palanca que haría rodar el orbe cosmos adelante, liberado, al fin, de los robustos brazos del gigante Atlas, a punto de jubilarse y más que harto de echarse a las espaldas aquella bola azul empeñada en dar vueltas todo el rato.

-Cuatro gotas de nada…- respondía, adusto, el sabio entre los sabios, prosiguiendo su camino hacia el foro, por si algo divertido llegara a sucederle, lejos del mundanal ruido de su parloteante gineceo, presidido por aquella Eureka tan rica de turgencias semihidrópicas como paupérrima en lo referente al intelecto de su psique.

-Y, si te lo demuestro, ¿me creerías…?- desafió, cierta mañana, la aludida, con los brazos en ánforas fenicias.- ¿Admitirías entonces mi reingreso triunfal en el sancta-sanctorum de las Vírgenes Vestales, de donde me sacaste con nocturnidad y alevosía…? Lo del pan y cebolla, vino luego… De haberle hecho caso a mi santa madre, hubiese elegido para compartir tálamo a un hombre de milicia y hasta, incluso, un poeta que cantase mi juventud y lozanía, algo que no está hecho para boca de asnos platerescos, mejorando lo presente y lo pasado…

-Vete, vete a un convento, si ése es tu deseo bajo los olmos…- graznó su shakesperiano esposo, sazonado con unas gotas del O´Neill especial griego- Pero antes, habrás de convencerme de la veracidad de esa fake news que os traéis entre canillas tú y esas pajarracas de Estínfalo a tu servicio, siempre con el cartelito de “ocupado”…

-Aguardemos al sábado…

-Pues largo me lo fiáis, tendré paciencia…- cortó y cerró Arquímedes aquella conversación indigna de su ingenio…

Llegada la fecha señalada, dando grandes voces, convocó Arquímedes a su augusta consorte porque se presentase en la sala de baños, orden que ella obedeció, faltaría más, haciéndose acompañar por su séquito de esclavas aunucas; en caso necesario, sirvirían de testigo de lo que estaba a punto de suceder entre vapores acuosos y un leve tufo a sudores corporales mal frotados.

-¿Has visto, deslenguada, lo poco que se han mojado los mosaicos de Eritrea, tras proceder a mi baño de asiento mañanero…? Y, en todo caso, no tendría yo la culpa, sino el líquido obrante en nuestras termas, empeñado en venirse muy arriba, siempre que pongo a remojo en él mis ya de por sí arrugadas posaderas, otrora tersas cual melocotones de Corinto cortados en mitades paralelas…

Eureka no pareció arredrarse lo más mínimo y procedió a introducir el dedo gordo de su delicado pie derecho en la pecera.

-Ello ocurre, esposo de las Ciencias Matemáticas, porque ya ni las cristalinas aguas de las termas soportan los obscenos embates de tu cuerpo al desnudo. Habrás observado, sin embargo, el visible beneplácito calmoso con que la superficie del estanque recibe la presencia de este dedito fue al mercado… O sea, que la culpa es toda tuya, te pongas como te pongas… ¿No es cierto, chicas…?

Las esclavas aunucas, en número de pi, se apresuron a quitar el polvo al aire circundante, usando de cabeza borradora sus cráneos y sus caras obedientes… (El lector poco viajado no debe sorprenderse: el pueblo griego, por llevar la contraria, asiente meneando, de lado a lado, la cabeza).

Pero Eureka aun tenía más ponzoña que verter por esta boca es suya:

-De hecho, yo misma siento parecido, cada vez que te vienes sobre mí, apestando a mavrodaphne, en demanda de mojaduras conyugales. Debes reconocerlo pues, no amado esposo: has sido derrotado en la contienda. Dame la libertad de volver al lugar a donde petenezco…

– Vete dónde te plazca, hembra babilónica, desairada mujer del más venéreo de los frescos pompeyanos censurados; pero quítate de mi vista, de mi oído, de mi olfato, de mi gusto, de mi tacto, antes de que te pase por el hirviente agua de mi cólera, cual un huevo escalfado…

En un visto y no visto, el siciliano Arquímedes se había quedado solo en el recinto. Con su toga viril atada y mal atada a la cintura, dejando al aire parte de sus vergüenzas más toreras, marchó el sapiente hacia sus aposentos, pensativo. Una idea le rondaba,elusiva, sus privilegiadas meninges, puestas a funcionar, una vez más, por la observación- no todo lo serena que debiera- de unos hechos empiricamente probados, en ocasiones sucesivas, bajo las mismas- e incluso parecidas-condiciones.

“Es ese maldito líquido quien me empuja hacia arriba, cuando me introduzco en él, provocando pequeños oleajes; y éstos, a su vez, enojosos derrames por el suelo, provocando la furia desatada de la lésbica Eureka, mi euménide bajo contrato vitalicio… Y esa fuerza… Esa fuerza… No detengas tus luces, inteligencia mía… ¡Me viene, ya me sale…! ¡Necesito tu ayuda, oh Divina Atenea…! Lo tengo en la puntita de la lengua…! Pero, mejor lo escribo; no vaya a ser que, Zeus no lo quiera, se me olvide… Jefe de los esclavos, pronto, a mí… Consigue presto un tablilla encerada comme il faut y un punzón afilado, o te haré desollar a latigazos, para arrojar luego tu cadáver a los perros… ¡Qué lentos son estos nubios, caramba…! ¡Tanto músculo y qué poca premura diligente…! Ah, por fin, can  desobediente calafateado… A punto estaba de mandarte a hacer un par de largos en mi estanque de carpas asesinas… Trae acá y haz mutis por el foro… A ver… Vamos allá… EL PRINCIPIO DE ARQUÍMEDES… Suena bien, ¿a que sí…? Allá vamos… No me abandonéis ahora, fuerzas mías… A punto estoy de culminar mi obra maestra…

-De puta madre, ea… Y quien me lleve la contraria, ya puede irse ahogando en las procelosas aguas de la laguna Estigia… Y mejor que se ahogue pronto: no todo allí son peces de colores…

– Jroña que jroña… (¡Que te pego, leche…!)

***

El éxito fue inmediato e inundó el Helesponto de admiración y parabienes, hasta el punto de que llovieron sobre Arquímedes las más tentadoras propuestas para presidir el Senado de la polis de Atenas (propuestas de inmediato denegadas porque nuestro sapiente andaba de cabeza por acabar de cuadrar la ley de la palanca). Así pues, nada de política… Un científico es un científico es un científico… y lo demás, rosas liliputienses, colibríes, duración de la dicha de los hombres mortales…

Héteme aquí que Eureka, enterada de tanto viene y va con la fama de su otrora marido, consideró- y estaba en su derecho- que buena parte del Principio de Arquímedes se debía a su propio ingenio: ¿acaso no había sido ella la primera en advertir cómo y cuánto dejaba perdidas las baldosas durante su aseo semanal, inalterablemente sabatino, aquel hombre al que todos se estaban refiriendo de repente, en términos bastante hiperbólicos, cuando no, por completo, inapropiados, dejándola a ella, coautora de la fórmula secreta, a vestir santos y desvestirla a ella de la fama y fortuna a las que era acreedora en tiempo y forma…?

Apelando a Mercurio, le envió dos mensajes al detentador y/o usurpador de privilegios, obteniendo la callada por respuesta…

Buena era ella… O, mejor dicho: mala, malísima; aun peor que una Medea sin medicarse, que Gorgona con el moño desatado… A la sazón amante infiel de un  miles gloriosus pero menos, de nombre Tigelinus, convenció a éste para que la librara de aquel plagiario inmundo, a cambio de contrato indefinido para disfrutar, a sus anchas y sus largas, de sus muchas gracias y favores.

El tal Tigelinus, un ligur mazacote más bien poco avisado en propuestas arácnidas, mordió el anzuelo y, tras hacer lo propio con el pezón izquierdo de su amada, partió raudo y veloz a labrarse su ruina de Palmira.

A punto estaba Arquímedes de conciliar sus sueños de gloria con los sueños del ronquido puro y duro, cuando se vio atacado por aquel infame sicario, para más INRI, gratis et amore. Sorprendido ni poco ni mucho, aun tuvo tiempo para acusar a su asesino…

– ¿Llevas una espada en la mano o es que te alegras de verme, chavalote…? Doy por hecho que es Eureka quien te envía… Haz lo que tengas que hacer y déjame seguir trabajando…

EPILOGO MÁS BIEN LAMENTABLE

Mientras era descuartizado por cuatro briosos corceles tracios especialmente traídos para la ocasión desde los establos de Augías, Tigelinus, que se había confesado único responsable del espantoso crimen, al verse sorprendido mientras robaba palancas en casa de la víctima, para vendérselas a los cartagineses, acodándose de Eureka, sonreía…

En cuanto a nuestra protagonista femenina, tampoco iba a salirse de rositas: contagiada de todas la venéreas habidas y por haber, al no tomar nunca precauciones, dado el “aquí, te pillo; aquí, te mato” del soldado Tigelino, aquejado también de eyaculatio precox miserere, la pusieron de patitas en la calle en el templo de las Vírgenes Vestales, para acabar sus días de plañidera suplente en los sepelios de poquísimo pelo, por no hablar de alopecias incurables.

Ella procuraba consolarse, pensando en que era por su propia persona por quien redoblaban a muerto los timbales…

 

FIN

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ARTEMISA, MON AMOUR O EL CAZADOR, CAZADO (RELATO ERÓTICO DE CINTURA PARA ARRIBA)

Me siento… “acorralado” es la palabra. Y no creo exgerar, os lo aseguro… Empiezo a obsesionarme con la idea de que… Eso de “adivinar” presencias en tu entono suele acabar de muy mala manera, ¿no es cierto?… Cada vez que nos conjuntábamos ella y yo… ocurrían, llamésmoslo “fenómenos”, si no paranormales, al menos por completo inexplicables, por lo que a mí respecta…

Tenedlo por seguro, compañeros del alma, compañeros: estoy hablando en propiedad, ateniéndome a hechos comprobados. Dispongo de casuística suficiente para ser aportada. De hecho, se encuentra a vuestra entera disposición, por escrito, en la red, explayada con todo lujo de detalles, aun los más escabrosos, que habréis de juzgar con toda la ecuanimidad de que seáis capaces de aportar, una vez contextualizada, en lo posible, mi… llamémosle “cuestión palpitante”, si os parece.

Reconozco que el punto de partida del presente relato resulta de lo más banal e intranscendente. Una repentina bajada de las temperaturas a mediados de septiembre no alarma a nadie con tres dedos de frente. Héteme aquí que mi austero guardarropa no disponía de una prenda adecuada para hacer sortear la inminente llegada del otoño, por lo cual solicité a mi esposa- alguno de vosotros la conoce, ¿no es cierto?, espero que no sea biblicamente- la compra de una prenda de entretiempo en uno de esos mercadillos a los que ella recurría con frecuencia para completar mi  más bien austero vestuario de pasante a media jornada en un bufete de abogados.

Edita, my wife, en años mozos…

Dicho y hecho, tal como yo esperaba; pero con una pequeña variación de planes. Al parecer, los jerséis obrantes sobre manta no correspondían a mi talla, la 52, por lo que Edita supuso que con una de las cazadoras allí expuestas que sí reunía tales requisitos, mi salud no habría de correr peligro alguno. Eligió pues una imitación a cuero en color verde oscuro, y regresó al hogar contenta pascualina, esperando contar con mi aquiescencia.

No suelo entusiasmarme con las gangas procedentes de negocios ambulantes marginales; ni siquiera me estimulan las rebajas por fin de temporada orquestadas por los grandes almacenes. O ropa buena o nada, entendiendo por “nada” lo bueno conocido aunque sea viejo y/o desgastado por el uso cotidiano.

En el caso que nos ocupa, la cazadora no parecía sentarme ni bien ni mal, sino todo lo contrario, según la desapasionada opinión del espejo, espejazo de nuestro dormitorio.

Incluso la transcendental cuestión referente a la sisa- ¿te tira o no te tira?, that´s the questión- se presentaba con augurios positivos: un pincel y el que viene reclamando vuestra antención en los últimos minutos, llegarían a confundirse en galanura, y no es falsa modestia.

Mi primicia como “caballero del verde gabán” poco o nada cervantino tuvo lugar aquella misma tarde sin incidentes dignos de mención. Ponérmelo y salir a tomar viento constituye nuestra primera salida al mundo en comandita. Nadie se fijó en mí, y yo en los tres primeros escaparates que salieron a mi encuentro, por aquello de pasar revista y dar el definitivo vistobueno a una prenda en riguroso estreno.

No había transcurrido una buena media hora de paseo vespertino, cuando comencé a percibir una molesta opresión en la zona del pecho, que se autocorregía en cuestión de segundos,  en un tira y afloja inesperado. Tan curiosa sensación  fue creciendo en intensidad hasta llegar a acompasarse a los acelerados latidos de un corazón, el mío, incapaz de controlar aquel súbito ataque a su libre albedrío: sesenta pulsaciones por minuto y para de contar.

Me detuve un instante en medio de la acera, en espera de una respuesta razonable. Me tranquilizaba, en cierto modo, el poder descartar los síntomas del infarto de miocardio, un viejo conocido mío, por otra parte.

-Algo te habrá sentado mal… Quizás sean gases, provocados por toda aquella bollería industrial mojada en chocolate, ingerida a modo de opípara merienda, algo a lo que no estás acostumbrado…- pensé, entonando un mea culpa no del todo sincero.

Las visitas de doña Amparito, mi madre política, debían bañarse en chocolate a la española y picatostes, tal como mandaban los ancestrales tiempos de la buena señora. Lo que es uno, con café con leche y alguna galletita que otra para engaño estomacal hasta la hora de la cena, se conforma.

Mi madre política, el día de nuestra boda, opinando de su yerno con la mirada…

Run for cover aconsejan los ingleses. Tal que así, regresé al hogar, aunque, de hecho, los espasmos pectorales habían remetido por completo. Mi santa y mi beatífica, respectivamente, esposa y suegra, brillaban por su ausencia, lo cual me permitió disponer del cuarto de baño a mis anchas, sin ocupaciones enemigas.

Dejé abierta la puerta del servicio, algo que a mí me encanta estando a solas, y procedí a contemplarme en el espejo. Rostro pálido no parecer ni más ni menos lívido que en la anterior ocasión de nuestro último encuentro.

Cuando me disponía despojarme de mi ropa exterior con vistas a enfundarme en la bata de casa, obrante en el perchero de la puerta, el frío azogue tuvo a bien ofrecerme un curioso espejismo: el extremo superior de mi recién estrenada cazadora amagó un pequeño sube y baja de unos doce centímetros, para, a continuación, quedarse inmovil a la mitad del recorrido, en su lugar descansen.

-Pero lo de “hay gente pa to” sí que era mía..

-No puede ser y además es imposible…- guerreé yo con erraduras puestas (la cita pertenece a Talleyrand, no a Rafael Guerra, “Guerrita”)-, caballero a la sazón de la mano en el pecho, en busca de un pequeño aldabón negro azabache protagonista absoluto del evento. Y fue apenas tocarlo y someter a aquel chamin de fer y su virilidad a una improvisada sesión de ouija sin tablero…

Pero sí que podía ser: el sube y baja aleatorio cremalleril llegó a repetirse unas seis veces. Como santo remedio, probé a me desvestir por la cabeza y resulto de fácil cual el pelaje de una mandarina: dicho y hecho, sin trecho de por medio.

Inmóvil sobre el suelo de baldosa, semejaba mi cazadora verde el cadáver de un alien mal parido por la vagina de mi mala suerte, que no era otra que una imaginación asaz calenturienta. No obstante, y por si acaso, procedí a saltar sobre aquella forma obscena, hasta escuchar la protesta vecindona.

-¡A ver si paráis quietos, que aquí hay gente durmiendo…!

Dejé transcurrir unos minutos antes de proceder a levantarla. La cremallera, tarde, mal y a rastro, se presentaba  partida en dos mitades. Una ligera brisa, procedente de la ventana semiabierta, hacía ondear la maltrada prenda, convertido yo en erecto mástil enfrente del lavabo.

No pude resistir la tentación de embutirme contra natura entre sus brazos, con las mangas formando un doble corbatín alrededor del cuello. Toda mi espalda se estremeció de cálidos oleajes sucesivos. En un pase torero afarolado, me vestí  con sus galas comme il faut en cuestion de segundos y volví a mirarme en el espejo.

Apenas podía contener mis emociones… El falso cuero del que estaba fabricada la criatura comenzó a trabajarme, en plan retractil viene y va, la tetilla izquierda, a cuyas fantasías concupiscentes, doy fe, sólo han tenido acceso mis más caras parejas, en número de tres por lo que se refiere al pequeño detalle licencioso.

Acaeció lo esperado con notable premura y derroche urbi et orbi de líquidos elementos esenciales,tan ricos en vitamina C como en satisfacción íntima, tras lo cual, y según se acostumbra, procedí a subir la cremallera, emitiendo un postrer lujurioso ronroneo “así me las den todas”.

Ni pasárseme por la cabeza de pensar-ni por la otra, tampoco- el comentar con mi señora semejante percance alucinójeno. Por si se trataba de una enajenación ni fou ni fa de mis sentidos, repetí la experiencia en mi retrete el número de veces suficiente hasta asegurarme que su “creced y miltplicaos” inherente al evento en cuestión no venía siendo a humo de pajas…

***

Que la costumbre mata el amor es bien sabido; al cabo de unos meses de quita y pon de mi cazadora otrora nueva y ahora bastante ajada por el uso y abuso, mi natural, otrora tan ardiente, había derivado a discutibles cuestiones filológicas de nomenclatura, olvidando los turbulentos días de pasión y de esplendor sobre la hierba: ceniza eran mas no tenían sentido… Sic transit gloria amoris…

El hecho de que el epicentro de aquel sunami manga por hombro se hubiese iniciado con un quita y pon de cazadora me llevó a considerar que el nombre de la prenda tenía mucho que ver con lo ocurrido. Te la pongas como te la pongas, una “cazadora” caza, por imperativo categórico, habiéndome elegido a mí de presidiario, condenado a cadena perpetua revisable por unos apetitos lascivos, los suyos, insaciables . Ello me había llevado, sin duda, a bautizarla con el nombre de Artemisa, descartada una primera opción, la de “Diana”, no siendo la de Gales un personaje excesivamente simpático a mi corazón, dada su afición al libertinaje y despendole morganáticos.

Artemisa, oteando el horizonte en busca de presa… P. E., lectores…

Fuere lo que fuere, herido en mis querencias voluptuosas por el Tiempo y su ganchillo de tejer nuestros hartazgos, estaba de Artemisa hasta la gorra frigia.

Visto lo visto, inicié unas sibilinas maniobras destinadas a quitármela de encima, y nunca mejor dicho… Edita, por encontrarse tan a mano, fue la primera aspirante a sucederme en el altar del sacrificio suculento. Bastaba con convencerla, mediante artimañas todavía a considerar, de que debía probarse lo que quedaba de Artemisa allí llegados.

Pasé pues a tantear posibilidades a la hora del desayuno dominical, que era cuando podías pillarla con la gurdia medio baja:

-Mira, querida…- le espeté entre melifluo de la Alcarria y seductor decimonónico- He estado pensando lo siguiente…

-Si te refieres a comprarte una última generación de tu telefono, te comunico que vas en canoa y contracorriente…- se apresuró ella a contestarme, con aires de ejecutiva neoyorquina, según subes de Wall Street, a la deracha- Nuestras cuentas bancarias se encuentran bajo mínimos… Números rojos hasta en el carné de identidad… ¿O crees que no me entero…?

-Barato, barato…- contraataqué, por tentarla, con acento mantero- No nos costará un euro… Se trata… Se trata de un pequeño experimento, destinado a remozar nuestro débito conyugal, tan  decaído en los últimas décadas…

-Si estás pensando en untarme con potingues de sabores, conmigo vas de lado… ¿O es que te huelo mal…? Pues ve a quejarte a Victorio y Lucchino… Nada de juguetitos, ni de atarme a la cama… Vete tomando nota…

V & L .- Hola… Ánimo, que ya queda poco…

Se había puesto nerviosa: mal asunto. Improvisé sobre la marcha:

-Se trata de inaginamos uno al otro cuando gozamos juntos y revueltos. Una doble empatía: poder saber yo lo que tú sientes y a la inversa…

-Pues ya puesta la cuestión sobre el tapete… ¿Cómo decía la copla aquella que cantaba la Jurado…? ¿Tú te acuerdas…?

-Me estás dando la razón, ¿no te das cuenta…? Si ya no sientes nada al hacerlo conmigo, es cosa de buscarcarle un remedio casero, que, además, no va a costarnos un centavo… Sólo tendríamos, para empezar, que vestirnos con la ropa del otro, en una ceremonia que combina sabiamente onanismo y fornicio al cincuenta por ciento… ¿Acaso no lo encuentras excitante…?

-Estás como una cabra… A saber lo que andarás bajando con tu móvil cuando yo no te veo…

Volví a la carga, inasequible al desalieto fétido:

-Yo me calzaría uno de esos leggins tuyos en contraste de camuflaje que tan bien te sientan, mientras tú te ponías la elegantísima cazadora verde, elegida por ti en el mercadillo…

Leggins en constrate de camuflaje… Los de “animal print”, tampoco son moco de pavo, por cierto…

Aquella idea ya pareció gustarle más, mira por donde… Y estoy por apostar que su oscuro objeto de deseo era yo mismo, travestido, lo cual convertiría nuestra felix coniunctio en una especie de experiencia lésbica softcore…

-Por probar una vez, nada se pierde… – respondió la muy pillina (“pollina” también vale), sonrojándose.

***

No pretendo aburriros más con mis dedichas, compañeros del alma, compañeros…

Sábado, sababete y desastre no anunciado…

Domingo, once de la mañana. Cuando me desperté, me encontré solo, fané y descangallado, en postura fetal, flotando sobre húmedo oleaje de sábanas rasgadas. La puerta del dormitorio estaba abierta y la casa vacía. Impregnaba el ambiente un espeso olor a bajamar en luna llena. Las llamé por su nombre:

-¡Edita…Artemisa…! ¿Dónde estáis…?

Habían volado ambas, dejándome a mi suerte…

No he vuelto a ver a Edita desde entonces. Conservo, sí, su nota explicativa: lo sentía mucho pero Amor llama solo una vez en nuestras puertas… “Un menage a trois como solución lo he descartado desde el primer momento. Diana es mía y no pienso compartirla con nadie; y menos, con un sosainas como tú, en la cama…”, podía a leerse a modo de posdata.

– For goodness sake…, What am I doing here…?

A veces, me pregunto si no sería posible que… Corro a los mercadillos y busco entre las prendas disponibles… Mi hogar, antaño confortable, se ha convertido en un abigarrado almacén de cazadoras muertas donde ya apenas cabe mi persona y eso que he adelgazado hasta veme en los huesos… Me he quedado en el paro y las vendo baratas… Tres, un leuro… ¿No querréis comprar unas poquitas, compañeros del alma, compañeros…?

FIN

¡Por favor, por favor…! Vuelve, Artemisa…

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A. G. .- ¡A ver lo que se le ha ocurrido ahora a esas criaturas…!

MARPLE & POIROT, SOCIEDAD LIMITADA

Ante el inesperado advenimiento de Hércules Poirot a St. Mary Mead, Miss Marple no parecía sentirse demasiado satisfecha. Le ponía razonablemente nerviosa la presencia de un hombre en su sancta sanctorum, por mucho que la naturaleza eventual de tal acontecimiento hubiese sido declarada con suficiente antelación, vía telefónica, como “breve visita de cumplido”.

Desde la muerte de su madre en el 76, no habían intercambiado otro calor fraternal que no fuese protocolarias postales navideñas con los mejores deseos para Año Nuevo.

A qué negarlo: en su fuero interno, Monsieur Poirot resultaba en exceso enfático y autosuficiente a la hora de charlar sobre el agradable clima primaveral del sur de Inglaterra y, desde luego, ella no se hallaba dispuesta a presentárselo a sus amistades femeninas, ni mucho menos al Reverendo Hutchings, vicario parroquial: aquel bigote suyo en constante erección y su condición de extranjero lo convertían en personaje “non grato” en potencia para una comunidad tan conservadora como la suya, donde incluso las coles de Bruselas eran consideras menú poco apropiado para damas solteras.

Sentados ambos en la sala de estar de su confortable cottage, ante sendas tazas de té, hacía ya un buen rato que la anfitriona había dejado de prestar atención a la palabrería incansable de aquel varón prolijo con cabeza de huevo.

Jamás se le hubiese escapado a su perspicacia que tanta acritud hacia la figura de Hércules Poirot respondía a motivos más freudianos de lo necesario, basados en el hecho irreversible a aquellas alturas de que Mamá Agatha le había dedicado a él treinta y tres novelas como dios manda- nada de short stories de andar por magazines sabatinos- y a ella, solamente trece, aun reconociendo que el matrimonio Beresford, Tuppence y Tommy, se habían llevado la peor parte: habrían de conformarse con cinco, a la hora de las odiosas comparaciones entre hermanos de tinta.

Su relación personal con estos últimos nunca había sido demasiado fluida, la verdad: dejando a un lado el trasfondo incestuoso de la pareja en cuestión, encontraba sus modales demasiado laboristas para encajar en unos rígidos principios morales como los que le habían sido inculcados, desde la cuna,por la autora de sus días.

Aunque asistió a su ceremonia de esponsales, regresó  a St. Mary Mead antes del banquete nupcial, pretextando ineludibles compromisos con su gato, un felino, por cierto, inexistente en la vida ficticia.

Los Beresford, vestidos de domingo

Pero, volviendo al tema doloroso que la mortificaba desde la retaguardia… Aquel enclenque Hércules todo células grises que le había tocado en suerte se había tomado a lo largo de su existencia el trabajo de ostentar, sine die, el título de “niño de su mamá”, capaz de emular a todos los Holmes y todos los Dupin que en el mundo habían sido antes de “El Misterioso Caso de Styles”, su irrupción en escena en el vero principio de los llamados roaring twenties...  

 

 Por espantar jaquecas actuales y posibles insomnios venideros, Miss Marple optó por retomar la onda del discurso herculano, justo a tiempo para arrepentirse de inmediato. En toda familia, no importa su respetabilidad, existe ese tipo de agujeros negros, dispuestos a engullir la más beatífica de las felicidades hogareñas; por ejemplo, la suya. El pensar que su creadora, toda una institución de las Letras Británicas, hubiese podido enfrentarse a problemas económicos en algún momento de su luenga existencia terrenal, le llenaba de espanto y de congoja. Había habido rumores, eso sí, cómo no, los malditos impuestos, por los que nunca se había dignado a preocuparse.

Su origen, ella lo sospechaba, era preciso  situarlo en terrenos Highsmith, cuya envidia procedía de unas estadísticas sin paliativos: el éxito de su “Extraños en un tren” no podía compararse al de “Asesinato en el Orient Express”, uno de los títulos más sobresalientes de su mommie dearest… De hecho, incluso “El misterio del Tren Azul” o “El misterio de la guía de ferrocarriles”, menos aparatosas ambas, habrían resultado vencedoras en concursos de ingenio.

-… Comprenderás, ma chérie Jane- estaba diciendo en tonos perentorios y sombríos el detective belga-, que lo de “Telón” constituyó una mera opración comercial, destinada a sufragar los gastos de su entierro… Uno no se deshace de Poirot tan fácilmente, mon amie… Nunca debió matarme, obligándome, encima, a resolver mi propio asesinato con ayuda de Shakespeare… No necesito a Otelo para nada, mon Dieu

Su interlocutora eligió, como mejor solución, mostrar una empatía que estaba lejos de sentir. Después de todo, “Un Crimen Dormido”, su título postrero, había pasado bastante desapercibido, seguramente porque las condisiones mentales de su autora, con una incipiente demencia senil a cuestas cuando lo puso negro sobre blanco, no resultaban las más adecuadas.

-Hércules, por favor, trata de comprenderlo, mamá no lo hizo por dinero. Estás hablando de la escritora que más libros ha vendido a nivel mundial. Con los beneficios que le dejaba “La Ratonera” en Londres,  habría podido abonar las honras fúnebres de todos los habitantes de Saint Mary víctimas de la plaga o la gripe española…

Et voilá, Jane, deja, por un instante, de mostrarte obtusa… No conozco tu caso; pero servidor no figura en “The Mouse Trap”: imposible continuar viviendo de la fama por más tiempo… ¿Has oído hablar de una novela titulada “El coronel no tiene quien le escriba”…? Eso es lo que nos ha pasado a ti y a mí, ¿Comprenez-vous ou devrais-je le répéter…?

-Déjame ver… No es de Barbara Cartland, ¿o sí lo es…? Un pobrecillo coronel, allá en Bombay, que se cartea con su antigua madrina de guerra; pero ella muere o, al menos, eso cree él, y decide poner fin a sus días, aunque, por fortuna, aparece en escena Sister Catherine, una bella enfermera irlandesa; se enamoran perdidamente uno del otro y es entonces cuando su madrina- llamada Dorothy, según creo recordar-, reaparece para hacerse valer como prometida del fogoso militar…

Poirot se estaba impacientando por momentos.

-Escucha, ma petite ama de casa provinciana sin gastos semanales reseñables… ¿Savez -vous cuánto le ofrecieron a nuestra madre por hacernos aparecer juntos en un solo relato…? Miles de libras, ni un penique menos… Si se negó a ello fue aduciendo que no íbamos a congeniar,  debido a que te había creado un tanto elemental a la hora de echar mano de la lógica: sueles basarte para alcanzar la verdad en  un viejo refrán español, según el cual “en todas partes, cuecen habas”… Tu mantra favorito, me temo: la gente es igual en todas partes…

-Todavía no se me ocurre el motivo de tu presencia en esta casa… – respondió Miss Marple, molesta por el tono burlón y casi despectivo del que estaba siendo objeto por parte de su invitado- He llegado a pensar que te dispones a hacerme una proposición ventajosa para tus propios intereses mercantiles, ¿me equivoco…?

Touché, mademoiselle…La culpa la tengo yo por andarme con rodeos… Écoute moi, mon vieuxSe trata de, entre los dos, poner en marcha una novela inédita de la Reina del Crimen… He entrado en contacto con Penguin Books y se muestran entusiasmados con la idea… El punto de partida no puede resultar más apasionante… Agatha Christie no habría muerto de muerte natural: fue asesinada… No digas nada: donde las dan, las toman, ya que tanto te gusta recurrir al refranero….

-… Asesinada por su propio hijo, querrás decir… How disgusting! ¡No digas tonterías, Hércules, haz el favor…!

Miss Marple, intensamente pálida, se abanicaba el rostro con una mano, mientras con la otra trataba de lacalizar el frasquito de sales en su bolso de mano, del que no se separaba jamás.

– Cuando ella hizo lo mismo conmigo, no te escuché protestar con tanto ardor, voyons... En todo caso, te equivocas: éste que lo es no resulta ser el asesino, escurridizo personaje cuya identidad, ya conocida por mí, a estas alturas del relato, me reservo para mejor momento…

Ella acababa de servirse otra taza de té y no parecía prestar atención a sus enigmáticas charadas, circunstancia bastante desalentadora para cualquiera que no fuese aquel contumaz sabelotodo, que seguía con su tema y su dale que te pego:

– El futuro bestseller se llamaría “Missing again for good”, aludiendo a aquella otra ocasión cuando mamá se borró del mapa durante once días con sus correspondientes noches; solo que esta vez, helás, por desgracia, iba a aparecer muerta en Brighton; concretamente en lo alto de la noria de su famoso parque de atracciones…. ¿Qué te parece, mon chérie…?

– Olvídate de algo como eso, por favor.  Sus lectores a lo largo del mundo nunca nos lo perdonarían… Anda, tómate otra taza de té y ya verás como lo ves todo más claro…

– Solo porque te calles y porque no pareces dispuesta a compartir tu botella de oporto conmigo; a la que guardas en la biblioteca, me refiero… – rezongó él, aceptando, al segundo intento, la taza que le tendía una Miss Marple todavía temblorosa ante tantas novedades editoriales que venían desfilando ante sus ojos- Su viudo, echando mano de sus poderosas influencias, Buckingham incluido, se las arregló para ocultar el hecho criminal, haciéndolo pasar por un proceso catarral mal curado… Flema británica también, al fin y al cabo… Continúo: Scotland Yard, naturallement, optó por mirar hacia otro lado…  Las Damas Comandante del Imperio Británico se mueren en su lecho, don´t they…?

-Veo el proyecto la mar de adelantado… ¿Has decidido quién va a ser el asesino…? Déjame adivinarlo…

Quelle connerie, ma petit fille… Aguarda un poco y Hércules Poirot colocará las piezas de este apasionante enigma donde corresponda… Et aprés… que cada palo aguante su vela, n´est-ce pas…?

-Espero que no se te haya ocurrido echarle la culpa a Mathew Prichard, su nieto y heredero… Serías muy capaz, que te conozco… Él y yo hemos sido presentados y te aseguro que es todo un caballero… ¿Te ocurre algo, querido…? No pretendo asustarte; mas dejame decir que no presentas buen aspecto…

Au diable, Jane… Esas infusiones tuyas nunca le sentaron bien a mi hígado… Terminemos de una vez con este asunto… Al final de la novela, se descubre… yo descubro que tú eres la asesina parricida; no por dinero, claro…

-¿Por qué entonces…? – respondió interrogando una Miss Marple irreconocible en su frialdad hierática.

“La puerta del destino”

-La última novela escrita por Agatha Christie, “La puerta del destino”, estaba protagonizada por los Beresford. Demasiado para tu orgullo: Saint Mary Mead en pleno, muerto de risa, lo estaría comentado… Cegada por todo el rencor acumulado en el fondo sin fondo de tu alma pueblerina, la invitaste a pasar contigo un fin de semana  en Brighton, donde os alojasteis con nombres supuestos por evitar el acoso de la prensa y el público… Y allí, procediste a poner fin a su vida con el mismo producto que acabas de depositar en mi taza de té… Arsénico, ¿no es cierto…? Ella ingirió el veneno poco antes de subirse a la atracción, a la que tú no quisiste acompañarla, so pretexto de que sufrías de vértigos… La estuviste mirando todo el rato mientras la pobre mamá subía y bajaba camino de la muerte, tachonada por fuegos de artificio y la música sonando atronadora. El no pedir socorro bien pudo deberse a que se imaginaba que el malestar que estaba sintiendo era provocado por la altura…

-No pienso llevarte la contraria, maldito detective extranjero… Sólo que “Missing again for good” no llegará jamás a las librerías de medio mundo y va a morir contigo aquí y ahora, querido, en cuestión de minutos… Lo que tarde en hacer efecto mi generosa aportación de ese alcaloide al que tú te refieres…

– Va a ser que no, mi pobre Jane… Ya me ocupé yo de cambiar nuestras tazas, mientras insistías en que me la tomase…

-¿Esperas que te crea…?

-A las pruebas me remito, querida… Anda, ve y mírate al espejo… Procura no romperlo en la caída, porque trae mala suerte…

-You bloody bastard…- dijo. Y se puso en pie. Tras lo cual se desplomó.

Y…

FIN

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