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Archive for the ‘mucho cuento’ Category

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LA CASTA Y EL GALGO

No me va usted a explicar ahora cómo es mi nieto… Nosotros, mi señora y yo, lo hemos criado, por asuntos que no vienen al caso; conozco sus defectos y virtudes, casi desde el momento de parirlo Nieves; o sea, su madre; o sea, mi hija, la única que tengo, no estoy seguro si por suerte o por desgracia.

Ser mal estudiante no puede equivaler a ser mala persona, ¿no es cierto? Nada de lo diagnosticado acerca de él llega a ser concluyente. Locos estamos todos un poco, ¿no es eso lo que dicen…? Pero a noble, a buena gente, a cabal sin amaneramientos, a ver quién le pone el pie delante con un pero o sin embargo…

Falto de cariño nunca llegó a encontrarse, afortunadamente, pongo el cuño. Si nunca pudo disfrutar, a pie de hogar, de padre y madre, siquiera putativos- está, por andar de un lado para otro buscándose la vida, y aquél, por si te he visto, no me acuerdo-, le cayeron en suerte un “gran padre” y “una gran madre”, que dicen los ingleses, dispuestos a sacarlo adelante, no importan sacrificios y hasta penalidades, haciendo de él un hombre de provecho.

 De haber nacido algunos años antes, nos lo hubiesen desbravado en el servicio militar obligatorio.

¿Novias…? ¡Todas las que quiso…! A un buen mozo como es el caso, le basta con charquear los dedos para verse asediado por las féminas… ¿No lo ve…?  Toda esa palabrería judicial acerca de su supuesto comportamiento delictivo ha quedado desmontada para siempre…

La familia en pleno de esa “mírame y no me toques” puede decir misa del gallo… Quien se meta con uno de los míos seguro que me encuentra en algún callejón cualquier noche de éstas y no a manos vacías… Ya me calmo, ya casi estoy calmado… Un vaso de agua, por favor, que es el único modo de pedir las cosas… Muchas gracias… Mi nieto Sebas, en eso, sale a mí: lo cortés no quita lo valiente… Su ficha y sus antecedentes me los paso yo por la entrepierna… Raterías al por menor de los adolescentes en los supermercados… Un par de bolsos, olvidados en un banco del parque y recogidos con intención de entregárselos al primer vigilante que se cruce en tu camino… Haberlos, haylos; pero nunca aparecen cuando más falta hacen… Te pillan caminito de la comisaría y te cargan el muerto… Y en cuanto drogas, a ver quién  es el guapo que, alguna vez, no se ha pasado de la raya… ¿O se trata de “azúcar glass” lo que aparece esparcido por las mesas…?

Seguro que Cristal, la pocojuntas esa, lo había estado provocando… ¿No dicen que es un hombre, de los pies a la cabeza del cipote…? ¡Pues entonces…! Blanco embotellado… ¿Se apuesta usted una ronda para toda la barra a que se estaba defendiendo…?

Yo no hubiese dejado el trabajo a medias… Así de claro: me la hubiese cargado, en defensa de mi honor y de mi hombría de bien… ¿Qué se habrán creído ésos…? Cerdo, no; paso… En lo tocante, uno es muy ayatolah… Corto y cierro… Su pobre madre, cómo no estará ella, anuncia su regreso, por vía aérea, desde Gran Canaria… Un ojo de la cara arrancado a la cuenta de sus padres, pensionistas no contributivos… Y aun así, sabe usted, si es cuestión de arreglarlo vía guarismo, pues se arregla; buscaría hasta debajo de las piedras… Puertas donde llamar, sobran, si el sobre el abultado…

Lo de dieciséis años de la denunciante, vamos a dejarlo aparcado, de momento. En cada pierna, mire lo que le digo… Se le echan veintipocos, como mínimo… Y de padres rumanos, según me han informado de buenísima tinta… Que regresen a sus comunismos; y a los españoles que nos dejen tranquilos… No haber venido sin papeles… Perros con longanizas… Pasa lo que pasa…

No voy a suplicar. Un maño no suplica. He trabajado de extra en “Agustina de Aragón” de Juan de Orduña, siendo niño. Así es cómo hay que recibir a los de fuera: a cañonazos…

Mi nieto es español, ¿eso no se valora…?  Y servidor también, de los que ya no quedan… ¿Sabe qué más, Señor Cómo-Se-Llame…? Si mi nieto hubiese cometido esa atrocidad de que le acusan, al primero que se lo hubiese contado es a su abuelo, en busca de consejo… Uña y carne. Cuando me lo lleve a mi vieja amiga Carmen porque se estrenase, como en su día mi padre había hecho conmigo, resultó figurar en la libro de oro de la casa…

Lo que no llego a entender es el motivo de que Dios me haga a mí, servidor suyo desde la primera hostia, putada semejante… ¿Para ponerme a prueba, estilo Abraham…? Va a ser que sí, de pensármelo un poco… Justos por pecadores… Le ha tocado al nieto y no al abuelo… Mejor será no siga… ¿Y por qué no…? ¡Hace ya tantos años…! Seguro que ha prescrito… Al final, va a saberse la verdad del cuento: a Candela la del Sordo le costó caro el faltarme al respeto… El que nunca llegasen a encontrarla había corrido de mi cuenta y mi riesgo… Tierra al asunto y que se encarguen las hormigas y los alacranes cebolleros de limpiar el terreno…

Estoy hablando de Melilla, finales del sesenta, ya ha llovido, supongo, con el cambio climático… Ella sí era una cría, sólo que ya apuntaba la mala hembra en que habría de convertirse, de no haberse cruzado en mi camino… Alguien debió de cargar con aquel marronazo… En el cuartel se tiene comentado su afición a meterse en problemas con morenos de todos los colores… Pude ser yo o pudo ser cualquiera… Arrepentirse, a estas alturas, una pérdida de tiempo…

Berto, el cabo furriel y éste que le está hablando, decidimos echar a suertes quién habría de encargarse de poner las cosas en su sitio apuntillando a la novilla, reo de alta traición, con nocturnidad y alevosía, a dos o más galanes en cartera paganini. Hube de sacar yo el palillo más corto y ponerme faena, hombre cumplidor y de palabra.

  La criatura piaba  a todo piar, pajarilla asustada, puñalada que te crio, hasta quedarme exhausto y ella, muñeco roto, allá a mis pies, gimiendo cada vez con menos fuerza, por defenderse abrazada a mis botas de paseo.

Cometí un error de novicio tontorro: irme de la lengua con el pater cuartelero, para tranquilizarme a medias la conciencia, lo cual obligó a mi socio Berto, al enterarse en la verdad de vinos posteriores, a tomar medidas corectoras truculentas.

Ni secreto de confesión ni leches: accidente playero sabatino lunático, como dios lo trajo al mundo, en compañía de otro- adivine quién, usted que es listo- junto a la Ensenada de los Galápagos… Al Pater Gregorio, convertido en camarón dormido, acabó por arrastrarlo la corriente… Las aguas del Estrecho, menos tiburones, disponen de todo tipo de atracciones: si te quieres ahogar, sabes dónde la tienes… Al menos, eso es lo que contaron los periódicos…

Pero me temo el haberme dispersado más de lo conveniente para mis intereses… Mi pasado está muerto y enterrado… No se irá de la lengua… Y va a ser mejor asesgurarse de que a  usted tampoco se le ocurra irle con el cuento al pregonero… De los lectores, me encargaré en su día: total son tres o cuatro, y no hará falta recurrir a epidemias bubónicas… Hace calor aquí… ¿Y si salimos a dar una vuelta profiláctica…? Total, ya le he contado todo lo que procede… Joder, quiero a mi nieto. No sabía que se pudiera querer tanto… Venga, vamos… Maricón el último en llegar a la puerta… La noche nos espera…

FIN DE LA GRABACIÓN

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¿QUÉ SABEN DE NOSOTROS LOS ESPEJOS…?

Para Catalina, Clarisa y Aníbal

Había ocurrido en la Costa de la Muerte, durante mi lejana adolescencia, en el transcurso de un tórrido verano. El incidente o lo que fuese tuvo como escenario el chalet junto al mar del abuelo Enrique, hoy ya irreconocible, convertido en ennegrecidos escombros, tras una breve etapa como pub para noctámbulos, más famoso por los sonados escándalos que solía albergar que por la calidad de sus instalaciones, sus carta de cervezas o el personal encargado del servicio. Un sospechoso incendio había acabado con su historia de nunca acabar, a base de trifulcas entre narcotraficantes y narcotraficados, mafia de balalaika y el ejercicio físico cuerpo a cuerpo agotador de la prostitución de luna a luna y bajo standing.

Por fortuna, el abuelo Enrique habría muerto sin llegar a enterarse de Gomorra semejante; descansaba en la paz capitalina, a salvo del indignado rugido de las olas rompiéndoles la cara a los acantilados, como si ellos fueran los responsables de los pecados de los hombres.

Mi tío Juan, recientemente fallecido sin dejar descendencia, por razones desconocidas, se había dado mucha prisa en poner el inmueble a la venta, por lo que nunca tuve ocasión de volver a veranear por aquellos parajes, bellos y terribles al cincuenta por ciento. Tía Inés, su viuda alegre, y yo, su no sobrino favorito, solíamos felicitarnos por las Navidades. Borrosa ya en mi mente, sólo conservo de ella una frase que me bisbiseó, secreteando lo suyo, algo achispada estaba, en cierto momento de mi banquete de esponsales:

-Quique querido,  si quieres mi consejo, nunca le hables a ella del espejo del abuelo… Por si acaso…

En uno de nuestros escilla y caribdis en torno a ventajas y desventajas de los banquetes de boda multitudinarios, le comenté a Marta, mi ilustrísima, el asunto del ancestral espejo con acertijo incorporado.

-No me imagino al abuelo Enrique posando, a lo Dorian Grey, frente su propia imagen… No porque fuera feo… Antes al contrario: se trataba de un tipo venerable, de esos que salían en las películas antiguas dándoles consejos a sus nietos…

-Puede tratarse de una de aquellas churriguerescas cornucopias de salón que muchas familias consideraban casi como un escudo heráldico…. Lo que no me explico es por qué yo no debía conocer su existencia…

De pronto, un fogonazo atravesó mi mente, en fondo y forma de virulento barrido de pantalla, a través de las telarañas de una mente, la mía, ocupada en asuntos más urgentes. Mi incipiente calvicie, por ejemplo, con lo caros que se estaban poniendo los implantes capilares…

 Cuando traté de focalizar la escena, ¡zas!, ya se había ido con el fresco viento del olvido. En su estela, barboteaba una vaga idea de haber tenido muchísimo que ver con un traumático percance de mi infancia, que el recuerdo se negaba a verbalizar, por difusos motivos.

Tía Inés, aburrida de la vida emparedada, no había tardado mucho en reunirse con su esposo, ceniza a las cenizas, polvo al polvo. De pretender de ella información cualquiera sobre su lapidaria, una seance durante la noche de San Juan se me antojaba  como único remedio.

El inesperado aborto de Marta, a los tres meses del embarazo del que habría sido nuestro primogénito, desterró, por un tiempo, otro pensamiento distinto a una amarga certeza sobre la impotencia de los seres humanos frente al perpetuo albur de su propia existencia.

Pasados unos meses, de nuevo en estado “de buena esperanza”, fue ella misma quien abordó el tema:

-No va a suceder otra vez- oí su voz, allá por la madrugada, en la oscuridad de nuestra alcoba-. Necesito que me lo asegures, Enrique…

Rompió a llorar. No se me ocurrió otra solución plausible que abrazarla con fuerza. Hay asuntos en los que mejor es no pensar, sencillamente. Dos caídas accidentales sucesivas parecerían demasiadas a cualquiera… a cualquiera que no se tratase de uno mismo.

Resbalar en el baño… ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez…? Supongo que una mujer encinta toma las precauciones oportunas…

Marta nunca había entrado en detalles acerca de suceso. Caída y punto. Petición de socorro hospitalario. Ambulancia. Diagnóstico. Todo el dolor mundo. Así, telegramático…

Los espejos no hablan. Quizás porque nadie les pregunta. No iba a ser yo el primero en intentarlo.

Nació Clara, preciosa ella, morena, contumaz devoradora de agrietados pezones, que nunca se quejaron del cruento ataque al que se vieron sometidos de repente, olvidadas las candentes caricias, los besos encendidos… Sangre, sudor y lágrimas, el costo de las guerras o de sacar adelante a una criatura… Es un precio a pagar y las madres- primordialmente ellas- lo pagan satisfechas…

Bien podía acabar aquí el presente relato, con un final feliz de cuna y sonajero, interminables noches fragmentadas y cortinas de humo- hicieron falta muchas- para partir de cero.

Marta y yo lo logramos.

Cinco años conforman un quinquenio. Tanto, tan poco, iba a durar la tregua.

-¿Qué le pasa al espejo…?- preguntó Clara una cierta mañana, al salir del aseo. No parecía asustada. Su interrogante denotaba simple curiosidad y no otra cosa.

Marta y yo nos miramos. Empezaba de nuevo…

Interior. Noche. Un dormitorio a oscuras.

-Pregúntaselo tú. Yo no me atrevo.

-Pongamos esto en manos de los profesionales. Un siquiatra, un sicólogo… podrían orientarnos, en lugar de caminar a ciegas, como estamos haciendo…

-El abuelo Enrique…

-No digas tonterías…

-Te vas a reír de mí… pero, si esto continúa, soy capaz de recurrir a una vidente…

Y vaya si lo hicimos, tras un tercer aviso.

-El espejo del baño se ha movido…- afirmó Clara, en la segunda vez.

Y en la tercera:

-El espejo es un tonto… No hace más que mirarme mientras me estoy vistiendo y me llama guapa-guapísima, linda-lindísima y me pide que baile…

El informe del Dr. Parnasus, tarotista diplomado, resultó demoledor: el abuelo Enrique, desde el Más Allá, pretendía arrebatarnos a la pequeña Clara; la estaba reclamando para sí, de acuerdo con una maldición obrante vía paterna. Cumplía hacer frente a la amenaza de inmediato, sin importar el precio- y no se estaba refiriendo, por supuesto, a sus humildes honorarios “para cubrir gastos”: el trabajaba hasta dejarse la piel, y algo más, por sus pacientes, faltaría más o menos, “gratis et amore”, en honor a la Ciencia y el Progreso, en el proceloso mar de los Mundos Paralelos.

Clara y él iban a hacerse muy amigos durante  los meses venideros y, lo más pronto posible, nos sería devuelta sana y salva, limpia de todo tipo de influencias.

La conveniencia o no de deshacerse del espejo, vendría siendo cuestión por demás baladí: el espíritu del Abuelo Enrique se trasladaría a cualquier otro enclave cercano a la pequeña para continuar la tarea comenzada, que no era otra que apoderarse de su alma y de su cuerpo.

… Y, de pronto, se hizo la luz en mi conciencia. Ignoro si el aura poderosa del Dr. Parnasus tuvo algo que ver en ello. Imagino que sí; por el precio que nos había estado costando, me consideraba incluido, de pleno derecho, en la opción Premium, cuya área de influencia abarca a la familia en primer grado, con grandes descuentos al resto de parientes, incluidos los políticos.

¡Tanto ruido para tan pocas nueces…! Nuestras montañas de  temor irracional habían parido un ratón estrafalario… A ver cómo lo cuento…

Cierta mañana de un pasado remoto, en que, creyéndome solo en casa, procedía a explorar mi propio cuerpo, como se dice ahora, en el servicio, con una foto de “Mecano” en la mano que me había quedado libre, veo aparecer la imagen del Abuelo Enrique reflejada en el espejo.

Sentí que el mundo se me venía abajo, de repente… Por contra, él no parecía mostrarse demasiado sorprendido. “No lo repitas demasiado a menudo, chaval o te quedarás calvo.”, se limitó a decir segundos antes de cerrar la puerta.

Aquello era, seguramente, de lo que Marta no debía enterarse… y la Tía Inés, mujer malvada, se había apresurado a imaginar “lo peor” en mis elecciones afectivas… Apelaré pues al in dubio, pro reo… Confieso cierta confusión en torno al tema: La Torroja frente a los Hnos. Cano, para el Quique de entonces, eran como la “Decisión de Sophie”, en plan ambiguo…

Bueno, bien, vale… Pero entonces, ¿qué era toda aquellas historia de espejismos parlantes en mi  cuarto de baño…? Cronos no tardaría en ofrecernos una solución digna de crédito.

En el diario de Clara hallamos la respuesta. Espero que, algún día, nuestra hija perdone lo que me dispongo a revelar a los lectores. En cualquier caso, esperamos de ella cariño y comprensión al cincuenta por ciento.

Héteme aquí, a Clara, hacía algún tiempo, su madre le había leído “Blancanieves” (en versión original Hermanos Grimm, naturalmente, nada de adaptaciones disneylantes), entre otros muchos clásicos, donde el infanticidio, el canibalismo y la demencia aparecían crudamente retratados, craso error, según nos aclararía el Dr. Parnasus. Para dormir a un niño de esa edad, las obras completas de Azorín, y asunto concluido…

Enseguida- imaginativa ella- se había planteado la idea de preguntarle al espejo colgado en la pared en el cuarto de baño, quién era más guapa: mami  o ella. Chica espabilada, como digo, y no es pasión de padre, apenas se sorprendió demasiado al obtener la callada por respuesta. Eso se solucionaba en un plisplás: sujetando un cordelito a  la alcayata de su parte trasera y tirando despacio varias veces seguidas, arriba y abajo, abajo y arriba, se conseguía un curioso efecto de imagen ondulante parlanchina, diciendo que sí con la cabeza.

Estando ya al caer el cumpleaños de su madre- treinta y pocos, los dedos de seis manos no llegaban-, pensaba darle una sorpresa. Preguntarle al espejo, en su presencia, cuál de las dos resultaba ser la más hermosa, y tirar del hilito, mientras el móvil, desde el bolsillo de su bata, iría diciendo con su propia voz: “Te quiero mucho, mami, porque tú eres la más bella del mundo mundial…”

Amelia Suárez, mi nueva guía espiritual tántrica, me ha aconsejado poner por escrito todo lo sucedido, a modo de desahogo emocional, y así lo he hecho,  a pesar de la opinión de Marta, que piensa que acaba saliendo malparada en el relato.

– !Ni que fuéramos tontos de capirote, chico…! – dice ella. Y añade, mosqueadísima- Y ya me explicarás lo de Mecano…

Ahora, cada vez que escucho algún ruido nocturno, me limito a pensar que Clarichi anda por la cocina, a la luz de su móvil, a la caza y captura de sus galletas favoritas… Lo de fumar con mi cigarrillo electrónico se lo tengo prohibido. Ella me ha jurado no volver a hacerlo…

FIN

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Fierabrás

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FIERABRÁS

Cinco de la mañana. No había logrado dormir las ocho horas, como nos manda el cuerpo; apenas vuelta y vuelta, y a contar, otra vez y otra vez, ovejitas cornudas, más bien machos cabríos en época el celo, al compás del imparable avance de una noche echada a perros rabiosos y amenazadoras alimañas infernales. De hecho, llevaba semanas sin poder conciliar lo que se dice un verdadero sueño reparador en condiciones.

Mientras tanto, justo a su lado, fuertemente abrazados, Sara y Morfeo se entendían perfectamente, tête-á-tête- entre jadeos suaves, resoplidos armónicos y alzamiento rítmico de embozo con bordados, denotando falta total de preocupaciones serias, en la paz del Señor, como quien piensa.

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No sería él quien se lo echase en cara, ni quien la despertase en busca de consuelo. “¿Me estaré volviendo loco…?”, se preguntaba, con más celo retórico que necesidad de respuesta diagnóstica…Pero si lo sabía… Conocía de sobra las causas de aquel sinvivir ensabanado, lleno de telarañas, pegajosos susurros y vueltas del camino hacia ninguna parte razonable.

Trató de sopesar datos fehacientes y meras conjeturas en la misma balanza ciega sube y baja, que le era infiel, sin posible equilibrio, como una margarita a medio deshojar que se negase a seguir respondiendo acerca de tu suerte.

Empezar por el principio… ¿Cómo, de no proceder así, llegar a conclusiones mínimamente serias…?

¿Antecedentes familiares…? No figuraban en los anales oficiales de su árbol genealógico, al menos operando en superficie. Él ponía la mano en el fuego por sí mismo y por su padre; en cuanto al resto, no procedía dedicarse a elucubrar si habían hecho o no habían hecho de su capa sayo o saya…

El caso de Santi era distinto, por hipótesis… A ver de dónde, en su progenie… Pistas falsas, apariencias engañosas, juegos de adolescente sin apenas malicia… ¿Adónde le llevaba todo aquello…? ¿No estaba creando un monstruo a partir de frases deshilvanadas, mensajes sorprendidos en su móvil…? Hoy, no es ningún secreto, la juventud viste y calza de forma bien extraña…

La mentalización de la palabra “monstruo” lo había dejado anonadado… “Tú, no; por favor: no me hagas eso… No me obligues a decírselo a tu madre… Tomar medidas drásticas… Sí; pero, ¿cuáles…? ¿Electroshock que te crio, el método Ludovico de “La Naranja Mecánica…?

Sintió náuseas y corrió a vomitar en el cuarto de baño espumarajos de bilis amarilla mezclados con saliva, hasta quedar exhausto…”Lloro por amargor, no porque esté llorando”, se consoló a sí mismo, en un arranque de vergüenza torera.

-Esto me pasa a mí por ser tan blando…- se le escuchó decir, mirándose al espejo.

Puede que le hiciese falta disciplina. Ir a la mili, leches. Salir de las faldas, de las minifaldas, de su madre; de su tía, de su abuela… Siempre entre mujeres, se acaba contagiado…  Quince, dieciséis años es una edad idónea para fantasear con los burdeles, no de coleccionar, y guardar como oro en paño, fotografías de tus cantantes favoritos de guitarra empinada y marcando paquete…

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“Mañana mismo, limpiaré sus cajones de basura…”, se prometió, sin gran convencimiento.

Sus amigos… La verdad, no estaba muy al tanto sobre sus compañeros en el instituto. Habría que identificarlos uno a uno; saber de sus familias, de su rendimiento escolar, quiénes venían siendo sus tutores académicos, en qué empleaban sus ocios, sus cuentas de internet, el dinero de bolsillo del que disponían semanalmente…

De todo ello, y aún más, Santi iba a tener que rendir cuentas…

“Maldita sea, joder, tú: me estoy comportando como un verdadero paranoico…”, se dijo, ya de vuelta en la cama.

Calibró pros y contras de una conversación “de hombre a hombre”, en el transcurso de la cual le preguntase a bocajarro: “¿Eres gay o no eres gay?” Vamos, responde, ¿a qué estás esperando…”

Tipos de tal calaña son capaces de mentirle a un padre y quedarse tan anchos… ¿Qué futuro le esperaba…? ¿Que cualquier día se presentase en casa cogido de la mano de un bujarrón doblándole en edad y procediera a presentárselo: “Te presento a mi novio Fulanito. Él y yo pretendemos casarnos por la iglesia apostólica y romana. Nos encantaría que oficiaras de padrino…” Suerte tendrían ambos los dos si no se liaba a hostias y los expulsaba de su hogar, a base  de patadas en el culo…

Sencillamente abominable, contra natura, repugnante… Dos hombres besándose en la boca constituía una escena bochornosa, propia de tarados, de enfermos, de degenerados… Pero aguarda un momento… ¿Cómo encajar a Santi en esa imagen, de una obscenidad sin paliativos…?

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¿Qué haremos con el marinero borracho por la mañana temprano…? ¿Esperar a que esté sobrio…? ¡Y una mierda…! La hebilla de un cinturón sobre las costillas hasta hacerte confesar lo inconfesable… De eso se trataba, nada más… Por su puto bien y el de toda la familia. Otrosí, proceder con astucia de serpiente… Hacerse con una de esas revistas dedicada al culturismo, a la venta en quioscos, dejársela encima de la cama y aguardar sus reacciones…

Porque recurrir a los servicios de un detective privado quedaba, por completo, descartado… Siempre podían irse de la lengua en sus tertulias o, más probablemente, a través de las redes, por echarse unas risas a su costa: “El hijo de  don Ricardo Palenzuela, maricón perdido….” Y, a mayores, arriesgarte a un chantaje, con pruebas ofrecidas por ti mismo… Top secret, secreto profesional – “de confesión” lo llama el clero-, cuando, sabido es, te dejarán vendido a primeras de cambio…

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¿Y si iba a resultar que, rubio, esbelto y guapito de cara, en su inocencia, resultaba presa apetecible para tanta ave carroñera que anda por ahí suelta ,y está siendo acosado, sin que se atreva, por encomiable pudor, a confiarse a sus padres…?

Para darlo por bueno, habría que ignorar, por un lado, su diario –cuyo contenido, convenientemente fotocopiado, guardaba en su despacho bajo llave-, y por otro, las procaces conversaciones, vía whatsapp, en el carísimo Iphone de Santi (regalo suyo, las pasadas navidades), a las que había tenido acceso a través de su propio PC. Tú no quedas para “tema” con un desconocido, a no ser que formes parte del “ambiente”.

El “esperar a ver”, tan cómodo como arriesgado, se le antojaba una “omisión de socorro”, impropia de un padre responsable, y él lo era, por mucho que su conyuge lo hubiese tachado, a menudo, de “insensible”, en presencia de Santi, que abría mucho los ojos y abandonaba rápidamente el campo de batalla.

Al parecer – tenía todas las rifas-, el hijo les había salido una miaja más sensible de lo necesario… Ni pensar el desearle una enfermedad incurable que los librase del problema… A un vástago marica no lo matas; te limitas a quererlo, tomando las precauciones oportunas-mandarlo a estudiar lejos, por ejemplo-, en evitación de acabar en boca de las gentes…

Una idea repentina reptó por su cabeza… La prueba definitiva para salir de dudas… De ser uno de ellos, no hay barrera que pueda detenerlos; su promiscuidad proverbial los lleva a cometer cualquier tipo de excesos… Acababa de ver por la televisión una mediocre adaptación de “Maigret tiende un lazo”; por no hablar de una peli cuyo recuerdo siempre le daba escalofríos, “El Cebo” de Ladislao Vajda… El lazo, el cebo, no hacía falta buscarlos: le estaba sonriendo desde el otro lado del espejo…

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Faltaba decidir tiempo y forma de aquella trampa saducea. “La verdad os hará libres, dijo el Señor”. Equilicuá…Por fin podría descansar tranquilo. Solución balsámica, receta Fierabrás, capaz de restañar cualquier herida, incluso las del alma.

Sábado mañanero sin moros en la costa. La que no debe estar tiene cita en la peluquería. El sospechoso, en su cuarto de estudio, dice estar preparando un complicado examen de problemas de Física.

Tú llamas a la puerta, pides permiso para entrar, te cuelas dentro y te lo quedas mirando fijamente mucho rato, sin pestañear, hasta que el sujeto de la prueba objetiva, extrañado o sorprendido o lo que demonios sea, te pregunte qué pasa… Y entonces tú sonríes y le guiñas un ojo…”Solos en casa…”, dices casi en susurro y esperas, como mínimo, un minuto, el resultado del brillante experimento.

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***

Cuando, tres mes más tarde, Santi se arrojó por la ventana de un quinto piso, se hallaba solo en casa y en cualquier otra parte. La posibilidad de accidente fortuito quedó descartada de inmediato: el muchacho se había molestado en documentar su trágica decisión con argumentos que al juez encargado del levantamiento del cadáver le habían parecido suficientes: “Mamá, papá: lamento de verdad el dolor que voy a causaros con mi decisión. Sentirse rechazado por una de las personas que más amo y necesito formando parte de mi vida, me obliga a terminar con  un estado de angustia insoportable.Os quiero. Por favor, recordadme. Santi.”

Sus padres, destrozados, habían escuchado su dictamen oficial con una serenidad digna de encomio. Un desengaño amoroso como factor desencadenante de la tragedia les situaba a ellos… Cómo expresarlo… Detrás de la barrera… Otro tanto podría aplicarse al centro donde cursaba sus estudios: nada indicaba la existencia de acoso escolar previo al suceso y no iba a haber denuncia alguna ante el Defensor del Menor por negligencia del profesorado…

Don Ricardo Palenzuela, que recibía asistencia psicológica, solía mostrarse incómodo ante ciertas preguntas sobre su relación con el joven suicida y su comportamiento en las fechas precedentes al suceso.

-No insista, por favor, señora o señorita… Se supone que lo que pretende es ayudarme; siento decirle que está muy lejos de lograrlo… Nunca tuvimos problemas mi hijo y yo: excelentes amigos, como una piña, carne y uña, camaradas… A los dos nos gustaba bromear… Un actor nato; se fingía amanerado y su madre y yo nos partíamos de risa cuando se disfrazaba de mamarracha en carnavales… Pero, es sabido y usted lo conocerá mejor que yo,  que la adolescencia es una etapa problemática y llena de violentos  altibajos… No, no llegué a conocer a esa chica de la que usted me habla… Nunca nos la presentó, que yo recuerde; y en la carta de despedida- voy a llamarla as´- no se llegaba a mencionar su nombre.. Recurría al genérico a la hora de nombrarla, por mantenerla al margen: “la persona que más amo” y ese tipo de argucias. Él tenía mucho éxito en el instituto, ¿sabe usted…? Santi derrochaba carisma, atractivo a raudales… La chicas se volvían locas por él y no me extraña…

Estas sesiones, en principio semanales, siempre terminaban por dejarlo exhausto. Había llegado a sentirse acorralado. Por eso decidió dejarlas. Sara, su esposa, de la que se separaría “de mutuo acuerdo”, pasados unos meses, le había dado la razón. No es bueno andar hurgando en las heridas…

***

Cuando Sara intentó hablar con su marido para sincerarse, tropezó con un muro infranqueable. Necesitaba compartir con alguien cierto episodio que la había venido atormentando desde la muerte de su único hijo. Ella había sabido siempre que Santi era un muchacho “diferente” y, bien lo sabe Dios, se había pasado la vida aguardando el desastre anunciado. Si nunca llegó a comentarlo con Ricardo fue por el convencimiento de que, una vez enterado, hubiese recurrido a la violencia física hasta extremos que no quería ni imaginarse, para alejarlo de las “malas compañías”

Le habría gustado que Santi fuese chica en vez de chico. A la hora de educarlo, puede que… Había borrado, enseguida, esa idea de su mente porque la hacía sentirse, de algún  modo, culpable, responsable de algo…

Al enterarse, a su regreso de la peluquería, del encuentro padre e hijo, por boca de éste en estado de shock, había preferido, por pura cobardía, echar balones fuera:”¡Como si no conocieras a tu padre… ! Mejor no provocarlo…Haz las paces con él: pide perdón, y dejadme tranquila…!”

El episodio de la novia de Santi, que nadie se había atrevido a desmentir, solucionó un montón de problemas estratégicos, como caído del Cielo. Romanticismo frente a sordidez; no iba ser ella quien se dedicase a colocar ventiladores enfrente de la mierda…

***

Ricardo Palenzuela empezó participar, con el nick name de Fierabrás, en ciertos”chats” para muy entendedores, a visitar clubes nocturnos de pésima reputación entre gentes de orden, a frecuentar páginas de contactos de amplio espectro, a practicar el “cruising”  en los parques, tras la puesta del Sol, no siendo él un vampiro…

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Se engañaba a sí mismo hasta hacerse creer que se hallaba tratando de reencontrarse, post morten, con su hijo… Era él quien debía pedir perdón, en caso necesario, de rodillas, para luego levantarse y seguir bebiendo hasta un alba de sombras y de nuevos castigos. De algún modo, se encontraba satisfecho con su infierno…

***

Antonio F. escribió en facebook unas líneas de despedida para Santi, con una fotografía de ellos dos paseando del bracero por el puerto. “Oh Capitán, mi capitán…” empezaba diciendo. Obtuvo más de doscientos “me gusta”, a modo de respuesta…

Y el resto fue silencio…

FIN

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